Mostrando entradas con la etiqueta La ronda de la muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La ronda de la muerte. Mostrar todas las entradas

sábado, 28 de marzo de 2020

Actores, miembros de la realeza y otros famosos con coronavirus


Olga Kurylenko


LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

Actores, miembros de la realeza y otros famosos con coronavirus

Las personalidades reconocidas no se salvan del brote de covid-19, que avanza implacable por el mundo. Un recuento de cómo ha afectado a algunos de ellos.

28 de marzo de 2020

A lo largo de la historia, las pandemias le han enseñado a la humanidad que nadie está a salvo, sin importar la raza, el lugar de nacimiento o la condición socioeconómica.
En los siglos XVII y XVIII, decenas de reyes y príncipes europeos murieron de viruela, al igual que millones de sus súbditos que vivían en la pobreza. Y hace 100 años, cuando la gripe española se esparció por Europa, entre los millones de infectados, fallecieron pintores como Egon Schiele o Gustav Klimt, y sobrevivieron gobernantes como el presidente estadounidense, Woodrow Wilson, y el káiser alemán, Guillermo II.
Lo mismo ocurre con el actual coronavirus, que ya contagió a casi 500.000 personas y tiene a gran parte del mundo en cuarentena. Esta situación también ha afectado a miembros de la realeza, actores, políticos y multimillonarios.
Tom Hanks se convirtió en el primer famoso que aceptó tener coronavirus. A comienzos del mes, el actor y su esposa, Rita Wilson, trabajaban en Australia en una película biográfica sobre Elvis Presley y comenzaron a sentir los típicos síntomas de una gripa, junto con escalofríos y fiebre.
Las primeras celebridades en confirmar públicamente que tenían coronavirus fueron Tom Hanks y su esposa, Rita Wilson. Estaban en Australia.
Cuando fueron al hospital y les hicieron la prueba, dieron positivo. “Bueno y ahora, ¿qué hacer? Los médicos tienen protocolos que debemos seguir. Seremos examinados y aislados durante el tiempo que se requiera. No podemos hacer más que enfrentar cada día como llegue”, escribió el actor en Twitter el 11 de marzo.
Según reportes de medios estadounidenses, los aislaron en el hospital y cinco días después, cuando les bajó la fiebre, los mandaron a una casa. Allí permanecen en cuarentena y se recuperan poco a poco.
Quantum of Soace, 2008
Daniel Craig y Olga Kurylenko

Algo similar le pasó a Olga Kurylenko, chica Bond, quien protagonizó Quantum of Solace en 2008, y al actor Kristofer Hivju, Tormund en Juego de tronos, quienes se infectaron mientras trabajaban en sus proyectos. Ella tiene síntomas más fuertes, que incluyen dificultad para respirar, mientras que él solo siente un resfriado.
Asimismo, contrajo el coronavirus el británico Idris Elba. A diferencia de los demás, ha permanecido asintomático, pero se hizo la prueba porque supo que había tenido contacto con una persona infectada. “Me siento bien, pero he estado aislado. Quédense en casa, gente, y sean pragmáticos”, dijo.
Idris Elba no presenta síntomas, pero se hizo la prueba cuando descubrió que tuvo contacto cercano con un infectado. Dio positivo.

Miembros de la realeza con coronavirus

El virus, además, ha causado estragos en dos casas reales de Europa. La familia real de Inglaterra, por ejemplo, anunció el miércoles que el príncipe Carlos, heredero al trono del Reino Unido, había contraído el virus.
Como él ya tiene 71 años y está en la población en riesgo, llevaba un tiempo aislado en el castillo de Balmoral, en Escocia, junto con su esposa, Camila Parker, quien dio negativo en la prueba. Según el palacio, “El príncipe ha manifestado síntomas suaves, pero su salud es buena y sigue trabajando desde casa en los últimos días, como es habitual”.
    A muchos les preocupa la reina Isabel, de 93 años, quien vio a Carlos el 12 de marzo. Sobre todo porque ella está aislada en el castillo de Windsor, junto con su esposo Felipe, duque de Edimburgo, quien ha tenido problemas de salud. Pero en el palacio dicen que, hasta ahora, ninguno ha tenido complicaciones.
    El príncipe Carlos dio positivo, pero hasta ahora no ha presentado síntomas graves. No ve a la reina desde el 12 de marzo. Por otro lado, Alberto de Mónaco fue el primer miembro de la realeza en adquirir el virus. Dicen que contagió al príncipe Carlos en una reunión hace dos semanas.
    Todo indica que a Carlos lo contagió el príncipe Alberto de Mónaco, quien confirmó tener el virus la semana pasada. Él tampoco tiene síntomas graves y desde que supo la noticia se aisló en su apartamento para proteger a su familia.
    Además de ambos príncipes, las esposas de dos mandatarios europeos también dieron positivo: Sophie Grégoire, casada con el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, y María Begoña Gómez, la mujer del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez.
    Esta última adquirió el virus en una marcha feminista del 8 de marzo que hizo estragos entre las asistentes. Hasta ahora, ninguno de los dos políticos se ha contagiado, pero la situación los obligó a encerrarse en cuarentena y trabajar desde la casa.
      De hecho, en España, uno de los países más afectados por el patógeno, han fallecido personalidades como Lorenzo Sanz, expresidente del Real Madrid, o Carlos Falcó, marqués de Griñón, quien estuvo casado con Isabel Preysler entre 1980 y 1985.
      Algunos incluyen en el grupo a Lucía Bosé, la actriz italiana madre del cantante Miguel Bosé, pero la prensa y la familia aclararon que su muerte nada tuvo que ver con el virus.
      Plácido Domingo, el tenor español acusado de acoso sexual por varias mujeres, dio positivo en coronavirus. También Harvey Weinstein, el famoso productor de cine, quien actualmente paga una pena de 23 años por violar a dos mujeres. Según la prensa, está aislado en la cárcel.
      El que sí está contagiado el tenor Plácido Domingo, de 79 años, que vive un momento bastante difícil. En efecto, desde que varias mujeres lo acusaron de acoso sexual, su carrera se ha venido a pique, ha perdido contratos y le cancelaron varias giras. A todo eso se le suma ahora la enfermedad.
      Una situación muy similar a la de Harvey Weinstein, el productor de cine condenado a 23 años de prisión por violar a dos mujeres, quien dio positivo y ahora está aislado en la cárcel.
        Además, se supo que el primer ministro británico Boris Johnson, quien en un principio fue muy criticado por desestimar la importancia de la pandemia, y privilegiar la economía, había contraído el virus. 
        Un recordatorio más de que el coronavirus, como todas las pandemias, no discrimina a nadie. 

        domingo, 22 de octubre de 2017

        Anne Bert / El último desahogo de la escritora que viajó a Bélgica para morir


        Anne Bert

        Anne Bert

        El último desahogo de la escritora que viajó a Bélgica para morir

        La francesa Anne Bert se convierte en fenómeno editorial con un libro publicado dos días después de someterse a una eutanasia


        Álvaro Sánchez
        Bruselas, 15 de octubre de 2017

        Su nueva obra es un recorrido emocional en el que transita por el angustioso momento en que el médico le informa de que padece esclerosis lateral amiotrófica, allá por 2015, y el lector la acompaña por un último verano, el de 2017, en el que ya ha tomado la decisión de poner fin a su vida con ayuda médica. En medio, la frustración ante el progresivo deterioro de su cuerpo, momentos de disfrute con su hija en la playa con el eterno nubarrón de la enfermedad sobrevolando cada instante, y una enorme impotencia e incomprensión frente al sistema sanitario francés, que solo permite la sedación profunda hasta la muerte pero no acepta la eutanasia. "¿Dormir a un enfermo para dejarlo morir de hambre y sed es de verdad más respetuoso con la vida que ponerle fin administrando un producto letal?”, lanzó en una carta abierta a los candidatos presidenciales en uno de sus últimos alegatos antes de rendirse a la evidencia de que moriría en tierra extranjera.
        Como la mayoría de escritores, Anne Bert, de 59 años, era poco conocida fuera de las fronteras de su país, y su obra no ha sido traducida. Novelista de "lo íntimo", etiqueta que prefería a la habitual denominación de autora erótica con la que se le denominaba, sus palabras no circularon mucho más allá de las estanterías del hexágono. Tampoco lo hacen de momento, pero con la noticia todavía caliente de su fallecimiento en un hospital belga, a cientos de kilómetros del lugar donde habría deseado morir, su libro ha irrumpido en las listas de más vendidos en Francia con una primera edición de 40.000 ejemplares y una reimpresión de otros 30.000.
        Bert no quería escapar fuera para morir. Le horrorizaba la idea de estar en un lugar extraño en un momento de tanta vulnerabilidad emocional. Quería despedirse en su país. "Es escandaloso que en Francia tengamos que ir al extranjero a morir con dignidad, como en la época en que las mujeres tenían que huir para abortar", comparaba. Batalló contra esa obligación de poner kilómetros de por medio para disponer de un médico que cumpliera su voluntad. En su último verano mantuvo una larga e infructuosa conversación con la ministra francesa de Salud, Agnès Buzyn, antaño partidaria de la eutanasia pero en los últimos tiempos alineada con la posición del presidente Macron, que no considera la legalización de la eutanasia como una prioridad.
        La última entrada de su blog, diez días antes de su adiós, la dedicó a responder a un médico que la acusaba de hacer turismo de eutanasia. "Le confirmo que sí. Que frente a una enfermedad incurable y a la muerte que se aproxima, he buscado —y encontrado— médicos profundamente humanistas que no me dejan de lado", contestó.

        El anestesista belga François Damas es uno de los que entraría en el perfil descrito por Bert. Durante toda su carrera ha ayudado a morir a 150 pacientes, entre ellos ocho franceses, un alemán y otro italiano. El médico explica a EL PAÍS que el número de enfermos llegados de fuera de Bélgica para morir es todavía testimonial. "Podemos calcular que son unos 20 cada año, la mayoría procedentes de Francia". Ello supone solo un 1% de las algo más de 2.000 eutanasias anuales practicadas en Bélgica. La dificultad de viajar a otro país para obtener el visto bueno de dos médicos a la eutanasia es una barrera, aunque como explica Damas, una vez ha habido un primer contacto personal, la comunicación puede mantenerse por teléfono, sms o correo electrónico.
        Este sábado, la familia de la escritora ha cumplido con su voluntad de esparcir sus cenizas en el mar. Lo han hecho en el océano Atlántico, cerca del municipio de Saintes donde vivía. Embarcada en el proceso de despedirse del mundo, consciente de su próxima partida, en su libro deja testimonio de la complejidad de las sensaciones que asaltan al que se sabe más fuera que dentro. Más muerto que vivo. "A diferencia de las primeras veces, las últimas no me transmiten más que una sensación dulce y cálida, casi triste. Me gusta abrir mucho los ojos, respirar todo el aire que quepa en mis pulmones, concentrarme en el momento, absorber la belleza del mundo y de las cosas. Sin duda mis últimas veces tienen el aroma de la incredulidad. No tengo más que preguntas sin respuesta".

        sábado, 14 de octubre de 2017

        Vargas Llosa / La muerte del amigo


        Fernando de Szyszlo

        Mario Vargas Llosa


        La muerte del amigo

        Eran las tres cuando mi hija llamó para decirme que Lila y Fernando de Szyszlo habían muerto. El mundo a mi alrededor se va despoblando y quedando más vacío




        14 DE OCTUBRE DE 2017




        La muerte del amigo
        FERNANDO VICENTE

        Eran las tres de la madrugada en Moscú cuando sonó el teléfono. Mi hija Morgana llamaba para decirme que Lila y Fernando de Szyszlo habían muerto, desbarrancados por una escalera de su casa. Ya no pude dormir. Pasé el resto de la noche paralizado por un atontamiento estúpido y un sentimiento de horror.
        Oí tantas veces decir a Szyszlo (Godi para los amigos) que no quería sobrevivir a Lila, que si ella se moría primero él se mataría, que, pensé, tal vez había ocurrido así. Pero, minutos después, cuando pude hablar con Vicente, el hijo de Szyszlo, quien estaba allí trémulo, junto a los cadáveres, me confirmó que había sido un accidente. Después alguien me informó que habían muerto tomados de la mano y, según los médicos, la muerte había sido instantánea, por una idéntica fractura de cráneo.
        Lo que me queda de vida ya no será lo mismo sin Godi, el mejor de los amigos. Fue un gran artista, uno de los últimos, entre los pintores, al que se podía aplicar ese adjetivo con justicia, y una espléndida persona. Culto, entrañable, divertido, leal. Enriquecía la noche con sus anécdotas y sus chistes cuando estaba de buen humor y sus juicios eran agudos y certeros cuando recordaba a las personas que había conocido y que admiraba, como Tamayo, Breton u Octavio Paz. Había en él una decencia indestructible cuando hablaba de política o del Perú, una falta total de oportunismo o cautela, una integridad que, sin buscarlo y a su pesar, en sus últimos años lo fue convirtiendo en su país en una autoridad moral cuya opinión era solicitada sobre todos los temas. Cuando estaba de mal humor se encerraba en un mutismo de sílabas, una inmovilidad de estatua y se le respingaba la nariz.



        Godi estaba más que apenado con la gran confusión que caracteriza al arte en nuestros días

        Su pasión era el arte, claro está, pero la literatura le apasionaba también y había leído mucho, y leía y releía siempre a sus autores favoritos, y era una delicia para la inteligencia oírlo hablar de Proust, de Borges y oírlo recitar de memoria los sonetos más barrocos de Quevedo o el poema de amor que Doris Gibson inspiró a Emilio Adolfo Westphalen.
        Cuando lo conocí, en julio o agosto de 1958, estaba casado con Blanca Varela. Vivían en un pequeño altillo de Santa Beatriz que era a la vez hogar y estudio. Desde el primer instante supe que seríamos íntimos amigos. La amistad es tan misteriosa e intensa como el amor, y la amistad de Blanca y Godi fue una de las mejores cosas que me han pasado en la vida, a la que debo experiencias estimulantes, cálidas, ésas que nos desagravian de los malos momentos y nos revelan que, hechas las sumas y las restas, la vida, después de todo, vale la pena de ser vivida.
        Blanca y Godi se casaron muy jóvenes y fueron excelentes compañeros; ambos se ayudaron a ser, él, un magnífico pintor y, ella, una poeta delicada y sensible. Pero el gran amor-pasión de Szyszlo fue Lila, una mujer maravillosa que lo entendió mejor que nadie y le dio esa cosa elusiva y tan difícil que es la felicidad. Recuerdo ahora la alegría que chisporroteaba en cada línea de esa carta que me escribió cuando por fin pudieron casarse. Pensándolo bien, que hayan compartido ese final tan rápido y aparatoso, ha sido tal vez la mejor manera que tenían de morir. El problema ya no es de ellos, es de quienes nos quedamos todavía aquí, “intratables cuando los recordamos”, como dice el poema de César Moro, otro de los que Godi tenía siempre intacto en la memoria.
        Creo que Godi estuvo siempre cerca, ayudándome con su amistad generosa, en casi todas las cosas importantes que me han ocurrido. Nunca pude agradecerle bastante que, en los tres años en que las circunstancias me empujaron a actuar en política, él se dedicara también en cuerpo y alma a ese quehacer tan poco afín a su carácter, y, con otros dos amigos –Cartucho Miró Quesada y Pipo Thorndike- en la más delicada e incómoda de las responsabilidades: controlando la limpieza de las entradas y gastos de la campaña. Por supuesto que fue la primera persona en la que pensé cuando fui a recibir el Premio Nobel de Literatura y allí estuvo, pese a lo interminable del viaje y a los trastornos que a su salud infligían las largas travesías en avión. Muchas veces me había prometido que, si alguna vez incorporaban mis libros a La Pléiade, iría a acompañarme y, en efecto, allí apareció de pronto, en París, con Vicente, y su intervención, en el Instituto Cervantes, fue la más personal y celebrada de todas.






        Tengo la seguridad de que durará más que su generación y que la mía y que muchas otras más

        Muchas veces lo vi enfrentar, con estoicismo, las decepciones, tan frecuentes en la vida peruana. Pero hay una que lo desmoronó y no pudo superar nunca: la muerte de su hijo Lorenzo, en un accidente de aviación. Una herida que sangraba sin cesar, incluso en aquellos periodos en los que trabajaba mejor y parecía estar más animado. Nunca olvidaré la extraordinaria elegancia con que encajó esa carta pública, tan mezquina, de sus colegas peruanos, protestando porque se quisiera poner su nombre a un museo de arte moderno en Lima.
        Esta mañana, mientras visitaba la galería Tretiakov, sin dejar un solo minuto de pensar en él, imaginaba cuánto mejor hubiera sido hacer este recorrido con él por la Rusia artística de los años diez y veinte del siglo pasado, la de Kandinsky, Chagall, Malevich, Tatlin, la Goncharova y tantos otros. Y recordaba lo mucho que aprendí a su lado, visitando exposiciones u oyéndole hablar de su propia pintura, algo que hacía rara vez y siempre para lamentarse de que cada cuadro que salía de su taller fuera, no importa cuán arduo lo trabajara, “una derrota irremediable”.
        Estaba más que apenado con la gran confusión que caracteriza al arte en nuestros días, como confiesa en la autobiografía, que se publicó en enero de este año (Alfaguara), con los embauques que se perpetran y que son consolidados por críticos y galeristas sin escrúpulos y coleccionistas codiciosos e insensibles. Él no embaucó nunca a nadie y sudó la gota fría para salir adelante, desde que abandonó sus estudios de arquitectura y comenzó a pintar, todavía muy joven, lienzos ligeramente influidos por el cubismo. Desde que descubrió el arte no figurativo se entregó a él, con disciplina, perseverancia y tenacidad, redescubriendo poco a poco, con el paso de los años, la realidad a través de su país. El arte de los antiguos peruanos se convertiría en una obsesión de su edad adulta e iría insinuándose en sus pinturas, confundiéndose con las formas y los colores más osados de la vanguardia. Hasta constituir ese mundo propio del que dan cuenta los misteriosos aposentos solitarios y geométricos, que tienen algo de templo y algo de sala de torturas, los extraños embelecos y tótems que los habitan y que con sus semillas, nudos, incisiones, rajas y medialunas, sugieren un mundo bárbaro, anterior a la razón, hecho sólo de instinto, magia y miedo. Pese a ser tan lúcido, probablemente ni él hubiera podido explicar todo aquello que su pintura convoca y mezcla, y que la clarividencia de su intuición y su buen oficio artesanal integraban en esos bellos cuadros inquietantes, incómodos y turbadores. Ahora que él ya no está más, nos queda su pintura. Tengo la seguridad de que durará más que su generación y que la mía y que muchas otras más.
        El mundo a mi alrededor se va despoblando y quedando cada día más vacío.





        lunes, 30 de marzo de 2015

        Eugenio Fuentes / Sobre el dolor


        Henning Mankell


        Sobre el dolor

        No nos asusta tanto la muerte como que pueda presentarse de forma insidiosa y lacerante


        EUGENIO FUENTES
        30 MAR 2015 - 17:00 COT

        Contradiciendo el pudor con el que generalmente se afronta la confesión de una enfermedad terminal, en los últimos tiempos dos grandes personajes han decidido contar su experiencia ante la cercanía de su muerte.




        OTROS ARTÍCULOS DEL AUTOR



        Por un lado, el prestigioso neurólogo Oliver Sacks ha publicado en los principales periódicos del mundo una emotiva carta de despedida al serle diagnosticado un incurable cáncer de hígado. Por otro, el escritor sueco Henning Mankell comenzó a describir en público la evolución de su enfermedad, también cáncer, si bien desde la esperanza y “desde la perspectiva de la vida”. Los dos habían escrito mucho sobre la muerte. Oliver Sacks, historias de sus pacientes que han contribuido a un mayor conocimiento y aceptación social de los trastornos neurológicos. Henning Mankell lo ha hecho desde una atalaya muy distinta, la de la novela negra. Aunque fue Sacks quien dijo que le interesaban “en el mismo grado las enfermedades y las personas”, no dudo de que Mankell suscribiría esa frase, si bien interpretando como enfermedad los males morales de la época.
        Oliver Sacks

        Asumiendo con admirable serenidad y lucidez, no exentas de coraje, que les quedan pocos meses de vida, estos dos leones de la escritura han decidido aprovecharlos al máximo para dejar claras sus cuentas con el mundo, terminar las tareas importantes aún pendientes y prescindir de lo superfluo. Por encima del miedo ante la extinción, ambos se muestran agradecidos y satisfechos de la plenitud de su existencia, de los amores y amigos que han tenido, de los libros escritos y leídos, de los viajes…, en fin, de la vida.
        Y ninguno de ellos menciona el miedo al dolor, quizá convencidos de que no lo sufrirán, de que, en caso necesario, la química de los sedantes ha avanzado lo suficiente para suprimirlo y no endurecer su agonía.


        Podemos confiar en que un sistema sanitario generoso nos permita morir asistidos con remedios paliativos

        Espero que no se considere una fatuidad afirmar que, por el contrario, un alto porcentaje de personas no tenemos tanto miedo a la muerte como a la enfermedad y al dolor, que no nos asusta tanto el fin como que pueda presentarse de forma insidiosa y lacerante. Uno no puede esperar que alguien detenga el proceso que conduce a la muerte, que nos derretirá como se derrite el hielo, pero sí podemos confiar al menos en que un sistema sanitario moderno y generoso nos permita morir asistidos con los adecuados remedios paliativos. Puede que un enfermo no conserve su memoria, arrasada por el alzhéimer, y no sepa quién es ni tenga conciencia de su final, pero la sensibilidad al dolor es lo último que se pierde. Y siempre hace daño.
        Y no me refiero al dolor que sirve de chivato somático para alertar de que algo no funciona bien en el organismo, ni tampoco al dolor moral o al generado por la depresión o por el miedo a la soledad. Me refiero al dolor físico que hurga en las terminaciones nerviosas, en las heridas o en las llagas cuando el daño ya está localizado. Me refiero incluso al dolor tabernario del cólico estomacal y de las pirañas en el estómago que acaban con las fuerzas y el buen humor; al dolor municipal de la hernia en las cervicales que impide la concentración ante el libro o el ordenador y reduce la eficacia profesional; a la molestia permanente de las diferentes artrosis en las articulaciones que termina por agriar el carácter de quien la padece; a la migraña crónica que aplasta el optimismo, huye de las luces del mundo y solo halla consuelo en las penumbras del abismo; al dolor medieval del traumatismo o del desgarro que aísla y ciega para apreciar cualquier belleza alrededor…
        Llegados a un punto irreversible, el dolor físico no tiene ninguna utilidad; todo lo contrario: nos animaliza, nos va despojando de todo aquello que nos hace humanos. Sus ataques impiden la reflexión en calma, destierran la importancia de la relación social al convertir la llaga en el centro de atención, exigen dedicación plena, desplazan los demás intereses a un rincón y desvirtúan la personalidad de quien lo soporta. En sus últimos versos, Rainer María Rilke, atormentado por el dolor, se pregunta: ¿Soy todavía yo, el que arde allí desconocido? / No arrastro adentro los recuerdos. / Oh vida, oh vida: estar afuera. / Y yo entre las llamas. Nadie me conoce.”


        En las religiones monoteístas  el desdén hacia el cuerpo era una forma de destacar la primacía del alma

        Este sufrimiento somático casi siempre resulta estéril y sería conveniente desterrar definitivamente algunos residuos de su prestigio, en parte heredados del "parirás con dolor" bíblico, que consideran que el padecimiento endurece o purifica o marca un camino místico hacia no sé qué paraísos. Las religiones monoteístas han tenido su cuota de responsabilidad en esta dudosa reputación cuando, incapaces de encontrar una razón que justificara su existencia, lo pusieron a su servicio: el desdén hacia el cuerpo era una forma de destacar la primacía del alma.
        Como se intuye en los textos de Sacks y de Mankell, la seguridad de que se puede esquivar el dolor físico contribuye a aceptar el fin con una mirada serena que nos permita seguir siendo hasta el final nosotros mismos. Dada la energía del vagido original que lanzamos cuando el aire llega por primera vez a nuestros pulmones, se diría que entramos a la vida atravesando una cortina de dolor. Pero sería formidable salir de la vida libres de esa carga.
        Eugenio Fuentes es escritor. Su última novela es Si mañana muero (Tusquets Editores).


        domingo, 11 de agosto de 2013

        Shomei Tomatsu / El fotógrafo de los supervivientes de Nagasaki

        Shomei Tomatsu
        Fotografía: Roland Angst - Junio 2012

        Fallece Shomei Tomatsu, 

        fotógrafo que retrató 

        a supervivientes de Nagasaki


        El artista japonés muere a los 82 años a causa de una neumonía

        Inmortalizó la ciudad y sus habitantes después del bombardeo atómico


        'Oshima Eiko' (1961), uno de los retratos realizados por Shomei Tomatsu. / SHOMEI TOMATSU

        El reconocido fotógrafo japonés Shomei Tomatsu, famoso por sus series de retratos de supervivientes del bombardeo atómico de Nagasaki (suroeste), falleció el pasado 14 de diciembre (2013) a los 82 años a causa de una neumonía, informaron sus familiares.
        Tomatsu llevaba tiempo ingresado en un hospital de Naha, capital de la provincia de Okinawa (sur), donde también retrató con esmero los ritos y las gentes de esta región cuya singular cultura sobrevive a duras penas tras siglos de conquistas.
        Tomatsu, nacido en 1930 en Nagoya (centro), comenzó a tomar fotos en su niñez y tras graduarse en Económicas por la Universidad de Aichi (centro), comenzó a producir instantáneas para el gran grupo editorial Iwanami.
        Dos años después decidió convertirse en freelance y en 1959 fundó el grupo "Vivo" con los también fotógrafos Eiko Hosoe e Ikko Narahara.
        El libro "Hiroshima-Nagasaki Document 1961" publicado ese año en colaboración con otro fotógrafo, Ken Domon, y que incluía retratos suyos de supervivientes de la bomba atómica que fue lanzada sobre Nagasaki el 9 de agosto de 1945 llamó por primer vez la atención de público y crítica.
        "Fue una persona que tenía una gran mirada con respecto a Nagasaki y su muerte nos ha provocado un vacío en el corazón. A través de las obras que nos ha dejado trataremos de seguir expresando su voluntad ", explicó a Efe un portavoz del Museo de la Bomba de Nagasaki, que alberga una colección de 614 obras suyas.
        La última gran exposición sobre su trabajo se celebró en este museo entre septiembre y octubre de 2009, aunque periódicamente la institución organiza pequeñas exhibiciones.
        Después de sus trabajos centrados en Nagasaki, Tomatsu se desplazó a Okinawa, cuando la provincia aún estaba bajo mando estadounidense (no fue devuelta a Japón hasta 1972), y allí capturó como nadie los elementos de la cultura tradicional ryukense, propia de este archipiélago.
        Al mismo tiempo, retrató la vida en las bases estadounidenses y el día a día de los okinawenses bajo la ocupación, hasta componer una estupenda crónica del Japón de posguerra.
        A finales de los noventa Tomatsu se mudó a Nagasaki, donde continuó retratando supervivientes de la bomba atómica con los que acabó por entablar una relación muy cercana, hasta que hace dos años volvió a trasladarse a Okinawa.
        Según los críticos, Tomatsu supuso una importante influencia para la generación de fotógrafos que le sucedió, en la que destacan nombres como Takuma Nakahira o Daido Moriyama.

        EL PAÍS