Era una criatura mítica: desapareció misteriosamente durante mi infancia, la vi en instantáneas borrosas mientras posaba frente a atracciones turísticas estadounidenses y luego, el día después de mi sexto cumpleaños, se materializó frente a la puerta de embarque del avión que nos trajo a mí y a mi hermano de Taiwán a Nashville. Una mujer asiática robusta con anteojos enormes, dotada no solo con la capacidad de ir y venir, sino con el poder de trasladarme, contra mi voluntad, a través de los hemisferios. ¿Quién sabía de qué más era capaz?
