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lunes, 20 de enero de 2025

Escritores en busca de alma gemela

 

Michel Houellebecq (izquierda) y H. P. Lovecraft.
Michel Houellebecq (izquierda) y H. P. Lovecraft.CRISTÓBAL MANUEL / WIKIPEDIA

Escritores en busca de alma gemela

En 1991, un desconocido Michel Houellebecq publicaba una brevísima pero intensa biografía de H. P. Lovecraft y se sumaba a una corriente que ha existido siempre: la de los autores que dedican biografías a sus maestros

Laura Fernández
LAURA FERNÁNDEZ
Barcelona - 06 ABR 2021 - 22:30 COT

Los escritores tienden a enamorarse de otros escritores. John Fante, explicaba su hijo Dan, cogía al azar los libros de su biblioteca y ensayaba en ellos la firma de Knut Hamsun, su escritor favorito. Jugaba Fante a meterse en su cabeza. Su obra cumbre, Pregúntale al polvo, es de hecho un intento de reformular la marginalmente canónica Hambre. Fante no escribió sobre Hamsun, pero podría haberlo hecho. Es probable que hablase sobre él con quien quisiera escucharle y que entendiese exactamente por qué había hecho lo que había hecho y cómo lo había hecho. Después de todo, como dice Lorrie Moore, “nadie como un escritor para entender a otro escritor”. Y esto podría aplicarse a cualquier artista, pero el escritor, dice Moore, es el único que puede expresarlo, además, en el arte que practica. Lamentablemente, añade, “no se puede bailar una reseña de una obra de arte”.

jueves, 18 de abril de 2024

Lorrie Moore: metáforas y humor para combatir un amor que se pudre

 

Lorrie Moore
Foto de John Foley


Lorrie Moore: metáforas y humor para combatir un amor que se pudre

La escritora firma una original 'road movie', ambientada justo antes de las elecciones estadounidenses de 2016, que protagonizan una mezcla de vivos, fantasmas, zombis y moribundos


Marta Rebón

15 de abril de 2024


Si este no es mi hogar, no tengo un hogar es una novela de tres diálogos en dos planos temporales que, hacia el final, se entrecruzan formando un mismo instante. Uno (¿el último?) es entre Finn, un profesor un tanto conspiranoico y amargado que se siente ajeno a la generación de sus alumnos, y su hermano Max, ingresado en un centro para enfermos terminales, al que visita. Otro es entre Finn y su aún amada expareja, Lily, a la que el can negro de la depresión ha llevado al filo de la muerte en varios intentos de suicidio.


SI ESTE NO ES MI HOGAR, NO TENGO UN HOGAR

Traducción de Albert Fuentes. Seix Barral. 288 páginas. 19,90 € Ebook: 9,99 €

Mientras Finn y Max hablan de todo y de nada, el primero recibirá la llamada que le informa de que Lily, esta vez, ha conseguido quitarse la vida, a pesar de estar ingresada en un centro de salud mental. Cuando llegue allí se encontrará con que ya la han enterrado en un cementerio ecológico. Eso no lo detendrá para emprender un viaje en coche al sur con ella, aún con algunos gusanos asomando de su cadáver. Porque Lily es ahora un zombi con el que puede tener una última oportunidad de comprensión mutua.

Y el tercero es un diálogo unidireccional, a modo de diario, entre una mujer que regenta un hotel en el territorio de la antigua Confederación, en torno a 1871, y su hermana muerta. Finn lo encontrará en la habitación del hotel en el que pernocta con Lily. El plantel de la novela, pues, es una mezcla de vivos, fantasmas, muertos vivientes y moribundos.

Que Lorrie Moore (Glens Falls, 1957), especialmente conocida por sus relatos -véanse las mil páginas de sus Cuentos completos, (Seix Barral)-, haya ambientado su road movie zombi unas semanas antes de las elecciones norteamericanas de 2016 y que Finn, al ir a visitar a su hermano, pase por la Torre Trump, acordonada como un "auténtico Checkpoint Charlie", e intente quitarle de la cabeza que el estrafalario magnate tenga alguna oportunidad de ganar -"No te borres de la vida pensando que Trump será presidente. No te vayas con esa alucinación o entonces sí que me sabrá mal por ti», le dice al pie de la cama-, no puede ser casual.

Como tampoco lo es que las "cartas" que se intercalan las escriba una mujer de la posguerra en la que el secesionismo sigue latente y que, de entre todos los personajes históricos, Finn sienta debilidad —o, mejor dicho, devoción— por Abraham Lincoln, cuando desde un tiempo a esta parte se ha ensayado profusamente en Estados Unidos sobre la posibilidad, aunque se quiera improbable, de una nueva guerra civil. Este detalle, además, nos recuerda a los lectores la novela de George Saunders, inspirada en la anécdota según la cual Lincoln, desconsolado por la muerte de su hijo, entró varias veces en su cripta para sostener su cuerpo inerte. "Quizá me quedé atrapada en la puerta giratoria del bardo", piensa Lily cuando Finn le pregunta si de verdad ha muerto.

¿Acaso el adiós sobrenatural de Finn al amor de su vida, con todos sus defectos, sea una alegoría de la despedida a un país en estado de descomposición? ¿Es el humor que utiliza la autora una tabla de salvación?"Los chistes son dispositivos de flotación en el gran mar de una vida de pesares. Son las señales de salida en un cuarto muy oscuro", reflexiona Lily, que en vida se vestía de payaso y practicaba risoterapia para "intentar arrancar a la gente, en su mayoría niños, de las garras de la tristeza".

Más bien, aludiendo al título, la pregunta primordial sea qué es un hogar, si un espacio físico o un sentimiento interior que nunca nos abandona, ni siquiera ante la muerte. Finn y Lily, que parecen sacados de un filme de Jim Jarmusch, tenían una relación difícil, pero el viaje "final" por carretera parece reconciliarlos. "¿Has pensado alguna vez que las relaciones que todos mantenemos con los demás son un invento? ¿Pero que a veces tienes la suerte de conseguir que otra persona participe del invento contigo?", formula Finn. Lástima que la buena premisa de esta novela, que solo brilla fugazmente, derive en un viaje a ninguna parte.


EL MUNDO


domingo, 7 de abril de 2024

Lorrie Moore / Una madre estupenda

 



Lorrie Moore 

UNA MADRE ESTUPENDA


(“Terrific Mother”)

      Aunque había estado rodeada de niños durante toda su vida, al llegar a los treinta y cinco parecía ponerse nerviosa cuando cogía a un bebé: le subía una punzada de miedo escénico desde el estómago. «Adrienne, ¿puedes cogerme al bebé? ¿Verdad que no te importa?» Esas palabras siempre provenían de una mujer de su edad con aspecto amable y suplicante (una antigua amiga; perdía a las amigas a fuerza de que le pidieran favores y no pararan de hablar), y Adrienne se obligaba a respirar hondo. Coger a un bebé ya no era algo natural (ella ya no era natural) sino un test de feminidad y de habilidades terrenales. La observaban. La gente la miraba para ver cómo se desenvolvía. Había entrado en una década puritana, en un momento demográfico (o lo que fuera) en que el mejor cumplido que te podían dirigir era: «Serías una madre estupenda.» El silbido de admiración de los noventa.

Lorrie Moore / Pérdidas de papel



Lorrie Moore

PÉRDIDAS 

DE PAPEL 


(“Paper Losses”)


      Aunque Kit y Rafe se habían conocido en el movimiento pacifista, manifestándose, organizando, haciendo carteles contra la energía nuclear, ahora querían matarse. También se habían vuelto un poco partidarios de la energía nuclear. Casados durante dos decenios de valiosísima vida, parecía que en ese momento ella y Rafe sólo eran compañeros de furia y desagrado, y que su viejo amor lujurioso había mutado en ira. Era su vergüenza y su fin que el odio, como el amor, no pudiera vivir del aire. Y así, en aquella empresa, su nuevo exitoso proyecto en común, eran cómplices y sinérgicos. Eran nutrientes, homeopáticos y facilitadores. Engendraban y criaban su odio juntos, cardiovascular, espiritual, orgánicamente. En tándem, como un sistema, como un conjunto de baile de malos sentimientos, habían colocado su odio en el centro del escenario y habían puesto una luz para destacarlo. «¡Haz lo que sabes, cariño! ¿Quién es el mejor? ¿Quién es el hombre?».

Lorrie Moore / Referencial

 



Lorrie Moore REFERENCIAL 

("Referential")


      Manía. Por tercera vez en tres años hablaron de forma frenética acerca de lo que podría ser un buen regalo para su hijo perturbado. Había muy pocas cosas que realmente pudieran llevar: casi todo se podía transformar en un arma, y por tanto había que dejar la mayoría de las cosas en la recepción y, después, previa petición, las traía un auxiliar alto y rubio, que miraba antes los objetos para calcular sus posibilidades lacerantes. Pete había llevado un cesto de mermeladas, pero estaban en frascos de cristal y por tanto no permitidas. «Se me había olvidado», dijo él. Estaban organizadas por colores, de la mermelada más brillante al camemoro y al higo, como si contuvieran los análisis de orina de una persona cada vez más enferma, y ella pensó: «Mejor que los confisquen». Encontrarían otra cosa que llevar.

Si este no es mi hogar, no tengo hogar / La nueva novela de Lorrie Moore

 



La nueva novela de Lorrie Moore recrea una historia de fantasmas con aire contemporáneo

22 DE JUNIO, 2023 | 16.15

Bárbara Ayuso / Libros para no ir a la playa

 

Shirley Jackson


Libros para no ir a la playa 

Leer en la playa es una farsa, ya lo saben. Anualmente cumplimos con el sainete y fotografiamos libros que recortan la línea del mar y el cielo para hacer un alegato a favor de placeres mundanos: sol, lectura, rumor de olas. Mentira cochina, vaya. Exhibimos esas fotos diciéndoles a los demás que nos envidien en el disfrute, cuando, en el mejor de los casos, la cosa no va más allá del intento. Los miembros se entumecen en posturas imposibles, la toalla se tatúa en los codos, el sol pica, la arena esparce puntos suspensivos donde no toca y todo es, en fin, de una incomodidad ridícula y pegajosa. La silla playera solventa alguno de los problemas, cierto es, pero en época estival no conviene restarse más dignidad de la escrupulosamente necesaria.  

domingo, 1 de octubre de 2023

Lorrie Moore / Cómo convertirse en escritora


Lorrie Moore
Cómo convertirse en escritora
(“How to Become a Writer”)

      Primero intenta ser algo, cualquier otra cosa. Estrella de cine / astronauta. Estrella de cine / misionera. Estrella de cine / maestra jardinera. Presidente del Mundo. Fracasa horriblemente. Es mejor si fracasas a una edad temprana, por ejemplo, a los catorce. Una desilusión temprana, crítica, para que a los quince puedas escribir largas oraciones en forma de haiku sobre los deseos frustrados. Es un estanque, un cerezo en flor, un viento peinando las alas del gorrión rumbo a la montaña. Cuenta las sílabas. Muéstraselo a tu mamá. Ella es dura y práctica. Tiene un hijo en Vietnam y un marido que podría tener una amante. Ella cree que hay que usar ropa marrón porque disimula las manchas. Ella mirará brevemente tu texto y luego otra vez a tí con la cara vacía como una galletita. Ella dirá: “¿Por qué no vacías el lavavaplatos?”. Desvía la vista. Mete los tenedores en el cajón de los tenedores. Accidentalmente rompe uno de los vasos que te dieron gratis en la estación de servicio. Este es el dolor y el sufrimiento necesarios. Esto es solo el comienzo.
       En la clase de literatura en la escuela mira sólo la cara de Mister Killian. Decide que las caras son importantes. Escribe una villanelle sobre los poros. Esfuérzate. Escribe un soneto. Cuenta las sílabas: nueve, diez, once, trece. Decide experimentar con la ficción. Ahí no tienes que contar sílabas. Escribe un cuento corto sobre un anciano y una anciana que se disparan un tiro accidentalmente en la cabeza, uno al otro, resultado de una inexplicable falla en un rifle que aparece misteriosamente en el living, una noche. Dáselo a Mister Killian como trabajo final de la clase. Cuando te lo devuelve ha escrito en el papel: “Algunas imágenes son bastante buenas, pero no tienes sentido de la trama.” Cuando estás en tu casa, en la privacidad de tu cuarto, garabatea en lápiz, debajo de su comentario en tinta negra: “Las tramas son para los idiotas, cara-porosa”.
       Toma todos los trabajos de niñera que consigas. Eres bárbara con los chicos. Ellos te adoran. Les cuentas historias de ancianos que mueren de forma idiota. Les cantas canciones como “Las campanas azules de Escocia”, tu favorita. Y cuando están en pijama y finalmente dejaron de pellizcarse entre ellos; cuando se duermen, lees todos los manuales de sexo que hay en la casa, y te preguntas cómo alguien podría hacer esas cosas con alguien que ama. Quédate dormida en la silla mientras lees la Playboy de Mister McMurphy. Cuando los McMurphys vuelvan a casa, te tocarán en el hombro, mirarán la revista en tu falda y sonreirán ampliamente. Querrás morirte. Te preguntarán si Tracy se tomó el remedio. Explica que sí, que lo hizo, que le prometiste contarle una historia si se portaba como una señorita y que eso funcionó bastante bien. “Ah, maravilloso”, exclamarán. Trata de sonreír orgullosa. Anótate en Psicología Infantil en la universidad.
       En Psicología tienes algunas materias optativas. Siempre te gustaron los pájaros. Te anotas en algo llamado: “Investigación Ornitológica Práctica”. Las clases son los martes y los jueves a las 2. Cuando llegas al salón 314 el primer día de clases, todos están sentados alrededor de una mesa discutiendo sobre metáforas. Alguna vez escuchaste algo al respecto. Luego de un corto e incómodo rato, levanta tu mano y di tímidamente: “Perdón, ¿esto no es Observación de Pájaros I?” Todos se quedan en silencio y giran para mirarte. Parecen tener todos una única cara: gigante y blanca, como un reloj destruido. Un barbudo ruge: “No, esto es Escritura Creativa”. Di: “Ah, okay”, haciendo como que ya sabías. Mira tu planilla de horarios. Pregúntate cómo cuernos caíste ahí. La computadora se equivocó, parece. Empiezas a levantarte para salir pero no lo haces. Las colas en la oficina de inscripción esta semana son larguísimas. Quizás deberías aferrarte a este error. Quizás la escritura creativa no sea tan mala. Quizás sea el destino. Quizás esto es lo que quiso decir tu padre cuando dijo: “Esta es la era de las computadoras, Francie, esta es la era de las computadoras.”
       Decide que te gusta la universidad. En tu residencia conoces gente agradable. Algunos son más inteligentes que tú. Y algunos, te das cuenta, son más estúpidos. Continuarás viendo el mundo en estos términos, lamentablemente, por el resto de tu vida.
      >La consigna de escritura creativa esta semana es narrar un hecho violento. Entrega una historia sobre cómo maneja tu tío Gordon y otra sobre dos ancianos que se electrocutan accidentalmente cuando tocan una lámpara de escritorio que tiene un cable pelado. El profesor te devolverá los textos con comentarios: “Tu escritura es fluida y enérgica. Pero lamentablemente tus tramas son absurdas.” Escribe otra historia sobre un hombre y una mujer que, en el primer párrafo, son acribillados de la cintura para abajo debido a una explosión con dinamita. En el segundo párrafo, con el dinero del seguro, compran un puesto para vender helados. Hay seis párrafos más. Lees el texto completo en voz alta para la clase. A nadie le gusta. Dicen que tus tramas son exageradas y gratuitas. Después de clase alguien te pregunta si estás loca.
      >Decide que quizás deberías probar con la comedia. Empieza a salir con alguien divertido, alguien que tiene lo que en el secundario describías como “un sentido del humor buenísimo” y que ahora la gente de la clase de escritura creativa describe como “auto-indulgencia que toma forma cómica”. Anota todas sus bromas, pero no le digas que lo haces. Arma anagramas con el nombre de su ex-novia, ponle esos nombres a todos los personajes con problemas de sociabilidad y observa lo divertido que es él, observa qué sentido del humor buenísimo tiene.
       Tu consejero académico te señala que estás descuidando las clases de psicología. Lo que te consume la mayor parte del tiempo no es tu especialidad. Di que sí, que entiendes.
       En las clases de escritura creativa de los próximos dos años todos siguen fumando y preguntando las mismas preguntas: “Pero, ¿funciona?”, “¿Por qué debería importarnos lo que le pasa a ese personaje?”, “¿Te ganaste el derecho a usar ese lugar común?” Parecen ser preguntas importantes. Los días en los que te toca a ti, miras a la clase con esperanza mientras buscan la trama en las hojas mimeografiadas, frunciendo el ceño. Te miran, aspiran el humo con intensidad y luego te sonríen dulcemente.
       Pasas demasiado tiempo abatida y desmoralizada. Tu novio sugiere que salgas a andar en bicicleta. Tu compañera de cuarto sugiere que cambies de novio. Te dicen que te estás auto-castigando y perdiendo peso, pero continúas escribiendo. La única felicidad que tienes es escribir algo nuevo, en el medio de la noche, con las axilas transpiradas, el corazón golpeando, algo que todavía nadie leyó. Lo único que tienes son esos breves, frágiles, incontrastables momentos de éxtasis en los que sabes: eres una genia. Date cuenta lo que tienes que hacer. Cambia de carrera. Los chicos de la guardería se entristecerán, pero tienes una vocación, una urgencia, una falsa ilusión, un hábito desafortunado. Estás, como diría tu madre, juntándote con gente que no te conviene.
      >¿Por qué escribir? ¿De dónde viene la escritura? Estas son preguntas que te haces a ti misma. Se parecen a: ¿De dónde viene el polvo? O: ¿Por qué hay guerras? O: Si hay un Dios, ¿por qué mi hermano es ahora un paralítico? Estas son preguntas que guardas en tu billetera, como tarjetas telefónicas. Estas son preguntas que, como dice tu profesor de escritura creativa, es bueno explorar en tu diario personal, pero raramente en la ficción.
       El profesor de este semestre enfatiza el Poder de la Imaginación. Eso significa que no quiere largas historias descriptivas sobre tu viaje de campamento de julio pasado. Quiere que empieces en un contexto realista para luego alterarlo. Como si recombinaras ADN. Quiere que dejes navegar tu imaginación, y que tus velas se hinchen como una panza. Esto último es una cita de Shakespeare.
       Cuéntale a tu compañera de cuarto tu gran idea, tu gran ejercicio de poder imaginativo: una transformación de Melville a la vida contemporánea. Será sobre la monomanía y sobre el mundo pez-grande-come-pez-chico de las compañías de seguros de vida de Rochester, New York. La primera línea será: “Llámame Pezchico”, y tratará sobre un hombre casado, menopáusico y suburbano, llamado Richard, a quién, como está todo el tiempo deprimido su ingeniosa esposa llama “Mufi Dick”. Dile a tu compañera de cuarto: “Mufi Dick, ¿entiendes?”. Tu compañera de cuarto te mira, su cara blanca como un Kleenex. Viene hasta ti, con aire compañero y pone su brazo en tu espalda encorvada. “Escúchame, Francie”, dice lentamente, como si fuera tu fonoaudióloga. “Salgamos a tomar una cerveza”. A la gente de la clase tampoco le gusta esta historia. Sospechas que están empezando a sentir lástima por ti. Ellos dicen: “Tienes que pensar en lo que pasa. ¿Cuál es la historia ahí?”.
       El semestre siguiente el profesor está obsesionado con escribir a partir de experiencias personales. Tienes que escribir sobre lo que sabes, basándote en algo que te pasó. Quiere muertes, quiere viajes de campamento. Reflexiona sobre lo que te ha pasado. En los últimos tres años pasaron tres cosas: perdiste tu virginidad; tus padres se divorciaron; y tu hermano volvió de un bosque a 15 kilómetros de la frontera con Camboya con sólo la mitad de su muslo y una mueca permanente anidada en un costado de la boca.
       Sobre la primera cosa escribes: “Creó un nuevo espacio, que dolió y gritó con una voz que no era mía: ‘No soy más la que era, pero voy a estar bien’”.
Sobre lo segundo escribes una larga historia sobre una pareja de ancianos que tropiezan accidentalmente con una mina en su cocina y vuelan en pedazos. La llamas: “Hasta que la mortadela nos separe”. Sobre lo último no escribes nada. No hay palabras para eso. Tu máquina de escribir zumba. No puedes encontrar palabras.
       En las fiestas de la universidad, la gente dice: “Ah, ¿escribes? ¿sobre qué escribes?”. Tu compañera de cuarto, que ha tomado mucho vino, comido muy poco queso y casi ninguna galletita, dice: “Por dios, siempre escribe sobre el idiota del novio”.
       Más tarde aprenderás que los escritores son simplemente textos abiertos e indefensos, sin ningún entendimiento de lo que han escrito y que, por lo tanto, deben confiar en cualquier cosa que se diga de ellos. Tú, en cambio, no has alcanzado ese nivel de refinamiento literario. Te pones rígida y dices: “No hago eso”, de la misma manera en la que se lo dijiste a alguien en cuarto grado cuando te acusó de disfrutar las clases de oboe y dijo que no eran tus padres los que te forzaban a tomarlas.
       Insiste con que no estás muy interesada en ningún tema en particular, que estás interesada en la música del lenguaje, que estás interesada en, en, sílabas, porque son los átomos de la poesía, las células de la mente, la respiración del alma. Empieza a sentirte mareada. Fija la vista en tu vaso de plástico lleno de vino.
       “¿Sílabas?”, escucharás que alguien pregunta, a la distancia, alejándose lentamente hacia la seguridad del bol de salsa.
       Comienza a preguntarte sobre qué escribes en realidad. O si tienes algo para decir. O si existe eso que llaman algo para decir. Limita tus pensamientos a no más de diez minutos al día; como las flexiones, pueden hacerte adelgazar.
       Leerás en algún lugar que toda la escritura tiene que ver con los genitales propios. No pienses demasiado en eso. Te pondría nerviosa.
       Tu madre vendrá a visitarte. Examinará los círculos debajo de tus ojos y te entregará un libro marrón con un portafolios marrón en la tapa. Se llama: Cómo convertirse en una Ejecutiva de Negocios. También trajo la enciclopedia “Nombres para su bebé”, que tú misma le pediste; uno de tus personajes, la maestra de primaria / payaso, necesita un nombre. Tu madre sacudirá la cabeza y dirá: “Francie, Francie, ¿te acuerdas cuando ibas a ser psicóloga infantil?”
       Di: “Ma, me gusta escribir”.
       Ella dirá: “Claro que te gusta escribir. Por supuesto. Claro que te gusta escribir.”
       Escribe una historia sobre una estudiante de música confundida y llámala: “Schubert era el de Anteojos, ¿no?”. No es un gran éxito, aunque a tu compañera de cuarto le gusta la parte en la que los dos violinistas vuelan en pedazos accidentalmente durante un concierto. “Salí con un violinista una vez”, dice ella, reventando su globo de chicle.
      >Gracias a dios estás cursando otras clases. Puedes encontrar refugio en los enredos ontológicos del siglo 
XIX y en los rituales de apareo de los invertebrados. Algunos moluscos globulares practican lo que se denomina “Sexo por el brazo”. El pulpo macho, por ejemplo, pierde el extremo de su brazo cuando lo introduce en el cuerpo de la hembra durante el coito. Los biólogos marinos lo llaman “Séptimo cielo”. Alégrate de saber estas cosas. Alégrate de no ser solo una escritora. Inscríbete en la facultad de Derecho.
       A partir de aquí pueden pasar muchas cosas. Pero la principal es ésta: decides no empezar abogacía después de todo, y, en cambio, pasas una gran parte de tu vida adulta diciéndole a la gente cómo decidiste al final no empezar abogacía. De alguna manera terminas escribiendo de nuevo. Quizás haces una licenciatura. Quizás tomas trabajos temporarios y clases de escritura a la noche. Quizás trabajas y escribes todos los comentarios interesantes y las confesiones íntimas que escuchas durante el día. Quizás estás perdiendo tus amigos, tus conocidos, tu equilibrio.
       Te peleaste con tu novio. Ahora sales con hombres que, en vez de susurrarte “Te quiero”, gritan: “Hagámoslo, nena”. Esto es bueno para tu escritura.
       Tarde o temprano terminas un manuscrito, más o menos. La gente lo mira vagamente confundida y dice: “Parece que ser escritora siempre fue un sueño para ti, ¿no?”. Tus labios se secan como la sal. Di que de todos los sueños de este mundo, no puedes imaginar que ser escritora siquiera esté entre los primeros veinte. Diles que ibas a ser psicóloga infantil. “Claro”, dirán suspirando, “eres bárbara con los chicos”. Frunce el entrecejo. Diles que eres una navaja caminando.
       Abandona las clases. Abandona los trabajos. Retira los ahorros del banco. Ahora tienes tanto tiempo como picazón en las manos. Lentamente copia todas las direcciones de tus amigos en una nueva agenda. Pasa la aspiradora. Mastica chicles para la tos. Guarda una carpeta llena de notas.
       Un párpado oscureciéndose en el costado.
       El mundo como conspiración. ¿Argumento posible? Una mujer sube al colectivo. Imagínate que organizas una historia de amor y nadie viene.
       En casa toma mucho café. En el Howard Johnson pide ensalada de repollo. Piensa cómo la ensalada se parece a un mapa hecho papel picado: dónde estuviste, hacia dónde vas: “Usted está aquí”, dice la estrella roja en la parte de atrás del menú.
       Ocasionalmente una cita con la cara blanca como un papel te pregunta si los escritores se desaniman con frecuencia. Contesta que a veces se desaniman y a veces no. Di que se parece mucho a tener la polio. “Interesante”, sonríe tu cita, y luego mira los pelos de su brazo y empieza a alisarlos, a todos, siempre, en la misma dirección.


miércoles, 31 de julio de 2019

Lorrie Moore y algunos misterios en la vida de la escritura


Lorrie Moore
Ilustración de Triunfo Arciniegas

Lorrie Moore  

y algunos misterios en la vida de la escritura


De la autora de Al pie de la escalera Autoyuda invitada en la próxima edición del FILBA se reedita Quién se hará cargo del hospital de ranas, su novela más íntima.  

Ana Prieto
19 de julio de 2019

Lorrie Moore
Tenía 19 años cuando envió dos cuentos al concurso de ficción breve de la popular revista estadounidense Seventeen, una publicación bimestral de tapas satinadas, abundante color rosa y chicas a la moda, que situaba a las adolescentes por primera vez en el centro de la cultura popular. A diferencia de Sylvia Plath, quien amasó unos 50 rechazos antes de que la revista publicara un relato suyo, Moore, entonces estudiante en la Universidad de St. Lawrence en el extremo norte del estado de Nueva York, ganó el concurso al primer intento y recibió 500 dólares. El cuento premiado, vale decir, no era su favorito de los dos.
Lorrie Moore

Su carrera como autora despegó casi una década después, cuando la tesis que había presentado para graduarse de un máster en escritura creativa de la Universidad de Cornell se convirtió en el volumen de cuentos Autoayuda, publicado en 1985.

Un árbol como Lorrie Moore


Lorrie Moore
Ilustración de Triunfo Arciniegas

Un árbol como Lorrie Moore 


Alejandro Basteiro
Octubre 2018

Lorrie Moore
Hace un año empecé a leer los cuentos de Lorrie Moore y al menos en ese sentido ha sido un año feliz. Sus Collected stories no se han movido de mi escritorio en todo este tiempo; sus tapas naranjas alojadas en mi campo visual como una avería del nervio óptico. El volumen incluye material de los libros Autoayuda (1985), Anagramas (1986), Como la vida misma (1990), Pájaros de América (1998) y Gracias por la compañía(2014). Para evitar confusiones, aclaro que éstos son los títulos de las ediciones españolas oficiales y los enumero por facilitar su búsqueda. No tengo esos libros a mano, así que los títulos y citas que aparecerán en adelante son mis propias traducciones. Lo que sigue no pretende ser una reseña, sino una lanza rota en favor de una escritora que merece bastante más atención de la que ha recibido hasta el momento en nuestro país. Podría ponerme a adivinar los motivos por los que su nombre no suele aparecer en el roster de los grandes autores norteamericanos vivos —¿poco béisbol en sus páginas?—, pero la propia Moore esquiva con elegancia cualquier cuestión comparativa: «La literatura, por supuesto, no es un concurso».

La primera vez que leí los Cuentos reunidos decidí respetar el orden cronológico inverso de los textos, es decir, empecé por los de más reciente publicación, en parte porque sospechaba que el editor había querido proteger a sus lectores dejando para el final cien o doscientas páginas más blanditas, escritas por una autora novata y todavía a medio hacer. El pensamiento me llevó con los Albore del gran Giuseppe Penone, escultor italiano que excava troncos caídos siguiendo los anillos de crecimiento, cepillando  la madera hasta revelar el árbol joven que permanece intacto en el interior. Leer a un autor hacia atrás es un poco como lo que hace Penone: vas deshaciendo el proceso de maduración de una voz para terminar con una pepita rugosa en la mano: lo que podríamos llamar un estilo sin espolletar. Pero cuando llegué a los relatos de juventud de Moore, me di cuenta enseguida de lo equivocado que estaba en su caso. El editor no tenía nada de lo que protegernos a nosotros, lectores, porque esta mujer ya escribía a los veinticinco como la dama sabia en que estaba destinada a convertirse. Autoayuda, su primer libro, es un prodigio de nervio narrativo y resonancia, no esqueje o arbusto sino árbol con todas las de la ley natural. Curiosamente, de la Lorrie Moore que acaba de cumplir sesenta podría decirse que escribe como una veinteañera superdotada.

Lorrie Moore / Una estilista extraordinaria





Algunos libros de Lorrie Moore
Algunos libros de Lorrie Moore
Quién es 

Lorrie Moore 

La “estilista extraordinaria” 

que participará del FILBA


26 de junio de 2019
La aclamada escritora estadounidense participará de este festival que se llevará a cabo entre el 25 y el 29 de septiembre. “Es una autora que habla de temas humanos y comunes con una inteligencia tremenda pero nunca apabullante”, comenta Gabriela Adamo, directora del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires 
"Estamos muy felices", dice Gabriela Adamo, directora del FILBA, del otro lado del teléfono. No es para menos. Acaba de confirmarse la participación, en el el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires, de Lorrie Moore, una autora tan aclamada como leída. Sobre todo aquí, en Argentina, donde tiene muchos lectores. La edición número once del FILBA se llevará a cabo del 25 de septiembre al 29. ¿Quiénes vendrán? Por ahora, sólo había dos nombres confirmados: la autora catalana Eva Baltasar y el escritor mexicano Daniel Saldaña París. El tercer nombre es el de Lorrie Moore, que generó un gran revuelo en las redes sociales.
"Es un caso típico de estos grandes escritores que siempre queremos invitar. Mucha gente piensa: ¿por qué no invitan a tal? Como si fuera tan fácil. En general lleva años. Estar en contacto con los agentes, con ellos mismos, de conseguir gente que hable bien de FILBA y les explique de lo que es este festival del fin del mundo. Esta vez, por suerte, coincidieron los astros, después de varios años de intentarlo", completa Adamo en diálogo con Infobae Cultura.
Nacida en el norte del Estado de Nueva York, Moore estudió en la Universidad Cornell y en la Universidad de St. Lawrence y en paralelo a su carrera académica se lanzó como autora cultivando una gran cantidad de premios. Todo comenzó en 1985 con Autoayuda. Luego siguieron, entre otros libros, las novelas Anagramas (1986), Una puerta en la escalera(2009) y la recientemente reeditada por Eterna Cadencia¿Quién se hará cargo del hospital de ranas? Ha escrito cuentos, también, y aún hoy ejerce como profesora en la Universidad Vanderbilt en Nashville. 
"Una estilista extraordinaria". Así la define Gabriela Adamo. "Habla de temas humanos y comunes con una inteligencia tremenda pero nunca apabullante", completa. 

sábado, 11 de mayo de 2002

Nuevos narradores estadounidenses / Clásicos y modernos



NUEVOS NARRADORES ESTADOUNIDENSES

Clásicos y modernos


Rodrigo Fresán
11 de mayo de 2002

En la literatura de Estados Unidos cambian los nombres y las estéticas, pero los temas y los paisajes permanecen. Así, más que romper con el pasado, las nuevas generaciones de narradores continúan transitando los caminos abiertos por los escritores que las precedieron. Sin olvidar a clásicos como Herman Melville, Mark Twain o Nathaniel Hawthorne, los autores de hoy tienen muy presentes a contemporáneos como John Cheever, Philiph Roth, J. D. Salinger o Don DeLillo.
Hay un criterio simple -el generacional- que es en el que suelen refugiarse publicaciones de prestigio como The New Yorker y Granta a la hora de, periódicamente, revelar al mundo '20 escritores para el siglo XXI' o 'los mejores novelistas jóvenes de América'. Es un criterio funcional e incontestable, pero que -siempre obligado por la presión del modelo nuevo- suele esquivar el hecho de que un país como Estados Unidos nunca deja de mantener una relación con un pasado que suele enorgullecerlos o, por lo menos, resultarles siempre digno de interés. Lo mismo ocurre con su literatura: cambian los apellidos y las estéticas, pero ciertos temas y paisajes permanecen. Por eso las nuevas generaciones de escritores made in USA continúan sin culpa ni disimulo el trabajo de las que las precedieron, y todos felices. Y el lector también a la hora de disfrutar de la paradoja posible de un cóctel tan clásico como original: una medida de la mística metaficcional de Herman Melville, una de viaje iniciático de Mark Twain, una de puritanismo pagano de Nathaniel Hawthorne, agitar con fuerza, colar a través de tantos otros apellidos que vinieron después, servir bien caliente en una copa moderna. Por eso también -a la hora de explorar los territorios y tramas de estos nuevos, muchos de ellos ya en trámite de ceder su sitial a nuevos-nuevos- se comprueba que el estilo puede variar pero las postales son enviadas desde los mismos lugares de siempre.




Se sirve en copa posmoderna este cóctel: una de mística metaficcional, una de viaje iniciático y una de puritanismo pagano

Así -algunas puntas de un iceberg de muchas puntas- Jeffrey Eugenides, Charles Baxter, A. M. Homes y Michael Knight vuelven a redescubrir el suburbio -ese epifánico infierno chico que ya exploraron gente como John O'Hara, Richard Yates y, sobre todo, John Cheever- como sitio de fracaso y redención con destellos casi mitológicos. Heidi Julavits viaja a los pueblos muertos de la Gran Depresión con los modales barrocos de William Faulkner y Carson McCullers. Nathan Englander recupera la fuerte tradición del judío mágico y pícaro -en la que lo precedieron Isaac B. Singer, Bernard Malamud y Philip Roth- mientras que Ethan Canin y Michael Chabon hacen lo propio con nuevas versiones del ángel caído blanco, anglosajón y protestante de Francis Scott Fitzgerald disfrazado de dibujante de cómics o escritor bloqueado. David Sedaris, Melissa Bank y Matthew Klam modernizan el concepto del humorista en serio à la Dorothy Parker o Woody Allen o Jerry Seinfeld con relatos de mecánica cercana al monólogo de stand-up comedian. Jonathan Franzen y Lorrie Moore se sientan a la mesa de esas familias disfuncionales que John Updike tantas veces fotografió en sus cuentos y en las novelas de la saga de Rabbit Angstrom. Dave Eggers, Rick Moody y William T. Vollmann reinventan sus propias vidas recibiendo la herencia del fantasma verdadero del paladín de la cripto-autobiografía Jerome David Salinger; mientras que Donald Antrim, George Saunders, Chuck Palahniuk y David Foster Wallace se reparten a partes iguales el legado entrópico y satírico de Thomas Pynchon y Kurt Vonnegut a la hora de destruir el planeta o, por lo menos, patear ese puzle al que sólo le faltaba una pieza para terminarlo de armar. Richard Powers es el perfecto discípulo de Don DeLillo cuando se trata de comprender la historia pública de su país a través de las historias privadas de sus personajes. Jonathan Lethem -replicante de Philip K. Dick- se consagra como escritor 'de género' tan apto para la ciencia-ficción como para el policial paranóico-existencialista. James Gunn y Denis Johnson -el mayor de todos ellos en todo sentido- se mueven por las zonas oscuras de la derrota con héroes drogadictos o malditos que descienden directamente de las alturas beatniks y posvietnamitas o ascienden hacia las profundidades de la cultura trash y el consumismo pop. Al final -pero no por eso en último lugar-, Sherman Alexie, Junot Díaz, Chang-Rae Lee, Jhumpa Lahiri, Collum McCann, releen para reescribir, con la caligrafía del inmigrante o de la minoría étnica, el mapa de un país donde Huckleberry Finn sigue saliendo al camino, Hester Prynne continúa soportando el estigma de una letra escarlata y Ahab no ha dejado de perseguir a una ballena blanca que simboliza cualquier cosa, todas las cosas de este mundo.

Lorrie Moore







LOS OTROS NUEVOS


La revista The New Yorker seleccionó en 1999 a 20 autores para el siglo XXI. Además de los ya citados en las páginas anteriores, éstos son otros autores con obra traducida al español que se encontraban en la lista:
Donald Antrim. 
Los cien hermanos. Tusquets, 2000.
Sherman Alexie. 
El indio más duro del mundo. El Aleph, 2001. Indian Killer. El Aleph, 1997.
Edwidge Danticat. 
Palabras, ojos, memoria. Ediciones del Bronce, 1998.
Junot Díaz. 
Los boys.
Mondadori, 1996.
Jeffrey Eugenides. 
Las vírgenes suicidas. Anagrama, 1994.
Nathan Englander. 
Para el alivio de insoportables impulsos. Lumen, 2000.
Jhumpa Lahiri. 
Intérprete de emociones. 
Ediciones del Bronce, 2000 (en catalán en Columna, 2000).
Chang-Rae Lee. 
En lengua materna. Anagrama, 2001.
Rick Moody. 
América púrpura. 
Debate, 2001. 
La tormenta de hielo. 
Debate, 1997 (en catalán, Llibres de l'Índex, 2001).
William T. Vollman. 
Historias del Mariposa. 1995; 
Trece relatos y trece epitafios, 1996,
Para Gloria, 1998
La lista de autores traducidos es mucho más extensa. Pese que no incluye a autores que ya se han convertido en referencia, como Roth, Cheever, Auster o Delillo, es una muestra representativa:
Dave Eggers. 
Una historia asombrosa, conmovedora y genial. Planeta, 2001 (versión catalana en Columna, 2001).
Heidi Julavits. 
El palacio mineral. 
Mondadori, 2002.
James Gunn. 
El coleccionista de juguetes. 
Mondadori, 2002.
Zoetrope: All-story, antología de relatos de la revista Zoetrope. Emecé, 2002.
Steven Millhauser. 
Pequeños reinos. 
Andrés Bello, 1998.
El lanzador de cuchillos.
Andrés Bello, 2001, entre otros.
Nicholson Baker
La interminable historia de Nory. 
El Aleph, 2002 (en catalán en Empúries).
Brady Udall. 
La vida milagrosa de Edgar Mint. 
RBA, 2002.
James Hynes. 
El cuento del docente. El Aleph, 2002.
Lorrie Moore. 
Pájaros de América. Salamandra, 2000 (en catalán, Edicions 62, 2000).
Autoayuda. Salamandra, 2002.
Helen DeWitt. 
El séptimo samurái. Plaza & Janés, 2001.
Kief Hillsbery. 
En pie de guerra. 
Seix Barral, 2001 (en catalán en Columna).
Armistead Maupin. 
El oyente nocturno. 
Plaza & Janés, 2001.
Colum McCann. 
A este lado de la luz. El Aleph, 1998
(en catalán en Columna). Perros que cantan. El Aleph, 2001.
André Dubus III
Casa de arena y niebla. Diagonal, 2001.
Douglas Coupland. 
La segunda oportunidad. 
Ediciones B, 2001. 
Todas las familias son psicóticas.
 Destino, 2002, entre otros.
James Salter. 
Juego y distracción y Anochecer. El Aleph, 2002.
Lawrence Weschler. 
Boggs, la comedia del dinero. 
Seix Barral, 2000.
El gabinete de las maravillas de Mr. Wilson. 
Seix Barral, 2001.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de mayo de 2002