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martes, 8 de julio de 2025

Así comienza / Tres días de junio, de Anne Tyler

 


Esta novela está construida sobre las alegrías y sinsabores del amor, el matrimonio y la vida familiar. La ganadora de un Pulitzer entrega una ficción narrada con sensibilidad, sentido del humor y maestría. 

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de Tres días de junio (Lumen), de Anne Tyler.

***

La gente ya no da golpecitos al reloj; curioso, ¿verdad?

Me refiero a los relojes de muñeca normales. ¿A que antes la gente siempre les daba golpecitos con los dedos?

miércoles, 2 de julio de 2025

Así comienza / A pedazos, de Hanif Kureishi

 


ASÍ COMIENZA

'A pedazos' de Hanif Kureishi

 

Para Isabella

 

El origen de este libro son una serie de notas dictadas desde la cama de un hospital, primero en Italia y después en Londres, tras el accidente que sufrí el día de San Esteban de 2022. Mi pareja, Isabella, y mis hijos anotaron mis palabras durante ese periodo. Más tarde se revisaron, ampliaron y editaron con el mismo método, trabajando con mi hijo Carlo en mi casa del oeste de Londres, donde me encuentro ahora.

  

La caída

 

En Roma, el día de San Esteban, después de un agradable paseo hasta la piazza del Popolo y una visita a la Villa Borghese, ya de vuelta en el apartamento, sufrí una caída.

miércoles, 14 de junio de 2023

Así comienza / La carretera, de Cormac McCarthy

 


Así comienza

Cormac McCarthy
LA CARRETERA


Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Su mano subía y bajaba al compás de la preciada respiración. Retiró la lona de plástico y se puso de pie envuelto en aquellas prendas y mantas pestilentes y buscó algún atisbo de luz en el este pero no lo había. En el sueño del que acababa de despertar vagaba por una gruta y el niño lo llevaba de la mano. La luz de los dos bailaba en las húmedas paredes de roca caliza. Como peregrinos de fábula engullidos y extraviados en las entrañas de una bestia granítica. Humeros de piedra donde el agua goteaba y cantaba. Tañendo sin tregua en el silencio los minutos de la tierra y sus horas y días y años. Hasta que se hallaban en una enorme estancia de piedra donde había un lago antiguo y negro. Y en la orilla opuesta un ser que levantaba su chorreante boca del gour y miraba hacia la luz con unos ojos tan blancos y ciegos como los huevos de araña. Balanceaba su cabeza a ras de agua como para captar el olor de aquello que no podía ver. Agazapado allí, pálido y desnudo y translúcido, sus huesos de alabastro grabados en sombra en las rocas que tenía detrás. Sus intestinos, su palpitante corazón. El cerebro que latía dentro de una empañada campana de cristal. La criatura movía la cabeza de lado a lado y luego soltaba un gemido grave y daba media vuelta y dando tumbos se alejaba silenciosamente hacia la noche.

sábado, 22 de octubre de 2022

Bette Howland / El pabellón 3 / Fragmento

 




Bette Howland
EL PABELLÓN 3


I

En la unidad de cuidados intensivos había una mujer a la que habían operado a corazón abierto. Tenía implantado un monitor que emitía un pitido cada segundo del día y de la noche, una cadencia persistente que nunca se aceleraba ni ralentizaba, como al parecer lo hace un corazón humano innumerables veces en un día normal de nuestras vidas. De haber sucedido, las enfermeras habrían acudido al toque, con sus briosos tacones de color blanco que apenas se entreveían por el vaivén de las cortinas. La mujer estaba inconsciente, no se había vuelto a despertar; su vida no era más que un mecanismo cuyo ritmo resonaba en toda la sala.

martes, 27 de septiembre de 2022

Así comienza / Hilary Mantel / Una reina en el estrado





Hilary Mantel

BIOGRAFÍA


UNA REINA EN EL ESTRADO

Primera parte

I
    Halcones
    Wiltshire, septiembre de 1535
    Sus hijas caen del cielo. Él observa desde la silla del caballo, atrás se extienden acres y más acres de Inglaterra; caen, las alas doradas, una mirada llena de sangre cada una. Grace Cromwell revolotea en el aire tenue. Es silenciosa cuando atrapa su presa, y silenciosa cuando se desliza en su puño. Pero los ruidos que hace entonces, el susurrar y el crujir de plumas, el suspiro y el roce del ala, el pequeño cloqueo de la garganta, ésos son sonidos de reconocimiento, íntimos, filiales, casi reprobatorios. Tiene franjas de sangre en el pecho y le cuelga carne de las garras.

Así comienza / Hilary Mantel / En la corte del lobo


Hilary Mantel

BIOGRAFÍA

EN LA CORTE DEL LOBO


Primera parte

I
Hacia el otro lado del estrecho


    Putney, 1500
    —Vamos, levántate.
    Ha caído derribado, aturdido, mudo; desplomado cuan largo es en el empedrado del patio. Ladea la cabeza, vuelve los ojos hacia el portón, como si pudiese llegar alguien a ayudarle. Un solo golpe, en el lugar adecuado, podría matarle ahora.

lunes, 19 de septiembre de 2022

Así comienza / Javier Marías / Tomás Nevinson

 



placeholder'Tomás Nevinson' (Alfaguara)
'Tomás Nevinson' (Alfaguara)

Javier Marías
TOMÁS NEVINSON


Yo fui educado a la antigua, y nunca creí que me fueran a ordenar un día que matara a una mujer. A las mujeres no se las toca, no se les pega, no se les hace daño físico y el verbal se les evita al máximo, a esto último ellas no corresponden. Es más, se las protege y respeta y se les cede el paso, se las escuda y ayuda si llevan un niño en su vientre o en brazos o en un cochecito, les ofrece uno su asiento en el autobús y en el metro, incluso se las resguarda al andar por la calle alejándolas del tráfico o de lo que se arrojaba desde los balcones en otros tiempos, y si un barco zozobra y amenaza con irse a pique, los botes son para ellas y para sus vástagos pequeños (que les pertenecen más que a los hombres), al menos las primeras plazas. Cuando se va a fusilar en masa, a veces se les perdona la vida y se las aparta; se las deja sin maridos, sin padres, sin hermanos y aun sin hijos adolescentes ni por supuesto adultos, pero a ellas se les permite seguir viviendo enloquecidas de dolor como a espectros sufrientes, que sin embargo cumplen años y envejecen, encadenados al recuerdo de la pérdida de su mundo. Se convierten en depositarias de la memoria por fuerza, son las únicas que quedan cuando parece que no queda nadie, y las únicas que cuentan lo habido.

lunes, 12 de septiembre de 2022

Javier Marías / Así comienza / Corazón tan blanco

 



Javier Marías

BIOGRAFÍA


Corazón tan blanco


No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó en seguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y corrió hacia el cuarto de baño, los que lo siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca, sin saber todavía qué hacer con él. Llevaba la servilleta en la mano, y no la soltó hasta que al cabo de un rato reparó en el sostén tirado sobre el bidet, y entonces lo cubrió con el paño que tenía a mano o tenía en la mano y sus labios habían manchado, como si le diera más vergüenza la visión de la prenda íntima que la del cuerpo derribado y semidesnudo con el que la prenda había estado en contacto hasta hacía muy poco: el cuerpo sentado a la mesa o alejándose por el pasillo o también de pie. Antes, con gesto automático, el padre había cerrado el grifo del lavabo, el del agua fría, que estaba abierto con mucha presión. La hija había estado llorando mientras se ponía ante el espejo se abría la blusa, se quitaba el sostén y se buscaba el corazón porque, tendida en el suelo frío del cuarto de baño enorme tenía los ojos llenos de lágrimas, que no se habían visto durante el almuerzo ni podían haber brotado después de caer sin vida. En contra de su costumbre y de la costumbre general, no había echado el pestillo, lo que hizo pensar al padre (pero brevemente y sin pensarlo apenas, en cuanto tragó) que quizá su hija,mientras lloraba, había estado esperando o deseando que alguien abriera la puerta y le impidiera hacer lo que había hecho, no por la fuerza sino con su mera presencia, por la contemplación de su desnudez en vida o con una mano en el hombro. Pero nadie (excepto ella ahora, y porque ya no era una niña) iba al cuarto de baño durante el almuerzo. El pecho que no había sufrido el impacto resultaba bien visible, maternal y blanco y aún firme, y fue hacia él hacia donde se dirigieron instintivamente las primeras miradas, más que nada para evitar dirigirse al otro, que ya no existía o era sólo sangre. Hacía muchos años que el padre no había visto ese pecho, dejó de verlo cuando se transformó o empezó a ser maternal, y por eso no sólo se sintió espantado, sino también turbado. La otra niña, la hermana, que sí lo había visto cambiado en su adolescencia y quizá después, fue la primera en tocarla, y con una toalla (su propia toalla azul pálido, que era la que tenía tendencia a coger) se puso a secarle las lágrimas del rostro mezcladas con sudor y con agua, ya que antes de que se cerrara el grifo, el chorro había estado rebotando contra la loza y habían caído gotas sobre las mejillas, el pecho blanco y la falda arrugada de su hermana en el suelo. También quiso, apresuradamente, secarle la sangre como si eso pudiera curarla, pero la toalla se empapó al instante y quedó inservible para su tarea, también se tiñó. En vez de dejarla empaparse y cubrir el tórax con ella, la retiró en seguida al verla tan roja (era su propia toalla) y la dejó colgada sobre el borde de la bañera, desde donde goteó. Hablaba, pero lo único que acertaba a decir era el nombre de su hermana, y a repetirlo. Uno de los invitados no pudo evitar mirarse en el espejo a distancia y atusarse el pelo un segundo, el tiempo suficiente para notar que la sangre y el agua (pero no el sudor) habían salpicado la superficie y por tanto cualquier reflejo que diera, incluido el suyo mientras se miró. Estaba en el umbral, sin entrar, al igual que los otros dos invitados, como si pese al olvido de las reglas sociales en aquel momento, consideraran que sólo los miembros de la familia tenían derecho a cruzarlo. Los tres asomaban la cabeza tan sólo, el tronco inclinado como adultos escuchando a niños, sin dar el paso adelante por asco o respeto, quizá por asco, aunque uno de ellos era médico (el que se vio en el espejo) y lo normal habría sido que se hubiera abierto paso con seguridad y hubiera examinado el cuerpo de la hija, o al menos, rodilla en tierra, le hubiera puesto en el cuello dos dedos. No lo hizo, ni siquiera cuando el padre, cada vez más pálido e inestable, se volvió hacia él y, señalando el cuerpo de su hija, le dijo «Doctor», en tono de imploración pero sin ningún énfasis, para darle la espalda a continuación, sin esperar a ver si el médico respondía a su llamamiento. No sólo a él y a los otros les dio la espalda, sino también a sus hijas, a la viva y a la que no se atrevía a dar aún por muerta, y, con los codos sobre el lavabo y las manos sosteniendo la frente, empezó a vomitar cuanto había comido, incluido el pedazo de carne que acababa de tragarse sin masticar. Su hijo, el hermano, que era bastante más joven que las dos niñas, se acercó a él, pero a modo de ayuda sólo logró asirle los faldones de la chaqueta, como para sujetarlo y que no se tambaleara con las arcadas, pero para quienes lo vieron fue más bien un gesto que buscaba amparo en el momento en que el padre no se lo podía dar. Se oyó silbar un poco. El chico de la tienda, que a veces se retrasaba con el pedido hasta la hora de comer y estaba descargando sus cajas cuando sonó la detonación, asomó también la cabeza silbando, como suelen hacer los chicos al caminar, pero en seguida se interrumpió (era de la misma edad que aquel hijo menor), en cuanto vio unos zapatos de tacón medio descalzados o que sólo se habían desprendido de los talones y una falda algo subida y manchada —unos muslos manchados—, pues desde su posición era cuanto de la hija caída se alcanzaba a ver. Como no podía preguntar ni pasar, y nadie le hacía caso y no sabía si tenía que llevarse cascos de botellas vacíos, regresó a la cocina silbando otra vez (pero ahora para disipar el miedo o aliviar la impresión), suponiendo que antes o después volvería a aparecer por allí la doncella, quien normalmente le daba las instrucciones y no se hallaba ahora en su zona ni con los del pasillo, a diferencia de la cocinera, que, como miembro adherido de la familia, tenía un pie dentro del cuarto de baño y otro fuera y se limpiaba las manos con el delantal, o quizá se santiguaba con él. La doncella, que en el momento del disparo había soltado sobre la mesa de mármol del office las fuentes vacías que acababa de traer, y por eso lo había confundido con su propio y simultáneo estrépito, había estado colocando luego en una bandeja, con mucho tiento y poca mano —mientras el chico vaciaba sus cajas con ruido también—, la tarta helada que le habían mandado comprar aquella mañana por haber invitados; y una vez lista y montada la tarta, y cuando hubo calculado que en el comedor habrían terminado el segundo plato, la había llevado hasta allí y la había depositado sobre una mesa en la que, para su desconcierto, aún había restos de carne y cubiertos y servilletas soltados de cualquier manera sobre el mantel y ningún comensal (sólo había un plato totalmente limpio, como si uno de ellos, la hija mayor, hubiera comido más rápido y lo hubiera rebañado además, o bien ni siquiera se hubiera servido carne). Se dio cuenta entonces de que, como solía, había cometido el error de llevar el postre antes de retirar los platos y poner otros nuevos, pero no se atrevió a recoger aquéllos y amontonarlos por si los comensales ausentes no los daban por finalizados y querían reanudar (quizá debía haber traído frutatambién). Como tenía ordenado que no anduviera por la casa durante las comidas y se limitara a hacer sus recorridos entre la cocina y el comedor para no importunar ni distraer la atención, tampoco se atrevió a unirse al murmullo del grupo agrupado a la puerta del cuarto de baño por no sabía aún qué motivo, sino que se quedó esperando, las manos a la espalda y la espalda contra el aparador, mirando con aprensión la tarta que acababa de dejar en el centro de la mesa desierta y preguntándose si no debería devolverla a la nevera al instante, dado el calor. Canturreó un poco, levantó un salero caído, sirvió vino a una copa vacía, la de la mujer del médico, que bebía rápido. Al cabo de unos minutos de contemplar cómo esa tarta empezaba a perder consistencia, y sin verse capaz de tomar una decisión, oyó el timbre de la puerta de entrada, y como una de sus funciones era atenderla, se ajustó la cofia, se puso el delantal más recto, comprobó que sus medias no estaban torcidas y salió al pasillo. Echó un vistazo fugaz a su izquierda, hacia donde estaba el grupo cuyos murmullos y exclamaciones había oído intrigada, pero no se entretuvo ni se acercó y fue hacia la derecha, como era su obligación. Al abrir se encontró con risas que terminaban y con un fuerte olor a colonia (el descansillo a oscuras) procedente del hijo mayor de la familia o del reciente cuñado que había regresado de su viaje de bodas no hacía mucho, pues llegaban los dos a la vez, posiblemente porque habían coincidido en la calle o en el portal (sin duda venían a tomar café, pero nadie había hecho aún el café). La doncella casi rio por contagio, se hizo a un lado y los dejó pasar, y aún tuvo tiempo de ver cómo cambiaba en seguida la expresión de sus rostros y se apresuraban por el pasillo hacia el cuarto de baño de la multitud. El marido, el cuñado, corría detrás muy pálido, con una mano sobre el hombro del hermano, como si quisiera frenarlo para que no viera lo que podía ver, o bien agarrarse a él. La doncella no regresó ya al comedor, sino que los siguió, apretando también el paso por asimilación, y cuando llegó a la puerta del cuarto de baño volvió a notar, aún más fuerte, el olor a colonia buena de uno de los caballeros o de los dos, como si se hubiera derramado un frasco o lo hubiera acentuado un repentino sudor. Se quedó allí sin entrar, con la cocinera y con los invitados, y vio, de reojo, que el chico de la tienda pasaba ahora silbando de la cocina al comedor, buscándola seguramente; pero estaba demasiado asustada para llamarle o reñirle o hacerle caso. El chico, que había visto bastante con anterioridad, sin duda permaneció un buen rato en el comedor y luego se fue sin decir adiós ni llevarse los cascos de botellas vacíos, ya que cuando horas después la tarta derretida fue por fin retirada y arrojada a la basura envuelta en papel, le faltaba una considerable porción que ninguno de los comensales se había comido y la copa de la mujer del médico volvía a estar sin vino. Todo el mundo dijo que Ranz, el cuñado, el marido, mi padre, había tenido muy mala suerte, ya que enviudaba por segunda vez.


Javier Marías
Corazón tan blanco
Barcelona, Anagrama, 1977, pp. 11-16




viernes, 10 de septiembre de 2021

Así comienza / Mahmoud Dowlatabadi / El coronel

Mahmoud Dowlatabadi


Mahmoud Dowlatabadi

EL CORONEL

«Primero debo apagar mi cigarrillo…» Quizá ya fuera el vigésimo cigarrillo que apagaba aquella noche. Se estaba ahogando y, de tanto fumar, su lengua y su boca estaban perdiendo el sentido del gusto. «¡Mira cuánto vaho hay en el resquebrajado cristal de la ventana! ¡Y qué silencio!» Con cada golpe, el sonido de la aldaba de la puerta rompía el silencio y la armonía de la lluvia que, por su monotonía cayendo sobre el viejo tejado oxidado, ya formaba parte del silencio. 

martes, 24 de noviembre de 2020

Así comienza / Walter Tevis / Gambito de dama







Walter Tevis
Gambito de dama


Beth se enteró de la muerte de su madre por una mujer con un portapapeles. Al día siguiente apareció su foto en el Herald-Leader. Tomada en el porche de la casa gris en Maplewood Drive, mostró a Beth en un vestido sencillo de algodón. Incluso entonces, ella era claramente sencilla. La leyenda bajo la imagen decía: "Huérfana debido choque de ayer en New Circle Road, Elizabeth Harmon contempla un futuro turbulento. Elizabeth, de ocho años, se quedó sin familia por el accidente, que mató a dos personas e hirió a otras. Sola en casa en ese momento, Elizabeth se enteró del accidente poco antes de que fuese tomada la foto. Ella estará bien cuidada, dicen las autoridades ".


The Queen's Gambit
by Walter Tevis

BETH LEARNED OF HER MOTHER'S DEATH FROM A WOMAN WITH A clipboard. The next day her picture appeared in the Herald-Leader. The photograph, taken on the porch of the gray house on Maplewood Drive, showed Beth in a simple cotton frock. Even then, she was clearly plain. A legend under the picture read: "Orphaned by yesterday's pile-up on New Circle Road, Elizabeth Harmon surveys a troubled future. Elizabeth, eight, was left without family by the crash, which killed two and injured others. At home alone at the time, Elizabeth learned of the accident shortly before the photo was taken. She will be well looked after, authorities say."








viernes, 24 de julio de 2020

Así comienza / Juan Marsé / Últimas tardes con Teresa

Libros de ayer y hoy/Teresa Gil

‘Últimas tardes con Teresa’, un buen comienzo para amar a Marsé

Conchi Sánchez


Juan Marsé (Barcelona, 1933) sabe lo que vale un buen comienzo. Es consciente de que cuenta con unos segundos para captar la atención del lector porque de su impresión sobre la primera frase, de cómo bombee su corazón en el primer párrafo, dependerá que los ojos se deslicen por las siguientes páginas o que, por contra, su atención vaya perdiendo fuerza hasta cerrar el libro y colocarlo sobre la torre de aquellos que nunca leerá. Pero nada de esto puede ocurrir cuando tenemos entre las manos el comienzo de Últimas tardes con Teresa, que escribió en 1966. Sus tres primeros párrafos son una auténtica fiesta para las palabras. Los adjetivos, los nombres se muestran exuberantes, sensuales, casi táctiles, en combinaciones imposibles, nuevas y hermosas: el oficio de escribir encarna en este hombre su perfección esencial.

miércoles, 29 de abril de 2020

Per Olov Enquist / La visita del médico de cámara / Fragmento



Per Olov Enquist
LA VISITA DEL MÉDICO DE CÁMARA
Fragmento

Primera parte
LOS CUATRO
EL LAGARERO
1
El 5 de abril de 1768 Johann Friedrich Struensee fue contratado como médico de cámara del rey danés Cristián VII; cuatro años después era ejecutado.
El 21 de septiembre de 1782, diez años más tarde, cuando la expresión «época de Struensee» ya había hecho fortuna, el enviado inglés en Copenhague, Robert Murray Keith, informó a su Gobierno de un episodio que presenció casualmente y que le pareció desconcertante.
Esa fue la razón de que enviara un informe.

viernes, 6 de diciembre de 2019

martes, 23 de abril de 2019

Así comienza / Triunfo Arciniegas / Dulce animal de compañía



Triunfo Arciniegas

Biografía

DULCE ANIMAL DE COMPAÑÍA






La puerta trasera del camión se abrió de golpe frente a la catedral y los toros saltaron a la calle, uno tras otro, destrozaron los jardines del parque y luego se desplegaron en todas las direcciones, desdibujados por la niebla del páramo. Uno entró al mercado y revolcó parroquianos y cestas de frutas, otro corrió entre llantos y alaridos hasta el cementerio y se echó sobre las piedras de la tumba del poeta, debajo de un árbol sin pájaros. Otros dos penetraron a la catedral y resbalaron sobre el espejo de las baldosas, causando sofocos y desmayos entre las beatas que renovaban el agua de las flores del altar. Unas se arrodillaron porque consideraron que había llegado su última hora y otras, menos mensas, corrieron a esconderse en la sacristía. Por suerte, no era la hora de la misa mayor o numerosas almas hubieran encontrado el descanso del Señor de la manera más terrible, como dijeron días después en el debate de Voces del Páramo que pretendía establecer responsabilidades. Los toros sacrílegos derribaron los jarrones del altar, los escaparates de veladoras de los distintos santos, las alas del ángel del agua bendita, algunas bancas, las puertas de los confesionarios, y volvieron al parque, donde el chofer del camión todavía se halaba los cabellos, gritaba y zapateaba como un niño. Otros dos cornearon a una vieja y su nieta en la Calle del Ahorcado. La vieja murió casi al instante, empapada por el chorro de sangre cuya violencia no pudieron detener sus manos enloquecidas. La vieron de rodillas, envolviéndose el cuello con los dedos, como si tratara de ahorcarse, justificando así el antiguo nombre de la calle, y luego se estiró sobre el pavimento cuan larga era, no mucho por cierto, se estremeció durante escasos segundos y descansó para siempre. La niña se salvó, aunque su rostro requeriría un largo y dispendioso trabajo quirúrgico y nunca se desligaría de su carácter de testimonio o memoria o referencia de los violentos hechos. Otro animal, negro y sólido, de espigadas astas, revolcó a un muchacho en la plazuela sin consecuencia alguna, aplastó una bicicleta, destrozó las canastas del aseo, quebró la farola de un reluciente Mazda como si de arreglar cuentas con el dueño se tratara, entró al edificio Bellalú en el momento en que se abría la puerta del ascensor y destripó al comerciante Leonel Santana. Las astas desgarraron el vientre y las vísceras brotaron como un ramo de flores. El hecho sangriento estigmatizaría el edificio, por encima de todas las historias, de todos los demás incidentes, triviales o no, que ni siquiera se mencionarían ni mucho menos se divulgarían, y era de esperarse que los apartamentos bajaran de precio y los residentes consideraran el cambio de domicilio ante la absurda perspectiva de muerte por cornada en el ascensor. La negra Luz Almendra, dueña y señora del edificio, en otros tiempos bella y llena de luz, perseguida y amada, contempló desde la amplia ventana del apartamento el toro que escarbaba entre la niebla y luego embestía al muchacho, la bicicleta, las cestas del aseo, el Mazda. Los gritos espantaron su aire otoñal y melancólico. Se cubrió con la bata y salió del cuarto con la certeza de una nueva y definitiva desgracia en su vida. El muchacho aporreado en la plazuela corrió a olvidar el susto entre los tibios muslos de la mujer que rescató de la niebla. La abrió como una flor, la escarbó y se revolcó en sus abismos, gozoso, porque allí la muerte no parecía posible. El último toro fue acorralado por el arrojo de los muchachos y los alaridos de las niñas en el patio de recreo del colegio Sagrado Rostro, sin heridos ni daños materiales, hasta que los carniceros lo condujeron enlazado al matadero de la vía a Málaga. Los otros fueron devueltos al parque por caballeros más o menos intrépidos e insensatos, con lazos y palos, y empujados al camión por una improvisada rampa de cajones y baúles prestados de los almacenes más cercanos. Confundidos por la magnitud de los daños y el regocijo de saberse a salvo, tratando de librarse de un miedo que nadie admitía, los caballeros se desataron en insultos ante las bestias encerradas y escupieron con evidente coraje hasta que el camión prosiguió el viaje hacia el matadero municipal. Entonces descansaron en el arrasado campo de batalla, se peinaron con los dedos y acomodaron sus ropas. Más tarde bebieron desaforados en las cantinas, se abrazaron como hermanos aunque algunos nunca se habían visto, recordaron e inventaron hazañas después de regresar una y otra vez a los incidentes recientes, magnificándolos hasta el delirio, volvieron a casa, guerreros después del combate, dueños del aire que respiraban, dignos de su nombre y su familia, y durmieron. Las mujeres permanecieron hasta tarde reparando los jardines y luego soñaron con el olor de la tierra entre los dedos. Sus hombres las poseyeron entredormidos, lentos, hechizados, mientras el amanecer se colaba por las rendijas de puertas y ventanas y se desparramaba en patios y solares. Después del temblor, tendidos y desnudos, una mano en el sexo o en las nalgas, otra en un seno, hombres y mujeres permanecieron largo rato en silencio para que el mundo se reacomodara una vez más, entraron a sus trajes y retomaron el hilo de los días. Los perros, cautelosos, volvieron a las calles. El loco Peralta, descalzo y flaco, los pantalones amarrados con una cuerda, incansable, toreó con la camisa sucia un animal invisible hasta el amanecer, cuando estiró los brazos hacia el cielo para recibir las ovaciones. Más allá, entre los árboles desdibujados, en el trono del escaño, toda elegante, con sombrero y bufanda, insaciable, la loca Irene comía niebla con cubiertos de plata y agitaba la campanilla para solicitar las atenciones de los sirvientes. ¿De qué hablarían, si alguna vez lo hicieron, esta mujer y este hombre? De qué animales, de qué niebla. ¿Nunca dormían? Tal vez no requerían soñar porque vivían sus propios sueños. ¿De qué materia serían sus toros? ¿De qué universo, sus palabras? En todo caso, los hechos, vueltos a contar, tergiversados, enriquecidos, se integrarían a la vida cotidiana de todo el mundo, la crónica familiar, los sueños. ¿Fue verdad o mentira? O todos estaban tan perdidos como ese loco descalzo que toreaba con su propia camisa un toro invisible. O en verdad toros de carne y hueso revolcaron las calles, destrozaron puertas y vidrieras, aporrearon y mataron cristianos a diestra y siniestra. Parte o no del sueño colectivo, los animales fugitivos se bosquejaron en la niebla y al instante, entre gritos, se materializaron como bultos de piedra, inmensos, ágiles y efímeros. De acuerdo con numerosos y contradictorios informes, fueron vistos en toda la ciudad, incluso en los barrios que jamás recorrieron, en puntos de acceso imposible y, según los rumores, causaron más estragos, heridos y muertos de los señalados, hasta alcanzar cifras inverosímiles. Se les atribuyó el muerto del Callejón de los Ciegos, donde dos borrachos se enfrentaron con ruana y cuchillo, encarnizados, hasta que uno quedó tendido con los ojos abiertos y el otro huyó dejando un reguero de estrellitas de sangre. Nunca se aclaró si la riña fue provocada por un lío de faldas o unos linderos mal trazados. Faldas de tierra o linderos de piel. En todo caso, por un tiempo la tierra se quedó sin dueño y la mujer sin hombre porque ninguno de los rivales concretó la posesión respectiva: ni la víctima desde el más allá ni el victimario enredado en los azares de la huida, el primero se hundiría para siempre en las sombras del olvido y el otro terminaría sus días sin una oreja y con los bandidos del Duende. La tierra, sola y descuidada, se echaría a perder entre hierbajos, hasta que las leyes decidieran destino, y la mujer, si no sola, si no descuidada, encontraría otro hombre, que disfrutaría de sus vastos dominios, goloso, feliz, sin la memoria de los singulares hechos que desencadenaron los animales en las calles de Pamplona. Ninguno invadió la abandonada plaza de toros, ahora refugio nocturno de marihuaneros y parejas clandestinas. Ninguno se acercó a la puerta del convento de las Esclavas del Señor. Ninguno perturbó los delirios de los muchachos del seminario. Los amantes perdidos en el bosque, extasiados en su mutua adoración, subieron al cielo y volvieron sin tropiezo alguno. De los nueve toros, sólo uno permaneció en el camión porque se había quebrado una pata, y así, echado sobre un manto de excrementos, aguardó el regreso de siete de los fugitivos. El último, acorralado en el patio de recreo del colegio y ahora atado, fustigado en exceso, enloquecido por el olor de la muerte, aguardaba en el matadero, cabeceando la pared, mientras un muchacho descalzo lavaba a baldados el piso ensangrentado. Todos murieron después de la medianoche, como era su destino en la tierra, todos fueron consumidos por la gente de Pamplona en el transcurso de la semana: maniatados y derrumbados sobre el húmedo cemento del matadero municipal, heridos por el cuello y desangrados hasta el último suspiro, despellejados y destazados con absoluta precisión, vendidos en jugosas tajadas y consumidos en trozos aún más pequeños, bocados sin memoria. El chofer fue detenido. De apenas veinte años, padre de familia y casi analfabeta, no era el dueño del ganado ni del vehículo. “Fue puesto en libertad tres días después de los trágicos hechos”, según la nota del cronista local. El viento barrió la niebla y la ciudad disfrutó de días luminosos y noches estrelladas. El alcalde expidió un decreto absurdo que los conductores de camión jamás leyeron.

Triunfo Arciniegas
Dulce animal de compañía
Bogotá, Alfaguara, 2019, pp. 13-17