«Tenía dos años cuando llegó el golpe militar. Crecí en ese tiempo oscuro y extraño que fue la dictadura, y salí al mundo entre marchas, velorios, helicópteros y funerales. Soy parte de una generación medio perdida, que no fue protagonista de nada, pero que observó con ojos adolescentes, e intentó a sus pocos años movilizarse. Costaba entender lo que ocurría porque los adultos estaban con la cabeza en otra parte, porque nos protegían con su silencio. Crecí pensando que ese mapa incompleto en el que viví iba a aclararse con la llegada de la democracia, pero no fue así. Entonces quedé frustrada, con la sensación de que había episodios de mi propia vida que se me estaban clausurando», explica la chilena
Nona Fernández (Santiago, 1971). De ahí que la realidad se cuele en sus ficciones. «Comencé, sin plan, una investigación escritural sobre todo aquello que vivencié, que escuché, que vi, que no tuvo lugar en la Historia oficial. He estado en eso veinte años: en revelar y contar esas vivencias que se me cruzaron y sentí que merecían un espacio de memoria», subraya.