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jueves, 18 de julio de 2013

Paul Bowles / Tapiama


Paul Bowles
TAPIAMA
Traducción de José Joaquín Blanco

El río pasaba exactamente detrás del hotel. Si viniera de muy lejos, de tierra adentro, habría sido ancho y silencioso, pero como en realidad sólo era un arroyo hinchado por las lluvias y su lecho estaba lleno de rocas, hacía un ruido caudaloso que el fotógrafo confundió por un momento con el sonido de un aguacero.
El calor y el viaje lo habían rendido. Y después de comer pescado frito (ya frío), un mantecoso omelette como suela, frijoles refritos con arroz y plátanos tostados, había caído en un sueño tan pesado como si hubiera tomado alguna droga. Tambaleándose, arrancándose los pantalones y la camisa, a la vez que levantaba el tieso mosquitero que apestaba a polvo, había caído como piedra en el colchón, de cuya dureza apenas se percató mientras se perdía por completo en el sueño.
En la noche, cuando despertó, supo que sólo había dormido el falso sueño de la indigestión; y con los ojos abiertos en la oscuridad pensó que iba a serle muy difícil regresar al olvido de sí mismo. Fue entonces cuando advirtió, como trasfondo, el nocturno y monótono sonido del río y lo tomó por el de un aguacero. Arriba, muy arriba de su cabeza (¿cómo podía haber techos tan altos?), la nerviosa lucecilla de una luciérnaga chisporroteaba a ratos su código indescifrable.
Estaba acostado boca arriba, y algo descendía serpenteando por su pecho; quiso atraparlo con la mano y aplastó una móvil gota de sudor. La sábana burda estaba empapada bajo su cuerpo. Pensó en cambiar de posición; pero si intentaba moverse seguramente no haría sino iniciar una larga serie de vueltas y revueltas en el lecho, y cada nueva postura le resultaría más incómoda que la anterior. Desde la oscuridad anónima de un cuarto cercano alguien tosía de vez en cuando, pero él no distinguía si era un hombre o una mujer. Sentía el estómago tan pesado como si hubiera comido por diez personas a la vez. El recuerdo de la comida se iba cubriendo lentamente de un horror turbio, sobre todo el del pesado omelette frío y su brillo mantecoso.
Estar ahí acostado, oliendo el polvo del mosquitero, era como ser un mueble amortajado con una bolsa harpillera. Quería salir a caminar por la calle, pero había dificultades: el anciano del hotel le había dicho que se suspendía la electricidad a medianoche. En lugar de poner los cerillos bajo la almohada, los había dejado en la bolsa del pantalón, y no quería caminar descalzo en el piso oscuro.
Además, recordó al escuchar de nuevo el amplio y extrañamente lejano clamor de afuera, estaba lloviendo. Sin embargo, sería un placer callejonear por las calles muertas, aun bajo la lluvia invisible... Si se quedaba inmóvil tal vez podría volverse a dormir. Finalmente, en un arranque desesperado, apartó la cortina del mosquitero y brincó al sitio donde había tirado su ropa sobre una silla.
Se las arregló para ponerse la camisa y los pantalones en el espacio de tres cerillos; con los zapatos fue golpeando en la oscuridad sobre el piso de concreto para asegurarse un sendero sin el peligro de pisar escorpiones o ciempiés; luego prendió el cuarto cerillo y abrió la puerta.
El patio no estaba tan oscuro; en la noche plomiza se esbozaban las grandes plantas en macetones; pero el cielo parecía sencillamente no existir, ahogado por una nebulosidad en la que ningún resplandor de estrellas penetraba. No llovía. “El río debe estar muy cerca”, pensó.
Caminó por el corredor techado, rozando los tentáculos de las orquídeas que colgaban de tiestos y canastas en los aleros, se enredaban en los muebles de mimbre, y se abrió paso hasta la puerta principal, cerrada con dos pasadores. Cuidadosamente descorrió los pasadores metálicos, salió y emparejó la puerta tras de sí. La tiniebla de la calle era tan profunda como la del patio, y el aire tan fijo como dentro del mosquitero; pero había un aroma vegetal, dulce e indefinido, que al mismo tiempo le provocaba sensaciones de exuberancia y de extenuación.
Dio vuelta a la izquierda: la calle principal, larga y vacía en sus dos líneas de uniformes casas bajas, descendía exactamente al paseo paralelo al mar. Mientras caminaba, sentía que ese aire como de invernadero se iba jaspeando del fresco arma de las algas marinas.
En cada esquina tuvo que descender siete escalones para cruzar la calle, y subirlos de nuevo para alcanzar la siguiente banqueta; en la época de lluvias, según le había dicho el propietario del hotel, la gente tenía que abordar lanchones en cada esquina para cruzar las calles.
Del mismo modo que se entreveraban los olores de la tierra y del mar, se apoderaban de él opuestas sensaciones trenzadas: una de alivio que casi lo era de gozo expansivo, y una leve amenaza de náusea, que él decidió combatir, pues consideraba una debilidad rendirse a las sospechas de enfermedad.
Trató de poner mayor agilidad en sus pasos, pero de inmediato descubrió que, con ese calor, intentar cualquier esfuerzo sería en vano. Ahora sudaba más que en la cama. Prendió un Ovalado y el sabor del tabaco dulce fue parte de la noche.
El paseo a lo largo del malecón era de casi un kilómetro. Había imaginado que aquí habría algo de brisa, pero no encontró diferencia con el aire del patio del hotel. De vez en cuando apenas se olía el íntimo, suave sonido de una pequeña ola cuando delicadamente se rompía en la arena próxima, ahí abajo.
Se sentó a descansar en la balaustrada con la esperanza de refrescarse un poco. El mar era indivisible. Podría haberse sentado en la cumbre de una montaña, sobre las nubes, y la nebulosidad en torno habría sido tan uniforme y tan abrumadora como ésta. Ni siquiera, como suele, el mar daba impresión de distancia con sus ruidos: parecían ocurrir en un vasto patio cerrado. Las losas de concreto en que se sentaba eran sólo un poco menos tibias y sólo un poco más húmedas que su carne.
Fumó dos cigarros y aguzó el oído para escuchar un ruido que, así fuese indirectamente, revelara otra presencia humana. Pero no había más que el variable deslizarse y rezumar del agua perezosa en la playa, ahí abajo. Miró hacia ambos extremos del paseo; vio una lejana luz al oeste, anaranjada, titilante, ¿una fogata en la playa? Volvió a caminar, más despacio que antes; frente a él estaba la llama distante, el único punto de luz en todo el panorama.
Anchos escalones descendían hasta la orilla de la playa. Y más allá, en la misma dirección pudo ver una débil estructura de embarcadero, construida sobre el agua; se detuvo, se concentró y escuchó el movimiento de los vacilantes lengüetazos de las olas contra los inmersos pilotes del embarcadero: se oían como en una cámara de ecos.
Bajó rápidamente los escalones, pasó debajo del embarcadero. Definitivamente era más fresco caminar sobre la orilla de arena que por el paseo. Ahora se sentía bien despierto, y decidió ver qué tanto podía acercarse a la lucecilla en quince minutos de caminata. Los cangrejos corrían por la arena totalmente silenciosos y casi invisibles, del mismo color de la noche, apenas unos centímetros adelante de sus pies. La arena se acabó un poco más allá del paseo, y dio lugar a una superficie dura y coralina, en la que era más fácil caminar; imprudentemente, andaba lo más cerca posible de la orilla del agua.
Había una diferencia entre ésta y las otras, innumerables caminatas que había hecho antes; y se preguntó por qué ésta le resultaba tan placentera. Quizás porque ahora no andaba tras otra cosa que la libertad pura; había dejado todas sus cámaras en el cuarto del hotel.
De vez en cuando levantaba la vista de las borrosas configuraciones cerebrales de la costra coralina que pisaba, y miraba hacia tierra adentro, en busca del menor signo de vida humana. Creyó que muy bien, a escasos treinta o cincuenta metros, podrían extenderse dunas, pero hasta la sospecha era imposible en tal oscuridad.
El sudor le chorreaba por la espina y el cóccix, y le escurría entre las nalgas. Lo mejor habría sido desnudarse por completo, pero qué fastidio entonces cargar la ropa; quería tener las manos libres, aunque se sofocara dentro de la ropa.
La cuestión de la libertad está gobernada por la ley de las ganancias que disminuyen, se dijo apretando el paso. Si vas más allá de cierto punto de intensidad en tu conciencia de desearla, te estás equipando con una garantía de no lograrla. De cualquier modo, pensó, ¿qué era la libertad en última instancia sino el quedar completamente, y no sólo en parte, bajo la tiranía del azar?
No había duda de que la caminata le estaba desvaneciendo el miasma de la indigestión. Su reloj de pulsera, con las manecillas brillantes, le señaló que sólo restaban tres minutos. Frente a él, la luz anaranjada parecía ahora más pequeña que vista desde el pueblo. ¿Por qué arbitrariamente quince minutos? Sonrió al advertir cómo su mente automáticamente se movía de acuerdo a moldes precisos y citadinos. Pensó que si levantaba el brazo podría tocar el cielo, que sería húmedo, tibio y voluptuosamente suave.
Y ahora escuchó a lo lejos, del lado de la tierra, ruidos que de inmediato identificó con el croar de cientos de ranas jóvenes; observó detenidamente la luz: se movía de un modo extraño: ascendía o descendía ligeramente, y oscilaba, pero no parecía cambiar de sitio. De repente creció en llamarada, con un reguero de chispas. Supo que había llegado: a unos treinta metros se levantaba la fogata sobre el piso de una lancha atracada en pendiente. Un hombre desnudo la alimentaba con ramas de palmera. El fotógrafo se detuvo y quiso escuchar voces humanas. Pero el feliz coro de ranas saturaba el ambiente.


Se adelantó unos pasos y decidió hablar: “¡Hola!” El hombre volteó por completo hacia él, salto por la parte más baja de la lancha (el agua tenía escasa profundidad) y vino corriendo.
Sin saludarlo, acaso confundiéndolo con otra persona, le preguntó: “¿Tapiama? ¿Vas a Tapiama?” El fotógrafo nunca había oído hablar de Tapiama, así que tartamudeó un poco y finalmente dijo que sí, mientras el otro hombre lo cogía del brazo y lo llevaba por la orilla:
—La marea está pasando ya. Salimos en un momento.
Pudo ver a otros dos hombres acostados en el piso de la lancha, uno a cada lado de la fogata, lo más lejanos que podían del fuego. El fotógrafo se acuclilló, se quitó los calcetines y los zapatos, y caminó en el agua hasta la lancha. Ya en ella (la fogata seguía brillando y crujiendo) volteó hacia el lanchero desnudo, y vio que desataba la soga que detenía la lancha.
“Todo esto es absurdo”, pensó. No podía sino desconfiar de la exagerada naturalidad con que todas las cosas se orquestaban en torno suyo: la indiferencia de los otros pasajeros ante su inesperada llegada y, sobre todo, la sospechosísima diligencia de los lancheros para partir de inmediato.
Se dijo a sí mismo: “Las cosas no suelen ser así”, pero así eran evidentemente ahora, y cualquier cuestionamiento racional y lógico de ese proceso sólo podía llevarlo a la paranoia. Se tumbó en el piso de la lancha y sacó su cajetilla de Ovalados.
El lanchero desnudo, después de enrollarse la soga en el antebrazo a manera de gran brazalete, saltó a bordo y con el pie despertó a uno de los pasajeros perezosos, quien se revolvió en el piso, y se incorporó sobre las rodillas mirando a todas partes con azoro: “¿Dónde está?” Sin contestarle, el lanchero le aventó el más corto de los dos remos que estaban tendidos a lo largo de la lancha. Se pusieron juntos a impulsarla sobre la invisible superficie del agua. El canto de las ranas y el resplandor de la fogata llenaban el aire.
Después de haber respondido “Sí” a la pregunta sobre Tapiama, el fotógrafo creyó que no podría retroceder a preguntar “¿Qué es Tapiama?” o “¿Dónde está Tapiama?” Y a pesar de que le urgía saberlo, decidió esperar. Avanzaban sobre esa corriente superficial —¿estuario, laguna?—, río más bien, pues el lanchero había dicho que ya había pasado la marea, pero no el mismo río cuyo atormentado paso entre las peñas había escuchado desde su cama.
Los lancheros seguían empujando la lancha con los remos contra el fondo del agua. A veces atravesaban mechones vegetales, donde la canción de las ranas se opacaba ante otro sonido, inexplicable y brutal, como el súbito desgarrarse de una recia y larga sábana de lino. De vez en cuando algo sólido y pesado chapoteaba y salpicaba por ahí, como si un hombre hubiera caído al agua. Y a veces el pasajero acostado se incorporaba un poco sobre el codo, y con la otra mano arrojaba indolentemente alguna rama de palmera para revivir la fogata.
Todavía no había transcurrido una hora cuando atracaron en un lodazal. Los otros dos pasajeros saltaron del barco y se perdieron en la oscuridad. Después de ponerse cuidadosamente los calzones, el lanchero le pidió, con un golpecito en el brazo, sesenta centavos. El fotógrafo le dio setenta y cinco y saltó al lodo con los zapatos en la mano.
—Espera un poco —dijo el hombre—. Voy contigo.
El fotógrafo se sintió mejor. El lanchero (que ahora en sus calzones blancos se veía más moreno que antes) terminó de amarrar los remos a un tronco vertical encajado en el lodo; avanzó por delante, abriéndole el camino cuesta arriba entre la profusión de la maleza; en algún momento le dijo:
—¿Vas a regresarte mañana?
—¿Regresar? No.
—¿Qué no vienes a la Compañía?
El tono implicaba que estar ahí para cualquier otra cosa que no tuviera qué ver con la Compañía, lo volvía a uno muy sospechoso. Había llegado el momento de la verdad, y a pesar de sus riesgos el fotógrafo decidió asumirlo:
—Nunca he oído hablar de la Compañía —dijo—; acabo de llegar a Río Martillo. ¿Qué tipo de Compañía?
—Azúcar —contestó el hombre y se detuvo, mirándolo con el rostro fijo mientras pronunciaba muy despacio—: ¿Entonces a qué vienes a Tapiama? Aquí no quieren a los millonarios, eh.
Entendiendo que ese era el mal nombre usado en esta parte de la costa para los norteamericanos, el fotógrafo mintió rápidamente: “Soy danés”, dijo; pero advirtiendo que no iba a convencer a nadie, añadió de inmediato: “¿Vamos a seguir caminando entre el lodo o puedo ponerme los zapatos?”
El hombre volvió a caminar: “Si quieres, puedes lavarte los pies en la cantina”, le contestó sin voltear. Llegaron ahí un minuto después. En la oscuridad vegetal se abría un claro, con una docena de chozas de palapa en un extremo, una plataforma de embarcadero en el otro, la noche hueca al frente y la vastedad del agua atrás. Entre las chozas y la plataforma estaba la cantina, que no era sino una choza más grande y con la parte delantera totalmente descubierta, de donde provenía un resplandor nebuloso. El silencio unánime se enfatizaba con el ubicuo croar de las ranas y los ocasionales chirridos de la alta maleza.
—¿Cómo es que está abierta a estas horas? —preguntó el fotógrafo.
El lanchero se ajustó brevemente los calzones en mitad del claro:
—Don Octavio la atiende de las seis de la mañana a las seis de la tarde, y su hermano de las seis de la tarde a las seis de la mañana. Los trabajadores de la Compañía salen a diferentes horas y vienen aquí a gastarse el pago.
Les gusta más la cantina que sus casas. Aquí no hay tantos mosquitos.
Pudo ser que el fotógrafo solamente imaginara que la voz del lanchero se había vuelto amarga, conforme decía estas últimas palabras. Cruzaron el claro y subieron por unos peldaños a la cantina.
No había piso, el suelo era de arena blanca. En un rincón se improvisaba con tablas un mostrador; ahí apenas alumbraba una lámpara de petróleo y dos hombres bebían de pie. Por aquí y por allá se esparcían algunos huacales de madera, dispuestos verticalmente como mesas, con vacías botellas de cerveza encima; u horizontalmente, como asientos.
—Muy triste —comentó el lanchero mirando alrededor y desapareció por una puertecilla detrás del mostrador.
Además de los dos hombres parados (que habían interrumpido su conversación y miraban fijamente al fotógrafo) no había nadie. “Cuando dudes, habla”, se dijo a sí mismo, y avanzó hacia ellos, aunque al mismo tiempo pensaba que igualmente podría haberse aconsejado: “Cuando dudes, calla”, pues al abrir la boca para decir: “Buenas noches” no se alteraron en absoluto las expresiones de los hombres, hasta donde él pudo percatarse, y siguieron escrutándolo durante tres largos segundos. Finalmente, casi al mismo tiempo, le contestaron el saludo.
Notó que nada tenían en común: uno era soldado uniformado, un muchacho indígena como de dieciocho años, y el otro un mulato civil de expresión cansada y edad indefinible. O quizás —se le ocurrió mientras se acodaba en el mostrador fingiendo despreocupación— ahora por lo menos podrían compartir un enemigo común, ahora que él habría entrado en la cantina: “Ni modo. Así es la cosa, pensó; y aquí estoy yo descalzo y con los zapatos llenos de lodo”.
—¿Hay alguien? —preguntó en voz alta hacia el compartimiento de palapa detrás del mostrador. Los otros ni retomaban su conversación ni mostraban interés en conversar con él; prefirió fingir que no los veía. Finalmente se abrió una puertecilla, entró un gordo que extendió las manos sobre el mostrador y alzó interrogativamente las cejas.
—Quiero una cumbiamba —pidió el fotógrafo, recordando el nombre de la bebida costeña favorita, un brebaje vegetal famoso por sus traidores efectos.
Sabía mal y raspaba. El segundo trago supo mejor. Cruzó la cantina hacia la parte descubierta y se sentó en un huacal, mirando la noche informe. Los otros dos hombres platicaban en voz baja. Poco después vio que cinco hombres aparecían afuera, en el embarcadero, se dirigían a la cantina, entraban y llegaban riendo hasta el mostrador en espera de sus copas; todos eran negros y andaban en calzones, como el lanchero.
Una mulata joven con dientes de oro salió por la puertecilla del mostrador y se juntó con ellos, pero al ver solo al fotógrafo, se acercó contoneándose y con los brazos en jarras, como si bailara; se acuclilló junto a él, llena de sonrisas, y con una mano amarillenta y finita trató de desabrocharle la bragueta.
Su reacción fue instantánea y automática: jaló la pierna y de una patada en el pecho la tumbó boca arriba sobre la arena. Las carcajadas de los hombres en el mostrador no sofocaron la aguda vocecilla airada de la mulata:
—¡Qué bruto, tú! ¡Pendejo! —Regresó con los brazos en jarras al mostrador y uno de los hombres le invitó una cerveza.
Aunque el fotógrafo no había querido deliberadamente patearla, no sentía remordimientos. Las cumbiambas parecían estarle haciendo efecto; empezaba a sentirse muy bien. Siguió quieto en su sitio un rato, tocando algunas tonadillas con los dedos sobre el vaso vacío.
Pronto llegaron más trabajadores negros al mostrador. Uno traía una guitarra, en la que se puso a tocar un acompañamiento sincopado para una melodía inexistente. Sin embargo, eso era algo parecido a la música, y a todos les gustaba. Quizás esos rasguidos fueron lo que despertó a los perros de la aldea y hubo de inmediato un coro furioso de ladridos, que era particularmente intenso en la entrada de la cantina, donde estaba el fotógrafo.
Se cambió a un asiento del fondo, en la pared de enfrente, y apoyó la cabeza contra una viga rasposa que sostenía parte del techo. A unos treinta centímetros, sobre su cabeza, colgaba de un clavo un objeto raro: de vez en cuando alzaba la cara para estudiarlo y descubrir de qué se trataba.
De repente saltó y comenzó a sacudirse violentamente la nuca y el cuello. La viga estaba llena de miles y miles de minúsculas hormigas; alguien había colgado del clavo un coralillo aplastado y las hormigas habían venido a devorar la carne. Tardó mucho en deshacerse de todas las hormigas que andaban por su espalda; mientras tanto llegaron otros dos hombres a la cantina (no supo si habían entrado por el claro o por la puertecilla del mostrador) y se sentaron, con los rostros vueltos hacia el fotógrafo, en mitad del camino entre él y el mostrador.
El viejo parecía nórdico; el muchacho estaba cojo, bien podría ser español y tenía una expresión inocentona. El viejo le contaba al muchacho algo chistoso, acercando mucho la cara hacia él y dándole golpecillos en el brazo, cuando quería enfatizar alguna frase; pero el muchacho, como aturdido, dibujaba cosas en la arena con la punta de su muleta.


El fotógrafo se levantó. Nunca se le había subido el alcohol con sólo dos tragos. “Una sensación muy peculiar”, se dijo; “muy peculiar”, se repitió entre dientes, conforme se dirigía por otra copa al mostrador. No era tanto que se sintiera borracho como que se sentía otra persona, alguien para quien lo normal de la vida estaba mucho más allá de lo que el fotógrafo hubiera podido fantasear; se sentía varado en una región sensorial absolutamente ajena a cualesquiera otras que hubiera conocido en su vida. No era una sensación desagradable, sólo indefinible.
—Dispénseme —le dijo al negrote de camiseta a rayas rosas y blancas (marca BVD), mientras se abría paso extendiendo su vaso al cantinero gordo. Quiso ver de qué se hacía una cumbiamba, pero en un instante el cantinero había mezclado todo bajo el mostrador y ya le regresaba el vaso rebosante, algo espumoso. Tomó un buen trago y puso el vaso sobre el mostrador, mirando a la derecha, de reojo, al soldado indígena, con el kepí caído sobre su rostro precolombino. “¿Por qué el ejército les pone esas viseras tan grandes?”, se preguntó.
Vio que el soldado estaba a punto de decirle algo: “Cualquier cosa que me diga, de seguro va a ser un insulto”, se previno con la esperanza de que así, advertido, podría controlar mejor su posible enojo.
—¿Te gusta este lugar? —preguntó el soldado con voz de seda.
—Es simpático. Sí, me gusta.
—¿Por qué?
Los perros se habían acercado a la entrada de la cantina y los ladridos se destacaban sobre las risas de los hombres.
—¿Puedes decirme para qué colgaron la víbora muerta en esa pared? —se sorprendió preguntándole, y supuso que sólo lo hacía para cambiar la conversación; pero el soldado resultó más necio de lo que había temido.
—Te pregunté por qué te gusta esta cantina —insistió.
—Ya te dije que es simpática, ¿no es suficiente?
El soldado echó para atrás la cabeza y miró hacia abajo:
—Qué va, ¿cómo va a ser suficiente? —replicó con un exasperante tonito de pagado de sí mismo.
El fotógrafo retomó su vaso, lo levantó, lo bebió lentamente hasta el fondo; luego sacó su cajetilla y le ofreció un cigarro. El soldado entresacó la punta de uno con exagerada deliberación, lo jaló y se puso a golpetearlo contra el mostrador. El hombre de la guitarra cantaba ahora, por fin, con una vececilla de falsete, pero la mayoría de las palabras estaban en algún dialecto que el fotógrafo desconocía. De repente ambos fumaban y el fotógrafo no sabía quién de los dos había prendido los cigarros.
—¿De dónde exactamente vienes? —preguntó el soldado.
El fotógrafo no iba a molestarse en contestarle, pero el soldado también ahora lo malinterpretó.
—Estoy viendo que me vas a decir mentiras. Ni creas que voy a oírlas.
Disgustado, el fotógrafo exclamó: “¡Aaah!” y ordenó otra cumbiamba. La última le había hecho un efecto extraordinario: sentía que se había convertido en un objeto preciso, delgado y duro, como esmalte, algo diferente de un ser vivo, pero a la vez intensamente consciente. “Cuatro tragos han de dar el golpe”, pensó.
El vaso vacío en su mano. El gordo mirándolo. Y a estas alturas ya no tenía la menor idea de cuál era el cuarto trago, si el que acababa de beber o el que apenas estaba pidiendo. Se sentía reír, pero no podía oír su propia risa. La víbora aplastada, atestada de hormigas, lo había perturbado un poco; reconociéndolo, se había vuelto consciente de su olor, que no estaba seguro se hubiese disipado por completo, incluso ahora. La lámpara de kerosene echaba una densa humareda, asfixiante.
—Gracias a Dios —le dijo al cantinero, volviéndole a entregar el vaso.
El viejo, que estaba sentado en el huacal, detrás de ellos, se levantó y se acercó vagamente al mostrador.
—¿De dónde salió esto? —dijo el fotógrafo, sonriendo ante el súbito vaso lleno que tenía en la mano. En el claro los perros frenéticos ladraban y aullaban hasta la exasperación.
—¿Qué tienen esos perros? —le preguntó al soldado.
El viejo se detuvo junto a él:
—Say, Jack, I don’t mean to butt in or anything — empezó...
Era calvo y tostado, traía una camisa de malla muy abierta, que traslucía como surcos las sombras paralelas entre sus costillas; y por los rombitos de la malla salían irregulares mechones del pelo entrecano de su pecho. Estiró los labios en una sonrisa, mostrando encías blancuzcas y desdentadas. La actitud del soldado se volvió abiertamente insolente; miró de frente al viejo, con declarado odio, y delicadamente le echó el humo del cigarro en la cara.
—You from Milkaukee? Siddown —dijo el viejo
—In a little while, thanks —dijo el fotógrafo.
—In a little while? —respondió desconcertado el viejo, llevándose la mano a la cabeza. Luego llamó en español al muchacho cojo. El fotógrafo pensaba: “Esto va a terminar mal, esto va a terminar mal”. Quiso que el negro dejara de cantar, que se callaran los perros. Miró el vaso en su mano, rebosante como agua de jabón.
Alguien le dio un pequeño golpecillo en el hombro y le decía en inglés:
—Mira, amigo, déjame darte un pequeño consejo —era otra vez el viejo—: en este país hay dinero, si sabes dónde buscarlo, pero nada más lo encuentra el hombre que se mantiene ligado sólo a los de su especie, ¿me entiendes?
Acercó la cara, bajó la voz. Tres dedos esqueléticos le apretaban el brazo:
—Créemelo, te lo digo de hombre blanco a hombre blanco.
Los tres dedos manchados de tabaco lo soltaron temblorosamente:
—Todos estos muchachos significan puros problemas, desde el principio —concluyó en inglés el viejo.
El muchacho había tomado su muleta y se las había arreglado para pararse y caminar hasta el mostrador.
—Mira esto, Jack —dijo en inglés el viejo—; anda, muéstraselo —le ordenó en español al muchacho.
Y el muchacho, apoyándose en la muleta, se agachó para levantar, enrollándola, la pierna derecha de sus andrajosos pantalones cortos color kaki, hasta descubrir la pierna amputada y exhibir el muñón, ya casi a la altura de la ingle: la cicatriz era un tejido que se fruncía y arrugaba curiosamente en incontables circunvoluciones diminutas.
—¿Qué te parece, eh? —gritó el viejo—: Lo machacaron sesenta toneladas de plátano. Tócalo.
—Tócalo tú —repuso el fotógrafo, preguntándose cómo era posible que él estuviera así, platicando y existiendo con la mayor naturalidad, ahí, simplemente como uno más entre los clientes de la cantina (¿Acaso no se notaba lo que dentro de él estaba ocurriendo?). Volteó hacia la entrada. La mulata vomitaba ahí cerca. Con un grito el cantinero corrió hasta ella y la empujó furibundamente más lejos, hacia el claro. Regresó tapándose teatralmente las narices.
—¡La puta changa! —vociferó—. En un momento van a estar aquí todos los perros.
El muchacho seguía mirando al viejo, a la expectativa, para ver si ya era hora de desenrollar la pierna de sus pantalones cortos.
—¿Crees que les vas a sacar un centavo?— dijo el viejo con tristeza— ¡Ah!
El fotógrafo había empezado a sospechar que algo andaba muy mal dentro de sí; se sentía enfermo, pero como ya no era un ser vivo no podía pensarse en tales términos. Cerró los ojos, se cubrió el rostro con la mano: “Es como si todo corriera hacia atrás”. Tenía la cumbiamba intacta en la otra mano.
Al decirla, la frase se volvió aún más verdadera. Definitivamente era como seguir yendo y yendo hacia atrás. Lo importante era recordar que estaba solo en un lugar real entre gente real. ¡Qué peligrosamente fácil sería dejarse llevar por los mensajes que le enviaban sus sentidos, y desecharlo todo como a una mera pesadilla, con la fe secreta de que, de algún modo, se las arreglaría para escaparse de todo con el mero recurso de despertarse! Ya tambaleándose, dejó el vaso sobre el mostrador.
Poco antes había empezado una bronca entre el soldado y su triste amigo; ahora estaban en el clímax ruidoso; el compañero quería arrancar al soldado del mostrador, contra su voluntad; y el soldado se resistía con todas sus fuerzas, respirando estrepitosamente, y con sus piernas (calzadas con fuertes y largas botas) bien abiertas y plantadas firmemente en el suelo. De pronto, en la mano derecha del soldado había un puñal brillante y su cara asumía la expresión de un niño al borde del llanto. El viejo corrió a protegerse del otro lado del fotógrafo.
—Ese muchacho es una calamidad como quieras verlo —murmuró, y con señas le ordenó al muchacho cojo que se pusiera a salvo más lejos.
El fotógrafo se decía a sí mismo: “Si pudiera aguantar; con que tan sólo pudiera aguantar”. Todo el sitio resbalaba bajo sus pies, hacia abajo y hacia afuera; rasguidos de guitarra, ladridos; el soldado hacía destellar su puñal con gestos lacrimosos; un viejo norteamericano hablaba de cuevas con joyas enterradas a sólo seis días de navegación por el Tupurú; la lámpara se ponía más roja, echaba más y más humo.
El fotógrafo no entendía nada sino que debía permanecer ahí y sufrir: lo fatal sería intentar escaparse. Ahora, la cara del soldado estaba pegada a la suya, echándole el aliento y el humo del tabaco oscuro. Lánguidamente, con una perversa coquetería natural, hacía temblar sus pestañas mientras le decía:
—¿Por qué no me has ofrecido una copita? Toda la noche me la he pasado esperando que me invites una copita.
El soldado dejaba colgar, floja e indolente, la mano con el puñal. El fotógrafo pensó en un bebé que se adormeciese agarrando su sonaja.
—Si quieres... ¿Qué tomas? —murmuró, reflexionando que debería tener los zapatos en la mano y que no los tenía: ¿Dónde estaban? Alguien había traído un gran mono araña a la cantina y lo estaba haciendo bailar al ritmo sincopado de la guitarra, sosteniéndolo en pie al cogerlo de las patas delanteras. Con un aire pesado y aturdido, el mono caminaba por aquí y por allá, haciendo muecas nerviosas ante el estrépito de los hombres que, a carcajadas, se reían de sus payasadas desde el mostrador. Al verlo llegar, los perros se habían precipitado hasta el umbral mismo de la cantina, donde a coro aullaban y ladraban con decidida furia.
El trago para el soldado ya estaba ahí, y pagado, pero él no lo bebía; se recargaba, prácticamente se recostaba sobre sus codos contra el mostrador, como en una cama (sus ojos, unos simples hoyos oscuros), y murmuraba mirando al fotógrafo incisivamente:
—No te gusta este lugar. Quieres irte, ¿verdad? Pero te da miedo.
A pesar de que el suelo no dejaba de moverse y de fluir bajo sus pies, todo permanecía sin cambio; habría sido mejor haberse sentado. “Dios mío”, se preguntó a sí mismo: “¿Podré aguantar?”
—¿Por qué tienes miedo de irte? —prosiguió el soldado con ternura, sonriendo de modo que el fotógrafo pudiera admirar sus pequeños dientes perfectos. El fotógrafo sonrió en silencio, sin responder.
La cara del soldado era ovoide, de un café amielado. Se le había acercado: estaba casi pegada a la suya, y súbitamente se transformó con consumada suavidad en otra cara, la de un general. (“Sí, mi general”, con tiesos bigotes parados bajo las fosas nasales; ojos de almendra, negros, fatal y delicadamente lujuriosos; la reglamentaria, flexible, trenzada fusta metálica en la mano; las afiladas espuelas a la altura de los tobillos. “Bien, mi general”. En el camastro caliente de su barraca, tarde tras tarde el soldado había ensoñado con ser general. ¿De qué aldea de las montañas había dicho que venía? ¿Cuánto tiempo había estado hablando?)
—... y sólo ese día mataron cuarenta y un marranos frente a mis ojos. Ahí en el corral. Me hizo algo; no sé qué... —su sonrisa era íntima, como pidiendo disculpas. Bajó sus ojos imperceptiblemente; hizo un esfuerzo y los levantó de nuevo para ver al fotógrafo; como se habían agrandado, resplandecían—. Y no se me olvida; no sé por qué será.
Se escurrió entre ellos la mulata de los dientes de oro, castañueleando las manos sobre la cabeza, zarandeando las nalgas, gritando con su vocecilla: “¡Ahií! ¡Ahií! El fandango de la Guajira”. El soldado debió de haberla empujado pues de inmediato ella lo abofeteó.
Todo ocurría demasiado lentamente. ¿Cómo el soldado podía tardarse tanto en apretar el puñal y levantar el brazo; y cómo la estúpida muchacha se quedaba esperando el puñal de ese modo, antes de gritar y echarse a un lado? Aun así el puñal sólo la hirió en el brazo; y ahí estaba quejándose de rodillas en mitad del piso de arena:
—¡Me cortó! ¡Dios mío! ¡Me cortó!
Y como el hombre que lo hacía bailar lo había soltado, para correr con los demás al mostrador, el mono se tropezaba en torno a la muchacha y distraídamente le enredó un largo brazo peludo al cuello.
Y el fotógrafo sufría empellones, todo mundo pisoteaba sus pies descalzos en la lucha por desarmar al soldado (que ahora era una máscara demoniaca, resplandeciente de veneno; una filosa voz de alambre de púas que pinchaba):
—¡Os mato a todos! ¡A todos!



Fueron exactamente diecinueve los pasos desde el mostrador hasta el tronco de un pequeño papayo frente a la entrada. El árbol no era recio, se ladeó cuando él se recargó un poco. Ahora los perros ladraban desde dentro de la cantina. El aire era suave y casi fresco. En el cielo y en el agua se vislumbraba el amanecer. “Debo empezar a caminar”, se dijo; era importante creer en sus palabras. Los gritos y los alaridos de la cantina se volvían más y más intensos. Los vecinos de la aldea se juntaban en las puertas de las cabañas. La plataforma del embarcadero estaba vacía, meras tablas sin barandal.
Arrastrando los pies con mucho cuidado, pues no estaba acostumbrado a caminar descalzo, siguió lo que creyó era la vereda por la que había llegado a través de la maleza de la ribera; lo era, y ahí estaba la lancha, atracada en el manglar.
Fue fácil treparse, desatar la cuerda; y fácil (pues la marea había crecido mucho desde que la lancha había atracado) palanquearla para desencajarla de su lecho de lodo. Pero una vez que estaba flotando entre los troncos y las ramas, ahora visibles, chocando contra ellos, y girando primero hacia la ribera y luego hacia la amplia y clareante vaciedad del agua y del cielo, entendió débilmente que no iba a poder regresar a remo a la playa de donde había venido, pues todavía la marea empujaba en dirección adversa.
Decidió que eso era bueno, pues quería decir que todo proseguía hacia el futuro en vez de retroceder. Un minuto después estaba flotando tranquilamente frente a la plataforma del embarcadero: en el claro la gente corría de un lado para otro. Rápidamente se acostó en el fondo de la lancha, y ahí se quedó, de cara al cielo gris, esperando así el amanecer invisible hasta que el propio movimiento de la marea lo llevara muy lejos de Tapiama.
Sería uno de esos abortados días tropicales; no habría sol, ni viento, ni nubes —pues el sol quedaría cubierto por una sofocante manta de niebla—, y nada podría acontecer sino el calor, que aumentaría hora con hora hasta que ocurriera una especie de crepúsculo. Ya venía el calor por el oriente, arqueándose sobre la línea de los cenagales. Prácticamente la lancha había dejado de moverse, el canal había desembocado en un lago amplio y pantanoso.
El fotógrafo seguía acostado, gemía. Poco a poco el miedo de que alguien pudiera verlo fue sustituido por el miedo de que nadie lo viera, de que la lancha en vez de devolverlo a Tapiama lo arrojase más y más en el caos desolado del agua y los islotes; a veces, aun cuando conlleva sufrimiento, el contacto con los otros es preferible al terror de la soledad y de lo desconocido. Se tapó los ojos con una mano para protegerlos de la corrosiva luz grisácea que lo golpeaba desde el cielo; la otra mano se posaba entre las cenizas de la fogata de la noche anterior.
Y flotó en el más profundo silencio sobre el seno tranquilo de la laguna, sin moverse, conforme avanzaba la mañana; pero cada vez más consciente del hervidero infernal de las cumbiambas en su cerebro, un hervidero que se expresaba como una pesadilla impuesta desde fuera, ante la cual él no podía otra cosa que permanecer totalmente pasivo.
Era un espectáculo invisible cuya lógica seguía con todas las fibras de su ser, pero sin advertir claramente, ni siquiera por un instante, qué agónicos destinos estaban en juego.
A media mañana la lancha se atoró por un rato en una raíz sumergida, en un estanque muerto rodeado por mechones tupidos de vegetación, cerca de una orilla; aquí lo picaron feroces mosquitos, y por entre las altas ramas un pájaro casualmente dijo una y otra vez:
—Idigaraga. Idigaraga. Idigaraga.
Totalmente absorto en el oscuro drama que estaba desarrollándose dentro de sí, no se sintió aliviado cuando escuchó voces humanas cerca, y que alguien nadaba y chapoteaba junto a la lancha, y finalmente la asía. Sólo cuando varias personas ya estuvieron a bordo, y se acuclillaron en torno a él, murmurando, movió su mano de sobre los ojos y las miró al soslayo. Eran cinco muchachos, todos extraordinariamente parecidos entre sí, desnudos y empapados: el agua que chorreaban alcanzaba a mojar al fotógrafo.
Cerró los ojos: era una escena tan increíble. Entre tanto uno de los muchachos se arrojó al agua y regresó poco después con un coco verde, lo rajó por arriba y fue derramando gotitas de jugo sobre la cara del fotógrafo, hasta que éste pudo incorporarse un poco y beberlo a tragos; miró en torno y preguntó:
—¿Son ustedes hermanos?
—Sí, sí —respondieron a coro.
Esto sí fue por alguna razón un consuelo. “Hermanos”, suspiró el fotógrafo, y se dejó resbalar de nuevo en el lecho de cenizas. Luego añadió con desesperación, esperando que pudieran oírlo:
—Por favor, llévenme a Río Martillo.
Entonces, como interludio, el cielo se puso intensamente claro. Los muchachos remaban de regreso bajo el cielo caliente, dejándolo quejarse a su gusto. En algún momento creyó que debía tratar de explicarles que les daría setenta y cinco centavos a cada uno por las molestias que les estaba causando, pero ellos se rieron y lo volvieron a acostar.
—¡Mis zapatos! —gritó.
—No hay ningunos zapatos —le contestaron—. Estáte sosiego.
—Y cuando lleguemos a la playa —dijo jadeante, agarrando un tobillo moreno a la altura de su cara—, ¿cómo me van a llevar a Río Martillo?
—No vamos a ninguna playa —le respondieron—, sino por la ciénaga y el canal.
Siguió acostado y quieto por un momento, tratando de separarse de las irracionales que le hervían en la cabeza.
—¿Por aquí se va a Río Martillo? —preguntó sin aliento, jadeante, esforzándose por levantarse y ver algo del panorama entre el tejido de piernas y brazos morenos frente a sus ojos, y sintió una espontánea vergüenza de nuevamente aceptar la derrota. Los otros rieron y lo volvieron a acostar con gentileza; siguieron impulsando rítmicamente la lancha hacia el oriente.
—La chimenea de la fábrica —se dijeron unos a otros, señalando a la distancia con el dedo.
Su mente retrocedió a la quieta región cercana a la orilla donde el pájaro había hablado en los altos ramajes, y luego volvió a oír a los muchachos.
—Idigaraga —dijo en voz alta, imitando perfectamente la voz y el tono del pájaro.
Los otros estallaron en júbilo. Uno de los muchachos lo tomó del brazo y lo movió un poco.
—¿Conoces a ese pájaro? Es un pájaro muy chistoso: va a los nidos de otros pájaros y quiere acomodarse en ellos, y cuando los otros pájaros lo corren a picotazos se planta en alguna rama cercana del mismo árbol y dice: “Idigaraga”, que significa: Iri guaragua: “nadie me quiere”. Lo dice una y otra vez. Los demás pájaros no desean oírlo y lo corren más lejos todavía, a picotazos, hasta donde aquel pájaro sólo se escucha a sí mismo. Lo dices perfecto. Dilo otra vez.
—Sí, sí —pidieron todos—. ¡Otra vez!
El fotógrafo no quiso decirlo de nuevo. La vergüenza de haberse resignado a la derrota le preocupaba cada vez menos, y en la condición en que estaba no podía ubicar el significado preciso del pájaro, pero sabía que algún significado debía tener.
Cuando la Compañía Azucarera Riomartillense sonó un largo silbatazo para anunciar el mediodía, el sonido se extendió sobre la desolación del pantanal, como una invisible estela de humo.
—¡Las doce! —dijo uno de los hermanos.
Una gran libélula, negra y dorada, vino rozando el agua y se posó en uno de los pies descalzos del fotógrafo; sacudió dos veces sus alas y siguió su camino a tumbos, arqueando el vuelo y cayendo en picada sobre la laguna, hacia Tapiama.
—¡Dílo otra vez! —le pidieron los hermanos.

Londres, octubre de 1957


miércoles, 17 de julio de 2013

Paul Bowles / Parada en Corazón


Paul Bowles
Parada en Corazón
Traducción de Guillermo Lorenzo

─Pero ¿cómo puedes querer que venga con nosotros una criatura tan horrible? No tiene sentido. Sabes cómo son.
─Sé cómo son ─repuso su marido─. Es reconfortante mirarlos. Pase lo que pase, si lo tengo y puedo mirarlo, recordaré lo estúpido que fui al enfadarme.
Se asomó más sobre la barandilla y miró fijamente hacia abajo, al muelle. Vendían cestos, juguetes pintados y toscos, de goma dura y natural, pieles de serpiente enteras sin enrollar y cinturones y carteras de piel de otros reptiles. Y, apartado de estas mercancías, lejos de la abrasante luz del sol, a la sombra de una caja de cartón, había un monito, pequeño y peludo. Tenía las manos cruzadas y la frente arrugada en un triste gesto de temor.
─¿No te parece maravilloso?
─Eres imposible… y un poco insultante ─repuso ella. Él se volvió para mirarla:
─¿Lo dices en serio? ─vio que sí hablaba en serio.
Ella prosiguió, examinándose los pies, las sandalias y las estrechas tablas de cubierta que había debajo.
─Sabes que la verdad es que no me importan todas estas tonterías ni lo loco que estás. Pero déjame terminar ─él movió la cabeza mostrando su acuerdo y se volvió a mirar el muelle abrasante y el miserable poblado con techumbres de lata que había detrás─. Ni que decir tiene que no me importa todo eso, porque, si no, no estaríamos los dos juntos. Podrías estar solo…
─No se puede ir solo de luna de miel ─interrumpió él.
─Tú sí podrías ─lanzó una risita.
Él extendió la mano sobre la barandilla para coger la de ella, pero ella la apartó diciendo:
─Estoy todavía hablando contigo. Cuento con que estás loco y cuento con ceder en todo contigo. Yo también estoy loca, lo sé. Pero me gustaría que hubiera alguna manera de poder sentir que, por una vez, el hecho de que ceda significa algo para ti. Me gustaría que supieras estar agradecido por ello.
─¿Tú crees que me complaces hasta tal punto? No me había dado cuenta ─su voz sonaba opaca.
─Yo no trato de complacerte de ningún modo. Me limito a tratar de vivir contigo durante un largo viaje en una serie de camarotes minúsculos de una interminable serie de barcos malolientes.
─¿Qué quieres decir? ─exclamó él agitado─. Siempre has dicho que te encantaban los barcos. ¿Has cambiado de idea o es que has perdido el juicio?
Ella se dio la vuelta y se dirigió a la proa.
─A mí no me hables ─dijo─. Vete a comprar tu mono.
Con una expresión solícita en el rostro, él fue tras ella.
─Sabes de sobra que no lo voy a comprar si eso te va a hacer desgraciada.
─Me sentiría peor si no lo hicieses, así que ve a comprarlo ─se detuvo y se dio la vuelta─. Me encantaría tenerlo. De veras te lo digo. Me parece entrañable.
─No consigo entenderte.
Ella sonrió.
─Lo sé. ¿Te preocupa mucho?
Después de comprar el mono y atarlo a la barra de metal de la litera de la cabina, él dio un paseo para explorar el puerto. Era un pueblo hecho de lata ondulada y alambre de espino. El calor del sol era doloroso incluso bajo el manto de niebla que flotaba a baja altura. Era mediodía y había poca gente en las calles. Llegó a los límites del pueblo así de inmediato. Allí, entre él y la selva, se extendía una corriente estrecha, lenta, cuyas aguas eran color café puro. Había unas mujeres lavando ropa; los chiquillos chapoteaban. Unos gigantescos cangrejos grises se perdían entre los agujeros que habían hecho en el barco a lo largo de la ribera. Se sentó sobre unas raíces que se retorcían intrincadas al pie de un árbol y sacó el cuaderno que llevaba siempre. La víspera, en un bar de Pedernales, había escrito: «Sistema para suprimir la impresión del horror que produce una cosa: Fijar la atención en el objeto o la situación dados de modo que los distintos elementos, todos ellos familiares, se vuelven a agrupar. Lo espantoso no es nada más que un esquema que no nos resulta familiar.»
Encendió un cigarrillo y contempló los infructuosos intentos de las mujeres por lavar las harapientas prendas. Lanzó luego la colilla encendida al cangrejo más próximo y escribió con cuidado: «Por encima de cualquier otra cosa, la mujer necesita un cumplimiento estricto y ritual de las tradiciones de la conducta sexual. Ésa es su definición del amor». Pensó en las burlas que suscitaría esta afirmación en la muchacha que había en el barco. Después de mirar la hora escribió apresuradamente: «La educación moderna, es decir, intelectual, al haber sido concebida por hombres y para hombres, la inhibe y la confunde. Ella se venga…»
Dos niños desnudos que volvían de jugar en el río subieron corriendo ante él, salpicándole de agua el cuaderno. Los llamó, peor continuaron sus carreras sin prestarle atención. Se guardó el lápiz y el cuaderno en el bolsillo, sonriendo, y observó cómo se perseguían correteando el uno al otro en una nube de polvo.
Cuando llegó al barco, los truenos bajaban rodando desde la sirena que había en torno al puerto. La tormenta alcanzó su paroxismo justo en el momento en que zarpaban.
Ella estaba sentada en su litera mirando por la escotilla abierta. Los estridentes estampidos del trueno resonaban de un lado a otro de la bahía mientras navegaban hacia mar abierto. Él, doblado frente a su litera, leía.
─No apoyes la cabeza en la pared de metal ─advirtió─. Es un conductor perfecto.
Ella saltó al suelo y se dirigió al lavabo.
─¿Dónde están esas dos botellas de White horse que compramos ayer?
Él señaló con un gesto.
─A tu lado, en la repisa. ¿Vas a beber?
─Voy a tomar un trago, sí.
─¿Con este calor? ¿Por qué no esperas a que escampe y te lo tomas en la cubierta?
─Lo quiero ahora. Cuando despeje ya no lo necesitaré. Sirvió el whisky y añadió agua de la garrafa que había en la repisa, sobre el lavabo.
─Naturalmente, te das cuenta de lo que haces.
Ella le miró airadamente.
─¿Qué estoy haciendo?
Él se encogió de hombros.
─Nada, aparte de dejarte llevar por un estado emocional pasajero. Podrías leer o tumbarte y dormitar.
Con el vaso en una mano, ella abrió con la otra la puerta que daba al pasillo y salió. El ruido del portazo asustó al mono, que estaba encaramado en una maleta. Vaciló un momento y se metió corriendo bajo la litera de su amo. Éste hizo unos chasquidos con los labios para animarle a salir y luego volvió a su libro. Al poco rato empezó a imaginarla sola y triste en cubierta y este pensamiento se interpuso ante el placer de leer. Se obligó a sí mismo a permanecer tendido e inmóvil durante unos pocos minutos, con el libro abierto boca abajo sobre el pecho. El barco avanzaba a toda velocidad, y el ruido de los motores era más fuerte que la tormenta que rugía en el cielo.
Al poco se levantó y salió a cubierta. La tierra que quedaba atrás estaba ya oculta por la lluvia, y el aire olía a alta mar. Ella se hallaba de pie junto a la borda, mirando hacia abajo, a las olas, con el vaso vacío en la mano. Al verla se sintió invadido por la compasión, pero no fue capaz de acercarse y expresar con palabras de consuelo la emoción que sentía.
De nuevo en el camarote encontró al mono en su litera arrancando despacio las páginas del libro que había estado leyendo.
El día siguiente lo pasaron preparándose sin prisas para desembarcar y cambiar de barco. En Villalta tenían que coger un o más pequeño que les llevaría al otro lado del delta.
Cuando ella volvió para hacer las maletas después de la cena, permaneció de pie un momento examinando el camarote.
─Lo ha puesto todo patas arriba ─dijo su marido─, pero encontré tu collar detrás de la maleta grande; de todos modos, habíamos leído ya todas las revistas.
─Supongo que eso representa el impulso innato de destruir del hombre ─dijo ella chutando una pelota de papeles arrugados por el suelo─. Y la próxima vez que él trate de morderte será por la inseguridad básica del hombre.
─No sabes lo aburrida que resultas cuando tratas de ser cáustica. Si quieres que me deshaga de él, lo haré. Es bastante fácil.
Ella se agachó para tocar el animal, pero éste retrocedió inquieto, escondiéndose bajo la litera. Ella se puso en pie.
─Él no me molesta. El que me molesta eres tú. Él no puede evitar ser un pequeño monstruo, pero  me recuerda constantemente que tú podrías evitarlo si quisieras.
El rostro de su marido adoptó el gesto impasible que lo caracterizaba cuando estaba decidido a no perder los nervios. Ella sabía que contendría su irritación hasta que estuviera desprevenida para el ataque. Él no dijo nada; simplemente estuvo tamborileando unos compases insistentes con las uñas en la tapa de la maleta.
─Claro que no quiero decir que tú seas un monstruo ─prosiguió ella.
─¿Por qué no decirlo? ─preguntó él sonriendo amablemente─. ¿Qué hay de malo en la crítica? Probablemente lo soy, para ti. Me gustan los monos porque los veo como pequeñas réplicas del hombre. Tú crees que los hombres son otra cosa, algo espiritual o Dios sabe qué. Sea lo que sea me doy cuenta de que eres tú la que siempre está desilusionada y andas preguntándome cómo la humanidad puede ser tan bestial. Yo creo que la humanidad está bien.
─No sigas, por favor ─dijo ella─. Conozco tus teorías. Nunca te convencerás ni a ti mismo con ellas.
Cuando hubieron terminado de hacer el equipaje, se metieron en la cama. Mientras apagaba la luz detrás de la almohada, él preguntó:
─Dime la verdad. ¿Quieres que se lo regale al camarero?
Ella apartó de una patada la sábana en la oscuridad. Por la escotilla, cerca del horizonte, veía las estrellas, y el mar tranquilo se deslizaba justo debajo de ella.
Sin pensarlo dijo:
─¿Por qué no lo tiras por la borda?
En el silencio que siguió se dio cuenta de que había hablado precipitadamente, pero la tibia brisa que rozaba lánguida su cuerpo le hacía cada vez más difícil pensar o hablar. Cuando ya se dormía le pareció oír que su marido le decía lentamente:
─No me extrañaría que lo hicieras. No me extrañaría.
A la mañana siguiente durmió hasta tarde y cuando se levantó para desayunar su marido ya había terminado de hacerlo y estaba recostado fumando.
─¿Qué tal estás? ─preguntó alegremente─. El camarero está encantado con el mono.
Ella sintió una oleada de satisfacción.
─Ah ─exclamó sentándose─. ¿Se lo has regalado? No tenías por qué hacerlo ─echó una ojeada al menú; era el mismo de todos los días─. Pero creo que es mejor así. Un mono no pega en un aluna de miel.
─Me parece que tienes razón ─convino él.
Villalta era sofocante y polvorienta. En el barco que dejaban se habían acostumbrado a estar rodeados de muy pocos pasajeros y resultaba una sorpresa desagradable encontrar el nuevo atiborrado de gente. Este barco era un transbordador de dos cubiertas, pintado de blanco y con una enorme rueda de palas en la popa. En la cubierta inferior, que se hallaba a no más de sesenta centímetros de la superficie del río, los pasajeros y la carga estaban listos para el viaje, apretados y revueltos unos con otros. La cubierta superior tenía un salón y una docena más o menos de estrechos camarotes. En el salón, los pasajeros de primera deshacían sus atados de almohadas y abrían sus bolsas de papel llenas de comida. La luz anaranjada del atardecer inundaba la sala.
Se asomaron a varios compartimientos.
─Parece que están todos vacíos ─dijo ella.
─Ya se ve por qué. Aún así, estar independientes sería una ventaja.
─Ésta es doble. Y tiene cortinilla en la ventana. Ésta es la mejor.
─Buscaré al camarero o a quien sea. Entra y toma posesión.
Empujó las maletas quitándolas del pasillo, donde el cargador las había dejado y se marchó en busca de un empleado. En todos los rincones del barco la gente parecía multiplicarse. Había el doble que un momento antes. El salón estaba completamente lleno, y el suelo cubierto por grupos de viajeros con niños pequeños y mujeres de edad que se habían tendido ya sobre mantas y periódicos.
─Esto parece el cuartel general del Ejército de Salvación la noche después de una catástrofe ─dijo él al regresar al camarote─. No consigo encontrar a nadie. De todos modos más vale que nos quedemos aquí dentro. Los otros camarotes están empezando a llenarse.
─Yo no sé si prefiero irme a cubierta ─anunció ella─. Aquí hay cientos de cucarachas.
─Y probablemente cosas peores ─añadió él mirando las literas.
─Lo que hay que hacer es quitar esas sábanas asquerosas y echarse directamente en el colchón ─ella se asomó al pasillo. El sudor le corría por el cuello─. ¿Tú crees que estamos seguros?
─¿Qué quieres decir?
─Tanta gente metida en este trasto.
Él se encogió de hombros.
─No es más que una noche. Mañana estaremos en Ciénaga. Y ya casi ha oscurecido.
Ella cerró la puerta y se apoyó en la madera sonriendo un poco.
─Creo que va a ser divertido ─dijo.
─¡El barco se mueve! ─exclamó él─. Vamos a cubierta. Si es que conseguimos salir de aquí.
Lentamente y con dificultad el barco avanzaba por la bahía hacia la oscura costa del este. La gente cantaba y tocaba la guitarra. En la cubierta inferior había una vaca mugiendo sin parar. Pero por encima de todos los sonidos resonaba el bullicio de agua alborotada que hacían las enormes palas.
En medio de una multitud vociferante y apoyados en las barras de la barandilla, se sentaron en cubierta y contemplaron cómo la luna se elevaba sobre los manglares que se extendían ante ellos. A medida que se aproximaban al otro lado de la bahía parecía que el barco fuera a subirse directamente en la orilla, pero al poco rato apareció una estrecha ensenada y el barco se introdujo por ella con cautela. La gente se apartó inmediatamente de la barandilla arremolinándose contra la pared. Las ramas de los árboles de la orilla comenzaron a rozar el barco, arañando las paredes exteriores de los camarotes y azotando luego violentamente la cubierta.
Ellos se abrieron paso entre la masa de gente, y cruzando el salón llegaron al otro lado de la cubierta; allí estaba sucediendo lo mismo.
─Es un disparate ─dijo ella─. Es como una pesadilla. ¡A quien se le diga que atravesamos un canal que no es más ancho que el barco! Me pone nerviosa. Me voy al camarote a leer.
Su marido le soltó el brazo.
─No eres capaz jamás de meterte en el espíritu de las cosas, ¿eh?
─Dime cuál es el espíritu y veré si me meto en él ─replicó ella dándose la vuelta.
Él la siguió.
─¿No quieres bajar a la otra cubierta? Parece que se están animando ahí abajo. Escucha ─levantó la mano. Desde abajo llegaban repetidos gritos de risa.
─¡Desde luego que no! ─gritó ella sin volverse  mirar.
Él bajó a la otra cubierta. Había grupos de hombres, sentados en abultados sacos de arpillera y cajas de madera, echando monedas al aire. Las mujeres estaban detrás de ellos, fumando cigarrillos negros t chillando excitadas. Él las miró con atención pensando que si no les faltaran tantos dientes hubieran sido hermosas. «Carencia de minerales en el suelo», comentó para sí.
De pie al otro lado del círculo de jugadores, frente a él, había un nativo joven y musculoso cuya gorra de visera y ligero aire distante parecían indicar que ocupaba un puesto oficial de algún tipo a bordo. El viajero se abrió paso con dificultad hacia donde estaba y le habló en español:
─¿Es usted empleado aquí?
─Sí, señor.
─Estoy en el camarote número ocho. ¿Le puedo pagar a usted el suplemento?
─Sí, señor.
─Bien.
Se buscó en el bolsillo la cartera recordando al mismo tiempo con fastidio que a había dejado arriba, guardada con la llave en la maleta. El hombre le miraba expectante. Tenía la mano extendida.
─Me he dejado el dinero en el camarote ─y añadió─: Lo tiene mi mujer. Pero si sube dentro de media hora le pagaré el suplemento.
─Sí, señor.
El hombre bajó la mano y se limitó a mirarle. «Aunque daba una impresión de fuerza puramente animal, su rostro ancho y un poco simiesco resultaba hermoso», pensó el marido. Le sorprendió que un momento después aquel semblante dejara traslucir una timidez del chiquillo al decir:
─Voy a fumigar el camarote para su señora.
─Gracias. ¿Hay muchos mosquitos?
El hombre gruñó y sacudió los dedos de una mano como si se los acabara de quemar.
─Pronto verá cuántos.
Se marchó.
En aquel momento el barco dio una violenta sacudida y se produjo un gran regocijo entre los pasajeros. Él se abrió camino hacia la proa y vio que el piloto había metido el barco en la orilla. La maraña de ramas y raíces estaba a muy poca distancia de su cara; sus intrincadas formas se hallaban vagamente iluminadas por los fanales del barco. Éste retrocedió pesadamente y las agitadas aguas del canal se elevaron hasta el nivel de cubierta lamiendo el borde exterior. Lentamente la proa fue deslizándose por la orilla hasta volver a apuntar hacia el centro del canal y entonces prosiguieron. Pero al poco rato el canal formaba una curva tan pronunciada que volvió a suceder lo mismo y él se vio lanzado lateralmente contra un saco de algo desagradablemente blando y húmedo. Bajo cubierta sonó una campana dentro del barco; las risas de los pasajeros eran ahora más fuertes.
Finalmente continuaron la marcha, pero ahora el movimiento se hizo penosamente lento debido a que los recodos se hacían cada vez más pronunciados. Bajo el agua gemían los tocones de los árboles cuando el barco presionaba sus costados contra ellos. Las ramas crujían y se rompían cayendo en las cubiertas superiores y de proa. El fanal que había allí fue barrido al agua.
─Esta no es la travesía normal  ─murmuró un jugador levantando la vista.
─¿Qué? ­─exclamaron varios viajeros casi al unísono.
─Hay un montón de canales por aquí. Vamos a recoger carga en Corazón.
Los jugadores se retiraron al interior, a un espacio cuadrangular que otros formaban apartando algunas cajas. Él los siguió. Allí estaban relativamente a salvo de la invasión de las ramas. La cubierta estaba mejor iluminada allí y esto le dio la idea de hacer una anotación en su cuaderno. Apoyándose sobre un cajón en que se leía Vermífugo Santa Rosalía, escribió: «18 de noviembre. Nos deslizamos por la corriente sanguínea de un gigante. La noche es muy oscura».  Entonces una nueva colisión con tierra le hizo caer y, con él, a todos cuantos no estaban protegidos entre objetos sólidos.
Algunos niños lloraban, pero la mayoría de ellos dormían aún. Se dejó caer en el suelo. Encontrándose en una postura bastante cómoda, se sumió en un estado letárgico que interrumpían irregularmente los gritos de la gente y las sacudidas del barco.
Cuando se despertó más tarde, el barco se hallaba completamente parado, los juegos habían terminado y la gente estaba dormida, aunque algunos hombres seguían conversando en pequeños grupos. Él permaneció tendido en silencio, escuchando. Hablaban sólo de sitios; comparaban las cosas desagradables que se encontraban en diversas partes de la república: insectos, clima, reptiles, enfermedades, escasez de alimentos, precios altos.
Miró la hora. Era la una y media. Se puso en pie con dificultad y se dirigió a la escalera. Arriba en el salón las lámparas de queroseno iluminaban un vasto desorden de figuras postradas. Entró en el pasillo y llamó a la puerta que tenía el número ocho. La abrió sin esperar a que ella respondiera. La habitación estaba a oscuras. Escuchó una tos amortiguada cerca y dedujo que estaba despierta.
─¿Qué tal los mosquitos? ¿Vino el hombre mono e hizo lo que querías? ─preguntó él.
Como ella no respondía, encendió una cerilla. No estaba en la litera de la izquierda. La cerilla le quemaba el dedo pulgar. Con la segunda miró en la litera de la derecha. Sobre el colchón había un fumigador de insecticida; el líquido había dejado un gran cerco de aceite en el terliz sin sábanas. Volvió a oírse la tos. Era de alguien en el camarote contiguo.
─¿Y ahora qué?  ─dijo en voz alta, incómodo al encontrarse hasta tal punto inquieto. Lo invadió una sospecha. Sin encender la lámpara corrió para abrir las maletas se ella y en la oscuridad palpó apresuradamente sus ligeras prendas de ropa y los artículos de aseo. Las botellas de whisky no estaban.
No era la primera vez que ella iba a emborracharse a solas; sería fácil encontrarla entre los pasajeros. Sn embargo, como estaba irritado, decidió no buscarla. Se quitó la camisa y el pantalón y se echó en la litera de la izquierda. Su mano tocó una botella que había en el suelo junto a la cabecera. Se levantó lo suficiente para olerla; era cerveza y la botella estaba mediada. Hacía calor en el camarote; bebió con fruición lo que quedaba del líquido caldoso y amargo y lanzó la botella rodando por la habitación.
El barco no se movía, pero se oían gritos aquí y allá. De vez en cuando se escuchaba un golpe seco cuando subían a bordo un fardo o algo pesado. Miró por la ventanita cuadrada que tenía la cortinilla. En primer término, débilmente iluminado por los fanales en el barco, unos pocos hombres de tez oscura, desnudos salvo por los andrajosos calzoncillos, se hallaban de pie en un embarcadero hecho sobre el barro y miraban hacia el barco. Por entre las interminables marañas de raíces y troncos que había tras ellos, vio una hoguera llameando, pero estaba  mucho más atrás, en el médano. El aire olía a agua estancada y a humo.
Decidiendo aprovechar el relativo silencio, se tumbó y trató de dormir; sin embargo, no se extrañó de lo difícil que le fue relajarse. Era siempre difícil dormir cuando ella no estaba en la habitación. Le faltaba el consuelo de su presencia y sentía además el temor de ser despertado a su regreso. Cuando se lo permitiera a sí mismo, comenzaría rápidamente a formular ideas y traducirlas a frases cuya observación parecía tanto más urgente porque estaba allí  tendido cómodamente en la oscuridad. A veces pensaba en ella, pero no era más que una figura borrosa cuyo carácter daba sabor a una serie de fondos. Más a menudo repasaba el día que acababa de terminar tratando de convencerse a sí mismo de que lo había alejado un poco más de la niñez. A menudo, durante meses seguidos, lo extraño e sus sueños lo convencía de que, por fin, había doblado el recodo del camino, de que el oscuro lugar había quedado por fin atrás, de que estaba fuera del alcance del oído. Entonces, una noche, dormido, antes de que le diera tiempo a rechazarlo, se encontraba mirando fijamente un objeto olvidado hacía mucho ─un plato, una silla, un acerico─ y la habitual sensación de futilidad y tristeza volvía a aparecer.    
El motor se puso en marcha y volvió a oírse el estruendo del agua batida por la rueda de palas. Se alejaban de Corazón. Se alegraba. «Ahora no la oiré cuando entre y empiece a hacer ruido por el camarote», pensó, y se sumió en un ligero sueño.
Se estaba rascando las piernas y los brazos. El vago malestar que sentía desde hacía un rato se hizo plenamente perceptible y se sentó irritado. Por encima de los ruidos que producía el barco oía otro que entraba por la ventana: un ruido increíblemente agudo y minúsculo; minúsculo, pero constante en tono e intensidad. Saltó de la litera y se acercó a la ventana. El canal era más ancho en aquella parte y la vegetación colgante ya no rozaba los costados del barco. En el aire, cerca, muy lejos, en todas partes, flotaba el tenue gemido e las alas de los mosquitos. La novedad del fenómeno le dejó atónito y completamente maravillado. Por un momento miró cómo pasaba ante él la negra y enmarañada jungla. Luego, con el escozor, se acordó de los mosquitos de dentro del camarote. La cortinilla no llegaba a lo alto de la ventana; había espacio de sobra para que entraran. Incluso allí en la oscuridad, al recorrer con los dedos el marco para buscar la manecilla, los sentía; tantos eran.
Ahora que estaba despierto del todo encendió una cerilla y fue a la litera de ella. Naturalmente, no estaba. Levantó el fumigador y lo sacudió. Estaba vacío y mientras se apagaba la cerilla vio que la mancha del colchón había crecido aún más.
─¡Hijo de puta! ─masculló y, volviendo a la ventana, empujó la cortinilla con fuerza hacia arriba para cerrar la abertura. Al soltarla cayó al agua y casi inmediatamente sintió la suave caricia de minúsculas alitas por toda la cabeza. En camiseta y pantalón salió corriendo al pasillo. En el salón nada había cambiado. Casi todo el mundo estaba durmiendo. Las puertas que daban a cubierta tenían mosquiteros. Las examinó, parecían instalados con mayor solidez. Unos pocos mosquitos le rozaron la cara, pero no eran las hordas de antes. Se introdujo entre dos mujeres que dormían sentadas con la espalda contra la pared y permaneció allí, penosamente incómodo, hasta que empezó a dormitar de nuevo. No tardó en abrir los ojos para encontrar la tenue luz del alba en el aire. Le dolía el cuello. Se levantó y salió a cubierta, donde se había congregado la mayoría de la gente del salón.
El barco estaba atravesando un amplio estuario salpicado de grupos de arbustos y árboles que surgían de las aguas poco profundas. A lo largo de las orillas de las islitas había garzas, tan blancas a la luz gris de madrugada que el resplandor parecía salir de su cuerpo.
Eran las cinco y media. A esta hora el barco debía haber llegado a Ciénaga, donde coincidía en su viaje semanal con el tren que iba al interior. Un tenue brazo de tierra que había delante era ya identificado por los ansiosos observadores. El día se despertaba rápidamente; cielo y agua eran del mismo color. En cubierta pesaba el hedor grasiento de los mangos mientras la gente empezaba a desayunar.
Ahora por fin empezó a sentir una verdadera inquietud peguntándose dónde estaría ella. Decidió hacer una inspección inmediata y completa del barco. La reconocería al instante en cualquier grupo. Primero miró detenidamente en el salón, luego agotó las posibilidades de las cubiertas superiores. Luego volvió bajo cubierta, donde el juego había comenzado otra vez. Hacia la popa, atada a los endebles postes metálicos, estaba vaca, que ya no mugía. Cerca había un improvisado cobertizo, donde se alojaba probablemente la tripulación. Al pasar ante la puertecilla se asomó al tragaluz del montante y la vio allí, tendida en el suelo junto a un hombre. Mecánicamente siguió andando; luego dio la vuelta y volvió sobre sus pasos. Los dos estaban dormidos y medio desnudos. En el aire cálido que salía por el mosquitero del montante se percibía el olor del whisky que habían bebido y derramado.
Al subir la escalera, el corazón el latía violentamente. En el camarote cerró las dos maletas de ella, hizo la suya, las puso todas juntas al lado de la puerta y dejó encima las gabardinas. Se puso la camisa, se peinó con cuidado y salió a cubierta. Ciénaga estaba allí delante, en la sombra matinal de las montañas: el muelle era una hilera de chozas recortada contra la selva y la estación ferroviaria estaba a la derecha detrás del poblado.
Mientras atracaban hizo gestos a dos chiquillos, que movían los brazos para llamar su atención y gritaban «¡Equipajes!» Se pelearon un poco hasta que él les mostró los dos dedos levantados. Después, para mayor garantía, los apuntó con el dedo primero a uno y luego a otro, y ellos sonrieron. Sin dejar de sonreír, permanecieron detrás de él con las maletas y las gabardinas, así que fue de los primeros pasajeros de la cubierta superior que bajó a tierra. Caminaron calle adelante hasta la estación con los papagayos chillándoles desde todos los pajizos y tejados picudos picudos a lo largo del camino.
En el atiborrado tren que esperaba, con el equipaje por fin en la repisa, el corazón le latía con más fuerza que nunca y él no apartó la mirada dolorida de la larga y polvorienta calle que conducía al muelle. En el extremo más alejado, cuando ya sonaba el silbato, le pareció ver una figura de blanco corriendo entre los perros y los niños hacia la estación, pero el tren se puso en marcha mientras miraba y la calle se perdió de vista. Sacó su cuaderno y se sentó con él en el regazo sonriendo al paisaje verde y reluciente, que se movía cada vez más deprisa al otro lado de la ventana.
Nueva York, 1946

Paul Bowles
Cuentos escogidos
Alfaguara Editores, México D.F., 1995, pp.43-58