Un estentóreo silencio
América Latina, que conoce bien el desastre de Venezuela, calla o lo defiende
Se ha cumplido un año desde que Leopoldo López , líder opositor venezolano, está preso. Cuando fue responsabilizado por “incendio intencional, instigación pública, daños a la propiedad pública y asociación para delinquir” optó por entregarse. Pensó que su encarcelamiento sería la más fuerte acusación contra el Gobierno. Hoy está en una prisión, Ramo Verde, a 30 kilómetros de Caracas, en una situación de comunicación restringida. Tanto que no se dejó verlo a los expresidentes Andrés Pastrana (Colombia) y Sebastián Piñera (Chile).
La legisladora María Corina Machado fue despojada de la banca que ganó con una formidable votación y, si bien está libre, pesa sobre ella la amenaza de un arbitrario juicio.
Ahora, es arrestado de un modo ostentoso y brutal, el alcalde de Caracas, tan electo por el pueblo como el presidente Maduro, solo que aquél soportando la enorme desventaja de la mordaza de la prensa opositora, la restricción de la actividad política y el clima generalizado de amenaza instalado por el Gobierno. Desde el primer momento, su autoridad fue vaciada de contenido, porque una vez que ganó las elecciones, el Gobierno creó una Jefatura de Gobierno del Distrito Capital y a ella se trasladaron el presupuesto y las competencias de la alcaldía. Pero eso no bastó: ahora se le encarcela, por firmar un manifiesto opositor que, en la reiterada versión oficialista, es parte de un plan golpista para derribar al Gobierno.
