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viernes, 15 de noviembre de 2024

Álvaro Pombo / El vizconde feroz

 


Álvaro Pombo, visto por Sciammarella.

Álvaro Pombo, visto por Sciammarella.


El vizconde feroz

Álvaro Pombo traza con brillante prosa el retrato de una familia burguesa española y su patriarca, un intelectual de gran prestigio en la Transición que llega a su decadencia

José-Carlos Mainer
JOSÉ-CARLOS MAINER
14 ENE 2019 - 05:18 COT


Imagino que Álvaro Pombo sigue escribiendo, como ha hecho siempre, a partir de un texto oral, dictado a un aparato, y que luego corrige una vez transcrito. De ahí deriva el encanto de esta prosa fluyente, a veces caprichosa, que se toma tiempo para contar las cosas, que vuelve sobre sí misma para aderezarse de citas filosóficas o de exordios personales. Pombo disfruta igual con el hallazgo de una expresión castiza clásica o moderna (aquí se usa “postureo” y “viejuno”), o con un latinismo o una frase inglesa, y con tecnicismos de ahora mismo (“desambiguar” y “reconfigurarse”), o con la invención de un neologismo personal (como esas “sensaciones propioceptivas”). De la escritura de Pombo puede decirse lo que el protagonista de Retrato del vizconde en invierno, Horacio de la Granja, observa satisfecho, al releer sus “papeles de superficie” (otra expresión divertida…): “No halló ni una frase —ni una sola— que no resplandeciera brevemente al leerla de corrido”.

viernes, 8 de abril de 2016

Juan Marsé / La persistencia del deseo


Juan Marsé | El Cultural
Juan Marsé




Juan Marsé

LA PERSISTENCIA

 DEL DESEO



'Esa puta tan distinguida' es la memoria. Su protagonista es esta vez un guionista de cine que en 1982, con la Transición de fondo, debe inspirarse en un crimen cometido en 1949


José-Carlos Mainer
8 de abril de 2016

Juan Marsé, retratado en el año 1970.
Juan Marsé, 1970
César Malet

No es frecuente que una novela empiece con las desenvueltas respuestas de su autor a una hipotética entrevista de la que se han suprimido las preguntas. Ahí se nos presenta Juan Marsé, en primera persona, autor y protagonista de esta novela, aunque no sea exactamente autobiográfica. También sabemos que corre el año de 1982, cuando el escritor ha aceptado el encargo de escribir el esbozo de un guion de cine sobre un asesinato que se cometió en un cine de su barrio, el Delicias, en el lejano 1949 (una prostituta, Carolina Bruil, murió a manos del proyeccionista Fermín Sicart, al que frecuentaba, estrangulada con un trozo de celuloide de Gilda, la película que se proyectaba aquel día).


A Marsé le sigue gustando escribir novelas porque es su forma de respirar la vida y de defenderse de lo que la estorba

Estamos en 1982 pero también en 2015, por supuesto. Entonces y ahora Marsé estaba (y sigue) enfadado con la Iglesia católica, los políticos españoles en general y el pleito independentista catalán en particular y con quienes le preguntaban sobre sus opiniones al propósito. En 1982 ya eran así las cosas, pero sólo en 2015 pudo ocurrírsele que —¡en 1949!— actuaran en un programa de variedades del cine Selecto, junto a la protagonista de su novela, Patricia Garbancio, “intérprete de tango-sardana”, y Pilar Rajola, “contorsionista verbal”… En 1982, sin embargo, sentía que todavía había palabras que la censura tachó y que “parece que hay que sacarlas permanentemente una tras otra de un pozo negro”. Eso le ha impedido continuar una novela que no acaba de salirle (¿quizá Un día volveré, que le salió tan espléndida en 1983?) y por eso ha aceptado escribir las notas del guion que dirigirá un tal Héctor Roldán (muy parecido a Juan Antonio Bardem), quien quería “un docudrama con mucho morbo”, pero que acabará siendo una comedia erótica titulada Los ciegos amores de Manolita, que realizará otro veterano director, José Luis de Prada, “momia del viejo cine de pelucones y pupurrutas imperiales de Cifesa”, que puede ser cualquiera aunque se llame como Sáenz de Heredia.
Pero en 2015 Marsé también sigue enfadado con el cine español, con el que cree haber tenido mala suerte. Pero el cine le encanta y son testimonio los fragmentos del guion escrito que reproduce nuestra novela. Allí se plasma ese modo de revelación sensorial —imágenes, hechos, palabras, sutiles movimientos de perspectiva— que Marsé siempre ha asociado a los dos lenguajes: quizá es el modo ideal de intuir la imagen hojaldrada, contradictoria, inacabable que nos da lo que llamamos realidad. Por eso juega a las adivinanzas cinematográficas que le propone la criada Felicia, que cree firmemente que en el cine —en una frase, un actor o un título— está el secreto de vivir. Y en la entrevista inicial, lo ha reconocido: “En mis ficciones la vivencia real se somete a la imaginación que es más racional y creíble. En la parte inventada está mi autobiografía más veraz”.




La persistencia del deseo


A Marsé le sigue gustando escribir novelas porque es su forma de respirar la vida y de defenderse de lo que la estorba: en ese sentido son sus autobiografías. Como le sucedió a Pío Baroja, estos últimos relatos son más rapsódicos, más angustiados y a la vez más libres y personales y hasta enfurruñados, porque tiene que saber “qué papel me asigno yo, dónde me sitúo en ese meticuloso recuento de anodinos despropósitos”. Para saberlo ha regresado de nuevo al tiempo de aquella “España triste, remendada y presumidita de la posguerra” y, como siempre también, con el arma que vence a la erosión del tiempo, la memoria (que es, claro, “esa puta distinguida” del provocativo título). De esto habla en largas veladas con su personaje Fermín Sicart, el asesino de la prostituta Carol, que presenta una curiosa paradoja del papel de la memoria. Convicto de su crimen, Fermín fue tratado por un psiquiatra militar, el coronel Tejero-Cámara (transparente contrafigura de Antonio Vallejo-Nájera, una especie de doctor Mengele del franquismo), que logró extirparle todo recuerdo de los motivos del asesinato. El guionista y Sicart dialogan, por tanto, sobre un pasado vivaz pero carente de motivos, lleno de presencias, invenciones, inexactitudes y sospechas pero ausente de culpa. Conoceremos muchas cosas pero no sabremos si Carol era confidente de la policía, si quiso a su marido, o si Fermín Sicart mató a la muchacha porque sospechaba ser hijo de una prostituta. La escena final es cine en estado puro: el autor contempla desde su terraza a Sicart encendiendo un cigarrillo, calada la gabardina, al pie de una “farola cegata” y “fiel a un pasado menesteroso, recosido y funesto del que no sabía o no quería desprenderse”. El autor lo ha dicho en la entrevista inicial: intentó hacer “una película sobre la persistencia del deseo y las estrategias del olvido”. A favor de aquella y contra las añagazas de estas se escriben todas las novelas de Juan Marsé.
Esa puta tan distinguida. Juan Marsé. Lumen. Barcelona, 2016. 240 páginas. 21,90 euros. (digital, 12,99)

domingo, 28 de diciembre de 2014

Javier Cercas / El impostor / Reseña

Javier Cercas

¿Salvar al impostor?

La verdadera y folletinesca vida de Enric Marco, la historia personal de su propia búsqueda y sus reflexiones sobre la escritura son los tres escenarios que alterna Cercas



    Enric Marco. / CONSUELO BAUTISTA
    En un attacco espléndido, el autor confiesa que esta es una novela que ha querido y no querido escribir, que temía y deseaba a la par. De hecho, se habla de ella, de El impostor, tanto como de su personaje principal, el falsario Enric Marco. Y resulta tan protagonista el uno como la otra, y como quizá lo sea también el mismo autor que busca manufacturar con probidad su relato. Escribir —cuando se trata de la vida real— es un gozo (al que Cercas no renuncia, afortunadamente para sus lectores), pero también una maldición. Y no es la primera vez que el autor la percibe… En este libro reconoce, con buen humor, el malestar psíquico de haber escritoAnatomía de un instante, su indagación sobre el 23 de febrero de 1981. Al acabar Soldados de Salamina sintió el vértigo de su propio éxito y lo purgó en las tensas páginas de La velocidad de la luz. Y en el camino de El impostor escribió Las leyes de la frontera —con más ficción, claro, que verdad— para expulsar de sí unas sombras que le hablaban de una posible —aunque remota— opción de haber sido otro.

    viernes, 26 de diciembre de 2014

    La realidad asalta la ficción

    Ilustración de Fernando Vicente


    La realidad asalta la ficción

    La narrativa rompe barreras y se fortalece agarrándose a la historia y a las noticias. Hoy las novelas quieren sonar a verdad

      No nos llamaremos a engaño. Que la realidad es la materia prima más sustanciosa de la ficción es una verdad probada desde que la sabiduría popular tomó forma de Sancho Panza, por ejemplo, o el Essex, el ballenero hundido por un cachalote en 1820, se transformó en el Pequod en el tintero mágico de Melville. O para qué saltarnos siglos, milenios. Que Zeus raptara a Europa para traerla a Creta se explicaba por razones de belleza y de carácter (él era así), pero que con ella y sus hermanos llegara el alfabeto y nuevas ideas de Oriente no era sino la realidad escondida bajo la deslumbrante explicación mitológica.
      También Madame Bovary, Oliver Twist o Anna Karenina nacieron para encarnar a personas que sufrían en zonas vitales donde habita la miseria o la imposibilidad del amor, fuera geográficamente en Francia, Inglaterra o la Rusia imperial. La lista podría no tener fin.
      Es decir: siempre ha ocurrido.Pero algunas de las novelas más sugerentes que estos días se encuentran en las librerías están marcadas por un asalto firme y serio de la realidad a los teclados. La realidad ha agarrado a la ficción por la pechera y le ha sacudido unos guantazos que no le han dejado KO, no, sino que, por el contrario, la han espabilado. La novela no solo no ha muerto, como predijeron muchos, sino que se renueva y revive con una fortaleza inusitada. Y más herramientas. "La realidad siempre ha sido el carburante de la ficción, todo parte de ella", sostiene Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962), que ha logrado con éxito elegir un fragmento de la historia y darle un sitio en la literatura. Llevarlo del periódico a la librería.

      jueves, 12 de septiembre de 2013

      Vargas Llosa / Cuándo se arregló Perú



      Mario Vargas Llosa

      Cuándo se arregló Perú


      Invención como principio activo y moralidad. Pocos laberintos tan amenos y tan razonables a la vez como 'El héroe discreto', nueva novela de Mario Vargas Llosa


      A la entrada de la última novela de Mario Vargas Llosa, un exergo de Jorge Luis Borges recuerda a los narradores que “nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo”. Es patente que a los lectores de ficciones nos basta con disfrutar del laberinto y disponer de un cabito del hilo que nos ofrece generosamente el autor. Y, por supuesto, forma parte de nuestro placer el reconocer la procedencia del mismo. El lector de El héroe discreto —un título risueño, propio de fábula moral, que encierra alusiones a sendos marbetes de Baltasar Gracián, sobre los que volveré— reconocerá enseguida la progenie de algunos personajes de esta nueva historia. El afanoso, sufrido y honradísimo sargento Lituma ha ascendido un grado desde la novela Lituma en los Andes, donde aquellas virtudes fulgían entre el horror del Perú rural asolado por la secta de Sendero Luminoso. Y antes había sido también uno más de la pandilla de “Los inconquistables” en La casa verde, primera vista de la ciudad norteña de Piura en la narrativa de Vargas. Del mismo modo, el caballero soñador y pragmático, erotómano y refinado, don Rigoberto, procede de Los cuadernos de don Rigoberto, lo mismo que su segunda esposa, Lucrecia, y su hijo Fonchito, de quienes también supimos por Elogio de la madrastra.
      Y es que el numen y la ley interior de El héroe discreto parecen ser el reencuentro y la coincidencia, al igual que en las novelas bizantinas (a las que a menudo se parece la nuestra) lo es la revelación de identidades; tanto en una como en otras, se trata de aguardar a que, tras la peripecia nítida pero intrigante, llegue el final feliz y justiciero. A despecho del realismo verificable que se busca, nos hallamos en una modalidad de este que es idealista y dialéctica, a la par. Todas las piezas encajan y todos los personajes se ganan su condigno final o al menos un testimonio de su mérito, como en el caso del pobre chino Lau, protegido de Felícito Yacané. Nadie se queda sin su recompensa o su castigo: lo segundo es el caso de los mellizos y herederos de don Ismael, a quienes llaman “las hienas”, o de Miguel, el hijo traidor de don Felícito; ejemplo de lo primero es el reconocimiento de Tiburcio, el hijo leal, o el cumplimiento final de la pasión devoradora que el capitán Silva ha sentido por el próvido trasero de Josefita, desde que inició la investigación de las denuncias de su patrón. Lo único que permanece en la penumbra del misterio jocoso son las apariciones de don Edilberto a Fonchito. ¿Se trata de un Mefistófeles muy venido menos? ¿De un misterioso llorón que ha hecho suyas todas las desdichas del mundo? ¿De un pedófilo cauto e inofensivo? ¿De una invención del muchacho malcriado? ¿O de un explícito homenaje al Doctor Faustus, de Thomas Mann, por parte de don Rigoberto, el diletante que compara con pasión las versiones grabadas de Robert Schumann?
      Pocos laberintos tan amenos y tan razonables, a la vez, como esta novela de Vargas Llosa. “Dios mío —dice el narrador, quizá por boca de don Rigoberto, o de su esposa Lucrecia—, qué historias organizaba la vida cotidiana; no eran obras maestras, estaban más cerca de los culebrones venezolanos, brasileños, colombianos y mexicanos que de Cervantes y Tolstói, sin duda. Pero no tan lejos de Alejandro Dumas, Emile Zola, Dickens o Pérez Galdós”. Repárese que la preventiva autocrítica acompaña al elogio de un modo de imaginar la casualidad, lo que no es pequeña cosa. Como se ha apuntado, El héroe discreto es una apuesta a favor de la invención como principio activo y de lamoralidad como resultado final, cosas que tienen algo, o mucho, de cervantino. ¿No cabría pensar, en tal sentido, que el viaje final con que se obsequian las dos parejas protagonistas —Rigoberto y Lucrecia, Felícito y Gertrudis— y que llevará a todos a Roma es un implícito remedo del final del Persiles, donde la peregrinación religioso-moral tiene un sentido simbólico que aquí se queda en laico autohomenaje turístico?
      Mario Vargas Llosa se ha divertido, sin duda, componiendo una novela doméstica y trepidante sobre los regresos desde las demasías hacia el orden, que tiene también mucho de retorno personal al mundo que conoció y narró de otro modo hace cuarenta o treinta años. Es una vuelta a la Piura de su infancia y adolescencia —la ciudad donde la exclamación común es “che guá” (como recuerda la secretaria Josefita) y donde don Rigoberto no duda en solicitar el manjar local “seco de chavelo”, que es un aliño de carne cecina— y también a la Lima burguesa de su juventud, fachendosa y cruel, del barrio de Miraflores y del Barranco. Pero ni Lima ni Piura son ya lo que eran… Si en el inolvidable arranque de Conversación en La Catedral nos quedábamos sin saber cuándo se jodió Perú, en las páginas de El héroe discretoestamos en condiciones de enterarnos de cuándo empezó a arreglarse. Porque también tiene su moraleja sociopolítica que don Ismael pueda vender su eficiente y acreditada compañía de seguros a una empresa multinacional italiana, Generali, mientras que Felícito Yanaqué sigue al frente de su empresa de autobuses a la que ha bautizado con el nombre de Narihualá, el más conocido de los yacimientos preincaicos del departamento de Piura. La alta burguesía limeña capitaliza sus esfuerzos de muchos años y la emergente clase media empresarial autóctona persevera en su esfuerzo por modernizar el país. Lucrecia, Rigoberto y Fonchito apreciarán el buen gusto de un nuevo centro comercial en el centro de Piura, faz amable de la globalización. Y Rigoberto verá con reprobación los jóvenes parapentistas que sobrevuelan las playas de la costa limeña. A pesar de los pesares, todo ha venido a ser mejor que antes…
      Las dos historias paralelas (y en el fondo, casi idénticas) de don Ismael y Felícito convergen en la ejecución de dos sabias justicias privadas y el inicio de dos proyectos de futuro: la felicidad de la criada Armida, premiada en el primer caso, y la garantía de que Tiburcio continuará con denuedo al frente de la empresa de su padre. Indudablemente, Felícito, el cholo desengañado, juicioso y trabajador ha venido a reunir —y válganos Gracián, de nuevo— los valores de quien sabe sobreponerse a la adversidad y a la humillación y actuar con el tino que la discreción requiere: como recuerda Gracián, “fuerte es la verdad, valiente la razón, poderosa la justicia; pero sin el buen modo, todo se desluce, así como con él, todo se adelanta”.

      El héroe discreto. Mario Vargas Llosa. Alfaguara. Madrid, 2013. 392 páginas. 19,50 euros