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jueves, 17 de noviembre de 2011

Gabriel García Márquez / Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo




Triunfo Arciniegas
LA PREHISTORIA DE GARCÍA MÁRQUEZ III
BIOGRAFÍA

Con “Isabel viendo llover en Macondo” (1955) concluye la etapa de formación de Gabriel García Márquez. No acusa las torpezas de los cuentos publicados en Fin de Semana, suplemento sabatino de El Espectador, entre 1947 y 1954, ni la devastadora influencia de Faulkner en La hojarasca, su primera novela. Incluso ya tiene escrito “Un día después del sábado”, que hará parte de su primer libro de cuentos, Los funerales de la Mamá Grande. Ya es un escritor. Ya tiene un mundo.
En “Isabel viendo llover en Macondo”, episodio que encajaría sin problemas en Cien años de soledad, donde, de hecho, hay un intenso e hiperbólico invierno,  el lenguaje fluye como el agua y la anécdota se desarrolla con la misma naturalidad. Todo el texto es una suma de aciertos: el tono, el narrador, el tiempo. Es un cuento redondo, no sólo porque en  unos cuantos párrafos nos presenta la totalidad de un universo, sino porque la primera y la última frase se tocan. Al terminar el cuento, el lector, fascinado, quiere releerlo, y puede hacerlo sin alterar su respiración. Y lo hará, si no hoy en un futuro. Es un texto que exige el regreso. En Ojos de perro azul, no hay otro cuento que pueda comparársele. No podemos renegar de su morada. Encontró cobijo de milagro. Según la leyenda, el poeta Jorge Gaitán Durán rescató el texto de la cesta de la basura del escritor. Ni siquiera tenía título. Gaitán Durán, curioso, preguntó de qué se trataba. García Márquez señaló que era el monólogo de Isabel viendo llover en Macondo y Gaitán Durán lo registró con su letra en la primera de las páginas.
En 1955 García Márquez está listo para otros retos. De hecho, dos años después y en circunstancias muy difíciles, solo y muerto de hambre, escribe en París una obra maestra, El coronel no tiene quien le escribe, asombrosa prueba de las maravillas que vienen en camino, para regocijo de sus agradecidos lectores.

Triunfo Arciniegas
Pamplona, 2011




Gabriel García Márquez

Monólogo de Isabel
viendo llover en Macondo

El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa. La noche del sábado había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover. Después de misa, antes de que las mujeres tuviéramos tiempo de encontrar un broche de las sombrillas, sopló un viento espeso y oscuro que barrió en una amplia vuelta redonda el polvo y la dura yesca de mayo. Alguien dijo junto a mí: "Es viento de agua". Y yo lo sabía desde antes. Desde cuando salimos al atrio y me sentí estremecida por la viscosa sensación en el vientre. Los hombres corrieron hacia las casas vecinas con una mano en el sombrero y un pañuelo en la otra, protegiéndose del viento y la polvareda. Entonces llovió. Y el cielo fue una sustancia gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de nuestras cabezas.
Durante el resto de la mañana mi madrastra y yo estuvimos sentadas junto al pasamano, alegre de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo sedientos en las macetas después de siete meses de verano intenso, de polvo abrasante. Al mediodía cesó la reverberación de la tierra y un olor a suelo removido, a despierta y renovada vegetación, se confundió con el fresco y saludable olor de la lluvia con el romero. Mi padre dijo a la hora de almuerzo: "Cuando llueve en mayo es señal de que habrá buenas aguas". Sonriente, atravesada por el hilo luminoso de la nueva estación, mi madrastra me dijo: "Eso lo oíste en el sermón". Y mi padre sonrió. Y almorzó con buen apetito y hasta tuvo una entretenida digestión junto al pasamano, silencioso, con los ojos cerrados pero sin dormir, como para creer que soñaba despierto.
Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado. Mi madrastra y yo volvimos a contemplar el jardín. La tierra áspera y parda de mayo se había convertido durante la noche en una substancia oscura y pastosa, parecida al jabón ordinario. Un chorro de agua comenzaba a correr por entre las macetas. "Creo que en toda la noche han tenido agua de sobra", dijo mi madrastra. Y yo noté que había dejado de sonreír y que su regocijo del día anterior se había transformado en una seriedad laxa y tediosa. "Creo que sí —dije—. Será mejor que los guajiros las pongan en e corredor mientras escampa". Y así lo hicieron, mientras la lluvia crecía como árbol inmenso sobre los árboles. Mi padre ocupó el mismo sitio en que estuvo la tarde del domingo, pero no habló de la lluvia. Dijo: "Debe ser que anoche dormí mal, porque me he amanecido doliendo el espinazo". Y estuvo allí, sentado contra el pasamano, con los pies en una silla y la cabeza vuelta hacia el jardín vacío. Solo al atardecer, después que se negó a almorzar dijo: "Es como si no fuera a escampar nunca". Y yo me acordé de los meses de calor. Me acordé de agosto, de esas siestas largas y pasmadas en que nos echábamos a morir bajo el peso de la hora, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor, oyendo afuera el zumbido insistente y sordo de la hora sin transcurso. Vi las paredes lavadas, las junturas de la madera ensanchadas por el agua. Vi el jardincillo, vacío por primera vez, y el jazminero contra el muro, fiel al recuerdo de mi madre. Vi a mi padre sentado en el mecedor, recostadas en una almohada las vértebras doloridas, y los ojos tristes, perdidos en el laberinto de la lluvia. Me acordé de las noches de agosto, en cuyo silencio maravillado no se oye nada más que el ruido milenario que hace la Tierra girando en el eje oxidado y sin aceitar. Súbitamente me sentí sobrecogida por una agobiadora tristeza.
Llovió durante todo el lunes, como el domingo. Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón. Al atardecer dijo una voz junto a mi asiento: "Es aburridora esta lluvia". Sin que me volviera a mirar, reconocí la voz de Martín. Sabía que él estaba hablando en el asiento del lado, con la misma expresión fría y pasmada que no había variado ni siquiera después de esa sombría madrugada de diciembre en que empezó a ser mi esposo. Habían transcurrido cinco meses desde entonces. Ahora yo iba a tener un hijo. Y Martín estaba allí, a mi lado, diciendo que le aburría la lluvia. "Aburridora no —dije. Lo que me parece es demasiado triste es el jardín vacío y esos pobre árboles que no pueden quitarse del patio". Entonces me volvía mirarlo, y ya Martín no estaba allí. Era apenas una voz que me decía: "Por lo visto no piensa escampar nunca", y cuando miré hacia la voz, sólo encontré la silla vacía.
El martes amaneció una vaca en el jardín. Parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada. Durante la mañana los guajiros trataron de ahuyentarla con palos y ladrillos, Pero la vaca permaneció imperturbable en el jardín, dura, inviolables, todavía las pezuñas hundidas en el barro y la enorme cabeza humillada por la lluvia. Los guajiros la acostaron hasta cuando la paciente tolerancia de mi padre vino en defensa suya: "Déjenla tranquila —dijo—. Ella se irá como vino".
Al atardecer del martes el agua apretaba y dolía como una mortajada en el corazón. El fresco de la primera mañana empezó a convertirse en una humedad caliente; era una temperatura de escalofrío. Los pies sudaban dentro de los zapatos, No se sabía qué era más desagradable, si la piel al descubierto o el contacto con la ropa en la piel. En la casa había cesado toda actividad. Nos sentamos en el corredor, pero ya no contemplábamos la lluvia como el primer día. Ya no la sentíamos caer. Ya no veíamos sino el contorno de los árboles en la niebla, en un atardecer triste y desolado que dejaba en los labios el mismo sabor con que se despierta después de haber soñado con una persona desconocida. Yo sabía que era martes y me acordaba de las mellizas de San Jerónimo, de las niñas ciegas que todas las semanas vienen a la casa a decirnos canciones simples, entristecidas por el amargo y desamparado prodigio de sus voces. Por encima de la lluvia yo oía la cancioncilla de las mellizas ciega y las imaginaba en su casa, acuclilladas, aguardando a que cesara la lluvia para salir a cantar. Aquel día no llegarían las mellizas de San Jerónimo, pensaba yo, ni la pordiosera estaría en el corredor después de la siesta, pidiendo como todos los martes, la eterna ramita de toronjil.
Ese día perdimos el orden de las comidas. Mi madrastra sirvió a la hora de la siesta un plato de sopa simple y un pedazo de pan rancio. Pero en realidad no comíamos desde el atardecer del lunes y creo que desde entonces dejamos de pensar. Estábamos paralizados, narcotizados por la lluvia, entregados al derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada. Solo la vaca se movió en la tarde- De pronto, un profundo rumor sacudió sus entrañas y las pezuñas se hundieron en el barro con mayor fuerza. Luego permaneció inmóvil durante media hora, como si ya estuviera muerta, pero no pudiera caer porque se lo impedía la costumbre de estar viva, el hábito de estar en una misma posición bajo la lluvia, hasta cuando la costumbre fue más débil que el cuerpo. Entonces dobló las patas delanteras (levantadas todavía en un último esfuerzo agónico las ancas brillantes y oscuras), hundió el babeante hocico en el lodazal y se rindió por fin al peso de su propia materia en una silenciosa, gradual y digna ceremonia de total derrumbamiento. "Hasta ahí llegó", dijo alguien a mis espaldas. Y yo me volví a mirar y vi en el umbral a la pordiosera de los martes que venía a través de la tormenta a pedir la ramita de toronjil.
Tal vez el miércoles me habría acostumbrado a ese ambiente sobrecogedor si al llegar a la sala no hubiera encontrado la mesa recostada contra la pared, los muebles amontonados encima de ella, y del otro lado, en un parapeto improvisado durante la noche, los baúles y las cajas con los utensilios domésticos. El espectáculo me produjo una terrible sensación de vacío. Algo había sucedido durante la noche. La casa estaba en desorden; los guajiros, sin camisa y descalzos, con los pantalones enrollados hasta las rodillas, transportaban los muebles al comedor. En la expresión de los hombres, en la misma diligencia con que trabajaban se advertía la crueldad de la frustrada rebeldía, de la forzosa y humillante inferioridad bajo la lluvia. Yo me movía sin dirección, sin voluntad. Me sentía convertida en una pradera desolada, sembrada de algas y líquenes, de hongos viscosos y blandos, fecunda por la repugnante flora de la humedad y de las tinieblas. Yo estaba en la sala contemplando el desierto espectáculo de los mueble amontonados cuando oí la voz de mi madrastra en el cuarto advirtiéndome que podía contraer una pulmonía. Solo entonces caí en la cuenta de que el agua me daba en los tobillos, de que la casa estaba inundada, cubierto el piso por una gruesa superficie de agua viscosa y muerta.
Al mediodía del miércoles no había acabado de amanecer. Y antes de las tres de la tarde la noche había entrado de lleno, anticipada y enfermiza, con el mismo lento y monótono y despiadado ritmo de la lluvia en el patio. Fue un crepúsculo prematuro, suave y lúgubre, que creció en medio del silencio de los guajiros, que se acuclillaron en las sillas, contra las paredes, rendidos e impotentes ante el disturbio de la naturaleza. Entonces fue cuando empezaron a llegar noticias de la calle. Nadie las traía a la casa. Simplemente llegaba, precisas, individualizadas, como conducidas por el barro líquido que corría por las calles y arrastraba objetos domésticos, cosas y cosas, destrozos de una remota catástrofe, escombros y animales muertos. Hechos ocurridos el domingo, cuando todavía la lluvia era el anuncio de una estación providencial, tardaron dos días en conocerse en la casa. Y el miércoles llegaron las noticias, como empujadas por el propio dinamismo interior de la tormenta. Se supo entonces que la iglesia estaba inundada y se esperaba su derrumbamiento.
Alguien que no tenía por qué saberlo, dijo esa noche: "El tren no puede pasar el puente desde el lunes. Parece que el río se llevó los rieles". Y se supo que una mujer enferma había desaparecido de su lecho y había sido encontrada esa tarde flotando en el patio.
Aterrorizada, poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de turbios pensamientos. Mi madrastra apareció en el vano de la puerta, con la lámpara en alto y la cabeza erguida. Parecía un fantasma familiar ante el cual yo misma participaba de su condición sobrenatural. Vino hasta donde yo estaba. Aún mantenía la cabeza erguida y la lámpara en alto, y chapaleaba en el agua del corredor. "Ahora tenemos que rezar", dijo. Y yo vi su rostros seco y agrietado, como si acabara de abandonar una sepultura o como si estuviera fabricada en una substancia distinta de la humana. Estaba frente a mí, con el rosario en la mano, diciendo: "Ahora tenemos que rezar. El agua rompió las sepulturas y los pobrecitos muertos están flotando en el cementerio".
Tal vez había dormido un poco esa noche cuando desperté sobresaltada por un olor agrio y penetrante como el de los cuerpos en descomposición. Sacudía con fuerza a Martín, que roncaba a mi lado. "¿No lo sientes?", le dije. Y él dijo "¿Qué?" Y yo dije: "El olor. Deben ser los muertos que están flotando por las calles". Yo me sentía aterrorizada por aquella idea, pero Martín se volteó contra la pared y dijo con la voz ronca y dormida: "Son cosas tuyas. Las mujeres embarazadas siempre están con imaginaciones".
Al amanecer del jueves cesaron los olores, se perdió el sentido de las distancias. La noción del tiempo, trastornada desde el día anterior, desapareció por completo. Entonces no hubo jueves. Lo que debía ser lo fue una cosa física y gelatinosa que había podido apartarse con las manos para asomarse al viernes. Allí no había hombres ni mujeres. Mi madrastra, mi padre, los guajiros eran cuerpos adiposos e improbables que se movían en el tremedal del invierno. Mi padre me dijo: "No se mueva de aquí hasta cuando no le diga lo qué se hace", y su voz era lejana e indirecta y no parecía percibirse con los oídos sino con el tacto, que era el único sentido que permanecía en actividad.
Pero mi padre no volvió: se extravió en el tiempo. Así que cuando llegó la noche llamé a mi madrastra para decirle que me acompañara al dormitorio. Tuve un sueño pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo de toda la noche- Al día siguiente la atmósfera seguía igual, sin color, sin olor, sin temperatura. Tan pronto como desperté salté a un asiento y permanecí inmóvil, porque algo me indicaba que todavía una zona de mi consciencia no había despertado por completo. Entonces oí el pito del tren. El pito prolongado y triste del tren fugándose de la tormenta. "Debe haber escampado en alguna parte", pensé, y una voz a mis espaldas pareció responder a mi pensamiento: "Dónde...", dijo. "¿quién esta ahí?", dije yo, mirando. Y vi a mi madrastra con un brazo largo y escuálido extendido hacia la pared. "Soy yo", dijo Y yo le dije: "¿Los oyes?" Y ella dijo que sí, que tal vez habría escampado en los alrededores y habían reparado las líneas. Luego me entregó una bandeja con el desayuno humeante. Aquello olía a salsa de ajo y manteca hervida. Era un plato de sopa. Desconcertada le pregunté a mi madrastra por la hora. Y ella, calmadamente, con una voz que sabía a postrada resignación, dijo: "Deben ser las dos y media, más o menos. El tren no lleva retraso después de todo". Yo dije: "¡Las dos y media! ¡Cómo hice para dormir tanto!" Y ella dijo: "No has dormido mucho. A lo sumo serían las tres". Y yo, temblando, sintiendo resbalar el plato entre mis manos: "Las dos y media del viernes...", dije. Y ella, monstruosamente tranquila: "Las dos y media del jueves, hija. Todavía las dos y media del jueves".
No sé cuanto tiempo estuve hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su valor. Solo sé que después de muchas horas incontables oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: "Ahora puedes rodar la cama para ese lado". Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Después oí el ruido de los ladrillos en el agua. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso, Sentí el trepidante y violento silencio de la casa, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas. Y súbitamente sentí el corazón convertido en una piedra helada. "estoy muerta —pensé—. Dios. Estoy muerta". Di un salto de la cama. Grite: "¡Ada, Ada!" La voz desabrida de martín me respondió desde el otro lado: "No pueden oírte porque ya están fuera". Solo entonces me di cuenta de que había escampado y de que en torno a nosotros se extendía un silencio, una tranquilidad, una beatitud misteriosa y profunda, un estado perfecto que debía ser muy parecido a la muerte. Después se oyeron pisadas en el corredor. Se oyó una voz clara y completamente viva. Luego un vientecito fresco sacudió la hoja de la puerta, hizo crujir la cerradura, y un cuerpo sólido y momentáneo, como una fruta madura, cayó profundamente en la alberca del patio. Algo en el aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la oscuridad. "Dios mío —pensé entonces, confundida por el trastorno del tiempo—. Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado".

(1955)



Cuentos de Gabriel García Márquez

DE OTROS MUNDOS
Ojos de perro azul (1947 - 1955)


Los funerales de la Mamá Grande (1962)

La increíble y triste historia de Cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1972)

Otros cuentos


MESTER DE BREVERÍA




miércoles, 16 de noviembre de 2011

Gabriel García Márquez / La noche de los alcaravanes


Triunfo Arciniegas

LA PREHISTORIA DE GARCÍA MÁRQUEZ II
BIOGRAFÍA

Los once cuentos de Ojos de perro azul, un libro poco memorable, representan la prehistoria literaria de Gabriel García Márquez. Con toda razón, García Márquez considera que se inició como escritor con La horajasca (1955) y “Un día después del sábado”, un cuento que hace parte de Los funerales de la Mamá Grande. Se sabe que escribió poemas.
         Con la explosiva fama de Cien años de soledad (1967) empiezan a buscar debajo de la alfombra del escritor. Vanguardia Dominical se da a la tarea de reunir esos primeros cuentos y pronto empiezan a circular por todas partes en ediciones piratas. El avergonzado padre no tiene otra salida que reconocer a los vástagos y les da por casa Ojos de perro azul en 1974. Luego publicará tres libros de cuentos para darnos una perpetua lección de maestría: Los funerales de la mamá Grande (1962), La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1972) y Doce cuentos peregrinos (1992).
“La tercera resignación” es el primer cuento que publicó García Márquez (Fin de Semana, El Espectador, 1947). Tiene veinte años y todo el derecho a este pecado. Es un costeño pobre extraviado en el miserable frío bogotano. Quiere ser abogado (o lo quiere su familia) y termina como periodista. Un gran periodista, por supuesto. Su etapa de formación puede considerarse hasta 1955, el año de su primera novela, que trabaja con terquedad desde 1951, y nos deja la desigual cosecha de los once cuentos. De todos ellos, “La mujer que llegaba a las seis” vale la pena, y “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo” es una absoluta maravilla.
“La noche de los alcaravanes” (1953), apenas una curiosidad. Narra de manera realista un hecho fantástico: los pájaros han arrancado los ojos a tres hombres, que ahora deambulan sin dueño por esta tierra de nadie. No es un gran cuento, ni siquiera es un buen cuento, pero es mejor que los otros ocho, propios de voz que aún no encuentra el tono. El lenguaje no se presta a la naturaleza de los hechos, y prácticamente no hay hechos, no existe el desarrollo de una historia. Los alcaravanes les sacaron los ojos a estos desafortunados hombres, ¿y qué? Para armar una historia no es suficiente concebir una idea: es necesario encontrar el desarrollo adecuado y apartar las torpezas como alimañas. El escritor se equivoca al escoger el narrador. Esa primera persona del plural resulta pesada, plana, exasperante. García Márquez aún no encuentra las herramientas narrativas. Una anécdota tan fantástica encajaría a la perfección en Cien años de soledad, por ejemplo, y sería creíble. En “La noche de los alcaravanes” el lector no se cree los hechos. Ni siquiera los otros personajes de la historia creen que los alcaravanes les sacaron los ojos a estos hombres que van por el mundo de la mano, como recortes de papel, no como criaturas de carne y hueso.
Aún faltan años de trabajo y dedicación para que el aprendiz de hechicero domine el oficio.

Triunfo Arciniegas
Pamplona, 2011



Gabriel García Márquez
LA NOCHE DE LOS ALCARAVANES


Estábamos sentados, los tres, en torno a la mesa, cuando alguien introdujo una moneda en la ranura y el Wurlitzer volvió a iniciar el disco de toda la noche. Lo demás no tuvimos tiempo de pensarlo. Sucedió antes de que recordáramos dónde nos encontrábamos: antes de que hubiéramos recobrado el sentido de la orientación. Uno de nosotros extendió la mano por encima del mostrador, rastreando (nosotros no veíamos la mano. La oíamos), tropezó con un vaso y se quedó quieto después, con las dos manos descansando sobre la dura superficie. Entonces los tres nos buscamos en la sombra y nos encontramos allí, en las coyunturas de los treinta dedos que se amontonaban sobre el mostrador. Uno dijo:
-Vamos.
Y nos pusimos en pie, como si nada hubiera sucedido. Todavía no habíamos tenido tiempo para desconcertarnos.
En el corredor, al pasar, oímos la música cercana, girando contra nosotros. Sentimos el olor a mujeres tristes, sentadas y esperando. Sentimos el prolongado vacío del corredor delante de nosotros, mientras caminábamos hacia la puerta, antes de que saliera a recibirnos el otro olor agrio de la mujer que se sentaba junto a la puerta. Nosotros dijimos:
-Nos vamos.
La mujer no respondió nada. Sentimos el crujido de un mecedor, cediendo hacia arriba, cuando ella se puso en pie. Sentimos las pisadas en la madera suelta y otra vez el retorno de la mujer, cuando volvieron a crujir los goznes y la puerta se ajustó a nuestras espaldas
Nos dimos vuelta. Allí mismo, detrás, había un duro aire cortante de madrugada invisible y una voz que decía:
-Apártense de ahí, voy a pasar con esto.
Nos echamos hacia atrás. Y la voz volvió a decir:
-Todavía están contra la puerta.
Y sólo entonces, cuando nos habíamos movido hacia todos lados y habíamos encontrado la voz por todas partes, dijimos:
-No podemos salir de aquí. Los alcaravanes nos sacaron los ojos.
Después oímos abrirse varias puertas. Uno de nosotros se soltó de las otras manos y lo oímos arrastrarse en la sombra, vacilando, tropezando con los objetos que nos rodeaban. Habló desde algún sitio de la oscuridad:
-Ya debemos estar cerca -dijo-. Por aquí hay un olor a baúles amontonados.
Sentimos otra vez el contacto de sus manos; nos recostamos contra la pared y otra voz pasó entonces pero en dirección contraria.
-Pueden ser ataúdes -dijo uno de nosotros.
El que se había arrastrado hasta el rincón y respiraba ahora a nuestro lado dijo:
-Son baúles. Desde pequeño aprendí a distinguir el olor de la ropa guardada.
Entonces nos movimos hacia allá. El suelo era blando y liso, como de tierra pisada. Alguien extendió una mano. Sentimos un contacto de piel larga y viva, pero ya no sentimos la pared del otro lado.
-Esto es una mujer -dijimos.
El otro, el que había hablado de los baúles, dijo:
-Creo que está durmiendo.
El cuerpo se sacudió bajo nuestras manos; tembló; lo sentimos escurrirse, pero no como si se hubiera puesto fuera de nuestro alcance, sino como si hubiera dejado de existir. Sin embargo, después de un instante en que permanecimos quietos, endurecidos, recostados hombro contra hombro, oímos su voz.
-¿Quién anda por ahí? -dijo.
-Somos nosotros -respondimos sin movernos.
Se oyó el movimiento en la cama; el crujir y el rastro de los pies buscando las pantuflas en la oscuridad. Entonces imaginamos a la mujer sentada, mirándonos cuando todavía no acababa de despertar.
-¿Qué hacen aquí? -dijo.
Y nosotros dijimos:
-No lo sabemos. Los alcaravanes nos sacaron los ojos.
La voz dijo que había oído algo de eso. Que los periódicos habían dicho que tres hombres estaban tomando cerveza en un patio donde había cinco o seis alcaravanes. Siete alcaravanes. Uno de los hombres se puso a cantar como un alcaraván, imitándolos.
-Lo malo fue que dio una hora retrasada -dijo-. Fue entonces cuando los pájaros saltaron a la mesa y les sacaron los ojos.
Dijo que eso habían dicho los periódicos, pero que nadie les había creído. Nosotros dijimos:
-Si la gente fue allá debieron ver los alcaravanes.
Y la mujer dijo:
-Fueron. El patio estaba lleno de gente, al otro día, pero la mujer ya se había llevado los alcaravanes a otra parte.
Cuando nos dimos la vuelta, la mujer dejó de hablar. Allí estaba otra vez la pared. Con sólo dar vueltas encontrábamos la pared. En torno a nosotros, cercándonos, estaba siempre una pared. Uno volvió a soltarse de nuestras manos. Lo oímos rastrear otra vez, olfateando el suelo, diciendo:
-Ahora no sé por dónde andan los baúles. Creo que ya andamos por otra parte.
Y nosotros dijimos:
-Ven acá. Alguien está aquí, junto a nosotros.
Lo oímos acercarse. Lo sentimos levantarse a nuestro lado y otra vez nos golpeó su aliento tibio en el rostro.
-Estira las manos hacia allá -le dijimos-. Allí hay alguien que nos conoce.
Él debió extender la mano; debió moverse hacia donde le indicamos, porque un instante después regresó para decirnos:
-Creo que es un muchacho.
Y le dijimos:
-Está bien, pregúntale si nos conoce.
Él hizo la pregunta. Oímos la voz apática y simple del muchacho que decía:
-Sí los conozco. Son los tres hombres a quienes los alcaravanes les sacaron los ojos.
Entonces habló una voz adulta. Una voz de mujer que parecía estar detrás de una puerta cerrada, diciendo:
-Ya estás hablando solo.
Y la voz infantil dijo despreocupadamente:
-No. Es que aquí están los hombres a quienes los alcaravanes les sacaron los ojos.
Se oyó un ruido de goznes y luego la voz adulta, más cercana que la primera vez.
-Llévalos a su casa -dijo.
Y el muchacho dijo:
-No sé dónde viven.
Y la voz adulta dijo:
-No seas de mala índole. Todo el mundo sabe dónde viven desde la noche en que los alcaravanes les sacaron los ojos.
Luego siguió hablando en otro tono, como si se dirigiera a nosotros:
-Lo que pasa es que nadie ha querido creerlo y dicen que fue una falsa noticia de los periódicos para aumentar las ventas. Nadie ha visto los alcaravanes.
Y nosotros dijimos:
-Pero nadie me creería si los llevo por la calle.
Nosotros no nos movíamos; estábamos quietos, recostados contra la pared, oyéndola. Y la mujer dijo:
-Si éste quiere llevarlos es distinto. Después de todo, nadie daría importancia a lo que dijera un muchacho.
La voz infantil intervino:
-Si salgo a la calle con ellos y digo que son los hombres a quienes los alcaravanes les sacaron los ojos, los muchachos me tirarían piedras. Todo el mundo dice por la calle que eso no puede suceder.
Hubo un instante de silencio. Luego la puerta volvió a cerrarse, y el muchacho volvió a hablar:
-Además, ahora estoy leyendo a Terry y los Piratas.
Alguien nos dijo al oído:
-Voy a convencerlo.
Se arrastró hacia donde estaba la voz.
-Eso me gusta -dijo-. Por lo menos, dinos qué le pasó a Terry esta semana.
Está tratando de hacerse a su confianza, pensamos. Pero el muchacho dijo:
-Eso no me interesa. Lo único que me gusta son los colores.
-Terry estaba en un laberinto -dijimos. Y el muchacho dijo:
-Eso fue el viernes. Hoy es domingo y lo que me interesa son los colores -y lo dijo con la voz fría, desapasionada, indiferente.
Cuando el otro regresó, dijimos:
-Llevamos como tres días de estar perdidos y no hemos descansado una sola vez.
Y uno dijo:
-Está bien. Vamos a descansar un rato, pero sin soltarnos de las manos.
Nos sentamos. Un invisible sol tibio empezó a calentarnos en los hombros. Pero ni siquiera la presencia del sol nos interesaba. La sentíamos ahí, en cualquier parte, habiendo perdido ya la noción de las distancias, de la hora, de las direcciones. Pasaron varias voces.
-Los alcaravanes nos sacaron los ojos -dijimos.
Y una de las voces dijo:
-Éstos tomaron en serio a los periódicos.
Las voces desaparecieron. Y seguimos sentados así, hombro contra hombro, esperando a que en aquel pasar de voces, en aquel de imágenes pasara un olor o una voz conocidos. El sol siguió calentando sobre nuestras cabezas. Entonces alguien dijo:
-Vamos otra vez hacia la pared.
Y los otros, inmóviles, con la cabeza levantada hacia la claridad invisible:
-Todavía no. Esperemos siquiera a que el sol empiece a ardernos en la cara.
(1953)




Cuentos de Gabriel García Márquez

DE OTROS MUNDOS
Ojos de perro azul (1947 - 1955)

LA TERCERA RESIGNACIÓN (1947)
LA OTRA COSTILLA DE LA MUERTE (1948)
EVA ESTÁ DENTRO DE SU GATO (1948)
AMARGURA PARA TRES SONÁMBULOS (1949)
DIÁLOGO DEL ESPEJO (1949)
OJOS DE PERRO AZUL (1950)
LA MUJER QUE LLEGABA A LAS SEIS (1950)
NABO, EL NEGRO QUE HIZO ESPERAR A LOS ÁNGELES (1951)
ALGUIEN DESORDENA ESTAS ROSAS (1952)
LA NOCHE DE LOS ALCARAVANES (1953)
MONÓLOGO DE ISABEL VIENDO LLOVER EN MACONDO (1955)

Los funerales de la Mamá Grande (1962)
UN DÍA DE ÉSTOS (1962)
LA SIESTA DEL MARTES (1962)
EN ESTE PUEBLO NO HAY LADRONES (1962)
UN DÍA DESPUÉS DEL SÁBADO (1962)
LA PRODIGIOSA TARDE DE BALTASAR (1962)
ROSAS ARTIFICIALES (1962)
LA VIUDA DE MONTIEL (1962)
LOS FUNERALES DE LA MAMÁ GRANDE (1962)

La increíble y triste historia de Cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1972)
EL AHOGADO MÁS HERMOSO DEL MUNDO (1968)

Otros cuentos

EN AGOSTO NOS VEMOS
LA TIGRA

MESTER DE BREVERÍA
Gabriel García Márquez / El drama del desencantado
Gabriel García Márquez / Ladrón de sábado
Gabriel García Márquez / El prisionero


martes, 15 de noviembre de 2011

Gabriel García Márquez / La mujer que llegaba a las seis


El balcón
Alberto Sughi

 Triunfo Arciniegas
LA PREHISTORIA DE GARCÍA MÁRQUEZ I
BIOGRAFÍA

Gabriel García Márquez se formó como escritor a mediados del siglo XX (1947 – 1954) publicando cuentos en Fin de Semana, el suplemento sabatino de El Espectador, un periódico bogotano de distribución nacional. Muchos años después, ante la fama apabullante, ese otro pelotón de fusilamiento, a alguien se le ocurrió la desafortunada idea de publicarlos como libro. En su mayoría son malos y García Márquez hubiera preferido mantenerlos en el olvido. En todo caso, Ojos de perro azul (1974), el fruto del pecado, nos enseña que el oficio es una larga paciencia, que va desde los experimentos kafkianos  de un muchacho extraviado en el páramo de la capital hasta las obras maestras de uno de los escritores más grandes de nuestro tiempo: El ahogado más hermoso del mundo, Un señor muy viejo con unas alas enormes o Rastro de tu sangre en la nieve.
            En La mujer que llegaba a las seis resulta evidente el estilo de Hemingway, no sólo en la manera de contar los hechos, en los diálogos, en la estructura del relato, sino hasta en los mismos secretos del oficio. El dato fundamental no se revela: el pecado de la mujer, una prostituta otoñal. Y digo pecado para no echar a perder el gozo del lector que hasta el momento no conoce la historia. Hemingway se refería a su truco como la teoría del iceberg: solo vemos una décima parte del inmenso bloque de hielo (el texto publicado). Las otras nueve están sumergidas (los datos escondidos) pero sostienen y de cierta manera hacen perdurable la parte visible. En Los asesinos, una de las obras maestras de Hemingway, dos hombres llegan al restaurante Henry’s con el propósito de matar al boxeador sueco Ole Andreson. Hemingway no nos dice por qué, pero el dato sostiene la historia. Aunque ninguna línea escrita nos respalda, sabemos con absoluta certeza que tarde o temprano el boxeador será hombre muerto, así como sabemos qué hizo el personaje del cuento de García Márquez en las horas de la tarde y sabemos, además, que su destino está en las manos de José, el dueño del restaurante.
            El escenario de Los asesinos y La mujer que llegaba a los seis es un restaurante vacío. Los cuentos empiezan de la misma manera: con una puerta que se abre y la entrada de los personajes. Y prácticamente concluirá cuando los asesinos abandonen el escenario. La mujer aún no lo hace: se queda ahí, sentada frente al mostrador, ganando tiempo. Mientras ella gana tiempo, los sicarios pierden el suyo. Incluso la hora es la misma: alrededor de las seis de la tarde. Hemingway añade una escena a su cuento: la visita de Nick Adams al boxeador, tirado en la cama de una pensión, derrotado ante su miserable destino. Y un epílogo tal vez innecesario: Nick Adams vuelve al restaurante Henry’s para compartir su perplejidad con el dueño y el cocinero, y decide abandonar el pueblo. El mismo propósito albergue la mujer sin nombre del personaje de García Márquez.
            El cuento de Hemingway podría llamarse con exactitud El boxeador que llegaba a las seis, pues es la hora en que viene a cenar a Henry’s. Todo el mundo lo sabe, los asesinos lo saben.
            En ambas historias el diálogo es un intercambio de banalidades. Lo importante es lo que no se dice. Y en ambas historias, la muerte hace su labor: en una ya la hizo, y en la otra sólo es cuestión de tiempo. Pese a las bromas de los sicarios y los coqueteos de la prostituta, en ambos mundos se respira un aire de fatalidad y derrota.
La muerte inexorable y el paso del tiempo van ligados. La mujer entra a las seis en punto al restaurante con el propósito de ganar un cuarto de hora para su coartada, y a las seis y media, cuando se corta la historia, quiere otro cuarto de hora. ¿Qué va a querer a las siete? ¿Y a las siete y cuarto? Los asesinos entran a Henry’s a las seis menos cuarto y se van a las siete y cuarto, sin concretar su siniestra tarea.
            Las diferencias entre los textos son muchas, desde luego, y el lector se encargará de precisarlas, pero resulta innegable la influencia de Hemingway en García Márquez.
            La mujer que llegaba a las seis es otra historia, aunque no tan genial, por supuesto. No obstante, es una deliciosa lectura, y su rescate de las páginas de Fin de semana valió la pena.

Triunfo Arciniegas
Pamplona, 2011


Nella camera, 1961
Alberto Sughi
 Gabriel García Márquez
LA MUJER QUE LLEGABA A LAS SEIS

La puerta oscilante se abrió. A esa hora no había nadie en el restaurante de José. Acababan de dar las seis y el hombre sabía que sólo a las seis y media empezarían a llegar los parroquianos habituales. Tan conservadora y regular era su clientela, que no había acabado el reloj de dar la sexta campanada cuando una mujer entró, como todos los días a esa hora, y se sentó sin decir nada en la alta silla giratoria. Traía un cigarrillo sin encender, apretado entre los labios.
            -Hola, reina -dijo José cuando la vio sentarse. Luego caminó hacia el otro extremo del mostrador, limpiando con un trapo seco la superficie vidriada. Siempre que entraba alguien al restaurante José hacía lo mismo. Hasta con la mujer con quien había llegado a adquirir un grado de casi intimidad, el gordo y rubicundo mesonero representaba su diaria comedia de hombre diligente. Habló desde el otro extremo del mostrador.
-¿Qué quieres hoy? -dijo.
-Primero que todo quiero enseñarte a ser caballero -dijo la mujer. Estaba sentada al final de la hilera de sillas giratorias, de codos en el mostrador, con el cigarrillo apagado en los labios. Cuando habló apretó la boca para que José advirtiera el cigarrillo sin encender.
-No me había dado cuenta -dijo José.
-Todavía no te has dado cuenta de nada -dijo la mujer.
El hombre dejó el trapo en el mostrador, caminó hacia los armarios oscuros y olorosos a alquitrán y a madera polvorienta, y regresó luego con los fósforos. La mujer se inclinó para alcanzar la lumbre que ardía entre las manos rústicas y velludas del hombre; José vio el abundante cabello de la mujer, empavonado de vaselina gruesa y barata. Vio su hombro descubierto, por encima del corpiño floreado. Vio el nacimiento del seno crepuscular, cuando la mujer levantó la cabeza, ya con la brasa entre los labios.
-Estás hermosa hoy, reina -dijo José.
-Déjate de tonterías -dijo la mujer-. No creas que eso me va a servir para pagarte.
-No quise decir eso, reina -dijo José-. Apuesto a que hoy te hizo daño el almuerzo.
La mujer tragó la primera bocanada de humo denso, se cruzó de brazos todavía con los codos apoyados en el mostrador, y se quedó mirando hacia la calle, a través del amplio cristal del restaurante. Tenía una expresión melancólica. De una melancolía hastiada y vulgar.
-Te voy a preparar un buen bistec -dijo José.
-Todavía no tengo plata -dijo la mujer.
-Hace tres meses que no tienes plata y siempre te preparo algo bueno -dijo José.
-Hoy es distinto -dijo la mujer, sombríamente, todavía mirando hacia la calle.
-Todos los días son iguales -dijo José-. Todos los días el reloj marca las seis, entonces entras y dices que tienes un hambre de perro y entonces yo te preparo algo bueno. La única diferencia es ésa, que hoy no dices que tienes un hambre de perro, sino que el día es distinto.
-Y es verdad -dijo la mujer.
Se volvió a mirar al hombre que estaba al otro lado del mostrador, registrando la nevera. Estuvo contemplándolo durante dos, tres segundos. Luego miró el reloj, arriba del armario. Eran las seis y tres minutos. «Es verdad, José. Hoy es distinto», dijo. Expulsó el humo y siguió hablando con palabras cortas, apasionadas: «Hoy no vine a las seis, por eso es distinto, José».
El hombre miró el reloj.
-Me corto el brazo si ese reloj se atrasa un minuto -dijo.
-No es eso, José. Es que hoy no vine a las seis -dijo la mujer-. Vine a las seis menos cuarto.
-Acaban de dar las seis, reina -dijo José-. Cuando tú entraste acababan de darlas.
-Tengo un cuarto de hora de estar aquí -dijo la mujer.
José se dirigió hacia donde ella estaba. Acercó a la mujer su enorme cara congestionada, mientras tiraba con el índice de uno de sus párpados.
-Sóplame aquí -dijo.
La mujer echó la cabeza hacia atrás. Estaba seria, fastidiosa, blanda; embellecida por una nube de tristeza y cansancio.
-Déjate de tonterías, José. Tú sabes que hace más de seis meses que no bebo.
-Eso se lo vas a decir a otro -dijo-. A mí no. Te apuesto a que por lo menos se han tomado un litro entre dos.
-Me tomé dos tragos con un amigo -dijo la mujer.
-Ah; entonces ahora me explico -dijo José.
-Nada tienes que explicarte -dijo la mujer-. Tengo un cuarto de hora de estar aquí.
El hombre se encogió de hombros.
-Bueno, si así lo quieres, tienes un cuarto de hora de estar aquí -dijo-. Después de todo a nadie le importa nada diez minutos más o diez minutos menos.
-Sí importan, José -dijo la mujer. Y estiró los brazos por encima del mostrador, sobre la superficie vidriada, con un aire de negligente abandono-. Y no es que yo lo quiera: es que hace un cuarto de hora que estoy aquí.
-Volvió a mirar el reloj y rectificó:
-Qué digo: ya tengo veinte minutos.
-Está bien, reina -dijo el hombre-. Un día entero con su noche te regalaría yo para verte contenta.
Durante todo este tiempo José había estado moviéndose detrás del mostrador, removiendo objetos, quitando una cosa de un lugar para ponerla en otro. Estaba en su papel.
-Quiero verte contenta -repitió. Se detuvo bruscamente, volviéndose hacia donde estaba la mujer.
-¿Tú sabes que te quiero mucho? -dijo.
La mujer lo miró con frialdad.
-¿Síii…? Qué descubrimiento, José. ¿Crees que me quedaría contigo por un millón de pesos?
-No he querido decir eso, reina -dijo José-. Vuelvo a apostar a que te hizo daño el almuerzo.
-No te lo digo por eso -dijo la mujer. Y su voz se volvió menos indolente-. Es que ninguna mujer soportaría una carga como la tuya por un millón de pesos.
José se ruborizó. Le dio la espalda a la mujer y se puso a sacudir el polvo en las botellas del armario. Habló sin volver la cara.
-Estás insoportable hoy, reina. Creo que lo mejor es que te comas el bistec y te vayas a acostar.
-No tengo hambre -dijo la mujer. Se quedó mirando otra vez la calle, viendo los transeúntes turbios de la ciudad atardecida. Durante un instante hubo un silencio turbio en el restaurante. Una quietud interrumpida apenas por el trasteo de José en el armario. De pronto la mujer dejó de mirar hacia la calle y habló con la voz apagada, tierna, diferente.
-¿Es verdad que me quieres, Pepillo?
-Es verdad -dijo José, en seco, sin mirarla.
-¿A pesar de lo que te dije? -dijo la mujer.
-¿Qué me dijiste? -dijo José, todavía sin inflexiones en la voz, todavía sin mirarla.
-Lo del millón de pesos -dijo la mujer.
-Ya lo había olvidado -dijo José.
-Entonces, ¿me quieres? -dijo la mujer.
-Sí -dijo José.
           Hubo una pausa. José siguió moviéndose con la cara revuelta hacia los armarios, todavía sin mirar a la mujer. Ella expulsó una nueva bocanada de humo, apoyó el busto contra el mostrador y luego, con cautela y picardía, mordiéndose la lengua antes de decirlo, como si hablara en puntillas:
-¿Aunque no me acueste contigo? -dijo.
Y sólo entonces José volvió a mirarla:
-Te quiero tanto que no me acostaría contigo -dijo. Luego caminó hacia donde ella estaba. Se quedó mirándola de frente, los poderosos brazos apoyados en el mostrador, delante de ella; mirándola a los ojos, dijo-: Te quiero tanto que todas las tardes mataría al hombre que se va contigo.
En el primer instante la mujer pareció perpleja. Después miró al hombre con atención, con una ondulante expresión de compasión y burla. Después guardó un breve silencio, desconcertada. Y después rió, estrepitosamente.
-Estás celoso, José. ¡Qué rico, estás celoso!
José volvió a sonrojarse con una timidez franca, casi desvergonzada, como le habría ocurrido a un niño a quien le hubieran revelado de golpe todos los secretos. Dijo:
-Esta tarde no entiendes nada, reina.-Y se limpió el sudor con el trapo. Dijo:
- La mala vida te está embruteciendo.
Pero ahora la mujer había cambiado de expresión.
-Entonces no –dijo. Y volvió a mirarlo a los ojos, con un extraño esplendor en la mirada, a un tiempo acongojada y desafiante-. Entonces, no estás celoso.
-En cierto modo, sí -dijo José-. Pero no es como tú dices.
Se aflojó el cuello y siguió limpiándose, secándose la garganta con el trapo.
-¿Entonces? -dijo la mujer.
-Lo que pasa es que te quiero tanto que no me gusta que hagas eso -dijo José.
-¿Qué? -dijo la mujer.
-Eso de irte con un hombre distinto todos los días -dijo José.
-¿Es verdad que lo matarías para que no se fuera conmigo? -dijo la mujer.
-Para que no se fuera, no -dijo José-. Lo mataría porque se fue contigo.
-Es lo mismo -dijo la mujer.
La conversación había llegado a densidad excitante. La mujer hablaba en voz baja, suave, fascinada. Tenía la cara casi pegada al rostro saludable y pacífico del hombre, que permanecía inmóvil, como hechizado por el vapor de las palabras.
-Todo eso es verdad -dijo José.
-Entonces -dijo la mujer, y extendió la mano para acariciar el áspero brazo del hombre. Con la otra arrojó la colilla-, ¿tú eres capaz de matar a un hombre?
-Por lo que te dije, sí -dijo José. Y su voz tomó una acentuación casi dramática.
La mujer se echó a reír convulsivamente, con una abierta intención de burla.
-Qué horror, José. Qué horror -dijo, todavía riendo-, José matando a un hombre. ¡Quién hubiera dicho que detrás del señor gordo y santurrón que nunca me cobra, que todos los días me prepara un bistec y que se distrae hablando conmigo hasta cuando encuentro un hombre, hay un asesino! ¡Qué horror, José! ¡Me das miedo!
José estaba confundido. Tal vez sintió un poco de indignación. Tal vez, cuando la mujer se echó a reír, se sintió defraudado.
-Estás borracha, tonta -dijo-. Vete a dormir. Ni siquiera tendrás ganas de comer.
Pero la mujer ahora había dejado de reír y estaba otra vez seria, pensativa, apoyada en el mostrador. Vio alejarse al hombre. Lo vio abrir la nevera y cerrarla otra vez, sin extraer nada de ella. Lo vio moverse después hacia el extremo opuesto del mostrador. Lo vio frotar el vidrio reluciente, como al principio. Entonces la mujer habló de nuevo, con el tono enternecedor y suave de cuando dijo: “¿Es verdad que me quieres, Pepillo?”
-José -dijo.
El hombre no la miró.
-¡José!
-Vete a dormir -dijo José-. Y métete un baño antes de acostarte para que se te serene la borrachera.
-En serio, José -dijo la mujer-. No estoy borracha.
-Entonces te has vuelto bruta -dijo José.
-Ven acá, tengo que hablar contigo -dijo la mujer.
El hombre se acercó tambaleando entre la complacencia y la desconfianza.
-¡Acércate!
El hombre volvió a pararse frente a la mujer. Ella se inclinó hacia adelante, lo asió fuertemente por el cabello, pero con un gesto de evidente ternura.
-Repíteme lo que me dijiste al principio -dijo.
-¿Qué? -dijo José. Trataba de mirarla con la cabeza agachada, asido por el cabello.
-Que matarías a un hombre que se acostara conmigo -dijo la mujer.
-Mataría a un hombre que se hubiera acostado contigo, reina. Es verdad -dijo José.
La mujer lo soltó.
-¿Entonces me defenderías si yo lo matara? -dijo, afirmativamente, empujando con un movimiento de brutal coquetería la enorme cabeza de cerdo de José. El hombre no respondió nada; sonrió.
-Contéstame, José -dijo la mujer-. ¿Me defenderías si yo lo matara?
-Eso depende -dijo José-. Tú sabes que eso no es tan fácil como decirlo.
-A nadie le cree más la policía que a ti -dijo la mujer.
José sonrió, digno, satisfecho. La mujer se inclinó de nuevo hacia él, por encima del mostrador.
-Es verdad, José. Me atrevería a apostar que nunca has dicho una mentira -dijo.
-No se saca nada con eso -dijo José.
-Por lo mismo -dijo la mujer-. La policía lo sabe y te cree cualquier cosa sin preguntártelo dos veces.
José se puso a dar golpecitos en el mostrador, frente a ella, sin saber qué decir. La mujer miró nuevamente hacia la calle. Miró luego el reloj y modificó el tono de la voz, como si tuviera interés en concluir el diálogo antes de que llegaran los primeros parroquianos.
-¿Por mí dirías una mentira, José? -dijo-. En serio.
Y entonces José se volvió a mirarla, bruscamente, a fondo, como si una idea tremenda se le hubiera agolpado dentro de la cabeza. Una idea que entró por un oído, giró por un momento, vaga, confusa, y salió luego por el otro, dejando apenas un cálido vestigio de pavor.
-¿En qué lío te has metido, reina? -dijo José. Se inclinó hacia adelante, los brazos otra vez cruzados sobre el mostrador. La mujer sintió el vaho fuerte y un poco amoniacal de su respiración, que se hacía difícil por la presión que ejercía el mostrador contra el estómago del hombre.
-Esto sí es en serio, reina. ¿En qué lío te has metido? -dijo.
La mujer hizo girar la cabeza hacia el otro lado.
-En nada -dijo-. Sólo estaba hablando por entretenerme.
Luego volvió a mirarlo.
-¿Sabes que quizás no tengas que matar a nadie?
-Nunca he pensado matar a nadie -dijo José desconcertado.
-No, hombre -dijo la mujer-. Digo que a nadie que se acueste conmigo.
-¡Ah! -dijo José-. Ahora sí que estás hablando claro. Siempre he creído que no tienes necesidad de andar en esa vida. Te apuesto a que si te dejas de eso te doy el bistec más grande todos los días, sin cobrarte nada.
-Gracias, José. Pero no es por eso. Es que ya no podré acostarme con nadie.
-Ya vuelves a enredar las cosas -dijo José. Empezaba a parecer impaciente.
-No enredo nada -dijo la mujer. Se estiró en el asiento y José vio sus senos aplanados y tristes debajo del corpiño.
-Mañana me voy y te prometo que no volveré a molestarte nunca. Te prometo que no volveré a acostarme con nadie.
-¿Y de dónde te salió esa fiebre? -dijo José.
-Lo resolví hace un rato -dijo la mujer-. Sólo hace un momento que me di cuenta de que eso es una porquería.
José agarró otra vez el trapo y se puso a frotar el vidrio, cerca de ella. Habló sin mirarla. Dijo:
-Claro que como tú lo haces es una porquería. Hace tiempo que debiste darte cuenta.
-Hace tiempo me estaba dando cuenta -dijo la mujer-. Pero sólo hace un rato acabé de convencerme. Les tengo asco a los hombres.
          José sonrió. Levantó la cabeza para mirar, todavía sonriendo, pero la vio concentrada, perpleja, hablando, y con los hombros levantados; balanceándose en la silla giratoria, con una expresión taciturna, el rostro dorado por una prematura harina otoñal.
-¿No te parece que deben dejar tranquila a una mujer que mate a un hombre porque después de haber estado con él siente asco de ése y de todos los que han estado con ella?
-No hay para qué ir tan lejos -dijo José, conmovido, con un hilo de lástima en la voz.
-¿Y si la mujer le dice al hombre que le tiene asco cuando lo ve vistiéndose, porque se acuerda de que ha estado revolcándose con él toda la tarde y siente que ni el jabón ni el estropajo podrán quitarle su olor?
-Eso pasa, reina -dijo José, ahora un poco indiferente, frotando el mostrador-. No hay necesidad de matarlo. Simplemente dejarlo que se vaya.
           Pero la mujer seguía hablando y su voz era una corriente uniforme, suelta, apasionada.
-¿Y si cuando la mujer le dice que le tiene asco, el hombre deja de vestirse y corre otra vez para donde ella, a besarla otra vez, a…?
-Eso no lo hace ningún hombre decente -dijo José.
-¿Pero, y si lo hace? -dijo la mujer, con exasperante ansiedad-. ¿Si el hombre no es decente y lo hace y entonces la mujer siente que le tiene tanto asco que se puede morir, y sabe que la única manera de acabar con todo eso es dándole una cuchillada por debajo?
-Esto es una barbaridad. Por fortuna no hay hombre que haga lo que tú dices.
-Bueno -dijo la mujer, ahora completamente exasperada-. ¿Y si lo hace? Suponte que lo hace.
-De todos modos no es para tanto -dijo José. Seguía limpiando el mostrador, sin cambiar de lugar, ahora menos atento a la conversación.
La mujer golpeó el vidrio con los nudillos. Se volvió afirmativa, enfática.
-Eres un salvaje, José -dijo-. No entiendes nada.
-Lo agarró con fuerza por la manga.- Anda, di que sí debía matarlo la mujer.
-Está bien -dijo José, con un sesgo conciliatorio-. Todo será como tú dices.
-¿Eso no es defensa propia? -dijo la mujer, sacudiéndole por la manga.
José le echó entonces una mirada tibia y complaciente. «Casi, casi», dijo. Y le guiñó un ojo, en un gesto que era al mismo tiempo una comprensión cordial y un pavoroso compromiso de complicidad. Pero la mujer siguió seria; lo soltó.
-¿Echarías una mentira para defender a una mujer que haga eso? -dijo.
-Depende -dijo José.
-¿Depende de qué? -dijo la mujer.
-Depende de la mujer -dijo José.
-Suponte que es una mujer que quieres mucho -dijo la mujer-. No para estar con ella, ¿sabes?, sino como tú dices que la quieres mucho.
-Bueno, como tú quieras, reina -dijo José, laxo, fastidiado.
Otra vez se alejó. Había mirado el reloj. Había visto que iban a ser las seis y media. Había pensado que dentro de unos minutos el restaurante empezaría a llenarse de gente y tal vez por eso se puso a frotar el vidrio con mayor fuerza, mirando hacia la calle a través del cristal de la ventana. La mujer permanecía en la silla, silenciosa, concentrada, mirando con un aire de declinante tristeza los movimientos del hombre. Viéndolo, como podría ver a un hombre una lámpara que ha empezado a apagarse. De pronto, sin reaccionar, habló de nuevo, con la voz untuosa de mansedumbre.
-¡José!
El hombre la miró con una ternura densa y triste, como un buey maternal. No la miró para escucharla; apenas para verla, para saber que estaba ahí, esperando una mirada que no tenía por qué ser de protección o de solidaridad. Apenas una mirada de juguete.
-Te dije que mañana me voy y no me has dicho nada -dijo la mujer.
-Sí -dijo José-. Lo que no me has dicho es para dónde.
-Por ahí -dijo la mujer-. Para donde no haya hombres que quieran acostarse con una.
José volvió a sonreír.
-¿En serio te vas? -preguntó, como dándose cuenta de la vida, modificando repentinamente la expresión del rostro.
-Eso depende de ti -dijo la mujer-. Si sabes decir a qué hora vine, mañana me iré y nunca más me pondré en estas cosas. ¿Te gusta eso?
José hizo un gesto afirmativo con la cabeza, sonriente y concreto. La mujer se inclinó hacia donde él estaba.
-Si algún día vuelvo por aquí, me pondré celosa cuando encuentre otra mujer hablando contigo, a esta hora y en esa misma silla.
-Si vuelves por aquí debes traerme algo.
-Te prometo buscar por todas partes el osito de cuerda, para traértelo -dijo ella.
José sonrió y pasó el trapo por el aire que se interponía entre él y la mujer, como si estuviera limpiando un cristal invisible. La mujer también sonrió, ahora con un gesto de cordialidad y coquetería. Luego el hombre se alejó, frotando el vidrio hacia el otro extremo del mostrador.
-¿Qué? -dijo José, sin mirarla.
-¿Verdad que a cualquiera que te pregunte a qué hora vine le dirás que a las seis menos cuarto? -dijo la mujer.
-¿Para qué? -dijo José, todavía sin mirarla y ahora como si apenas la hubiera oído.
-Eso no importa -dijo la mujer-. La cosa es que lo hagas.
José vio entonces al primer parroquiano que penetró por la puerta oscilante y caminó hasta una mesa del rincón. Miró el reloj. Eran las seis y media en punto.
-Está bien, reina -dijo distraídamente-. Como tú quieras. Siempre hago las cosas como tú quieras.
-Bueno -dijo la mujer-. Entonces, prepárame el bistec.
El hombre se dirigió a la nevera, sacó un plato con carne y lo dejó en la mesa. Luego encendió la estufa.
-Te voy a preparar un buen bistec de despedida, reina -dijo.
-Gracias, Pepillo -dijo la mujer.
Se quedó pensativa como si de repente se hubiera sumergido en un submundo extraño, poblado de formas turbias, desconocidas. No se oyó, del otro lado del mostrador, el ruido que hizo la carne fresca al caer en la manteca hirviente. No oyó, después, la crepitación seca y burbujeante cuando José dio vuelta al lomillo en el caldero y el olor suculento de la carne sazonada fue saturando, a espacios medidos, el aire del restaurante. Se quedó así, concentrada, reconcentrada, hasta cuando volvió a levantar la cabeza, pestañeando, como si regresara de una muerte momentánea. Entonces vio al hombre que estaba junto a la estufa, iluminado por el alegre fuego ascendente.
-Pepillo.
-Ah.
-¿En qué piensas? -dijo la mujer.
-Estaba pensando si podrás encontrar en alguna parte el osito de cuerda -dijo José.
-Claro que sí -dijo la mujer-. Pero lo que quiero que me digas es si me darás todo lo que te pidiera de despedida.
José la miró desde la estufa.
-¿Hasta cuándo te lo voy a decir? -dijo-. ¿Quieres algo más que el mejor bistec?
-Sí -dijo la mujer.
-¿Qué? -dijo José.
-Quiero otro cuarto de hora.
José echó el cuerpo hacia atrás, para mirar el reloj. Miró luego al parroquiano que seguía silencioso, aguardando en el rincón, y finalmente a la carne, dorada en el caldero. Sólo entonces habló.
-En serio que no entiendo, reina -dijo.
-No seas tonto, José -dijo la mujer-. Acuérdate que estoy aquí desde las cinco y media.

(1950)



Cuentos de Gabriel García Márquez

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LA SIESTA DEL MARTES (1962)
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LA VIUDA DE MONTIEL (1962)
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