
Sicilia
LA RUTA DEL GATOPARDO
Hace 150 años, los piamonteses,tras la expedición de Garibaldi y sus camisas rojas, los piamosteses forzaron a Sicilia a unirse con el resto de Italia. La isla donde dejaron sus huellas sicanos, sículos, griegos, romanos, árabes, normando o españoles dio su aquiescencia a un periodo históricos, como lo hizo Don Fabrizio Corbera, el príncipe de Salina y protatonista de "El Gatopardo", la novela que mejor retrata Sicilia y no solo esta tierra: "Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie".
Luis Pancorbo / Tino Soriano
3 de noviembre de 2011
Gatopardo fue el mote y el emblema de los Salina, la familia que destila melancolía y transición en las páginas de la famosa novela de Giuseppe Tomasi, publicada en 1958, un año después de su muerte. Este escritor, que tenía el título de príncipe de Lampedusa, no tuvo que ir muy lejos para inspirarse: un leopardo rampante figuraba en el escudo de su propio linaje. A nivel popular esa figura felina fue vista como un gattopardu. Aparte de una genealogía más fantástica, como la de proceder de Thomaso, El Leopardo, comandante de la guardia imperial de Tito, el escritor descendía de Mario Tomasi, capitán siciliano al servicio de los españoles, quien en 1580 se casó con una dama que heredó la baronía de Montechiaro. Giuseppe Tomasi era noble por los cuatro costados, pero sobre todo por el que da a la literatura, don que le permitió reflejar magistralmente la intrahistoria familiar, y siciliana, en Il Gattopardo.
El mayor título nobiliario del escritor, el de príncipe de Lampedusa, radicaba en la isla del mismo nombre, la más meridional de Italia, últimamente meta de refugiados libios y tunecinos. Ya hacia 1840 la ruina económica había hecho presa en los gatopardos. Abrumados por las deudas, los antepasados de Tomasi quisieron vender Lampedusa a la reina Victoria de Inglaterra, cosa que impidió Ferdinando II, el rey de Nápoles, adquiriéndola por 12.000 ducados. Los Tomasi retuvieron el título y la memoria de tiempos mejores. En 1943, a consecuencia de un bombardeo de los norteamericanos, quedó destruido el Palacio Lampedusa de Palermo, donde el escritor había nacido. Fue la gota que colmó el vaso de una decadencia para Giuseppe Tomasi, el último príncipe de Lampedusa, un fin de race en tantos sentidos. Con él se apagaba, junto a su propia estirpe, una cierta cultura. Un declive de influencia a través de las generaciones, una pérdida de tierras y palacios, tamizados en El Gatopardo con un sentido de reconciliación final con la vida y la historia. Siempre con el humor escéptico al ver lo poco que cambian las cosas en el fondo.Tres son los lugares clave de Sicilia donde Tomasi no solo ambientó su novela sino que se dejó la piel de la memoria. Para empezar, si hay un corazón de El Gatopardo, ha de ser Palma di Montechiaro. Es un pueblo de la provincia de Agrigento, entre collados donde se saca el azufre, sin que falten limoneros y huertos de naranjas sanguinas que soportan "seis meses de fiebre a cuarenta grados". Tal es el clima isleño, según Tomasi. Es la Sicilia que no parece tener compasión, pero que en cualquier esquina guarda sus sorpresas, sus vinos y aceites generosos, y sus mares que bullen de atunes y peces espada. Palma di Montechiaro se arracima en un altozano buscando la sombra protectora del pasado. Tiene monumentos gatopardianos de altura, empezando por el Palacio Ducal, con sus artesonados polícromos del siglo XVII. La Chiesa Madre, como llaman a la catedral, fue diseñada por Angelo Italia, lo mismo que la escalinata que da prestancia al pueblo. Cuando por la tarde el calor inclina su cerviz, en esa escalinata de piedra, que parece un decorado de la película de Visconti, solo falta el vuelo de la falda blanca de Angélica desplegándose como una magnolia.