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jueves, 1 de enero de 2026

Juan Manuel Roca / Poética




Juan Manuel Roca
POÉTICA

Tras escribir en el papel
la palabra coyote
hay que vigilar
que ese vocablo carnicero
no se apodere de la página,
que no logre esconderse
detrás de la palabra jacaranda
a esperar a que pase
la palabra liebre y destrozarla.
Para evitarlo,
para dar voces de alerta
al momento
en que el coyote prepara
con sigilo su emboscada,
algunos viejos maestros
que conocen los conjuros
del lenguaje, aconsejan trazar
la palabra cerilla,
rastrillarla
en la palabra piedra
y prender la palabra hoguera
para alejarlo.
No hay coyote ni chacal,
no hay hiena ni jaguar,
no hay puma ni lobo
que no huyan
cuando el fuego
conversa con el aire.


miércoles, 11 de mayo de 2022

Juan Manuel Roca / Mario Rivero

 


Juan Manuel Roca

MARIO RIVERO, MANUAL DE ADIOSES


Por el gusto de llevarme la contraria y porque pensé en esta sucesión de días amorfos que hoy era lunes, empecé a copiar el poema de inicio de semana. Como a lo mejor mañana no tenga tiempo a causa de asuntos menos atractivos, adelanto el lunes para este domingo.

martes, 5 de noviembre de 2019

Juan Manuel Roca / Prólogo / El destino de la luz, de Alfredo Molano





Juan Manuel Roca Motivos para un galerón 


Pocos escritores han trasegado más la geografía colombiana que Alfredo Molano. No es una novedad decirlo, pero de ninguna manera resulta innecesario repetirlo. Molano es un nómada del país y a la vez un nómada de sí mismo, alguien que no se entiende si no está migrando hacia los otros.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Andrea Roca / Juan Manuel Roca


Juan Manuel Roca
Bogotá, 2010
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Andrea Roca


Juan Manuel Roca


29 de diciembre de 2016 


Hoy hace 70 años nació mi gran amigo, aprendiz de padre y compañero de viaje vital. 
Y celebro su vida, su coherencia, su amor, su trabajo serio y juguetón, su palabra y toda la herencia a nuestro país y a quien lo ha conocido. 
Nos has dado mucho. 
Gracias niño-adulto, adulto-niño. 
Gracias, papá poeta. 


martes, 6 de septiembre de 2016

Juan Manuel Roca / Batallas de papel



Juan Manuel Roca
Batallas de papel

Es más sencillo desminar el lenguaje,
Esgrimir un lápiz como un bastón para tantearlo
Y que no vuele en pedazos el poema,
Que ver los desmembrados del mundo,
El cortejo de mutilados
Por los comerciantes de la guerra.
¡Qué clase de guerrero soy
Que solo evita las minas del lugar común,
Las trincheras camufladas de las grandes
                                                      /verdades,
Las heridas de francotirador de un adverbio,
La granada de mano de una errata!
Es más sencillo resguardarse en el estudio
Como en una cómoda tienda de campaña,
Mirar de lejos el campamento enemigo
                                    /de los malos poetas                                                                        
Y desminar el tedio de las horas nocturnas.
¡Qué clase de poeta soy,
Un pobre centinela del lenguaje,
Un lento estafeta que no llega,
Un soldado oculto en un caballo de madera
                                 /que se queda dormido,   
Qué clase de sujeto soy
Que se conmueve al ver las fotos de los
                                                  /mutilados
Mientras vuelve a la mesa de trabajo
Con un maltrecho silencio
¡Y una bandera de papel como mortaja!



viernes, 20 de junio de 2014

Poetas invisibles de América Latina

Raúl Gómez Jattin
Poetas invisibles de Latinoamérica

La poesía en castellano al oeste del Atlántico es relativamente conocida en España.

Repasamos algunos poetas a tener en cuenta


Bogotá 16 ENE 2013 - 08:51 CET


Ilustración de la portada de 'Cuerpo plural. Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea'.
Gracias a los premios y a la labor de algunas editoriales españolas, entre las que se destacan Visor, Renacimiento y Pre-Textos, la poesía escrita en castellano en la orilla occidental del océano Atlántico es más o menos conocida en España. Los principales nombres del canon actual, por lo menos, son familiares en la república poética. Es difícil que la poesía supere esos límites de difusión. Incluso la gente de la literatura, de la academia y de la prensa cultural se mueve con más familiaridad con los nombres de los narradores y hasta de los ensayistas que en el iniciático mundo de los poetas. Pero, hoy por hoy, poetas como Nicanor Parra (1914), Álvaro Mutis (1923), Fina García Marruz (1923), Ernesto Cardenal (1925), Tomás Segovia (1927-2011), Rafael Cadenas (1930), Juan Gelman (1930) y José Emilio Pacheco (1939), son conocidos gracias al Premio Reina Sofía, al Premio Cervantes y al Premio FIL de literatura.
Los que hay más allá es pura niebla. Nombres familiares en cada país e ignorados en el resto del vecindario, poetas secretos, de culto, individuos de todas las edades que, no obstante su valor, apenas son mencionados. A Fina García Marruz, por ejemplo, la saca del anonimato el Premio Reina Sofía; pero su esposo, otro grande poeta, Cintio Vitier (1921), permanece a la sombra. Y, sin salirme de Cuba, todavía más secreto es el simpar Rafael Alcides Pérez (1933). Entre la generación de los nacidos en el tercer decenio del siglo XX están las uruguayas Ida Vitale (1923) e Idea Vilariño (1920-2009), los peruanos Jorge Eduardo Eielson (1924-2006), Blanca Varela (1926-2009) y Carlos Germán Belli (1927), los argentinos Perla Rotzait (1920) y Joaquín Giannuzzi (1924-2004) y los mexicanos Eduardo Lizalde (1929), Ramón Xirau (1924) y Rubén Bonifaz Nuño (1923).
Entre los nacidos después de 1930 hay algunos poetas que murieron sin alcanzar el cenit de reconocimiento que tanto merecían y que, ahora, son cada vez más leídos y admirados, como el venezolano Eugenio Montejo (1938-2008) y el colombiano José Manuel Arango (1937-2002). Entre los vivos de esta misma generación destaco, en México, a Gabriel Zaid (1934), de quien sus magistrales ensayos han opacado la excelente obra poética; están también los chilenos Oscar Hahn (1938) y Pedro Lastra (1932) y el colombiano Jaime Jaramillo Escobar (1932).


Eugenio Montejo, en la Residencia de Estudiantes. / GORKA LEJARCEGI
Por obvias razones, conozco más el paisaje colombiano que el de otros países. El mío, ha sido un país autista, mediterráneo, volcado hacia adentro. El más interesante poeta colombiano del siglo XX, Aurelio Arturo (1906), muerto en 1974, es todavía de consumo interno. Algo parecido sucede con el nadaista que comenzó firmando como X-504 y después con su nombre propio –no es mi pariente- Jaime Jaramillo Escobar, un poeta veriscular, de una inusitada fuerza, de un humor único.
Ya las generaciones nacidas en el decenio de 1940 tienen sus propios mártires: los colombianos Raúl Gomez Jattin (1945-1997) y María Mercedes Carranza (1945-2003), los peruanos José Watanabe (1945-2007) y Antonio Cisneros (1942-2012). Y acaso sea en este segmento en donde haya más grandes poetas desconocidos o casi. Pienso, sobretodo en los mexicanos Francisco Hernández (1946), que acaba de ganar el Premio Nacional de Literatura de México, y David Huerta (1949), en el boliviano Eduardo Mitre (1943), en el colombiano Juan Manuel Roca (1945), en los venezolanos Alejandro Oliveros (1948) y Armando Rojas Guardia (1949), en los argentinos Arturo Carrera (1948) y Daniel Samoilovich (1949).
A medida que avanzo en el recorrido se me aparece más reveladora la imagen de que recorro un camino lleno de neblina, donde los nombres son desconocidos y los textos son borrosos. Entre los nacidos en el decenio de 1950 destaco al colombiano Rómulo Bustos (1954), a los chilenos Diego Maquieira (1954) y Raúl Zurita (1950), a los venezolanos Yolanda Pantin (1954) y Gustavo Guerrero (1958) –además de poeta, autor de la más completa antología de poetas hispanoamericanos nacidos después de 1960, Cuerpo plural-, al argentino Alejandro Bekes (1959), al uruguayo Rafael Courtoisie (1958), a los mexicanos Coral Bracho (1951), Vicente Quirarte (1954), Jorge Esquinca (1957), José Luis Rivas (1950) y Fabio Morábito (1955)


El escritor colombiano Álvaro Mutis. /GORKA LEJARCEGI
A medida que avanzo hacia los más jóvenes, desde un principio, el enunciado tiende más a parecerse a una conjetura y la sensación del redactor es que puede estar omitiendo nombre que olvidó o que, simplemente, desconoce. No están todos los que son, pero los que están, son. Después de 1960 nacieron los mexicanos María Baranda (1962), Jorge Fernández Granados (1965), Julio Trujillo (1969), Luis Felipe Fabre (1974) y Hernán Bravo Varela (1979); el costarricense Luis Chaves (1969); los colombianos Ramón Cote (1963), John Galán (1973), Juan Felipe Robledo (1968) y Catalina González (1976); el salvadoreño Jorge Galán (1973), el peruano Eduardo Chirinos (1960), el cubano Antonio José Ponte (1964), los argentinos Edgardo Dobry (1962) y Fabián Casas (1965), los argentino-españoles Andrés Neuman (1977) y Mariano Peyrou (1971); el guatemalteco Alan Mills (1979); los venezolanos Luis Pérez Oramas (1960), Luis Moreno Villamediana (1966), Erika Reginato (1977) y Jorge Vessel (1979); el dominicano Frank Báez (1978)… Imposible abarcar todos los nombres que se insinúan como excelentes poetas y, por eso, este párrafo destaca a algunos y comete involuntarias injusticias.
Enunciada mi –incompleta- lista, la que aparece como primera y mejor conclusión, es la diversidad de voces y de tendencias. Hay de todo. Desde autores de sonetos hasta las más informales formas, con el mérito de que hay versos libres que, no por ser libres, dejan de ser versos. Hay poesía conversacional, narrativa, barroca, surrealista, en fin, un extenso y contradictorio menú. Y, en todos, talento; más visible, más comprobable con la obra consolidada de los mayores. Pienso que una poesía tan personal en todos sus registros, tan poseída de un lirismo hondo y claro a la vez, como la de Francisco Hernández, está en las vísperas de su consagración definitiva y de su más amplia divulgación, al que ha dado impulso un premio recién recibido en México. Y, aunque distinta, mis afirmaciones también caben para referirse a la poesía de David Huerta.
Entre los muy jóvenes no caben juicios tan nítidos como los que pueden hacerse alrededor de Hernández y de Huerta. Son más bien apuestas, intuiciones, acaso reflejos del gusto personal. En todo caso se distingue por su reconocimiento y por las ediciones en varios países –cuatro- de su libro Postales (premio nacional de su país), la voz desenfadada y lírica, imaginativa y lúdica del dominicano Frank Báez.

jueves, 19 de junio de 2014

Juan Manuel Roca / Parábola de Job y de los perros rabiosos e ingleses

Foto de Triunfo Arciniegas

Juan Manuel Roca
III
PARÁBOLA DE JOB 
DE LOS PERROS RABIOSOS E INGLESES

Job escucha en la BBC de Londres
que el Señor está implicado
en la ingesta de vinos sin impuestos
en las Bodas de Cannán
y en la reventa
de peces fuera de temporada.
Escucha en el cementerio de autos
donde espera un milagro,
un rock que cuenta la historia de una mujer
llamada María Magdalena,
apedreada en un poblado de Judea.
La voz de Joe Cocker
hace levantar a Lázaro de su tumba
y se puede imaginar
al cantante invadido por la epilepsia del baile.
Job escucha desde su muladar
el paso de las sirenas policiales
y el aullido feroz de las ambulancias.
Los que cruzan en sus autos
lo supone  un mendigo y aceleran su paso.
Él escarba una montaña de desperdicios,
una gran cima de manubrios y de llantas.
Lee un diario atrasado de Josafat 
y espera la llegada de un ángel.


Juan Manuel Roca,
XII parábolas apócrifas
Bogotá, Cuadernos del violinista, 2014, p. 7




Rafael Escalona / Cuando el vallenato se vuelve alta poesía
Juan Manuel Roca / Epigrama del poder
Juan Manuel Roca / Días como agujas
Juan Manuel Roca / Carta en el buzón del viento
Juan Manuel Roca / Una carta rumbo a Gales
Juan Manuel Roca / La poesía
Juan Manuel Roca / Botellas de náufrago
Juan Manuel Roca / El último adiós a Gonzalo Rojas
Octavio Escobar / Cielo parcialmente nublado / Apreciaciones
Juan Manuel Roca / Dos poemas
Juan Manuel Roca / Tres poemas





Juan Manuel Roca / Mis contrafobias

Corazón de artista
Ernesto Bertini

MIS CONTRAFOBIAS


Por JUAN MANUEL ROCA

Sólo por aceptar el reto de una bella mujer que me dice que nada me gusta, me animo a registrar estas amorosas intimidades, estos guiños auto-referenciales que por lo regular evito porque es como sacar a pasear las vísceras en carretilla y porque huyo de los sentimentalismos como un vampiro lo hace de la luz. 

Estoy hecho de filias y de fobias, aunque el aspecto fóbico sea el que por momentos gobierne de manera dominante mis neurosis. Por hoy le he tomado una repentina fobia a mis fobias, para poder hablar un poco de mis filias. La palabra filia viene del griego y significa “yo amo”.

Entendido así, son muchos los yo amo que puedo conjugar sin que en oposición se alboroten del todo mis resabiadas fobias. Resulta difícil amar algo, o a alguien, sin que no haya un rechazo a otros algos y a otros algunos.

Hay fobias que se truecan en filias. Por ejemplo, cuando alguien apaga, digamos, un disco de Silvio Rodríguez, yo amo más que nunca el silencio. Tengo filias que están habitadas por otras filias, como las muñecas rusas -matrioskas- que guardan adentro otras muñecas.

¡Cómo no amar un blues de James Cotton, cómo diablos no amar a una pantera negra llamada Nina Simone, a Louis Armstrong, a la trágica Billie Holliday, a Robert Johnson que era un brujo del Delta o a esa reina de la noche llamada Big Mama Thorton, y no sentir al mismo tiempo una filia con su mundo y con su raza! ¡Cómo no amar la palabra de George Jackson desde el presidio de “Soledad Brother”!

Cómo no gozar el momento cuando se juntan balón e inteligencia para producir en las tribunas la alegría colectiva. Cómo no amar ese momento de la noche en que cesan los ruidos, para el que hay una hermosa palabra: conticinio.
Toda filia es una suerte de talismán. Mis talismanes, en pugna con mis fobias podrían ser, aunque encuentre sin duda alguna inconcluso y en bosquejo mi listado:

Contra la mediocre poesía, Fernando Pessoa.
Contra la mala novela, Malcolm Lowry.
Contra baratijas musicales, Johan Sebastian Bach.
Contra ira, humor negro.
Contra mal teatro, el sueño.
Contra prepotencia militar, Vietnam.
Contra la verbosidad y el costumbrismo, Juan Rulfo.
Contra Guayasamines y Dalís, pintura.
Contra la servidumbre, Henry David Thoreau.
Contra el canibalismo imperante, Lu Hsun.
Contra “el heroismo profesional” (gracias monsieur Magritte), ironía.
Contra la música militar, Enrique Morente.
Contra los himnos patrios, un bullerengue.
Contra los farragosos, Slawomir Mrozek.
Contra falsos vitalismos, Lao Tse.
Contra los cortesanos, cera en los oídos.
Contra los mediocres, un alud de tomates.
Contra el neorriquismo de los Gimnasios, agua bendita.
Contra la pereza, lujuria.
Contra el ocio patronal, la ensoñación, el ocio creativo.
Contra esterotipia de poetastro, llamar a Rimbaud con pago revertido.
Contra la peste de la obediencia, Albert Camus.
Contra las vilezas, el bello poema “Fuga de la muerte” de Paul Celan.
Contra la miseria humana, René Char.
Contra feudos, Emiliano Zapata.
Contra la banalidad de Andy Warhol, sopas de verdad.
Contra los fascistas, la estampa de Simone Weil, “la virgen roja”.
Contra la platitud del mundo, Franz Kafka.
Contra los idiotas nacionalismos, la bandera del aire.
Contra el calcáreo realismo, “La cruzada de los niños”.
Contra la solemnidad, una mosca en la nariz del orador.
Contra la religión del dolor en “Sufrida” Khalo, miradas a Tamayo.
Contra los vendedores de humo, gotas de Ambrose Bierce.
Contra falsos lirismos, una pócima de César Vallejo.
Contra los que “borran de la historia que Sócrates bailaba”, un danzón.
Contra enlatados fílmicos, Federico Fellini.
Contra la arrogancia feudataria, Manuel Quintín Lame Chantre.
Contra la publicidad, el amor.
Contra el vacío, “Una velada con monsieur Teste” y el mismo Valery.
Contra el clero, claro, el de Asís que vestía con sedas al leproso.
Contra “Desideratas”, el tango “Cambalache”.
Contra “una pena muy honda”, Héctor Lavoe.
Contra la sacarina y el sentimentalismo, Juan Carlos Onetti.
Contra los traidores y sus manos espinosas, un desprecio sin fondo.
Contra el apartheid, el rock en Wembley dedicado a Nelson Mandela.
Contra el tedio, Vladimir Nabokov.
Contra manierismos, gotas de Essenin, Ritsos y Szymborska, al gusto.
Contra la mansedumbre canina, el tigre de Blake.
Contra la palabra imposible, la palabra “nonsense”.
Contracorriente, el “Manfiesto de los jóvenes iracundos” ingleses.
Contra lo gregario, el “outsider”, figura escasa en nuestro tiempo.
Contra la inmovilidad, “la prosa del transiberiano”.
Contra los Salieris de turno, busca un ángel bajo la tapa de tu piano.
Contra quien cubre con ceniza tu puerta, una puerta en sus cenizas.
Contra el olvido, reanima a la mujer de Lot a mirar el pasado.
Contra los que esconden la serpiente en sus sotanas, racimos de ajo.
Contra la sonrisa del Tartufo, la mueca del incrédulo.
Contra el esperanto del dogma, la palabra duda en todos los idiomas.
Contra las Casandras que te auguran desastres, templar la lira.
Contra racismo, saber que si la luna es blanca, la diginidad es negra.
Contra la palabra sibilina del poder, la palabra “no” escrita en la frente.
Contra la estulticia Goya, contra el estatismo Chagall.
Contra los gestos de arrogancia, un bastonazo de Charlot.
Contra la planicie narrativa, Raymond Carver.
Contra el periodismo barato, Karl Krauss.
Contra la melancolía, pastillas de Apollinaire.

Es imposible no sentir filias con Pessoa, porque en un mismo cuerpo le dio albergue a otras voces, no era un poeta, era un barrio de Lisboa, Lisboa misma. Con el humor negro, porque si Dios tiene humor debe ser de esta severa estirpe, de lo contrario no hubiera creado al hombre. Con el sueño, porque es tan buen teatro que en él podemos ser actores, directores y amotinado público. Filias con el silencio porque es el padre de todo, y si “en el principio fue el verbo”, antes del principio fue el silencio.

El hecho político y militar más grandioso y contundente contra la sevicia tecnológica y el nauseabundo poderío de un imperio que pudo vivir con entusiasmo mi generación, Vietnam, es una filia definitivamente imborrable. Lo mismo hay que decir del tío Ho. Ahora, cuando veo mala pintura en los salones nacionales, tengo un secreto pero público e inmediato talismán: me voy a toda mecha a la Donación Botero y me estaciono un par de horas frente al cuadro de Bacon.

Cada vez que oigo al prepotente arengando en la tribuna, de cualquier signo político, desde el menos populista hasta ese engendro que sigue acá vociferando virulencias y revolcándose en su flagrante mediocridad, regreso al discurso de Chaplin en “El gran dictador”:

“El camino de la vida puede ser libre y bello, pero hemos perdido el camino. La avaricia ha envenenado las almas de los hombres, ha levantado en el mundo barricadas de odio, nos ha llevado al paso de la oca a la miseria y la matanza. Hemos aumentado la velocidad. Pero nos hemos encerrado nosotros mismos dentro de ella”.

Amo a José Barros, a Alejo Durán evocado por María Matilde y a ella misma, amo la vieja trova cubana, a Wilson Choperena cantando “al son de los tambores” y a Luis Carlos Meyer, a Nelson Pinedo llevando a La Habana de manera secreta, como un polizón, los aires de Barranquilla en su cabeza, a Patricia Torres y su risa muy limpia, a “La tejedora de Coronas” y a Germán Espinosa hablando de Ramón del Valle Inclán, amo la noche estrellada en que ya semi-ciego, el minotauro Alejandro Obregón nos condujo a Gustavo Tatis y a mí como un lazarillo de la noche por las callejuelas de Cartagena de Indias. Amo las mangas de La Floresta hechas para el fútbol con el uniforme rojo y azul y para huir después de robar frutas en los pomares.

Amo la receta de aguardiente con cáscaras de limón que me ofrecía Ciro Mendía extendiéndome las alas chamuscadas de ángel en su apartamento del barrio Boston de Medellín.

Amo los paseos por María Pita en La Coruña con Blanca Andreu y su perrito “Kim”, casi tan inteligente como Kipling. Amo el periódico que en mi niñez escribía para un barrio echado a perder mi compañero de juegos Ignacio Ramírez.

Guardo gratitud, que es una forma del amor, por las gentes de la vereda Cañaflechal en Necoclí, que en 1970 y en mi nomadeo de poeta pobre me invitaban a comer arroz con tajadas de plátano y sardinas recién brotadas del mar. Amo la noche habanera que se asoma tumultuosa al balcón de Norberto Codina, con Rodríguez Tosca y Arturo Arango, la noche que se filtra en los vasos de ron y al fondo suena la banda sonora de Carlos Embale o de Sindo Garay.

Amo a Bogotá que esconde su belleza en piel de asno. Y volar sobre el inmenso brócoli que es el Amazonas. Y la risa de Jaime Bateman invitando al futuro. Y a mis hermanos en Venezuela, Gustavo Pereira, Juan Calzadilla, Stefania Mosca, Ramón Palomares, Adriano González León y Vicente Gerbasi. A la muñeca concertista de Armando Reverón que aún escucho tocando su sonata de silencios.

Amo a Simón Rodríguez y a Manuela Sáenz, derrotados por el olvido pero echando a galopar sobre los Andes la memoria de Bolívar.

Si hiciera el recuento de mis filias, le digo a mi dulce amiga que afirma que no me gusta nada de nada, que la verdad yo necesitaría al menos 3 ejemplares de La sangrada escritura, unos voluminosos libros como los tomos letales de Joan de Castellanos, un hombre que hizo de la ecritura un deber, como otros novelistas herederos de los cronistas han hecho del aburrimiento una religión. Necesitaría además unas 5 Biblias, unas mil y una noches y una amplia estantería con los poetas que desde hace mucho me acompañan, convertidos sin su consentimiento en una suerte de prótesis para seguir en el camino.

Sin embargo intento un recuento a medias: amo las noches del campo y las noches urbanas, la voz de Benny Moré a cualquier hora y en culquier lugar, el mambo de Leonard Bernstein bailado a lo grande en “West Side Story”, el violín de Enrique Jorrín, un porro escuchado al amanecer de Ciénaga de Oro en casa de Pablo Flórez, “Sur”, cantado por el polaco que sabemos, el verde del valle de Cocora y su niebla que es una maestra del desdibujo, la lucidez de escalpelo de Elías Canetti, amo a las muchachas de Quibdó, los boleros de César Portillo de la Luz, amo el olor de los pomares de la infancia y un resplandor en bicicleta: la muchacha de la ciclovía.

Amo el amor a Chicago de Carl Sandburg, las fábricas y los garitos y los barrios fronterizos de esa ciudad de hierro que arroja a sus calles un puñado de voces. Quiero la pasión de los expresionistas alemanes y de sus antepasados románticos, al loco Scardanelli en su torreón de fantasmas y el último momento de Von Kleist y Henrriete Vogel. Quiero las noches condecoradas de estrellas en una esquina de Berlín y a los cuatro gatos borrachos que fueron al sepelio de Modigliani.

También me gusta releer, que es una forma del amor y de la monogamia, el perfil que Gay Talese hizo de Frank Sinatra, un hombre que era una cruza de dios y de gangster, a partir de la idea de un resfrío sufrido por el legendario cantante: “Sinatra resfriado es Picasso sin pinturas”. A Gerard de Nerval, “el tenebroso, el viudo, el desdichado” bajo el sol negro y agonista de la melancolía. A Li Bai y su “secta de los ociosos del bosque de bambués”.

Amo hablar con mis amigos cuando despunta el día. Amo un ritmo bien bailado, la buena risa, un son cubano, las lágrimas de Eros, de nuevo la prosa del transiberiano, la terquedad de Sísifo, la ironía en los poemas de Marin Sorescu, amo las montañas y el paisaje cafetero, amo a México en grandes marejadas de agave, más aún ahora que padece lo que nosotros padecemos, amo con entusiasmo el olor de la hierba recién cortada.

Amo a los olvidados de Comala, el “Gaspar de la noche”, todo Rimbaud que es el único contemporáneo del futuro, quiero a los discrepantes, el “Peine del viento” de Chillida, a Velázquez y Goya, a Alexis Zorba bailando sobre la desgracia, al exultante Fellini y a la triste Gelsomina, a José Guadalupe Posada, el lápiz de Quino que siempre ha estado habitado por el genio de la botella, a Buenaventura Durruti y a Louise Michel, y también, cómo no, buena parte del santoral anarquista, un caballo que brota de la niebla, una buena charla con Guillermo Martínez en su libería “Trilce”, todos los árboles, todos los bosques y los puentes de guadua.

Amo, con vocación de cetáceo las ballenas de Melville y las ballenas de Toño Cisneros. Amo “el último poema” de Robert Desnos escrito poco antes de morir en un campo de concentración nazi.

Amo el agua, soy hidrólatra por naturaleza.

Amo una ciudad llamada Zacatecas. Y Mompox. Y la Guajira. Y el río Guatapurí. Y el Valle de Cocora y todo el Quindío. Y las montañas, siempre las montañas. Y las letras de Discépolo. Y el piano de Emiliano Salvador que vió la luz en Puerto Padre, como los teclados de Chick Corea, Thelonius Monk, Keith Jarret, “Fats” Waller, de Art Tatum que según Cocteau era “un Chopin loco”, de Duke Ellington, Jerry Lee Lewis, Chucho Valdés y el piano silenciado de nuestro viejo hermano Joe Madrid. Bueno, y no puedo olvidar a Lino Frías y la furiosa lluvia de sus dedos que invadió con la Sonora Matancera los patios de mi infancia en Medellín.

Amo la noche ya lejana en el White Horse Tabern de un verano en Nueva York, donde bebía y escribía Dylan Thomas. Allí tomé casi la misma andanada de whiskis que él se empacó poco antes de morir. Fue en su honor, y al otro día me sentí como Lázaro regresando desde la tumba a un bosque de leche, solamente para saber que no podía estar solo si me veía en los ojos verde-azulencos de Ángela Millán.

Amo a Aurelio Arturo, a Franz Kafka y a Lolita, a Gogol y a Flaubert, a Ray Bradbury y a Bohumil Hrabal, a José María Arguedas, a George Orwell y a Baudelaire, a Boris Vian y a Villon, amo los ensayos de Herbert Read, la prosa castigada, certera y libérrima de Rafael Barret, a Kropotkin, un príncipe ácrata que abdicó de su nobleza para convertirse en perseguido, también a su maestro Bakunin, a Lewis Carroll de la estirpe de Kafka, amo la voz pedregosa y los poemas de Gonzalo Rojas, las señales y los garabatos del feroz habitante de sí mismo Héctor Rojas Herazo, amo a mi hermana mayor, Bolivia Roca de Edery, al frágil Max Jacob agonizando en el cobertizo de un campo de concentración, solamente iluminado por una estrella amarilla y desteñida en la solapa.

Amo a Osip Maldestam y a todos los poetas rusos vapuleados por Joseph Stalin, lo mismo que a los poetas alemanes o franceses vapuleados por Adolfo Hitler, a los judíos, gitanos y armenios masacrados, a los negros linchados en el Sur de los Estados Unidos, a los árabes que tienen en Nizar Kabani a un sirio de Damasco que invita a sus tierras a Godot mientras sueña con una libre Palestina.

Y ni qué decir del amor a primera vista que sentí cuando abrí las “Cartas a Taranta Babú” de Nazim Hikmet, el poeta turco mil y una noches prisionero que nunca le tuvo envidia a nadie, “ni siquiera a Charlot”. Y ya sabemos con José Ingenieros que “quien envidia se considera a sí mismo subalterno”.

Amo al barbero del extraordinario cuento de Hernando Téllez que tiene a su merced a un genocida militar, “Espuma y nada más”. El barbero podía hacerle justicia a su gente y deslizar su barbera por el cuello del vicitimario, pero prefiere afeitarlo con la pulcritud y cortesía de su oficio y no convertirse a su vez en asesino. Amo la dignidad del coronel de Gabriel García Márquez que no usa sombrero para no tener que quitárselo ante nadie.

Amo a Djuna Barnes, Edith Piaf, Helen Keller, Estrella Morente, Toña la Negra, Matilde Díaz, María Luisa Bombal, Marosa di Giorgio, Emma Goldman, María Zambrano, Betina Brentano, Hannah Arendt, Else Lasker Schüller, y su “dolor del mundo”, a todos los sepultados en el cementerio perdido de Spoon River, a Mario Bauzá, Pérez Prado y Machito y con una triste y extraña dulzura al farmaceuta de “La Farmacia del Ángel” que nos contó las penurias de Occidente.

Amo a los inocentes y por lo tanto peligrosos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, a Joe Hill, el cantor sueco asesinado por el gobierno de Estados Unidos, a Tolstoi y Gandhi, a okupas y objetores de conciencia y, por supuesto, a Errico Malatesta y Antonin Artaud, que solía decír en un gesto absoluta y tremendamente libertario: “soy mi padre, mi madre, mi hijo y yo”.

Amo al borracho de Baltimore, la patafísica o la ciencia de las soluciones imaginarias, a de Chirico, a Jessica Lange, y más aún a Ava Gardner que sigue imperturbable e igual de bella en el Vallarta de “La noche de la iguana” de John Huston, también a Vladimir Holan, a Fayad Jamís, a mi hija Andrea Roca González, su enorme agudeza y su corazon de potro, a Walter Benjamin con quien huyo a cada tanto de los perros fronterizos, a Giacometti y a Paul Klee, a Cioran el aguafiestas, amo los solares y frutales poetas del mundo azteca y una sopa de lima cuchareada entre mis innumerables amigos mexicanos.

Amo el temple y la dignidad de Juan Gelman, el humor repentino de Jorge Boccanera, la blindada fraternidad de Marco Antonio Campos y José Ángel Leyva, al hombrecito del persistente y retumbante tambor de hojalata, gozo el clarinete de Lucho Bermúdez, la infancia lejana y no contada del caballero libertario don Quijote, la noche antes de que Gregorio Samsa se convirtiera en un monstruoso insecto, la serena voz de mi madre, los poemas de Lucía Estrada y los ensayos sobre artes de Samuel Vásquez, los grabados de Juan Antonio Roda, Augusto Rendón y Antonio Samudio, los timbres que hizo sonar Luis Vidales por los años veintes en una Bogotá de bostezo y campanarios.

Amo la mirada punzante de Doris Salcedo, con gran sigilo a los tigres de Lizalde, los linóleos de Fabián Rendón, la flauta del músico de Hamelin capaz de raptar una legión de ratas (a su paso por Colombia el país político hubiera quedado semi-vacío), amo al sutil y adelantado poeta de la crónica don Luis Tejada Cano, llevo como un talismán los días en que fraguamos con Iván Darío Álvarez “El diccionario anarquista de emergencia” riendo casi sin parar, lo mismo que su caracterización de Antonin Artaud en un pequeño tablado bogotano.

Amo a mi primo y hermano del que todos los días aprendo algo grande, Carlos Vidales Rivera, la amistad sosegada de Santiago Mutis, amo la mirada escrutadora de un inmenso poeta gitano de paso en Nueva York, amo con furor la extensa e intensa filmografía anarquista, adoro el cine italiano que me hace pensar que no todo fue estupidez en el “septimo arte” y que si existió la banalidad de Hollywood también existió Cinecitta.

Amo “El baile”, ese bello y perturbador filme de Ettore Scola, al prodigioso y fustigante Aimé Césairte y su “Cuaderno de un retorno a mi país natal”, al dolorido Jean Joseph Ravearivelo que un día huyó de sí mismo definitivamente, las voces de Senghor y Seferis, la manera trágica pero risueña que tuvo Kariotakis para salir del mundo, las poéticas de Anna Ajmátova y Jorge Teillier, los aforismos de Paul Klee, de Lichtenberg y Montaigne, los epigramas feroces de Catulo y de Marcial, al poeta loco, griego y exultante Katzimbalis descrito con amor y humor por Henry Miller en “El coloso de Marusi”, a Miguel Hernández pastoreando nubes, a Giotto pastoreando ovejas, a los grandes líricos africanos y a los no menos líricos y adelantados poetas de Brasil.

Amo la teoría de Jorge Zalamea de que “en poesía no hay países subdesarrollados”, al brujo de Namur Henri Michaux, a todos los poetas briosos e insumisos, amo al memorioso monsieur Jules Michelet cuando exalta a la hechicera, a la “consoladora de la noche” en la larga penumbra feudal y, qué le vamos a hacer, caballeros, a los grandes derrotados, a los grandes olvidados, a los recortados en las fotos de la historia: “perdonen la tristeza”.

Soy un hedonista de las filias que me ayudan a espantar a sombrerazos mis acosadoras fobias y pasiones irredentas, la magnitud insospechada de mi asco.


A los mártires de Chicago, amén.
Bogotá, mayo 1 de 2013

miércoles, 18 de junio de 2014

Juan Manuel Roca / Tres poemas


Juan Manuel Roca
TRES POEMAS

Paisaje con maletas

Antaño vivía en los condominios de la nada. Aun así tenía una  maleta de cuero de becerro comprada en la peletería de un viejo rumano en mi ciudad andina.  La maleta fue mi almohada en algunos parajes de la zona cafetera, en una estación levantada entre  grandes platanares y rumores de acequias. A veces no sabía si la maleta estaba hecha para salir de viaje o para adelantar el regreso. Hacer la maleta era como fundar un entrevero de caminos. En los retenes, los nerviosos aduaneros me miraban con recelo porque llevaba una brújula rota y chaquetas poco adecuadas para el clima. Dejé de verla cuando apareció la bella, una mulata con algo de corsaria: para negar mi pasado arrojó mi equipaje desde un tren cuando iba llegando a Santa Marta. Luego compré una maleta de lona que me daba un aire de grumete, sin pretender emular a James Cook, el capitán inglés que hacía naufragar el agua. (El legendario capitán recorrió sesenta y cinco mil millas venciendo los témpanos antárticos, las aguas de los trópicos y el temible escorbuto, pero murió de una pedrada a orillas de un mar calumniado de Pacífico). Con esa maleta de lona crucé veloces autopistas, lentas piraguas, camiones con bultos de café o con fardos de caña de azúcar. Terminó descosida y abandonada, no recuerdo si en un hotel orillero de Caucasia o en una playa de menta en Arboletes. Ahora cruzo en un auto el valle del Tolima y pienso en mi equipaje de aventurero adolescente, cuando hasta el hambre resultaba celebrable:  veo un grupo de  desplazados,  sentados en cajas de cartón y a la espera de nadie.


Decálogo para convivir con un fantasma

Los pasos a seguir a la hora de convivir con un fantasma, según los peritos en ausencias, en ruinas y adioses, son diez, a saber:

1. No comprar una casa moderna. Por su repelente limpieza las habitaciones nuevas son despreciadas  por los fantasmas. Si escasean en su pueblo las casas con historia, puede contratar uno de esos arquitectos medio locos que construyen casas viejas.

2.  No está de más alimentar pequeñas arañas en el cuarto de costura o en el desván. Los grises hilos de sus telas son las canas del lugar.

3.  La casa en cuestión debe tener, antes que nada, sótano y escalera. Sin sótanos los fantasmas no se animan a vivir, pues les encanta andar entre sillones viejos, bicicletas oxidadas y retratos de pálidas ausentes.

4.  Hay que dejar al alcance del fantasma trajes de bodas y ramos de flores disecadas, muchos de ellos siguen soñando con raídas sacolevas, con velos y mortajas.

5.  Cuando llegan parientes incómodos e inesperadas visitas que lo obliguen a morar en la alacena, es bueno dejarle a mano un viejo tocadiscos con canciones que hablen de lástimas y olvidos.

6. Si hay cambio de domicilio no se debe invitar al fantasma hasta que la casa no exhiba como una herida de guerra su primera grieta. A su elegancia, a su andadura aristocrática, le repelen las casas sin dolor y sin misterio.

7. Nunca, si la familia tiene la fortuna de un piano de cola, dejar en el atril una partitura de música moderna. A lo máximo que llega el gusto musical de un fantasma, entre valses y mazurcas, es a un tango ruinoso.

8. Cuando escuche que en la noche el fantasma descarga la cisterna del baño o sube las escaleras sin recato, no inquietarse, seguir durmiendo y dejar los sonidos de la casa a su capricho. Hay que saber, como hacemos con el cuerpo, convivir con un huésped clandestino.

9. No sorprenderse si en las mañanas encuentra un periódico fechado en 1839 abierto a capricho del viento. Los fantasmas aman el pasado pero no desean perturbar un tiempo muerto. Por eso solo leen noticias del XIX, detalles de crónicas y costumbres de una época romántica. Por eso se amparan en su vocación de historiadores.

10. Que el fantasma sea, sin mezquindades, el rey de la oscuridad.


Diario de la noche

A la hora en que el sueño se desliza
Como un ladrón por senderos de fieltro
Los poetas beben aguas rumorosas
Mientras hablan de la oscuridad,
De la oscura edad que nos circunda.
A la hora en que el tren tizna la luna
Y el ángel del burdel se abandona a su suerte,
La orquesta toca un aire lastimero.
Una yegua del color de los espejos
Se hunde en la noche agitando su cola de cometa.
¿Qué invisible jinete la galopa?



JUAN MANUEL ROCA
(Medellín, 1946)
Poeta, periodista, ensayista. Coordina, desde hace 24 años, uno de los talleres de poesía que ofrece la Casa Silva. En 1997 la Universidad del Valle le otorgó el título Honoris Causa en Literatura. Ha obtenido varios premios nacionales de poesía (Premio Eduardo Cote Lamus y Universidad de Antioquia); de periodismo (Premio Simón Bolívar) y de cuento (Universidad de Antioquia). Dirige el periódico cultural La sangrada escritura. Ha realizado libros en compañía de artistas plásticos como Augusto Rendón, Antonio Samudio, Fabián Rendón, José Antonio Suárez, Darío Villegas y Patricia Durán
Libros publicados: Memoria del agua (1973); Luna de ciegos (1975); Los ladrones nocturnos (1977); Señal de cuervos (1979); Fabulario real (1980); Antología poética (1983); País secreto (1987); Ciudadano de la noche (1989); Luna de ciegos -antología- (1990); Pavana con el diablo (1990); Prosa reunida (1993), Lugar de apariciones (2000); Los cinco entierros de Pessoa (2001) y Arenga del que sueña (2002), Cartografía memoria (ensayos en torno a la poesía) (2003), Esa maldita costumbre de morir (novela) (2003). Las hipótesis de Nadie (2005), El ángel sitiado y otros poemas (2006), Cantar de lejanía (2005) - Antología,. El pianista del país de las aguas - Junto a Patricia Durán, Tríptico de Comala - Junto a Antonio Samudio,Del lunario circense - Junto a Fabián Rendón, Diccionario anarquista de emergencia - Con Iván Darío Álvarez (2008), Testamentos (2008) y Biblia de Pobres (2009)



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