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lunes, 11 de abril de 2011

John Jairo Junieles / Una voz al teléfono

Fotografía de Nicolas Prod
John Jairo Junieles
UNA VOZ AL TELÉFONO


Antes de entrar al periódico, trabajé seis meses en una emisora como conductor de un programa nocturno cuya misión era brindar alguna compañía a los viajeros de la noche. Se trataba de pasar entrevistas, algo de música, hablar sobre determinado tema y contestar las llamadas de los oyentes que quisieran opinar sobre el tema o decir alguna cosa interesante sobre lo que se les ocurriera. Al principio no me gustó aquello: era un poco aburrido y pesado, pero con el tiempo me fui habituando.
A veces llamaba gente en verdad muy curiosa, como un escritor que propuso leer veinte líneas de su obra maestra, rechazada por veinte editoriales y desconocida en decenas de concursos. El escritor me aseguraba que era un gran libro pero que la incomprensión era palmaria en el mundo literario. Total que lo dejé leer sus veinte primeras líneas, que resultaron peor de lo que imaginé. Esa noche no le comenté nada, pero estaba dispuesto a decírselo a la noche siguiente. Sin embargo, antes de eso recibí una pirámide de cartas y decenas de llamadas felicitándome por aquel acierto.
La razón era que la voz y, sobre todo, el texto del escritor habían curado del insomnio a un montón de gente y me pedían por caridad que lo dejara seguir leyendo cada noche. En realidad, no era del todo ético dormir a la gente porque mi labor era mantenerlos despiertos con historias apasionantes. Pero esos oyentes me aseguraron que sus radios iban a permanecer encendidos; así, aunque no estuvieran escuchando, el raiting iba a mantenerse.
Esa noche le dije al escritor que teníamos una nueva sección en el programa: “Veinte minutos para soñar”. El éxito fue rotundo. El escritor recibió ayuda de aquellas personas que había curado del insomnio y pudo publicar su novela.
   Otra historia de esa época fue la de un tipo que había perdido a su perro y estuvo varias semanas repitiendo un mensaje para encontrarlo. Era increíble la cantidad de cosas dulces y tiernas que aquel hombre decía a su perro pidiéndole regresar. Una noche escuchamos unos ladridos en la entrada de la emisora.
Mi asistente fue a echar una ojeada y, por supuesto, encontró a Bebé, un doberman, fuerte como un toro de lidia y alegre como una mariposa, que apenas abrieron la puerta se coló y corrió directamente al estudio. Puse al perro en contacto telefónico con su amo y escuché cómo intercambiaban ladridos y frases de cariño. El hombre vino por él, me agradeció y se fue con la mayor sonrisa que he visto en mi vida. Recuerdo que la mujer de aquel hombre vino a acompañarlo, pero ni él ni su perro le prestaban atención. El sujeto la trataba con desprecio, sólo le habló para darle órdenes y el perro gruñó cuando ella intentó sobarle la cabeza. Sentí pena por ella, me pregunté qué la hacía seguir compartiendo su vida con ese par de animales. Ni siquiera supe su nombre.
A veces llamaba gente para enviar mensajes amorosos, u homosexuales que querían asociarse. Una noche llamó un asesino que quería enviar condolencias a los familiares de sus víctimas y un saludo a los que pronto morirían en sus manos.
Su frase favorita era: “Ya saben, deben levantar la cara para que no queden mal degollados”. Yo traté de sacarle pistas con un detective al lado, pero me dijo que los locutores curiosos estaban entre sus víctimas favoritas. El asesino hablaba con gran estilo y era una persona sumamente culta: por aquí y por allá soltaba frases de Georges Bataille y, sobre todo, de Gilles de Rais, aquel infame señor de holocaustos. Estuvo también lanzando amenazas contra el mundo de hoy, y a veces recitaba un poema de Keats o de Shakespeare.
Mi asistente decía que era sólo un loquito, un ratón de biblioteca que seguramente no había matado a nadie y que sólo hacía esas cosas en sus fantasías. Yo le insinué eso al sujeto y soltó una carcajada. A la siguiente noche encontraron a un sacerdote degollado a veinte pasos de la emisora.
Pero la historia más interesante de esa etapa fue la de una mujer que empezó a llamar cada noche para hablarme de sus problemas sentimentales, el mayor de los cuales era la indiferencia que le deparaba un hombre del cual estaba enamorada profundamente. Yo trataba de aconsejarle que pensara en otra persona, que era mejor no forzar las cosas cuando se trataba de amor. “El amor es más frío que la muerte”, le dije recordando a Fassbinder, pero aquella mujer estaba obsesionada.
El objeto de su amor era el ayudante de un odontólogo, un muchacho gordito de baja estatura que, según ella, tenía los mismos ojos soñadores de John Voight en Cowboy de medianoche. Ella era empleada en un almacén de cadena y se gastaba la mayor parte del sueldo haciéndole regalos a su amado. Él se los recibía sin escrúpulos, pero no cedía a las pretensiones de la muchacha, que se describía a sí misma como una morena interesante de amplias caderas, senos medianos y una sonrisa linda.
Una noche, después de un mes de estar llamando, no se hizo presente. Aquello me extrañó, pero yo sabía que la gente era así. A lo mejor ya había encontrado a otro príncipe azul, a lo mejor había optado, como yo, por pasar el resto de su vida viendo películas clásicas en la televisión. Pero a la noche siguiente me llamó y me pidió mi opinión sobre si yo creía que aquel amor suyo era imposible o no. Lo pensé y decidí que lo que más le convenía era olvidarse de aquel avivato. “Creo que él jamás te amará o te respetará, debes olvidarlo y esperar con fe y paciencia, ya llegará alguien, siempre llega, dalo por seguro”. Ella dijo: “Le creo, usted es una persona sincera. Adiós”. Escuché el disparo y me imaginé la escena.
Al día siguiente renuncié.


John Jairo Junieles
Con la luz que me queda basta
Bogotá, Panamericana Editorial, 2007

martes, 15 de marzo de 2011

Octavio Escobar / Me gusta la gente que parece invisible

Octavio Escobar
Bogotá, 2010
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Octavio Escobar
"Me gusta la gente que parece invisible"
Por JOHN JAIRO JUNIELES

"De aquel amor de música ligera,
nada nos libra, nada nos queda".
Gustavo Cerati, Soda Stéreo

Octavio Escobar no es aficionado a su rostro. Cuando los periodistas le piden una fotografía él siempre los remite a sus libros, en cuyas solapas no hay ninguna. Esa timidez ha alimentado un mito parecido con ciertos creadores raros, casi invisibles, como J. D. Salinger, Thomas Pinchon o Robert Walser, de los que apenas existen pocos retratos. Autores invisibles que han preferido mantener su imagen al margen del público, evitando que su rostro salte a los periódicos o la televisión en una centuria en la que todo pasa por los diarios y las seiscientas y pico líneas de la pantalla en color que hay en el salón de cada hora. Sólo quieren ser reconocidos por su nombre, o algo mejor: por sus obras.
           Escobar es autor de El último diario de Tony Flowers (1995), señalada por ciertos críticos especializados –entre ellos Raymond L. Williams—como un principio de renovación en la narrativa nacional. El autor dice: "Esa novela le interesa mucho a los estudiosos, la califican como postmoderna, no he podido saber si eso es bueno o es malo".
          Este médico, crítico de cine, escritor, y melómano, nació en Manizales en 1962. Ha publicado El color del agua (cuentos, 1993), Saide (novela, 1995); un libro de cuentos infantiles Las láminas más difíciles del álbum (1995); La posada del Almirante Benbow, compilación de narraciones (1997), luego con el volumen de cuentos De música ligera (Ministerio de Cultura, 1998), obtuvo el Premio Nacional de Cuento, seleccionado por un jurado compuesto por Mempo Giardinelli, Piedad Bonnet y Eduardo Camacho Guizado. Recientemente, a finales de 2002, obtuvo el Premio Nacional de Cuento de la Universidad de Antioquia gracias a su libro Hotel en Shangri-Lá, que saldrá publicado a mediados del año y la VIII Bienal de Novela José Eustacio Rivera, con El álbum de Mónica Pont.
          —En sus diarios Faulkner dice: "Tenía una palabra: amor, la llamaba. Pero he empleado las palabras durante mucho tiempo y sé que esa palabra es como las demás: sólo una forma de suplir una carencia". ¿Por qué empieza a escribir Octavio Escobar?, ¿también, como Faulkner, para suplir una carencia, para llenar un vacío?, ¿cuáles son los orígenes perceptibles de su vocación?
          —Empecé a escribir por el deseo de contar algo, incluso con la intención de contármelo a mí mismo. En la niñez fui un teleadicto y en un determinado momento quise inventar variaciones a los programas que veía, llevarlos más allá de la repetición de la repetidera. En la raíz de mi vocación, palabra que me asusta mucho, está la necesidad de contar, y como a muchos otros es también la insatisfacción con la cotidianidad, el deseo de algo distinto, no necesariamente mejor, lo que me impulsa a escribir. Tengo 40 años, estoy en ese límite de los 40 donde uno no sabe qué es.
          —La música, más allá de lo temático, tiene una gran presencia en su obra. ¿Cómo ha influido en sus creaciones, hasta qué punto es consciente de eso?
        —Diversas formas de lo que muchos denominan "cultura popular" participan en mi escritura porque son parte de mi vida normal: el cine, la televisión, la música.
          Al principio no era muy consciente de ello pero preguntas como ésta me hicieron entender que mis rutinas no son las rutinas de todos. Cuando escribo me gusta que mi prosa sea fácil para la lectura, incluso para la lectura en voz alta. Esa intención rítmica, si me permiten el término, me acerca más a la música. Creo que lo que ocurre con la música popular o ligera, si vamos a utilizar el título que saqué de la canción de Soda Estéreo, es que siendo una cosa banal, algo que no debería tener importancia, permite que la gente exprese muchísimas veces mejor sus sentimientos que si lo hiciera con los términos más filosóficos.
           —De música ligera, tiene relectores fanáticos y crecientes allegados, lo que da un cierto aire mítico al libro. Sus cuentos tienen una pasión común: el mundo juvenil. ¿Qué piensa de la juventud colombiana, esa que nació y vive en un país en guerra?
          —Me parece hermosa, con todo lo que es y lo que vive. Tal vez nosotros también fuimos así. Para mí lo de De música ligera es extraño pero satisfactorio porque el tiempo le permite a uno como corregir cosas, los escritores nunca estamos contentos con el resultado final, entonces tener la posibilidad de enmendar la plana, de otro lado, cuando la primera edición salió muchas personas mencionaban, te faltó esta canción, qué bueno hubiera sido que escribieras un cuento basado en tal cantante. En un determinado momento yo bromeaba y decía que iba a sacar De música ligera 2, pero finalmente sólo le agregué dos cuentos nuevos, uno de ellos es como el resumen de todas esas canciones que la gente me decía. Se llama “Himnos nacionales”, en el cual hay una serie de personajes en un bar y empiezan a poner canciones. El otro cuento nuevo que se llama “Dicen que la distancia es el olvido”, surge de una anécdota que me contaron y que tenía también como un nexo muy claro con la música. En el lanzamiento me di cuenta de que esa primera edición había tenido una serie de lectores un poco como entrando en esa órbita de los libros de culto, y me parece muy chévere volver a compartir con los lectores esa posibilidad de una segunda edición.
          —¿Cuál ha sido su experiencia como cinéfilo, qué descubrimientos técnicos ha hecho en el cine y la televisión, que luego ha incorporado a su forma de narrar?
          —El cine ha sido fundamental en mi vida y atraviesa todo mis procesos creativos; también, en un perspectiva menos consciente, la televisión. Son excelentes vehículos narrativos que aprendieron de la literatura y convirtieron los recursos que ésta les dio en procedimientos más rápidos, evidentemente más visuales, capaces de atrapar a los lectores de hoy. Escuela son Dickens y Orson Welles, Flaubert y The Simpsons, La Biblia y Tarantino. Cada escritor tiene sus temas y sus procedimientos, y yo lo respeto. El lector es quien decide.
           —¿Qué temas o fenómenos asaltan su interés actualmente como escritor?
 
        —La Colombia de hoy, particularmente la menos visible, la que no protagoniza, la que no se ve, ese ciudadano común y corriente que sufre las violencias a pedacitos, al que no le han puesto una bomba ni le secuestraron un familiar, ese colombiano que no sabe quién miente más, si la guerrilla o los políticos, que le tiene miedo a las FARC y a los paramilitares, que paga por los abusos de los unos, de los otros y de los de más allá, el que trabaja, estudia y lucha a pesar de que el futuro no se ve claro y algún ministro de hacienda determinará que lo boten a la calle. Esos hombres y mujeres que empeñan electrodomésticos, compran lotería, pagan impuestos, votan por candidatos en los que no creen, van a fútbol, ven telenovelas y desconfían de las entidad financieras pero se ven obligados a usarlas. Esos seres humanos casi invisibles de los que yo y casi todas las personas que me rodean son un ejemplo. Estoy trabajando en una novela que ya casi termino sobre la colonización antioqueña que es como el proyecto en el que estoy enfrascado. Tengo en remojo una novela novela juvenil que también le llegó la hora de terminarla. Yo, que he tenido una afición grande sobre la literatura policíaca, comencé hace poco una. Espero que al final del año los tres proyectos estén concluidos.
          Este escritor caldense le confesaba a Milcíades Arévalo en enero de 1996 (Puesto de Combate N° 50) cómo ocurrió su encuentro con los libros y sobre sus influencias: "De pronto porque fui teleadicto llegué tarde a los libros y eso obligado por un accidente automovilístico que me tuvo meses sin poder correr ni jugar fútbol, dos cosas que me encantaban. En ese tiempo me aficioné a la lectura, pero aunque en el hospital me regalaron El viejo y el mar, lo leí mucho tiempo después. Se me ocurre que debí comenzar con algo de Salgari, Verne o Stevenson, o con alguna biografía novelada".
          Dice admirar a muchos escritores, y la sola evocación de algunos de estos nombres nos permiten comprender por qué prefiere las frases concisas, las descripciones ajustadas, el tono irónico y a veces descreído de algunos de sus textos más relevantes: "Con el peruano Alfredo Bryce Echenique ejerzo una especie de apostolado desde que leí hace años Un mundo para Julius. Juan Carlos Onetti me obsesiona cada vez que me sumerjo en uno de sus libros, además es todo un personaje. A Edgar Allan Poe lo admiré siempre y no puedo negar mis buenos ratos con Borges, Cortázar, Quiroga y Julio Ramón Ribeyro, para circunscribirme un poco al cuento; o a Chejov, o Raymond Carver. Recuerdo mucho Tristes Trópicos, de Claude Lévi-Strauss. El largo adiós, de Raymond Chandler y El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad... Algunas novelas del mejicano Juan García Ponce me encantan lo mismo que Respiración artificial, del argentino Ricardo Piglia, Emperador del Amazonas, del brasileño Mario Sousa... Hace unos meses leí Leviathan, de Paul Auster que me impresionó, y de los norteamericanos recuerdo a Breat Easton Ellis y su impactante Menos que cero, a John Cheever –hermoso cuento “El nadador” – a Howard Philips, que de alguna manera inspiró mi primera novela, y a Scott Fitzgerald, que me ayudó a escribirla...


Cartagena de Indias
El Universal