lunes, 28 de mayo de 2018

Philip Roth / El animal moribundo / Sexo contra la muerte

Sexo contra la muerte

‘El animal moribundo’, la novela del premio Príncipe de Asturias de las Letras, Philip Roth.



JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
Madrid 26 JUL 2012 - 17:27 COT


La portada de 'El animal moribundo', de Philip Roth.
La portada de 'El animal moribundo', de Philip Roth.

Las relaciones entre la literatura, el cine, la traducción y la mercadotecnia tienen sus caprichos. Empecemos, por tanto, con una aclaración. En 2001, Philip Roth publicó una novela corta titulada El animal moribundo y en 2006 otra titulada en inglés Everyman, pero traducida en España como Elegía. Dos años más tarde Isabel Coixet —con Ben Kingsley y Penélope Cruz como protagonistas— adaptó al cine la primera, pero la película se estrenó con el título de Elegy.
Con todo, la conexión entre ambas novelas es anterior a la carambola cinematográfica. “Si alguna vez escribía su autobiografía, la titularía Vida y muerte de un cuerpo masculino” es, por ejemplo, una frase que las describe perfectamente a las dos.
Así, El animal moribundo, vertida al castellano por Jordi Fibla, cuenta la historia de David Kepesh, un glamuroso profesor universitario y crítico cultural que frisa los 80 años y, “vulnerable a la belleza femenina”, utiliza la fama para seducir a sus alumnas en cuanto dejan de serlo. Una de esas alumnas es la deslumbrante Consuelo Castillo, 24 años, hija de exiliados cubanos ricos, la mujer ideal para caer en la red de Kepesh por su devoción hacia la cultura. “Es la clase de persona”, dice protagonista y narrador, “que encuentra arrebatadores a los impresionistas, pero que debe mirar inquisitivamente y durante largo rato (y siempre con una sensación persistente de aturdimiento) un picasso cubista, tratando con todas sus fuerzas de entender la idea”. ¿La razón? “El arte que huele a modernidad la deja no solo perpleja sino también decepcionada consigo misma”.
Aunque Kepesh se recrea en la descripción del cuerpo de la muchacha y en el relato de sus encuentros íntimos, Consuelo deja de ser una conquista más para convertirse en la obsesión de un hombre celoso que se aferra al sexo como defensa contra la muerte. Como rezan los versos de Yeats de los que sale el título de la novela, el brillante intelectual es un corazón enfermo de deseo “atado a un animal moribundo”. Eros y Tánatos: enésimo asalto.
“Hasta hace unos años había una manera preconcebida de ser viejo y otra de ser joven. Ya no prevalece”, dice melancólico alguien cuyo hijo —marido infiel a los 42 años— se convierte en el espejo de su propio pasado por más que la liberación sexual fuera un tren al que él se subió en marcha y al que los jóvenes se suben en la estación de salida. Viajan más cómodos pero tienen, a su modo, que pasar por taquilla. Por eso no entiende que algunos consideren que avanzan sus derechos teniendo acceso legal al ejército y al matrimonio, justo las dos instituciones que más odiaba él en su juventud.
“El cuerpo contiene la biografía tanto como el cerebro”, dice la cita de la escritora irlandesa Edna O’Brien que Philip Roth colocó al frente de su novela. Nacido en Newark (Nueva Jersey) en 1933, el último premio Príncipe de Asturias de las Letras ha construido una obra narrativa que —de El lamento de Portnoy a Me casé con un comunista, pasando por La mancha humana— es a la vez la biografía coral de su generación y de su país. No sabemos si los pueblos tienen alma, lo seguro es que tienen sexo. Palabra de Roth.


domingo, 27 de mayo de 2018

Guillermo Perry / Cambio sí, pero del bueno



Cambio sí, pero del bueno

¿Optaremos por echar para atrás, por no cambiar, por un salto al vacío o por un cambio constructivo?

Guillermo Perry
27 de mayo 2018 , 02:24 a.m.
Este domingo sabremos si tenían razón quienes propusieron cambiar hacia atrás, o dar un salto al vacío, o no cambiar nada o cambiar construyendo.
¿Le funcionará a Uribe haber escogido un candidato joven con una hoja de vida limpia –o más bien en blanco– y empaquetarlo como ‘el futuro’, así sus propuestas añoren un pasado que no quisiéramos repetir? Como volver a llenar las cárceles de adictos y jóvenes descuidados en lugar de concentrarnos en perseguir a las mafias del narcotráfico, o recortar los derechos difícilmente conquistados por las minorías, o eliminar la Corte Constitucional que no le permitió a Uribe usar el ‘articulito’ por segunda vez. Sabremos si basta con un candidato que recita con estudiada compostura la lección aprendida, así no encontremos propuestas detalladas en la web de su campaña. Porque, ¿para qué programa si Duque fue y sigue siendo el que dijo Uribe? Y sabremos si somos tan masoquistas como para regresar a Ordóñez y a José Obdulio a los corredores del poder.

Hoy, domingo 27 de mayo, sabremos cuántos colombianos están dispuestos a ensayar el salto al vacío que representa Petro con su constituyente, su megalomanía, su incapacidad administrativa (y su falta de interés en administrar) y sus propuestas descabelladas, aunque presentadas elocuentemente. Como, por ejemplo, la de acabar con las 4G y volver a estatizar la prestación de los servicios públicos, según intentó hacerlo en Bogotá con una actividad para él tan estratégica como la de recoger basuras. Sabremos si queremos elegir a alguien a quien tan claramente lo incomoda la ley y que cada vez que teme perder sale a gritar ‘lobo, lobo’, como el pastorcito mentiroso del cuento. Si de verdad queremos padecer cuatro años de un presidente que como simple candidato ya se cree Moisés, separando las Aguas de Bogotá; o Gaitán, Galán o López Pumarejo. ¿Quién se creerá cómo presidente? ¿Bolívar? ¿Chávez?

Sabremos si tuvo razón Fajardo en no aliarse con el Partido Liberal en marzo, lo que le costó la camiseta amarilla a mitad de la contienda, e insistir en hacer la política sin clientelismo y sin ‘mermelada’. Si con su ascenso reciente logra remontar ese traspié con una campaña austera, hecha en medio de la calle, sin la abundancia publicitaria de Vargas Lleras, Duque o Petro. Sabremos si consiguió que los ciudadanos conocieran su programa económico, sus propuestas educativas y ambientales, calificados como los mejores y más innovadores por expertos y entidades especializadas, superando la falsa imagen de gaseoso y tibio que logró crearle la guerra sucia de dos de sus oponentes cuando encabezaba las encuestas.

Y sabremos si Vargas Lleras tuvo razón en apostarle más a la maquinaria que a la opinión. Si al antiguo vicepresidente de Santos le funcionó la estrategia del camaleón, que siendo el número dos del Gobierno sale a ser su más feroz crítico para seducir a la derecha y cuando no lo logra vira al centro para terminar de nuevo como el candidato de Santos; que es candidato por firmas de día y de Cambio Radical y ‘la U’ por la noche; que lanza un documento enjundioso los días pares y consigue adhesiones de políticos cuestionados los impares.

Y sabremos qué tanto es cierto que Gaviria convenció al Partido Liberal que rodeara a De la Calle después de dejarlo solo y quitarle el piso a su alianza con Fajardo. Y qué tan injusta es la opinión de sus compatriotas al no reconocerle el enorme sacrificio que hizo por nosotros al aguantarse durante cuatro largos años a energúmenos como Santrich y Márquez para lograr que se silenciaran las metralletas, las minas y las pipetas de gas de la guerrilla que asoló durante décadas buena parte de nuestro territorio. Este domingo sabremos, en fin, si optamos por echar para atrás, por no cambiar nada, por un salto al vacío o por un cambio constructivo.



Mauricio Vargas / Mi voto


MI VOTO

Por: Mauricio Vargas
27 de mayo 2018 , 02:30 a.m.

No recuerdo una campaña presidencial en la que me haya costado más trabajo decidir por quién votar. Desde inicios de los ochenta, cuando estrené mi cédula, me resultó sencillo decir: “Este es mi candidato”. En 2014, me tardé un poco. Con esa excepción, a lo largo de todos estos años que ya son décadas, casi siempre adopté mi elección meses antes de ir a las urnas. El voto de este domingo lo decidí apenas hace unas pocas semanas.
Descarté de entrada a Gustavo Petro. No solo por su marcado autoritarismo de izquierda de corte chavista. Mucho más, si se quiere, por lo mal administrador y peor ejecutor que demostró ser en la alcaldía de Bogotá. No me gustan ni su talante antidemocrático, tan poco tolerante con la crítica, ni sus mañas de saltimbanqui para, por ejemplo, demorarse meses en presentar su declaración de renta. Nada en él me da confianza.

Ninguno de los candidatos ha sido más cercano a mis afectos personales que Humberto de la Calle. Un intelectual de gran nivel, un conversador excepcional, un conocedor a fondo de muchos y muy variados temas. Nunca entenderé que se haya ofrecido en sacrificio para una candidatura que jamás tuvo opción, porque a los acuerdos de La Habana –su gran ejecutoria en los años recientes– cada día le salen más peros: no es osado decir que hoy tienen más detractores que los que votaron No en el plebiscito de 2016.

Hasta hace algunos meses, creía que iba a votar por Germán Vargas, por su demostrada capacidad de gestión, y porque sus propuestas sonaban audaces y atractivas en campos como el tributario. Pero dejó todas esas virtudes atrás al apostarle su destino a la maquinaria de la Unidad Nacional santista y al voto amarrado, lo que le quitaría libertad para gobernar y volvería irrealizables sus propuestas. Es imposible ser un buen presidente con semejante deuda con los caciques.

La figura de Sergio Fajardo me atrajo por años. Ahora, parecía el indicado para recoger la rabia de los colombianos por los abusos sin límite de la corrupción, la ‘mermelada’, el contratismo de los cupos indicativos y el cohecho que alcanzó incluso a las altas cortes. Jamás comprenderé que se haya aliado con la izquierda marxista, ahuyentando a muchos votantes de centro. Eso sí, ha hecho el mejor cierre de campaña de todo el abanico de candidatos, lo que explica su crecimiento en las encuestas de la recta final.

Votaré por Iván Duque. No solo porque descarte a los demás. Confío en que, a pesar de su poca experiencia en altos cargos, en la Casa de Nariño demuestre la madurez y la habilidad de que ha hecho gala en esta campaña. Me gusta su ponderación, esa que tanto molesta al uribismo más derechista. Desde muy joven, ha sido un estudioso y un adicto al trabajo, sabe de los temas críticos –hacienda, seguridad, inversión social, educación, salud– y con 41 años tiene el liderazgo juvenil que demanda la tarea de enderezar tantas cosas torcidas en Colombia. Sería el mandatario más joven, elegido por voto popular, en más de 150 años: Alberto Lleras, quien llegó al poder en 1945 con apenas 39 años, lo hizo como Designado tras la renuncia de Alfonso López Pumarejo.

No creo que vaya a ser un títere del expresidente Álvaro Uribe, pero si Uribe lo critica, no le comprará la pelea y evitará así repetir el torpe error de Juan Manuel Santos. Me gusta su propuesta económica –basada en las renovadoras ideas de la economía naranja– porque implica luchar contra la pobreza por la vía de forjar, entre otras, una clase media emprendedora, en vez de seguir ahondando el barril sin fondo de los auxilios directos a las familias de bajos recursos. Me atrae que vaya a poner en cintura a la JEP, uno de los mayores peligros institucionales que afronta el país como ya lo demostraron sus magistrados. Veremos cómo termina la jornada.

EL TIEMPO



sábado, 26 de mayo de 2018

Victoria para Maduro, caos para Venezuela

Victoria para Maduro, caos para Venezuela

Patrick Chappatte es caricaturista de The New York Times.
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El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, fue declarado ganador en las elecciones del domingo 20 de mayo y tendrá un segundo mandato presidencial. Algunos críticos han señalado que fue una votación con numerosas irregularidades. Mientras tanto, en el país se vive una crisis económica histórica e hiperinflación. Además, los habitantes sufren malnutrición, escasez de alimentos y medicinas, así como el colapso del sistema de salud.


Victoria para Maduro, caos para Venezuela


Patrick Chappatte es caricaturista de The New York Times.



La carta del amante de Proust / “Nunca me desanimaré mientras sienta por usted un gran afecto...”

Marcel Proust


La carta del amante de Proust: “Nunca me desanimaré mientras sienta por usted un gran afecto...”


Sotheby’s pone en venta papeles privados del autor de ‘En busca del tiempo perdido’, incluida parte de su correspondencia con el músico Reynaldo Hahn, su “dios disfrazado al que ningún mortal reconoce”


MARC BASSETS
París 24 MAY 2018 - 16:46 COT

Dibujo de Reynaldo Hahn (1905-1907).
Dibujo de Reynaldo Hahn (1905-1907).SOTHEBY’S / ART DIGITAL STUDIO

Marcel Proust (1871-1922) fue un hombre de relaciones. Hoy diríamos de redes. Su vida y su obra son un constante entrar y salir de amigos y conocidos, de autores admirados y de admiradores, de parientes y amantes.Puede constatarse fácilmente en las cartas, manuscritos y libros dedicados por escritores contemporáneos que ayer se subastaron en la sede de Sotheby’s del proustiano Faubourg Saint Honoré de París, por un total de 745.464 euros.
Procedente de la colección de Marie-Claude Mante, una de las tres sobrinas-nietas del autor de En busca del tiempo perdido, la colección ilumina detalles de su vida privada. Desde asuntos en apariencia menores, pero significativos para los miembros devotos del culto a Proust, como es la ubicación exacta de la habitación donde pasó largas temporadas en el Grand Hôtel de Cabourg, en Normandía, hasta su relación con el gran amor de su vida, el músico de origen venezolano Reynaldo Hahn.
“Es sorprendente que en una colección familiar todavía haya cosas inéditas, aún no publicadas”, dice Benoît Puttemans, especialista de Sotheby’s. No todos los documentos eran inéditos, explica. Muchas de las cartas y manuscritos ya se habían visto o publicado, como las 138 cartas que le dirige el editor Gaston Gallimard. Estas cartas permiten entender la compleja relación con la editorial que inicialmente rechazó la publicación de su obra.
“En algunos casos, los especialistas no lo habían visto, estaban guardados en casa”, añade Puttemans. Es el caso de nueve cartas, hasta ahora desconocidas, de Hahn a Proust, una nota de gastos del Grand Hôtel de Cabourg, o, en un terreno más literario, un pastiche inédito —Proust practicaba con talento el arte de la imitación literaria— del crítico británico John Ruskin, o los libros dedicados de contemporáneos como André Breton y Philippe Soupault, Charles Maurras, Maurice Maeterlinck o Blaise Cendrars.
“La particularidad [de esta venta] son las cartas a Proust y los libros de su biblioteca personal”, dice Anne Heilbronn, vicepresidenta de Sotheby’s Francia. Son documentos que Marcel Proust dejó en herencia a su hermano, Robert. De este pasaron a su hija Suzy Mante-Proust y, a la muerte de esta, se repartieron entre sus tres hijos: Patrice, Marie-Claude y Dominique. Con esta última venta habrán salido al mercado los lotes de la rama de Patrice y Marie-Claude. Faltará el tercero.
“En la venta hay una parte científica que es real pero finalmente modesta”, dice Jean-Yves Tadié, seguramente el mayor especialista en Proust, biógrafo del escritor y responsable de la edición crítica canónica. Se refiere a que las revelaciones filológicas, las novedades para los estudiosos, son escasas. Pero añade: "La parte afectiva que es considerable”. Tadié, autor del texto que encabeza el catálogo de la subasta, alude las cartas, dibujos, libros y documentos sobre su vida privada, que, en un autor que una novela monumental en primera persona, es difícil de disociar de su obra literaria.
Reynaldo Hahn, que fue una presencia constante de Proust durante toda su vida, es el gran protagonista de estos documentos. Hahn (1874-1947) no aparece disfrazado bajo ningún personaje en En busca del tiempo perdido, pero sí en Jean Santeuil, la novela inconclusa escrita en su juventud. En una de las cartas, que estos días se han expuesto en el Faubourg Saint-Honoré, datada a finales de marzo de 1896, Proust escribe a Hahn: “Quiero que usted esté [en la novela] todo el tiempo, pero como un dios disfrazado al que ningún mortal reconoce”.
Entre las cartas escritas por Hahn, destaca una sin fecha en la que, en tono jocoso, relata una jornada tipo en la vida sedentaria amigo Marcel, y otra de 1898 en la que, en ocasión de la muerte del poeta Stéphane Mallarmé, le regaña por no dar noticias suyas. “Todo en la vida es cuestión de malentendidos, quizá usted piense que yo prescindo de sus noticias: es un signo de que usted prescindiría fácilmente de las mías: pero nunca me desanimaré mientras sienta por usted un gran afecto”.
Tadié explica que Hahn fue “el gran amor” de Proust, “aunque hubo otros”. “Marcel Proust era un escritor de genio, Reynaldo Hahn era un músico de talento, no de genio. Desgraciadamente Proust y Debussy no fueron amigos. Habría sido mucho mejor en el plano del arte”. No compartían gustos musicales, más modernos en el caso del escritor y más conservadores en el del músico. “El problema de Reynaldo Hahn es que fue un genio a los 15 años pero después no intentó crear un lenguaje nuevo, al contrario que Proust”.
En la herencia de Marie-Claude Mante, figura un dibujo inédito de Proust en el que aparece Hahn con el nombre de algunas de sus obras musicales en el vestido, y otro de Proust en el lecho de muerte, obra de uno de los múltiples artistas que le retrataron en este trance, Jean-Claude Eschemann.
Pero si hay una scoop entre estos papeles, una verdadera noticia —noticia en el mundillo de los proustianos— es la nota de gastos de agosto de 1911 en el Grand Hôtel de Cabourg, modelo de Balbec en En busca del tiempo perdido. Gracias a este documento se sabe ahora que Proust ocupó las habitaciones 417, 418 y 419. Hasta ahora se desconocía el número de la habituación: la 418 en el cuarto y último piso.
“¿Por qué el cuarto piso?", se pregunta Tadié. "Porque no había clientes encima. Y alquilaba tres habitaciones para no tener ruido a izquierda y derecha”.





Hugo Hiriart / Dos barbas


Marcel Proust
Foto de Man Ray


Hugo Hiriart

Octubre 2001
Letras Libres

La primera foto es un gozne: el tiempo gira ahí, podríamos decir: una época se acaba, otra empieza. Porque el retratado en su lecho de muerte es el señor Marcel Proust, y el fotógrafo no es cualquiera, sino Man Ray, avecindado en Montparnasse (Monte Parnaso) en "una edad de oro de la juventud del mundo".
Alguien difícil de contentar (fastidious, se dice en inglés) podría alegar que toda instantánea marca el fin de una época y el principio de otra. Y es cierto, la palabra época es vaga en extremo, pero esta instantánea fúnebre es más emblemática que otras, id est, representa con más fuerza y claridad la coyuntura, la articulación de tiempos diferentes.
La otra barba, oscura también, semítica, pide para su consideración un tiempo más amplio, más laxo: siglos, no meses y días. El relieve es asirio y fue hallado en la ciudad de Nimrud. Es una imagen que guarda detrás de ella estruendo de batallas; no es apacible, hasta donde cabe, como la del señor Proust. "La ciudad fue abatida, hubo gran matanza, y las mujeres y niños sobrevivientes fueron vendidos como esclavos". 
Ashurnasirpal ii levantó la ciudad de Nimrud y se sintió tan satisfecho de su esplendor que dio una fiesta,oilo bien, para 69,574 invitados (¿te imaginas que tú fueras el único que no recibió invitación?: eso sí sería desgracia de sociabilidad proustiana), y dice la inscripción correspondiente —escúchalo, es inesperado en un imperio militar como el asirio: "A la feliz gente de todas las tierras, junto a la gente de Kalhu, por diez días se la festejó, se le dio bebida, baño, honores, y se la envió de regreso a sus regiones en paz y alegría".
Prometedor comienzo. Trescientos años floreció la ciudad, hasta que en 614 a.C. fue sometida por una coalición de medos y babilonios. Nunca volvió a su gloria. Entró en deterioro y olvido. Cuando Jenofonte pasó por ahí en 401 a.C., en su retirada de Persia, Nimrud estaba virtualmente abandonada. 
Ahí están los dos perfiles, los dos medallones. Uno es individuo clavado, el señor Proust, nada menos, cuya precisa individualidad destiló él mismo, con maestría, en sus libros.
El otro es más genérico o universal, porque ante todo es un rey. No sé si los reyes asirios eran, como los egipcios, endiosados en apoteosis, pero bien podría suceder, porque esa era la singular y desaforada costumbre común en aquel tiempo.
Aquí se genera una paradoja: en un sentido, sabemos más de este rey, del que no sabemos nada, que del individuo Proust, del que tanto sabemos. Justamente porque en un rey no hay individualidad y todo se puede suponer: su persona entera está troquelada por su condición de rey, responde a exigencias exteriores, de ceremonial, objetivas, no interiores de volubilidad y vacilación subjetiva, como el señor Proust. No hay, pues, en este rey dudas ni extravagancias, no hay laberinto psicológico, sino, como en el friso, sólo majestad. En cambio en Proust el laberinto psicológico es inagotable: mientras más lo conocemos pareciera que estamos menos seguros, hay más y más interpretaciones y menor certidumbre.
Shattuck, en su último libro sobre el maestro, sostiene, por ejemplo, que la gran novela suya "no esprimarily sobre la memoria y sobre sentimientos concernientes al pasado", y que el estereotipo de Proust como esteta melifluo, decadente, dandi impecablemente vestido y peinado, que se reclina en la chaise-longue y conversa, mundano y exigente, tampoco se sostiene ni tiene que ver, a la larga, ni con el señor Proust ni con su arte robusto, muy crítico. Dice Shattuck que en cambio Proust es un genio del humorismo y que su libro es uno de los más chistosos que se han escrito jamás.
En octubre de 1922 Proust está ya muy enfermo de los pulmones. Pero se niega a llamar a su médico, el doctor Bize. Celeste, su sirvienta, se preocupa. Poco después cae resfriado. Con la fiebre alucina la famosa gorda enorme vestida de negro que viene por él: "Es muy gorda, Celeste, y toda vestida de negro. Tengo miedo".
Casi no come. Toma cerveza helada que se hace traer del Ritz por Odilón, su chofer. El 18 de noviembre, Celeste lo ve tan enfermo que, desoyendo órdenes expresas del maestro, llama a Bize y al hermano de Proust, el profesor Robert Proust, médico. Cuando éstos llegan, Proust está agonizando. Sin embargo, se comporta con ellos —cosa rarísima en él, tan exquisito en su cortesía— en forma que podemos calificar de grosera. Llega Odilón con la habitual cerveza del Ritz. Proust da unos tragos. Bize lo inyecta. Robert trata de acomodarlo en las almohadas. "¿Te estoy lastimando al moverte?" "Sí, me estas lastimando". Esas son sus últimas palabras. 
Jean Cocteau, amigo de Proust, le sugiere a Robert que haga venir a un fotógrafo para captar la última imagen de Marcel, y sugiere a Man Ray. Se le avisa a la mañana siguiente al fotógrafo surrealista, quien se traslada de inmediato a la casa de Proust. Y toma la foto. Era un día domingo. 



Hugo Hiriart (ciudad de México, 1942) es filósofo, narrador y dramaturgo. Su publicación más reciente es el libro de ensayos El arte de perdurar (Almadía, 2010). 



viernes, 25 de mayo de 2018

Margarita Rosa / Conversacion con el profe Fajardo

Sergio Fajardo
Foto de Ricardo Pinzón


CONVERSACIÓN CON EL PROFE FAJARDO

POR MARGARITA ROSA DE FRANCISCO
FOTOGRAFÍA RICARDO PINZÓN
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 73 - ABRIL 2018


¿En qué colegio estudiaste tú, Sergio? ¡Perdón! (¡Auch!), ¿En qué colegio estudió usted, doctor Fajardo?

Con esta metida de pata comenzó una larga conversación que el señor Sergio Fajardo Valderrama, doctor en Matemáticas y hoy candidato presidencial, llevó con el tono relajado y coloquial tan característico de la gente de su ciudad, Medellín, en donde nació hace 62 años el 19 de junio de 1956.