viernes, 23 de mayo de 2003

Clint Eastwood / El tren irrefrenable del destino

 


El tren irrefrenable del destino

Daniele Creamer
Cannes,23 de mayo de 2003

"La historia trata sobre la fuerza del destino, que es como un tren irrefrenable del cual uno no se puede bajar, te guste o no". Clint Eastwood justificó así la violencia y la fatalidad que envuelven Mystic River, una adaptación del thriller psicológico homónimo de Dennis Lehane. "A los estudios no les interesó en un principio la trama pues no se trataba de Mystic River reloaded", dijo, "sino de cosas serias para adultos. Ya estoy muy viejo para hacer ese tipo de producciones artificiales, o cómics, que son los que más dinero producen".

Eastwood llegó ayer a Cannes acompañado por gran parte de su elenco estelar: Tim Robbins, Kevin Bacon y Laura Linney, quienes se declararon profundamente satisfechos de su participación en la película. "A Sean Penn le fue imposible venir por motivos de agenda", aclaró el cineasta. "Habría recitado hasta la guía telefónica con tal de trabajar con Clint", dijo riendo Linney. "Ni siquiera tuve que leer el guión para aceptar este papel". "Yo sí lo hice, y enseguida continué con el libro, pues me parecía un sueño estar involucrado en esta historia", afirmó Bacon. "Incluso como iniciativa nuestra, seguíamos haciendo lecturas del guión después de cada día de rodaje, aunque no estuviera presente Clint", señaló Robbins. "Y yo los elegí a todos ellos porque yo me veía demasiado joven para la película", continuó bromeando a su lado Eastwood.




También aclaró que en esta ocasión, no ejerce de actor porque "ha sido más descansado estar solo detrás de la cámara. La idea inicial de alternar los dos trabajos era precisamente ésa: una suave transición de la interpretación a la dirección. Con Mystic River lo he conseguido. Pero, ¿retirarme del cine? Lo he pensado durante 30 años, y aquí me tienen. Listo para mucho más".

Además, la Unesco concedió ayer la Medalla de Oro Fellini a Clint Eastwood y al director de Sri Lanka Lester James Peries, informa Efe. Este premio fue creado en 1995 para distinguir "grandes carreras cinematográficas e iniciativas originales tendentes a hacer vivir el séptimo arte". Ambos cineastas recibirán el galardón hoy en Cannes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 23 de mayo de 2003.

EL PAÍS



Clint Eastwood hace en 'Mystic River' una dura réplica a la América de Bush



Clint Eastwood hace en 'Mystic River' una dura réplica a la América de Bush

Interpretación apasionada y corrosiva de Sean Penn y Tim Robbins en un 'thriller' modélico



ÁNGEL FERNÁNDEZ-SANTOS
Cannes, 23 de mayo de 2003

Es Mystic River uno de los grandes trabajos de Clint Eastwood como director. Es un thriller que rompe los límites del género y que invade -con la persuasión de la sugerencia- territorios centrales de la vida en EE UU y de su cristalización en modelos de comportamiento propios de una sociedad en conflicto consigo misma. No es un filme político, sino un relato negro modélico, pero con tan poderosas calidades metafóricas que, sobre todo a través de las presencias corrosivas de Sean Penn y Tim Robbins, contiene una respuesta durísima al fantoche de esa "patria americana" que G. Bush maneja como banderín de enganche a su política ultraconservadora.

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Representa Mystic River un complicado tejido de historias cruzadas a lo largo de un cuarto de siglo en una barriada de Boston. Arranca de un día de finales de los años setenta en que un niño de 10 años es secuestrado, ante los ojos desencajados de dos amigos suyos, por dos pederastas que lo violan en un bosque cercano. Ahora, 25 años después, los tres niños son adultos situados en tres vértices de un esquemático triángulo de prototipos de ciudadanos encerrados en el barrio periférico bostoniano donde transcurren sus vidas.

Uno, Kevin Bacon, es un recto y atildado funcionario, un policía de homicidios herido por un mal matrimonio; el segundo, Sean Penn, se ha convertido en el cacique local de una organización mafiosa y en padre satisfecho de tres chicas adolescentes; y el tercero, el que fue secuestrado y violado, Tim Robbins, es un asalariado común, no cualificado, y un hombre perturbado e inseguro que sobrevive con una esposa y un hijo que le aman, mientras su cerebro, con la memoria estancada en el crimen de que fue víctima, va hacia atrás, a la deriva.

Un día, la intromisión del crimen en sus vidas vuelve a cortar el aliento de los tres hombres y rompe el precario equilibrio de ese triángulo social del que son vértices. La hija mayor del capo mafioso Sean Penn es brutalmente asesinada; el detective Kevin Bacon recibe el encargo de la investigación del crimen y su busca le abre ante los ojos un cúmulo de indicios de que el asesino es el tercer amigo, Tim Robbins. Y el dispositivo argumental se dispara con este cambio de roles hacia la metáfora.

Es la metáfora que teje la tela de araña de una siniestra componenda de hipocresía y de cinismo desatados, bajo el que asoma, como la parte visible de un enorme iceberg, una visión de la vida ahora mismo en Estados Unidos que, a través de continuos giros en la apasionante intriga, de sutiles llamadas al espectador para que entre en el juego de la excepción y la norma y de signos de un diagnóstico psicológico y social que convierte la trama del filme -desplegada de manera insuperable por el gran guionista Brian Helgeland, al que en España conocemos por L. A. Confidential, y elevada con formidable maestría a la pantalla por Clint Eastwood- en un jarro de vitriolo contra el rostro de ese fantasma de América soñado por la pesadilla de George Bush.

No es, no puede serlo, ajena a la causticidad y al pesimismo y la negrura de esta réplica a la pesadilla política que se cierne sobre los Estados Unidos, la presencia en la pantalla de dos rostros con fuerza de iconos -Sean Penn y Tim Robbins- en la respuesta abierta y frontal de una heroica minoría de las gentes del cine estadounidense a los caminos que está abriendo el apoyo de sus paisanos a la aventura militar, que no ha hecho más que comenzar, de los dueños del poder de Washington en el planeta. Ambos hacen en Mystic River una interpretación apasionada y eminente, y se tiene la tentación de añadir a la de Tim Robbins el inefable destello de lo que está fuera de norma, de lo excepcional, incluso de lo genial.

Y ahora, mientras engordan las listas negras de una nueva caza de brujas -anteayer, sin ir más lejos, los portavoces del poder en Hollywood, Variety y Hollywood Reporter, proclamaron sin rubor el disparate de que la película del danés Trier Dogville es "un ataque a toda la nación americana", lo que no hace falta ser un lince para interpretar como una temible y desalmada advertencia a la díscola Nicole Kidman de que debe atenerse a las consecuencias- admira que el coraje de Robbins y Penn y la fuerza de convicción que transmiten, ponga de manifiesto que ambos están respondiendo con elocuencia y dando la cara con las armas de su talento a esas "consecuencias".

Más a ras de suelo, tras Mystic River, el concurso siguió con el ambicioso y frustrante poema visual Padre e hijo, del ruso Alexandr Sokurov. El austero discípulo del gran Andréi Tarkovski sigue erre que erre en busca de la química de lo exquisito. Y casi lo alcanza, pero sólo en instantes fugaces, que se desvanecen en el hermetismo del conjunto. Y más atrás queda una muy pobre adaptación de La gaviota, de Anton Chéjov, con el título de La pequeña Lilí, por el francés Claude Miller. Desde fuera no se ve sentido a esta profanación de un drama sagrado, pero por la tibia respuesta que obtuvo aquí parece que también los franceses cerraron los ojos viéndola. 


sábado, 5 de abril de 2003

La Audiencia de Barcelona obliga a Galaxia a retirar un libro de Borges


Jorge Luis Borges


La Audiencia de Barcelona obliga a Galaxia a retirar un libro de Borges


Barcelona
5 de abril de 2003

La Audiencia Provincial de Barcelona ha dictado una sentencia en la que reconoce la coautoría de Norman Thomas di Giovanni y de Jorge Luis Borges de la obra Un ensayo autobiográfico, que Galaxia Gutenberg (Grupo Bertelsmann) publicó únicamente con el nombre de Borges; el de Di Giovanni consta en el libro como colaborador.
La Audiencia condena a Galaxia a cesar en "la explotación de la obra, a indemnizar económicamente a Norman Thomas di Giovani y a publicar la sentencia en tres diarios de distribución nacional por haber editado y comercializado el libro sin su autorización". Fuentes de Galaxia informaron ayer de que publicaron el libro con el consentimiento de María Kodama, la viuda de Borges. En un primer juicio se les dio la razón a ellos, pero Di Giovanni recurrió. Tanto Kodama como Galaxia, según esta editorial, entendieron que el único autor de libro fue Borges y que Di Giovanni colaboró como anotador.
Un ensayo biográfico, aparecido en inglés en The New Yorker en 1970, fue traducido y publicado por Galaxia en 1999, con motivo del centenario de Borges, con fotografías del escritor argentino suministradas por Kodama, un texto de ella y prólogo del especialista Aníbal González.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de abril de 2003


viernes, 4 de abril de 2003

Jean Rochefort cambia su destino en un 'western' de Leconte


Jean Rochefort cambia su destino en un 'western' de Leconte

El actor protagoniza, con el cantante Johnny Hallyday, 'El hombre del tren'


OCTAVI MARTI
París 4 ABR 2003


El actor francés Jean Rochefort ha rodado más de ochenta filmes, con directores como Luis Buñuel o Robert Altman, por ejemplo, pero también a las órdenes de compatriotas de cuyos equipos es casi un habitual, como es el caso de Bertrand Tavernier, Philippe de Brocca o Patrice Leconte. Con este último ha trabajado en cinco oportunidades, la última de ellas en El hombre del tren.
"No siempre le digo que sí a Patrice. Todo depende del guión, y en este caso el de Claude Klotz era muy bueno. Con él existe una relación de amistad casi familiar, como si fuésemos primos y de niños hubiésemos pasado juntos varias vacaciones. No siempre estamos dispuestos a embarcarnos juntos en una aventura, pero cuando lo hacemos es siempre con placer", explica Rochefort con su proverbial elegancia verbal. "No crea, hablar con precisión y riqueza es una característica que algunos asocian con el amaneramiento. Esta mañana un periodista ruso no ha cesado de interrogarme sobre mi relación homosexual con Johnny Hallyday hasta que me he levantado y le he besado en la boca".




A Rochefort le encanta resolver los embrollos aumentando el caos. Forma parte de su peculiar sentido del humor. En El hombre del tren, Leconte puede explotarlo a fondo. "Claro. Mi personaje es el de un profesor de Literatura que lleva toda la vida viviendo en su ciudad de provincias natal y en la misma casa familiar. Nunca ha cesado de soñar con una vida aventurera y un día el azar hace que ésa irrumpa en su domicilio a través de un gánster en decadencia, Johnny, que sólo piensa en abandonar las pistolas para calzarse unas pantuflas y descansar sentado ante el fuego de la chimenea". Son destinos que se cruzan, personalidades que se intercambian, admiración por quienes habitan en un mundo e imaginan otro radicalmente opuesto. "El gran mérito de Patrice es haber sabido estilizar la historia, convertirla en un western a base de depurar la trama y la imagen hasta dejarla justo en lo imprescindible. Sabe crear lirismo con muy pocos elementos, darle trascendencia a lo cotidiano". Eso queda muy bien explicado desde la llegada de Johnny Hallyday al pueblo: todas las tiendas cierran a su paso, no vemos a nadie, pero también cuando Rochefort decide enfrentarse con los gamberros locales en el bar, de pronto metamorfoseado en saloon. "La idea de filmarlo todo en scope y de iluminar los lugares con focos rasantes, crepusculares, contribuye a darle a la historia el tono adecuado".
Una vez más, Leconte obliga a Rochefort a cortarse el pelo. "Y lo mejor es que en este caso no hay una razón real para ello, como sí la había en Ridicule. Nadie está a salvo; La maté porque era mía, El marido de la peluquera o Cómicos en apuros.Patrice envidia mi fama de seductor heterosexual y piensa que cortándome el pelo, como Sansón, voy a perder mi potencia. Se equivoca", dice muy serio, pero escapándosele la risa por los ojos cuando ve a un colega japonés que anota su respuesta sin darse cuenta de que a él también le divierte tomar el pelo a los periodistas. "En la filmografía de Patrice, normalmente las películas complicadas, con muchos actores y localizaciones, van precedidas y seguidas de otras mucho más intimistas. Lo cierto es que se maneja muy bien en los dos casos, es alguien que rueda con mucha seguridad, que te hace sentir cómodo en el plató. Eso, para mí, que he vivido la experiencia traumática del Quijote de Terry Gilliam, durante un rodaje en el que creí morir y en el que descubrí que muchos querían que realmente muriese para que la compañía de seguros pagase todos los problemas derivados de la anulación del proyecto, esa comodidad es muy importante".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de abril de 2003


El hombre del tren / La amistad del poeta y el samurái



EL HOMRE DEL TREN

La amistad del poeta y el samurái


ÁNGEL FERNÁNDEZ-SANTOS
4 ABR 2003

Es El hombre del tren un reconfortante tú a tú -engarzados sus talentos por la generosa mirada de Patrice Leconte- entre dos rostros tan poderosos como antitéticos. Por un lado, el hervidero de signos expresivos del flaco y alargado gesto quijotesco de Jean Rochefort, uno de los grandes del cine francés; y, por otro, la jeta pálida, marmórea, seca y peligrosa, quizá hostil o quizá secretamente tierna del viejo rockero Johnny Hallyday, que se asoma a la pantalla y encuentra frente al espejo que le ofrece Rochefort una sorprendente (para un actor curtido, pero ocasional) capacidad de réplica. No es fácil estar a la altura de un genio de su oficio, y Hallyday lo está.

Es todo un hallazgo, toda una sacudida de originalidad, de gracia y de fuerza esperpéntica, el encuentro, el idilio y el choque de un pistolero aficionado a la poesía, que por azar se instala en su casa, con un poeta aficionado a las pistolas. Saltan chipas de ingenio de este dúo, que discurre apaciblemente, entre apacibles meandros de la vida cotidiana -y merece la pena detenerse en las inefables escenas de la cena, del tiro al blanco y de la panadería, entre muchas más-, en una pequeña ciudad francesa, hasta que el relato se acelera y conduce a una tacada de acción y violencia que, por desgracia, está resuelta de forma onírica casi metafórica, cosa que desentona y choca con un discurso cinematográfico previo lleno de fisicidad y de concreción.

EL HOMBRE DEL TREN

Dirección: Patrice Leconte. Guión: Claude Klotz. Intérpretes: Jean Rochefort, Johnny Hallyday, Charlie Nelson, Pascal Parmentier, Isabelle Petit-Jacques, Jean François Stévenin. Género: drama. Francia, 2002. Duración: 90 minutos.
Pero se trata sólo de un discutible remate de unos minutos confusos a hora y media de cine nítido y que rebosa inteligencia. Eso sí, con la inoportunidad de que tan hueca salida ocurre al final, como si la escritura de Claude Klotz hubiera buscado y rebuscado otro desenlace en acuerdo formal con el desarrollo y no lo hubiera encontrado, eligiendo como vía intermedia y mal menor un rizo literario para un planteamiento nada literario, que obedece a una austera ecuación entre gesto e imagen. Esto se pone de manifiesto en el hecho de que Patrice Leconte filma y da lógica al guión mediante largos encadenamientos de planos cercanos, de encuadres medios, que obligan a ese aludido y eminente tú a tú entre los intérpretes a tomar la batuta de la creación de fondo. De ahí que sea justo insistir en la generosidad de Leconte al cederles el mango de la sartén, o la autoría.

Una película de estas características sólo puede ser sostenida por sus intérpretes si éstos a su vez son sostenidos desde la escritura por un juego de réplicas y contrarréplicas que les deje devanar la madeja de la idea y de las situaciones a que conduce esta idea, y con su hilo tejer la secuencia graduando el gesto en el borde de la sobreactuación, pero sin caer en sus redes. Y eso hacen Rochefort y Hallyday, dar una lección de cómo conjugar con tacto las luces y las sombras de dos rostros capaces de representar formas hondas y crispadas de soledad y extraer de ellas formas igualmente hondas de amistad.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de abril de 2003




domingo, 23 de marzo de 2003

Graham Greene / Hombres de bien


Graham Green
Sciammarella

Hombres de bien


RAFAEL ARGULLOL
23 de marzo de 2003


Lo que asombra de esos tipos es que todos creen saber lo que es el bien, no sólo el bien en general, sino nuestro bien. Estos días hay un auténtico despilfarro de bondad transmitido por los medios de comunicación de todo el mundo. En homenaje a Graham Greene, lo podríamos llamar el factor Pyle.


Pyle es uno de los protagonistas de The quiet American, El americano tranquilo, o impasible, la novela del escritor británico de la que estos días se estrena, con oportunidad histórica, una adaptación cinematográfica. El otro protagonista es Fowler, álter ego apenas disimulado del propio Greene. La acción transcurre en el Vietnam de los años cincuenta, durante la guerra de los vietnamitas con los franceses que culminaría en una independencia relativa y en una nueva guerra, esta vez contra los norteamericanos.



En tiempos inquietantes nada lo es tanto como que las personas que ejercen el poder se presenten ante el mundo como apóstoles del bien

El periodista inglés Fowler representa en la novela a esta "vieja Europa" tan evocada estos días: es algo cínico, bastante escéptico, y sobre todo arrastra en su alma un legado con miles de matices. Mujeriego, borracho, fumador de opio, por nada del mundo se atrevería a pontificar sobre la bondad y prefiere orientarse provisionalmente en el laberinto de las horas que para él constituye la existencia. Odia las definiciones morales porque en ellas se disuelve la vida.
Frente a Fowler, Pyle, el americano tranquilo, representa la antítesis ética que Graham Greene dibuja en varias de sus novelas pero que en ésta adquiere naturaleza definitiva. En esta perspectiva no deja de ser un heredero de los magistrales retratos realizados por Henry James en sus relatos: el héroe americano, símbolo de una inocencia y un optimismo desmedidos, atrapado en telarañas demasiado complejas para el desarrollo de sus ideas preconcebidas.
Greene, no obstante, aplica al modelo de James esta corrosión inigualable con que a menudo los británicos tratan a sus primos norteamericanos: Pyle tiene convicciones tan apabullantes acerca de la libertad y la democracia que con extrema frecuencia se desliza por ridículos grotescos. Sus palabras encajan sorprendentemente bien en la música de nuestros días y el lector actual puede, en muchas ocasiones, confundir los argumentos de este personaje de ficción con los de algunos personajes contemporáneos de carne y hueso.
Fowler-Greene se ceba sarcásticamente con la inocencia aparentemente bondadosa de Pyle: "Ya sé que sus motivos son buenos, siempre lo son. A veces me gustaría que tuviera usted unos pocos motivos malos, así podría comprender algo más de los seres humanos". En otra página: "No tenía más idea que cualquiera de ustedes sobre lo que pasa aquí y ustedes le dieron dinero y los libros de York Harding sobre Oriente, y le dijeron: 'Adelante. Conquista Oriente para la democracia". O en otra: "La democracia era uno de sus temas y declaraba sus intolerables opiniones sobre lo que los Estados Unidos estaban haciendo en pro del mundo".
Aun aceptando la soberbia mala uva de Graham Greene -la estirpe de los ingleses católicos y provocadores-, no hay duda de que, desde hace un par de años al menos, una legión de mister Pyle ha invadido nuestra cotidianidad, 50 años después de que la criatura apareciera en las páginas de un libro. Estamos rodeados por el factor Pyle, es decir, por hombres que saben dónde está la verdad, adónde dirigirse para hacer el bien y cómo hacer para vivir en libertad. Caminos de perfección que sólo tienen el defecto de ser espantosamente simples.
Lean El americano tranquilo. Reconocerán a Pyle por todas partes. Cuando hablan estos soldados destinados al frente de guerra, habla Pyle; cuando hablan los especialistas de cualquier campo, habla Pyle; cuando hablan la mayoría de los diplomáticos y políticos, habla Pyle asimismo. Como corresponde, la más exacta reencarnación de Pyle es George Bush mismo, el cual jamás usa argumentos que ya no hubieran sido concebidos para poner en boca del buen Pyle.
Lo que quizá ha sido más inesperado es que la epidemia de bondad se haya extendido del nuevo al viejo continente y en el seno de la vetusta Europa hayan surgido émulos de Pyle. Aunque, más propiamente, aquí habría que hablar de gentes que hacen de Pyle: el histriónico Blair -lástima que ya no podemos escuchar la opinión de su compatriota Graham Greene, aunque sí tuvimos la suerte de conocer la de John Le Carré- y el inenarrable Aznar, que habla con la solemnidad de un personaje de Calderón y piensa con la sutileza de uno de zarzuela.
El problema es que los Pyle, empezando por el protagonista de El americano tranquilo, están destinados a destrozar ese mismo mundo que quieren resguardar del mal y convertir al bien. Defienden la claridad absoluta porque son incapaces de vislumbrar la oscuridad que llevan consigo. Y su supuesta inocencia moral es el peligro mayor. Greene lo describe con mordaz contundencia: "La inocencia es como un leproso mudo que ha perdido su campanilla y que se pasea por el mundo sin querer hacer daño".
En tiempos inquietantes como éstos nada puede ser tan inquietante como que el poder sea ejercido por los que se presentan ante el mundo y -en su delirio- quizá ante sí mismos como los apóstoles del bien. Byron, al que Graham Greene evoca, lo escribió como nadie en el poema Don Juan: "Ésta es la época expresa de las nuevas invenciones para matar los cuerpos, y para salvar las almas, todas propagadas con las mejores intenciones".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 23 de marzo de 2003


sábado, 22 de marzo de 2003

Alice Munro / La guarida íntima

 



Alice Munro


Biografía

La guarida íntima
FRANCISCO SOLANO
21 MAR 2003 - 18:00

ODIO, AMISTAD, NOVIAZGO, AMOR, MATRIMONIO

Alice Munro

Traducción de Marcelo Cohen

RBA. Barcelona, 2003

257 páginas. 18 euros

Los cuentos de Alice Munro, en general, funcionan como novelas. Novelas comprimidas, sin personajes secundarios, sin largos periodos de transición, sin lo que Manganelli llamó "metros cúbicos de aire". Pueden abarcar treinta años de una vida, pero apenas se detienen en dos o tres sucesos, en las experiencias que los marcan y determinan como personajes. Sucesos que no producen un giro inmediato, sino un efecto imprevisible, con consecuencias que pueden persistir incluso en la vejez. De ahí la necesidad de Munro de prolongar el tiempo en sus cuentos, en un registro semejante al tempo de la novela. De esto modo ofrece un retrato muy completo de sus personajes. Pero no por ello sabemos más de sus vidas; el retrato es siempre difuso y gris. Sus personajes, normalmente mujeres, se desvanecen en sus existencias familiares, al lado de sus maridos, manteniendo, eso sí, "en el presente o en el recuerdo, una guarida íntima, con su arrebato y su confusión".

miércoles, 5 de marzo de 2003

Libros / La guerra, con mirada maestra

 



La guerra, con mirada maestra

05 ABR 2003 - 00:00 CEST

El Nobel Ivo Andric es la figura señera de las letras yugoslavas. Un puente sobre el Drina es un monumento literario y casi una radiografía profética de las fuerzas que han contribuido a destrozar los Balcanes y de modo especial su patria chica, Bosnia. Crónica de Travnik participa de la misma pasión por la férrea estructura narrativa y por la vertebración de la trama a través de periodos históricos, en este caso las guerras napoleónicas. Pero lo que subyuga es la capacidad de Andric (1892-1975) para concebir y desarrollar todas las contradicciones de sus criaturas y fundirlas con el peso desolador de la Historia con mayúsculas.