jueves, 24 de abril de 2014

Fernando Gaitán / A mí me insultó García Márquez

Gabriel García Márquez
según David Levine

Fernando Gaitán

A mí me insultó García Márquez

El Tiempo, 21 de abril de 2014

El libretista colombiano Fernando Gaitán cuenta que el escritor lo regañó durante 20 minutos.

Ese es el epitafio que quiero para mi tumba, le dije a Rocío Arias, una maravillosa periodista española, que por aquellos días estaba haciendo un artículo ligero y divertido sobre qué escrito deseaban algunas celebridades que figurara en su lápida.
El mío, para sorpresa de ella, lo tenía tan claro como jamás había tenido algo claro en la vida. Ella ignoraba que la llamada la estaba recibiendo en mi cama, donde había quedado tirado y sin ganas de vivir, durante las dos ultimas semanas luego de recibir una llamada de García Márquez desde Cuba, y con mucha razón, me propinó un regañó magistral que me dejó agonizando como escritor.
Era el final de un sueño que se había iniciado años atrás, en 1993, cuando yo me encontraba escribiendo Café con aroma de mujer. Estaba en mi oficina del canal, colgado como siempre en la entrega de los guiones, cuando una asistente me dijo que Gabriel García Márquez estaba al teléfono y quería hablar conmigo.
Yo me quedé petrificado. Conocía perfectamente su obra, como la de ningún otro escritor, y más que un lector asiduo suyo era un devoto incondicional. Lo había leído desde la niñez cuando muchos de sus libros eran textos forzados en los colegios, pero sus obras no me generaban ningún esfuerzo sino una enorme pasión, y lo seguí leyendo por cuenta propia sin saber que sería de una gran influencia en mi vida de escritor, en lo que me convertí años después.
Antes de los 18 años había devorado todos sus libros y Cien años de soledad fue mi mayor revelación, el que me dejó con las ganas definitivas de ser escritor.
Luego, cuando me inicié como periodista a los 20 años en este periódico, García Márquez siguió dándole luces a mi vida. Su obra periodística era monumental, un camino a seguir, una mezcla deliciosa de realidad y literatura, y esa fue la alquimia que desde entonces empecé a buscar en mi trabajo.
Fui defensor abierto y aguerrido de su obra entre mis amigos intelectuales del momento, un gabista apasionado, y más en las épocas en que a este país, especialmente después del Nobel de Literatura, le dio por demoler la imagen del colombiano más importante en toda su historia.
Sí, García Márquez era y es y será mi escritor predilecto y el árbol de donde me he nutrido, y no me importa que sea un lugar común decir que soy gabista y que sea una coincidencia que ambos seamos colombianos, y que yo haya tenido la suerte de haber nacido en su tiempo y prácticamente en su espacio.
Sin embargo, hasta ese momento jamás había hablado con él, ni había tenido la suerte de cruzármelo en algún momento de la vida, tal como lo desee y lo soñé tantas veces.
Por aquellos días estaba la moda de algunos imitadores de la radio de hacer llamadas haciéndose pasar por gente famosa y yo podía ser una de esas victimas favoritas debido al éxito de la telenovela.
Así que pasé al teléfono y lo escuché saludarme, y felicitarme por mi trabajo. Y a pesar de que era la misma voz que yo había escuchado desde las épocas del colegio cuando en clase de literatura nos ponían las grabaciones de los escritores narrando con sus voces sus propios relatos, yo le contesté con una enorme prevención y con una frialdad tan ofensiva que se molestó y tuve que pedirle disculpas y confesarle que tenía el temor de que no fuera él.
“Ese Garzón me tiene jodido. Anota el teléfono de mi casa y llámame”. Se refería a Jaime Garzón, que lo imitaba perfectamente y ya le había hecho varias travesuras.
A los dos días de esa llamada, llegué a su apartamento de Bogotá. Quería que nos tomáramos un café y que le contara cómo era eso de ser escritor de telenovela.
Para nadie era un secreto que García Márquez, a pesar de pertenecer al Olimpo de los dioses de la literatura de todos los tiempos, sentía una enorme atracción por la cultura popular.
Siempre fue claro en advertir que su obra nació allí cuando admitía que sus relatos provenían de las narraciones que escuchaba en su casa y en su pueblo, y de ahí su veneración por el vallenato, por Escalona y Leandro Díaz.
También por aquella época estaba empecinado en escribir boleros y había hablado con Armando Manzanero y con Rubén Blades para que lo socorrieran en su anhelo.
Y por supuesto, la telenovela hacía parte de esa cultura popular que lo obsesionaba por entonces. Ya había tenido algunas experiencias con la televisión colombiana.
En 1975, y con su bendición, Bernardo Romero hizo una adaptación en seis episodios de La mala hora, para RTI. En 1.982, RTI hizo Tiempo de morir, un especial de dos horas con guion de cine suyo y dirigida por Jorge Alí Triana. A
García Márquez le gustó tanto esta producción que volvieron a rodarla, en 1985, esta vez para cine, con el mismo elenco de la versión televisiva.
En 1991, Audiovisuales produjo Crónicas de una generación trágica, un proyecto diseñado por García Márquez, y que consistía en un conjunto de seis episodios independientes, que narraban la historia previa a la Independencia de Colombia, en el siglo XIX, y que se iniciaba con la insurrección de los Comuneros hasta la aparición del pacificador Murillo. Una gran producción, sin embargo era más un proyecto cinematográfico que televisivo.
En 1991 finalmente se puso el overol de libretista de televisión y adaptó María, de Jorge Isaacs, para RCN, en diez episodios. La serie tuvo algunos cuestionamientos pues algunos decían que era más una obra literaria que televisiva: por un lado se apoyó en una voz en off que narraba en ocasiones las escenas que se veían en la pantalla, y era como escuchar la María de Jorge Isaacs pero escrita por García Márquez.
Y por otro lado, usó la técnica estructural del flash back cuando la novela original es un relato lineal. De cualquier manera, la María de García Márquez está considerada como una de las más grandes y bellas producciones de la televisión colombiana y sus libretos tienen esa enorme facultad de ser guiones de televisión pero también una gran obra literaria.
De todas estas experiencias suyas hablamos aquella tarde, sin embargo, toda su experiencia estaba en formatos cortos, de pocos capítulos. Cuando me preguntó cuántas páginas había que escribir para una telenovela y le dije que alrededor de cinco mil, soltó una estruendosa carcajada.
“Con todos los años que llevo escribiendo jamás llegaré a cinco mil páginas”, me dijo divertido y abrumado por el número, y yo tuve que responderle: “Maestro, es que usted es un escritor, yo soy un escribidor”.
Tuve que explicarle algo que él ya intuía, pero que era importante dejar en claro: cinco mil páginas en guion jamás se pueden comparar con cinco mil páginas literarias, y menos páginas como las suyas.
El guión de televisión, por lo general, no se escribe de lado a lado de la página, hay que dejar un espacio para las acotaciones de producción; el diálogo ocupa un gran espacio y no la prosa, y sobre todo está escrito a una velocidad vertiginosa, con un productor apuntándole a uno con un revólver en la cabeza; el escritor se mantiene encerrado 24 horas angustiosas, y no existe la posibilidad de que se bloquée, ni que padezca el famoso mal de la página en blanco; y si se le muere a uno la madre durante la escritura, no hay forma de llorarla ni de asistir a su funeral. “Una telenovela es un carcelazo de dos años bien pagos”, le dije.
No había forma de comparar la vida de un escritor de televisión con la de un literato. En esa época, las telenovelas se escribían mientras se producían y se emitían. Los guionistas se levantaban tras una noche de pesadilla a mirar el comportamiento de las audiencias y escribir el capítulo del día tomándole el pulso al espectador para satisfacerlo, y el tiempo era una ruleta rusa.
Durante el ejercicio de la escritura, el literato es un esclavo de su obra y de un libro que aún no ha dado a luz; el escritor de televisión es esclavo de su obra y de un público que lo espera ansioso todas las noches.
A pesar de mi insistencia en plantearle la diferencia entre literatura y guion, y decirle que la telenovela es una hija bastarda de la literatura, y que para mí la literatura era el género mayor y del respeto que me merecía, él quería rescatar algo de la telenovela que lo impactaba.
Sabía que Café con aroma de mujer movilizaba frenéticamente al público en Colombia y en muchas partes donde se emitía, que la gente se encerraba en sus casas a verla, que el tráfico disminuía, que los cines se quedaban vacíos, los restaurantes sin comensales y que los aeropuertos sufrían retrasos en sus vuelos pues los viajeros se quedaban viendo la telenovela en las salas y no abordaban hasta no terminar el capítulo.
Le expliqué que eso no era una virtud exclusiva de mi historia, sino de muchas telenovelas. En la Unión Soviética, le conté, emitían Los ricos también lloran de 7 a 8 de la noche, y generó un problema monumental pues la gente llegaba a las 6.30 p. m. a preparar la comida, lo que generaba una sobrecarga en las centrales termoeléctricas en todo el país; luego veían la novela mientras cenaban, y las 8 lavaban los platos, lo que a su vez generaba atascamientos en los desagües de las ciudades.
En ese punto dijo: “Bueno, que un país se paralice por un desastre natural, o por un golpe de estado, o un estado de sitio, es una cosa, pero que eso lo genere una historia, es un puesto de honor que le corresponde a la literatura”.
Nuestro siguiente encuentro fue convocado por el director Sergio Cabrera. García Márquez quería llevar al cine uno de sus cuentos: La siesta del martes. La historia de una madre y su hija que van a visitar en un pueblo lejano la tumba de su hijo y hermano, que había sido boxeador, y que terminó robando para mantener a su familia.
García Márquez quería que yo lo convirtiera en un guion de cine. Por supuesto conocía el cuento de cuatro páginas y lo amaba, pero nunca me cupo en la cabeza cómo convertirlo en un guion de 90 minutos. Había que alargar el relato, y confieso que me dio terror.
Eso era como si un pintor tomase el Guernica de Picasso y le pintara más cosas a su alrededor. Y a pesar de que estaba autorizado para cometer el sacrilegio, preferí confesarle que no me atrevía a tocar su obra y le dije que pensaba con todo respeto que habían cosas que le pertenecían exclusivamente a la literatura y que eran sagradas. Y me quedé con la frustración, pues siempre quise adaptar obras suyas, incluso, confieso ya sin pudor, Cien años de soledad.
No supe si mi decisión lo había molestado, pero años más tarde me llamó a invitarme a participar en un taller suyo en San Antonio de los Baños, en Cuba, una facultad de cine y medios audiovisuales creada por él y el gobierno cubano.
Para horror mío, no tenía tiempo. Le expliqué, “la maldita vida del guionista de televisión. No puedo abandonar mi puesto de combate”.
Pero le di la solución de inmediato. Le hablé de una gran escritora, de Mónica Agudelo, que venía de hacer Sangre de lobos y La madre, con Bernardo Romero y tenía tiempo para asistir.
García Márquez no conocía su trabajo, y tuve que poner sin duda las manos en el fuego por ella: “Mónica es mil veces mejor que yo”. Los puse en contacto y García Márquez le puso una prueba sencilla y contundente para medirle sus niveles. “Cuéntame un chiste corto”, le dijo, y la tomó por sorpresa.
Mónica no tenía memoria para los chistes y menos de uno que hiciera reír a un Nobel de literatura. Sin embargo, en medio de la angustia, rescató uno de la memoria que lo hizo reír y se la llevó para Cuba sin pensarlo más.
Desde entonces, Mónica fue su guionista colombiana predilecta. La quería, y Mónica empezó a tocar el cielo con las manos cuando a García Márquez le encantó una historia de ella que especulaba sobre la presencia de Hitler en Popayán, después de terminada La Segunda Guerra Mundial.
Mónica empezó a trabajar en el guion sacándole el tiempo a su trabajo en televisión, que era su sustento de vida.
Al año siguiente, volvió a invitarme a San Antonio y tampoco pude. Volvió a llevarse a Mónica esta vez con otro libretista colombiano, Mauricio Miranda. Pero le juré por mi vida que iría al año siguiente.
La suerte no estaba de mi lado, y cuando me llegó de nuevo la invitación a través de un correo electrónico, tuve que desistir pues me encontraba en una batalla campal en la escritura de Guajira, otra telenovela mía.
No sé que diablos pasó con la excusa que envié, lo cierto es que pocos días después estaba en mi oficina, y me dijeron que Gabriel García Márquez estaba al teléfono. Yo pasé de inmediato pero esta vez no era la voz amable de la primera vez.
Era un Nobel disgustado porque lo había dejado plantado en San Antonio de los Baños. Yo le expliqué que había enviado un correo excusándome, y que no entendía que había ocurrido. Lo cierto es que la excusa jamás llegó a sus manos ni a la de nadie de la Escuela, pero eso no me salvó del regaño.
No voy a trascribirlo aquí literalmente por varias razones. La primera porque entré en pánico, y la otra porque cometería un sacrilegio y sería una irresponsabilidad de mi parte al tratar de escribir su prosa: lo que si recuerdo perfectamente es que era un regaño magistral, de unos 20 minutos, de frases impecables y contundentes.
En pocas palabras, me dijo que la televisión era un gran medio pero que ni yo, ni Mónica, ni los libretistas en general, podíamos quedarnos toda la vida en ella, que teníamos que lograr otros niveles, pero que nuestro apego y devoción por la televisión nos iba dejar sumergidos en esa maldición de la que tantas veces le hablé y que ahora se había convertido en mi mayor justificación de vida como artista, que ya eran demasiadas las concesiones que le hacía, y que era lamentable mi actitud. Yo solo pude decirle un “lo siento maestro” antes de que me colgara.
En ese momento, sufrí mi primera muerte en vida. Mi aspecto de cadáver llamó la atención de todos los que estaban allí, y me preguntaron qué había pasado con el gran maestro: “García Márquez acaba de insultarme”.
Por supuesto no pude volver a escribir. ¿Qué escritor puede crear una frase después de que un Nobel lo regaña? Y más cuando se trata de su escritor del alma. Literalmente caí en cama, las frases brillantes contra mí no se me iban de la cabeza, y si dormí no hice más que soñar con él y su regaño.
Como dejé de escribir, se corrió el rumor entre los escritores. “Gaitán está en cama, García Márquez lo insultó”. Y se inició una procesión en mi casa como si visitaran a un moribundo y todos creían tener la medicina para volverme a la vida, a pesar de que todos sabían que era irremediablemente mortal lo que me estaba pasando.
“Llámalo, mándale una carta, envíale un mensaje con alguien”. Pero yo no tenía nada qué decirle. Todo lo que me había dicho era irrefutable. Era mejor que me dejaran morir ahí. No tenía alma ni cara para seguir adelante como escritor.
Mónica Agudelo, que podía ser el medio para llevarle algún mensaje de piedad, también estaba en la lista de los sindicados porque no había podido terminar el guion que prometió, por lo mismo, por la bendita televisión, y tenía una angustia descomunal, pues García Márquez la había citado en diferentes partes del mundo para hablar de su historia, que podía ser producida por Robert Redford, según le dijo el maestro.
Incluso, en una de esas citas, Mónica Agudelo llegó a un apartamento de García Márquez en algún punto de Europa (que ahora no recuerdo exactamente y Mónica ya no está en este mundo para verificarlo) y escuchó una voz poderosa que cantaba desde la cocina y luego descubrió que era Francis Ford Coppola que estaba cocinando. García Márquez le contó con entusiasmo la historia de Hitler en Popayán y le dijo que Mónica pronto tendría el guion.
Así que Mónica estaba metida en el mismo infierno mío, pero no la habían regañado como a mí. Me dijo que no me angustiara tanto que estaba segura que por este desplante, García Márquez no iba a hablar contra mí ni acabarme como escritor.
Yo también estaba seguro de eso. Pero era algo de dignidad, y sabía que la soga me la estaba colgando yo solo. Pasé muchas noches y días, tumbado en la cama, con la voz de mi maestro recriminándome y no encontraba la salida.
Días más tarde, la encontré, y llamé a Mónica a consultársela. Como ella lo conocía mejor que yo, le pregunté si sabía a cuanta gente García Márquez había insultado. Ella me dijo que a muy pocos, que ambos sabíamos que era un hombre superior a las contrariedades de la vida, así que le dije que entonces yo era uno de esos pocos privilegiados.
Y eso empezó a animarme. Pocos mortales en este planeta tenían el privilegio de ser regañados por él, pocos le habían generado la iniciativa de tomar un teléfono desde Cuba y dedicarle 20 minutos para regañarlo con muy buena literatura. Y yo era uno de esos honrados, y tenía que convertir ese infierno en una bendición.
Así que, cuando me llamó Rocío Arias a preguntarme mi epitafio, estaba claro que en mi tumba debe decir lo que hasta ese momento, y aún todavía, ha sido mi mayor logro: “A mí me insultó García Márquez”.
Sin embargo, Mónica y todos mis amigos escritores, sabían que era un paño de agua tibia para poder seguir adelante con mi vida, que el suceso me seguía carcomiendo como una enfermedad letal. Alguna vez me encontré con un colombiano que estaba metido en la parte académica en la Escuela de San Antonio, y me preguntó si jamás iba a dictar un curso allá. Le dije que por supuesto, que tenía una deuda grande, y que no podía morirme sin saldarla.
Contra viento y marea, pues ya estaba empezando a diseñar Betty la fea, viajé a Cuba, pero él no estaba allí, sino en México. Igual, cumplí mi promesa, con la ilusión de que mi maestro supiera que a pesar de nuestro desencuentro, yo había cumplido.
Nunca supe si se lo dijeron o no en Cuba, lo cierto es que Mónica, a riesgo de ser regañada pues seguía sin culminar el guión, le contó que yo había cumplido la penitencia, le habló de mi epitafio y le suplicó piedad por mi.
Años después, fui invitado a la primera versión del Hay Festival en Cartagena, y García Márquez era el anfitrión. En la tarde de la inauguración, estaba parado frente a la puerta de entrada de la Casa de Huéspedes Ilustres, y para mi, mientras hacia la fila, era como estar a las puertas del cielo, la hora de la verdad después de tantos años de agonía, y García Márquez era quien podía impedírmela.
Cuando estuve frente a él, me miró y me reconoció. Y le dije, “sí, maestro, soy yo, el maldito libretista de televisión”. Sonrío y solo me dijo: “Ni te atrevas a dejarme crucificado en tu lápida”. Me dio una palmada suave de absolución en la espalda, y finalmente pude ingresar al cielo.



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