domingo, 22 de octubre de 2000

Tennesse Williams / Una copa con Blanche



Tennesse Williams

Una copa con Blanche 

JOAN DE SAGARRA
22 OCT 2000

En aquel otoño de 1962, entre la progresía teatral de París, donde procuraba hacerme un hueco colocando un artículo o una crítica en tal o cual periódico o revista a cambio de unas butacas, de una cena caliente o de unos pocos francos, hablar de Tennessee Williams, demostrar un mínimo afecto por el teatro de Tennessee Williams era algo considerado políticamente incorrecto, como decimos ahora. Entonces, entre la progresía teatral de París, el teatro norteamericano tenía un nombre: The Living Theatre.Afortunadamente, entre mis compañeros del Institut d'Études Théâtrales de la Sorbona había un cubano, Carlos Bernis, 9 o 10 años mayor que yo, al que le gustaba Tennessee Williams una barbaridad, y encima había asistido de adolescente a algunos de los estrenos de Williams en Nueva York. Así que mientras me deshacía en elogios del Living -del que sólo había visto un espectáculo, The brig, de Kenneth Brown, que me dejó frío- con mis amigos progresistas, me consolaba hablando de Williams con mi compañero cubano.
Carlos me contaba que había visto a Laurette Taylor, la Amanda Wingfield de El zoo de cristal, en Broadway, en 1945, un año antes de su muerte. Y lo contaba de un modo que a mí se me ponía la piel de gallina. Cuánto envidiaba a Carlos, aquel guapo homosexual, gran señor sin un duro, más progresista que todos mis amigos progresistas -estaba metido hasta el cuello en la lucha por una Argelia libre, para los argelinos-, el cual me contaba que en 1947 había asistido con unos amigos a una representación de Un tranvía llamado deseo, con Jessica Tandy (Blanche), Kim Hunter (Stella), Karl Malden (Mitch) y... Marlon Brando (Stanley Kowalski).
Yo conocía ese teatro, el de Williams, por las películas. A veces por los mismos actores y actrices que las habían estrenado en los teatros de Broadway. Intérpretes extraordinarios, en buenas, a veces buenísimas películas. Vivien Leigh, la Blanche del Tranvía, la señora Stone de La primavera romana de la señora Stone (que no es un drama sino una narración de Williams), con Warren Beatty; la Liz Taylor de De repente... el último verano, con Monty Clift y la Hepburn; la Liz Taylor, la Maggie, de La gata sobre el tejado de zinc... (¡caliente!), con Paul Newman, Brick; el Richard Burton y la Ava Gardner, Maxime Falck -Carlos había visto interpretar este personaje a Bette Davis-, de La noche de la Iguana; la Magnani y Burt Lancaster en La rosa tatuada...
Tennessee Williams, en la pantalla, es, curiosamente, el autor teatral que más me llega, que más me llena en los años de la adolescencia y de la juventud. Más que cualquier autor francés, español, inglés, italiano... Más que Arthur Miller. Pero siempre en las pantallas. No recuerdo ninguna representación de una obra de Williams que me haya hecho el mismo efecto que algunas de las películas que he visto, versiones cinematográficas respetuosas, libres o libérrimas de sus obras teatrales. Recuerdo a Aurora Bautista en La gata sobre el tejado de zinc...(¡caliente!), en el Eslava, en Madrid, pero sin la calentura de la Taylor; recuerdo un Williams menor, Advertència per a embarcacions petites, en el Lliure, con una Lizaran deslenguada, con una gorrita de lana; recuerdo un Zoo de cristal, de Mario Gas, en L'Hospitalet, con Amparo Soler Leal, Maruchi León, Francesc Orella y Àlex Casanova, un buen, un excelente montaje, que a la vez me recordaba otro visto, años atrás, en el desaparecido Candilejas. Y también recuerdo con simpatía una Caída de Orfeo que vi en Nantes, por el Théâtre de la Chamaille. Pero ninguno de estos espectáculos puede compararse con el Williams que yo había descubierto en la pantalla (salvo la versión cinematográfica de El zoo de cristal que traiciona, descaradamente, el final de la pieza).
Cuando me enteré de que en el Romea iban a programar Un tramvia anomenat desig, con Emma Vilarasau en el papel de Blanche, me dije que debía ir a verlo. Voy muy poco, rarísimas veces al teatro, sobre todo en Barcelona, pero la Blanche de la Vilarasau, una de mis escasas actrices favoritas, era algo que no podía, que no debía perderme. Me invitaron al estreno, el martes pasado, pero coincidía con la presentación de un libro de mi amigo Marsé en el Carmel, así que compré dos butacas de la fila 11, pasillo (7.000 cucas), para la función del viernes por la noche. Por la tarde, en vez de ponerme el vídeo de la película de Kazan -que también dirigió el montaje teatral-, me leí el texto de Williams, en la edición de Penguin Books del 59. Quería tener el texto fresco, a flor de labio.
El espectáculo -porque es todo un espectáculo, con una escenografía espectacular-, que firma Manuel Dueso, duraba tres horas. Me salí a la media parte -al cabo de dos horas- y no volví a entrar. Me fui a tomar una copa, con Blanche, con Vivien Leigh, con mi Tennessee Williams de la pantalla del cinematógrafo. "¿No te quedas?", me dijo el reportero Martí Gómez. "¿Cómo vas luego a hablar de ello?", me dijo mi querido reportero. Tenía razón, siempre tiene razón el reportero Martí Gómez, pero es que yo no tenía que hablar de ello. Yo había ido al Romea como cuando era jovencito iba al cine o al teatro, a ver si por casualidad me encontraba con Blanche du Bois. Y me encontré con una excelente actriz, Emma Vilarasau, que aterrizaba en New Orleans, un New Orleans sin negros ni mexicanos, como aterrizaría no una histérica señorita sureña de 30 años, sino como aterrizaría una chavala de Mollerussa en el barrio del Raval antes del look closiano. No había ningún misterio en esa Blanche (una Blanche vestida por su peor enemigo). Había, sí, una excelente actriz que intentaba defender un triste e hinchado montaje, apoyada por otra excelente actriz, Àurea Márquez (Stella, la hermana de Blanche), mientras Marc Martínez -el Kowalski de Marlon Brando- confundía su personaje con un modelo de samarretes de Calvin Klein, y Jordi Figueras, el Mitch que interpretaba Karl Malden, se paseaba por el complicado escenario del Romea sin pena ni gloria.
Cuando los críticos digan que la Vilarasau está estupenda, que ella y Àurea salvan el espectáculo, dirán verdad. Pero también es verdad que la Vilarasau no es la Blanche de Williams, todo lo que se espera de una excelente actriz que se enfrenta -bien dirigida o no- a la Blanche -ahí está el texto- de Williams.
Esas cosas me ocurren a mí por la envidia que un día me produjo la memoria, la pasión teatral de Carlos Bernis; por el cariño y el respeto que siento por Emma Vilarasau, y por esa extraña sensación de intranquilidad o de inseguridad que me asalta en los atardeceres del otoño barcelonés y me lleva a descabelladas aventuras, como la de tomarme una copa con Blanche du Bois en el Romea, cuando puedo tomármela en casa con Vivien Leigh, con Kim Hunter, con Marlon Brando y Karl Malden. Y Elia Kazan. Y con Tennessee Williams, que, dicen, tenía un buen saque.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de octubre de 2000




domingo, 15 de octubre de 2000

Joan de Sagarra / Noticias de Andrea Camilleri

Andrea Camilleri_
Foto de KICCA TOMMASI

Noticias de Andrea Camilleri 


JOAN DE SAGARRA
15 de octubre de 2000


"Firmemente decidido a no caer en la tentación, pasó como un bólido a 120 por hora por delante del restaurante en el que se había dado un atracón a la hora del almuerzo. Pero medio kilómetro más allá, la decisión se resquebrajó de golpe y lo indujo a frenar, dando lugar a unos furiosos bocinazos del claxon del coche que circulaba detrás. El conductor, en el momento de adelantarlo, lo miró enfurecido y le hizo el gesto de los cuernos. Montalbano efectuó una cerrada vuelta en uabsolutamente prohibida en aquel tramo de la carretera, entró directamente en la cocina y le preguntó al cocinero sin saludarlo: ¿Cómo guisa usted los salmonetes de roca?".Txell Torrent, jefa de prensa de Emecé Editores, me hace llegar una copia, sin corregir, de El ladrón de meriendas (Il ladro di merendine), de Andrea Camilleri, "que l'editorial publicarà d'aquí a unes setmanes". Y añade: "Espero que la disfruti". Y tanto que la he disfrutado, Txell. I tant! Aunque, posat a fer de torrecollons, o de pedante, te diré que en "le hizo el gesto de los cuernos" (gli mostrò le corna), me sobra "el gesto", y que eso de "le preguntó al cocinero" (spiò al cuoco), el verbo preguntar se me antoja una pizca débil ante la puñetería siciliana y la gazuza historicovisceral del comisario Montalbano.
Pero lo cierto es que me lo he pasado muy bien. "Ma lei, le triglie di scoglio, come le cucina?". "¿Cómo guisa usted los salmonetes de roca?", en la traducción correcta, demasiado correcta de Emecé (los salmonetes de roca se cocinan, se preparan, se hacen, amén de guisarse). "Ma lei, le triglie di scoglio, come le cucina?" Entre las no pocas virtudes de la literatura de mi buen amigo Andrea Camilleri, una de las principales, por no decir la primera, es que me abre el apetito, el apetito siciliano. Así que, después de leerme, en castellano, esa copia, sin corregir, de Il ladro de merendine, tercera novela del comisario Montalbano, me entró una gazuza tan visceral, a falta de histórica, como la del propio comisario. Una gazuza siciliana. Concretamente, de arroz con chipirones. Pero no encontré chipirones y me tuve que conformar con un baccalà alla sicilliana, cu sugu. Me fallaron los tomates, pero me defendí con las olivas, negras, y el plato me salió más que decente.
La literatura de Camilleri me abre el apetito, siciliano, ya sea en su jerga original ya sea traducido a cualquier otro idioma latino. Acostumbro a leerlo en el italiano sporco de Andrea, relleno de un siciliano familiar, sumamente original -el de su padre-, que ni el mismísimo Sciascia comprendía -y yo infinitamente menos-; en castellano, en catalán y en francés (dentro de poco voy a probar con el portugués, y el rumano, en el caso de que esté traducido a esta lengua, que me agrada). De las traducciones, prefiero las castellanas, luego las catalanas -que podrían mejorar, como las castellanas-, y en último término, las francesas, las cuales, hay que decirlo, son las mejores. Lo son, sí señor. Cuando Serge Quadruppani traduce al francés Il birraio di Preston (L'opéra de Vigàta), lo hace intentando -y lo consigue- que los personajes de la novela de Camilleri que se expresan respectivamente en florentino, en milanés y en romano lleguen como tales, dialectalmente hablando, al lector francés, cosa que Juan Carlos Gentile Vitale, traductor de la misma obra al castellano (La ópera de Vigàta, Destino, julio 2000) no logra, pero, a pesar de ello, el texto cojitranco de Gentile Vitale me acerca a mí, barcelónes-napolitano, más al lenguaje, a la jerga paterna de Andrea, que la performance traductora, y digna de elogio, de Quadruppani. Y es que en francés, la Sicilia, la Sicile de Guy de Maupassant, suena más a Mazarin, con su tufillo cardenalicio, que a la villa siciliana donde solía tomar el aperitivo el judío del padre del cardenal Mazarin.
"Ma lei, le triglie di scoglio, come le cucina?" Yo los hago a la parrilla, con una picada de ajo y perejil. Y a Camilleri lo leo, lo disfruto en su italiano sporco, en el lenguaje de su padre, vecino de Porto Empedocle, regado, como los salmonetes, con un Corvo blanco.
Más noticias de Camilleri. El responsable del liceo de Ispica (Sicilia) ha decidido sustituir la lectura y comentario de texto, obligatorios, de I promessi sposi, de Manzoni, por el de Il birraio de Preston, de Andrea Camilleri. Total, que los chavales y chavalas del liceo de Ispica, hartos de preguntarse cómo iban a maridarse -¿canónica, no canónicamente?- la triste pareja de Renzo Tramaglino y Lucia Mondella, mientras el capuchino Cristòforo escucha al taimado don Rodrigo y a sus nobles familiares entretenerse sobre el futuro que les aguarda a Richelieu y a nuestro conde-duque, los chavales y chavalas del liceo de Ispica -repito- van a pasárselo en grande leyendo y comentando uno de los grandes polvos de la Sicilia de este siglo: el de Concetta Riguccio y el bello Gaspano, con su solo ojo, azul, de un azul intenso, y su verga mitológica, siciliana. El bueno de Andrea Camilleri, en una carta dirigida al colega Alessandro Manzoni y publicada en La Stampa, mientras se da con el puño en el pecho y entona el "Domine, non sum dignus", parece mostrarse la mar de encantado, tal como le hubiese sucedido a Martí i Pol si en vez de no darle el Premio Nobel de Literatura le hubiesen regalado una camiseta del Barça.
Y más noticias de Camilleri. La última. En la librería Laie he encontrado un ejemplar de La testa ci fa dire. Dialogo con Andrea Camilleri, de Marcello Sorgi (siciliano, periodista, director de La Stampa). Un libro espléndido (Sellerio editore, Palermo, 1.500 pesetas) que recomiendo a todos los amigos de Andrea. Y termino con él: "Un escrittore non può essere un eroe positivo", le dice Andrea a Sorgi. Y añade: "Io sono molto grato a Leonardo Sciascia, anche se nulla mi lega a lui, per aver parlato di scetticismo illuministico per descrivere lo stato d'animo dello scrittore. Diceva Montaigne che anche se sali sul più alto degli alberi, sempre il culo fai vedere!" (la cursiva es mía).
"Ma lei, le triglie di scoglio, come le cucina?". Un grato tipo, Andrea Camilleri. ¿Pasará la tele la serie que en mayo del pasado año pasó la tele italiana sobre Il commissario Montalbano? Y, de no ser así, ¿podrían pasárnosla en el Instituto Italiano, para los amigos de Camilleri? Yo me encargo de los salmonetes, del bacalao, de lo que sea, en mi condición de pinche, solícito y respetuoso pinche del gran cuoco Sandro Castro, de Catania, otro buen amigo de Andrea. "Ma lei, Sandro, le triglie di scoglio, come le cucina?".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 15 de octubre de 2000



FICCIONES

DE OTROS MUNDOS

Cuentos


jueves, 12 de octubre de 2000

Benjamín Prado / Los sospechosos

Los sospechosos


BENJAMÍN PRADO
12 OCT 2000

Algunas personas no son ellas. Algunas personas viven otra vida, no son lo que parecen, no tienen absolutamente nada que ver con su parte de afuera. En Francia ocurrió un caso terrible hace unos años, ocurrió la increíble historia de Jean-Claude Romand, un hombre que mató una mañana a su mujer, a sus padres, a sus hijos y a su perro para que no supiesen quién era en realidad. Romand había empezado a mentir a los dieciocho años, cuando falsificó sus notas de la universidad e hizo creer a sus padres que era un buen estudiante, un muchacho cuyo futuro estaba lleno de puertas abiertas y cabos tendidos. Esa mentira le llevó a otra, y ésa, a otras nuevas, cada una más complicada y más peligrosa que la anterior. Cuando fue detenido, la policía descubrió que no era médico, como todo el mundo creía; que jamás logró pasar del segundo curso en la Facultad de Lyón, puesto que jamás volvió a presentarse a ningún examen; que cuando salía cada mañana de su casa no iba al trabajo, como creyó su familia durante décadas, sino a pasear por los bosques del Jura o a esperar dentro de su coche, estacionado en el aparcamiento de cualquier supermercado o estación de servicio, a que pasaran lentamente las horas laborables de cada día.Por supuesto, Romand tampoco era, como todos creían, investigador de la Organización Mundial de la Salud en Ginebra; no pasaba gran parte de su tiempo asistiendo a coloquios internacionales, ni daba conferencias a lo largo y ancho de Europa, ni frecuentaba a embajadores y a ministros. Todo eso era mentira. Jean-Claude Romand era un demente aficionado a los prostíbulos baratos y a los negocios turbios que, antes de ser descubierto, mató a su mujer a golpes, mató a sus hijos, a sus padres y al perro de sus padres a tiros, le prendió fuego a su casa y, al parecer, quiso suicidarse. Sobrevivió, fue condenado a cadena perpetua y su historia la cuenta el escritor Emmanuel Carrère en El adversario, un libro escalofriante, una obra entre la ficción y el reportaje que tiene las características, la intensidad y las dimensiones de A sangre fría, de Truman Capote, o La canción del verdugo, de Norman Mailer, o El secreto de Joe Gould, de Joseph Mitchell.
A veces, sin embargo, uno no finge ser otro, sino que lo quieren convencer de que es otro, le aseguran que es ese otro, y a continuación le condenan por serlo. Eso es lo que le pasó a un hombre que, hace unos días, fue detenido en Madrid, acusado de ser un atracador que no era, mientras paseaba por la calle del General Ricardos, lo cual no debe de ser una casualidad, puesto que el paso de Ricardos por el siglo XVIII tampoco había sido un camino de rosas: después de fundar el colegio militar de Ocaña y antes de obtener la Capitanía General de Cataluña, fue perseguido por la Inquisición, acusado de enciclopedista y desterrado a Guipúzcoa. El caso es que el pobre hombre que paseaba tranquilamente por Madrid fue reconocido por dos empleadas de una tienda como el truhán que les había desvalijado veinte días antes a punta de pistola, fue detenido por la policía, esposado, llevado a comisaría, reconocido por segunda vez en una rueda de sospechosos y enviado a la cárcel por un juez. Allí pasó nueve días, hasta que alguien se molestó en comprobar que todo lo que había declarado era cierto: tenía treinta y seis años, vivía en Oropesa, trabajaba en un supermercado y el día en que se cometió el delito él estaba a quinientos kilómetros de la calle General Ricardos, apilando botes de mermelada o quizá poniendo hielo picado alrededor de unas cuantas pescadillas.
¿Qué pensaría ese hombre durante esos nueve días? ¿Llegaría a convencerse, en algún sentido, de que era esa otra persona que los demás, una y mil veces, sin ningún asomo de duda, aseguraban que era? ¿Qué huella dejará en el hombre real el hombre inventado, ese hombre que fue durante algo más de una semana un tipo que tenía una pistola, que entraba en los comercios y vaciaba las cajas registradoras y a los pocos días volvía otra vez a ellos para amedrentar a las empleadas y puede que para volver a desvalijarlos? Siempre pensé que debe de ser muy extraño cuando te trasplantan un riñón o una mano en un quirófano, pero ¿cómo debes de sentirte cuando te trasplantan a un hombre entero? Tengan cuidado, quizá alguien les reconozca. Quizá ustedes no sean ustedes.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de octubre de 2000


lunes, 9 de octubre de 2000

Isaac Bashevis Singer / La literatura debe proporcionar placer al lector

Isaac Bashevis Singer

PREMIO NOBEL DE LITERATURA 1978
BIOGRAFÍA

Bashevis Singer: "La literatura debe proporcionar placer al lector"


JUAN GONZÁLEZ YUSTE
Washington 6 OCT 1978


lsaac Bashevis Singer, un novelista norteamericano de origen judeo-polaco, cuya obra, escrita principalmente en hebreo, es escasamente conocida, fue galardonado ayer por la Academia Sueca con el Premio Novel de Literatura de 1978.




Singer, de 74 años de edad, reside habitualmente en Nueva York, pero ayer se encontraba en Miami. Fue su esposa quien le dio la noticia de que había ganado el Premio Nobel y el escritor no la creyó en un principio. Más tarde, Isaac Bashevis Singer declararía que no sabía ni siquiera que hubiera sido propuesto para el premio y que nunca tuvo esperanza de ganarlo, porque «existen tantos buenos autores», pero añadió que «estoy muy complacido y soy muy feliz».Nacido en 1904 en Radzymin, cerca de Varsovia, Singer emigró a Estados Unidos en 1935 y adquirió la ciudadanía norteamericana en 1943. Su padre y su abuelo fueron rabinos, y el joven Singer pasó su infancia en los «ghettos» judíos de Polonia. Sus obras se desarrollan con frecuencia en estos ambientes, y ello ha sido uno de los motivos citados por la Academia Sueca para concederle el premio a su «arte narrativo, que tiene sus raíces en la tradición cultural judeo-polaca».
Es la segunda vez en tres, años que el Premio Nobel de Literatura es ganado por un norteamericano. En 1976 el galardón universalmente conocido se concedió a Saul Bellow. El poeta español Vicente Aleixandre obtuvo el premio en la edición del año pasado. El premio está dotado este año con unos 165.000 dólares (más de doce millones de pesetas).
El nuevo Premio Nobel, que escribe generalmente en yiddish, ha publicado cuentos y narraciones cortas, traducidas al inglés, en revistas como The New Yorker, Harpers y Commentary. Su primera novela, Satán en la gloria, apareció en 1935.
Quizá su novela más conocida sea En el patio de mi padre, que se publicó en 1966. Entre su abundante producción literaria destacan las siguientes novelas: El mago de Lublin (1961), El Spinoza de Market Street (1961), Un amigo de Kafka(1970), Una corona de plumas (1977) y Shosha, que apareció en junio de este año. Otras importantes obras de Singer forman una trilogía, que es la saga de una familia judía, compuesta por The family Moskatt, The manor y The estate.
La Academia Sueca indica en su comunicado que Singer narra en sus obras «la vida de los judíos del Este europeo, tal y como se desarrollaba en pueblos y ciudades, en la pobreza y bajo la persecución». «Su lenguaje -añade la Academia- es el yiddish, el lenguaje de la gente sencilla.»
Singer declaró ayer que, en su opinión, la principal función de la literatura es proporcionar placer al lector, y dijo que «no creo en los escritores que intentan hacer que los lectores se sientan culpables». El nuevo Premio Nobel declaró, asimismo, su admiración hacia los escritores del siglo XIX que intentaban entretener a su público, como Tolstoi, Dostoyevsky, Gogol o Flaubert.
La elección de la Academia Sueca causó sorpresa en los círculos literarios de Estados Unidos, donde se daba por seguro que el Nobel de este año sería para el escritor británico Graham Greene, que lleva quince años aspirando al premio. Al parecer hubo una fuerte polémica al discutir sobre Greene en la Academia y se optó por una solución de compromiso adjudicando el premio a Issac Bashevis Singer.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de octubre de 1978





domingo, 8 de octubre de 2000

Isaac Bashevis Singer / "Las cosas de los judíos siempre han oscilado entre la vida y la muerte"

Isaac Bashevis Singer

"Las cosas de los judíos siempre han oscilado entre la vida y la muerte"



Gabriel Guevara
Estocolmo, 12 de diciembre de 1978

La entrega de los premios Nobel, efectuada el pasado domingo en las capitales de Suecia y de Noruega, se desarrolló como es habitual. Los galardonados con el de la Paz este año fueron el primer ministro israelí, Begin, y el presidente egipcio, Sadat -representado en el acto-, y fueron recibidos con grandes medidas de seguridad. El acto de entrega desató las mismas controversias que la propia concesión. Este desacuerdo sobre la idoneidad de los premiados con el Nobel de la Paz ya resulta tradicional.

Frágil, cerúleo, pero implacable contra toda tontería periodística, el septuagenario Isaac Bashevis Singer -Premio Nobel de Literatura de 1978- se resiste al show televisivo en que los usos y costumbres de los años setenta han convertido a la tradicional ceremonia sueca de entrega de los lauros.¿Qué significa en su vida premio Nobel?, se entromete un enjundioso corresponsal inglés. «La pérdida de dos meses de trabajo», dice el anciano, y la malicia judía, más allá de las cosas de este mundo, le brilla en los ojuelos.
¿Por qué escribe en yidish y no en hebreo?, interroga otro, como trampolín a preguntarle por qué no usa la lengua oficial del Estado de Israel. «Porque el hebreo es una lengua muerta», osa decir Singer, sin respetar que Menahem Begin está desde ayer en Oslo para recibir otro premio Nobel. «Porque el yidish es el idioma que usaban los personajes de mis novelas cuando les pasaba lo que narro», agrega.
¿Cómo controla, entonces, las traducciones de sus novelas al inglés? La calavera de Singer sonríe de nuevo, mirando hacia el suelo: «A veces las hago yo mismo». Y agrega, misteriosamente: «El yidish es el idioma para relatar las cosas de los judíos, que siempre han oscilado entre la vida y la muerte. Para los judíos, la muerte sólo puede mencionarse en yidish.
El pasado domingo, cuando leyó en la Academia Sueca la tradicional disertación de todo premio Nobel, dijo cosas más discutibles:
«El narrador y el poeta de nuestra época, como el de cualquier época, debe ser un entertainer del espíritu en el cabal sentido de la palabra, no apenas un predicador de ideas sociales o políticas. No hay excusa para una literatura tediosa que no intrigue al lector, que no estimule su espíritu, que no le proporcione la alegría y el escape que el arte siempre asegura. Dicho esto, también es verdad que el escritor serio de nuestra época debe estar profundamente preocupado acerca de los problemas de su generación.»
La conferencia fue en inglés, pero ese primer pasaje Singer lo leyó en yidisch. En parte porque la televisión se lo había pedido, pero quizá también como forma de retener un secreto cuya esencia no contará a nadie.
En su conferencia, Singer subrayó que el poder de la religión es hoy más débil que nunca y que la familia está perdiendo sus bases espirituales.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de diciembre de 1978