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jueves, 16 de julio de 2015

Aviñón / Gran teatro del mundo


Aviñón, gran teatro del mundo

Amor y muerte, tragedia y comedia, diversión y reivindicación. Todo cabe en el escenario más gigantesco del mundo: el Festival de Aviñón


El actor francés Philippe Girard en 'El rey Lear', de Shakespeare, dirigida de Olivier Py. / ANNE-CHRISTINE POUJOULAT (AFP)
Para entender en qué consiste Aviñón, basta con presenciar dos escenas distintas. Una es diurna y la otra, nocturna. La primera exige instalarse en un punto estratégico de la Rue de la République, que une la muralla de la ciudad con el Palacio Papal, para ver pasar a las decenas de compañías que aspiran a seducir al transeúnte, espectador potencial de las cerca de 1.500 obras que Aviñón propone hasta el 25 de julio. Se enfrentan así a un rito iniciático para todo actor francés: quemarse bajo el sol —la ciudad presume de tener más de 300 días soleados al año— repartiendo octavillas y enunciando sus eslóganes a grito pelado por calles, plazas, restaurantes, claustros y capillas, esperando ser descubiertos por alguno de los programadores que barren la ciudad en busca de un diamante en bruto al que poder pulir. El programa es de calidad variable —seamos educados— y cubre un amplísimo espectro, de una versión de Las preciosas ridículas en el París actual hasta una adaptación de Los Miserables con marionetas. “¡Una comedia musical para un solo intérprete!”, vociferan unos. “¡Una adaptación de Sartre en el espacio exterior!”, responden los demás.

El vicio y la virtud según Isabelle Huppert

Isabelle Huppert
Poster de T.A.

El vicio y la virtud según Isabelle Huppert

La actriz protagoniza un accidentado recital a partir de textos de Sade en Aviñón


La actriz Isabelle Huppert, en su actuación en el festival de Aviñón. / CHRISTOPHE RAYNAUD DE LAGE
Isabelle Huppert se hizo desear durante unos minutos antes de aparecer el pasado viernes sobre el gran escenario del Palacio de los Papas, sede oficiosa del Festival de Aviñón desde su fundación en 1947, con un vestido rojo firmado por Dior y el texto que iba a guiar la velada firmemente agarrado en la mano. Durante hora y media, el viento huracanado que soplaba en el lugar forzó a la actriz a luchar contra los elementos para llevar a buen puerto su espectáculo. "Cuando no es ventosa, es venenosa", solía decir Petrarca sobre la ciudad provenzal. Pero cuando sí lo es, como comprobó Huppert, puede resultar igual de mortífera.
La actriz propuso un recital a partir de extractos de la obra de Sade, seleccionados por el filósofo Raphaël Enthoven, que daban cuenta de las vidas de dos de sus personajes más célebres: Juliette y Justine, dos mujeres diametralmente opuestas que aparecen en las novelas morales (o amorales) del Marqués. "Una es divertidamente perversa y la otra, melancólicamente buena y dulce. Una sufre todos los males, pero sigue esperando la bondad de la naturaleza humana, mientras que la otra ha entendido que el hombre es irremediablemente malvado y que más vale ejercer el mal que sufrirlo", había declarado Huppert a la página Sceneweb. A través de varios juegos de luces, que oscilaban entre el azul y el amarillo, la actriz pasó de ser Juliette a convertirse a Justine, estableciendo un diálogo imaginario entre ambos personajes que le permitió exhibir sus múltiples registros en este recital con aires de competición olímpica.