sábado, 29 de junio de 2002

Philip K. Dick / Emmanuel Carrère / Estados alterados



Estados alterados

Rodrigo Fresán
29 de junio de 2002


Dos novedades editoriales recuerdan la figura del maestro de la ciencia-ficción Philip K. Dick. Una biografía realizada por Emmanuel Carrère muestra su vida torturada debido al conflicto realidad-irrealidad. Del inspirador de Blade Runner se reedita, además, Tiempo de Marte, que cuenta las penurias de un puñado de fontaneros en decadentes colonias marcianas.

Un gesto recurrente dentro de las letras norteamericanas es el de escritores sucumbiendo a la patológica tentación de dejar de ser personas para convertirse en personajes demasiado parecidos a los de sus libros. Por esa puerta pasaron para no regresar Fitzgerald y Kerouac. Hemingway se suicidó cuando supo que ya no daba la talla y Salinger optó por la invisibilidad. El caso del autodenominado 'filósofo ficcionalista' Philip Kindred Dick es el más extraño: fueron las personas de sus novelas y relatos quienes acabaron pareciéndose a él; porque Dick era, es y será, siempre, el mejor personaje de todos.
Esta biografía de Dick firmada en 1993 por el francés Emmanuel Carrère no es por tanto sólo la vida de un escritor, sino, también, una investigación sobre todas esas otras 'vidas' por las que Dick se creía poseído y que marcaron a fuego de láser una obra cada vez más plagiada e influyente a la vez que perturbadoramente única.



YO ESTOY VIVO Y VOSOTROS ESTÁIS MUERTOS: PHILIP K. DICK 1928-1982

Emmanuel Carrère Traducción de Marcelo Tombetta Minotauro. Barcelona, 2002 314 páginas. 17 euros

TIEMPO DE MARTE

Philip K. Dick Traducción de Marcelo Cohen Minotauro. Barcelona, 2002 250 páginas. 17 euros

Está claro que Dick -al que nunca le interesó demasiado la necesidad futurista o anticipatoria de la ciencia-ficción y quien llegó a ella más por necesidad que por pasión luego de que decenas de editores despreciaran sus novelas 'realistas'- viajaba mucho más rápido y más lejos que sus colegas. Escritores quienes, en muchos casos, lo temían por su fértil inventiva y lo despreciaban por su poco apego a las reglas de un género al que Dick entendía como 'el campo ideal para la discusión de ideas puras', así como por sus contadas y extrañas apariciones públicas donde aseguraba que podía matar gatos con el poder de su mente.

Obsesionado por el fantasma

de su hermanita melliza muerta al poco tiempo de nacer e impulsado por anfetaminas, hipocondría, la misoginia a la que se accede luego de varios matrimonios catastróficos, una dieta desesperada de comida para perro y carne de caballo, Jung, el paisaje contracultural de la Costa Oeste durante los años cincuenta-sesenta-setenta, y el convencimiento creciente de que lo suyo no era fantasía sino La Verdad y que eso lo convertía a él en un elemento peligroso para la 'dictadura' de su némesis personal, Richard Nixon, Dick discutió y escribió 'ideas puras' que lo hundieron más y más en las tinieblas de su corazón y de su mente. Nebulosas desde las que emitió sus últimas novelas/exégesis en las que postulaba una nueva manera de entender la historia, la religión y a sí mismo. Al final, Dick murió convencido de haber hecho contacto con Dios y sospechando que tal vez él no fuera otra cosa que un replicante de sí mismo: un impostor artificial que respondía a los dictados de una consciencia extraterrestre, de esa 'luz rosada' que le había confiado que este siglo XX que no era sino la pantalla que escondía a un todavía vigente Imperio romano circa 70 después de Cristo en el que Dick no era otro que san Pablo. O algo así.
Carrère narra la realidad y la irrealidad de esta vida -que no dejó de preguntarse y repetir hasta el último día el mantra '¿qué es real?'- como ya lo hiciera con la del súpermentiroso de El adversario (Anagrama). Una sensibilidad novelesca -por momentos demasiado novelesca, con algunas intromisiones en primera persona- para explicar lo inexplicable y, al mismo tiempo, lo perfectamente comprensible. Así, Carrère traza el trip de un hombre empeñado en la exquisita fabricación de un cosmos a su imagen y semejanza -donde el I Ching no está reñido con el LSD ni la gran paranoia con el éxtasis divino- para poder resistirse a la vulgar sospecha de ser, apenas, 'un psicótico de nacimiento'.
La reedición y retraducción de Tiempo de Marte -obra indispensable de 1964 y rechazada en su momento por varias editoriales de sci-fi por 'transcurrir en 1994, demasiado pronto'- es el perfecto reflejo de esta estética alternativa a la hora de abordar y desbordar lugares comunes y planetas explorados hasta el cansancio con una nueva y personalísima mirada. Una trama/idea como consecuencia directa del descubrimiento por Dick del psiquiatra suizo Ludwig Binswanger y de su concepto de un inaccesible, inocurrente y esquizofrénico 'Mundo-Tumba'.

'En Tiempo de Marte es en donde tal vez mejor conseguí mostrar la estructura secreta de lo que nos rodea. Ése es Mi Tema: revelar lo que hay debajo del suelo del universo', explicó Dick. Novela social o 'comedia de costumbres', Tiempo de Marte está más cerca de O'Hara y Updike que de Asimov y Clarke al contar las penurias de un puñado de patéticos fontaneros en decadentes colonias marcianas mientras un niño autista viaja adelante y atrás por el tiempo, se convierte en un famélico y feroz agujero negro, y sonríe embelesado por ser el único capaz de oír el sonido que hace el universo al descomponerse.

Ése era el sonido que oía el entropista Dick vibrando frente al teclado de su máquina Underwood a cien palabras por minuto y con los ojos bien abiertos, como lo dibuja Robert Crumb en la portada del libro de Carrère. Ése es el sonido que leemos en la obra de este narrador que para muchos no fue más que un idiota savant y para muchos otros es un Borges underground: alguien perdido en el laberinto de sí mismo, un Quijote reescrito y alucinado no por la potencia virósica de los libros que leyó, sino por los libros que escribió para contagiar y alucinar a sus lectores.
En Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, Emmanuele Carrère consigue la atendible hazaña de conformar a unos y a otros -adictos y desmitificadores- sin jamás perder de vista el hecho incontestable de que el autor de Tiempo de Marteha sido, es y seguirá siendo uno de los escritores más importantes de este universo en descomposición.
Y de lo que hay debajo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de junio de 2002