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sábado, 21 de octubre de 2017

George Saunders / Robles de Mar


George Saunders
Robles de Mar
Traducción de Juan Gabriel López Guix



A la seis el señor Frendt grita por la megafonía:

      —¡Bienvenidos a Joysticks!
     A continuación anuncia el Camisas Fuera. Nos quitamos las cazadoras de aviador y las doblamos. Nos quitamos las camisas y las doblamos. Nos dejamos los pañuelos. Thomas Kirster es nuestro chico guapo. Tiene unos músculos esbeltos y unos brillantes ojos azules. Nada más quitarse la camisa dos mujeres gordas se apresuran por el pasillo, le meten algo de dinero en los pantalones y le preguntan si quiere ser su Piloto. Él contesta que por supuesto. Les sirve las ensaladas. Les sirve las sopas. Suena mi teléfono y una clienta me pide que vaya a verla a la maqueta del Spitfire. ¿Querrá que sea su Piloto? Ojalá. Dentro del Spitfire está Margie, quien me dice que le han diagnosticado un síndrome de timidez crónica, me entrega su Instamatic y me ofrece diez pavos por un primer plano del trasero de Thomas.

viernes, 20 de octubre de 2017

George Saunders / Sé hablar


George Saunders
SÉ HABLAR



Sra. Dña. Ruth Faniglia
210 Lester Street
Rochester, N.Y. 14623



Querida señora Faniglia:


Nos ha apenado mucho recibir su carta del 23 de febrero, acompañando al ¡Sé Hablar! que, con gran desilusión por nuestra parte, nos ha devuelto. En Amor de Niño creemos que ¡Sé Hablar! es una herramienta educativa innovadora y esencial que, con la adecuada dirección de los progenitores, facilita que tanto los bebés como los niños de corta edad tengan un desarrollo temprano poco común. Por consiguiente he pensado utilizar parte de mi tiempo libre (estoy almorzando) para tratar de responder a las cuestiones que nos plantea: tengo su carta delante de mí en el escritorio (¡atestado de papeles!)

jueves, 12 de octubre de 2017

George Saunders / Palos

George Saunders

PALOS

Traducido por Daniel Weller



Todos los años, después de la cena de Acción de Gracias, mi padre sacaba el disfraz de Santa Claus y lo arrastraba hasta una suerte de cruz metálica que había levantado en el jardín. Nosotros formábamos una piña detrás de él y le seguíamos hasta que colocaba allí el disfraz. Durante la semana previa a la Super Bowl, la cruz lucía un jersey y el casco de Rod, y si este quería coger el casco, primero tenía que pedirle permiso a mi padre. El cuatro de julio, la cruz se convertía en el Tío Sam; el Día de los Veteranos, era un soldado; y en Halloween, un fantasma. Aquella cruz era la única concesión de mi padre a las fiestas. Por lo demás, no nos permitía sacar de la caja más de un lápiz de cera a la vez; una Nochebuena le gritó a Kimmie por desperdiciar un trozo de manzana; cada vez que nos poníamos kétchup, lo teníamos a él encima diciendo «Vale, vale, ya basta»; y en las fiestas de cumpleaños había magdalenas en lugar de helado. La primera vez que llevé allí a una cita, la chica me preguntó: «¿Qué es lo que pasa con tu padre y ese poste?», y lo único que pude hacer fue quedarme sentado pestañeando tontamente.
Con el tiempo, Kimmie, Rod y yo nos marchamos, nos casamos, tuvimos hijos y vimos florecer también en nosotros una semilla de mezquindad. Mientras tanto, mi padre empezó a vestir la cruz de forma cada vez más compleja y siguiendo una lógica apenas perceptible. El Día de la Marmota le puso una especie de abrigo de piel y colocó un foco para asegurar la sombra. Después de un terremoto que sacudió Chile, la tumbó y pintó una grieta en el suelo con un aerosol. Cuando mi madre murió, disfrazó a la cruz de Muerte y colgó del travesaño fotos de ella cuando era un bebé. Siempre que pasábamos por allí, encontrábamos amuletos extraños de su juventud dispuestos en torno a la base del poste: medallas del ejército, entradas de teatro, sudaderas viejas o tubos de maquillaje de mi madre.

Un otoño pintó la cruz de amarillo, la cubrió de algodón para proporcionarle abrigo ese invierno y le aseguró descendencia cruzando seis palos de madera y clavándolos a martillazos en diversos puntos del jardín. Tendió cuerdas entre la cruz grande y las tres pequeñas y pegó en ellas, utilizando cinta adhesiva, fichas de archivo en las que pedía disculpas, admitía errores y rogaba comprensión, todo con una caligrafía frenética. Colgó de la cruz metálica un rótulo en el que había escrito AMOR, hizo otro en el que escribió ¿ME PERDONAS?, y murió en el vestíbulo con la radio encendida. Poco después le vendimos la casa a una pareja joven que arrancó todo aquello y lo dejó en la calle el día de recogida de basura.

Nota: Daniel Weller traduce este relato con el nombre de "Palos", pero también se le conoce como "Cruces".

“Sticks”, Harper’s, noviembre de 1995
Tenth of December, New York, Random House, 2013}