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martes, 3 de octubre de 2017

Raymond Chandler / Gatsby en negro


Raymond Chandler

Gatsby en negro


Una fascinación, una especie de enamoramiento, es lo que cuenta El largo adiós (The Long Goodbye, 1953) de Raymond Chandler: la atracción leal que siente el detective privado Philip Marlowe hacia Terry Lennox, desde la primera vez que lo ve, en los aparcamientos de un club nocturno. Lennox ha perdido la conciencia en un Rolls-Royce, va con una pelirroja envuelta en visón, está borracho. Es un joven que tiene el pelo blanco y media cara acartonada, cosida por la cirugía plástica. Luego conoceremos su acento inglés, sus modales impecables. Le brilla el pelo a la luz del Hollywood Boulevard y desaparece en la bruma. Otro día Marlowe lo rescata de la indigencia y la policía, abandonado por su mujer millonaria, siempre borracho. Luego, algunas tardes, Marlowe y Lennox beben juntos. Y por fin Lennox se presenta con una pistola y el cuello del abrigo levantado, palidez y cicatrices, gánster de una película vieja, cuenta Marlowe, narrador paródico. Así oímos la historia de otra cara borrada: a la mujer de Lennox le han aplastado la cabeza con un mono de bronce, y el marido, único sospechoso, quiere que Marlowe lo lleve a Tijuana.

miércoles, 6 de julio de 2016

John Banville resucita al Philip Marlowe de Raymond Chandler




John Banville resucita al Philip Marlowe de Raymond Chandler


Alfaguara publica en febrero de este año, de forma simultánea con el Reino Unido, Estados Unidos e Italia, 'La rubia de ojos negros', una novela escrita por Benjamin Black -el 'alter ego' policial de Banville- para traer de nuevo a la vida al detective privado Philip Marlowe, creado por el estadounidense Raymond Chandler en 1934.

Karina Sainz Borgo
10.01.2014

Esta resurrección promete. El próximo 26 de febrero llegará a las librerías una nueva entrega del mítico detective Philip Marlowe. Será en La rubia de ojos negros, la novela que ha escrito Benjamin Black (alias de John Banville para la novela negra) por encargo de los mismísimos herederos de Raymond Chandler y que Alfaguara publica en febrero de este año, de forma simultánea con el Reino Unido, Estados Unidos e Italia.


La historia está ambientada en década de los cincuenta. Philip Marlowe se siente tan inquieto y solo como siempre y el negocio vive sus horas bajas, cuando irrumpe en su despacho una nueva clienta: joven, rubia, hermosa y elegantemente vestida, pretende que Marlowe encuentre a un antiguo amante, un hombre llamado Nico Peterson. 



Tras ponerse manos a la obra, Marolowe pronto descubre que la desaparición de Peterson no es más que el primero de una serie de sucesos desconcertantes. Antes de que se dé cuenta, Marlowe se verá enredado con una de las familias más ricas de Bay City y podrá comprobar lo lejos que están dispuestos a llegar con tal de proteger su fortuna… Sólo Benjamin Black, un maestro moderno del género, era capaz de escribir una nueva aventura de Philip Marlowe.


Ha sido justamente el alter-ego literario de Banville el encargado de resucitar a uno de los personajes más complejos de la novela detectivesca. Marlowe, el detective privado ficticio creado por Raymond Chandler, protagoniza una larga serie en la que se incluyen las novelas El sueño eterno y El largo adiós. Marlowe apareció inicialmente en una historia corta, llamada Finger Man (El confidente), publicada en 1934. No es casualidad que su resurrección ocurra 80 años más tarde.

Banville, uno de los grandes talentos de la lengua inglesa y Premio Booker 2005, comenzó su incursión en el género negro con el pseudónimo Benjamin Black en 2006, cuando apareció El secreto de Christine, a la que siguieron cuatro novelas protagonizadas por Quirke, el patólogo forense que muchos consideran un heredero taciturno de la estirpe detectivesca anglosajona. 
Sobre su experimento literario -ser Banville, Black y Chandler a la vez-,dijo el irlandés a Vozpópuli: "Ha sido muy divertido, más fácil que los libros de Quirke, porque es una narrativa en primera persona y Marlowe es además un personaje muy interesante. Creo que la gente no se ha dado cuenta de que lo esencial de Marlowe es su profunda soledad. En el libro se ve en una escena: entra una mujer en su casa. Él dice algo como 'la vi mirando los cuadros y la alfombra, el tablero de ajedrez para un solo jugador. Nunca sabes qué tan estrecho es un espacio hasta que alguien de afuera entra en él'".

John Banville / Antigua luz / Muerte en verano
John Banville / Antigua luz / Reseña

lunes, 7 de abril de 2014

Vive y deja morir, pero no siempre

Vive y deja morir, pero no siempre

John Banville ha resucitado a Philip Marlowe, el detective creado por Raymond Chandler, por encargo de sus herederos. Se suma a otros personajes literarios renacidos en aras del negocio


Benjamín Prado
7 de abril de 2014

Solo se vive dos veces. Cuando Ian Fleming tituló así su penúltima novela, no imaginaba hasta qué punto decía la verdad, al menos en lo que a él se refiere; porque desde que murió en 1964 no ha hecho más que resucitar una y otra vez. Al año siguiente, sin ir más lejos, apareció la nueva aventura del Agente 007 en la que estaba trabajando cuando se le paró el corazón, que se titulaba El hombre de la pistola de oro y fue concluida por su colega Kingsley Amis. En las siguientes cuatro décadas, secundarios como John Pearson, John Gardner, Raymond Benson o Sebastian Faulks se atrevieron a continuar la saga; hasta que en 2013 lo hizo otro ilustre admirador suyo, William Boyd, que ya había incluido a Fleming como personaje en Las aventuras de un hombre cualquiera y que en la magnífica Solo llevaba a su espía inglés a África con el objetivo de parar una guerra civil, salvar los intereses petrolíferos de Reino Unido y enfrentarse a un enemigo terrible, Solomón El Escorpión, que rivaliza por deméritos propios con los malvados clásicos de la saga, el Dr. No o Goldfinger.

Boyd fue entonces tan elogiado como hoy lo es John Banville, que en La rubia de ojos negros y oculto tras el alias de Benjamin Black, el que utiliza para sus novelas policiacas, ha recuperado al protagonista de las obras de Raymond Chandler: el detective Philip Marlowe. Al creador de El sueño eterno ya le había ocurrido lo que a Fleming: también dejó una narración a medio acabar, La historia de Poodle Springs, que fue terminada por Robert Parker. Ahora, Banville ha desenterrado a su personaje por encargo de sus herederos, igual que la escritora Sophie Hannah dará a conocer este verano un nuevo caso del inspector Hércules Poirot, por mandato de la familia de Agatha Christie, y a principios de 2015 llegará a las librerías un cuarto tomo de la trilogía Millennium, de Stieg Larsson, redactado por su compatriota David Lagercrantz.
Cuando le pregunto a Banville con qué palabra definiría su último trabajo, si sería secuela, continuación o tal vez renacimiento, responde desde Dublín: “Cualquier cosa menos resurrección, porque Marlowe es inmortal y, por tanto, no me necesita para revivir. Mi libro es mío, pero es, antes que nada, un homenaje a un escritor maravilloso, uno de los grandes estilistas del siglo XX, cuyo talento excede en mucho los límites de la novela negra”. ¿Y qué piensa él, en general, de las novelas de continuación? “Son un acto de ­canibalismo, pero cuando se hacen con afecto hacia sus creadores y con suficiente destreza, creo que están justificadas. ¿Qué pensaría Chandler de mi Philip Marlowe? Espero que no se sintiese traicionado por mí”.

En el pasado hay de todo, desde las imitaciones de El Quijote que obligaron a Cervantes a escribir su segunda parte, hasta las de Peter Pan, Lo que el viento se llevó o varias obras de Dickens que algún impostor llegó a afirmar que redactaba en estado de trance y guiado por el espíritu del autor de Oliver Twist. También existe una prolongación de El guardián entre el centeno en la que un Holden Caulfield anciano huye del geriátrico igual que se escapó del colegio cuando era un niño, y que provocó una larga disputa judicial con Salinger. Al final es lo de siempre: hay autores buenos o malos, y no ideas inaceptables: “Si publicamos a Boyd o a Banville no es por Fleming ni Chandler, sino porque sacaríamos cualquier cosa que firmasen ellos”, nos dice la editora de ambos libros en España, María Fasce, de Alfaguara.
Vive y deja morir, tituló otra de sus obras Ian Fleming. Unas veces por suerte y otras por desgracia, nadie le hizo caso.

martes, 27 de julio de 2010

Carlos Boyero / Los hijos de Philip Marlowe


Michael Connelly

Los hijos de Philip Marlowe

Crónicas de sucesos constata el proceso iniciático de Michael Connelly en un universo de violencia interna y externa
Si no se poseyeran datos ni referencias sobre Raymond Chandler, si sólo te hubieras enamorado en las novelas de un individuo llamado Philip Marlowe, aficionado al alcohol y al ajedrez solitario, experto en decepciones (el engaño que sufrió de su falso amigo Terry Lennox en El largo adiós era de los que se incrustan duraderamente en las entrañas), mordaz hasta el virtuosismo, biológicamente alérgico a la autoridad aunque se hubiera encontrado con algunos tipos decentes en la policía, sabedor de que si algún día la palmaba en cualquier callejón, algo probable en su oficio, ningún hombre ni mujer sentiría que había perdido la razón de su existencia, jamás podrías sospechar que su lírico y excepcional creador no tenía ni puñetera idea de lo que era un arma, ni familiaridad con los bajos fondos, que sólo conocía de oídas el crimen y la corrupción. Leyendo con sobrecogimiento hace infinitos años una desoladora biografía de Chandler que escribió Frank McShane descubrías que hasta los cuarenta años el gran retratista de aquel solitario frecuentemente acorralado e irrenunciablemente ético trabajó como ejecutivo en el negocio petrolero, que se casó con una mujer veinte años mayor que él y que al morir ésta el derrumbe alcohólico y la depresión le machacaron interminablemente hasta el final, que poco antes de su muerte intentó suicidarse en un hotel de Londres pero que falló patéticamente porque no acertaba al apretar el gatillo de la pistola.
Un fallo técnico que nunca se hubiera permitido el muy experimentado Dashiell Hammett, empleado desde muy joven en la agencia de detectives de la temible Pinkerton y que la abandona con escepticismo perdurable a los veinticuatro años, asqueado de que ésta sirva para destrozar huelgas, de que su legitimada metodología en la defensa del capitalismo supere con creces la salvaje eficiencia de la delincuencia. El inventor de aquel diablo con hoyuelo llamado Sam Spade, del enigmático hombre gordo de la Continental especializado en cosechas rojas después de liar y enfrentar a los lobos, del aún más romántico que cínico Ned Beaumont de La llave de cristal. Sus descripciones literarias se alimentan de su contacto con la realidad, de haber tenido trato precoz con las flores del mal.
Nadie ha hablado de la policía con tanto conocimiento e intensidad como Joseph Wambaugh, alguien que nunca se pondrá de moda entre determinado izquierdismo. Wambaugh fue cocinero antes que fraile. O sea, fue madero antes que escritor. Y comprende demasiado bien la naturaleza de sus antiguos compañeros, justifica actitudes y comportamientos ante los que resulta cómodo abusar del maniqueísmo, no reniega de una profesión que casi siempre ha padecido una notable turbiedad en las mejores crónicas del género negro.
De James Ellroy, que afirma que los libros de Wambaugh le ayudaron a sobrevivir en su desastrosa juventud, se sabe por su propio testimonio que fue carne de lumpen, drogota compulsivo, mendigo zarrapastroso, irredento profesional del palo callejero, obligado y permanente huésped de comisarías y cárceles, hijo de una puta asesinada y cuyo autor nunca fue trincado, cuyo enigma se convertirá en el protagonista de La dalia negra y de su desgarrada autobiografía Mis rincones oscuros. Se supone que Ellroy sabía mucho y de primera mano de navajeros y de parias al margen de la ley, pero que no tuvo contacto con los monarcas del organizado mal, pero su imaginación, al igual que su estilo literario, es prodigiosa. Está contando mejor que nadie el siglo XX en Estados Unidos a través de la historia de sus grandes crímenes. Y hace escalofriantemente veraces sus feroces retratos, su convicción de que nadie era inocente.
Llevamos demasiado tiempo buscándole un hijo legítimo a Philip Marlowe. Que cada cual escoja el suyo, aunque no está nada claro que entre su prolífica descendencia haya nadie a su legendaria altura artística y moral. Tampoco una prosa tan ácida y poética como la del escritor que le parió, su capacidad descriptiva, su atmósfera, sus imborrables frases plasmando ambientes y estados de ánimo, sus diálogos veloces y sabrosos. Yo tengo debilidad por las novelas de Lawrence Block y por el personaje de Matt Scudder, su sentido de culpa, su fidelidad a Alcohólicos Anónimos, su necesidad de redención. Donald Westlake y Elmore Leonard a veces me hacen mucha gracia y otras menos.
Y no he conseguido engancharme excesivamente a Michael Connelly, aunque gente que respeto es absolutamente adicta al racional, sensible y muy humano detective Harry Bosch y al trasplantado corazón del ex agente del FBI y cazador de asesinos en serie Terry McCaleb. Las novelas de Connelly, a diferencia de las de Chandler, tienen un punto de partida basado en la experiencia propia, en su trabajo como periodista de sucesos que le servirá después para construir y alimentar sus ficciones.
Acabo de leer Crónicas de sucesos, la recopilación de los reportajes que publicó en los periódicos South Florida Sun-Sentinel y en Los Angeles Times. Dividido en tres secciones, tituladas 'Los policías', 'Los asesinos' y 'Los casos', ofrece su notaría directa de lo que forjaría su vocación de novelista. Esas crónicas son irregulares, en función del interés de sus contenidos, nada sensacionalistas ni manipuladoras, están muy correctamente escritas, pero sólo a los fans incondicionales les pueden resultar apasionantes. Es sabroso su seguimiento de un grupo de policías de Los Ángeles que actúan con la eficacia letal y la impunidad de un escuadrón de la muerte. También el tragicómico retrato de una banda de surrealistas y chapuceros mercenarios que se anunciaban en la revista Soldados de Fortuna y que casi siempre fallaban o se equivocaban en la ejecución de sus víctimas. Es un libro para coleccionistas, para constatar el proceso iniciático de Connelly en un universo de violencia interna y externa, los conocimientos sobre personajes y situaciones que almacenó en su trabajo cotidiano, en su contacto con la sangre y el horror.
David Simon, antiguo periodista de sucesos, no escribe novelas, sino que en compañía del ex detective Ed Burns se ha inventado la serie de televisión más hipnótica, inteligente, realista y documentada de los últimos años. Estoy hablando de The Wire. Policías, camellos, políticos, mafiosos y periodistas están dibujados con la precisión, el conocimiento y la inteligencia de un observador con ojo, oído y memoria privilegiada. Todo en ella huele a verdad, una verdad terrorífica. -
Crónicas de sucesos. Michael Connelly. Traducción de Javier Guerrero. Ediciones B. Barcelona, 2008. 336 páginas. 19,50 euros. La quinta temporada de The Wire se emite los domingos a las 22.00 en la cadena TNT.


lunes, 26 de julio de 2010

Raymond Chandler / Marlowe como Chandler


Bogart como Marlowe

Marlowe como Chandler


En 1932, a los 44 años, Raymond Chandler es un completo fracasado. No ha conseguido nada con sus intentos de dedicarse a la literatura. Su matrimonio con Cissy Pascal, por culpa de los dieciocho años que ella le lleva, funciona a un nivel maternal, pero no erótico. Sus excesos en la bebida y sus complicaciones con secretarias hacen que sea despedido de su único empleo importante.Este fracaso le hace abandonar su vida anterior y por tercera vez intentar dedicarse a escribir. Ahora abandona sus altos vuelos literarios y comienza a colaborar en revistas baratas, de gran tirada, especializadas en la publicación de narraciones policíacas. Toma como modelo a Dashiell Hammett y el nuevo estilo policíaco creado por él, y comienza a escribir y a publicar regularmente.

Adiós, muñeca

Raymond Chandler. Barral Editores. Barcelona, 1977.
Transcurridos cinco años y con una gran experiencia en el género, empieza a planear su primera novela. Sitúa la acción en Los Angeles, parte de materiales de sus primeros cuentos, escribe la historia a través de un narrador, y utiliza como protagonista al mejor personaje de sus cuentos, el detective privado Philip Marlowe. Al mismo tiempo consigue apartarse de la tradición del género y hacer que la novela policíaca no sea un fin, sino el medio de expresar su particular concepción del mundo. Y gracias a su especial sentido del humor consigue que el aburrimiento y el fracaso de su vida se transformen en unas divertidas y chispeantes narraciones con unos peculiares diálogos que definen la personalidad de ese Marlowe, que es algo así como su contrario, su opuesto «alter ego», el personaje que hubiese querido ser, pero al que nunca consiguió parecerse.
Después de tres meses de arduo pero provechoso trabajo, en 1939 termina su primera novela, El sueño eterno. Una dinámica y compleja intriga en la cual brilla la personalidad de su característico personaje, el enamoradizo y cínico, pero moralista y rígido, Philip Marlowe. La obra no tarda en alcanzar un gran éxito y rápidamente Chandler se convierte en un autor comercial y en un personaje conocido.
Poco después comienza a escribir Adiós, muñeca, partiendo de sus cuentos Try the Girl y Mandarin's Jade, pero tropieza con unas dificultades que nunca le abandonaron. La facilidad y rapidez con que ha redactado su primera, novela no se vuelven a repetir. Debido a su poca imaginación, a su gran dificultad para escribir y a emplear cuentos preexistentes como punto de partida, la escritura de sus novelas le supone un grandísimo esfuerzo.
Desesperado abandona Adiósmuñeca y, partiendo de un cuento homónimo, empieza a escribir La dama del lago, pero se encuentra con los mismos problemas. Finalmente, consigue terminar Adiós, muñeca en 1940. Aunque tiene menos interés que la primera, también obtiene un gran éxito, dado que vuelve a brillar la personalidad de su magistral personaje, y le abre las puertas del cine que con sus adaptaciones le proporciona importantes ingresos durante el resto de su vida.
Con su característico estilo, en Adiós, muñeca cuenta cómo Philip Marlowe, al intentar ayudar desinteresadamente a un gigantón ex presidiario -a quien llaman Iniciativas Malloy- en la búsqueda de su antigua novia -una pelirroja llamada Velma-, se ve envuelto en una complicadísima historia en la que se entrecruzan un robo de joyas, unos consumidores de marihuana y diversos personajes femeninos que fascinan y engañan al protagonista con gran facilidad.
Salvo en El largo adiós (1953), tal vez la mejor de sus novelas, y aquella en que tras la habitual complejidad de la intriga y la deslumbrante personalidad de Marlowe se esconde una interesante amistad, las novelas de Raymond Chandler se caracterizan por una confusa anécdota que el lector puede ir descifrando, pero que le cuesta gran trabajo sintetizar.
En 1946, el gran director Howard, Haws hace una excelente versión cinematográfica de Esueño eterno sobre un guión de William Faulkner. Durante el rodaje Haws discute con Humphrey Bogart -que encarna con perfección a Marlowe- sobre quién ha matado a uno de los personajes y envían un telegrama a Chandler para que les aclare la duda. Chandler, a quien gusta el guión y está completamente de acuerdo con la película, reflexiona, repasa la novela y en otro telegrama contesta que lo ignora. Lo que demuestra que las dificultades para desenredar la madeja son uno de sus máximos valores y sus principales características.
Tanto sus cuatro primeras novelas, escritas con una cierta precipitación entre 1939 y 1943, como las tres últimas, escritas con gran calma entre 1949 y 1958, muestran esa misma complejidad argumental.
Cuando en 1959, cinco años después que su mujer, Chandler muere, tras un período enloquecido de viajes entre Estados Unidos e Inglaterra, de mujeres y de alcohol, sigue creyéndose un fracasado.
De forma que, a lo largo de sus casi cuarenta años de vida literaria, tanto en su primera aparición como en la última, Marlowe continúa siendo el mismo fantástico, enamoradizo, desinteresado, eficiente, fanfarrón y buen chico de siempre, personaje principal de siete obras maestras del género policíaco, que se encuentran entre la más destacada literatura norteamericana del siglo XX.





domingo, 25 de julio de 2010

Augusto Martínez / Raymond Chandler y el cine


Raymond Chandler y el cine


Tras vender los derechos cinematográficos de Adiós, muñeca y La ventana siniestra, en 1943, Paramount contrata a Raymond Chandler (1888-1959) para escribir con Billy Wilder, una adaptación del relatoLiberty, de James M. Cain. El resultado es Perdición (Double Indemnity, 1944), dirigida por el propio Billy Wilder, que les vale una nominación para el Oscar al mejor guión del año.Por la susceptibilidad y la timidez de Chandler, admite con dificultad tanto el mal trato que reciben los guionistas de la época por parte de los productores, como las lógicas intervenciones del director de la película en su trabajo. Esta situación, que se repite regularmente en todas sus colaboraciones cinematográficas, le impide realizar un trabajo más continuo en el cine.

Playback

Raymond Chandler. Editorial Bruguera. Barcelona, 1978.
El éxito de Perdición le permite firmar un contrato con Paramount para escribir los diálogos de El povernir es nuestro (And Now Tomorrow, 1944), dirigida por Irving Pichell, y de Misterio en la noche (The Useen, 1945), dirigida por Lewis Allen, y para escribir el guión de La dalia azul (1945), dirigida por George Marshall.
Esta experiencia hace que cuando en 1945 vende a Metro Goldwyn Mayer los derechos de La dama del lago, lo hace con la condición de escribir personalmente el guión. Vuelve a tener problemas con el productor. La versión que él escribe no es aceptada y se niega a firmar la que finalmente dirige Robert Montgomery, en 1946.
Warner le compra El sueño eterno, en 1945. Gracias al trabajo en el guión de William Faulkner y en la dirección de Howard Hawks, el resultado es la mejor de las adaptaciones cinematográficas de novelas suyas. En 1946 Universal le encarga un guión original. Acepta con la condición de poderlo escribir en su casa y no tener que aparecer por los estudios. Así nace Playback, que nunca se llega a convertir en película.
Rechaza numerosas propuestas para escribir para el cine y en 1950 admite la que le hace Warner para adaptar Strangers on a Train, de Patricia Highsmith, porque Alfred Hitchcock va a dirigirla. Empieza a escribir en su casa, pero las periódicas visitas de Hitchcock para ver cómo avanza el trabajo y discutirlo, vuelven a convertirse en un problema. No se entienden, no se llevan bien y el trabajo final es un guión que no gusta a Hitchcock, que hace revisar a otros guinistas y que da lugar a Extraños en un tren (1951), que Chandler detesta.
Playback
En 1953 Raymond Chandler, a los 65 años, tras el gran éxito alcanzado con El largo adiós, la mejor de sus obras, comienza a escribir la séptima y última de sus novelas, la más cinematográfica y la única que nunca ha sido llevada al cine. El punto de partida es el guión Playback, escrito en 1947 por encargo de Universal y que continúa inédito.
A pesar de su reducido número de páginas, tarda cinco años en escribir la novela. La explicación hay que buscarla en las circunstancias que vive durante esos años: en 1954 muere su mujer, poco después vende la casa de La Jolla, donde habían vivido los últimos años, y empieza una vida itinerante, entre Estados Unidos e Inglaterra, entregado a la bebida, enamorado de mujeres mucho más jóvenes que él y jalonada de intentos de suicidio.
Esto hace que en Playback, Philip Marlowe, el famoso detective protagonista de todas sus obras, se encuentre, como el propio Chandler, considerablemente envejecido y solitario y no frene, como tenía por costumbre, los avances sexuales de lasiovencitas de ojos azules con que regularmente se encuentra y que, incluso al final, se abra la posibilidad de una boda.
Por tanto, la anécdota, como siempre narrada en primera persona, empleando un estilo de claro origen cinematográfico y con el peculiar lenguaje de su autor, todavía más que otras veces, es una excusa para que Marlowe, el claro alter ego de Chandler, aparezca como un enamoradizo, quijotesco y romántico detective, más dispuesto a defender los intereses de la joven a quien le han encargado seguir que a descubrir la intriga que se cierne a su alrededor.
Hay que señalar, que no se trata de la reedicción del volumen que con el título Coctel de barro y en una traducción plagada de americanismos apareció, por primera vez en castellano, el año pasado en Ediciones Corregidor, Argentina, sino de una nueva traducción realizada con habilidad por María Teresa Segur, en la que consigue conservar el humor y el peculiar lenguaje de Chandler sin tenerlo que aclimatar, como hacen la mayoría de sus traductores, a la actual y distorsionada forma de hablar para tratar de dar a sus diálogos un máximo tono coloquial.