viernes, 30 de noviembre de 2007

García Márquez entrega el Premio Juan Rulfo a Rubem Fonseca

Rubem Fonseca y Gabriel García Márquez
Guadalajara, 2003

García Márquez entrega el Premio Juan Rulfo 

a Rubem Fonseca

La Feria del Libro de Guadalajara celebra la brillante obra del escritor brasileño

JOSÉ ANDRÉS ROJO Guadalajara 30 NOV 2003

"Juan Rulfo sigue teniendo algo que decir a sus lectores y sigue teniendo algo que enseñar a sus colegas de oficio". Con esas palabras terminó Rubem Fonseca (Minas Gerais, 1925) su breve intervención para agradecer el premio que Gabriel García Márquez le entregó ayer en la ceremonia de inauguración de la XVII edición de la Feria del Libro de Guadalajara, en México. Fue un acto cargado de emoción, en el que los dos grandes colosos de la literatura latinoamericana fueron ovacionados por un público entregado.
A lo largo de los pasillos de la Feria del Libro (FIL) cuelgan las imágenes de los diferentes escritores que han ganado el prestigioso Premio Juan Rulfo, y junto a ellas hay una frase que define el talante de cada uno de ellos. "Soy un hombre consumido por el presente", se lee en la que figura al lado del rostro de Rubem Fonseca. Y es verdad que es el presente de Brasil, el mundo cotidiano de sus hombres y mujeres, el que ha alimentado su literatura entera, cargada de latigazos fulminantes y que revela con una prosa descarnada y llena de sentido del humor el frágil esqueleto de unas gentes que habitan una realidad cargada de violencia y a las que el autor se acerca con una inmensa ternura.
Rubem Fonseca no concede entrevistas. Considera que cuanto tiene que decir está en sus obras. No es amigo de campañas de promoción y si firma, que los firma, manifiestos de apoyo a distintas causas lo hace sólo si su nombre no aparece en primer lugar. El fallo del jurado del Premio Juan Rulfo (dotado con 100.000 dólares), concedido por unanimidad, destaca de Fonseca el haber renovado la prosa narrativa en lengua portuguesa, aprovechando y reelaborando las formas de la literatura popular (la novela negra, la política, la social, la erótica). Resalta también su estilo directo, su poética tremendamente personal y su capacidad para reflejar la condición del mundo contemporáneo.
Las pocas palabras que dijo Rubem Fonseca las dijo en portugués y habló despacio. Recordó la vieja anécdota que cuenta García Márquez: hace mucho, un día llegó Álvaro Mutis y le entregó el Pedro Páramo, de Juan Rulfo, "para que aprenda". Su lectura fue una conmoción para el escritor colombiano y lo fue también, contó Fonseca, para él mismo cuando lo leyó por primera vez.
La presencia de Rulfo, pues, llenó los primeros pasos de esta FIL, que tiene a Fonseca como uno de sus grandes protagonistas y a Quebec como invitado de honor. Como todos los años, hubo discursos de distintas personalidades políticas y académicas. La semblanza de Fonseca la hizo Jorge Sánchez, cónsul mexicano en Río de Janeiro, la ciudad donde vive el escritor brasileño desde los ocho años. García Márquez prefirió no hablar ("yo le entrego el premio al flaco Fonseca pero no me pongas ante el terror de tener que escribir algo para una fecha concreta", cuenta que le dijo). Sánchez habló de las dificultades de dar cuenta de un personaje tan esquivo, trazó sus grandes coordenadas biográficas, se detuvo en los problemas que tuvo con la censura de su país (tacharon uno de sus libros de atentado a la moral y a las buenas costumbres y también lo acusaron de incitar a la violencia y de hacer apología del crimen) y analizó los distintos niveles de su escritura, además de llenar su intervención con divertidas anécdotas y brillantes citas de los libros de Rubem Fonseca.
En cuanto a Quebec, fue la ministra de Cultura de la región canadiense, Line Beauchamp, la que se encargó de hacer la presentación oficial. Dijo que una cita de estas características es decisiva para potenciar, reforzar y reafirmar la diversidad cultural, y se refirió a algunas de las semejanzas que comparten México y Quebec: proceden de antiguas colonias europeas, su población es mayoritariamente católica, hablan lenguas surgidas del latín, tienen un vecino poderoso (EE UU) y, sobre todo, insistió, comparten el "sentido de fiesta". Ésa fue la clave, y la invitación para estos días: pasarlo bien.


jueves, 29 de noviembre de 2007

Rubem Fonseca / Rulfo siempre tendrá qué decir y qué enseñar

Rubem Fonseca
Rubem Fonseca
"Rulfo siempre tendrá qué decir 
y qué enseñar"
BIOGRAFÍA DE JUAN RULFO

 El escritor brasileño recibe en la FIL el galardón que lleva el nombre del jalisciense

 Acude García Márquez al encuentro libresco para acompañar en la premiación a su amigo El Flaco 

 El agasajado se abstiene de sus recurrentes efugios y recorre los tendidos de la feria

MONICA MATEOS-VEGA Y JOSE DIAZ ENVIADA Y CORRESPONSAL

Guadalajara, Jal., 29 de noviembre de 2003. La presencia de Gabriel García Márquez a la inauguración de la 27 Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) provocó que el auditorio donde se celebró el acto se abarrotara. El Nobel colombiano explicó que su asistencia se debía a que deseaba entregar personalmente el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo a su amigo El Flaco: el brasileño Rubem Fonseca.
Ambos escritores fueron recibidos de pie, con una larga ovación que confirmó la presencia de fieles apasionados a la literatura. Fonseca, poco afecto a la vida pública y a la prensa, simplemente se dejó querer, y en su breve discurso de aceptación del galardón manifestó su admiración por Juan Rulfo.
El narrador relató la tarde en que García Márquez dio un libro al escritor Alvaro Mutis con la recomendación: "lea para que aprenda". Se trataba de Pedro Páramo, novela con la que, "cuenta Gabo, se pasó toda una noche leyendo y nunca sintió una conmoción tan grande, a excepción de cuando leyó La metamorfosis, de Kafka, en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá".
''Era un secreto'', interrumpe García Márquez, bromeando.
Fonseca continúa: "en Gabo ese asombro permaneció intacto. Leí Pedro Páramo y El llano en llamas en una traducción portuguesa, y sentí el mismo impacto. Quedé impresionado con la riqueza de los personajes de Rulfo, que hacen que el lector participe creativamente, mezclando aquello que ha vivido con aquello que ha imaginado, que ha soñado o que es real.
''Carlos Fuentes dice que con Pedro Páramo Juan Rulfo percibió que toda gran visión de la realidad es un producto de la imaginación. Quizá es cierto, y como dice un filósofo, una realidad es una realidad de la imaginación.
''En mayo de 1993 estuve aquí, en México, participando en un homenaje a Juan Rulfo. En aquella ocasión recibí de regalo una foto de él, grabada en metal, la cual tengo en mi librero y la veo constantemente. Pero Rulfo no está reposando, callado en nuestros estantes de libros. Rulfo está entre nosotros, continuamos oyendo lo que él quiere decir. Porque Rulfo tendrá siempre qué decir a sus lectores y qué enseñarnos a sus colegas de oficio."
Jorge Sánchez ofreció una semblanza de Fonseca y reveló por qué el escritor brasileño prefiere permanecer en el anonimato: "él dice que si nadie sabe quién es puede espiar ferozmente a su alrededor''.
Agregó que a 40 años de la aparición de su primer título, Los prisioneros, Fonseca asegura que todo lo que tiene que decir está en sus libros, ''y ha conseguido mantener, ante el asedio de conocidos y desconocidos, un personaje que a veces se confunde con ese yo, primera persona de sus novelas.''
Lo calificó de "espléndido escritor, con una prosa impresionantemente ágil, económica y fulminante, de frases certeras, llenas de humor, a veces negro, no pocas veces pegajoso y acre."
También recordó cuando en 1976 Fonseca fue perseguido por la justicia brasileña, por "atentar contra la moral y las buenas costumbres" con su libro Feliz Año Nuevo. La novela se convirtió en "símbolo y ejemplo de la intolerancia. El escritor emprendió una acción legal contra la unión, lo que significaba demandar a las cámaras legislativas y señalar que el Estado no puede tener el arbitrario poder de prohibir un libro''.
Fonseca ganó la batalla, y a partir de entonces se convirtió en un relator de las injusticias y perversiones de la sociedad que le tocó vivir, en un "inventor de las palabras''.
''Que nadie se engañe: el lenguaje de Rubem Fonseca es altamente sofisticado; el habla de los marginales, por ejemplo, es siempre recreada, lo que le da la autonomía y la resistencia que no se encuentran en las prosas naturalistas condenadas a envejecer, como envejece la jerga callejera", citó Sánchez a un crítico brasileño, al abundar sobre la pasión por el cine de Fonseca, el tenor camaleónico de su personalidad y su fobia a los actos públicos: "él ha dicho: preferiría morir que presentarme a firmar libros".
No obstante, al término de la premiación, Fonseca recorrió las instalaciones de la FIL (que este año espera recibir 400 mil visitantes), en medio de tumultos y apretujones, siempre con una gran sonrisa y saludos. Su amigo Gabriel García Márquez fue quien protagonizó, como siempre, la graciosa huida ante el acoso de la prensa. Pero Fonseca, inclusive, acudió al brindis de honor por la apertura del pabellón dedicado a Quebec, provincia canadiense invitada de honor de este encuentro, y espera gustoso el encuentro Mil jóvenes con Rubem Fonseca, que se realizará el próximo lunes. 

LA JORNADA




martes, 27 de noviembre de 2007

Kazuo Ishiguro recibe el premio de novela del Casino de Santiago


Nunca me abandones
Kazuo Ishiguro

Ishiguro recibe el premio de novela del Casino de Santiago


Oscar Iglesias
Santiago, 27 de noviembre de 2007
"Hay más argumento en los escritores anglosajones, son más anticuados. Los autores europeos, sí hablamos de Francia o Alemania, no parecen contar historias. Por influencia de la II Guerra Mundial, su energía se dirige hacia adentro". Para el autor británico Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954), que ayer recibió en el Casino de Santiago el Premio Novela Europea 2006 por Never let me go (Non me deixes nunca, en la versión de Eva Almazán que publica Galaxia), los europeos no se identifican con el relato clásico. "Todavía hay muchas cosas que no se quieren examinar", señaló a este periódico entre despacho y despacho de periodistas.
Pese a que el "cautiverio de la razón" -en expresión de Ishiguro- que precedió al conflicto ancla algunas de sus novelas anteriores, tanto las primeras, ambientadas en Japón, como The remains of the day (1989), que luego serviría de guión a James Ivory, Non me deixes nunca fija el relato en un colegio inglés de finales del siglo XX. Los alumnos, educados como élite, son huérfanos estériles. La crítica ha elogiado la delicadeza con la que Ishiguro administra una verdad próxima a algunas antiutopías de la ficción científica.
Ishiguro, encajonado generacionalmente por la revista Granta a comienzos de los ochenta -con Barnes, Amis y McEwan-, encuentra similitudes con su obra anterior. "Utilizo la memoria del narrador", dice. Además, "ningún tema es cuestionable por separado". Si bien la crítica de divulgación ha apuntado el supuesto "clasicismo narrativo" de Ishiguro, también en comparación con sus compañeros de promoción, el autor de A pale view of hills (1982) huelga dignificarse más allá de lo escrito. "Me gustan tanto los rusos como los ingleses del XIX con los que me crié", resume, " y Beckett y Kafka".

Japón y el multiculturalismo

Si hubiera que promover fracturas, antes que el género en sí propone una tradición narrativa contemporánea vinculada al experimentalismo. "No me siento parte de ninguna tradición posmoderna", insiste. Y -con cierta ironía- se asume como un autor "de los que todavía narran".
"Otros escritores pertenecían a un país del imperio europeo y después dejaron de hacerlo; yo no me siento parte de eso. Mis libros no abordan el hecho de pertenecer a un pequeño grupo étnico, como Amy Tan", relata Ishiguro, residente en Londres desde los seis años. "Sí me siento influenciado por la cultura japonesa... Pero Kawabata o Mishima me resultan ajenos. No entiendo ni sus emociones ni sus ideas". Sus códigos sí encajan con la obra más contemporánea de Oé o Murakami.
Ishiguro considera el mercado español "muy abierto" en comparación con el inglés. "No es que no me gusten las traducciones, es que no llego a ellas", bromea. ¿Un autor peninsular actual? "Uno que hizo un bestseller... Carlos Ruiz Zafón".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 27 de septiembre de 2007



RETRATOS AJENOS

FICCIONES


sábado, 20 de octubre de 2007

David Grossman / "Los israelíes somos ya sólo una armadura sin ninguna persona dentro"


David Grossman

"Los israelíes somos ya sólo una armadura sin ninguna persona dentro"



JOSÉ ANDRÉS ROJO
Madrid 20 OCT 2007

En Delirio, una de las dos novelas breves reunidas en La memoria de la piel (Seix Barral), David Grossman (Jerusalén, 1954) cuenta la historia de Shaul, un hombre que embarca a su cuñada Esti en un incómodo viaje nocturno para buscar a su mujer. "Me gustan las situaciones límite", explica el escritor israelí que ayer recibió uno de los premios, el de Letras, que otorga la Fundación Cristóbal Gabarrón. "Y la de los celos es una de ellas. En esa historia tardé 11 años en encontrar al personaje al que Shaul va a contarle su tormento. Probé de todo hasta que un día apareció Esti, y supe que lo que ocurría con ella era verdad". En la otra novela, la que da título al volumen, una escritora desentraña sin ninguna piedad los entresijos de la aventura con un adolescente de su madre moribunda.




"El celoso es aquel que construye un paraíso para ser expulsado de él"
"Cuando llegamos a una encrucijada, elegimos el camino de la violencia"

A David Grossman se le conoce sobre todo por su incansable dedicación a la tarea de conseguir la paz entre israelíes y palestinos. Su obra literaria ha quedado, por desgracia, oscurecida por su activismo político. "En mis libros hay con frecuencia gente que cuenta historias a otra gente", dice. "Cuando pones una historia en palabras te transformas y el que escucha se transforma también. Lo que ocurre es que muchas veces quedas atrapado por la historia que te has contado, que te han contado. Es lo que ha ocurrido con los judíos, que no podemos liberarnos de la condición de víctimas. Ni de sabernos el pueblo elegido, con toda la soledad que deriva de ello".
"Cuando escribo quiero enfrentarme con todos mis fantasmas", cuenta Grossman, "llegar dentro de mí a todos los lugares a los que no me permito llegar. Que todo pueda ser dicho, que salga lo más oscuro y que tome un poco el fresco. No quiero protección, quiero que el suelo tiemble bajo mis pies. Mi talante moderado y conciliador lo dejo para la política, que es donde hace falta. Al escribir prefiero escarbar en emociones extremas. Y los celos son de lo peor que hay en nosotros. La paradoja es que no quieres dejar de ser celoso cuando su veneno te ha atrapado. Y es que hasta las personas más sosas se transforman cuando están quemadas por ese fuego y son capaces de imaginar las situaciones más escabrosas e inverosímiles. No serían nada si no fueran celosos. El celoso es aquel que construye un paraíso para ser expulsado de él".
El año pasado, el 12 de agosto, dos días después de haber reclamado el cese de hostilidades entre Israel y Líbano en una rueda de prensa junto a los escritores Amos Oz y A. B. Yehoshua, uno de los hijos de David Grossman, Uri, murió en una de las incursiones de las fuerzas israelíes en territorio libanés al ser alcanzado por un misil antitanque de Hezbolá. Cuando el escritor relata un reciente viaje con su familia a Perú y Bolivia, repitiendo uno anterior que habían hecho con Uri, el dolor atraviesa su rostro como una ráfaga. "Los palestinos y los israelíes no hemos dejado de actuar contra nuestros propios intereses. Cuando llegamos a una encrucijada, siempre elegimos el camino de la violencia. De todas las posibilidades, nos quedamos con la guerra. Es como una condena divina".
"No volveremos a contar con la infinita ternura de Uri, la tranquilidad con la que apaciguaba todas las tormentas", escribió poco después Grossman en un artículo, Nuestra familia ha perdido la guerra, publicado ese mismo mes en este periódico. Pierde la guerra la familia de Grossman, pero en realidad la están perdiendo palestinos e israelíes desde hace años. Hace poco, y con la valentía que caracteriza sus intervenciones, Grossman (y Oz y Yehoshua y otros 12 intelectuales) fueron rotundos: pidieron a Olmert que negociara un alto el fuego con Hamás, el partido fundamentalista que domina la franja de Gaza y que incluso la Unión Europea ha proscrito.
"No soy ingenuo", explica el escritor. "Irán quiere borrar a Israel del mapa, y Hamás también. Pero no habrá paz sin ellos y todos estamos cansados de la guerra. Hace 30 años me calificaron de traidor cuando dije que Palestina necesitaba un Estado. Hoy no comparto el optimismo de quienes celebran la separación entre una Palestina fundamentalista y otra moderada. Para que haya paz, los palestinos tienen antes que resolver sus contradicciones internas".
Cuenta Grossman que los israelíes hablan de hamatzan, cuya traducción literal es "la situación", cuando se refieren a los desastres que padecen. Uno de ellos es el muro que los separa de los palestinos. "Ahí vemos al otro como el reflejo de nuestros propios temores. Y no tiene sentido. Pero nos hace falta una frontera fija. Desde que existe Israel sus límites no están definidos, se mueven permanentemente, y por eso existe la tentación de conquistar nuevos territorios. Hemos llegado al punto en que sólo somos una armadura sin ninguna persona dentro. Hay que definir nuestro espacio para saber quiénes somos y quiénes son ellos".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de octubre de 2007



sábado, 13 de octubre de 2007

Hilary Mantel / Tras la sombra / Reseña


Hilary Mantel

TRAS LA SOMBRA

La era de los videntes



CECILIA DREYMÜLLER
13 OCT 2007



En quinientas páginas, la corrosiva británica Hilary Mantel retrata las trampas de una médium profesional que recorre las ferias de esoterismo vecinas a Londres.


En la narrativa inglesa surgió, a finales de los años ochenta, una novelística femenina dúctil, entretenida y antisistema. Unía la mordacidad con lo folletinesco, el realismo descriptivo con la sátira, y su campo de tiro lo constituía los efectos de la devastadora política social de Thatcher y Mayor: la decadencia moral y económica de la clase media y la depauperación obrera. A Hilary Mantel (Derbyshire, Reino Unido, 1953) habría que contarla entre este grupo corrosivo, nunca constituido como tal. Su especialidad es el mundo de los espíritus con mensajes de ultratumba y apariciones de muertos. ¿Quién no va a apostar por los habitantes del mundo etéreo, si "por cada persona a este lado hay treinta y tres al otro"? En Tras la sombra retrata magistralmente a Alison, una médium profesional que recorre con su mánager los pueblos que rodean Londres, para actuar en ferias de esoterismo y shows espiritistas donde emboba con generalidades hábilmente endosadas de fenómenos paranormales, a una clientela deseosa de ser rescatada de sus anodinas existencias.


TRAS LA SOMBRA

Hilary Mantel
Traducción de Damián Alou
Global Rythm. Barcelona, 2007
527 páginas. 23 euros

Funda su holgada existencia en las abuelitas, los suicidas, asesinados y niños abortados que se manifiestan a través de ella, aunque otros espíritus viven a su vez de ella, y se las tiene que ver con ellos. Los más habituales son una pandilla de criminales descerebrados al servicio de Nick, encarnación barriobajera de Belcebú. La descripción de las trastadas de este grupo -una transferencia del realismo sucio de los bajos fondos ingleses al mundo de los espíritus- constituye el genial resorte cómico de la novela. Este humor negro, aderezado de una medida dosis de mal gusto, atenúa el cuadro desolador que dibuja como de pasada de la Inglaterra de los suburbios: la insolidaridad, el oscurantismo televisivo, la intoxicante vulgaridad. Lamentablemente, se deja llevar por la manía detallista y la obra está sobrecargada de calderilla psicológica, diálogos chatos y pormenores disparatados. De modo que, en sus más de quinientas páginas, se diluye hasta lo irreconocible la lúcida crítica sobre el abandono social y el retroceso al irracionalismo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de octubre de 2007

jueves, 6 de septiembre de 2007

Javier Marías gana el Premio Herralde de novela con 'El hombre sentimental'

Javier Marías

Javier Marías gana el Premio Herralde de novela con 'El hombre sentimental'


FIETTA JARQUE
Barcelona 18 NOV 1986


La novela El hombre sentimental, de Javier Marías, ganó ayer en Barcelona la cuarta edición del Premio Herralde, que concede la editorial Anagrama. El galardón fue concedido por unanimidad del jurado. Se trata de la cuarta novela de Javier Marías, ganador en 1979 del Premio Nacional de Traducción. Este año concurrieron 171 obras al certamen literario.
El hombre sentimental trata sobre esa especie en extinción a la que pertenecen los seres que no se recuperan tras una historia de amor terminada. "En esta obra el tratamiento narrativo uniformiza en cierta medida lo vivido, pensado, soñado y conjeturado por los personajes como modos de conocimiento equivalentes de la realidad. Hay una uniformización de lo vivido y todo termina teniendo el mismo rango en la historia", comenta el escritor.En El hombre sentimental un cantante de ópera catalán, conocido como el León de Nápoles y narrador en la obra, cuenta una historia de pasiones llevadas hasta sus últimas consecuencias. últimas consecuencias sólo para él, un hombre sentimental, una especie de Werther desubicado en la frialdad de nuestro fin de siglo.
Se trata de la cuarta novela de Javier Marías, de 35 años. La primera, Los dominios del lobo, fue publicada cuando el autor contaba con sólo 19 años. Luego vinieron Travesía del horizonte (1972), El monarca del tiempo (1979) y El siglo (1983).
"El personaje central de esta novela aparecía ya en mi anterior obra, El siglo. Entonces era sólo un personaje algo perdido que ahora reaparece como narrador. En las últimas tres novelas algunos de mis personajes reaparecen en otra. Mis personajes crean en realidad un locus sin lugar determinado, aunque parezca contradictorio".
"A mis primeras dos novelas se les reprochó el no tener relación con la realidad de la vida española. Yo entonces era muy joven y para mí la realidad era también lo que yo podía ver o vivir desde una butaca de cine. Ambas estaban escritas en tono de parodia. En la primera, sobre el cine hollywoodense, y en la segunda se intercalaban modelos de la literatura inglesa del siglo XIX y principios del XX", comenta Marías. "Esas dos primeras novelas marcaron una etapa que ya he superado, una línea que dejó de interesarme".
De alguna manera en ese momento sostenía la posición beligerante de los novisímos en contra de lo que era la literatura del realismo social. Había entonces un rechazo injusto por todo lo español porque se lo identificaba con el franquismo", afirma Marías.
Traducciones
El ganador del premio Herralde obtuvo en 1979 el Premio Nacional de Traducción por su versión de Tristam Shandy de Sterne. Ha sido también profesor de literatura española en la universidad de Oxford."Mi labor como traductor ha tenido una incidencia muy especial en mi literatura. Traducir es un ejercicio extraordinario para un escritor. A la postre la dicción de la traducción es uno quien la elige. Sin embargo, no estoy de acuerdo con quienes piensan que la traducción es una recreación del texto. Por ejemplo en poesía, pienso que se la puede traducir con entera fidelidad, siempre que no sea rimada, claro".
El jurado del Premio Herralde, dotado con un millón de pesetas, estaba integrado por: Salvador Clotas, Luis Goytisolo, Esther Tusquets, Juan Cueto y Jorge Herralde.
El primer finalista fue el uruguayo Roberto Fernández Sastre con la novela La manipulación. El segundo puesto fue compartido por la cubana residente en Puerto Rico, Mayra Montero, con la novela La trenza de la hermosa luna y el colombiano Evelio Rosero, autor de Juliana los mira. Marías se presentó al premio con el seudónimo de Luis Viella.
* Este articulo apareció en la edición impresa del Martes, 18 de noviembre de 1986 
EL PAÍS