jueves, 14 de marzo de 2002

Federico García Lorca / Cartas

Federico García Lorca


Federico García Lorca

Cartas


José Manuel Caballero Bonald
14 de marzo de 2000

Leí el otro día en este periódico que la madrileña sala Finarte iba a subastar dos cartas de Federico García Lorca dirigidas a José Bergamín. Los precios de salida eran, respectivamente, de dos millones y un millón de pesetas. No me pareció ni poco ni mucho, si bien el contenido y extensión de la más barata de esas cartas, me resultaron por lo menos llamativos. El texto rezaba así: "Querido Pepe: he estado a verte y creo que volveré mañana. Abrazos de Federico". Son catorce palabras justas y ninguna de ellas rebasa el nivel de un escrito absolutamente neutro que sólo puede tener el interés accesorio de ser una autógrafo. Hay personas que aprecian mucho esta clase de recuerdos, que se desviven con pasión desmedida por conseguir alguna muestra de esas variantes literarias del fetichismo. No es que les alabe el gusto, pero naturalmente tampoco tengo nada que objetar.A los dos días de esta noticia, apareció otra anunciando que las dos cartas en cuestión habían sido vendidas por 2,5 y 1,5 millones, es decir, por algo más de lo previsto. Una transacción ciertamente curiosa. La carta a que he referido se vendió, en números redondos, a razón de 107.143 pesetas la palabra, aunque supongo que el precio de la firma sería muy superior, por ejemplo, al de la preposición "a" o al de la conjunción "y". Pero unas con otras han completado ese millón y medio. La primera de esas misivas está fechada en 1927, año generacional clave, y la segunda en 1936, fecha del asesinato de García Lorca y del horror bélico que acabó haciendo de Bergamín uno de los más conmovedores paradigmas del exilio.


Ignoro quién decidió vender esas cartas en pública subasta ni qué coleccionista pujó por ellas. Tampoco me importa nada saberlo, qué más da. Pero los hechos consumados sí me sugieren alguna desabrida reflexión. Yo frecuenté a Bergamín a poco de regresar de uno de sus largos destierros, cuando vivía como un "peregrino en su patria", en un ático adecuadamente situado frente a la alegoría real del Palacio de Oriente, acosado con saña por los cancerberos del franquismo. La suya seguía siendo una vida difícil, de una admirable integridad ideológica, dignísima y humilde. Fue por entonces cuando acuñó una frase lapidaria: "Estoy vivo porque no tengo donde caerme muerto". La confesión podía tildarse de ingeniosa, pero era sencillamente atroz.
Resulta más bien disparatado, de una injusticia casi perversa, comprobar lo que se ha pagado ahora por un papel que perteneció a un hombre que "no tenía donde caerse muerto". Sin duda que esas cosas ocurren a cada paso, incluso con una notoria multiplicación de inclemencias. Pero eso no merma su significación como reverso inmerecido de una experiencia vital. Bergamín, que gustaba de llamarse a sí mismo póstumo, fue seguramente el escritor de más fértil talento que yo he conocido. Y las cartas ahora vendidas, habrían supuesto desde luego una buena oportunidad para que Bergamín, en su condición de póstumo, se hubiese sacado de la manga un aforismo, entre despiadado y sarcástico, sobre las tratadas de su propio destino. Seguro que habría sido otra lección ejemplar.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 14 de marzo de 2000

lunes, 11 de marzo de 2002

Iris Murdoch



Iris

Una gran película que recuerda las escenas más importantes en la vida de una escritora que perdió el don de la palabra.

Judi Dench hace el papel de la escritora en los últimos años de su vida. Richard Eyre, el director, ha centrado la película en la historia de amor entre la autora y su esposo de toda la vida, el profesor John Bayley

11 de marzo de 2002


Director: Richard Eyre 

Protagonistas: Judi Dench, Kate Winslet, Jim Broadbent, Hugh Bonneville, Penelope Wilton, Timothy West

El profesor John Bayley está convencido de que su esposa, la escritora Iris Murdoch, "fue un ser superior". Y siempre supo, según dice, "que los seres superiores no tienen la misma clase de mente que yo tengo". Por eso, para comprender las sinrazones de aquella mujer con quien compartió 43 años de vida, escribió los libros Elegía para Iris e Iris y sus amigos: memorias de la memoria y el deseo. Y el director británico Richard Eyre, conocido por sus meticulosos dramas para la televisión, los leyó de la primera página hasta la última y decidió convertirlos en una película que "no es una biografía, ni tampoco es una ficción, pero ocupa un poético territorio enclavado entre ambas concepciones". Y cuenta, de paso, una pequeña, verosímil, inolvidable historia de amor. 

Iris Murdoch nació en Dublín, en 1919, pero pasó toda su vida en Inglaterra. Creció en Londres, en los suburbios de Hammersmith y Chiswich, y estudió literatura, historia antigua y filosofía en el Somerville College de Oxford. Abandonó a tiempo las causas políticas, por supuesto. Sostuvo una buena amistad con el novelista francés Raymond Queneau. Y trabajó, durante todo el año 1947, con el filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein. Cinco años después, cuando ya se había convertido en una respetada profesora, dejó morir en sus brazos al poeta checo Franz Steiner. Y al año siguiente, en 1953, publicó un primer libro sobre la obra de Jean Paul Sartre, a quien conoció en los años 40, y comenzó un breve romance con el escritor Elias Canetti. 

El ingenuo profesor Bayley, que tenía seis años menos que ella y tuvo la paciencia de un admirador ante las inevitables infidelidades de los primeros años, en 1956 la convenció de casarse con él. Y, a partir de ese momento, fueron inseparables. Vivieron juntos con real independencia, dice Bayley, "como dos animales enjaulados". Y fueron testigos, como si fueran una sola persona, de los tres textos filosóficos, los dramas, el poemario y las 25 novelas que Iris escribió desde 1954 hasta 1995, cuando comenzó a perder la razón y el don de la palabra. En 1997 le diagnosticaron Alzheimer y se convirtió, asegura Bayley, en "una agradable niña de 3 años". 

En fin. Suena difícil convertir tantos libros, tantos personajes, tantos hechos en un drama con principio, medio y fin, pero, gracias a la sensible dirección de Eyre y a la maravillosa actuación de sus cuatro protagonistas, Iris es una estupenda película que avanza con el ir y venir de la memoria y que aprovecha los momentos determinantes de una biografía y las escenas más importantes de una historia de amor entre esposos para hablarnos del poder de nuestras palabras, de los borrosos límites entre la locura y la imaginación y del viacrucis de quienes viven atrapados en las infinitas posibilidades del cerebro.


SEMANA