domingo, 16 de octubre de 2005

Elza Soares / Mujer guerrera




ELZA SOARES

Mujer guerrera

Carlos Galilea
16 de octubre de 2005


Con los músicos en escena, pero en silencio, fue llegando su voz algo ronca desde las bambalinas. Ya fue naciendo con cara de hambre... Infancia miserable, violencia doméstica, madre con 13 años -tuvo ocho hijos y varios se le murieron- y una relación tormentosa con Garrincha: Elza Soares es una superviviente. Salió cantando Beija-me, uno de sus éxitos, que unió con sca't jazzístico a otra de las canciones que la hicieron popular en los años cincuenta, Se acaso você chegasse.Samba, mucha samba. Y sentimientos. Sobre los celos escribió Caetano Veloso.




Una de sus expresiones, Del coxis hasta el pescuezo, da título al espectáculo que presentaba en España la cantante carioca: aunque el concierto apenas conserve tres canciones del disco homónimo, producido por Alê Siqueira y con dirección artística de Wisnik. Ese disco que en 2002 le devolvió a Elza Soares el glamour,demostrando a los jóvenes que no era sólo una sambista o un capítulo del pasado. Una voz inconfundible, que susurra, acaricia, ruge, grita, desgarra... Cantó Dor de cotovelo sin micrófono. Un recurso que repitió en el tango Fadas. Y confesó su devoción por los poetas de la música popular de su país, en especial por Chico Buarque.




Elza Soares

Elza Soares (voz), Claudio Andrade (piano), Vitor Motta (vientos), Nando Duarte (guitarra), Edson Menezes (bajo), Eduardo Constant (batería), João Hermeto (percusión). Real Escuela Superior de Arte Dramático. Madrid, 14 de octubre.

Negra de mirada felina que se ha enfrentado a los prejuicios y las adversidades. A la favela no le dieron la vez, pero ella, guerrera, está ahí. Denunciando que la carne más barata del mercado es la carne negra y exigiendo justicia y respeto. La sala baila su funk-samba-rap.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de octubre de 2005



Enrique Vila-Matas / Un clima de anonimato

John  Banville
Poster de T.A.


Un clima de anonimato

Enrique Vila-Matas
16 de octubre de 2005

1
Siento una curiosa alegría al entrar en el supermercado paquistaní después de haber estado fuera de Barcelona unos días. Aunque parezca extraño, es como si el supermercado, situado muy cerca de casa, fuera una rara prolongación del hogar. De pronto comparo esa alegría con la que, por ejemplo, puede uno encontrar dando vueltas sobre sí mismo en una terminal de aeropuerto. Al descubrir que ambas alegrías podrían estar conectadas entre ellas, me animo y termino dando vueltas sobre mí mismo en pleno supermercado. El cajero, viéndome dar esas vueltas alegres en la muy iluminada zona de los refrescos, ha sonreído.
Unas horas después, escucho en la radio noticias sobre un terremoto en Cachemira, Pakistán. Adiós a la alegría. Vuelvo al supermercado que es la prolongación de mi casa y pregunto al cajero por la familia que dejó allí en su tierra. "Todos están bien", me dice con una renovada sonrisa, y me aclara que ellos no son de Cachemira. Retorno a una cierta alegría. Por un momento pienso en el clima de anonimato en el que viven los paquistaníes que no son de Cachemira y también en el anonimato de los muertos de Cachemira. La verdad es que aprecio a la gente de este supermercado paquistaní, les prefiero a muchos autóctonos del barrio.


2
Contrapunto, un breve libro de Don DeLillo, indaga en la geografía mental de cuatro solitarios cuyas soledades parecen conectadas. El primero de los solitarios es el atávico Atanarjuat corriendo desnudo para escapar de sus perseguidores y salvar su vida. El segundo es el pianista Glenn Gould que, ante la incomodidad que sentía cuando estaba ante un público cualquiera, se refugió en la tecnología y el estudio de grabación buscando un clima de anonimato. El tercero es el escritor Thomas Bernhard aislado en su mundo obsesivo de literatura pura y dura, y el cuarto y último es Thelonious Monk, que se retiró misteriosamente y no volvió a actuar en los seis años que transcurrieron hasta su muerte en 1982.
Cuatro seres que se atrincheraron frente al mundo. Bernhard, por ejemplo, escribió sobre Gould y dijo que compartía con él un deseo muy fuerte de blindarse. Se sentía, como Gould, un fanático de ponerle barreras al mundo. ¿Y qué decir de Monk? Se quedó inmóvil ante el piano en un club de Boston presionando las teclas, sin sonido, durante muchísimo tiempo y logrando que incluso sus más fieles seguidores acabaran abandonando el escenario, pues "estaba oyendo algo que ellos no oían". Es más, al final de sus días Monk dormía debajo del escenario en el que tocaba todas las noches.
Contrapunto contiene la demostración de que el arte de asociar ideas y soledades creativas es un arte muy alto, de gran futuro, todavía no muy explorado, pero visible ya, por ejemplo, en el gran John Banville, que ha ganado con The sea el importante Booker Prize, un galardón cada vez más sensato y menos pintoresco y pinteriano que el Nobel.
Con el Booker los teletipos hablan de sorpresa porque se esperaba que ganaran Julian Barnes o Kazuo Ishiguro. No me explico esa sorpresa si no es porque Banville vive en un cierto clima de anonimato, fuera de los focos, y además es un escritor demasiado inteligente. A mí me parece que John Banville, el autor de Eclipse y de Imposturas, es el mejor narrador actual en lengua inglesa.
3
Como suelo inventar citas, voy a inventarme una de Judit Mascó: "¡Qué rabia no ser Víctor Hugo".
4
Siguen desenterrando cadáveres en Cachemira en un clima desesperado. Las cifras de fallecidos van aumentando y forman parte de los titulares de los periódicos. Antes los muertos no se contaban -"los muertos no se cuentan", decía Bartolomé Soler, novelista catalán hoy olvidado, perdido él también en un clima de anonimato absoluto- o se contaban con cifras redondas, recuérdese aquel "millón de muertos" de José María Gironella. Ahora hay una obsesión por encontrar la cifra idónea y a la larga siempre imperfecta, pues yo sé que, por ejemplo, hay accidentados que huyen moribundos y mueren lejos muchos años después. En el momento de escribir esto hay cifras oficiales y oficiosas. Bailan números. Y esto no ha acabado todavía, por supuesto. La cifra de muertos de la historia de la humanidad será infinita o no será.
5
La nación, vista como una noción más de anonimato.
6
Llamo a la biblioteca de Palma de Mallorca donde trabaja José Carlos Llop. En mi viaje relámpago a Nantes he descubierto que su novela Háblame del tercer hombre ha recibido una notable acogida crítica en Francia. Elogiosas reseñas en Le Monde, Le Figaro, La Matricule des Anges, Sud Ouest, Lire, y lo que está por llegar. Lo más curioso de todo es que la novela de Llop en España está ya descatalogada (o sea, ya no existe), y eso que hace sólo tres años que fue publicada por Muchnik-El Aleph Editores.
Un ángulo más de la crisis editorial de los empresarios amantes del Santo Grial.
Llamo a Llop y le pregunto si está al corriente de su buena onda francesa. Está sobradamente informado y me comenta su desconcierto ante el notable desfase entre la recepción francesa de su libro y la desaparición española, en un clima total de anonimato, de Háblame del tercer hombre. Quien quiera comprar esa novela debe ahora buscarla en francés, en la editorial de Jacqueline Chambon. Cosas que pasan. En España. Eso me trae el recuerdo de Valle-Inclán, para el que no parece pasar el tiempo: "El perro: guau, guau. El gato: miau, miau. El loro: ¡viva España!".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de octubre de 2005

domingo, 9 de octubre de 2005

Javier Cercas / Perdido en Islandia


Reykjavik, capital de Islandia
Javier Cercas

Perdido en Islandia


9 de octubre de 2005

Fui a Islandia con la idea de conjurar el miedo a la tristeza inminente del otoño y sus mañanas de luz hosca y sus tardes que se acortan angustiosamente. Por supuesto, casi todo lo que sabía de Islandia lo sabía por Julio Verne, que viajó con la imaginación a aquel confín del mundo habitado para narrar el viaje al centro de la Tierra del profesor Otto Lindembrock y su intrépido sobrino Axel, que se hundieron en el cráter del volcán Sneffels y al cabo de muchos días inciertos reaparecieron en la isla de Strómboli, en Sicilia, lejos de la brumosa y helada aridez de Islandia. Sabía o creía saber por Verne que el aspecto de Reikiavik, la capital, y sus alrededores era singularmente triste, y recordaba al joven Axel paseando por aquel lugar sin árboles ni vegetación ni más edificaciones que cabañas de barro y turba, ni más habitantes que mujeres de cara triste y resignada y hombres robustos y pesados e igualmente tristes, "una especie de alemanes rubios de mirada pensativa, que se sienten algo marginados de la humanidad, pobres exiliados relegados a esta tierra de hielo, de quienes la naturaleza debió de hacer esquimales, puesto que los condenaba a vivir en el límite del círculo polar". Sabía esto, pero también sabía -y no por Verne- que Islandia es el único país del mundo sin ejército ni marina ni desempleo, un país donde el vicio nacional es la lectura, con uno de los niveles de instrucción más elevados del mundo y donde hace más de mil años, cuando fundaron el parlamento más antiguo del que hay noticia, decidieron que, en vez de dirimir sus diferencias a guantazos, lo harían mediante el diálogo, un instrumento menos expeditivo, pero algo más civilizado; así que me dije que un país que tenía todas esas cosas no podía ser del todo malo, sino más bien un antídoto seguro contra la larguísima tristeza del otoño. También me dije que todo el mundo sabe que Verne apenas viajó, y que su sombría Islandia es tan imaginaria como el profesor Lindembrock y su sobrino Axel.
Apenas aterricé en el aeropuerto de Keflavik comprendí que esto último era verdad. Aunque no del todo. Es verdad que los islandeses son hombres robustos y pesados como alemanes rubios de mirada pensativa, pero no que sean tristes; las islandesas tampoco lo son. Al contrario: unos y otras irradiaban, en el final del verano polar, una alegría y una vitalidad desenfrenadas, y una avidez explosiva de comida, bebida y conversación, como si estuvieran haciendo acopio de reservas para afrontar con valentía la tristeza de las noches casi eternas del invierno islandés. Es verdad que el país es helado y árido, aunque no brumoso, y que casi carece árboles, pero también es verdad que, cuando uno se adentra en su territorio inmenso, deshabitado y silencioso, y se empapa de su paisaje de rocas volcánicas, prados verdísimos y cielos de un azul imposible bajo los que brotan cráteres de volcanes apagados y cataratas descomunales y bruscos géiseres y rebaños de caballos enanos y extrañas ovejas lanudas, uno tiene la impresión de haberse perdido en una alucinación o una pesadilla primigenia y benigna. Por lo demás, Reikiavik es una mínima y hermosa capital, y los políticos que gobiernan la isla, gente tan grata que ni siquiera interrumpen las fiestas para soltar discursos. Fue uno de ellos quien una tarde, durante un cóctel, me contó la leyenda de los Escondidos. Según ella, Adán y Eva tuvieron muchos hijos, y un día Dios le pidió a la pareja que se los mostrara, pero a Eva, que no daba abasto con las tareas de la casa, le dio mucha vergüenza mostrarle a sus hijos sucios, y sólo le mostró a los limpios. Entonces Dios la castigó, obligándola a que los hijos que no le había mostrado permaneciesen para siempre escondidos. Así siguen: viven aquí, entre nosotros, pero nadie los ve o sólo se los ve muy de vez en cuando y por error, como si fueran una humanidad paralela a la nuestra, oculta y armoniosa, de forma que cuando algún viajero desaparece en la inmensidad desierta de Islandia -lo que no es infrecuente-, los islandeses aseguran que está felizmente viviendo con los Escondidos.
Esa misma noche, tras el cóctel, les conté la leyenda a Siri Husvedt y Paul Auster, una pareja de novelistas tan guapos que no parecen novelistas. Les gustó. Nos hicimos amigos. Lo celebramos con la cena más larga, más cara y más chiflada que recuerdo. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos con una resaca de pronóstico reservado, Auster me cantó una canción popular norteamericana, una canción de bebedor con resaca que, en traducción libre, dice así: "Enfermo, sobrio y lamentándote / Arruinado, estragado y triste / Pero piensa en lo feliz que fuiste". Días después llegué a casa con la misma sensación que si hubiera viajado desde Islandia hasta Sicilia por debajo de la tierra, dispuesto a afrontar con la intrepidez y el coraje del profesor Lindembrok y su sobrino Axel la tristeza inacabable y gris y angustiosa del otoño. Llegué diciéndome que, si algún día desaparezco -lo que no es imposible-, que no me busquen en Islandia, porque allí estaré, perdido y feliz y en armonía con los Escondidos. Llegué pensando que llegaba sobrio, arruinado y triste. Llegué pensando: "Pero piensa en lo feliz que fuiste".


sábado, 8 de octubre de 2005

Tennessee Williams / Ocho mujeres poseídas


Tennessee Williams
OCHO MUJERES POSEÍDAS

Mujeres sin frustración


 José María Guelbenzu
8 de octubre de 2005
Los personajes femeninos vuelven a dominar la escena en los seis relatos de Tennessee Williams reunidos en Ocho mortales poseídas. Madres castradoras, obsesiones sexuales o atisbos de locura flotan en el aire de estas historias en las que el genial dramaturgo toma una distancia redentora y añade humor sureño, cierta alegría, sutileza y sarcasmo.

Más que ocho mortales poseídas habría que hablar de ocho mujeres desubicadas. Son los ocho personajes femeninos de seis relatos que componen este libro del famoso dramaturgo norteamericano Tennessee Williams (Misisipi, 1911-Nueva York, 1983) a quien el lector -y el cinéfilo, pues la mayor parte de sus mejores dramas han pasado con éxito al cine- recordará como autor de Un tranvía llamado Deseo (Premio Pulitzer, en 1948), La rosa tatuada, Verano y humo, Dulce pájaro de juventud, La gata sobre el tejado de zinc caliente (con el que ganó su segundo Pulitzer, en 1955), El zoo de cristal, La noche de la Iguana, Vieux Carré (que transcurre en Nueva Orleans) y De repente el último verano,entre otras obras.

OCHO MORTALES POSEÍDAS

Tennessee Williams
Traducción de
Pilar Giralt Gorina
Alba. Barcelona, 2005
140 páginas. 15,50 euros

Williams era un hombre atormentado y conflictivo, con un terrible drama familiar (abuelo clérigo, madre posesiva, padre ausente, hermana esquizofrénica cuya lobotomización le afectó de por vida) y todo ello se refleja en sus dramas; la madre, en la Amanda de El zoo de cristal, lo mismo que la hermana; la lobotomía en De repente el último verano... Williams es un autor compulsivamente autobiográfico que se desdobla en escenas y personajes suyos ("Blanche du Bois, c'est moi"), un hombre adicto a pastillas y alcohol, homosexual confeso y promiscuo, un escritor compulsivo y genial y un hombre del Sur, de ese Sur que ha aportado tantas obras maestras a la literatura norteamericana.


Las ocho mujeres desubicadas de este volumen son todas ellas típicas de Williams: entre ellas reparte las características habituales de sus personajes: la locura, las mujeres maduras o ya ajadas, la obsesión por el sexo, la sensualidad reprimida, la madre castradora o dominada, el padre dominante... pero hay una diferencia con respecto a la mayoría de sus protagonistas femeninas: la visión que de las ocho mujeres tiene Williams, es divertida, humorística, de una distancia redentora; también sarcástica y dura, pero con una extraña alegría en el relato de sus momentos de vida que, cosa rara en él, las entroniza y redime a todas.
Es un humor malicioso, casi morboso, con un punto exhibicionista que lo acerca a ese peculiar tratamiento de lo grotesco que se da tan a menudo en los escritores sureños y que aquí está excelentemente representado en Completada,la historia de Rosemary McCool, una muchacha que al cumplir los veinte años aún no ha tenido su primera menstruación. Y hay otro tratamiento de lo grotesco en la historia de la disparatada principesa Lisabetta, ambientada, como su novela La primavera romana de la señora Stone, en Italia.
El relato titulado La señorita Coynte de Greene es un texto casi jubiloso en el que se diría que Williams ha decidido conceder la felicidad a uno de sus personajes característicos, "una soltera erótica, no frígida, de casi treinta años..." que, en su primer acto de insumisión, acaba entrando en posesión de un dinero que le permitirá cumplir sus deseos. La apertura del volumen, a cargo de dos solteronas igualmente características que se aman y detestan con un equilibrio admirable, es un prodigio de humor y sutileza, de estilo noble y vulgar cotidianeidad perfectamente ensamblados. En cuanto al relato de la poeta que desea conocer antes de morir los artículos necrológicos que se le dedicarán, es otra versión de la imagen permanente de la mujer madura y castigada por sus propios excesos, empezando por el exceso de ego, que bien podría remitirnos al personaje femenino de la actriz decadente de Verano y humo. Sólo que en este relato prima la ironía y, como los demás, se incorpora a esa visión de un Tennessee Williams liberando a sus personajes-fetiche femeninos de la pesada carga de la frustración.

El último de los relatos de este libro Orifllama, es en cambio una ensoñación de la muerte, pero de la muerte que actúa como un catalizador de liberación y que hace pasar los deseos al plano de la satisfacción. "Todo era lo mismo: enfermedad, fatiga y todos los males del cuerpo y del espíritu procedían de la natural anarquía de un corazón obligado a llevar uniforme"; abre el armario de sus viejos vestidos, abre la puerta de la casa, abre la vida, compra un vestido de seda de noche para caminar por la calle; y se siente, caminando, ella misma por fin: "¡caminaba, caminaba, envuelta en un glorioso estandarte, la parte roja de una bandera!". Una ensoñación de felicidad pegada a sus deseos, a sus frustraciones, a la necesidad de mirar el mundo de dentro a fuera de sí misma.

En su última obra de teatro, The two charaters' play, dos hermanos, hombre y mujer, ya maduros, cansados, con la vida a cuestas, hablan. Un final soñado y deseado, sin duda. ¿Tennessee y su hermana Rose, a la que adoraba, quizá? Williams fue un personaje dolorido, atormentado, excesivo, autodestructivo... en pos de la vida y del arte. Estos relatos me parecen su cara alegre, un rincón para recordarlo tiernamente.

Sergio Pitol / El día en que el misterio se convirtió en disparate


Carlos Monsiváis y Sergio Pitol

Sergio Pitol
BIOGRAFÍA

El día en que el misterio se convirtió en disparate



CARLOS MONSIVAIS
8 OCT 2005

"Uno es una suma mermada
por infinitas restas" (S. P.)

En su primera etapa narrativa, Pitol maneja la contención y la desesperanza en relatos tensos, de escenarios asfixiantes donde los personajes vagan o se arraigan entre penumbras y regocijos estéticos. (En sus relatos la carencia de propósitos vitales puede interrumpirse gracias a La flauta mágica). En paisajes asiáticos, en vísperas de la ida a Bomarzo o entre pasiones ya sólo avivadas por el rencor, los personajes de Pitol privilegian el secreto sobre la revelación, la respuesta del arte sobre las incitaciones del egoísmo y la desesperanza. Si existe algo similar a "la pesadilla serena", uno de sus ámbitos naturales se halla en estos textos de Pitol. Y en El tañido de una flauta, el mejor libro de esta etapa, la voluntad de desastre es un propósito de enmienda: "¿Cómo que a mí ni me pasa nada?".
La trilogía carnavalesca (El desfile del amor, de 1984, Domar a la divina garza, de 1988, y La vida conyugal, de 1991) entroniza la sátira y da fe de la conversión del misterio en disparate (al revés del empeño de numerosos teólogos). Mitad novela policiaca, mitad recreación de una época, El desfile del amor es una suerte de conga donde el paso tan chévere de un asesinato es el punto de partida no para descubrir a los asesinos sino a los asesinables, los simpatizantes del nazismo y los freaks locales que en un departamento del edificio falsamente gótico juegan a ser criaturas de la alta sociedad internacional, tal y como la recrea un novelista policial (Eric Ambler, digamos) o un autor satírico (Evelyn Waugh, el arquetipo).

Domar a la divina garza: Vencer el asco a nombre del mal gusto

Pitol varía su horizonte temático atenido a su obsesión: sin la presencia o el hálito de lo "anormal", la normalidad no tiene sentido, se vuelve tan informe que resulta grotesca. (Algo semejante a "todas las familias son infelices, pero no todas hallan en ello la raíz de su felicidad"). Domar a la divina garza es la historia de un pobre diablo, Dante C. de la Estrella, pícaro y fariseo, ligado a Maritsa Koprovitza, suma sacerdotisa de un culto coprofílico, que surge de las entrañas de la tierra mexicana al amparo de los devotos del Santo Niño del Agro. (Advierte William James en Las variedades de la experiencia religiosa: "Las funciones más simples de la vida fisiológica pueden producir emociones religiosas"). De la Estrella, histórico y denunciatorio, le refiere su horrible estadía en Estambul a la familia Millares, que lo oye con repulsión y entrega hipnótica.

La vida conyugal: Detrás de toda boda de oro o plata hay un arsenal de odios que bostezan o conspiran

Jacqueline Cascorro y Nicolás Lobato son la pareja perfecta. Viven para destruirse y ya se sabe que ninguna unión es tan sólida como la del asesino premeditado y su víctima huidiza. "En tu ausencia de hoy perdí algún muerto", podría decirle Jacqueline a Nicolás. Ella se sacrifica por amor a la venganza, y se aterra ante el deterioro y el humor involuntario del hombre que detesta y que salvó su vida a costa del naufragio de su odiadora. Sin el delirio coral de El desfile del amor y sin la celebración del auto excremental de Domar a la divina garza,esta novela acerca al secreto de los orígenes: las parejas perduran por la esperanza de cada uno de sobrevivir al ser odiado.

El arte de la fuga

El arte de la fuga, conjunto de crónicas, relatos, diarios, memorias, se evade de las ataduras del sedentarismo y el nomadismo, y emprende la travesía donde las ideas son formas de vida y son reminiscencias, las predilecciones se vuelven presagios, y las amistades resultan, entre otras cosas, el festejo común de la excentricidad. En El arte de la fuga se viaja a través de lecturas -de Tabucchi a los cómics mexicanos, de Faulkner a Thomas Mann-, de ciudades, películas, cuadros y grabados, de recuerdos dolorosos, hipnosis y sueños. El resultado combina la densidad cultural y el vigor autobiográfico: "Mi relación con la literatura, que ha sido visceral, excesiva y aun salvaje".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de octubre de 2005
EL PAÍS



FICCIONES


Sergio Pitol / Espiral de cuento

Sergio Pitol
Ilustración de Martin Elfman


Sergio Pitol

BIOGRAFÍA

Espiral de cuento


E. DOBRY
8 OCT 2005
FRENTE A la poética del cuento como línea recta o como círculo cerrado, Pitol prefiere la espiral, la curva de perpetua excentricidad: en sus relatos la lógica es menos importante que la cadente divagación, el desarrollo de una trama menos verosímil que su llegar hasta cierto punto y negarse a avanzar (como le suele suceder a sus personajes). A Pitol no le preocupa la relojería narrativa sino la música de una evocación o, incluso, el ruido que rodea a la música. En sus cuentos hay siempre, tendida por debajo, una segunda trama, explícitamente literaria: escritores que viven la euforia o la desgracia de sus propios argumentos o que deliberadamente contaminan la ficción con su reflejo en otra ficción. Pitol juega a representarse en su propio cuadro, como observador observado, en una reelaboración del procedimiento cervantino de los espejos enfrentados. Un juego que afecta incluso a los géneros: no casualmente este volumen se cierra con 'El oscuro hermano gemelo', una superposición -no una mera fusión- de ensayo y relato, a partir de la relectura de Tonio Kröger de Thomas Mann. La prosa de Pitol está más cerca del campo magnético que de la corriente: las partículas se adhieren a su progreso según un plan oscuro. Es curioso que, mientras sus novelas se ambientan casi siempre en México, sus cuentos suelen tener escenario europeo. Y que mientras en las novelas el vínculo marital, en todas sus formas y deformidades, ocupa el escenario, en los cuentos aparece la soledad, la búsqueda de una máscara creíble, la literatura como territorio parecido al de la nacionalidad: una patria que lo exige todo sin prometer nada. Por otra parte, la Europa de Pitol no es la clásica del escritor americano que busca en el Viejo Mundo alguna respuesta a los demonios que carga: no es sólo Roma o París sino también Varsovia -muchas veces Varsovia, ciudad central y periférica a la vez-. O un pueblo de Ibiza, o un hotel en la falda del Tibidabo, los lugares más propensos a la angustia de (la carencia de) una identidad. Los escenarios europeos de Pitol son lugares que pasan de lo inquietante a lo letal, desdibujados por los vahos del alcohol. Las mismas catorce piezas que, de sus ocho volúmenes de cuentos, el autor eligió para esta antología parecen seguir conversando entre sí, conspirando en un murmullo, incluso cuando el lector ha cerrado el libro.
Los mejores cuentos. Sergio Pitol. Prólogo de Enrique Vila-Matas. Anagrama. Barcelona, 2005. 243 páginas. 15 euros.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de octubre de 2005