Mostrando entradas con la etiqueta Genios e impostores. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Genios e impostores. Mostrar todas las entradas

viernes, 23 de octubre de 2015

Manuel Vicent / Genios e impostores / Andy Warhol, Truman Capote y Jean-Michel Basquiat

Andy Warhol

GENIOS E IMPOSTORES

La mierda de siempre, pero exquisita

Cuando Capote murió, en 1984, Basquiat era un colgado. Warhol se largó del planeta en 1987. Basquiat esperó unos pocos meses


Andy Warhol y Jean-Michel Basquiat, en septiembre de 1985 en Nueva York. / RICHARD DREW (AP)
Hacia el año 1975, en una acera del Greenwich Village de Nueva York, un jovenzuelo se dedicaba a pintar camisetas en público para venderlas a los turistas. Cuando Andy Warhol pasaba por allí, a veces le compraba una por 10 dólares y cambiaba con el chaval algunas palabras. A simple vista era un golfo de la calle, uno de tantos chicos negros desarraigados que vivían en casas abandonadas. Un día, Warhol vio aquella esquina vacía. El tipo se había esfumado. Ahora tocaba el clarinete en algunos pubs con unos amigos.
Años después, un lunes de octubre de 1982, Warhol había quedado con el famoso galerista alemán Bruno Bischofberger, y este acudió a la cita acompañado por aquel chaval de las camisetas pintadas, que respondía con el nombre de Jean-Michel Basquiat. Aunque en la adolescencia había jugado a fugarse de casa, a ejercer de vagabundo y a coquetear con la droga, resulta que era un chico de clase media alta, nacido en Brooklyn, hijo de un haitiano y de una portorriqueña e incluso había ido a la escuela City-As-School para alumnos superdotados. Ahora vivía en un lujoso loft en Christie Street. El marchante alemán lo había descubierto como pintor, lo había rescatado de la calle y comenzaba a ser famoso.

Jean-Michel Basquiat era un chico de clase media, de Brooklyn
Aquel día, Bischofberger, Basquiat y Warhol almorzaron juntos en un restaurante vegetariano del Soho y Andy se enteró de que aquel joven era el que había iniciado con su colega Al Diaz la moda de llenar los vagones del metro y las tapias de los suburbios de Nueva York con graffitis de aerosol. ¿De modo que eras tú —le dijo Warhol— ese ser misterioso que firmaba como SAMO en las paredes? SAMO era un acrónimo formado con las palabrassame old shit, que significa “la misma mierda de siempre”. Los pasajeros del metro estaban lejos de imaginar que viajaban rodeados de obras de arte. Esos garabatos esquizofrénicos, protestas airadas contra el consumo, habrían alcanzado precios fabulosos si años después se hubieran vendido en Christie’s, pero a esa hora los vagones habían sido lavados con detergente, el metro transcurría impoluto por orden de la autoridad municipal y Basquiat ya pintaba cuadros al óleo que exponía en las mejores galerías.
Durante aquel almuerzo Basquiat quiso devolverle los 40 dólares que Andy, tiempo atrás, había gastado en sus camisetas. En este primer encuentro, Andy le hizo un retrato con la Polaroid y a cambio Basquiat le regaló un cuadro de los dos, que pintó esa misma tarde en una hora. A partir de ese día, Basquiat entró a formar parte de la tropa enloquecida de La Factoría, pero la aventura común duró muy poco. Basquiat falleció el 12 de agosto de 1988, a los 27 años, por una sobredosis de heroína en su apartamento de la calle Great Jones. En la última subasta por uno de sus cuadros se han pagado más de 50 millones de dólares.

Warhol sintió por él la misma fascinación que por Truman Capote
Andy Warhol sintió por Basquiat la misma fascinación repentina que había experimentado con Truman Capote después de ver su foto en la solapa de su primera novela, Otras voces, otros ámbitos, en la que parecía un puto angelical. Desde aquel día, Warhol no cesó de acosarle, de escribirle cartas, de esperarle en la puerta de su casa hasta conseguir su propósito. Se hizo su amigo y lo fotografió, lo pintó y lo sacó en portada deInterview, la revista emblema de La Factoría, y desde ese momento ambos se exhibían juntos en los grandes saraos de Nueva York. La primera vez fue en 1966 en la inauguración del espectáculo lanzado por Warhol, su The Exploding Plastic Inevitable, con el grupo Velvet Underground y la cantante Nico interpretando canciones sobre la heroína, los transexuales y el sadomasoquismo, a la que siguió la legendaria fiesta de etiqueta, en blanco y negro, que organizó Capote ese mismo año en el hotel Plaza para celebrar el éxito de A sangre fría, repleta de divos, joyas y estrellas: Sinatra, Mia Farrow, Sammy Davis Jr., Norman Mailer, Harper Lee, Katherine Graham, entre otras celebridades fastuosas. Fue aquí, en el Plaza, donde una admiradora se acercó a Warhol, le arrebató el peluquín y salió corriendo. Al parecer este peluquín plateado se subastó en Sotheby’s y un coleccionista pagó 10.000 dólares.
Tanto aquel chaval de las camisetas pintadas como este puto angelical de la solapa se fueron degradando junto a Warhol como si se tratara de un elemento corrosivo. En su retrato de 1979, Capote empezaba a reflejar los efectos del alcohol y las drogas a las que permanecería enganchado. Atrás quedaban los años de fama y sus grandes éxitos, las noches de borrachera en la legendaria discoteca Studio 54, rodeado por sus amigos Warhol, Bianca Jagger, Elizabeth Taylor y otros canes dorados con collar de diamantes de Tiffany’s.
Aquel puto angelical acabó pareciéndose a un bulldog. Así lo describía Warhol: “Truman se sienta ahí y se frota los ojos como si estuviera amasando algo, luego aparta las manos y los tiene totalmente rojos, el blanco está rojo, los párpados también, y se parece realmente a su perro con las orejas bajas”. Capote zascandileaba todos los días por La Factoría tratando de escandalizar a aquella tropa de colgados con sus hazañas de sexo. Presumía, según Warhol, de habérsela chupado a John Huston más de cuatro veces. Truman hablaba también de Humphrey Bogart. Decía que una noche se lo había llevado a la cama y le había arropado. “Tendrías que dejarte que te lo hiciera”, le dijo Truman, y Bogart, muy nervioso, le contestó: “Bueno, pero no te la metas en la boca”. Cuando Capote murió, en 1984, Basquiat ya era un colgado. Warhol se largó de este planeta en 1987. Basquiat solo esperó unos pocos meses para unirse a ellos en el cosmos.
Según su secretaria, Pat Hackett, “a Andy Warhol le impresionaba la fama, vieja, nueva o decrépita. La belleza. El talento innovador. Cualquiera que fuera el primero en hacer algo. El descaro extravagante. El dinero, sobre todo las grandes, antiguas y sólidas fortunas”. O sea, la misma mierda de siempre, pero exquisita.




martes, 22 de septiembre de 2015

Así amaba Nietzsche a las mujeres

Nietzsche
Poster de T.A.

GENIOS E IMPOSTORES

Así amaba Nietzsche a las mujeres

Los rechazos amorosos le despertaban una descarga agresiva contra el género femenino


El filósofo Friedrich Nietzsche. / CORDON PRESS
Nietzsche fue un tipo enamoradizo que ejerció a lo largo de su vida una misoginia muy singular. “El hombre ama dos cosas: el peligro y el juego. Por eso ama a la mujer, el más peligroso de los juegos”. Este aforismo lo sacó de sus entrañas y lo puso en boca de Zaratustra después de conocer en Roma a Lou Andreas-Salomé y haber recibido de ella la suficiente cosecha de calabazas. Zaratustra fue el profeta que lanzó la proclama del superhombre, un ejemplar humano que, según la teoría de Nietzsche, debería ser profundamente culto, bello, fuerte, independiente, poderoso, libre, tolerante, a semejanza de un dios epicúreo, capaz de aceptar el universo y la vida como es. Pues bien, este modelo de superhombre aplicado por Nietzsche a sí mismo, en la vida real babeaba ante cualquier mujer atractiva que se pusiera a su alcance y si era rubia y rica la pedía en matrimonio de forma compulsiva, casi como un reflejo condicionado. El consiguiente rechazo le despertaba una descarga agresiva contra todo el género femenino. “Hasta aquí hemos sido muy corteses con las mujeres. Pero, ¡ay!, llegará el día en que para tratar con una mujer habrá primero que pegarle en la boca”. Y una vez vomitada la invectiva literaria, el superhombre quedaba tranquilo.
Su padre fue pastor protestante, de quien recibió una educación muy religiosa y que al morir tempranamente de enfermedad mental dejó a su hijo Friedrich, de cuatro años, tal vez inoculado con el germen de la locura. Durante la infancia y adolescencia del filósofo en Röcken (la actual Alemania), su lugar de nacimiento, estuvo rodeado de un férreo círculo femenino compuesto por la madre Franziska, la hermana Elizabeth, la tía Rosalie y la abuela Erdmunde. Fue un paisaje familiar agobiante, que le dejó unas secuelas de las que no se recuperaría nunca. Además de Lou Andreas-Salomé, una galería de mujeres pasó por su vida, unas como amor platónico, otras a través de una relación epistolar erótica, otras bajo la especie de amor maternal, otras como amor imposible y cada una de ellas formaba una ola sucesiva de un solo tormento. A todas adoraba en la práctica, a todas zahería literariamente y pese a su misoginia, lejos de aborrecerle, ellas se sentían atraídas por su talento y su bondad enloquecida, pero al final siempre terminaban por pararle los pies. Tampoco él estaba muy seguro de su virilidad. Por ejemplo, cuando una de sus amigas, Rosalie Nielsen, lo citó en la habitación de un hotel y comenzó a insinuarse Nietzsche tuvo que huir saltando por una ventana.
Nietzsche estudió Teología en el internado de Schulpforta e imbuido de religión se adentró después en la filología griega en las Universidades de Bonn y de Leipzig. Su cerebro no encontró la forma de asimilar la mezcla explosiva de cristianismo y belleza socrática. Deslumbrado por los mármoles de una Grecia imaginada, se convirtió al paganismo, que le obligó a gritar a los cielos el aforismo famoso: “¡Dios ha muerto!”.
Convencido de que el Crucificado era el adalid de una religión de esclavos, se abrazó a Apolo, el dios de la línea pura, y a Dionisios, el sátiro de la pasión y la orgía, corrientes contrarias que comenzaron a luchar en el interior de su espíritu. A la hora de enfrentarse a una mujer, también se debatía entre el ideal de belleza y la convulsión entusiasta. En este caso siempre ganaba Dionisios, el dios del caramillo y las patas de cabra.

El filósofo se enamoró de Lou Andreas-Salomé, que solo le aceptó como amigo
Seriamente enfermo de sífilis, en 1882 Nietzsche abandonó la Universidad de Basilea y repartió su vida errante entre la nieve suiza y el sol de Italia. Fue en Roma, en la mansión de Malwyda van Meysenburg, una famosa feminista alemana, que había abierto un salón literario, donde conoció a Lou Andreas-Salomé.
Esta rusa de 18 años era una joven que después de una adolescencia mística se había propuesto ejercer la libertad a toda costa como una forma de salvación personal más allá de la práctica del feminismo militante. El choque entre esta mujer libre y el misógino recalcitrante fue el esperado. Nietzsche se rindió ante su talento y le pidió matrimonio a primera vista con una declaración cursi y telúrica: “¿De qué astros del universo hemos caído los dos para encontrarnos aquí uno con el otro?” Esta descarga poética solo provocó una sonrisa en aquella mujer extraordinaria, que en ese momento estaba enamorada de Paul Rée, discípulo del filósofo.
Como forma de consolación, Nietzsche propuso vivir con ellos un triángulo estético con un amor traspasado de idealismo pagano en la soleada Capri, con viajes a Niza y Venecia. Tampoco cuajó la idea. Lou Andreas-Salomé fue una coleccionista de amantes famosos, hipotéticos, extraños, entre ellos Rilke y Sigmund Freud. Huidiza e imposible, en esta escalada Nietzsche fue para ella el primer peldaño.
Por otra parte, el paganismo estético de Nietzsche le costó la amistad de Richard Wagner, que recorría el camino contrario. Desde los dioses nórdicos regresaba al cristianismo llevándose con él a su mujer Cósima, otro de los amores imposibles de Nietzsche. Enamorarse de la mujer del amigo era ese juego peligroso que al parecer más le excitaba. El desaire le arrancaba de las entrañas un aforismo cruel.
En la puerta del retrete de un bar de carretera, alguien había escrito: “Dios ha muerto. Firmado: Nietzsche”. Debajo de este aforismo otro usuario había añadido: “Nietzsche ha muerto. Firmado: Dios”. Ante este par de sentencias inexorables Woody Allen comentó: “Dios ha muerto, Nietzsche ha muerto y yo no me encuentro muy bien de salud”. Es una bonita forma de bajarle los humos al superhombre.