Joan Mundet, el artista catalán, cumple 25 años ilustrando las novelas de Alatriste: «Arturo dice que le sorprendo»
Joan Mundet vuelve al universo del capitán con 'Misión en París', que se suma a sus tres nuevos cómics
El capitán Alatriste Ilustración de Joan Mundet
«No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente». Así arrancaba la primera entrega de Las aventuras del capitán Alatriste, un universo que el ilustrador y guionista Joan Mundet conoce muy bien. Desde el año 2000, este dibujante de Castellar del Vallès (Barcelona) es el responsable de ilustrar los lances y refriegas del célebre personaje creado por Arturo Pérez-Reverte.
Hoy hablaremos, si me lo permiten ustedes, de la poca vergüenza del mundo editorial; fenómeno del que son culpables —excepto algún justo que siempre hay en Sodoma— tanto los grandes sellos como los chicos. Viene a cuento porque acaba de telefonear mi viejo amigo Jeosm, que en sus antiguos tiempos de grafitero fue principal asesor nocturno-callejero para la novela El francotirador paciente. Y es el caso que Jeosm, hoy uno de los más respetados y queridos fotógrafos del mundo cultural, dice que lo han llamado de una importante editorial para pedirle que escriba una novela: «Yo alucino, colega, se les ha ido la pinza. Me dicen que el tema les da igual. En mi vida he escrito una puta novela, ni intención tenía; pero me ofrecen tres mil pavos de adelanto, así que igual les coloco algo».
La noticia del fallecimiento de Mario Vargas Llosaha dejado conmocionado al mundo de la literatura. Las reacciones de escritores, lectores y políticos se suceden y entre ellas, la de Arturo Pérez-Reverte ha sido una de las más emotivas. El autor se ha despedido de su amigo con un mensaje en redes que ha acompañado de una fotografía con ambos, Javier Marías y la editora de los tres, Pilar Reyes. En ella salen charlando distendidamente tras un coloquio con motivo del 50 aniversario de la editorial Alfaguara. Y ahora que es el único superviviente de los narradores a la mesa, el cartaginés acompaña la instantánea del siguiente mensaje: “Cómo decía el torero Luis Miguel Dominguín, siempre queda uno para contarlo. Aunque al final siempre hay otros que acaban por contar al que lo cuenta. Son las viejas reglas”.
Dicho coloquio es, además, uno de los mejores recuerdos que tiene Reverte junto a Mario Vargas Llosa y Javier Marías. Así lo ha dicho él mismo al compartir el vídeo de aquel día. Una charla de hora y media cargada de mensajes y bromas. “Fue una tarde divertida, maravillosa, no sólo para el público sino para mí. Qué honor, les aseguro, haber compartido con dos amigos a los que amé y respeté un momento como éste”, decía Reverte.
En un momento dado del coloquio, atentos a cómo describe Reverte a Vargas Llosa. No hay mejor forma de ver su admiración y cariño a su compañero de profesión, al que consideraba un regalo de las letras. “Qué se siente teniendo conciencia de que hay todo un mundo, un período fascinante e histórico de la literatura que en este momento se resumen en ti. Tú eres el que apagará la luz (cuando ocurra) de esa etapa”. Imperdible también las respuestas entre risas de Vargas Llosa (“¡Yo creía que era mi amigo!”) y Javier Marías (”Por lo menos ha dicho que la apagarás tú y no que te la apagarán”).
Ambos textos son buenos y, aunque cercanos, tratan distintas temáticas. En el primero, “El diablo es puerco”, el personaje es el demonio del placer, y en el otro el monstruo del miedo. La madre figura como el tercer personaje en ambos textos. Otra coincidencia, aparte de la brevedad, es el narrador en primera persona.
La fuerza del texto, la singularidad del texto, reside en la última frase. Sin este remate es un texto como cualquier otro. Ambos textos tienen el mismo remate y no hay duda que uno se lo copió al otro.
“El monstruo de mi cuarto”, de Miguel Ángel López, de apenas quince años y natural de Medellín, un cuento publicado en noviembre de 2022, es demasiado bueno, demasiado perfecto, para tan breve edad. Se requiere un diestro manejo del lenguaje y del ritmo y de un sabio uso de la puntuación. ¿Hay mano ajena? ¿Qué tanto intervinieron los editores? Temo que la intervención se extiende, si no a todos, a la mayoría de los cuentos publicados. Tan impecables. Tal vez el agua de Medellín viene con ortografía, gramática y sintaxis incorporadas. Treinta años de magisterio en todos los niveles le enseñan a uno que la cosa no es así, tan perfecta. La literatura no es territorio de niños prodigios y un Rimbaud, si acaso, nace una vez cada cien años.
El texto de explicaciones que Miguel Ángel publicó en Twitter, por el contrario, carece de las virtudes del cuento: la redacción es torpe y hasta le falla la puntuación.
“El diablo es puerco” hace parte de Medellín en 100 palabras 2020 (se le adelantó por dos años al otro) y se identifica, aparte del título y la respectiva autora, Lesly Nataly Jácome Sánchez, una paisa de 25 años, con el número 1362. Este libro, publicado por Comfama y el Metro de Medellín en noviembre de 2020, es el número 119 de la colección Palabras Rodantes.
Así que estamos celebrando, como unos imbéciles, un pinche plagio.
Además, como si fuera poco, en ese mismo libro, Medellín en 100 palabras 2020, hay otro texto con la misma temática del texto de Miguel Ángel López, “El monstruo que no habitaba debajo de mi cama”, de Ana Sofía Posada Vélez, de 16 años y también de Medellín. 8814 es su número de identificación. En este breve texto el monstruo es el padre: “Su intención no era hacerme daño; él solamente quería pasar un rato conmigo y, por esto, entraba a mi cuarto”. El remate del cuento de Ana Sofía es extraordinario y, por suerte, “no se le ocurrió” a Miguel Ángel: “El tintineo de las llaves y el sonido de la puerta me hicieron saber que la historia volvía a empezar; mi padre ya estaba en casa”. Toda una novela de terror. A Stephen King se le hubiera escurrido la baba por estas líneas.
De manera que el joven escritor ya tiene dos deudas, y en un sólo libro.
Qué pesar con este muchacho. Tan joven y con esas mañas. Se une demasiado pronto a una lista de ilustres plagiadores como los españoles Camilo José Cela y Arturo Pérez-Reverte, el peruano Alfredo Bryce Echenique y el mexicano Sealtiel Alatriste. A los tres primeros prácticamente no les pasó nada. Cela se ganó el Premio Planeta, el más cotizado de nuestro idioma, con la novela que le robó a una profesora. Pérez-Reverte tuvo que pagar un dinero en un primer caso y, en un segundo, cuando plagió a la mexicana Verónica Murguía, apenas presentó unas lánguidas disculpas. Bryce Echenique, que más que humorista me parece un cínico, ha negado sus numeroso, obvios y descarados plagios, pero el repudio del gremio y el público es unánime. No lo invitan ni a tomar un café y temo que la gente ha dejado de leerlo. El jugoso premio que se ganó en México cuando estaba en el ojo del huracán, tuvieron que entregárselo en su casa, en Lima, casi a escondidas, porque no querían que su presencia desluciera la ceremonia más importante de la Feria del Libro de Guadalajara. En otras palabras, no lo querían ver. El plagio y sobre todo su arrogancia lo transformaron en un apestoso. Alatriste, por su parte, perdió un envidiable puesto en la Unam.
¿Qué harán ahora los organizadores del concurso? ¿Replantearán las bases? ¿Seguirán los editores acomodando los textos, es decir, falseándolos? ¿Alegarán que la edad disculpa los pecados? ¿Le echarán tierra, como suele hacerse en Colombia, o aclararán las cosas? Espero que no se comporten como los gatos.
En fin, citando el dicho que tan sabiamente Lesly Nataly aprovecha para titular su cuento, "el diablo es puerco, por eso tapa y destapa".
Pérez-Reverte reflexiona sobre un sistema que soporta el peso de «demasiados políticos corruptos» y cuya dinámica es «una competición entre la estupidez y la inteligencia» en la que suele ganar la primera.
Esther Peñas 31 de mayo de 2013
Con su última novela –Tango de la Guardia Vieja (Alfaguara)- como hilo conductor de esta entrevista, Arturo Pérez-Reverte reflexiona sobre un sistema que soporta el peso de «demasiados políticos corruptos y mentirosos» y cuya dinámica observa como «una competición entre la estupidez y la inteligencia» en la que, muy a su pesar, suele ganar la primera.
Reverte lamenta la muerte de Marías: "Que haya muerto sin el Nobel le quita categoría al Nobel"
El también novelista tenía la Real Academia Española, además de su amistad, en común con Javier Marías
Juan Roig Valor 11 de septiembre de 2020
Arturo Pérez-Reverte ha tardado menos de dos horas en hacer público un mensaje sobre la muerte de su amigo y compañero de Real Academia Española, Javier Marías. En Twitter, el también novelista escribía: «Que Javier Marías haya muerto sin el premio Nobel le quita mucha categoría al premio Nobel».
Marías, Vargas Llosa y Pérez-Reverte: «Somos más brutales en las novelas que en las columnas»
FERNANDO GOITIA Arturo Pérez-Reverte, Javier Marías, Mario Vargas Llosa, Pilar Reyes
27 de mayo de 2017
Fue el encuentro literario del año. Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez-Reverte y Javier Marías almorzaron con su editora, Pilar Reyes, de Alfaguara, para celebrar el inicio de la Feria del Libro. Aquel distendido ágape se convirtió hace unos días en un reportaje de portada deXLSemanal. Editado entonces por ineludibles cuestiones de espacio, Zenda publica ahora el contenido completo de aquella conversación de casi dos horas.
Pérez-Reverte me está armando. Literalmente. Me está llenando la casa de armas, y la cosa, poco a poco, me va trayendo consecuencias. Para que nadie se escandalice con el puritanismo habitual de esta época, aclararé que se trata de réplicas inofensivas, pero tan bien hechas que parecen de verdad. Desde hace siete años, adoptó la amable costumbre de regalarme algo cada Navidad, quizá a raíz de la consulta que hube de hacerle sobre el funcionamiento de una vieja pistola Llama, para una de mis novelas. Él, ya saben, anduvo una larga temporada como corresponsal bélico, y entiende de estas herramientas. De hecho, por las descripciones que he leído en entrevistas, su casa debe de parecer, a estas alturas, un anexo del Museo de la Guerra. Así que, como casi todo coleccionista, me va inculcando su afición a golpe de cuchillos —moneda siempre por medio— y pistolas. La primera pieza, con todo, fue sólo un complemento: un bonito y favorecedor casco de los que llevaban los ingleses en la India, en Zululandia y en otros lugares, que se unió al salacot que ya tenía, heredado de mi padre. Como imaginarán, es imposible disponer de algo así sin caer en la tentación de ponérselo de vez en cuando. En una ocasión una periodista extranjera me pilló con el casco en la cabeza, le abrí la puerta sin acordarme de que me lo había encasquetado hacía un rato. «De expedición, veo», no pudo resistirse a decirme. Luego vino una bayoneta de Kalashnikov, y a continuación un puñal Fairbairn-Sykes, inspirado en los de los gangsters chinos de los años 30 y que fue el utilizado por los comandos británicos de la Segunda Guerra Mundial. Y después otro, el de los marines americanos (los dos últimos de hoja pavonada, para que no reluzca en la oscuridad y delate al que los empuña). Y ahora llevamos tres Navidades con armas de fuego: primero un Colt, yo diría que el modelo de 1873, pero que Jacinto Antón no me haga caso. Le siguió una Webley & Scott de 1915, también británica, con su correa y todo, y que no desentona lo más mínimo con el casco colonial (llamémoslo así) que inició esta tradición.
No había nadie, rediós. O casi nadie. Estaba allí Juan Marsé en persona, y se habían juntado cuatro gatos: medio centenar de alumnos de la universidad de Barcelona, algún profesor y dos o tres periodistas. Hacíamos más bulto los invitados, los amigos del escritor y los estudiosos europeos y norteamericanos especialistas en la obra del homenajeado. Y al contar cabezas me quedé de pasta de boniato. Anda la leche, pregunté. Dónde carajo están todos. Profesores, catedráticos, concejales de cultura. Gente así. Hasta ese momento había creído que un simposio internacional de tres días y quince conferencias y mesas redondas, una detrás de otra, sobre la obra del autor de Últimas tardes con Teresa, en la ciudad que tiene el privilegio de contarlo entre sus vecinos, sería un tumulto de gente dándose de hostias en la puerta para conseguir un asiento desde el que asistir al despiece minucioso de la obra de quien, con el buen abuelo Delibes, es uno de los dos grandes novelistas españoles vivos de la segunda mitad del siglo XX. Pero nasti de plasti. A pocos metros de allí, por los pasillos de la universidad, me había cruzado con profesores y alumnos que salían de clase. Algunos de esos profesores, pensé, enseñarán Literatura. Supongo. Cobrarán un sueldo por eso. Y en vez de estar ahora sentados aquí con sus alumnos, zascandilean por ahí tomando un café o rascándose los académicos huevos. Imbéciles.
Marsé, por supuesto, estaba a lo suyo. Impasible, con su cara de tipo duro, que a mí me gusta asociar con la de un viejo boxeador marcado por la vida, respondía a las preguntas de los conferenciantes y del público con la cachaza tranquila de quien lo tiene todo muy claro. Oyéndolo hablar de su personalísimo territorio novelesco, de cómo sus voces narrativas, hijos, sobrinos o nietos de héroes cansados cuentan el ocaso de hombres curtidos en cien batallas que terminan llorando como niños por las tabernas, no pude menos que recordar unas palabras de Rafael Chirbes aplicando a Marsé lo que el poeta Cernuda dijo en cierta ocasión del novelista Galdós: es tan grande que sabe colocarse a la altura de sus personajes, incluso de los más abyectos, poniéndose con ellos tan a ras del suelo que los tontos y los pedantes lo toman por pequeño.
"No pude menos que recordar unas palabras de Rafael Chirbes aplicando a Marsé lo que el poeta Cernuda dijo en cierta ocasión del novelista Galdós: es tan grande que sabe colocarse a la altura de sus personajes, incluso de los más abyectos"
Y nada más cierto, oigan. Que de tontos y pedantes Marsé sabe un rato largo. A estas alturas nadie discute ya su talla literaria, ni el peso decisivo que su obra tiene en la literatura española contemporánea —mis favoritas son Últimas tardes con Teresa, Si te dicen que caí, Un día volveré, La oscura historia de la prima Montse y el cuento Teniente Bravo—. Pero no siempre fue así. En las hemerotecas hay pruebas clamorosas del ninguneo al que lo sometieron, en su día, los mandarines de la alta literatura y las bellas letras. Pero, claro. En otro tiempo comunista —del Pecé francés de Francia, ojo, un sitio serio— incómodo para los pijos de la alta burguesía catalana y las chochitos locos que jugaban a ser izquierda de barra de bar, Marsé tuvo y tiene, encima, el descaro de escribir en español y de seguir ejerciendo de mosca cojonera para el nacionalismo pujolista, sus epígonos y derivados; que, en la obsesión por tener a toda costa un Nobel que escriba en catalán, llevan años promocionando a un paniaguado mediocre llamado Baltasar Porcel. Que no tiene nada que decir, y a quien, además, nadie hace ni puñetero caso.
"Esperan, como siempre, a que palme. Entonces se volcarán en incienso al novelista ausente e imprescindible"
Lo cierto es que Marsé dejó atrás hace tiempo la línea de sombra a partir de la cual la envidia y la mala fe ajenas dejan de hacer daño a un novelista, sometido ya al juicio inapelable de sus lectores. Por eso llama tanto la atención que los presuntos responsables culturales de la ciudad donde vive —una ciudad que siempre hizo de la cultura su emblema— miren hacia otro lado en momentos como éste. Y claro. Te preguntas si saben lo que tienen. O si lo merecen. Me refiero al lujo de decir a los jóvenes estudiantes: mirad, en esta calle, en esa casa, vive Juan Marsé. Un escritor grande con quien todavía se puede hablar, porque está vivo. Pero no. Esperan, como siempre, a que palme. Entonces se volcarán en incienso al novelista ausente e imprescindible. Gran pérdida, etcétera. Lo que ignoran esos oportunistas es que Marsé y yo hemos discutido ya el asunto, entre uno y otro vaso de vino. Si le sobrevivo —aunque nunca se sabe— he prometido escribir un largo y detallado artículo, aquí o en donde toque. Se titulará: «A buenas horas, hijos de la gran puta».
Arturo Pérez-Reverte: «Nunca hemos sido menos libres que ahora»
Escritor, periodista, corresponsal de guerra, miembro de la Real Academia Española, padre del Capitán Alatriste
SALVADOR SOSTRES
9 DE AGOSTO DE 2019
No me creo que le guste la vacación.
Nunca me ha gustado. En lo que la gente llama vacación yo paso el tiempo trabajando. Y cuando navego tampoco es vacación. El ocio es muy aburrido.
No puede dejar de escribir.
Lo que no puedo es dejar de leer ni de imaginar. Escribir me parece la parte más vulgar del proceso, pero no me puedo pasar dos años leyendo e imaginando, porque de algo tengo que vivir.
‘Las redes son formidables, pero están llenas de analfabetas’
Charla con el autor español, excorresponsal de guerra, autor de 25 novelas.
Por Loreley Gaffoglio
LA NACIÓN 23 de julio 2017 , 01:59 a.m.
En burdeles de Bangkok, lejos del olor a pólvora y el repiqueteo de las balas, hubo un tiempo en que el joven corresponsal de guerra le prestaba toda su atención a los colegas más veteranos, cuando esos tipos curtidos por la barbarie y el desarraigo narraban –entre copas y desahogos– sus historias de periodistas de trincheras. Pero a aquellos viejos reporteros de guerra, los años “los hacían envejecer muy mal”.
Desorientados en tiempos de paz, sin la lucidez para interpretar el mundo en aguas serenas, se hundían en un vacío existencial. Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, 1951) entendió rápido que no quería terminar como ellos.