Cuento colombiano

ANTOLOGÍA
DE CUENTO COLOMBIANO
Jesús Zárate Moreno / La cabra de Nubia
Gabriel García Márquez / El ahogado más hermoso del mundo
Elmo Valencia / El universo humano
Elkin Restrepo / El gato
Harold Kremer / El prisionero de papá
Triunfo Arciniegas / La mujer del payaso



Jesús Zárate Moreno 
LA CABRA DE NUBIA


Cabra
Vallauris, 1950
Yeso original, cesto de mimbre, vasijas de cerámica, hoja de palma,
metal, madera, cartón
120 x 72 x 144
Pablo Picasso



—Le doy diez pesos.
—Vale quince. Ni un centavo menos.
—Diez pesos.
—Quince.
—Podríamos partir la diferencia: doce y medio.
—No; quince. Es el único precio.
El joven miró la cabra. Era un precioso animal. A pesar de su cornamenta, tenía un aspecto inofensivo y unos ojos melancólicos, que daban lástima.
—Doce y medio —volvió a decir, dando una vuelta en torno de la cabra.
Consideraba que valía quince pesos, pero pensaba insistir en doce y medio hasta el último momento. Era una cabra magnífica. La piel brillante, las ubres opulentas, todo denunciaba en ella la selección de la especie.
—Doce cincuenta —dijo por tercera vez.
—Vale quince —repitió el otro, un hombre tuerto, de largos bigotes—. Ni un centavo menos. ¿Dónde consigue usted una cabra de Nubia por ese precio? Si la vendo en eso, es porque necesito el dinero. Mi mujer va a tener un hijo... ¿Entiende? Necesito el dinero.
Al hablar así, el tuerto apuraba un vaso de aguamiel. Era forastero, según había dicho; de todos modos era la primera vez que se le veía por aquellos contornos. Había llegado un momento antes, tirando de la cabra, orgulloso de ser su dueño, exhibiéndola a los ojos de todos como un ejemplar nunca visto. Después de beber, dejó el vaso sobre el mostrador, sacó del bolsillo una moneda de cinco centavos, y pagó. El tendero se movía con languidez entre las sombras de la fonda. Recibió la moneda, dando las gracias, y se retiró al fondo del establecimiento, de donde había salido, a un sitio donde nadie lo veía y desde donde él observaba muy bien a todos los clientes.
—No hay quién le dé más de lo que yo le ofrezco —insistió el joven.
—Es una cabra de Nubia.
—Podría ser una cabra del cielo. No vale más. ¡Doce cincuenta!
—Bien... Es suya. Me ha convencido. Necesito el dinero, y no hay remedio. Puede llevársela.
El tuerto contó el dinero. Doce billetes de un peso, y cinco monedas de diez centavos. Revisó los billetes minuciosamente, uno a uno, mojándose los dedos con saliva al repasar su valor y comprobar su autenticidad.
Después los levantaba a la altura de los ojos y los examinaba al trasluz, sosteniéndolos en el aire, con cómica desconfianza.
—Son legítimos —dijo el comprador.
—No lo dudo —replicó el tuerto—. Pero es mejor estar seguros. Hay muchos falsificadores.
—¿Podría hacerme un favor?
—Con mucho gusto, si Dios quiere —dijo el tuerto.
—No puedo llevarme la cabra ahora. Vendré mañana a buscarla, en un camión. Dejo su valor y mañana a las tres vendré a llevarla. ¿En dónde vive usted?
—Aquí me encontrará.
Inmediatamente se despidieron. El joven echó una ojeada a la cabra. Estaba orgulloso con la adquisición. Le parecía que había engañado al vendedor. La cabra, sin duda, valía mucho más del precio que había pagado por ella. “Mañana, a las tres”, volvió a decir al salir. Un momento después, en la carretera, se sintió la marcha del motor del automóvil en que viajaba. El auto dejó al pasar una nube de polvo, cuyas briznas invadieron la tienda, haciendo estornudar a la cabra.
—Otro vaso de aguamiel —ordenó el tuerto cuando estuvo solo.
El propietario de la fonda emergió de la sombra, detrás del mostrador. Buscó un vaso y lo enjuagó en una olla. Luego tomó un cucharón y lo hundió en el barril burbujeante y llenó el vaso con el líquido fermentado. Después de dejarlo sobre el mostrador, volvió a perderse en la sombra.
—¿Quién es el que me ha comprado la cabra? —preguntó el tuerto.
Nadie contestó.
—¿Quién es? —insistió—. Estaba aquí, conversando con usted, cuando yo llegué. Supongo que lo conocerá.
El ventero volvió a aparecer. Mordía un terrón de azúcar. Al hablar, las palabras chirriaban en su boca, cuando los dientes chocaban contra partículas de azúcar retrasadas en la salivación calmosa.
—Es un loco —dijo.
—¿Cómo?
—Un loco.
—No lo parece. Es muy joven...
—¿Los jóvenes no pueden ser locos? ¡Qué criterio!
—No me dejó terminar. Iba a decir que es una desgracia que sea loco, siendo tan joven. Pero... ¿de dónde saca usted que sea loco?
—Su padre era muy rico. El hombre más rico de la provincia. Al morir le dejó todos sus bienes. Ahí donde usted lo ve ahora, bien vestido, con camisas de seda, con automóvil y todo, no tiene dónde caerse muerto...
En ese momento se sintieron pasos en la carretera. Era ya un poco tarde, y el sol se alejaba de la fonda rural, rodando por el campo, como una bola de fuego. En el río, bajo el puente, cerca de la construcción, se bañaban varios chiquillos. Gritaban con vivo entusiasmo, pero el viento cálido se llevaba sus palabras muy lejos; y hasta allí sólo llegaba el ceceo apagado de las voces. Los pájaros regresaban a los aleros de la casa y penetraban en sus nidos, con precisión y seguridad de flechas aladas.
Tres hombres entraron en la tienda y pidieron cerveza. Uno de ellos ocupó una silla y se dedicó a afinar la bandola que llevaba. Sus dedos acariciaban las cuerdas de la bandola y de las tripas de cobre del instrumento surgían diversos sonidos, destemplados unos, armoniosos otros, todos torpes e imprecisos.
—¡Hermoso animal! —dijo uno de los recién llegados, mirando la cabra.
Los otros la contemplaron y alabaron la elástica finura de sus miembros. El tuerto levantó la soga con que la tenía atada, tratando de atraerla. Pero la cabra se resistió y dio muestras de mal humor al verse arrastrada a la fuerza.
—¿La vende? —preguntó el hombre que había hablado antes.
—¡Veinte pesos! —respondió el tuerto.
—Quince.
—¿Quince pesos, una cabra de Nubia? Ni pensarlo.
—¿Quién dijo que ese animalejo era de Nubia?
—Se la compré al gobierno. Es de las que importó el gobierno para mejorar las razas criollas. Vale cuatro veces más, pero yo la vendo porque necesito el dinero. Mi mujer va a dar a luz... ¿Entiende? Vale veinte pesos.
—Quince.
—Bueno. Ya que insiste, se la dejaré en quince. Es suya.
El ventero lo miró, asombrado de su audacia. Luego se hundió en la penumbra, porque no le gustaba ser testigo de los negocios que se ventilaban en la tienda. Le bastaba vender, sin oír ni ser oído, ni meterse en los asuntos y discusiones de los campesinos y tratantes. Nunca salía del fondo del establecimiento, ni siquiera para comer; su mujer decía que estaba abotagado por falta de sol y ejercicio, y que un día iba a reventar como una vejiga. El de la cabra contó los billetes, esta vez sin dificultad, porque se trataba de tres billetes nuevos de cinco pesos.
—No puedo llevar hoy la cabra —dijo el nuevo comprador—. Tendré que venir mañana por ella. Es muy tarde para llevármela, y no tendría dónde dejarla esta noche. ¿Vive usted aquí?
—No: al otro lado del río. Pero no importa. Vendré mañana a las tres.
—Para seguridad de todos —propuso el hombre de la bandola— podría dejarla aquí mismo, en los corrales de la casa.
—¡De ninguna manera! —gritó el ventero desde la sombra—. Los corrales de la casa están llenos, y a mi mujer no le gusta que guarden animales en ellos sin su consentimiento...
—Mañana a las tres estaré presente —dijo el comprador—. Ha hecho usted un buen negocio: lo felicito. Quince pesos son una buena suma. ¿Cómo se llama?
—Francisco Quintana, servidor.
—Gracias. ¡Mañana, a las tres!
Los hombres se pusieron en marcha. El tuerto sacó un cigarrillo, lo partió en dos, y guardó uno de los cabos, encendiendo el otro. El ventero volvió a salir. Movía su gordura con perezosa fatiga y respiraba con dificultad, mordiendo un terroncito de azúcar.
—¿Qué ha hecho usted? —dijo el tendero.
—Me hace daño fumar mucho —replicó el tuerto—. Partiendo los cigarrillos, fumo menos.
—No me refería a eso. Le preguntaba por qué ha vendido la cabra dos veces, ante mis propios ojos. Es una porquería lo que usted ha hecho.
—¿Le parece? —alegó el tuerto con cinismo.
—No quiero saber lo que va a pasar. ¿Qué piensa hacer?
—Nada.
—¿Cómo, nada? ¿Qué es eso de nada? No me gusta meterme en lo que no me importa, pero el negocio se ha hecho en mi casa. Si los gendarmes me preguntan, se los diré todo.
El tuerto tomó el vaso de aguamiel y lo agotó de un sorbo. Se limpió los labios con un pañuelo rojo y chupó el cabo del cigarrillo.
—Ya es de noche —dijo.
—¡Qué noche ni qué diablos! —gruñó el ventero de mal humor—. Estoy hablando de otro problema. ¿Qué va a hacer mañana cuando lleguen los compradores?
—No estaré aquí. Es todo lo que digo.
—¿De dónde sacó la cabra? Porque a mí no me viene a decir que se la compró al gobierno. Diga: ¿de dónde la sacó?
—Ya lo ha oído: la compré en la granja del gobierno.
—Se la robó. Nadie me quita de la cabeza que se la robó. Desde que lo vi aparecer me di cuenta de que era usted un cuatrero. Y ahora la vende dos veces. ¿Qué va a hacer?
—Podría arreglarlo todo muy bien, trayendo mañana otra cabra igual a ésta. Pero los compradores me han tomado por un cretino, y se han ido convencidos de que me han estafado. Mañana, a las tres, les van a crecer las narices... No les quedará más recurso que contarse sus penas.
El ventero no sabía qué pensar. Había conocido muchos pillos y vagabundos, pero aquel se presentaba ante sus ojos como un completo bribón. Y no obstante su recelo, se sentía atraído por la simpatía y el descaro del cuatrero.
—¿En dónde encontró la cabra? —preguntó el ventero.
—Al otro lado del río.
—Entonces, ¿reconoce que se la robó?
—No tanto. Yo venía hacia este lugar, y ella estaba en la carretera, y balaba tristemente, muerta de hambre. Me sentí conmovido y la recogí. No la he robado.
—Eso está bien dicho. Pero no veo cómo va a salir usted del trance.
—Todo resultará bien. Tengo buena suerte. ¿No le gustaría quedarse con la cabra? Se la vendo. Muy barata.
—No compro bienes robados.
—Diez pesos. Es una ganga.
—¿Qué haría yo con ella? Mi mujer tiene muchas cabras en el corral. No necesitamos más de las que tenemos.
—Cómprela. Diez pesos: una ganga.
—Y mañana, ¿qué diría, cuando vengan los otros?
—A usted no le importa. Usted no ha negociado con ellos, y es un hombre honrado, a quien todo el mundo conoce.
—¿Diez pesos? —preguntó el ventero, tentado por la oportunidad.
—Eso. No hago rebaja.
—Mi mujer tendrá un disgusto, por hacer negocios en su ausencia. Está en el pueblo, y no tardará en llegar. Es de muy mal genio, ¿sabe?
—No pasará nada. Ella estará contenta de haber comprado una cabra en tan buenas condiciones.
Lo convenció al fin. El ventero le indicó el sitio en donde debía dejar la cabra, al otro lado de la carretera, en el corral, a cien metros de la casa. El tuerto penetró allí y amarró la cabra en una estaca, detrás de unos montones de paja. Luego, muy contento, regresó a la tienda, recibió el dinero y encendió el cabo de cigarrillo que le quedaba. Por fin se despidieron, haciendo al propietario muchas reverencias.
Avanzó silbando, por la carretera, muy despacio, como si no tuviese prisa en llegar al sitio a donde se dirigía. En el puente se detuvo y escupió sobre el río. El ventero lo veía, en el claroscuro de la noche incipiente, reclinado sobre la baranda del puente, fumando la colilla con tranquilidad meditativa.
Después lo perdió de vista. Veinte minutos después llegó el bus, y se detuvo un momento frente a la casa. Principiaba a llover. La esposa del propietario, una gorda tan perezosa y grasienta como él, se bajó del bus; y como al bajarse, antes de asentarse en la tierra, aquél siguió la marcha, la gorda rodó por la carretera, gimiendo. De la mochila que llevaba rodaron al caer botellas de ron, paquetes de velas y barras de jabón. La mujer recogió las compras, en la oscuridad, y se dirigió a la tienda, vociferando contra el conductor del bus.
—He comprado una cabra —informó el marido con notoria timidez.
—¿Dónde está?
—En el corral.
—Voy a verla. ¿Cuánto costó?
—Diez pesos.
—¿Diez pesos? ¿Una cabra?
—Es de Nubia.
—¿De qué?
—De Nubia.
—¿Qué es eso?
—Así decía el que la vendió. Debe ser la raza...
—Voy a verla.
La mujer encendió una vela, se echó sobre la cabeza un papel encerado, y se dirigió al corral, cruzando la carretera. Un momento después estalló en el corral una algarabía de dicterios y lamentaciones. El ventero sudaba sin moverse, y sin comprender lo que pasaba. Veía la luz de la vela que se agitaba en el aprisco, en una y otra dirección, y observaba cómo el viento arrastraba la llama, dándole la transparencia azulosa de un fuego fatuo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, cuando la mujer estuvo de regreso.
—¡Imbécil! —gritó la mujer.
—¿Quién?
—¿Quién ha de ser? ¡Tú, imbécil!
—No entiendo.
—Ya comprenderás... ¡Imbécil! Has comprado una cabra que te pertenecía. Y después de que la has comprado, te la han vuelto a robar. En el corral falta una cabra. ¡La mejor que tenía!
—No buscarías bien. Voy yo mismo...
—¿Tú, barrigón inútil, que ni siquiera sabes lo que tienes y lo que compras? Yo lo había sospechado cuando me hablaste del asunto. ¡Imbécil! ¿A quién se le ocurre comprar lo propio?
Él principiaba a comprender. No dijo una palabra más. Se sentía abatido, doblemente engañado por el desconocido. Y no se atrevía a contar a su mujer que aparte de lo que ella había descubierto, la cabra había sido vendida dos veces en su presencia.
Esa noche, en el lecho, el ventero pensaba en los caprichos de la vida.
Reconciliado con su esposa, a quien había logrado explicar su inocencia y su buena fe, sentía muy cerca la respiración de la mujer, y el copioso volumen de su opulencia carnal.
—Oye —le dijo—. Hemos debido perseguir al ladrón. No debía estar muy lejos cuando tú llegaste...
—Con esta noche no salen al campo ni los perros.
—¿Tú crees que la cabra fuera de Nubia?
—Fuera lo que fuera, ya no la tenemos. Y además, tú le has dado diez pesos al que se la robó. Es triste ser la mujer de un hombre como tú. Trabaja uno todo el año, de día y de noche, para que venga un ladrón y se robe las cabras en las propias narices del dueño. Habrá que avisar mañana a la policía. ¿Cómo era el ladrón?
—Era tuerto, vestía de dril blanco, y llevaba bigotes largos, casposos.
—¿Tuerto dices?
—Sí; ¿por qué?
—En el bus iba un hombre tal como lo describes, y llevaba una cabra. Pero no era tuerto. Debió fingir que le faltaba un ojo para que no lo reconocieran después... Subió a un kilómetro de aquí, y pagó doble pasaje, por él y por la cabra; y como no había sitio, la puso sobre sus rodillas como a una criatura...
—¿Y tú, desgraciada, te encuentras con tu propia cabra y no le echas mano al ladrón? ¿Cómo explicas eso?
—Yo no sabía que era mi cabra. ¿Cómo iba a saberlo? Ni siquiera miré al animal. Estoy ahíta de lidiar cabras. Y, sobre todo, no me hables así. El responsable de lo que ha pasado eres tú. Ni siquiera te diste cuenta de que el cuatrero no era tuerto... ¡Qué inteligencia!
El la oía murmurar, y las palabras de su esposa le daban una sensación de doliente inutilidad. Afuera llovía con extraña intensidad, y el agua de las acequias caía desde el barranco, sobre el río, con inquietante violencia. El ventero trató de buscar un recurso para atraer el sueño, y al encontrarlo, no pudo dejar de sonreír en la oscuridad. Un monótono rebaño de cabras holló los senderos aletargados de su mente, y contándolas, una a una, logró quedarse dormido, molido el cuerpo por la fatiga, limpia el alma de todo rencor.



 
Gabriel García Márquez
EL AHOGADO
MÁS HERMOSO DEL MUNDO


Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
         Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
         No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los pocos muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y prodigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
         Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de colores. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
         No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un buen pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Los compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquel era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviados por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
         -Tiene cara de llamarse Esteban.
         Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la medianoche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión, cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar la vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, alentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iban volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
         -¡Bendito seas Dios –suspiraron-: es nuestro!
         Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, no único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondera sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharle una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias, y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que se llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta índole, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
         Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamaya en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galeón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
         Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se los hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a la distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, no volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que en los amaneceres de los años venturosos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán  tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas, miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.



Elmo Valencia
EL UNIVERSO HUMANO
Europa, la luna de Júpiter
Había una mujer tan bella que muy pronto quedó embarazada. Sin embargo, a nadie preocupó lo más mínimo el hecho, muy normal dentro del prodigio de la naturaleza. Pero a Cielo —que así se llamaba la mujer— le sucedió algo tan extraño que su embarazo por un momento hizo temblar las leyes biológicas de la perpetuidad de nuestra especie.
Sucedió que fueron pasando los meses y a Cielo, como es de suponerse, le crecía el vientre. ¿Por qué no? ¿Acaso no le había crecido a Eva y a Briggite Bardot? ¿Por qué entonces no le podía crecer el vientre a Cielo, también criatura de Dios y tan bella?
Pero pasaron las nueve lunas y el alumbramiento no llegó y vinieron otras lunas y a Cielo le siguió creciendo el vientre. ¿Qué hacer ante este hecho tan alarmante como desconocido? ¿Qué decían al respecto los libros sagrados de las parturientas? ¿Castigo de Dios? ¿Obra del Diablo? ¿Mal de ojo?
Sin embargo, una noche Cielo se dio cuenta de que en lugar de haber dado a luz hacia fuera, había dado a luz hacia adentro. Su hijo había nacido dentro de su propio cuerpo.
Con gran serenidad de ánimo la madre se fue adaptando al nuevo proceso involutivo, y el hijo, como si se hubiera resignado desde un comienzo a su absurda situación, comenzó a organizar su vida.
Cielo se puso a desarrollar a base de reflejos un desconocido amor maternal por ese cuerpecito que llevaba dentro y que a veces se movía como un gato. Primero lo sintió gatear, las rodillas del nene se hundían en ese blando almohadón que es la capa basal del endometrio. Luego lo sintió caminar; la cabeza le rozaba algunas vísceras, y Cielo, con la leche agriada, caía en otra estación de la vigilia. Ante su sorpresa, los pasos del niño no la lastimaban en lo más mínimo.
Pasaron los años y Cielo, atenta a sus movimientos, trataba de seguirlo, y a cada instante se preguntaba en qué meridiano de su vientre el pequeño estaría parado.
¿Como llamarlo? ¡Ícaro! ¿Por qué no? Al fin y al cabo Ícaro es un nombre hermoso. ¿Acaso Ícaro no quiso alcanzar el cielo? Así que Cielo decidió ponerle por nombre Ícaro.
Un día Cielo oyó ruidos extraños. Eran monosílabos, palabras entrecortadas. El niño quería aprender a hablar. Entonces, Cielo le enseñó a decir “mamá”, a decir “Cielo” y a decir “Ícaro”.
Desde ese momento el pequeño fue entendiendo el significado de los sonidos y una vez posesionado del esplendor de las palabras, comenzó a desarrollarse entre madre e hijo la aventura de un dialogo que no terminaría sino en la separación definitiva de uno de los dos.
- Ícaro, ¿quieres un caballito?
- Sí,  mamá.
Y Cielo se tragó un caballito de madera para que su hijo jugara con él. Y luego le envío más juguetes, llegando hasta el extremo de tragarse en diciembre un pino y las bombillitas rojas para que Ícaro tuviera también su árbol de Navidad, e Ícaro lo plantó y lo alumbró y de noche, el fabuloso vientre rosado de Cielo, parecía una lámpara iluminando el mundo. Y aunque parezca mentira, aquel diciembre el Niño Dios le trajo como regalo de Navidad un trencito eléctrico. A partir de ese momento, Cielo se acostumbró a quedarse dormida cuando el juguete comenzaba a hacer taque-taque-taque-taque.
Cuando cumplió siete años, Cielo le envío cuadernos y lápices de colores para que aprendiera a leer y escribir. Y a prendió muy bien. Su primera frase fue: “Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza”; y su primera lectura “Las aventuras de Tío Conejo”.
Y el niño fue creciendo y comenzó a indagar por todo y hasta llegó a preocuparse por el origen de las cosas: “Mamá, ¿quién hizo el mundo?”. “Mamá, ¿qué fue primero, la gallina o el huevo?”. Y Cielo le contestaba maravillosamente con la bondad en la boca.
Cuando se sintió hombre, Ícaro decidió estudiar filosofía para hallar una respuesta a la pregunta: “¿Quién soy?”; “¿Qué hago aquí encerrado?” Entonces Cielo se tragó desde La República de Platón hasta El Ser y la Nada. Al final, no encontrando en la filosofía la respuesta que buscaba, decidió ser astronauta y así se lo comunicó a su madre. La mujer escuchó su súplica y una noche, sin que la viera, se tragó un vestido espacial y un cohete.
Ícaro comenzó a prepararse para la grande aventura. Cuando llegó el momento culminante levantó vuelo y comenzó a sondear el Universo de Cielo. Recorrió su cintura; bajó varias veces por los muslos hasta el límite de los pies; estudió con detenimiento el corazón, pues le mortificaba saber que ese órgano tan lleno de bondad y sabiduría fuera tan falsamente comprendido; atravesó la vía láctea de sus senos dejando en su pecho un resplandor de luz anaranjada. Se internó por la garganta y conoció la andrómeda de sus labios; subió hasta los dos astros de sus ojos, y allí por primera vez Cielo e Ícaro se miraron mutuamente. Le dio varias vueltas al planeta del cerebro, avanzó tal vez buscando el milagro de la vida por entre los brillantes tejidos de la carne, se cercioró de la blancura de los huesos y, finalmente, embriagado de tanta belleza, cayó en el torrente circulatorio de Cielo y allí entre la espuma del tiempo y de la sangre, quedó girando y girando hasta que Ícaro se agotó como un meteoro.



Elkin Restrepo
EL GATO
Gato a mediodía
Piedecuesta, 2011
Fotografía de Triunfo Arciniegas

El gato apareció una mañana, dos meses después de la muerte de Ovidio, cuando a Brígida la vida se le hacía algo muy difícil de sobrellevar. El animal aprovechó que la puerta estaba entreabierta y se metió al apartamento, donde empezó a pasearse orondo, como si aquélla fuera su casa. Era negro como el ónix y parecía hambriento. Aunque, en un primer momento, Brígida quiso echarlo, el tono lastimero de sus maullidos la contuvo. Entonces, fue a la cocina, sirvió leche con migas de pan en un plato y lo colocó afuera, en el patio de ropas. El animal se acercó y comió hasta dejar el plato limpio. Brígida jamás lo había visto, en la urbanización estaban prohibidas las mascotas, así que no dejó de pensar que era un gato extraviado, que le traería mala suerte.
Cuando terminó, el animal se puso zalamero y le restregó el lomo en las piernas. A la mujer aquello no le hizo gracia y echó mano de la escoba. El gato la miró con ojos muy tristes y ella sintió que esa mirada le rompía el alma.
Como nadie vino a reclamarlo, ni él se fue, Brígida pronto se desatendió del visitante. Nunca había tenido animales; la verdad, no les tenía simpatía. Cuando era niña alguien le había regalado una boa y el recuerdo de su piel blanda todavía le producía escalofríos.
Octavio había muerto de un infarto a fines de febrero, cuando rayaba los treinta años. Después de la cremación, Brígida tomó la urna con las cenizas y, en lugar de esparcirlas en el campo, como se lo pedía la familia, se las trajo a casa y las colocó encima del nochero. Las quería cerca, pues no podía aceptar que la vida con Octavio hubiera terminado así tan de repente.
Días después mandó a hacer un pedestal de madera y encima colocó la urna. Al lado, sobre una mesa redonda, puso el candelabro. A partir de entonces, le prendió velas y habló con el difunto, reclamándole que la hubiera dejado sola y no la hubiera hecho feliz.
Preocupada con su estado, Elvira, su hermana, convino con una amiga para que se pusiera al cuidado de ella, al menos durante un tiempo. La prima se llamaba Ilse, iba dos o tres veces a la semana, y se ocupaba de que nada le faltara. Más tarde aceptó mudarse, cuando la depresión no dejó levantar a Brígida de la cama.
Ilse tenía diecisiete años, cinco menos que la viuda, y era larguirucha, casi fea, pero tenía gracia, como todas las muchachas a su edad.
Una mañana, sin hacer caso de recomendaciones, abrió ventanas y puso música a buen volumen. Tanta penumbra y silencio, no hacía bien a nadie. Cambió de lugar muebles y objetos y obligó a la viuda a tomar el sol en el patio. Sacó la urna de la habitación y la colocó en un rincón de la biblioteca, donde su presencia no fuera tan aprensiva. Que Brígida lo aceptara, sin reproche alguno, hablaba de lo beneficioso de la medida. Poco a poco, aplicando su propio recetario, la fue rescatando de las fauces de la tristeza. Aunque la viuda persistía en llorar a su marido, al menos ahora aceptaba conversar un poco e interesarse por cosas distintas a su duelo.
Alguna vez la muchacha le habló de sus senos, del tamaño de sus senos, que apenas despuntaban, sin forma aún para acomodarlos en el sostén. Tenía pensado, sin embargo, comprarse unos con el primer pago. Uno rojo, con una blusa transparente, para irse a una discoteca a bailar el sábado. A Brígida, tal candor, le sacó una sonrisa, la primera en muchos días.
Fue Ilse la que insistió en que se quedaran con el gato.
—Devuélvelo al vecindario, los animales no me gustan, su dueño debe estar por ahí buscándolo.
—Brí, no tienes de que preocuparte, yo me encargo de él.
El gato se quedó. Con una ceremonia chistosa, donde asperjó agua sobre su cabeza, la muchacha lo bautizó Nico, sin detenerse a pensar que, viniendo de afuera, tuviera otro nombre. Pero el animal lo aceptó bien y en adelante, sin ningún escrúpulo, Nico pasó a ser parte del hogar, de ese hogar donde todavía el dolor era el huésped mayor.
El gato iba y venía por la casa, atento a las dos mujeres. Aunque jugaba con Ilse, mantenía recelos con Brígida y evitaba su cercanía. Quizás advertía la prevención de ésta y cortaba por lo sano. Por lo demás, sus hábitos eran tranquilos, se notaba que no era un gato silvestre, y sólo maullaba a la hora de comer. Ilse, para que no engordara y su pelo no perdiera el lustre, le servía una comida al día.
Brígida no recordaba cuándo, pero de pronto su tristeza se tornó una carga más liviana. No sabía si era por efectos del tiempo transcurrido, siete meses a la sazón, o porque ya había tocado fondo. Cualquier día, sus remordimientos por no haber sido quizá lo suficientemente buena con Octavio, dejaron de atormentarla. Pensó que eso pasa siempre cuando se pierde un ser querido (así había ocurrido cuando murió su hermano Rubén), y dejó de echarse culpas. Entonces, como si corrieran las cortinas de la casa, la luz también entró en su alma, y aquellos sueños donde Octavio se le aparecía sin reconocerla, ni dirigirle la palabra, dejaron de repetirse.
Nico, por su parte, no parecía extrañar otra vida. Siempre cerca, sentado sobre sus patas traseras, semejaba una pequeña y reluciente divinidad. De divinidad eran la quietud, la ajena complacencia. Humana, si se quiere, la manera cómo, sin forzar nada, se tornó en pieza indispensable de aquel engranaje doméstico.
Un día Brígida tuvo un sueño que la sorprendió. Tenía que ver con su marido, pero, a diferencia de antes, el sueño no le causó pena ni llanto, sino más bien un gran regocijo. Octavio, como si no hubiera muerto, estaba de regreso en casa. Venía de Bogotá, donde había asistido a una feria del vestido y, sin esperar siquiera a descargar las maletas, la tomó por la cintura y la condujo a la alcoba.
Al despertar, Brígida estaba desnuda y tenía el cuerpo arañado y cubierto de moretones, algo muy raro. Como nunca se había sentido tan feliz, tampoco ahondó en preguntas que no podía responder. Lo importante era que Octavio había vuelto, así fuera en sueños, y éste ya no la desconocía.
Los sueños continuaron repitiéndose con alguna regularidad. De cada uno, a Brígida le quedaban estigmas que, luego, frente al espejo, cubría con maquillaje para no despertar suspicacias a la muchacha.
Un viernes, Ilse compró pescado y dos botellas de vino blanco, y entre las dos prepararon la cena. Al gato el olor lo excitó hasta el punto de que, para acallar sus maullidos, debieron compartir la cena con él. Subido a la mesa, se paseó por ella, sin que a las mujeres les importara.
Con el vino, vinieron las confidencias.
A Ilse los senos al fin le habían crecido, un verdadero milagro. Quizás la tranquilidad, la comidas regulares y abundantes, o a que ya era tiempo. Como el roce con la blusa le erizaba la piel y esto le gustaba, había terminado por desistir del sostén. En las noches dormía con el gato, que se metía en la habitación, como un fantasma.
Sirvió otra copa de vino y le pidió a la viuda que le contara un secreto. Brígida le dijo que no tenía ninguno, pero ante la insistencia, no tardó en confesarle cosas que, incluso, no se decía a sí misma hacía tiempos.
Le contó que por la estrechez de la pelvis, no podía tener hijos: eso lo supo cuando a los seis meses de casada tuvo un aborto. De repetirse el suceso, también lo supo, pondría en riesgo la vida. Esto cambió el matrimonio por completo. Desde entonces, Octavio no la volvió a tocar y ella casi olvidó que era una mujer. Ése era el drama que vivían, cuando al marido le sobrevino el infarto.
De repente, atacada por una furia inesperada, cogió al gato del pellejo y lo arrojó al piso. Nico, ofendido, se escurrió bajo la mesa y buscó refugio a los pies de Ilse. Ésta lo cargó en los brazos y allí lo tuvo, mimándolo, hasta que la viuda, ya más sosegada, sin entender la razón de su repentino resquemor con el animal, continuó contándole a la muchacha sus asuntos.
De un tiempo para acá, sus sueños no eran los sueños angustiosos de otras veces. Por el contrario y, aunque seguía soñando con su marido, éste ahora se presentaba más solícito y amoroso, queriéndola compensar por su conducta del pasado. Aliviar sus culpas (con una impetuosidad salvaje), parecía ser ahora su único propósito. La verdad, sus besos y abrazos, su ruda fogosidad, la dejaban sin aliento y con señales imborrables en el cuerpo. Amanecía cada día cubierta de verdugones como si lo acontecido no fuera un sueño. ¡No había sino que ver!
En un gesto inesperado, Brígida se desabotonó la blusa y le mostró los estragos en el cuello y el pecho.
—Frutos del pecado —se ufanó.
Ilse se echó a atrás en la silla. No podía creerlo. Enseguida se levantó el suéter —también tenía algo que mostrarle— y, uno a uno, le señaló los lamparones aquí y allá.
—Ni que compartiéramos el mismo amante —dijo.
En esas el gato saltó a la alacena, con un ronroneo marrullero y feliz. En los ojos tenía una astilla de luz maliciosa, y su actitud, al ponerse a distancia, lo delataba. Ambas, cruzadas por la misma idea, se miraron.
—¡No estarás pensando lo que estoy pensando! —dijo Ilse.
—¡Ni me atrevo a decírtelo, estoy horrorizada! —contestó Brígida.

Elkin Restrepo
La bondad de las almas muertas
Bogotá, Panamericana Editorial, 2009.




Harold Kremer
EL PRISIONERO DE PAPÁ
Balthus
 Escuché los golpes de la pala sobre la tierra y estiré la mano para tocar a Yaira. Luego me levanté sobre los codos y en la oscuridad adiviné el bulto de mamá y Titina en la otra cama. Aún era de noche y en el patio seguían los golpes de la pala sacando la tierra. Corrí un poco la mano de Yaira y volví a acostarme. Por entre la pared de esterilla entraba la luz de la luna formando líneas sobre el piso de tierra y las camas. La pala decía chak, chak, chak. Oía también la respiración del que cavaba. Por el ruido supe que venía del lado del hueco donde Yaira y yo jugábamos a escondernos. Recordé la cajita guardada en la pared.
Me senté en la cama y volví a mirar a mamá. Luego me acerqué y vi que no estaba papá. Entonces me arrastré por el suelo hasta la pared y observé a los del patio: uno fumaba y el otro cavaba. No podía distinguirlos bien, pero al instante supe que eran papá y el Caliche. El Caliche agrandaba el hueco. A esa hora era bien de noche y yo tenía sueño. En la cajita guar­dábamos la moneda de mil pesos que le quitamos al prisionero. Me dormí y cuando desperté, el cielo empezaba a clarear. Me limpié la cara, escupí el sabor a tierra de la boca y miré por el hueco de la esterilla. Papá acomo­daba plásticos, piedras y pedazos de madera sobre el hueco tapado. Caliche le indicaba con la mano y papá se movía a tapar. Terminaron cuando ya era de día. Caliche se fue por el lado del caño y papá fue a lavarse la cara y las manos. Al desayuno dormía y roncaba en la cama.
Mamá nos decía de papá: «Trabaja hasta tarde». Llegaba borracho y mamá dejaba que se montara encima de ella. Papá respiraba fuerte y la cama parecía caerse. Luego mamá se levantaba, le esculcaba los bolsillos del pantalón y escondía el dinero en el hueco del pilar de guadua de la cocina. Cuando no llegaba, mamá no hablaba, ni preparaba la comida, ni atendía a la niña. Se sentaba con los ojos rojos en un rincón de la cocina, con una correa en la mano, y cada vez que nos acercábamos tiraba a pegarnos. A mí me daba pesar con Titina porque la agarraba a correazos. Una vez oí a mamá hablando con doña Carmen. La próxima vez la mataba, le decía, sin im­portarle que la metieran a la cárcel. Mamá decía que cuando papá no llegaba era porque se quedaba durmiendo allá donde ella. Doña Carmen andaba siempre con los vestidos apretados y la risa en la boca. Mamá decía que así se vestían y se reían las mujeres para provocar a los hombres. Con Yaira nos metía­mos por los patios y por los lados del caño para ir a verla. Una vez la vimos sentada en las piernas de papá. Tenía la boca pintada y la blusa entreabierta. Papá metía la cara entre la blusa y doña Carmen se reía. Se reía de las cosquillas que le hacía. Yaira se abrió la blusa, me mostró las teticas, y dijo:
—Chucuan-chudo chuyo chuse-chua chugran-chude chuvoy chua chuser chuco­chumo chue-chulla.
A mediamañana Yaira y yo fuimos al hueco. Papá y el Caliche lo habían rellenado. Yaira se puso a buscar las muñecas que papá le traía del Basuro y yo me asomé al caño a ver si encontraba la colección de carritos que me regaló la tía Isaura. Cuando nos acordamos del dinero quitamos los plásticos, las piedras y los pedazos de madera y luego cogimos unos pedazos de cerámica y nos pusimos a raspar la tierra. Pero la tierra estaba apretada de lo duro que le habían dado con la pala. Yaira se sentó a llorar porque quería mucho a sus muñecas. De pronto me dijo:
—¿Chuy chuel chupri-chusio-chune-churo?
Le recordé que lo habían reclamado y que a papá le iban a dar su buena recompensa. De lo pura tarada que siempre ha sido no quiso entender y volvió a llorar por las muñecas y los mil pesos.
Papá nos dijo que se encontró al niño en un parque y que como nadie aparecía para reclamarlo lo había traído a casa y lo iba a guardar hasta que aparecieran los papás y le dieran una buena recompensa. Lo que no entendíamos era por qué lo tenía amarrado con una cadena. Era del grande de nosotros y papá le daba una medicina para la enfermedad que sufría. Así se dormía y no le dolía. Cuando despertaba jugábamos a la guerra y le decíamos que esa era una cárcel y que él era el prisionero de papá.
Al mediodía cuando papá se levantó nos dijo que ya había entregado el prisionero y que le iban a dar una buena recompensa.
Por la noche no apareció. Mamá salió a buscarlo y cuando despertamos al día siguiente estaba sentada con la correa en el asiento de la cocina. A mí me despertó el llanto de Titina. Chucé a Yaira y nos salimos al patio. Titina gateaba detrás de nosotros.
La noche en que papá apareció con el prisionero lo sacó de entre las cajas, periódicos y cartones que siempre traía en la carretilla. Lo llevó al patio, lo metió al hueco y lo amarró. Nos explicó a mamá y a nosotros y dijo que debíamos tener la boca cerrada: si alguien se enteraba iba y contaba del niño y no nos daban la recompensa. También dijo que a Yaira le iba a comprar una muñeca del mismo grande de ella y a mí una colección de carros del tamaño de la carretilla. Luego se fue a fumar el zuquito con mamá.
Cuando Yaira y yo nos asomamos el pri­sionero dormía. Prendimos una vela y le esculcamos los bolsillos. Los mil pesos los encontramos cuando le quité los zapatos. La moneda cayó debajo de una tabla. Yaira los levantó, me miró, y dijo:
—Chula chumi-chutad chupa-chura chumí.
En esos momentos el prisionero se movió y yo cogí una tabla y le pegué en la cabeza. Luego corrimos por el borde del caño y nos sentamos a esperar. Me puse los zapatos y caminé para probarlos. Yaira repetía que la mitad era para ella. Yo le dije que la moneda era de los dos y que se iba a la cajita que escondíamos en la pared del hueco.
Al día siguiente el Caliche nos enseñó a taparle la boca. Dijo que nos quedáramos vigilando para que ninguno más viniera con ganas de cobrar la recompensa. Ya por la tarde despertó y le quitamos el trapo para que nos dijera cómo se llamaba, pero se puso a chillar igual a como cuando mata los marranos el Barriga de la carnicería. Yo me puse a darle con el palo y chillaba y chillaba. Entonces vino mamá y le pegó un trancazo en la cabeza y lo obligó a tomarse la medicina. Luego nos agarró a correazos por quitarle el trapo de la boca.
Por la noche papá también nos agarró a correazos y dijo que no volviéramos al hueco. Pero al otro día fuimos y ya no le quitamos el trapo de la boca. Si se despertaba corríamos a contarle a mamá y ella lo obligaba a tomarse la medicina. Papá nos dijo que era mejor que no supiéramos cómo se llamaba pero como Yaira, de lo pura tarada que es, insistía en preguntarle, papá se quedó como pensando y luego dijo que se llamaba Nadie.
Cuando ya estábamos aburridos de cuidar se nos ocurrió jugar a lo del prisionero. Cogimos unos palos y dijimos que esas eran las metralletas de los guardias y al despertar, antes de que se pusiera a chillar, le decíamos que esa era una cárcel y que él era el prisionero de papá. A veces Yaira se abría la blusa y le frotaba las teticas en la cara para ver si se reía.
Hace dos días se le torcieron los ojos y por un lado del trapo le empezó a salir una baba blanca. Mamá dijo que era por el hambre, que de tanto dormir ni comía: le preparó una sopa y se la dio a sorbos. Pero el prisionero se atragantaba y la sopa se le salía junto con la baba. Luego se puso tieso y luego se puso blando. Mamá dijo que se había dormido y que era mejor dejarlo solo. Cuando llegó papá fueron a verlo con Caliche y al rato dijeron que ya estaba bien y que esa noche iban los papás por él. Nos hicieron acostar y se pusieron a fumar el zuquito.
Esa noche oí los golpes de la pala sobre la tierra. Al día siguiente papá dijo que iba por el dinero, que ojalá se lo pagaran para comprar los regalos tan grandes que nos había pro­metido.
En la tarde, cuando mamá vio que seguíamos raspando la tierra dijo que no lo hiciéramos, que ese hueco era peligroso para Titina y que lo mejor era tenerlo tapado. A Yaira le dijo que no llorara, que no fuera tan tarada como siempre había sido y que ya llegarían más muñecas y muchas monedas de mil.
Ahora estamos sentados en el borde del caño. Mamá sigue con los ojos rojos sentada en la cocina. Titina, de tanto llorar, se quedó dormida al lado de una pila de periódicos. Pensaba en los mil pesos ya que por el hambre las tripas empezaron a sonarnos. Pero mejor no le digo nada a Yaira porque hace rato dejó de llorar por las muñecas muertas enterradas. Con los mil pesos compraríamos una coca cola y un pan. Le digo que papá le va a traer una muñeca del grande de ella y ni así me para bolas.
Yaira se levanta y coge dos palitos, los amarra con un pedazo de alambre hasta que queda una cruz y la entierra en la tierra pisada.
Luego nos sentamos a esperar a ver si papá aparece con el dinero y mamá, de la pura alegría, nos manda a comprar la carne donde el Barriga.


 Triunfo Arciniegas

La mujer del payaso

Payaso y mujer Alberto Cadavid Fotografía de Triunfo Arciniegas
Toqué con suavidad tres veces, según mi estilo, y en seguida abrieron. Saludé con la voz grave y lenta, dolorida, que usaba para estos casos.
          –Siga, por favor –dijo Carmen Jerez, la viuda, y me condujo por un corredor mal iluminado, adornado de matas gigantes que me buscaban el rostro como mujeres confianzudas, hasta un cuarto donde el aire se había vuelto una sopa pestilente.
          El viejo doctor Marancar, calvo y jorobado, cerró un maletín negro y gordo, en cuyo vientre podía refugiarse una docena de conejos, nos observó con ojos de entomólogo por encima de los anteojos y se despidió con una venia.
          –Roberto –dijo la viuda–. Roberto, ¿por qué te fuiste?
          Lo dijo tres veces, como si conversara con el loro. Roberto no respondió. Todas claman lo mismo, no importa cuánto hayan detestado al difunto. La muerte quema los rencores. Cuando le pedí a la viuda, en voz baja, que abriera la ventana, su mano encendió la pequeña lámpara de la mesita de noche, su mano blanca de dedos finos, infinitos anillos y uñas pintadas de rojo sangre. Tendido en la cama, con traje de paño, corbata y zapatos nuevos, demasiado bonitos para un tipo que no iba a caminar el resto de sus domingos, Roberto se veía bien, sereno, casi feliz. Tomé las medidas y discutí de precios y arandelas con la viuda. Quería un ataúd con flores.
          –¿Cuántas docenas, doña Carmen?
          –Usted no me entiende –dijo la viuda–. Las quiero pintadas en el cajón.
          El cliente siempre tiene la razón. En este caso, el representante del cliente. Le pintaríamos lo que quisiera: ángeles con ojos de ternero degollado, golondrinas con mensajes en el pico, mariposas sicodélicas, siemprevivas y nomeolvides.
          –Un cajón de colores –precisó la viuda–. Quiero un entierro alegre, ¿me entiende? Ni siquiera voy a llorar.
          Nos pusimos de acuerdo en los colores. En otras palabras, la viuda quería la bandera del país de los locos salpicada de flores.
          –Con ventanitas.
          –¿Cómo dice?
          –Quiero el cajón con dos ventanitas, una a cada lado, para que Roberto contemple el mundo por última vez. Quiero que nos vea felices. Era un hombre muy alegre, ¿sabe usted? Era un payaso.
          Salí de prisa a cumplir con todos los encargos y regresé en la carroza con el ataúd y los candelabros después de mediodía. Ya estaban de fiesta. Osiris Sánchez había enviado una caja de ron y otra de aguardiente, con un sufragio de lágrimas vivas. Al principio creí que me había equivocado de casa. Habían desempolvado las pelucas y los trajes más extravagantes, bebían y se retorcían de risa. Alguien gritó:
          –Comamos y bebamos, camaradas, porque miren lo que les pasa a los payasos.
          Despaché a Agapito con la carroza, y me quedé para ultimar detalles y presentar la cuenta. Encontré a la viuda en el patio, recién bañada y sin anillos, en bata y debajo de un sombrero verde con plumas de pavo real. Arrodillado junto a una Biblia que servía de mesita para los frascos de esmalte, un enano le pintaba las uñas.
          Casandra, en cuclillas, fumaba su apestoso tabaco debajo de un naranjo agrio. Un perro tuerto me ladró sin ganas. El enano ni siquiera levantó la cabeza.
         –¿Le parecen bonitos mis pies? –dijo la viuda–. Eso no es nada para todo lo que tengo.
          Soltó una carcajada y en seguida se tapó la boca, acordándose de su reciente estado. Soltó una lágrima, una sola, que resbaló hasta la orilla de su boca, divino manjar para un hombre muerto de sed en mitad del desierto, y espantó con el pie al mono que trataba de ver por debajo de la bata. Vino hacia mí, descalza, y me abrazó. El enano nos persiguió con un frasco de esmalte en una mano y el pincel en la otra. Un payaso trepaba en la sala por la cuerda de la lámpara y otro intentaba volar con un paraguas. Alguien lanzaba cuchillos alrededor de las fotos de Roberto que adornaban las paredes. Platón y Aristóteles, siameses oaxaqueños, jugaban ajedrez y bebían mezcal.
         –Se hacen trampa –dijo la viuda.
         Una mujer medio desnuda paseaba un león viejo por la casa. Me asombraron por igual el relieve de sus costillas y la longitud de sus piernas. “Cómete al león, muchacha”, quise gritarle, pero la timidez me atragantó.
          –Apuesto que el león se la come –murmuró la viuda en mi oreja–. No se asombre: en otros tiempos leí las cartas. Pero con tipos como usted, tan transparentes, no se precisan para saber ciertas cositas. Es Piscis, ¿verdad?
          Me ofrecieron una botella y bebí. Pura candela. Nadie vestía de negro, como si cumplieran una orden expresa de la viuda, que besaba a todos en la boca y poco le importaba que la bata a cada rato descubriera sus encantos y tatuajes. Complacida con los encargos, me pellizcó la mejilla como si fuese un niño regordete y sonrosado y me lanzó un sonoro beso. “Muchacho bello”, dijo. Se arrancó una pluma del sombrero y me la ofreció. Le pedí precaución con los acabados.
          –Son flores frescas –expliqué, y bebí de otra botella.
          Alguien oía a Pink Floyd en una de las habitaciones, y en otra, un aprendiz de trompetista interpretaba el Himno Nacional. La casa era una fiesta tan desbordada que muchos, incluida la viuda, que se despojó de la bata por dos o tres minutos, se probaron el cajón antes de encerrar allí a su dueño definitivo. Me perturbó el esplendor de su geografía: el dragón hambriento que volaba hacia el pezón izquierdo, la serpiente dormida alrededor del ombligo y el bosque negro en forma de corazón que resguardaba la cueva de la dicha. De un salto regresó a la tierra de los mortales.
          –Me hubiera gustado mandarlo al más allá con dos o tres muchachas –dijo, entrando a una bata que no le hacía falta para nada–. Me puso los cachos con cuanta negra se le atravesó.
          Y aclaró, abriendo los brazos en cruz:
          –Soy un vino blanco. Fino. ¿No le dan ganas de beberme?
         Acomodamos a Roberto y todo el mundo estuvo de acuerdo en que se veía más vivo que nunca. Quise retirarme para que oraran en la intimidad, pero la viuda no me lo permitió. Le cantó un bolero al finado a través de una de las ventanitas y luego me hizo pasar al comedor para un suculento almuerzo, que despaché sudando como un caballo, entre un trapecista vestido de verde y una mujer barbuda. Frente a nosotros, una contorsionista bizca, de orejas puntiagudas y cabello erizado, devoraba una rana en salsa de almendras, con una generosa guarnición de papas a la francesa y ensalada mixta, y bebía a grandes sorbos, dejando derramar hasta sus pechos un líquido espeso y rojo, vino de Transilvania o sangre de murciélago. Un malabarista tartamudo y el domador, de espesos bigotes, se limpiaron la boca con la pelusera del antebrazo y se retiraron entre eructos y gruñidos. Otros se sentaron luego y terminaron muchas horas después. Busqué a la viuda, pero no la encontré. Se la pregunté a un mago ebrio que trataba de esconder en el sombrero un conejo asado, sobras del almuerzo, para su mujercita.
          –¿Entonces el muerto es de verdad? –dijo–. Con razón lo vi tan pálido. ¿No es ésta la convención anual de los Bebedores del Agua Sagrada? ¿De cuál Carmen me habla?
          Extraviado, abrí la puerta del baño por equivocación y sorprendí, sentada en la taza, a una monja que hojeaba entre lágrimas una revista pornográfica.
         El enano, que se había pintado las uñas de negro, y los párpados con tonos azules y violáceos, armaba un tabaco de marihuana con una hoja arrancada de la Biblia. Me miró con rencor y escupió en el piso, como retándome a duelo. Calculé que ya se había fumado el Génesis. No me pareció oportuno preguntarle por la viuda y desaparecí de su vista.
         Un caballero antiguo vomitaba en su sombreo de copa, arqueándose con gracia de bailarina para no embadurnar el traje, y los siameses, con lamentable puntería, orinaban en la maceta de las astromelias.
         –Si me caso con Aristóteles, ¿qué hacemos con Platón? –dijo Casandra.
        Aunque ya era de noche, no podía retirarme sin la cuenta cancelada. Humedecí con saliva la yema del índice y repasé las facturas como si fuesen billetes. Oí la risa de la viuda en una habitación pero no me atreví a interrumpir. Esperé en la sala junto al difunto. Casi nadie se acercaba a verlo. Me dormí sentado, a la orilla de aquella fiesta, arrullado por el suave traqueteo de una cama y una frase, una letanía convertida en súplica: “Mátame”. Soñé con María Cruz Delina en el aeropuerto de Málaga. Elevábamos una cometa amarilla. "Si me alcanzas te doy un beso", prometió. María Cruz Delina corría como el viento, se elevaba arrastrada por la cometa, se perdía entre las nubes. Alguien me tocó el hombro. Desperté con jirones de nube en la boca, junto al rostro de la viuda.
        –Tenemos camas si quiere descansar –dijo, atándose la bata.
        –Lo siento, la estaba esperando.
        La viuda me extendió un cheque entre bostezos. Lo guardé en el bolsillo de la camisa, junto a la pluma, y avancé hasta la puerta.
        –Ojalá nos acompañe mañana –dijo.
        No me perdería aquel entierro por nada del mundo.
        –Y no es necesario que venga vestido de murciélago.
        Como era tarde, dejé el cheque en Apocalipsis por debajo de la puerta. Caminé hasta la casa de mi tía porque ya habían pasado los últimos autobuses. Oculté la pluma de pavo real debajo de la almohada y colgué el traje negro, la pinta de murciélago que me imponía la casa de pompas fúnebres. Le escribí una carta apasionada a María Cruz Delina, enfermera del hospital de Málaga, y, vestido de verde, la llevé a la oficina de correos temprano, apenas abrieron. Don Jacobo, dueño de Apocalipsis, me recibió con los brazos abiertos.
       –¿De qué charco vienes? La viuda acaba de llamar, muchacho. Quedó tan contenta que ya nos contrató para sus próximos maridos. Espera que la acompañes en la pena. Ya te echó el ojo.
        Me miró por encima de los anteojos.
        –Ay, Federico, qué envidia más negra, vas a embriagarte con Carmencita Jerez.
        Me espantó como si fuese una gallina:
        –Deja todo y ve a ver qué se ofrece.
        Necesitaban café.
        –La cocinera se escapó anoche con el trapecista y nos vamos a quedar dormidos antes de llegar al cementerio –dijo la viuda apenas me vio, empujándome a la cocina con todos sus anillos. Conservaba el sombrero de plumas del día anterior pero había cambiado la bata azul de flores moradas por un vestido rojo, ceñido y escotado, y saltaba a la vista que había olvidado la ropa interior. El finado la había dejado enterita, madre mía, Carmen Jerez del Paraíso, y como no era pecado desear a la mujer del muerto, estremecido, cerré un instante los ojos para morder su nuca y deslizar la lengua hasta sus nalgas–. Si así eres verde, muchacho bello, cómo serás maduro. ¿Sabes hacerlo? Si no, te enseño.

         Preparé el menjurje en la olla más grande y lo repartí entre los que todavía seguían despiertos. Como la viuda consideró que era demasiado temprano, organizó con el finado un recorrido por los barrios bajos, al otro lado de la estación del tren, hasta la casa de placeres de Petrona Sanguino, negra otoñal todavía hermosa, más conocida como La Malquerida. Las muchachas, recién levantadas, todavía en paños menores, se apoderaron del cajón y nos vimos a gatas para recuperarlo. De lejos, parecía un partido de fútbol. Todas gritaban. Algunas enseñaban los senos para que el finado se fuera al más allá con un bello paisaje, entre alabanzas y maldiciones, y me pareció que Roberto torcía los ojos. Las dejamos en un río de lágrimas, resignadas, con más pinta de viudas que la misma Carmen Jerez.
        Una de las muchachas nos alcanzó corriendo y señaló con el índice su barriga de elefante:
         –Carmen, tenemos que hablar de esta gracia.
         Los hombres depositaron el cajón sobre los rieles y todo mundo permaneció atento al desarrollo de la escena. El tren podía arrastrar a Roberto hasta el Páramo de Berlín, pero no nos quedaríamos con la curiosidad.
        –Me he acostado con varias, querida, pero hasta el momento no he preñado a ninguna –dijo la viuda.
        –Es una de las payasadas de tu marido –precisó la muchacha.
        –Pero me parece, negrita, que en esa pista más de un payaso ha hecho función –remató la viuda.
        Y soltó una risa que hizo dar media vuelta a la muchacha.
        Encabezado por los siameses, uno de negro y otro de rojo, el cortejo torció por la antigua y empedrada Calle del Deseo, donde dos o tres damas quebraron sus tacones. Nos refrescamos frente al portón de la casa que el arzobispo Miguel Ángel de Quevedo hizo construir en otro siglo para la tatarabuela de La Malquerida, la célebre nigromante, cuyo fantasma todavía asustaba a los borrachos. El domador de espesos bigotes atrapó con el látigo una rama que se asomaba a la calle, trepó hasta el borde del muro, erizado de picos de botella, y contempló por todos nosotros, pobres mortales, los legendarios jardines, que abarcaban la manzana entera, hasta que el alboroto de los perros nos obligó a marcharnos.
        –El paraíso, hermanos, ni más ni menos –explicó, hechizado.
       Flanqueado por dos meseros adolescentes, uno rubio y otro moreno, Osiris nos hizo adiós desde un charco de lágrimas. Pasamos frente a Apocalipsis, Bello final para una bella vida, precios módicos. Don Jacobo se quedó mirando la multitud con cierto arrobo, como diciendo:
       –Cuánta clientela, Federico, cuánta clientela.
      Era lo menos parecido a un entierro. Una parranda de locos fuera de carnaval. Arrastramos a medio mundo. Íbamos bailando, cantando, quemando pólvora, por calles polvorientas y destartaladas, de cantina en cantina. Coplas obscenas contaban la vida de Roberto. En algún momento tuvimos que devolvernos, aunque no recordábamos bien por dónde habíamos venido, porque alguien advirtió que se nos había olvidado el cajón. Entre tanto desorden, los de adelante pensamos que el cajón venía atrás, y los de atrás pensaron lo contrario. Ay, Roberto. ¿Se estaría despidiendo otra vez de las negras de La Malquerida?
        –Ni muerto deja las malas mañas –dijo la viuda.

Marc Chagall, Over the Town

         Las puntiagudas sandalias y el alcohol la hacían trastabillar. Más de uno acudió a ofrecerle el hombro, no para evitar su caída sino para que no se nos perdiera entre las nubes, pues ciertamente las amplias alas del sombrero hacían pensar que practicaba lecciones de vuelo. Vi o imaginé diminutas gotas de sudor en su nariz. Quise beberlas. El enano marihuanero, presto a limpiar las sandalias de su ama con una servilleta, mantenía una estrecha vigilancia. En un momento sus ojos, para la viuda, eran de ternero degollado, y al siguiente me arrojaban candela.
        Encontramos a Roberto en el Callejón de los Ciegos, donde unos niños, confundiéndolo con Pericles, estaban a punto de prenderle fuego. Celebramos la ocurrencia con pólvora. Oímos las campanas de la iglesia del Señor de la Humildad y nos apuramos a quemar los últimos voladores porque se nos hacía tarde. Llevamos al difunto por el camino más corto. La mayoría de la gente se quedó en la puerta, en el atrio, en las cantinas más cercanas, mientras oficiaban la misa. Cinco o seis sorbos de aguardiente, en la cantina de Carmen Peralta, me patearon al más allá. El cajón volvió bendito y la viuda echando chispas porque, según supimos, el cura se acordó que el finado le había quedado mal con una función de caridad. Menos mal que el cementerio estaba ahí, a un tiro de piedra. Corrimos a mandar con Roberto saludos a los acostados y robamos flores del vecindario. Corrimos, es un decir: trastabillamos, trasbocamos.
        –De tumba en tumba, me voy de rumba –gritó una de las locas que nos acompañaba, y echó a correr por la avenida principal.
         El sepulturero selló la tumba casi a oscuras, y con una puntilla la viuda escribió sobre el cemento fresco: Roberto Antonio Cáceres, y un poco más abajo, papacito rico. Proseguimos la fiesta en la calle porque nos echaron. Locos de amor, nos arrojamos flores y nos dijimos cosas bonitas. Aunque no había árboles, brincamos de rama en rama. Aullamos como lobos y nos relamimos como gatos. El enano, borracho, quiso trepar por uno de los postes del alumbrado público. Mientras una loca masticaba pétalos, otra se derramó la cerveza en los senos.
        –Leo manos y ombligos –dijo Casandra, de rodillas.
        La viuda nos invitó a la casa, donde una cocinera arrepentida y un trapecista muerto de la vergüenza nos esperaban con pezuñas de cerdo en salsa agridulce y pechugas de pollo maceradas con miel de abejas.
       –Jerez para todos –gritó la viuda, sin las sandalias y sin el sombrero de plumas, algo despeinada y con el maquillaje desparramado–. Carmencita para el finado, señores. Jerez para todos hasta el amanecer.
        Ya había hecho amigos, golpeaba hombros con toda confianza, y me sentía feliz porque en mi oficio, y con tanta competencia, la amistad es clave. Recorrí la casa de Carmen Jerez a mi antojo. En el patio, a la luz de la luna, la mujer casi desnuda dormía con la cabeza recostada en la barriga del león, junto a un racimo de uvas a medio consumir y una peluca rubia. El mago, la oveja descarriada de los Bebedores del Agua Sagrada, flotaba con los ojos cerrados en el humo de la pipa que fumaba un conejo chamuscado. Volví a la sala, donde eché de menos al difunto, y me senté en la misma silla. Estaba por dormirme cuando la viuda se acercó y me tocó el hombro.
       –¿Es usted casado? –me preguntó.


Pamplona, 1994
Mujeres muertas de amor




3 comentarios:

  1. Hola Triunfo, soy una chica mexicana, de Veracruz para ser precisa, me gusta todo lo que haces, me identifico e iré a colombia en un par de meses, será posible conocernos y compartir?

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    1. Por favor, escríbeme a mi correo

      triunfoarciniegas@yahoo.com

      El otro día intenté una respuesta y me rebotó.

      Muchísimos saludos.

      Triunfo.

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  2. Estoy haciendo una investigación de cuentistas colombianos y me tropecé con Triunfo Arciniegas. Conocí de sus trabajos siendo joven por medio del Español y Literatura de Lucila Gonzalez de Chavez, justo le comentaba a mi esposa de los excelentes cuentos de autores colombianos que están en el ostracismo. Mi nombre es Luis Miguel Ariza, acabo de publicar mi libro de cuentos VIMOS MORIR LA TARDE, mi face es Luis Ariza Cast, correo arizacastroluis@gmail.com y mi blog: Luismiguelarizacastro.blogspot.com. Gracias por su enseñanza.

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