sábado, 30 de noviembre de 2002

Balthus / La piel del secreto

Nude profile, 1973-1977
Balthus


Balthus

La piel del secreto



ANATXU ZABALBEASCOA
30 de noviembre de 2002


Unas memorias murmuradas al final de su vida por un pintor profundamente religioso. Balthus rechazó el paso del tiempo y ello le hizo detestar el arte moderno.

Durante su larga vida, Balthasar Klossowski de Rola (París, 1908-Rissinière, 2001) fue un hombre recogido y creyente que se negaba a explicar lo que su pintura podía contar mejor. Nunca respondió a quienes, en la búsqueda que de por sí son sus cuadros, confundieron vértigo con erotismo. Al fin y al cabo, Balthus era un tipo de "rigor aristocrático" ("valor para tirar adelante y aceptar cierta pobreza por no ceder a ninguna traición, ni incumplir nunca los compromisos"). Sólo al final de sus años, cuando la vista no le alcanzaba para dibujar, decidió dictar estas memorias que son más un último aliento que un testamento. El propio editor apunta que "fueron murmuradas en un suspiro" y tal vez por ello este libro traduce mejor la voluntad del pintor que las etapas de la vida del hombre.





BALTHUS MEMORIAS

Edición de Alain Vircondelet Traducción de Juan Vivanco Lumen. Barcelona, 2002 252 páginas. 20,89 euros

Balthus, que fue educado

en la fe católica para recibir la herencia de unos familiares que nunca llegaría a cobrar, empezaba sus cuadros rezando y los terminaba pensando. Para el ferviente católico que fue, la pintura era "su modo de acceder al misterio de Dios". Un cuadro era una oración, una inmortalidad capturada y pintar no era representar, sino "penetrar en el fondo del secreto". Tanto en su casona de Rossinière como en cualquiera de las residencias que tuvo -incluida la Villa Médicis de Roma, de la que fue director-, Balthus vivió descreído y al margen de las corrientes de su tiempo. Ni él mismo sabía muchas veces adónde iría su pincel. Tal vez por eso, aunque por estas memorias se asomen tanto su relación con sus tres mujeres-modelo como su diálogo con otros -pocos- artistas como Giacometti o Picasso, todo lo que no es pintura se lee desdibujado. Así, de personajes como Fellini, su hermano Pierre Klossowski o André Malraux aparecen las formas pero no los fondos. No aprendemos nada de su relación, salvo el hecho de que se conocieran. Con todo, y más allá de su idea religiosa de la pintura (tal vez heredada de Rilke, el compañero de su madre), otra cosa queda clara: su rechazo por el arte moderno, que da la espalda a la naturaleza, busca logros rápidos y rinde culto a la personalidad. Para Balthus, la verdadera modernidad consistía en volver a inventar el pasado, y el pintor "no es más que una mano que debe olvidarse de sí misma y tratar de expresar el mundo". Ese rechazo por el paso del tiempo le lleva a asegurar que la Revolución Francesa no supuso progreso sino "el advenimiento del reino execrable del dinero y de la burguesía con sus valores mezquinos".
El arte fue para Balthus el tiempo vencido, y estar en el mundo, arriesgarse a no llegar nunca a desvelar sus misterios. Estas memorias recogen las reflexiones de un gran pintor al final de sus días, cuando ya había aprendido a elegir. Tal vez por eso, el libro aclara las intenciones y prioridades del artista, pero se queda en la piel del secreto y no consigue rozar el misterio fascinante de su pintura.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 30 de noviembre de 2002


sábado, 23 de noviembre de 2002

Edith Wharton / El arrecife / Vía de infelicidad

Edith Wharton 

EL ARRECIFE

Vía de infelicidad


JOSÉ MARÍA GUELBENZU
23 NOV 2002


Un diplomático en ejercicio, George Darrow, que espera reunirse con un amor de juventud, ahora viuda reciente, Anna Leath, recibe una carta de ésta en la que pospone la inmediatacita de ambos en Francia. Impaciente e inquieto, Darrow embarca para París a pesar de todo. En el camino encuentra a una joven a la que conoció de pasada cuando ella era medio secretaria de una mujer adinerada, y vulgar,la señora Murrett, a cuyo círculo acudía el diplomático. Entre los dos se producirá un corto encuentro que pronto se deshace. Cuando, al fin, Darrow se reúne con Anna en la casa de campo de su madre, Madame de Chantelle, varios día más tarde,aquélla le presenta a la nuevainstitutriz de su hija Effie: es la muchacha con quien Darrow tuvo la aventura de París, Sophy Viner.



EL ARRECIFE

Edith Wharton Traducción de Juan Jesús Zaro Alba. Barcelona, 2002 392 páginas. 19,80 euros

El arrecife, novela inédita en España hasta hoy, pertenece a la gran época de producciónnarrativa de su autora, la que vade 1910 a 1920. Es un decenio que se abre con Ethan Frome, contiene la novela que comentamos, Las costumbres del país y Estío y se cierra con La edad de la inocencia. De 1907 es su otra única novela -corta- de ambiente francés: Madame de Treymes. El arrecife está dividida en cinco partes, la primera de las cuales tiene por protagonista a Darrow, luego se comparten puntos de vista y en las dos últimas partes, Anna Leathse erige en la referencia absoluta de la novela.
He comenzado por contar el primer planteamiento del conflicto para dejar claro enseguidael fondo melodramático de esta historia, en especial cuando empieza a complicarse con la entrada en escena del hijastro de Anna, Owen. El gran crítico norteamericano Alfred Kazin opinaba, a propósito de la recurrentecomparación literariaentre Edith Wharton y Henry James, que mientras "para James, los problemas emocionales de sus personajes fueron la expresión representativa de un mundo más vasto de habla, modales e instinto, cuya significación era lógica y universal (...) para Wharton (...) la novela se convirtió en complicada expresión del ego". En este melodrama encontraremos un relato de victimización, como gustaba Kazin de calificar el modo de Wharton.
Sophy es una muchacha de clase media baja que debe subsistir por sus propios medios. , sin excesivas esperanzas de cambio.Cuando ella tiene que recordarle a Darrow que lo conoció en casa de la señora Murrett mientras él perseguía a lady Ulrica Crispin, le dice, significativamente: "Todos (el servicio) éramos invisibles para sus ojos, pero nosotros veíamos". Para Sophy, la aventura con Darrow es una oportunidad única de tocar el gran mundo con las puntas de los dedos. El entramado de detalles, observaciones y actitudes que teje Wharton dibuja la situación puntada a puntada a medida que su labor de bordadora avanza y el resultado es un serio dibujo. Si no hay gran hondura, hay un diseño y ejecución muy bellos, con elipsis como la del capítulo final de la primera parte, verdaderamente extraordinarias.

La vida anterior de Anna

Leath se resume en dos opiniones, la de su extinto marido, el señor Leath, según el cual "la vida era como un paseo por un museo perfectamente adornado" y la de una Anna que, metida en su burbuja, acaba "resignándose a la idea de que la 'vida real' ni era real ni era vida". Sophy, en cambio, sí que es la vida real, a conciencia y desde abajo. Y Darrow representa al elemento masculino que se mueve entre su mundo social y el mundo real. Como la situación se complica gracias a Owen, el hijastro de Anna, fruto del anterior matrimonio de su marido, nos vamos de cabeza a un melodrama en el que el lío sentimental se bate a brazo partido -porque Edith Wharton no tenía un pelo de tonta- con la novela de actitudes admirablemente observadas.
Hasta que... en un arranque de temperamento, la autora se juega el todo por el todo -ya lo venía tramando de todos modos- , eso es evidente, pero al fin da el salto-y se va por el personaje de Anna Leath. Ella es, respecto de la realidad y complejidad de la vida, una insustancial; pero no lo es respecto de sus sentimientos. Y ahí es donde Wharton se luce: las dos últimas partes son el camino de Anna Leath hacia su infelicidad y la de los demás debido a su imposibilidad de comprender el mundo y comprenderse a sí misma fuera de los límites que se ha impuesto, pero lo que su figura tiene de grandeza dramática y desolación está exprimido al máximo y la novela se cierra en alto, mereciéndose con todos los honores pertenecer a ese decenio dorado de la narrativa de Edith Wharton.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de noviembre de 2002