Mostrando entradas con la etiqueta Emily Dickinson. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Emily Dickinson. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de agosto de 2024

Antonio Muñoz Molina / Literatura de insomnio

Illustration by Jonathan Wolstenholme


Literatura de insomnio

El purgatorio de no dormir se transmuta sin esfuerzo en un paraíso de lectura


Antonio Muñoz Molina
7 de junio de 2013

En algunos viajes se sobrelleva el insomnio como una maleta muy pesada; esa maleta que se ha subido y bajado por escaleras, que se ha recogido de cintas transportadoras, que se ha ido volviendo una roma compañía, que se ha levantado con dificultad para depositarla en el portaequipajes de un taxi. De una noche a otra, el insomnio se ha ido agravando, se ha adaptado a los sucesivos tamaños mezquinos de las habitaciones de hotel, se ha dejado adivinar en la perspectiva de un corredor vacío y en el dibujo de la moqueta. Al abrir la puerta con la llave magnética, en la primera ojeada a la cama y a la luz recién encendida en las mesas de noche, el insomnio es otro huésped fantasma que se ha adelantado para ocupar su sitio. El insomnio es una criatura de las habitaciones de hotel como el pulpo gigante lo es de las profundidades submarinas. La presencia exagerada del televisor enfrente de la cama ya anuncia las deshoras inevitables frente a la pantalla encendida. Las cortinas en la ventana están de antemano ligeramente separadas para permitir el paso de la primera claridad del día que advertirán los ojos extenuados de permanecer abiertos.

miércoles, 29 de noviembre de 2023

Mariana Enríquez / Tú que te asustas




Tú que te asustas


En Alguien llama a la ventana, una antología del cuento gótico, Cristina Bajo traza una biografía de escritora y propone un viaje 
de la memoria: un conjunto de relatos de fantasmas crueles algunos, benévolos otros, que marcaron su formación, su infancia y sus recuerdos.

Mariana Enriquez
22 de febrero de 2017

La antología del cuento gótico Alguien llama a la ventana es uno de los libros más cuidados y personales editado en los últimos meses. Esa bienvenida falta de enciclopedismo, ese capricho –las mejores antologías suelen ser así– se relaciona directamente con la escritora que eligió los cuentos, los prologó, los anotó, los tradujo, y hasta eligió las preciosas estampas victorianas que ilustran casi cada página: Cristina Bajo. Los cuentos que Bajo tradujo son de Edith Wharton, Henry James, Saki, Lafcadio Hearn, E.F. Benson, M. Yale Wynne y H. P. Lovecraft. Solo quedaron fuera los escritos en español (de Bécquer y Lugones, y uno de la propia Bajo), un anómino breve europeo y el poema “No solo en las estancias...” de Emily Dickinson. El cuidado del volumen –también a cargo de Paula Viale– es claro desde la tapa con la reproducción de “At The Park Gate”, una pintura de 1878 de John Atkison Grimshaw, pintor británico especialista en escenas nocturnas. 

domingo, 10 de septiembre de 2023

Rosario Zanetta / Las mujeres de Emily Dickinson

Emily Dickinson



Las mujeres de Emily Dickinson

Rosario Zanetta 
27 de agosto de 2012
Emily Dickinson es para algunos una escritora puritana, conservadora y retraída. Para otros (o quizás para otras) es explosiva, moderna y profunda. Unos la ven ingenuamente enamorada del reverendo Charles Wadsworth con quien tuvo escasos encuentros a lo largo de su vida. Otros la describen como una ferviente admiradora de su cuñada, Susan Hungtinton Dickinson, quien con el tiempo se dedicaría a ser una de las editoras de su trabajo. Unos la ven como la autora de poemas bucólicos sobre la naturaleza y motivos de escasa profundidad. Otros creen que las flores, los atardeceres y el cielo eran solo metáforas que le valían para hablar de erotismo, filosofía y hacer una defensa de la paz en tiempos en que la mujer estaba, en el mejor de los casos, relegada a las labores del hogar.

viernes, 15 de enero de 2021

Historia de una pasión / El rigor de dos artistas


Cartel de Historia de una pasión - Poster 1 - SensaCine.com

El rigor de dos artistas

Davies filma a Emily Dickinson desde ese estilo pictórico sin pomposidad tan suyo, con más circunstancia que artificio


Javier Ocaña
6 de octubre de 2016

Tráiler del filme 'Historia de una pasión', dirigido por Terence Davies.
"El éxito se antoja más dulce / para aquellos que nunca lo tuvieron", escribió en uno de sus poemas Emily Dickinson, escritora estadounidense que, en vida, apenas vio publicada una decena de sus más de 1.800 poemas. Convencida de su don artístico, y con una obra con propensión hacia lo sublime, Dickinson es también la protagonista de una película que tiende hacia lo sublime: Historia de una pasión, con la que el británico Terence Davies vuelve a construir una obra de riguroso aparato formal que, en su despliegue, con severa sencillez, trasciende la cotidianidad de su personaje para alcanzar también a la persona y a su obra, a su nobleza y a su poesía.

lunes, 13 de julio de 2020

Mujeres encerradas / Emily Dickinson

Emily Dickinson a los 16 años, en el seminario de Mount Holyoke, entre diciembre de 1846 y principios de 1847






Emily Dickinson a los 16 años, en el seminario de Mount Holyoke, entre diciembre de 1846 y principios de 1847

Emily Dickinson, una mujer encerrada en el lenguaje

Luciano Sáliche
12 de diciembre de 2017

Es un miércoles cualquiera de 1842 en Amherst, un pequeño pueblo de Massachusetts. Emily Dickinson tiene once años y está en su cuarto, en la planta de arriba, mirando por la ventana cómo los rayos del sol se filtran por entre los árboles. Es una casona inmensa, a seis kilómetros del sinuoso río Connecticut, construida por sus antepasados. Ahora su mirada vuelve hacia una hoja sobre el pequeño escritorio donde está sentada y continúa —como hará el resto de su vida y sin parar— escribiendo. "Hoy es miércoles, y ha habido clase de oratoria. Un joven leyó una composición cuyo tema era 'Pensar dos veces antes de hablar'. Me pareció la criatura más tonta que jamás haya existido, y le dije que él debiera haber pensado dos veces antes de escribir".

viernes, 14 de junio de 2019

Emily Dickinson / En mi flor me he escondido


Emily Dickinson
EN MI FLOR ME HE ESCONDIDO

En mi flor me he escondido
para que, si en el pecho me llevases,
sin sospecharlo tú también allí estuviera...
Y sabrán lo demás sólo los ángeles.

En mi flor me he escondido
para que, al deslizarme de tu vaso,
tú, sin saberlo, sientas
casi la soledad que te he dejado.


sábado, 28 de abril de 2018

Alberto Conejero recomienda La dama blanca, de Christian Bobin



20 DE ABRIL DE 2018




Alberto Conejero.
Alberto Conejero. VÍCTOR SAINZ


Alberto Conejero, dramaturgo

La dama blanca, de Christian Bobin.Este es un libro sobre Emily Dickinson. Sabrás entonces que sus páginas son un poema que arde en todas direcciones, aunque al abrirlo tenga la apariencia de prosa. En puridad tampoco es una biografía, aunque no pueda dejar de serlo. Es Bobin que se reconoce y conoce en Dickinson. Más allá del género, de la lengua, del tiempo. Porque son innumerables los solitarios y no hay mayor dicha que encontrarse con alguien, encontrarse de verdad. Quizás, como yo, tengas que detenerte una y otra vez a la vuelta de un párrafo, volver a él, habitarlo, subrayarlo, aprehenderlo para seguir el camino de las páginas. Hay calambre y sortilegio en muchas de sus líneas. Otras se despliegan como pájaros secretos. “La muerte es una alfarera que hace su trabajo al revés”. En esta línea pasé largas horas. Encontrarás, seguro, las tuyas. Este libro señala lo invisible, y lo invisible es aquello que nos permite ver. (Traducción de Teresa Campoamor. Árdora)

miércoles, 5 de junio de 2013

Antonio Muñoz Molina / Literatura de insomnio


Antonio Muñoz Molina
BIOGRAFÍA

Literatura de insomnio

El purgatorio de no dormir se transmuta sin esfuerzo en un paraíso de lectura




El insomnio en los viajes es también un buen momento para enfrentarse a un buen libro. /GETTY IMAGES


En algunos viajes se sobrelleva el insomnio como una maleta muy pesada; esa maleta que se ha subido y bajado por escaleras, que se ha recogido de cintas transportadoras, que se ha ido volviendo una roma compañía, que se ha levantado con dificultad para depositarla en el portaequipajes de un taxi. De una noche a otra, el insomnio se ha ido agravando, se ha adaptado a los sucesivos tamaños mezquinos de las habitaciones de hotel, se ha dejado adivinar en la perspectiva de un corredor vacío y en el dibujo de la moqueta. Al abrir la puerta con la llave magnética, en la primera ojeada a la cama y a la luz recién encendida en las mesas de noche, el insomnio es otro huésped fantasma que se ha adelantado para ocupar su sitio. El insomnio es una criatura de las habitaciones de hotel como el pulpo gigante lo es de las profundidades submarinas. La presencia exagerada del televisor enfrente de la cama ya anuncia las deshoras inevitables frente a la pantalla encendida. Las cortinas en la ventana están de antemano ligeramente separadas para permitir el paso de la primera claridad del día que advertirán los ojos extenuados de permanecer abiertos.

jueves, 3 de febrero de 2011

Emily Dickinson / Tres poemas


Emily Dickinson
TRES POEMAS

Traducción de José Manuel Arango


1719

Dios es un dios celoso:
no tolera
que juguemos —sin él—
uno con otro.


1523

Cuando nos vamos nunca lo sabemos.
Hacemos que cerramos la puerta y el destino
a nuestra espalda echa el cerrojo.
No volveremos ya.


1149

Cuando era una niñita notaba que la gente
de pronto desaparecía.
Y pensaba: se fueron a vivir regiones
remotas o a probar las soledades.
Ahora sé: visitan,
pueblan soledades.
Pero es porque murieron. Era el hecho
que la niña ignoraba.

martes, 6 de octubre de 2009

Emily Dickinson / Escribir como una forma de vivir


Emily Dickinson


Emily Dickinson
ESCRIBIR COMO UNA FORMA DE VIVIR

Por Daniel Dominguez
15 de octubre de 2009


En las biografías sintéticas de los Textos cautivos de Borges (Alianza de bolsillo) que el autor publicó originalmente en la revista femenina El Hogar -colaboró entre 1936 y 1939-, no encuentro la de Emily Dickinson, y no hay, creo, una biografía más sintética que la suya, ni más arrebatada, ni más apasionada, quizá tampoco más recluida, pero quizá no tan solitaria como pudiera parecer. Y resulta aún más extraño que no le haya dedicado una biografía sintética cuando le profesó, desde edad muy temprana, una fervorosa admiración.

La casa de Emily Dickinson en Amherst

La vida de Emily Dickinson (1830-1886) consistió en escribir. Y escribir fue su forma de vivir. Vivir y escribir representaban la misma tarea, la misma exploración, la misma revelación. Un erotismo de la existencia. Un goce, a la vez sensual e intelectual, de las cosas y los seres de un universo doméstico. A Emily Dickinson le bastaron la casa y el jardín. Y la biblioteca de su padre. Nació, vivió y murió en el hogar familiar de Amherst, en Nueva Inglaterra. Amaba las flores y desde los quince años, cuando confeccionó un herbario en el que clasificó unas quinientas flores -entre silvestres y cultivadas-, acompañaba las cartas con flores secas. Escribió más de mil, las cartas eran su vínculo con el mundo. Unas cartas que se parecen mucho a sus poemas, poemas que a menudo incluía en las cartas. Cartas breves como esta de la primavera de 1876:

La Naturaleza es una Casa Embrujada -pero el Arte- una Casa que trata de embrujarse.

O ésta de una fecha imprecisa del mismo año:

Nos despedimos del Río en la Crecida por una tímida costumbre, aunque con las mismas Aguas hayamos jugado a menudo. 


El cuarto de Emily Dickinson

Desde que cumplió treinta años se recluyó vestida de blanco, entregada a la lectura, a la meditación, a la escritura de sus poemas -sólo publicó cinco en vida- y a su correspondencia. La dama de Amherst encontró en casa su "mágica cárcel" desde la que adentrarse en los misterios con una pasión pródiga y desnuda calidez. Cuando recibía visitas, les hablaba a través de una puerta entornada. Pero los niños de la aldea siempre podían contar con que Emily les bajara pasteles y golosinas por la ventana en un cesto amarrado a una cuerda.

Hay una corriente invisible que une a Teresa de Ávila, Juan de Yepes, Juana Inés de la Cruz, Sepehri... y Emily Dickinson: las cosas nombran las palabras, son portadoras de epifanías, componen un camino de cristales que destilan visiones; una mirada en carne viva, la cifra de una experiencia, una palabra decantada en el aquel de vivir, la huella de un silencio, el rastro de un éxtasis.


Por eso, desde que descubrí sus poemas hace veinticinco años, nunca encontré las palabras precisas que nos transmigren el sentido que germina incesante en los versos de Emily Dickinson. Son poemas que llevan toda la vida leerlos, porque nos remiten y nos transportan a la última vez (en el mundo, en la vida), porque representan el rescate urgente de lo que está a punto de desaparecer, porque nacen del anhelo de aprehender con visos de inmortalidad aquello que vive preñado de fugacidad. Por eso, no sé cuántas traducciones he leído de algunos de esos poemas que, en palabras de Emily Dickinson, cuanto más intagibles, más se adhieren a uno, y cambian de color como las estaciones, como la piel, como la luz. Quizá el universo inagotable de la dama de Amherst permite infinitas traducciones, como un cuento de nunca acabar: una cosmovisión que cabe en un costurero, en una habitación interior sin confines, en un guión -entre dos palabras o al final de un verso (como un suspiro o un abismo)-, en una mayúscula o en los más minúsculos detalles, ya sea una mosca o un cielo. Bastan dos poemas y no bastan tres traducciones (ni trescientas).

If you were coming in the Fall,
I'd brush the Summer by
With half a smile, and half a spurn,
As Housewives do, a Fly.

If I could see you in a year,
I'd wind the months in balls --
And pur them each in separate Drawers,
For fear the numbers fuse --

If only Centuries, delayed,
I'd count them on my Hand,
Subtracting, till my fingers dropped
Into Van Dieman's Land.

If certain, when this life was out --
That yours and mine, should be
I'd toss it yonder, like a Rind,
And take Eternity --

But, now, uncertain of the length
Of this, that is between,
It goads me, like the Goblin Bee --
That will not state -- its sting.

(Poema 511 de Emily Dickinson, fechado alrededor de 1862.)


Si vinieras este otoño,
espantaría el verano como una mosca
barrida por el ama de casa,
con una sonrisa desdeñosa.

Si pudiera verte dentro de un año,
devanaría los meses en ovillos --
con un cajón para cada uno,
y no se confundan los números --

si no fuera un problema de siglos,
yo los sustraería de mis dedos,
hasta verlos caer
en la tierra de Van Dieman.

Si yo supiera que después --
existiríamos, todavía tú y yo,
lo arrojaría como una corteza,
y elegiría la eternidad --

pero ahora ignorando
el tiempo que durará este inervalo,
me aguijonea, como la espectral abeja --
que no anuncia -- su aguijón.

(Traducción de Silvina Ocampo.)


Si tú vinieras en Otoño,
Yo barrería el Verano
Con sonrisa y desdén,
Como hacen las Esposas, con las Moscas.

Si te viera en un año,
Devanaría los meses en ovillos --
Y a cada uno lo pondría en Cajón separado,
Por temor a confundir los números --

Si sólo Siglos faltasen,
Los contaría con mi Mano,
Restando, hasta que mis dedos cayesen
En la Tierra de Van Dieman.

Si estuviera segura de que cuando esta vida se acabara --
Persistieran la tuya y la mía,
Lejos la arrojaría, como Cáscara,
Y con la Eternidad me quedaría --

Pero ahora, incierta de la duración
De ésta, que está entre medias,
Me aguijonea, cual Abeja Fantasma --
Que no declarará -- su picadura.

(Traducción de Margarita Ardanaz.)


Si supiera que vienes en otoño
daría un manotazo a este verano.
desdeñosa y sonriente,
como hacen las mujeres con las moscas.

Si te pudiera ver dentro de un año
haría doce ovillos con los meses,
guardándolos cada uno en un cajón
para no equivocarme.

Si el plazo fueran siglos
os iría contando con la mano,
restándo hasta caérseme los dedos
en la isla de Tasmania.

Si estuviera segura de vivir
los dos tras el final de esta existencia,
tiraría el vivir como una cáscara
para quedarme con la Eternidad.

Pero como no sé la duración
de esta vida intermedia,
siento el pinchazo de la Abeja Duende,
que hace daño aunque no se ve jamás.

(Traducción de Carlos Pujol.)


My life closed twice before its close --
It yet remains to see
If Inmortality unveil
A third event to me

So huge, so hopeless to conceive
As these that twice befell.
Parting is all we know of haven,
And all we need of hell.

(Poema 1732 de Emily Dickinson.)


Mi vida murió dos veces antes de morir --
y aún queda por ver
si la inmortalidad revela
un tercer evento para mí

tan inmenso, tan desesperanzado de concebir
como éstos que dos veces acontecieron.
Partir es todo lo que sabemos del cielo,
y todo lo que necesitamos del infierno.

(Traducción de Silvina Ocampo.)


Mi vida se cerro dos veces antes de su cierre --
Aunque queda por ver
Si la Inmortalidad desvela
Un tercer acontecimiento para mí

Tan enorme, tan imposible de concebir
Como los que dos veces sucedieron.
La Despedida es lo único que sabemos del cielo
Y todo lo que necesitamos del infierno.

(Traducción de Margarita Ardanaz.)


Dos veces terminó
aun antes de su término mi vida.
Falta por ver si la inmortalidad
va a mostrarme un tercer suceso así,

tan inmenso, tan inimaginable
como los dos primeros.
Cuanto yo sé del Cielo es el adiós,
lo que debe saberse del infierno.

(Traducción de Carlos Pujol.)

Los dos últimos versos se contaban entre los favoritos de Borges y los tradujo así: "La despedida es todo lo que sabemos del cielo / y todo lo que necesitamos del infierno". Y los comentaba, oralmente, en una entrevista en 1981: "Lo que sucede por última vez, conscientemente por última vez, sucede de un modo muy, muy intenso. La presencia, la cercanía, la pasión, todo eso se da con más fuerza precisamente porque se sabe que es efímero, ¿no? La idea vendría a ser esa; pero, claro, está admirablemente dicho, sobre todo el verbo need. O todo lo que necesitamos... Ya con eso nos basta, ya con eso tenemos cielo e infierno suficientes. Una de las cosas más lindas de Emily Dickinson. Y de publicación póstuma naturalmente". El propio Borges en un prólogo a Pedro Páramo,comparaba a Juan Rulfo con Emily Dickinson en el aquel de negar que el destino (esencial) de un escritor fuese publicar. Tras la muerte de la dama de Amherst se encontraron en sus cajones más de mil setecientos poemas manuscritos, breves los más y de una aún más rara intensidad: la poesía completa se publicó por primera vez en 1955. Emily Dickinson -una vez más Borges- profesó la escritura fugaz de cosas inmortales. Y la incandescencia.