jueves, 16 de noviembre de 2000

Sergio Pitol / La pasión de escribir


Sergio Pitol

La pasión de escribir


EL PAÍS
16 NOV 1984

Algo debe haber de cierto cuando se dice que, para algunos, escribir es como respirar. Sergio Pitol dice que, en su caso, "me neurotizo mucho, escribo permanentemente. Lo que sea. Apunto, apunto, apunto. Sé que al final de todo este material podré trazar un cuento o hacer una novela". También explica que es "un autor que trabaja con una lentitud exasperante. Hago y deshago constantemente un texto". Con todo, parece que últimamente hace excepciones. Sus dos últimos libros, Vals de Mefisto y este laureado El desfile del amor, han sido escritos con prontitud y sin dudas. "No sé, dice Pitol, "si porque a cierta edad piensas que ya no te queda tiempo y no puedes entretenerte, o bien porque uno ya sabe muchas cosas". Sergio Pitol nació en México (1933), ha sido a lo largo de su vida traductor, editor, profesor universitario, estudiante, "incluso paria", ahora diplomático y antes agregado cultural. Ha escrito un total de siete volúmenes de narraciones y, con la de ahora, tres novelas: El tañido de una flauta y Juegos florales. Se ha interesado por autores como James -"él también, desde Inglaterra, se interrogó sobre qué era lo americano"-, Conrad o Gombrowicz, del que ha sido traductor. Más recientemente ha escrito el prólogo de la obra de lvy Compton-Burmet Criadas y doncellas, publicada por Editorial Anagrama. "Traduzco de cuando en cuando y por placer. Hay autores a los que te enfrentas porque son un reto". Y ahora prepara un volumen de narraciones del semidesconocido escritor británico Ronald Faerbanks.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 16 de noviembre de 1984
EL PAÍS



FICCIONES










Sergio Pitol obtiene el Premio Herralde

Sergio Pitol

Sergio Pitol obtiene el Premio Herralde con una novela sobre la historia de México

MARC SOLER
Barcelona 16 NOV 1984

El escritor mexicano Sergio Pitol ganó ayer el II Premio Herralde de novela, concedido en Barcelona por la editorial Anagrama, con la narración sobre la historia de México. El título de la obra ganadora es El desfile del amor. Quedaron finalistas Miguel Enesco, con Me llamaré Tadeusz Freyre, Rafael Sender, con Tendrás oro y oro, y Javier Tomeo, con Los niños monstruos. Pitol se presentó bajo el seudónimo de Rodrigo Torres. Al premio concurrieron 102 obras, y el jurado estaba compuesto por Salvador Clotas, Juan Cueto, Luis Goytisolo, Esther Tusquets y el editor de Anagrama, Jorge Herralde.
"Mi novela es una comedia de enredos donde la parodia, lo esperpéntico y lo grotesco juegan un papel esencial, pero a la vez también es un esfuerzo por recomponer una parte de la historia de México poco estudiada". Con estas palabras, el escritor y diplomático mexicano Sergio Pitol definía El desfile del amor. Editorial Anagrama recogerá próximamente en sus colecciones de narrativa todas las obras de Sergio Pitol, entre las cuales cabe destacar sus dos anteriores novelas: El tañido de una flauta (1972) y Juegos florales (1982).La génesis de El desfile del amor se remonta en el tiempo. Sergio Pitol tenía acumulados diferentes materiales que le resultaban obsesivos. "Fue en Praga, donde resido actualmente" -es el actual embajador de su país en Checoslovaquia- "cuando empezó a cristalizar el proyecto. Un día, paseando por la ciudad, encontré una casa donde había una placa recordando que en ella vivió Egon Erwin Kirsh, un escritor y periodista checoslovaco que,estuvo exiliado en México. Al mismo tiempo leí un par de libros admirables donde se reconoce la figura de Kirsh como gran cronista de la época. Estos dos libros son la novela El rey de las Dos Sicilias, del polaco Kusniewicz, y un ensayo del italiano Ripellino, Praga mágica, sobre los elementos culturales que convergen en dicha ciudad. A partir de ahí empecé a investigar".
Recomponer la historia 
El defile del amor transcurre m México capital durante los años comprendidos entre 1939-1945, y en sus páginas se explica el momento específico en que una ciudad bastante provinciana recibe a la más variada fauna humana que se pueda imaginar: republicanos españoles, la izquierda europea de los países ocupados por el Reich, Trotski, el rey Carol de Rumanía con su corte balcánica, aristócratas mexicanos, banqueros judíos, y todo ello unido por la investigación que lleva a cabo un historiador a nivel académico, pero en la cual acaba por aparecer involucrada su propia familia y él mismo.
Para Sergio Pitol recomponer una parte de la historia poco estudiada es una tarea del novelista latinoamericano. "La expansión demográfica en nuestros países es tan violenta que se hace difícil crear una memoria. Esta memoria resulta esencial en la creación de la identidad nacional. No soy sociólogo ni político, pero con el tiempo se me vuelve más necesaria esta preocupación de luchar contra la erosión y la desintegración de la historia. Para bien o para mal, estamos al lado de una gran superpotencia que tiende a avasallarnos tecnológicamente, y quizá por ello ese recomponer la historia sea una característica de la narrativa mexicana desde sus orígenes".
En algunas de las obras de Sergio Pitol, especialmente en sus cuentos, aparece al fondo el tema de la literatura como motivo de reflexión. El escritor lo explica así: "Hay siempre una preocupación por la creación artística. Un regusto en establecer la forma de la creación, los métodos, los sinsentidos de la creación como tema de la narración. También se da en mi primera novela, El tañido de laflauta. Creo que en nú literatura hay un elemento que es la tensión que se establece entre dos movimientos sincrónicos: la fuga del seno materno y la vuelta a él. Esto no quiere decir, desde luego, que yo sea un escritor freudiano o psicológico. Me interesan más las formas externas, como posibilidad de transmisión: la ópera, por,ejemplo. O ciertos géneros subliterarios, como la novela policial o de misterio, sujetas a normas canónicas pero a la vez capaces de extremar algunos de sus elementos, infiriéndoles una mayor intensidad. La atmósfera es fundamental. Como lo es también el canon estilístico".
Otro de los aspectos característicos de Sergio Pitol son las geografías por las que ha transitado su vida. "He sido siempre", explica, "un enamorado de las literaturas periféricas. Las modas literarias, las supereditoriales, las grandes metrópolis aniquilan cualquier posibilidad creadora. Toda mi formación está situada en culturas periféricas. Vivir en un enclave lingüístico donde la vida cotidiana transcurre en medio de tres o cuatro lenguas es apasionante y enriquecedor. Algunos de los logros literarios de este siglo surgen de esta vibración que se establece entre una cultura lejana y la metrópoli: Irlanda, Austria, Polonia... O los escritores rusos del XIX: ellos también son literatura periférica. La ignorancia en tomo al Premio Nobel de Literatura de este año es un ejemplo de lo que digo".
* Este articulo apareció en la edición impresa del Viernes, 16 de noviembre de 1984

EL PAÍS



PREMIOS HERRALDE DE NOVELA

Alvaro Enrigue / El horror produce un gran arte
Alvaro Enrigue / La estirpe de los escritores desorientados
Carlos Fuentes / Las vidas de Álvaro Enrigue
Escritores mexicanos / La crítica, como toda cultura, es temporal, no eterna
Guadalupe Nettel / Sentencia de vida
Guadalupe Nettel / No creo que sea provechoso negar el dolor
Daniel Moyano / El imperio de Yegorov / Para engañar a la muerte
Marta Sanz gana el premio Herralde con "Farándula"
Marta Sanz / Faralaes y tarántulas
Marta Sanz / La lucidez es una navaja que se te clava en el ojo
Juan Pablo Villalobos gana el Herralde de Novela
Juan Francisco Ferré / Historia de un ídolo caído


FICCIONES


viernes, 3 de noviembre de 2000

De la languidez al pesimismo / Tiempo de melancolía



DE LA LANGUIDEZ AL PESIMISMO
Tiempo de melancolía

Pensadores, científicos y artistas vuelven a ocuparse del 'placer de la tristeza', como la llamó Hugo

PEDRO SORELA
Madrid 15 FEB 1988

, "Hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres...", escribió el modernista Porfirio Barba Jacob para describir uno de los seis estados del alma en su Canción de la vida profunda, y su verso anticuado se mantiene célebre porque evoca como pocos la meláncolía. El mal del siglo la llamó el romanticismo, y algo había de diagnóstico sociológico, pues deún lado a otro de Europa se suicidaban decenas de jóvenes vestidos con chalecos amarillos para imitar al joven Werther. En los últimos meses, algunas publicaciones hán sugerido que éste es tiempo de melancolía.
Cualquier tertulia de café establece en el plazo de un par de ellos una lista de síntomas que desvelarían en nuestra época cierta tendencia a mirar hacia atrás. Una simple mirada en tomo de la tertulia -síntoma en sí misma- podría aportar unas primeras ideas: los sombreros que han vuelto a usar algunos contertulios, sus largos guardapolvos o sus chaquetas de cuero negro, el billar que jugarán esa noche, el bolero o el tango que suena al fondo, el barrio antiguo en el que se encuentra el bar y en el que jóvenes profesionales habilitan viviendas o despachos, las películas de Wilder, Ford o Hawks que logran interesar más a la tertulia que las últimas películas de bulevar, aptas sólo para menores.Todo ello tiene que ver con la nostalgia, sin duda, de la misma forma que la renovada pasión por las plumas estilográficas, la añoranza por los maestros del cómic que dibujaron con claridad el mundo confuso de los años treinta, las reediciones de ídolos del rock que ya están en los museos -Elvis Presley, Sam Cooke-, o la reposición de series de televisión ya remotas: El fugitivo, MacMillan y esposa...Además, el reverdecido interés por el viaje, y por el viaje romántico, si es que éste es aún posible, y la añoranza de la aventura, hasta el extremo de convertirla en industria.
Ocurre, sin embargo, que nostalgia no es lo mismo que melancolía, aunque con frecuencia la abarque, y que según quien defina ésta, pueden ser muy distintas. Y aquí viene la principal dificultad para hablar de ella: melancolía es una palabra resbaladiza y de fronteras tan borrosas como un brumoso amanecer de invierno.
Un sol negro
"Bilis negra", dice una primera aproximación etimológica. Víctor Hugo la llamó "el placer de la tristeza", y recogía una idea de La Fontaine, que habló de "los oscuros placeres de un corazón melancólico". Es un término vago que en general de asocia con la tristeza, aburrimiento, vaguedad del alma, languidez. "Spleen", dijo Baudelaire. Si en el lenguaje popular puede indicar una tristeza suave -"me marcho con melancolía de este país", como recoge María Molinerpara los sicólogos la palabra indica un estado de depresión propio de la sicosis maniaco-depresiva, y se caracteriza por síntomas de postración, abatimiento y pesmusmo.
Estos, los clínicos, son en buena parte los síntomas que han despertado el interés de algunos medios de información cultural, notablemente Le magazine Littéraire, que dedicó a la melancolía un número especial el verano pasado y una amplia entrevista a la científica búlgara Julia Kristeva tras la publicación de su libro Sol negro (Soleil noir, dépression et mélancolie, Gallimard). La revista literaria Pasajes, de Pamplona, consagró al fenómeno su reciente número 8, y la publicación cultural Sur-Exprés le dedicó un amplio espacio de su última entrega.
Kristeva diferencia y matiza entre depresión y melancolía, si bien establece algunos puntos de contacto: el corte de relaciones con el entomo y la devaluación del lenguaje; el melancólico ya no cree ni en sus propias palabras. "Si la melancolía es de nuevo el mal del siglo, si aumenta el número de depresiones -se pregunta Kristeva- "¿no es acaso en un contexto en el que los lazos simbólicos se cortan? Vivimos una fragmentación del tejido social que no puede ofrecer auxilio, sino al contrario una agravación de la identidad síquica que vive el deprimido".
Recuerda Kristeva que cierta concepción ve la melancolía como un estado límite de la naturaleza humana, reveladora de la verdad del ser: el melancólico sería el hombre de genio. Según ella, esta concepción fascina a los filósofos modernos, pues, en síntesis, el estado depresivo sería la condición del pensamiento, la filosofía, la genialidad. "¿Por qué se habrían de cambiar las formas artísticas o el pensamiento si no se hubiese afrontado antes su banalidad?"
Sin optimismo
La psicoanalista lacaniana Miriam Chome piensa que éste no es especialmente un tiempo de melancolía -al menos no ha observado un aumento de la enfermedad-, y a su juicio la melancolía se ha convertido en el significante, en nuestra época, de lo que Freud consideró com¿ malestar de la civilización.
En esa misma línea, dice el filósofo Carlos Gurméndez, autor de Teoría de los sentimientos y de Tratado de las pasiones entre otras: "Si no hay reflexión, la melancolía se constituye en auto satisfacción, un regodeo que diferencia al melancólico del hombre común, que se afana tras futilezas".
Para Gurméndez, éste podría ser un tiempo de melancolía al caracterizar la pasividad y la inercia, con la crisis de la utopía, nuestro tiempo histórico. Los grandes proyectos se han estancado. Así, la pasión frustrada es el gran origen de la melancolía; no un radical existencial, algo inherente a la condición humana, sino transitorio.
El filósofo Romano Guardini, recuerda Gurméndez, subrayaba en su obra La melancolía el aspecto de recogimiento que caracteriza este estado, un recogimiento reflexivo más profundo que la tristeza, y fundamental para acceder a la trascendencia. Kierkegaard, en cambio, ve en ella el cierre del ser en sí mismo.

SIN RITOS Y SIN HÉROES


La melancolía es una clave para explicar el arte más reciente, en opinión de Alfredo Aracil, compositor de 31 años, que escribe ahora la ópera de cámara El infierno de los enamorados, inspirada en el Infierno de Dante. El libreto es del poeta Luis Martínez. Según Aracil, no se pueden comprender con la melancolía ni las vanguardias históricas, ni tampoco la que siguió a la Segunda Guerra Mundial, pues "la vanguardia es optimista, va a algún sitio". Por el contrario, el arte de nuestros días no cree que tenga que ir a ningún sitio, se mira a sí mismo y utiliza su propia historia para construirse. A diferencia del arte anterior, carece de ritos y de héroes. "La melancolía existe en mi obra en tanto en cuanto no existe el optimismo. Y no existe el optimismo al no ser una obra vanguardista, sino especulativa: creación por la creación, y creación pesimista, sin esperanza".
Es posible encontrar en la última obra de artistas españoles ciertos rasgos de lo que se podría llamar melancolía. Así las fotografías dé barcos en la Barcelona de Manuel Esclusa, o los nocturnos y viajes de Dis Berlín.
Una ley genenal
En su amplio piso antiguo encaramado en una cuarta planta de la calle Mayor de Madrid, con techos de artesonado y muebles de la primera mitad del siglo que guardan revistas antiguas, Dis Berlín, aragonés de 28 años, intenta recuperar para su propia colección sus cuadros de nocturnos -aquellos aeropuertos sumidos en la oscuridad, barcos en mitad de la tormentapero a la vez utiliza amarillos y naranjas para salir del spleen que los inspiró.
"Hay algo de segunda mano en la nostalgia, en la melancolía", dice Dis Berlín. "Si te regodeas en ello, tu cabeza está condicionada. Corres el riesgo de hacer algo a un paso de lo enfermizo".
"Los filósofos dicen que la literatura es melancolía por definición", dice Jesús Ferrero, autor de las novelas Bélver Yin y Opium, ambientadas en Oriente. Para Ferrero, la melancolía de nuestro tiempo se observa en terrenos en apariencia muy lejanos: no sólo .un derrumbe de los valores como el de los años 30", sino "la ideología del bon vivant, la elegancia, la escalada social".
Ferrero recuerda lo que le dijo Holderlin a Bonaparte: "Tú estás en la realidad" y sugiere casi una ley general: Todo escritor sufriría la melancolía, el anhelo, del paraíso perdido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 15 de febrero de 1988




jueves, 2 de noviembre de 2000

Julia Kristeva / Teoría de la melancolía

Julia Kristeva

Julia Kristeva

BIOGRAFÍA

Teoría de la melancolía


LLUÍS BASSETS
Madrid 1 NOV 1984

"La melancolía es la conmemoración permanente de un duelo por la pérdida del objeto maternal", explica Julia Kristeva entrando ya en el tema de su actual investigación, que se convertirá a buen seguro en su próximo libro. El concepto de melancolía está estrechamente vinculado, según Julia Kristeva, al de crisis. "La crisis es a fin de cuentas una depresión", dice la pensadora francesa. "Ésta es una época de pasiones depresivas, de derrota de una generación que ha perdido la ilusión, y precisamente en la melancolía contemporánea lo que está en crisis es la estima de sí mismo. La gente no se acepta tal cual es.Precisamente el psicoanálisis es un medio que permite recuperar una estima de sí mismo atemperada, sin entusiasmos, naturalmente".








¿Pero no será esta reflexión sobre la melancolía una forma de poner en primer plano la propia crisis de los intelectuales franceses, después de una travesía dura y dolorosa? ¿No será la cultura francesa actual un nido de depresiones y de melancolía? A fin de cuentas, casi todos los maestros de pensadores como Julia Kristeva han muerto: Roland Barthes, Jacques Lacan, Michel Foucault, o el caso de Louis Althusser, desaparecido en las montañas de la locura. Los grandes proyectos científicos han quedado disminuidos y relativizados. Las utopías políticas, manchadas por los horrores del goulag. Las teorías revolucionarias, bloqueadas por la distancia abismal entre sus enunciados y las necesidades reales de una sociedad en plena modificación.
Un tema eterno
Pero Julia Kristeva no lo ve así. Cree que la melancolía es un tema eterno, desde la filosofía griega hasta Dostoievski. Piensa que muchos intelectuales franceses han sucumbido ante la crisis y la depresión, pero que otros continúan trabajando. "Ahora aparecen textos contra los maitres-á-penser del estructuralismo, con la pretensión de hacer tábula rasa, como si toda una generación se mostrara aterrorizada y se refugiara en el siglo XIX o en una ironía febril y maníaca. Mucha gente se ha refugiado también en la simple transmisión del saber, o en sus aficiones personales, y han abandonado el trabajo de creación intelectual. Pero yo creo que la gente sería sigue trabajando, y hay una continuidad importante en el pensamiento francés de hoy en día".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 1 de noviembre de 1984



miércoles, 1 de noviembre de 2000

Faulkner y Glenn Gould / Mentiras de otros



William Faulkner y Glenn Gould 
Mentiras de otros

ANTONIO MUÑOZ MOLINA
1 NOV 1990

En este octubre invernal y lluvioso urge proveerse de ropas de abrigo y de libros que le permitan a uno emprender la travesía hacia diciembre recluyéndose en ellos como en una casa cálida y serena, razonablemente aislada de la intemperie y de la estupidez. Sugiero dos para empezar el viaje: uno, de Michel Schneider sobre el pianista misántropo Glenn Gould; otro, de William Faulkner. De nuevo Faulkner, como casi siempre, el sonido y la furia de sus palabras donde resuenan el Antiguo Testamento, Shakespeare y Joyce; Faulkner releído en las tardes de octubre que ya preludian el invierno, vivo y poderoso cómo nunca, 28 años después de su muerte, arisco y solo, como Gould, aunque no en la Tebaida helada de los moteles y los apartamentos vacíos, sino en el mismo pueblo reaccionario , chismoso donde nació, viejo, irreductible, desmedrado, con el pelo blanco, como Mink Snopes, el hombre que esperó 40 años para cumplir una venganza y descubrió al salir de la cárcel que el mundo que conocía cuando lo detuvieron había desaparecido para siempre, y que su venganza, aunque la obtuviera, sería tan irrisoria como su vida ya póstuma. Faulkner de nuevo, esta vez La mansión, su novela penúltima, traducida con veracidad, con belleza y pasión por José Luis; López Muñoz, que ha pasado no sé cuántos años de su vida enredado en las genealogías sórdidas y lujuriosas de los Snopes, esa familla que asoló el condado de Yokilapatawpha con la tenacidad innumerable y mezquina de una colonia de termitas. En estos días, cuando los rituales y las fantasmadas y las tonterías tediosas de la sociedad literaria vuelven para celebrar, después de "la tregua del verano, la conocida ceremonia de la confusión, el regreso de Faulkner es un consuelo y un ejemplo, incluso un desafío, ese desplante orgulloso de la literatura frente a los molinos de viento y de vanidad de todos los simulacros que quieren suplantarla. Uno, que ama de los libros no sólo las palabras que contienen, sino también el matiz de blancura del papel, su olor, su volumen, su peso, toma entre las manos esta edición de Faulkner y la nota densa de vida y grávida de peripecias y destinos de hombres, y sale de la librería en la mañana desapacible de otoño como si llevara un pan recién hecho que le calienta las manos y le conforta el corazón, impaciente por llegar a casa y emprender la lectura, incapaz de no quitarle el envoltorio mientras camina por la calle y de probar un adelanto del placer que le espera; estas palabras, por ejemplo: "Algunas personas nacen para creer las mentiras de otros".

Estará uno, como Mink Snopes, entre esas personas? ¿Será ése el motivo de que le guste tanto leer novelas, hasta el punto de que en ciertos periodos de su vida ha habitado en ellas mucho más confortablemente que en la realidad? Al cabo de un rato, y de manera inevitable, surge una interrogación de filo más agudo, que interesa, como diría un parte médico, a uno de los nervios vitales de este haragán que andaba a media mañana tan extraviado y feliz con su novela de Faulkner abierta por la mitad entre las manos, tan absorto en ella que más de una vez ha chocado con alguien y ha corrido el peligro de que lo atropelle un automóvil: ¿será cierto, como dicen ahora los novelistas, que el arte de la novela es una variedad del arte de mentir y una consecuencia de la afición infantil a contar embustes? Si hay personas que nacen para creer las mentiras de otros, sin duda las habrá también que nazcan para inventarlas, y que andando el tiempo, inhábiles para la política, la publicidad y los negocios, ejerzan su vocación en el oficio irresponsable de la novela. Faulkner mintió siempre, recuerdan los apologistas de la mentira: decía haber luchado como piloto en la guerra europea, aunque no paso de recluta en un campo de aviación canadiense, y en su vejez aseguraba que no era en realidad un escritor, sino un granjero. Lo que se olvidan de decirnos, lo que uno mismo olvidó o no supo aprender las primeras veces que leía sus novelas y quedaba abrumado por el resplandor al mismo tiempo vasto y minucioso de sus invenciones, es que Faulkner no sólo nunca mintió al escribir, sino que ha perdurado -grandioso, solitario y huraño, tan eficaz en la ira como en la ternura- por la objetiva conmoción de verdad que hay en sus palabras y en los rasgos de cada uno de sus personajes, los canallas y los inocentes, los fracasados y los vencedores, los idiotas y los sabios, los sinverguenzas y los admirables; por la verdad, sobre todo, con que sentimos al leerlo que se entregaba al acto de escribir, lejos del mundo y tan arraigado a él como un árbol o un hombre que se inclina sobre la tierra para sembrarla o ararla, inaccesible y pueblerino en su granja del Sur y universal y próximo a cualquiera que esté vivo y padezca el dolor o conozca el deseo, a este lector que tantos años después de su muerte ha comprado un libro suyo traducido a otro idioma y se encierra en casa para volver a leerlo con el mismo entusiasmo de las primeras veces, pero con otra mirada ahora, más desengañada y más atenta, con una devoción tal vez más lúcida y posiblemente más radical, pues ya no le pide a la novela que le cuente una mentira y le descubra sus leyes y sus artificios, sino que le enseñe a inventar la verdad y a contarla con el mismo despojo y el mismo impulso de predestinación y de azar con que suceden los hechos y fluyen las palabras y los días, sin apariencia de propósito, como se impone la música sobre el silencio de la soledad.
Glenn Gould

La novela y la música, modulaciones del tiempo y no de la mentira: Faulkner y Gould, cómplices casuales en la tarde de octubre, misteriosamente afines en la conciencia de quien lee y escucha -al mismo tiempo las Variaciones Goldberg tocadas por Gould en 1955, cuando todavía actuaba en público y no había arrancado su nombre de la puerta de su apartamento. Faulkner, como una fragorosa inundación de palabras, como un río de miradas y de voces y de pasos; Gould, contenido y aritmético, enunciando a Bach con una fría pasión que se parece a la locura de unos ojos muy claros: los dos ensimismados y solos en su delirio de ermitaños y tentados por el demonio de la imaginación, los dos inclinándose sobre el instrumento de su oficio como uncidos a él; Faulkner, sobre una hoja de papel manchada de tinta en la que tal vez hay señalado -el círculo de un vaso de whisky; Gould, sobre el teclado de un plano; los dos hipnotizados por la inminencia de esa palabra desconocida y necesaria que aún no ha sido escrita o de esa nota que va a sonar al cabo de una décima de segundo; los dos escondiéndose no sólo de la celebridad irrisoria, sino de la íntima impostura a la que es condenado quien al convertirse en protagonista público de su propia obra acaba creyendo las mentiras que otros le dicen sobre él mismo y necesitando el espejo falso que le ofrecen: por eso Faulkner no mentía al decir que él n¿ era un escritor, y Gould contaba con razones más poderosas que la misantropía para negarse a seguir siendo un concertista de piano. La huida que Michel Schrielder cuenta de Glenn Gould también explica la de Faulkner: "No una huida ante la realidad, sus prestigios y sus tentaciones, sino una fuga en el sentido musical, una empresa ética y estética voluntaria, concertada, coherente, una y múltiple,'.
Los dos desaparecidos, el uno en la biblioteca de su granja del Sur y en los paisajes de las cacerías en el delta, el otro en la frialdad de laboratorio o de clínica de un estudio de grabación, en apartamentos y habitaciones de hoteles, en el interior de un Linco1n Continental con los cristales velados, eremita en su piel, huyendo de cualquier tacto humano. Los dos muertos, definitivamente invisibles, borra dos de la superficie del mundo para que sobreviva la presencia de la literatura y de la música que hicieron y parezca que ningún hombre escribió La mansión o tocó al plano las Variaciones Goldberg, para que cualquier tarde de octubre ese libro y esa partitura alumbren en nosotros una región desconocida y necesaria de la verdad y existan tan objetivamente como la luz que declina hacia el anochecer y la lluvia tranquila, indiferente y gris que seguiría cayendo aun que nadie la mirara.
Antonio Muñoz Molina es escritor.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 1 de noviembre de 1990