jueves, 16 de noviembre de 2000

Sergio Pitol / La pasión de escribir


Sergio Pitol

La pasión de escribir


EL PAÍS
16 NOV 1984

Algo debe haber de cierto cuando se dice que, para algunos, escribir es como respirar. Sergio Pitol dice que, en su caso, "me neurotizo mucho, escribo permanentemente. Lo que sea. Apunto, apunto, apunto. Sé que al final de todo este material podré trazar un cuento o hacer una novela". También explica que es "un autor que trabaja con una lentitud exasperante. Hago y deshago constantemente un texto". Con todo, parece que últimamente hace excepciones. Sus dos últimos libros, Vals de Mefisto y este laureado El desfile del amor, han sido escritos con prontitud y sin dudas. "No sé, dice Pitol, "si porque a cierta edad piensas que ya no te queda tiempo y no puedes entretenerte, o bien porque uno ya sabe muchas cosas". Sergio Pitol nació en México (1933), ha sido a lo largo de su vida traductor, editor, profesor universitario, estudiante, "incluso paria", ahora diplomático y antes agregado cultural. Ha escrito un total de siete volúmenes de narraciones y, con la de ahora, tres novelas: El tañido de una flauta y Juegos florales. Se ha interesado por autores como James -"él también, desde Inglaterra, se interrogó sobre qué era lo americano"-, Conrad o Gombrowicz, del que ha sido traductor. Más recientemente ha escrito el prólogo de la obra de lvy Compton-Burmet Criadas y doncellas, publicada por Editorial Anagrama. "Traduzco de cuando en cuando y por placer. Hay autores a los que te enfrentas porque son un reto". Y ahora prepara un volumen de narraciones del semidesconocido escritor británico Ronald Faerbanks.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 16 de noviembre de 1984
EL PAÍS



FICCIONES










Sergio Pitol obtiene el Premio Herralde

Sergio Pitol

Sergio Pitol obtiene el Premio Herralde con una novela sobre la historia de México

MARC SOLER
Barcelona 16 NOV 1984

El escritor mexicano Sergio Pitol ganó ayer el II Premio Herralde de novela, concedido en Barcelona por la editorial Anagrama, con la narración sobre la historia de México. El título de la obra ganadora es El desfile del amor. Quedaron finalistas Miguel Enesco, con Me llamaré Tadeusz Freyre, Rafael Sender, con Tendrás oro y oro, y Javier Tomeo, con Los niños monstruos. Pitol se presentó bajo el seudónimo de Rodrigo Torres. Al premio concurrieron 102 obras, y el jurado estaba compuesto por Salvador Clotas, Juan Cueto, Luis Goytisolo, Esther Tusquets y el editor de Anagrama, Jorge Herralde.
"Mi novela es una comedia de enredos donde la parodia, lo esperpéntico y lo grotesco juegan un papel esencial, pero a la vez también es un esfuerzo por recomponer una parte de la historia de México poco estudiada". Con estas palabras, el escritor y diplomático mexicano Sergio Pitol definía El desfile del amor. Editorial Anagrama recogerá próximamente en sus colecciones de narrativa todas las obras de Sergio Pitol, entre las cuales cabe destacar sus dos anteriores novelas: El tañido de una flauta (1972) y Juegos florales (1982).La génesis de El desfile del amor se remonta en el tiempo. Sergio Pitol tenía acumulados diferentes materiales que le resultaban obsesivos. "Fue en Praga, donde resido actualmente" -es el actual embajador de su país en Checoslovaquia- "cuando empezó a cristalizar el proyecto. Un día, paseando por la ciudad, encontré una casa donde había una placa recordando que en ella vivió Egon Erwin Kirsh, un escritor y periodista checoslovaco que,estuvo exiliado en México. Al mismo tiempo leí un par de libros admirables donde se reconoce la figura de Kirsh como gran cronista de la época. Estos dos libros son la novela El rey de las Dos Sicilias, del polaco Kusniewicz, y un ensayo del italiano Ripellino, Praga mágica, sobre los elementos culturales que convergen en dicha ciudad. A partir de ahí empecé a investigar".
Recomponer la historia 
El defile del amor transcurre m México capital durante los años comprendidos entre 1939-1945, y en sus páginas se explica el momento específico en que una ciudad bastante provinciana recibe a la más variada fauna humana que se pueda imaginar: republicanos españoles, la izquierda europea de los países ocupados por el Reich, Trotski, el rey Carol de Rumanía con su corte balcánica, aristócratas mexicanos, banqueros judíos, y todo ello unido por la investigación que lleva a cabo un historiador a nivel académico, pero en la cual acaba por aparecer involucrada su propia familia y él mismo.
Para Sergio Pitol recomponer una parte de la historia poco estudiada es una tarea del novelista latinoamericano. "La expansión demográfica en nuestros países es tan violenta que se hace difícil crear una memoria. Esta memoria resulta esencial en la creación de la identidad nacional. No soy sociólogo ni político, pero con el tiempo se me vuelve más necesaria esta preocupación de luchar contra la erosión y la desintegración de la historia. Para bien o para mal, estamos al lado de una gran superpotencia que tiende a avasallarnos tecnológicamente, y quizá por ello ese recomponer la historia sea una característica de la narrativa mexicana desde sus orígenes".
En algunas de las obras de Sergio Pitol, especialmente en sus cuentos, aparece al fondo el tema de la literatura como motivo de reflexión. El escritor lo explica así: "Hay siempre una preocupación por la creación artística. Un regusto en establecer la forma de la creación, los métodos, los sinsentidos de la creación como tema de la narración. También se da en mi primera novela, El tañido de laflauta. Creo que en nú literatura hay un elemento que es la tensión que se establece entre dos movimientos sincrónicos: la fuga del seno materno y la vuelta a él. Esto no quiere decir, desde luego, que yo sea un escritor freudiano o psicológico. Me interesan más las formas externas, como posibilidad de transmisión: la ópera, por,ejemplo. O ciertos géneros subliterarios, como la novela policial o de misterio, sujetas a normas canónicas pero a la vez capaces de extremar algunos de sus elementos, infiriéndoles una mayor intensidad. La atmósfera es fundamental. Como lo es también el canon estilístico".
Otro de los aspectos característicos de Sergio Pitol son las geografías por las que ha transitado su vida. "He sido siempre", explica, "un enamorado de las literaturas periféricas. Las modas literarias, las supereditoriales, las grandes metrópolis aniquilan cualquier posibilidad creadora. Toda mi formación está situada en culturas periféricas. Vivir en un enclave lingüístico donde la vida cotidiana transcurre en medio de tres o cuatro lenguas es apasionante y enriquecedor. Algunos de los logros literarios de este siglo surgen de esta vibración que se establece entre una cultura lejana y la metrópoli: Irlanda, Austria, Polonia... O los escritores rusos del XIX: ellos también son literatura periférica. La ignorancia en tomo al Premio Nobel de Literatura de este año es un ejemplo de lo que digo".
* Este articulo apareció en la edición impresa del Viernes, 16 de noviembre de 1984

EL PAÍS



PREMIOS HERRALDE DE NOVELA

Alvaro Enrigue / El horror produce un gran arte
Alvaro Enrigue / La estirpe de los escritores desorientados
Carlos Fuentes / Las vidas de Álvaro Enrigue
Escritores mexicanos / La crítica, como toda cultura, es temporal, no eterna
Guadalupe Nettel / Sentencia de vida
Guadalupe Nettel / No creo que sea provechoso negar el dolor
Daniel Moyano / El imperio de Yegorov / Para engañar a la muerte
Marta Sanz gana el premio Herralde con "Farándula"
Marta Sanz / Faralaes y tarántulas
Marta Sanz / La lucidez es una navaja que se te clava en el ojo
Juan Pablo Villalobos gana el Herralde de Novela
Juan Francisco Ferré / Historia de un ídolo caído


FICCIONES


miércoles, 8 de noviembre de 2000

Jean-Louis Trintignant declara a sus 70 años que centra la energía en el teatro


Jean-Louis Trintignant


Trintignant declara a sus 70 años que centra la energía en el teatro

El actor presenta en España 'El vals de los adioses', de Louis Aragon


Rosana Torres
Madrid 8 NOV 2000


Jean-Louis Trintignant lo tiene claro: "Tengo 70 años, no tengo tiempo de perder el tiempo, la energía que me queda la quiero consagrar al teatro. No es que reniegue del cine, simplemente no voy a hacer más, me interesa más el vino". Este actor, que tantas veces ha llenado la pantalla, interpreta ahora, en el teatro de La Abadía de Madrid, El vals de los adioses, una reflexión de Louis Aragon sobre la vida y la muerte.

Defensa del personaje

Esta obra nació hace dos años para representarse una sola y única vez en el Festival de Gordes, del que es director Antoine Bourseiller, responsable también de esta puesta en escena, que en un principio concibió como un espectáculo con toda su parafernalia y que finalmente fue despojando de todo elemento superfluo. "El hacerlo así no ha sido por razones económicas, sino por filosofía artística", dice Bourseiller, quien conoció a Aragon personalmente y tuvo claro desde un principio que este texto debía teatralizarse y que el intérprete sólo podía ser Trintignant.Aquella única representación ha terminado convirtiéndose en más de 100 funciones con las que se han recorrido varios países. En el escenario, el actor está solo con el acordeonista Daniel Mille, en un mano a mano tan equilibrado que el propio Festival de Otoño ha catalogado el montaje en la categoría de teatro musical.
La obra nació cuando murió la revista Lettres Françaises, la última publicación fundada por Aragon, quien también creó en 1919 Littérature, claro precedente del surrealismo que fundó junto con su amigo André Breton y otros intelectuales de su época.
Trintignant se siente especialmente atraído por el Aragon del final de su vida: "Tengo una dificultad con el texto en los pasajes en los que Aragon manifiesta esa autoridad que tenía cuando es altivo y pretencioso; me siento mejor cuando se convierte en un ser sensible, desnudo, desesperado", dice Trintignant, quien asegura que el texto no habla esencialmente del comunismo, movimiento al que Aragon perteneció desde 1936 y con el que tuvo una fuerte presencia en el Partido Comunista Francés.
"La obra habla de cosas universales, de la vejez, del lado negativo de la vida, y me llama la atención que, siendo un hombre cuya vida ha estado marcada por las mujeres, en este texto se aprecien pulsiones homosexuales que son muy interesantes y que Aragon, al final de su vida, fuese tan exagerado con un comportamiento propio de un viejo sarasa", señala el actor.
Según Trintignant, el público queda muy tocado al final de la representación, cuando el suicidio planea sobre esta obra, que trata de Nerval, un premaldito del siglo XIX que se ahorcó en una calle de París. "El propio Aragon intentó suicidarse, pero el texto lo que dice es que la gente escuche y se aproveche de la experiencia de un viejo que va a morir; puede que políticamente haya gente que se escandalice con la obra. Pero, por otro lado, pienso que el comunismo es la más bella, noble y pura filosofía, pero no estamos preparados para aplicarla y, por desgracia, es inviable", dice el protagonista de Rojo, filme de Kiewlosky, quien se muestra mucho más vitalista que Louis Aragon o Simone de Beauvoir, que afirmaron: "He arruinado mi vida", frase con la que termina este espectáculo.
Entre los proyectos de Trintignant se hallan dos obras de teatro para el año que viene, una del argentino Eduardo Pavlosky y otra que interpretará junto con su hija y un joven actor. "Adoro el cine, pero no pienso hacerlo más; cuando estás sobre el escenario con 300 personas enfrente tengo que intentar por todos los medios estar con cada una de ellas, y eso es apasionante", dice el actor, gran defensor de todos sus personajes, aunque éstos sean odiosos: "Un actor nunca debe juzgar a su personaje. Yo defenderé hasta los más monstruosos, y es que, para un actor, los personajes complejos, retorcidos y llenos de aristas son más interesantes; los héroes no me interesan".En cuanto a su paso por el cine, que parece haber terminado con su trabajo en Los que me aman cogerán el tren, de Patrice Chéraux, hace un frío análisis: "No me arrepiento de lo que he hecho, pero no todo ha sido interesante y la mayoría se trata de algo azaroso".
Su aire de tímido inteligente con mirada escudriñadora es mucho más patente en directo, sobre todo cuando habla de su rechazo a la trivialidad, y para ilustrarlo suelta una cita, algo que le gusta hacer a menudo, de Confucio: "Tenemos dos orejas y una boca; luego escuchemos dos veces más de lo que hablemos".

Jean-Louis Trintignant

Pasión de viticultor
Trintignant no sólo vive retirado del cine, sino que se ha entregado con pasión a su nueva faceta de viticultor. Posee un terreno cerca de Nimes y fabrica, como su abuelo, una pequeña cosecha de 20.000 botellas de Côtes-du-Rhòne llamado Rouge Garance que degusta con sus amigos y que se puede beber en algunos restaurantes de la zona. Ayer hablaba con entusiasmo de los vinos españoles: "Hay en ellos una especificidad muy interesante, están más oxidados que los nuestros, y ¡nosotros tan preocupados por oxigenar los y aquí es algo natural!".
En cuanto a la teoría mantenida por muchos médicos de que beber una botella de vino diario (más o menos lo que toma Trintignant) provoca alcoholismo, dice: "No bebo mucho, pero sí todos los días, sinceramente pienso que cuando el médico me dice eso seguramente no se equivoca, pero por lo general la sociedad permite que los artistas seamos un poco drogadictos o un poco alcohólicos".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de noviembre de 2000


viernes, 3 de noviembre de 2000

De la languidez al pesimismo / Tiempo de melancolía



DE LA LANGUIDEZ AL PESIMISMO
Tiempo de melancolía

Pensadores, científicos y artistas vuelven a ocuparse del 'placer de la tristeza', como la llamó Hugo

PEDRO SORELA
Madrid 15 FEB 1988

, "Hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres...", escribió el modernista Porfirio Barba Jacob para describir uno de los seis estados del alma en su Canción de la vida profunda, y su verso anticuado se mantiene célebre porque evoca como pocos la meláncolía. El mal del siglo la llamó el romanticismo, y algo había de diagnóstico sociológico, pues deún lado a otro de Europa se suicidaban decenas de jóvenes vestidos con chalecos amarillos para imitar al joven Werther. En los últimos meses, algunas publicaciones hán sugerido que éste es tiempo de melancolía.
Cualquier tertulia de café establece en el plazo de un par de ellos una lista de síntomas que desvelarían en nuestra época cierta tendencia a mirar hacia atrás. Una simple mirada en tomo de la tertulia -síntoma en sí misma- podría aportar unas primeras ideas: los sombreros que han vuelto a usar algunos contertulios, sus largos guardapolvos o sus chaquetas de cuero negro, el billar que jugarán esa noche, el bolero o el tango que suena al fondo, el barrio antiguo en el que se encuentra el bar y en el que jóvenes profesionales habilitan viviendas o despachos, las películas de Wilder, Ford o Hawks que logran interesar más a la tertulia que las últimas películas de bulevar, aptas sólo para menores.Todo ello tiene que ver con la nostalgia, sin duda, de la misma forma que la renovada pasión por las plumas estilográficas, la añoranza por los maestros del cómic que dibujaron con claridad el mundo confuso de los años treinta, las reediciones de ídolos del rock que ya están en los museos -Elvis Presley, Sam Cooke-, o la reposición de series de televisión ya remotas: El fugitivo, MacMillan y esposa...Además, el reverdecido interés por el viaje, y por el viaje romántico, si es que éste es aún posible, y la añoranza de la aventura, hasta el extremo de convertirla en industria.
Ocurre, sin embargo, que nostalgia no es lo mismo que melancolía, aunque con frecuencia la abarque, y que según quien defina ésta, pueden ser muy distintas. Y aquí viene la principal dificultad para hablar de ella: melancolía es una palabra resbaladiza y de fronteras tan borrosas como un brumoso amanecer de invierno.
Un sol negro
"Bilis negra", dice una primera aproximación etimológica. Víctor Hugo la llamó "el placer de la tristeza", y recogía una idea de La Fontaine, que habló de "los oscuros placeres de un corazón melancólico". Es un término vago que en general de asocia con la tristeza, aburrimiento, vaguedad del alma, languidez. "Spleen", dijo Baudelaire. Si en el lenguaje popular puede indicar una tristeza suave -"me marcho con melancolía de este país", como recoge María Molinerpara los sicólogos la palabra indica un estado de depresión propio de la sicosis maniaco-depresiva, y se caracteriza por síntomas de postración, abatimiento y pesmusmo.
Estos, los clínicos, son en buena parte los síntomas que han despertado el interés de algunos medios de información cultural, notablemente Le magazine Littéraire, que dedicó a la melancolía un número especial el verano pasado y una amplia entrevista a la científica búlgara Julia Kristeva tras la publicación de su libro Sol negro (Soleil noir, dépression et mélancolie, Gallimard). La revista literaria Pasajes, de Pamplona, consagró al fenómeno su reciente número 8, y la publicación cultural Sur-Exprés le dedicó un amplio espacio de su última entrega.
Kristeva diferencia y matiza entre depresión y melancolía, si bien establece algunos puntos de contacto: el corte de relaciones con el entomo y la devaluación del lenguaje; el melancólico ya no cree ni en sus propias palabras. "Si la melancolía es de nuevo el mal del siglo, si aumenta el número de depresiones -se pregunta Kristeva- "¿no es acaso en un contexto en el que los lazos simbólicos se cortan? Vivimos una fragmentación del tejido social que no puede ofrecer auxilio, sino al contrario una agravación de la identidad síquica que vive el deprimido".
Recuerda Kristeva que cierta concepción ve la melancolía como un estado límite de la naturaleza humana, reveladora de la verdad del ser: el melancólico sería el hombre de genio. Según ella, esta concepción fascina a los filósofos modernos, pues, en síntesis, el estado depresivo sería la condición del pensamiento, la filosofía, la genialidad. "¿Por qué se habrían de cambiar las formas artísticas o el pensamiento si no se hubiese afrontado antes su banalidad?"
Sin optimismo
La psicoanalista lacaniana Miriam Chome piensa que éste no es especialmente un tiempo de melancolía -al menos no ha observado un aumento de la enfermedad-, y a su juicio la melancolía se ha convertido en el significante, en nuestra época, de lo que Freud consideró com¿ malestar de la civilización.
En esa misma línea, dice el filósofo Carlos Gurméndez, autor de Teoría de los sentimientos y de Tratado de las pasiones entre otras: "Si no hay reflexión, la melancolía se constituye en auto satisfacción, un regodeo que diferencia al melancólico del hombre común, que se afana tras futilezas".
Para Gurméndez, éste podría ser un tiempo de melancolía al caracterizar la pasividad y la inercia, con la crisis de la utopía, nuestro tiempo histórico. Los grandes proyectos se han estancado. Así, la pasión frustrada es el gran origen de la melancolía; no un radical existencial, algo inherente a la condición humana, sino transitorio.
El filósofo Romano Guardini, recuerda Gurméndez, subrayaba en su obra La melancolía el aspecto de recogimiento que caracteriza este estado, un recogimiento reflexivo más profundo que la tristeza, y fundamental para acceder a la trascendencia. Kierkegaard, en cambio, ve en ella el cierre del ser en sí mismo.

SIN RITOS Y SIN HÉROES


La melancolía es una clave para explicar el arte más reciente, en opinión de Alfredo Aracil, compositor de 31 años, que escribe ahora la ópera de cámara El infierno de los enamorados, inspirada en el Infierno de Dante. El libreto es del poeta Luis Martínez. Según Aracil, no se pueden comprender con la melancolía ni las vanguardias históricas, ni tampoco la que siguió a la Segunda Guerra Mundial, pues "la vanguardia es optimista, va a algún sitio". Por el contrario, el arte de nuestros días no cree que tenga que ir a ningún sitio, se mira a sí mismo y utiliza su propia historia para construirse. A diferencia del arte anterior, carece de ritos y de héroes. "La melancolía existe en mi obra en tanto en cuanto no existe el optimismo. Y no existe el optimismo al no ser una obra vanguardista, sino especulativa: creación por la creación, y creación pesimista, sin esperanza".
Es posible encontrar en la última obra de artistas españoles ciertos rasgos de lo que se podría llamar melancolía. Así las fotografías dé barcos en la Barcelona de Manuel Esclusa, o los nocturnos y viajes de Dis Berlín.
Una ley genenal
En su amplio piso antiguo encaramado en una cuarta planta de la calle Mayor de Madrid, con techos de artesonado y muebles de la primera mitad del siglo que guardan revistas antiguas, Dis Berlín, aragonés de 28 años, intenta recuperar para su propia colección sus cuadros de nocturnos -aquellos aeropuertos sumidos en la oscuridad, barcos en mitad de la tormentapero a la vez utiliza amarillos y naranjas para salir del spleen que los inspiró.
"Hay algo de segunda mano en la nostalgia, en la melancolía", dice Dis Berlín. "Si te regodeas en ello, tu cabeza está condicionada. Corres el riesgo de hacer algo a un paso de lo enfermizo".
"Los filósofos dicen que la literatura es melancolía por definición", dice Jesús Ferrero, autor de las novelas Bélver Yin y Opium, ambientadas en Oriente. Para Ferrero, la melancolía de nuestro tiempo se observa en terrenos en apariencia muy lejanos: no sólo .un derrumbe de los valores como el de los años 30", sino "la ideología del bon vivant, la elegancia, la escalada social".
Ferrero recuerda lo que le dijo Holderlin a Bonaparte: "Tú estás en la realidad" y sugiere casi una ley general: Todo escritor sufriría la melancolía, el anhelo, del paraíso perdido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 15 de febrero de 1988