miércoles, 17 de octubre de 2018

Roberto Burgos Cantor / Diario de un viaje memorable / Coetzee en Colombia

J.M. Coetzee

Diario de un viaje memorable

El escritor colombiano que acompañó a J. M. Coetzee durante los cinco días de estancia en el país reconstruye su experiencia junto al Nobel de Literatura sudafricano.


El Nobel leyó dos textos durante un seminario en su honor en la Universidad Central y recibió un doctorado Honoris Causa en Letras y Humanidades, pero realmente se relajó en Tenjo, Cundinamarca, a donde fue de paseo.
Roberto Burgos Cantor
El Espectador, 13 de abril de 2013

Las últimas luces del atardecer de domingo dejaban una sombra rojiza en la superficie de los humedales alrededor del aeropuerto El Dorado. El avión que volaba desde Fráncfort buscaba la cabecera de la pista mientras las azafatas percibían, una vez más, el ansioso desasosiego de la tierra después de once horas sobre las nubes. Uno de los viajeros venía de China y aún no terminaba de ordenar los recuerdos de las conversaciones con Mo Yan, el Nobel de literatura del año pasado, las avenidas inacabables, los reveladores acercamientos que propicia la literatura entre mundos diferentes. Por la ventanilla vio el verde, islotes de construcciones que encendían las luces y sin llamarla vino la imagen de seis meses antes en Adelaide. Un escritor colombiano, Isaías Peña Gutiérrez, con su mujer y su hija lo visitan y lo incitan a venir a Bogotá D.C. Desde allá se asoma otra vez la sonrisa por las dos bolsas pequeñas de café del Huila.
No le pasa desapercibida una coincidencia: es abril. Sabe lo del 9 de abril de 1948 por su lectura de Vivir para contarla. Las memorias de Gabriel García Márquez. Piensa en el episodio de centenares de personas, incendios, muebles destrozados, viviendas, en su novela La edad de hierro. Ahora sale de la terminal y ha oscurecido. Un viento frío ronda y en medio del silencio las turbinas de los aviones. Se ajusta la cazadora de cuero negro con las nubes del uso en las mangas.
Lo conducen al hotel en el barrio viejo de La Candelaria. Enfrente está el palacio de San Carlos. Le muestran la ventana por la que saltó el Libertador, escaso de ropas y sin botas, para huir de los conspiradores. La historia de América en tantas ocasiones a punto de la tragedia o en la cuerda floja de la comedia.
El conserje de turno en la recepción le pregunta: ¿Cómo pronuncio su nombre, Mr. Coetzee?
En la habitación, mientras recorre con los ojos el techo de la catedral, los tejados, siente el mordisco del helaje adentro de la garganta. Su intérprete, el profesor Fernando Cuevas de la Universidad Central, llama al médico. El breve tiempo entre los saludos de bienvenida y las preguntas del clínico causan pudor. Pronto se despeja el temor de los brotes de gripa aviar en China y un diagnóstico preciso indica el tratamiento adecuado. Hay que esperar.
Una luz solar con brillo despeja la neblina de los cerros, seca la humedad y entibia el aire. J. M. Coetzee decide su menú vegetariano y sigue la prescripción médica: descansar. Poco a poco regresa el bienestar y desaparecen las incertidumbres. Atenderá la lectura de un texto de ficción inédito a las seis y media de la tarde, irá media hora antes para saludar al rector de la Universidad Central, saldrá al día siguiente a conocer algo de las afueras, la sabana. Sí. Podrá cumplir.
Alcanza a ver fugazmente parte del sueño de la Central y la Tadeo Lozano, convertir la calle 22 en un corredor cultural. Cuatro teatros, una sala de conciertos, una galería, una plazoleta, las esculturas de Carbonell, una sala de exposiciones, la conmovedora casa del Abanderado, la quinta de Bolívar, y los cerros. Quieren evitar que Coetzee vea las horripilantes cajas con plantas indecisas que dañan la carrera Séptima. Esperan que la estética del realismo sucio del alcalde retorne a la dignidad de la pobreza.
A una sala austera de más de mil butacas en la que se percibe la respiración expectante de los asistentes hace su entrada Coetzee. Se ha puesto su traje oscuro y su corbata de profesor. Camina firme, sin titubeos, y quienes lo tienen de perfil miran su cabello blanco, la frente amplia, la nariz fina y los ojos de un azul manso muchas veces escondiéndose.
Por estos tiempos los escenarios imitan las salas de las casas donde se conversa. Un sofá y dos sillones. Un atril discreto.
El rector, descendiente de profesores de griego y de pintores, y de su propio insomnio que gasta en clasificar pájaros y cucarrones, en armar modelos de buques en botellas y leer, quien trazó líneas para resolver las contradicciones de una Universidad Nacional en un país centralista, lo recibe con la bella metáfora de porque en estos países los poderes de la imaginación tienen más destino que los delirios de caudillos autoritarios.
Coetzee lee una inolvidable historia de una mujer, su hijo, los gatos y un bobo. El tono, las modulaciones, las expresiones en español, devuelven a los asistentes el olvidado goce de oír leer cuentos y novelas. Vaya con dios.
Aún quedan energías y el escritor de Sudáfrica que obtuvo el Nobel en 2003 concurre a un coctel. Allí saludó a estudiantes y profesores que escribieron ensayos sobre sus novelas. Potdevin, Montoya, Gaviria, Peña Gutiérrez, Restrepo, Cardona, Godoy, Salgado.
Vuelve al hotel. Entre bambalinas se discute la salida a la sabana y la multitudinaria marcha por la paz que se anuncia. Abril, piensa Coetzee con García Márquez y olvida a Eliot: abril es el mes más cruel.
Otra mañana luminosa. A las nueve Coetzee, puntual, se sube al carro que incierto busca una manera de salir de La Candelaria. A la marcha han venido gentes de diversas regiones. Indios, campesinos, sufridores de la violencia sin fin. ¿Por qué estas tierras parecen predispuestas a celebrar el fracaso? El automóvil toma atajos sin resultados. En las aceras pequeños fogones calientan los desayunos de caminantes que no han dormido: caminaron por días para llegar a la capital y su sordera inmemorial.
Dos horas en rutas imprevistas dejan al escritor ver barrios, zonas, gentes de diversa condición. Pasan el puente sobre el río Bogotá y un aroma a podredumbre antigua despierta su curiosidad. En la ribera lo espera el profesor Joaquín Molano: toda una vida estudiando la sabana, sus transformaciones de millones de años, de altiplanicie a sabana, los pastos y árboles, las flores. Le precisa las que vinieron de Sudáfrica. Muestra las mariamulatas del Caribe, y de Enrique Grau, que ahora saltan de las cercas de alambre a los árboles.
Pronto se llega a Tenjo. La plaza con espléndidos cauchos sabaneros una muestra de las poblaciones de la conquista española. Desde el otro lado llega el himno nacional y un altavoz rememora el nueve de abril. Liberales gaitanistas los habitantes de Tenjo. Alguien relata que así ocurre en Santa Cruz de Mompox, donde unos inmigrantes italianos, los de Filippo, desde 1949 en su casa a la orilla del río, ponen en la calle los equipos de sonido para oír los discursos de Jorge Eliécer Gaitán.
Coetzee oye con inamovible respeto. A veces se marcan los cauces en el rostro de sus setenta y tres años.
Entonces el historiador y la historiadora del municipio lo conducen a la iglesia. Le muestran con orgullo los Vásquez y Ceballos que aún cuelgan, los que no se han robado. La insistencia en lo doloroso de las imágenes de la virgen. Isaías Peña le explica una placa en piedra donde el poder civil se entrega a un culto determinado en plena república.
J. M. Coetzee tiene ánimo para caminar. La historiadora conduce al grupo al mirador de Tenjo. Una preciosa visión sobre la sabana, las colinas y las toldas de plástico de los cultivadores de flores. Le cuenta la hermosa leyenda de amor que dio forma a la colina. En lo que denominó la roca le explicó cómo las líneas grabadas eran una prueba de los ovnis. Un revuelto así de leyenda y ciencia futurista, más el aire limpio y ligero, despierta el hambre. Unas personas que rememoran la muerte de Jorge Eliécer Gaitán se despiden de un escritor que comprende, como pocos, la anomalía del mundo, su injusticia.
En un recodo de la carretera está la casa de Natalia Schönwald. El huerto sin químicos y el ámbito sabanero de la vivienda son suficientes.
Avanza la tarde con luz espléndida. Después del almuerzo, cuando ya se ha señalado la cercanía de Zipaquirá para mostrarle a Coetzee el lugar frío donde García Márquez leyó tanto piedracelismo, se sale a la huerta a tomar el café y las aguas de hierba.
Los acompañantes se quitan los zapatos y danzan sobre la hierba, arrojan las imposiciones del prestigio y la autoridad, reivindican la amistad de los libros que leyeron y saltan y se ríen. Maestros y alumnos. Coetzee se recuesta a la pared de la casa. Los mira. Observa las colinas. Apoya la cabeza y una secreta plenitud que borra las arrugas de sus mejillas lo posee. Ha llegado. Ahora está aquí.
Los editores en Colombia de Coetzee lo han invitado a una comida. Coincide con el deseo de él de conocer a algunos escritores de Colombia.
La marcha ha vencido las provocaciones al desmadre y Bogotá D.C. está tranquila. En un tercer piso de temperatura confortable se acomodan los invitados. La fraterna actitud de Alberto Ramírez y la complicidad vegetariana de Helena Gómez, completan el encuentro.
Se habla de ciclismo, de traducciones al español y el escritor siempre sin énfasis interviene.
Dos comensales, por azar, comemos la pasta vegetariana que Coetzee pide. Él no resiste al aroma del bloque de parmesano que rayan encima de la pasta. Enfrente están Fernando Gómez y Jorge Franco. Ambos con el desparpajo de la juventud hablan sin temores. La penumbra ayuda.
Fernando le pregunta: ¿Qué está leyendo?
Levanta la vista del plato y le dice que lee a Von Kleist. Entre unos y otros le contamos que en la colección de Señal que Cabalgamos de la Universidad Nacional el filósofo Luis Guillermo Hoyos lo ha traducido. Después, inevitable, hablamos de Michael Kohlhaas el criador de caballos.
Los muchachos insisten y le inquieren por otras lecturas. Dice que Robert Walser. Precisa que no es Martin.
La aceptación de esta intimidad permite a Jorge preguntarle por su procedimiento de escritura. Refiere que tiene una libreta en la cual anota aquello que no debe ser olvidado. Y un cuaderno en el cual escribe, completas, sus novelas, sus libros. Después los transcribe en el ordenador. Los manuscritos, dice, están en la Universidad de Texas.
Ahora solo escribe textos de ficción cortos y ensayos sobre otros escritores.
¿Qué atrae a los escritores que se empeñan en la renovación a leer a los europeos del Este?
Marianne Ponsford con su sonrisa de ángel travieso le ha hablado. Es posible que un texto esté hoy en sus manos.
La noche avanza y la dueña del restaurante se acerca con un libro, en un plato, para pedirle un autógrafo al escritor.
Sin apremios el amanecer avanza.
El proyecto de ir al Museo del Oro se cumple. Almuerzan en el buen restaurante del museo.
La guía de la visita ilustrada y amable. Al concluir Coetzee, contento con el recorrido, reflexiona. La encargada de mostrar salas y piezas todo el tiempo habló de los artífices y orfebres llamándolos ELLOS. Relató con delicadeza su visita a México y allí eran NOSOTROS. Esto lo llevó a hablar sobre la identidad. Contó las migraciones en su país, los genocidios y concluyó que en ese revuelto de buenos y malos uno no puede escoger sino que es una herencia completa de la cual venimos para mal y para bien.
Se apresta para recibir en la noche el doctorado honoris causa en humanidades que le otorgaría la Universidad Central. Enseguida leería su conferencia sobre la censura. Así fue. La censura como experiencia de vida y sus consecuencias en el lenguaje y la confianza entre los seres. Contó la tremenda experiencia del momento en que desclasificaron los conceptos de los censores.
Antes de salir recibió el libro con las ponencias sobre su obra leídas durante esos días.
Se siente bien Coetzee.
Desayuna y va hasta la Casa de Los Precursores de la Universidad, donde firma libros.
Mariana Guhl, la nieta del geógrafo, lo convida a montar bicicleta en esta altura. Pedalean desde la calle 24 hasta la Plaza de Bolívar.
Se acercan a la donación Botero del Banco de la República. Observa sin prisa.
La tarde se nubla y habrá que salir al aeropuerto. Destino: Santiago de Chile.
Otra vez el avión. La palpable lejanía. Los libros que serán leídos. Recordará a Neruda: Lo primero que vi fueron árboles, barrancas decoradas con flores de (…).

Roberto Burgos Cantor / El maestro del Mississippi

Willam Faulkner, París, 1925
Fotografía de William Odiorne

Roberto Burgos Cantor
EL MAESTRO DEL MISSISSIPPI

Un capricho del tiempo puso a morir en el mismo mes de julio, con un año de diferencia, a Ernest Hemingway y a William Faulkner. El viejo Hem vivió 62 años metiendo las narices en guerras, bares y de agrimensor de territorios que, una vez abandonados, su presencia marcaba para siempre. Faulkner vivió 65 y se arraigó en su tierra natal, guardián de su silencio y fundando con ambición desmesurada un mundo de ficción con mayor poder de verdad que las apariencias brumosas de la realidad.
Cada vez que el sinfín de los días anunciaba la fecha de la partida de un escritor apreciado, una especie de pudor ponía en duda el homenaje que cualquier lector limpio de canallada y respetuoso de las virtudes de la gratitud, tiene como deber del corazón, como reverencia a la construcción de memoria, como oposición a las devastaciones de la muerte.
El pudor desapareció al constatar que recordar a los maestros es la continuación del diálogo con sus libros. Que la mejor prueba del fracaso de la muerte es la inagotable fuente de placer y de saberes secretos que ofrece el texto literario, la tensión renovada entre el lector y las palabras escritas por descifrar su enigma, su infinita oferta de sentidos. A lo mejor, y en definitiva, lo que propone la obra literaria es una contemporaneidad íntima, una significación personal que vincula sin protocolos a cada lector al fondo inmenso del género humano, sea sociedad o sea montonera de dientes afilados.
Cada vez que me extravío en la poderosa corriente sin deltas del texto faulkneriano, en el cual la asfixia es ventana abierta al más allá, me vuelve la curiosidad de preguntar cuál sería el motivo de la atracción que por él sintieron renombrados escritores de estos lados. Doy por descontado que William Faulkner sabía, como pocos, que sin riesgo no hay posibilidad para el arte.
Tengo la impresión, y a lo mejor surge del bourbon que de melindroso me bebo para brindar por él, que William Faulkner le enseñó a los escritores de este lado de América, que la literatura surge de una peculiar inconformidad con los estatutos de la vida y no de una aplicación académica a interpretarla. Es decir, ayudó a borrar esa especie de complejo que infundieron en muchos creadores las academias, la escuela y las iglesias. O quizá su propia inseguridad.
Por supuesto, a cambio de esa valiosa y oportuna solidaridad, Faulkner también mostraba que la complicidad leal con la vida solicitaba un precio. Y ese no era nada distinto a entregarse a una indagación cuyo final podía ser la locura. Quizá esto vieron Rojas Herazo, García Márquez, el mayor, y Cepeda Samudio que como era loco de nacimiento buscó la armonía en el espléndido Saroyan.
Aprendieron entonces que la literatura no era el chorizo de las citas en latín, o la celebrada erudición estéril de López de Mesa, o la exaltación de ideales ejemplares. Aceptaron que la olvidada sentencia de conócete a ti mismo era la partida. Y Faulkner lo hacía con una maravillosa impiedad.
Ya por eso, por mostrar la abundancia de humanidad en la pobreza, por intentar en cada frase meter el universo, por creer que la voz humana es causa de las enfermedades, por entender que hay que jugarse el todo por el todo, por apenas eso: pequeños favores de la generosidad, hay que leerte y leerte abuelo obstinado.

Cronopios, sábado 16 de julio de 2005 


martes, 16 de octubre de 2018

Cuerpo para tres / Acercamiento a Mar de leva, de Octavio Escobar





UN CUERPO PARA TRES: Partitura De Un Vacío Compartido.
Acercamiento a Mar de leva de Octavio Escobar Giraldo





Por Óscar Mauricio Castañeda Morales 



El cuerpo no se defiende, es un cuerpo que no debe ser negado sino compartido, que invita al pecado y que en medio de la desolación de la condena eterna aparece como un barco al cual aferrarse en medio de un Mar de Leva. La realidad que trasciende la piel es el pretexto que sirve de cohesión para el desarrollo de la más reciente novela del escritor colombiano Octavio Escobar Giraldo; Mar de leva desencadena una historia en la que tres personajes  exteriorizan sus cicatrices emocionales al compás de una partitura que los lleva a involucrarse íntimamente. 

Es notoria la cercanía entre pecado y carne que se da en la sociedad prostituida por la agonía de la violencia que viene azotado a Colombia los últimos años. Unos y otros acuden al cuerpo como salvación, como expiación. El cuerpo como vehículo de encuentro y desencuentro actualiza el imaginario colectivo y pone en práctica el discurso corporal como puente al vacío; recíprocamente, el espacio común de los protagonista de Mar de leva se va convirtiendo en un cataclismo de sensaciones inacabadas y perennes. Ante el cuerpo de sí mismo, Javier delimita las sensaciones de su espacio vital, es el mundo del afuera plasmado en sus atormentadas manos, manos de padre que ya no ve, manos de deseo que crece, manos que hilan y rasgan su realidad.

La necesidad de fundar corpóreamente el imaginario del otro y poner en práctica la deshumanización del adiós, es lo que lleva a Mariana a ese travestismo de sentimientos, de identidades y de sexualidad. Octavio Escobar supone un mundo que no se cuenta en las reuniones sociales pero que se describe en el interior del marco de cada ventana. El mundo del día a día se desdobla en la visión sensualista de una ciudad del Caribe instrumentalizada por el escritor para relatar los testimonios de la experiencia de tres voces, que a manera de trípode, sostienen una obra que se distancia de preocupaciones morales y se desdibuja con cada pregunta que surge de los protagonistas; es así como Elena, Mariana y Javier se descubren en sus propios paisajes.

Al analizar los relatos presentes en Mar de Leva de Octavio Escobar se puede evidenciar que durante los últimos años se ha venido generando un interés por las experiencias que impliquen un moldeamiento a las realidades secretas del ser humano; se emplea la labor del escritor a favor de intereses íntimos que representan a su vez intereses sociopolíticos, económicos y de posicionamiento geográfico. Mar de Leva desentraña una moral soterrada que funda un cuerpo que se puede besar y odiar, un cuerpo que erotiza la mirada y el tacto, un cuerpo que se desnuda y se abandona.

La estructura familiar, su incidencia en los comportamientos y preferencias, la relación sexo-placer y deseo-pecado son el telón que anuncia las migajas que Octavio Escobar va dejando alrededor del relato y que abren escenarios de debate y análisis frente a la obra y su visión de cuerpo, moral y dolor.

En el intersticio de lo desconocido podríamos configurar un momento para degustar una novela que no se gasta y que no se olvida, al igual que Después y antes de Dios nos encontramos con Mar de Leva ante un espejo que va desempañando la imagen de lo íntimo. Octavio Escobar ha logrado contar las historias nacionales desde la periferia, no es necesario descubrir el horror en los personajes que revitaliza el imaginario mediático de los noticieros, lo que interesa realmente, es descubrir a qué sabe la agonía del anonimato, del desencuentro, de las pesadillas y de la perversidad que nos convierte en héroes. La lectura de Mar de Leva debe ser por tanto garantizada desde la inclusión de un marco narrativo verosímil, una inserción no sólo de elementos circunstanciales y anecdóticos sino conceptuales, en suma, la inclusión del mundo de la vida como un campo de experiencias posibles del ser en el mundo. El lector de esta novela debe entender que en su desarrollo temático el escritor nos devela una realidad aún más perturbadora que la misma relación incestuosa de sus protagonistas: nos desnuda los propios demonios, nos denuncia el despiste de Dios.






José Antonio Montano / El último mar de Thomas Bernhard





Thomas Bernhard
Ilustración de Fernando Vicente

José Antonio Montano

El último mar de Thomas Bernhard

Málaga es una ciudad absolutamente bernhardiana. Ante todo, porque podría pasarse uno horas (¡páginas!) despotricando contra ella, como hace Bernhard con Viena o Salzburgo. No tengo ganas de explayarme hoy. Baste decir, por el momento, que aquí todo es un desastre y un horror… menos el mar (¡el azul del mar, la brisa del mar!) y la luz. La única tarea malagueña digna sería, por tanto, la de abrirse al mar y a la luz. Solo eso: abrirse al mar y a la luz. Los urbanistas, abrir sus espacios al mar y a la luz; los escritores, abrir sus páginas al mar y a la luz. Pero sucede justo lo contrario: todos, urbanistas y escritores, se dedican a taponar sus espacios y sus páginas con inicua mampostería. Algún día el mar tendría que vengarse y montar un buen tsunami azul que extirpara ese tapón, en plan operación de cataratas. Un buen latigazo de azul que arramblase con todo.

Y Málaga es también bernhardiana porque su mar fue el último que vio Bernhard. Aquí se vino el 18 de diciembre de 1988, al hotel La Barracuda de Torremolinos, y 13 días después se lo llevaron ya a Viena a morir (cosa que sucedió el 12 de febrero de 1989). El bernhardiano malagueño tiene, así, un lugar de peregrinación bernhardiano en Málaga: el hotel La Barracuda. Yo de vez en cuando me doy un paseo por allí. Suelo ir por la tarde. Tomo en Málaga el trenecito hasta Torremolinos, me detengo un rato en el mirador que hay junto al hotel Stella Polaris y que da a toda la bahía, bajo al Bajondillo por la escalera del cementerio y sigo caminando por el paseo marítimo hasta Puerto Marina: bullicioso cuando es verano; y, cuando no, todo vacío y con una hermosísima desolación de fuera de temporada. Un poco antes de Puerto Marina, al final de La Carihuela, se encuentra el hotel. Bernhard, según indica el traductor Miguel Sáenz en su biografía de Bernhard, estuvo alojado en la habitación 912. Al pie del hotel hay un banquito. Es perfecto para sentarse a contemplar el mar, por un milagroso espacio libre que queda, razonablemente amplio, entre un chiringuito y una palmerita. A veces llego a última hora. Lo esencial, para mirar el mar, es que, aunque esté oscurecido, pueda divisarse todavía la línea que lo separa del cielo. Cuando desaparece y ya todo, cielo y mar, es negro, no tiene sentido mirar. La contemplación del mar se apoya en esa línea: esa horizontalidad absoluta del mar, que otorga un gran descanso.
Nunca me había atrevido a entrar yo solo en el hotel. Pero en agosto de 2009 quedé con otro amigo bernhardiano, Paco Torres, editor y poeta, para hacerlo. Nuestro homenaje iba a consistir solo en estar allí, en tomar algo. Pero al final nos enfrascamos en una intensa conversación (¡con brindis!) sobre Bernhard. De vez en cuando lo imaginábamos en aquel diciembre de 1988, contemplando su atardecer de invierno, tan distinto del nuestro de verano. Estábamos casi solos en el bar, pero pusieron la música y nos pasamos a una mesa de fuera, cerca de la piscina. Fue oscureciendo. Había luna llena. Además de Bernhard, Paco Torres habló de sus últimas lecturas: Schwob, Roussel, Vonnegut; y de asuntos relativos a su editorial. Yo de que andaba enfrascado en Poe para escribir un ensayito sobre Poe, La muerte en Poe. El bar se fue llenando tras la cena (por la puerta llegaba el pestazo del bufet) y entonces comenzó el espectáculo: unos payasos ruidosos, que nos hicieron ver que era el momento de largarse. El hotel parece en franca decadencia, y está concebido para alojar a turistas vulgares; pero, de algún modo, resulta bernhardiano. En su web tiene gracia el foro, entre cuyas entradas puede leerse: “Lo veo más abandonado”, “Comida fatal”, “Si aún no has pagado, ¡corre y no vengas!”… ¡Ah, qué íbamos a hacer si todo estuviese bien! Bernhardiano es el que sabe sacarle al mundo un zumo de felicidad, con el despotrique. Y bernhardiano es el hotel que aguanta y no lo borra.
Pero volvamos al mar. En España, Bernhard tuvo primero el de Mallorca; el de Palma, según le especificaba aKrista Fleischmann en una de sus conversaciones: “Pero la verdad es que el aire del mar es maravilloso. Y usted misma puede ver lo hermoso que es, y que solo puede favorecer el trabajo. Los barcos son siempre agradables, y el mar es impagable. Mejor que la montaña. Que en realidad, más bien embrutece. Y el agua y el mar dilatan las venas, y quizá también las arterias. No sé. […] Lo que más sentido tiene aquí es el calor en noviembre, ¿no?, por eso vienen todos esos viejos. Yo también me siento viejísimo. Soy un escritor clásico, viejísimo, y por eso vengo aquí…, a la cálida estufa del Mediterráneo”. Pero allí cambiaron un día la decoración de su café favorito, el Miami, y Bernhard dijo: “Palma se ha acabado para mí”. Y no volvió más. Terminó acudiendo a la Costa del Sol.
De su estancia en Málaga solo conozco dos fotos, publicadas en Thomas Bernhard et ses compagnons de vie. Les archives (L’Arche Editeur, París, 2002). En una aparece postrado en la cama de su habitación del hotel, vestido, con un pañuelo al cuello y con una mano en el pecho, como un poeta romántico, aunque sin queja. En la otraparece que hace frío; está en un malecón, ante el Mediterráneo revuelto, con un abrigo tipo gabardina, gafas oscuras y una mueca enfermiza. En Mis premios dice Bernhard, refiriéndose a otra ocasión, a otra costa: “Siempre había sido el mar lo que me había salvado, solo necesitaba ir al mar y estaba salvado”. El de Málaga no le valió para eso. A mí tampoco.




lunes, 15 de octubre de 2018

La casa del reloj en la pared / Magia negra y calabazas voraces


Magia negra y calabazas voraces

La película revela a un Eli Roth a ratos titubeante como director de cine familiar, aunque la originalidad de la historia compensa sus episódicas caídas de energía





13 OCT 2018 - 12:19 COT




La casa del reloj en la pared
Desde la izquierda, Cate Blanchett, Owen Vaccaro y Jack Black, en 'La casa del reloj en la pared'.

Por si alguien siente el impulso de pensar que Eli Roth pretende reinventarse como el nuevo Tim Burton o de sospechar que Amblin Entertainment está intentando clonar la mitología de Harry Potter, quizá sea necesario poner al lector en antecedentes. Detrás de una película tan inesperada en la carrera del director de Hostel (2005) como La casa del reloj en la pared hay, en realidad, un tributo a la memoria sentimental que viene de mucho más lejos: Roth nació un año antes de que el escritor John Bellairs debutase, tras transitar los registros de la literatura de humor y la fantasía, en el ámbito de la novela de terror para adolescentes con la primera aventura del huérfano Lewis Barnavelt. El minucioso, sofisticado y decadentista Edward Gorey fue escogido como portadista e ilustrador de esa obra que abriría una larga y fructífera relación profesional entre el artista y el escritor, que nunca llegaron a conocerse pese a la palpable afinidad de sus imaginarios. Frente a las populares aventuras de Los Tres Investigadores, de Robert Arthur, jr., que, anticipando el patrón de Scooby-Doo trataban lo sobrenatural siempre como representación e impostura, los trabajos de Bellairs y Gorey no domesticaban las vetas de terror e irracionalidad que heredaban de la tradición gótica. En definitiva, La casa del reloj en la paredera literatura juvenil que creía, sin subterfugios ni medias tintas, en fantasmas, muertos vivientes, hechizos y casas embrujadas.

domingo, 14 de octubre de 2018

La misteriosa vida de Miguel Bosé en México


Miguel Bosé

La misteriosa vida de Miguel Bosé en México

El cantante mantiene un perfil bajo y todavía no se ha dejado ver en público desde que se mudó a la capital azteca hace un par de meses. Llegó acompañado de dos de sus hijos y con 11 maletas


JON MARTÍN CULLELL
México 14 OCT 2018 - 17:00 COT

Miguel Bosé se ha mudado a México por la puerta de atrás, como un auténtico bandido. El cantante, de 62 años y residente en Panamá durante los últimos tres, confirmó su traslado a la capital azteca a finales de septiembre, tres meses después de que Hacienda lo incluyera en la lista negra de morosos. “Ahora estoy viviendo en México por razones de familia y trabajo”, respondió a Efe en un cuestionario por escrito. Pero, extraño para una ciudad donde conviven diariamente casi 20 millones de habitantes, todavía no se le ha visto en público y los detalles sobre su nueva vida son un secreto guardado bajo llave.


“Está más escondido que un bandolero, pero no vienes a Ciudad de México para tratar de esconderte”, bromea Gilberto Barrera, un veterano periodista del corazón de la cadena Televisa. “Su cabeza tiene un precio entre los paparazis”, asegura este conocedor del mundo de los famosos. Pero los fotógrafos de la prensa rosa todavía no han dado con el cantante. Y se ha convertido para ellos en uno de los personajes más buscados del país.