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lunes, 20 de noviembre de 2017

Hithcock / Daphne du Maurier / 'Los pájaros', una película genial




Alfred Hithcock / Daphne du Maurier

'Los pájaros', una película genial

ÁNGEL FERNÁNDEZ-SANTOS
17 MAY 1982
Parece que los terrores favoritos de Ibáñez Serrador se despiden con una de las obras maestras omitidas, entre programaciones de relleno, en este ciclo. Más vale tarde que nunca. Se trata de Los pájaros, de Alfred Hitchcock, una de las películas más redondas de su autor, e indiscutiblemente un filme apasionante, perfecto, al mismo tiempo irónico y escalofriante, lleno de horror y humor es dosis indiferenciables, pues no hay manera de averiguar donde acaban los confines de uno y comienza la frontera del otro.
La historia original proviene de un cuento de Daphne du Maurier que Hitchcock reelaboró y sacó puntas por todas sus partes chatas. La distribución argumental es de singular sagacidad y va situando poco a poco al espectador en un lugar intermedio entre la mirada de Hitchcock, ligeramente distanciada del relato, y cierta inevitable identificación progresiva con los personajes, lo que acaba por convertirle en percha que recibe todos los palos, mosca atrapada por la más sutil tela de araña trenzada nunca por un director de cine.

El inicial ritmo desenvuelto de comedia va adquiriendo poco a poco tonalidades sorprendentes, graves, casi lúgubres, para acabar en una especie de apocalipsis cotidiana de fuerza y proporciones casi inimaginables. La capacidad de juego del fabulador y geómetra Hitchcock alcanza tales rizos de virtuosismo, que uno ha de frotarse los ojos en algunas situaciones, de tregua del relato, que el espectador aprovecha para preguntarse qué demonios se propone hacer con sus emociones ese viejo y gordo inglés capaz de convertir a un periquito en Drácula.
Sin embargo, Los pájaros es más, mucho más que un juego. Los grandes filmes de Hitchcock tienen niveles de captura diferentes, en capas superpuestas, que él monda como una cebolla. La gran paradoja, y también uno de los signos específicos del inimitable talento de este cineasta, es que Hitchcock opera con signos de sorprendente exactitud formal, pero bajo los que brota una fuente de sensaciones no tan nítida como su marco, sino tocadas de una rara ambiguedad, e incluso de una una polivalencia, que les añade un inesperado poder de desazón adicional.

En el armónico y primaveral mundo de los inofensivos pájarillos de un pueblecito costero de California, aparece un buen dia, con gradaciones fastuosas, lo inesperado: un cambio de humor en la conducta de estos animalitos que han alimentado durante siglos al ternurismo bucólico y a los tópicos del lirismo blando. Y los angelitos emplumados se hacen bichos, alimañas, demonios homicidas. La gran patraña de la docilidad, la mansedumbre y la domesticidad de la naturaleza es vuelta por Hitchcock del revés. A la inquietud sensorial y emocional que arrastra el suceso, le va añadiendo otra inquietud más radical y difusa, sobre los comportamientos secretos de los espectadores y sobre la costum bre humana de proyectar sobre la naturaleza sus propias categorías sociales, estéticas e incluso éticas. Y Hitchcock, con una fuerza surreal casi hiriente, nos hace padecer los efectos de una revolución en la que el manso pájaro, en masas sublevadas, ataca a su opresor humano al espectador. Como tantas veces, cuando Hitchcock afina, en su cine aparece el ácido de la subversión, la bofetada contra lo establecido.

martes, 13 de diciembre de 2016

Ken Loach / Belleza, dolor sin tregua



Ken Loach
LADYBIRD

Belleza, dolor sin tregua


Hay dos maneras nobles de ir a ver una película. Una -la más extendida pero también la más epidérmica- consiste en buscar en ella una tregua de respiro que amortigüe durante un par de horas la presión sofocante de la vida cotidiana que ahora mismo flota sobre el asfalto de Occidente. Y otra -menos extendida pero más profunda, ya que alimenta la gloria del cine contra la corriente- consiste en buscar en la pantalla sordas evidencias oscuras de esa sofocante vida real que uno deja fuera, en la calle, cuando entra en el ámbito mágico de un cine.Quienes prefieran o requieran la primera, no van a encontrar lo que buscan viendo Ladybird. Pero quienes vayan a buscar en la pantalla un puñetazo entre los ojos de la condición agónica de la vida contemporánea, no sólo verán en ella lo que buscan, sino que lo encontrarán en estado de pureza, de absoluta maestría, pues Ladybird es ya, con sólo meses de existencia, parte de la historia del cine: la película mejor acabada y más profunda del cineasta británico Ken Loach, que vuelve -tras la apasionante intriga de Agenda oculta y las formidables sacudidas de humor negro de Riff Raff y Lloviendo piedras- a sus desconocidas en España, primeras incursiones en los sórdidos rincones del horror cotidiano que supone vivir en las zonas pobres de la opulenta sociedad británica.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Raining Stones / Una expIosiva película de Ken Loach cierra el certamen de Cannes




FESTIVAL DE CANNES
rainning stones

Una expIosiva película de Ken Loach cierra el certamen de Cannes


ÁNGEL FERNÁNDEZ-SANTOS
, Cannes 24 MAY 1993


El festival de Cannes finalizó anoche con la proyección de una extraordinaria película política titulada Raining Stones, dirigida por el británico Ken Loach, conocido en España por sus radicales y explosivas Agenda oculta y Rif-Raf. Una buena noticia para el cine español fue la concesión a La ardilla roja del Premio de la Juventud, que organiza la quincena de los realizadores. También hubo presencia española en Mazeppa, del francés Bartabas, con el protagonismo de Miguel Bosé, aunque, por desgracia, el filme no tiene interés.

viernes, 10 de julio de 2015

El gran desnudo de Meg Ryan


El gran desnudo de Meg Ryan

EN CARNE VIVA

ÁNGEL FERNÁNDEZ-SANTOS 30 ENE 2004


A bote pronto, casi a pie de pantalla, en la primera visión de En carne viva, vine a decir que la luminosa actriz estadounidense Meg Ryan, que parecía estancada en un fácil estereotipo de comedia blanca y dulce hecho a su medida, ha roto bruscamente con el modelo de mujer aniñada en que estaba refugiada y -consciente de que su gesto ofrece síntomas de estar ya fatalmente erosionado, quizás gastado- desnuda simultáneamente su cuerpo y su talento en busca de vida, de riesgo, de anchura. En busca de verdadero cine.
No importa demasiado que En carne viva sea un truculento thriller no sólo oscuro, sino también algo confuso. Es lo que cabía esperar de la buena pero algo desorientada directora australiana Jane Campion, que sigue pletórica de ambición pero no acaba de salir totalmente del cerco de sus dos excelentes películas de arranque, Un ángel en mi mesa y El piano, aunque ahora, en este filme, hace un esfuerzo ostensible para recuperar aquella onda creadora de la que partió.

Meg Ryan
En carne viva



EN CARNE VIVA

Dirección: Jane Campion. Intérpretes: Meg Ryan, Mark Ruffalo, Jennifer Jason Leigh y Nick Damici. Género: thriller. EE UU, 2003. Duración: 119 minutos.
Lo que importa de En carne viva es que Meg Ryan se mete con sinceridad y coraje en el pellejo de su personaje y, dentro de él, acepta el desafío de las oscuridades del estilo bronco y tenebrista de Jane Campion, para salir de ellas con su propia luz intacta e incluso crecida. Durante demasiado tiempo ha perdido esta hermosa actriz su norte en personajes y películas inferiores a ella, pero ahora parece agarrar las riendas de su trabajo por las bravas, para abrirse otros caminos sin llevar paños calientes en el equipaje. Todo un gesto.
Meg Ryan
En carne viva

En su amargo y escabroso personaje de En carne viva -que presagió en su corta y conmovedora actuación episódica en Hurlyburly, dirigida por Anthony Drazan-, Meg Ryan prescinde de sus sabidos tics cómplices y de su consabida sonrisa llena de candor, adorable y contagiosa, que comenzaba ya a correr el peligro de convertirse en mueca.
Y se pone seria hasta casi parecer irreconocible y hace suyo el gesto gastado de una mujer a la deriva, atrapada entre un hombre y un crimen. Y su vuelo y su vuelco, escoltada por colegas de la altura de Jennifer Jason Leigh, Mark Ruffalo y Kevin Bacon, son convincentes, pues contienen, además de ganas de riesgo, gravedad y solvencia.


viernes, 23 de mayo de 2003

Clint Eastwood hace en 'Mystic River' una dura réplica a la América de Bush



Clint Eastwood hace en 'Mystic River' una dura réplica a la América de Bush

Interpretación apasionada y corrosiva de Sean Penn y Tim Robbins en un 'thriller' modélico



ÁNGEL FERNÁNDEZ-SANTOS
Cannes, 23 de mayo de 2003

Es Mystic River uno de los grandes trabajos de Clint Eastwood como director. Es un thriller que rompe los límites del género y que invade -con la persuasión de la sugerencia- territorios centrales de la vida en EE UU y de su cristalización en modelos de comportamiento propios de una sociedad en conflicto consigo misma. No es un filme político, sino un relato negro modélico, pero con tan poderosas calidades metafóricas que, sobre todo a través de las presencias corrosivas de Sean Penn y Tim Robbins, contiene una respuesta durísima al fantoche de esa "patria americana" que G. Bush maneja como banderín de enganche a su política ultraconservadora.

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Representa Mystic River un complicado tejido de historias cruzadas a lo largo de un cuarto de siglo en una barriada de Boston. Arranca de un día de finales de los años setenta en que un niño de 10 años es secuestrado, ante los ojos desencajados de dos amigos suyos, por dos pederastas que lo violan en un bosque cercano. Ahora, 25 años después, los tres niños son adultos situados en tres vértices de un esquemático triángulo de prototipos de ciudadanos encerrados en el barrio periférico bostoniano donde transcurren sus vidas.

Uno, Kevin Bacon, es un recto y atildado funcionario, un policía de homicidios herido por un mal matrimonio; el segundo, Sean Penn, se ha convertido en el cacique local de una organización mafiosa y en padre satisfecho de tres chicas adolescentes; y el tercero, el que fue secuestrado y violado, Tim Robbins, es un asalariado común, no cualificado, y un hombre perturbado e inseguro que sobrevive con una esposa y un hijo que le aman, mientras su cerebro, con la memoria estancada en el crimen de que fue víctima, va hacia atrás, a la deriva.

Un día, la intromisión del crimen en sus vidas vuelve a cortar el aliento de los tres hombres y rompe el precario equilibrio de ese triángulo social del que son vértices. La hija mayor del capo mafioso Sean Penn es brutalmente asesinada; el detective Kevin Bacon recibe el encargo de la investigación del crimen y su busca le abre ante los ojos un cúmulo de indicios de que el asesino es el tercer amigo, Tim Robbins. Y el dispositivo argumental se dispara con este cambio de roles hacia la metáfora.

Es la metáfora que teje la tela de araña de una siniestra componenda de hipocresía y de cinismo desatados, bajo el que asoma, como la parte visible de un enorme iceberg, una visión de la vida ahora mismo en Estados Unidos que, a través de continuos giros en la apasionante intriga, de sutiles llamadas al espectador para que entre en el juego de la excepción y la norma y de signos de un diagnóstico psicológico y social que convierte la trama del filme -desplegada de manera insuperable por el gran guionista Brian Helgeland, al que en España conocemos por L. A. Confidential, y elevada con formidable maestría a la pantalla por Clint Eastwood- en un jarro de vitriolo contra el rostro de ese fantasma de América soñado por la pesadilla de George Bush.

No es, no puede serlo, ajena a la causticidad y al pesimismo y la negrura de esta réplica a la pesadilla política que se cierne sobre los Estados Unidos, la presencia en la pantalla de dos rostros con fuerza de iconos -Sean Penn y Tim Robbins- en la respuesta abierta y frontal de una heroica minoría de las gentes del cine estadounidense a los caminos que está abriendo el apoyo de sus paisanos a la aventura militar, que no ha hecho más que comenzar, de los dueños del poder de Washington en el planeta. Ambos hacen en Mystic River una interpretación apasionada y eminente, y se tiene la tentación de añadir a la de Tim Robbins el inefable destello de lo que está fuera de norma, de lo excepcional, incluso de lo genial.

Y ahora, mientras engordan las listas negras de una nueva caza de brujas -anteayer, sin ir más lejos, los portavoces del poder en Hollywood, Variety y Hollywood Reporter, proclamaron sin rubor el disparate de que la película del danés Trier Dogville es "un ataque a toda la nación americana", lo que no hace falta ser un lince para interpretar como una temible y desalmada advertencia a la díscola Nicole Kidman de que debe atenerse a las consecuencias- admira que el coraje de Robbins y Penn y la fuerza de convicción que transmiten, ponga de manifiesto que ambos están respondiendo con elocuencia y dando la cara con las armas de su talento a esas "consecuencias".

Más a ras de suelo, tras Mystic River, el concurso siguió con el ambicioso y frustrante poema visual Padre e hijo, del ruso Alexandr Sokurov. El austero discípulo del gran Andréi Tarkovski sigue erre que erre en busca de la química de lo exquisito. Y casi lo alcanza, pero sólo en instantes fugaces, que se desvanecen en el hermetismo del conjunto. Y más atrás queda una muy pobre adaptación de La gaviota, de Anton Chéjov, con el título de La pequeña Lilí, por el francés Claude Miller. Desde fuera no se ve sentido a esta profanación de un drama sagrado, pero por la tibia respuesta que obtuvo aquí parece que también los franceses cerraron los ojos viéndola. 


viernes, 4 de abril de 2003

El hombre del tren / La amistad del poeta y el samurái



EL HOMRE DEL TREN

La amistad del poeta y el samurái


ÁNGEL FERNÁNDEZ-SANTOS
4 ABR 2003

Es El hombre del tren un reconfortante tú a tú -engarzados sus talentos por la generosa mirada de Patrice Leconte- entre dos rostros tan poderosos como antitéticos. Por un lado, el hervidero de signos expresivos del flaco y alargado gesto quijotesco de Jean Rochefort, uno de los grandes del cine francés; y, por otro, la jeta pálida, marmórea, seca y peligrosa, quizá hostil o quizá secretamente tierna del viejo rockero Johnny Hallyday, que se asoma a la pantalla y encuentra frente al espejo que le ofrece Rochefort una sorprendente (para un actor curtido, pero ocasional) capacidad de réplica. No es fácil estar a la altura de un genio de su oficio, y Hallyday lo está.

Es todo un hallazgo, toda una sacudida de originalidad, de gracia y de fuerza esperpéntica, el encuentro, el idilio y el choque de un pistolero aficionado a la poesía, que por azar se instala en su casa, con un poeta aficionado a las pistolas. Saltan chipas de ingenio de este dúo, que discurre apaciblemente, entre apacibles meandros de la vida cotidiana -y merece la pena detenerse en las inefables escenas de la cena, del tiro al blanco y de la panadería, entre muchas más-, en una pequeña ciudad francesa, hasta que el relato se acelera y conduce a una tacada de acción y violencia que, por desgracia, está resuelta de forma onírica casi metafórica, cosa que desentona y choca con un discurso cinematográfico previo lleno de fisicidad y de concreción.

EL HOMBRE DEL TREN

Dirección: Patrice Leconte. Guión: Claude Klotz. Intérpretes: Jean Rochefort, Johnny Hallyday, Charlie Nelson, Pascal Parmentier, Isabelle Petit-Jacques, Jean François Stévenin. Género: drama. Francia, 2002. Duración: 90 minutos.
Pero se trata sólo de un discutible remate de unos minutos confusos a hora y media de cine nítido y que rebosa inteligencia. Eso sí, con la inoportunidad de que tan hueca salida ocurre al final, como si la escritura de Claude Klotz hubiera buscado y rebuscado otro desenlace en acuerdo formal con el desarrollo y no lo hubiera encontrado, eligiendo como vía intermedia y mal menor un rizo literario para un planteamiento nada literario, que obedece a una austera ecuación entre gesto e imagen. Esto se pone de manifiesto en el hecho de que Patrice Leconte filma y da lógica al guión mediante largos encadenamientos de planos cercanos, de encuadres medios, que obligan a ese aludido y eminente tú a tú entre los intérpretes a tomar la batuta de la creación de fondo. De ahí que sea justo insistir en la generosidad de Leconte al cederles el mango de la sartén, o la autoría.

Una película de estas características sólo puede ser sostenida por sus intérpretes si éstos a su vez son sostenidos desde la escritura por un juego de réplicas y contrarréplicas que les deje devanar la madeja de la idea y de las situaciones a que conduce esta idea, y con su hilo tejer la secuencia graduando el gesto en el borde de la sobreactuación, pero sin caer en sus redes. Y eso hacen Rochefort y Hallyday, dar una lección de cómo conjugar con tacto las luces y las sombras de dos rostros capaces de representar formas hondas y crispadas de soledad y extraer de ellas formas igualmente hondas de amistad.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de abril de 2003




martes, 4 de septiembre de 2001

Ken Loach y David Mamet aportan dos libres e inteligentes filmes opuestos

Críticas de La cuadrilla (2001) - Filmaffinity


MOSTRA DE VENECIA

Ken Loach y David Mamet aportan dos libres e inteligentes filmes opuestos

Completó el día 'Invencible', una interesante película del alemán Werner Herzog




ÁNGEL FERNÁNDEZ-SANTOS
Venecia, 4 de septiembre de 2001

Dos grandes y comprometidos cineastas, el inglés Ken Loach y el estadounidense David Mamet, trajeron ayer sendas magníficas obras que en nada se parecen entre sí. En Los navegantes, Loach hace un áspero ejercicio de despojamiento de un hecho real propuesto como ficción, mientras que en Heist Mamet juega y a ratos juguetea a volver del revés el género negro con variantes argumentales muy imaginativas y con inesperadas esquinas en cuyos recovecos el cineasta introduce su visión, nada contemporizadora y llena de cruel ironía, de la vida en EE UU.
Completó la jornada Invencible, donde el alemán Werner Herzog da otra vuelta de tuerca a su gusto por los rincones enigmáticos de la historia contemporánea y hurga en la trastienda del célebre y siniestro mago Hanusen, que en los años treinta fascinó a los dirigentes del III Reich, a los que convenció para que propusieran a Hitler la creación de un Ministerio de lo Oculto, disparate que fue atentamente oído por el Führer y que permitió al tal Hanusen -aquí interpretado por el británico Tim Roth- ejercer de hechicero en las turbias interioridades de las cúpulas del poder nazi.
El cine de Ken Loach y David Mamet reconcilia con la pantalla y abre en ella caminos muy diferentes, pero en ambos casos transitables para el conocimiento y el disfrute. Loach, como de costumbre, dispara su cámara exclusivamente hacia el conocimiento. Los navegantes es una obra ascética, áspera y poco o nada hospitalaria, pero emana de ella tanta sensación de verdad que su dureza estilística acaba siendo finalmente consoladora.
Los navegantes procede de un simple testimonio. En 1996, un obrero de British Rail llamado Rob Dawber escribió a Ken Loach una carta en la que le contaba sus experiencias personales en el trabajo e invitaba al cineasta a hacer una película sobre ellas. Loach aceptó y Dawber escribió un relato al que Loach dio después forma fílmica. Dice Dawber: 'La idea de llevar a la pantalla nuestro problema sacó su fuerza y su forma de la frustración ante las condiciones de trabajo que los ferroviarios de la British Rail nos vimos obligados a aceptar tras la privatización de la empresa'.
De ahí, de un seco y estricto documento, arranca la ficción de Loach, que fluye despojada del más mínimo adorno, ajena a la busca de un acceso de la pantalla a las fuentes del alivio, sin dar respiro a la atención, sin tregua alguna para la tensión moral que desencadena. Es el Loach de siempre, pero situado por encima de sus dos últimos filmes rodados fuera del Reino Unido, otra vez en el centro de un mundo que conoce al dedillo, el de las interioridades de la clase obrera británica, en cuyas luchas su cine vive, se alimenta y milita. Y algo exterior conmociona las tripas ocultas de Los navegantes, pues Dawber, tras terminar su relato para Loach, contrajo un cáncer causado por el amianto de su ropa de ferroviario, ganó su pleito a la empresa y murió el 22 de febrero de este año, mientras se hacía la película. El devastador relato del ferroviario muerto se llena con la extraordinaria capacidad de Loach para hacer parecer intérpretes naturales a sus asombrosos actores profesionales.
Si Loach juega a dar un puñetazo de verdad, David Mamet acaricia al espectador. Lo hace con una historia cuyo esquema entra en los modelos del thrillerortodoxo, pero Mamet se escapa como una anguila de la cuadrícula y busca accesos a la heterodoxia, para que en la pantalla entre la singularidad de su escritura y su poderosa inteligencia fabuladora, que da la vuelta al modelo genérico y extrae de él una fortísima originalidad. Dice Mamet: 'Las películas de gánsteres obedecen a un código, pero, por el contrario, el filme negro representa al hombre en un mundo que carece de leyes, de códigos, y en el que sólo cuenta con su fuerza y su inteligencia. El género negro es una forma cinematográfica típica de la segunda posguerra, en el sentido de que presupone en todos corrupción y barbarie'.
Hay elocuencia en la visión que Mamet tiene de Heist, y la hay en la película misma, donde Gene Hackman hace una creación, como siempre en él, de enorme energía irónica y arrolladora fuerza de contagio. Hackman propone así de contundente el vitriolo que contiene el relato: 'El amor mueve el mundo. El amor al dinero'. Y en el brutal desenlace, ante la pregunta del moribundo Danny DeVito, '¿te vas, Joe, no quieres oír mis últimas palabras?', Hackman contesta con sorna feroz: 'Acabo de oírlas', y le descerraja un enmudecedor tiro de gracia. Son brotes de tremendismo, de crueldad y de fiereza y gracia burlona en medio de un ilegislable, libérrimo filme negro lleno de sinuosas y sutiles curvas e invadido por la neblina de las zonas subterráneas de los comportamientos pesimistas y desalmados, esos que destripan de un navajazo verbal el fondo perturbado de la sociedad en que ocurren y se dicen.
* Este articulo apareció en la edición impresa del Martes, 4 de septiembre de 2001