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| Yasunari Kawabata |
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| Yasunari Kawabata |
La guerra y la rendición de un país marcan un antes y un después, y así lo viven los personajes de estos diez relatos inéditos del primer Nobel japonés de literatura, Yasunari Kawabata. Tres años y seis meses después de ser premiado con el galardón más importante de las letras, se quitó la vida. Tenía 72 años, y murió como vivió, en soledad. Como sus personajes, también él estaba marcado por la guerra. Y por el amor. De ninguno se sale indemne.
Un pobre estudiante de derecho que llevaba unos trabajos de traducción fue a una posada de aguas termales en la montaña.
En una esquina de la ciudad había un local de objetos de arte. Y entre la calle y el frente del local una estatua de cerámica de la deidad budista Kannon, con la altura de una niña de doce años. Cuando el tren pasaba, el gélido cutis de Kannon se estremecía, al igual que el vidrio de la puerta del negocio. Cada vez que yo pasaba por allí, temía que la estatua se cayera. Éste es el sueño que tuve:
Caminaba a lo largo del muro con techo de tejas de la universidad, cuando decidí cambiar de rumbo y marchar hacia el edificio de la facultad. Al cruzar la verja blanca que rodea el patio, desde un oscuro conjunto de arbustos, bajo unos cerezos que ya estaban negros, me llegó el canto de un insecto. Aminoré la marcha y presté atención a ese sonido, sin ganas de desprenderme de él, tanto que giré sobre mi derecha para no abandonar del todo el patio. Al volverme hacia la izquierda, vi que la verja se abría hacia un terraplén con naranjos y, al aproximarme a ese rincón, se me escapó una exclamación de sorpresa. Mis ojos, brillantes de curiosidad, descubrieron lo que se les revelaba y me apresuré con pasos ágiles.
Por alguna razón que ignoro, lo cierto es que me encontraba en Italia. En la cima de una colina había una carpa que se veía como una sombrilla a rayas. La bandera que la coronaba se agitaba con la brisa de mayo del océano. A los pies del bosque verde, el mar azul. (Me recordaba la costa cercana a una posada de aguas termales en Izu). Dentro de la carpa había una garita que parecía una cabina telefónica. Y que también recordaba una boletería de pasajes de barco o una oficina de aduana pero, en realidad, lo que hice fue recibir en la ventanilla una gran cantidad de dinero en cambio chico. Recibí en la palma de mi mano izquierda un paquete envuelto en papel amarillo. Palpé el dinero que contenía. Una mujer con un sencillo vestido negro occidental estaba junto a mí. Ella empezó a hablar. Y aunque me di cuenta de que era japonesa, la miré pensando que yo no entendía italiano.
En el otoño de mis veinticuatro años, conocí a una muchacha en una posada a orillas del mar. Fue el comienzo del amor.
Yasunari Kawabata
MAÑANA PARA UÑAS
Una muchacha pobre vivía en una habitación alquilada en el segundo piso de una casa miserable. Esperaba casarse con su prometido, pero todas las noches un hombre distinto pasaba por su habitación. El sol matinal no entraba en esa casa. La joven lavaba la ropa cruzando la puerta de atrás, calzada con unos zuecos masculinos de madera ya muy gastados.
En el inicio del otoño, cuando las jovencitas regresan del mar y caminan por la ciudad como finos potros de pelaje castaño, tuvo lugar nuestra ceremonia de bodas, en el salón de un hotel, con el sonido antiguo de una flauta de bambú. De repente, se vio un chispazo en la ventana y estalló un trueno, como dando por acabada la ceremonia. La cara de mi novia de diecisiete años palideció. Cerró los ojos y su cuerpo se contrajo como una bandera mojada.
Respetables amas de casa y muchachas van a la posada, y durante todo el tiempo de permanencia de un huésped, alguna de ellas pasará toda la noche con él. Desde que se levante, en el almuerzo y las caminatas, ella estará a su lado. Parecerán una pareja en su luna de miel.
Sin embargo, cuando él le diga que quiere llevarla a una posada de aguas termales, la mujer ladeará la cabeza pensativa. Y si le propone alquilar una casa en la ciudad, ella, si es joven, le dirá casi feliz:
—Seré tu mujer. Pero si no es por mucho tiempo. A lo sumo por un año o seis meses.
Esa mañana, el hombre se apresuraba a empacar sus cosas para partir en barco. La mujer, mientras lo ayudaba, dijo:
—¿Escribirías una carta por mí?
—¿Ahora?
—Ya no soy tu mujer, así que no importa. Durante todo el tiempo que estuviste aquí, me mantuve a tu lado, ¿no fue así? No he hecho nada malo. Pero ahora ya no soy tu mujer.
—¿De veras es así?
Escribió la carta a un hombre por ella. Era, obviamente, un hombre que, como él, había pasado medio mes con la mujer en la posada.
—¿Me enviarías una carta también a mí, una mañana en que algún otro se embarque, cuando ya no seas su mujer?
1924
Justo frente a la ventana del baño de mi casa queda la ventana del baño de la funeraria Yanaka.
Como muchos otros grandes escritores japoneses del siglo XX, Yasunari Kawabata fue un reportero de la transición, un exponente de la camada de narradores que sintetizó las derivaciones de la reconfiguración cultural de la era Meiji y su proyecto nacional de insularidad permeable, tradiciones actualizadas y una imagen del mundo sobre la que Occidente suele cavilar como si hubiera tenido vela en el entierro. Publicado en los años cincuenta, El maestro de gopresenta un alegato en retrospectiva, más taciturno que admonitorio, que da por irrevocable al Japón transformado por la modernización, la guerra y las dos nubes atómicas que lo cambiaron todo.

“En La bailarina de Izu se asoman los ejes en torno a los que girará la obra a la que Yasunari Kawabata dedicará los próximos 46 años de su vida”, escribe María José Ferrada, estudiosa de la literatura japonesa y prologuista de ocho libros que editorial Emecé vuelve a poner en circulación en nuestro país. Reproducimos el texto que antecede La bailarina de Izu, que fue la primera novela en traspasar las fronteras de Japón y en la que el autor prefigura el universo que lo haría merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1968: “El problema de la mortalidad; la soledad como condición fundamental, lo efímero de la existencia de los seres y las cosas. Nada escapa al ciclo de la disolución”.
María José Ferrada
12 de septiembre de 2019

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