martes, 29 de enero de 2008

Alejandro González Inárritu / No le tengo miedo al dolor

Alejandro González Inárritu

"No le tengo miedo al dolor"



A Alejandro González Iñárritu no le da miedo el dolor. Lo mira de frente y casi sin pestañear. Quizá porque el dolor más terrible, la pérdida de un hijo, ya lo ha vivido. Su trilogía como realizador -Amores perros, 21 gramos y Babel- es un poderoso testigo de ello. "El dolor es parte del proceso de la vida. En las sociedades occidentales, al tratar de evitar el dolor constantemente se está también evitando la alegría, la posibilidad de placer, la capacidad del gozo. Si le tememos tanto al dolor le estamos también negando la posibilidad al otro lado del dolor que es la capacidad de gozar. Yo no le tengo miedo al dolor. Es más, las películas que contienen unas ciertas dosis de dolor me gustan porque me parece que son más vitales", aseguraba el director mexicano en el último Festival de Cine de San Sebastián, donde presentó Babel, su último largometraje, que se estrena hoy en España y con el que ya ha conseguido situarse como uno de los favoritos de los Globos de Oro, con siete candidaturas.

"Me gusta jugar a la posibilidad de fallar, y eso fue lo que me gustó de Brad Pitt"
Rodado en el transcurso de un año en Marruecos, Japón y la frontera entre México y Estados Unidos y en cuatro idiomas, Babel narra cómo un incidente trágico que sufre una pareja de ciudadanos norteamericanos en Marruecos desencadena una serie de acontecimientos que afectan a cuatro familias en diferentes países.
Protagonizado, entre otros, por Brad Pitt, Cate Blanchett y Gael García Bernal, el filme repite de nuevo, al igual que los dos filmes anteriores de González Iñárritu, el esquema de historias cruzadas. "Si el cine, a diferencia del teatro, te ofrece la posibilidad de explorar dimensiones distintas simultáneamente y fragmentadas, hay que sacar provecho de ello", defiende el realizador.


Tiene 43 años y llegó al cine tarde -empezó con 21 en la radio en México, donde durante cinco años lideró con éxito un programa de tres horas al día con música, entrevistas, historias y entretenimiento-, aprendiendo solo, "en la calle", como él mismo dice. "Yo iba al océano y me distraje en muchos ríos", explica sobre su salto al cine. "Ser cineasta es como ser torero, es muy duro, una forma de vida, una actitud. Se requiere de una fortaleza muy especial, emocional, intelectual, física. El cine, para mí, es la vida. Considero que mis películas son un testimonio de mi experiencia vital, con mis infinitas limitaciones y mis pocas virtudes. El cine que yo hago es una extensión de mí mismo. No es un proceso científico o intelectual, nace de lo que me quema en el estómago. Yo hago cine de pedazos de vida. Es una necesidad vital y no un proyecto calculado, racional, científico, metodológico", explica este ex locutor de radio, hablador y brillante, que con sólo tres largometrajes es ya una referencia en el panorama cinematográfico internacional y a quien Cannes, el gran festival de festivales, premió en la última edición con el galardón al mejor director por Babel.
Iñárritu asegura que "cada cineasta tiene una sombra y en cada proyecto aparece esa sombra". Su sombra la dejó en México DF pero la proyectará allá donde vaya durante toda su vida -"mi perspectiva y mi vida en la Ciudad de México nunca se desprenderá". Por eso, Babel,dice Iñárritu, sería muy diferente si la hubiera hecho un "primermundista". "Mi mirada siempre será desde una latitud, pero no geográfica, sino de experiencia vital", explica. Esa sombra extraordinaria la ha trasladado ahora a Los Ángeles, ciudad a la que se mudó cuatro días antes del 11-S. "Ahorita todo suena bien bonito, pero en esos días el país cambió, nos sacaron todas las banderas norteamericanas y a mí me veían con cara de turco. Fue bien difícil para mí y para mis hijos", recuerda este realizador que entonces se encontraba en pleno proceso de desarrollo del guión de 21 gramos.

Es consciente de que ha perdido muchas cosas con su traslado a Estados Unidos, pero también de que ha encontrado la incomodidad, muy diferente de la mexicana, que le es tan necesaria para crear. "En Los Ángeles he encontrado vulnerabilidad, me ha despertado, me ha cuestionado, me ha puesto en perspectiva, me ha sacado de una zona de confort, de mi área segura, me he sumergido en una sociedad diversa, compleja, contradictoria que, aunque no es fácil como persona, como artista es un caldo lleno de posibilidades que te despierta, te estimula y te incomoda. A mí, Babel no se me ocurre cuando voy al bosque o estoy bajo el sol, ahí no necesito pensar o crear. El acto de crear proviene de una necesidad de escapar de una realidad. Por eso, la Ciudad de México era tan rica para crear, porque yo creo lo mejor en medio del estrés, en medio de un tráfico espantoso, fumando un cigarro con un calor de las dos de la tarde y con el de al lado echándome humo y la gente gritando a mi alrededor. Ahí es donde yo tengo algo que hacer", añade.
Iñárritu se permitió un capricho. El capricho de incluir en el reparto deBabel al actor Brad Pitt, quien, junto a Cate Blanchett, interpretan a un matrimonio norteamericano de viaje en las lejanas arenas del desierto de Marruecos. "Sabía que iba en contra de las expectativas generadas con mis dos anteriores filmes, que me iban a criticar por contratarle, que dirían que ya me había vendido al glamour de Hollywood. Pero es que a mí me gusta hacer el casting en contra de lo que todo el mundo espera. Me gusta jugar a la posibilidad de fallar y eso fue lo que más me gustó de Brad. Todo esto iba a favor de lo que se habla en la película que son los prejuicios. Mezclar a un actor como Brad Pitt con gente corriente fue muy difícil en el sentido de que era como plantar una palmera en un bosque de pinos y hacer que esa palmera no pareciera palmera".



domingo, 13 de enero de 2008

Boris Izaguirre / Un retrato de Juan José Millás




SOMBRAS A MILLÁS

Un retrato de Juan José Millás

Por Boris Izaguirre




Han sido pareja de premio durante la gira de promoción de sus obras. Juan José Millás, ganador del Planeta 2007 con 'El mundo', y Boris Izaguirre, finalista con 'Villa Diamante', han compartido firmas, confidencias y 'sombras'


El País
13 de enero de 2008
Al Premio Planeta lo rodean sombras, leyendas urbanas y todo tipo de envidias. Se dice que está apalabrado, al estilo de las designaciones de candidatos presidenciables. Que un ejército de editores colabora con sus ganadores. Y, lo más aterrador, que genera parejas de hecho que normalmente terminan enfrentadas al final de la gira nacional de treinta días que acompaña el premio.
Como finalista de la edición de este año, no pienso aclarar ni desmitificar ninguna de estas leyendas. Y aunque el ganador, Juan José Millás, sea archiconocido por los brillantes proyectos sombra que publicó en esta revista -reportajes en los que el escritor se convertía en la sombra de una persona durante un periodo de tiempo-, mi andadura junto a él por un país preelectoral, dividido y pletórico en su nuevo riquismo, ha arrojado más luz y gozo que ninguno de los otros matrimonios planetarios, sin duda. Sólo que, una vez concluida la travesía, Millás sigue siendo el mismo misterio, ingenuo y sabio al mismo tiempo; un escritor que gana el premio más mediático de la lengua española y lo comparte con una vedette.
Conocí a Juan José Millás en una carretera, al principio del año 2000. Íbamos a un bolo de La ventana. Así llamamos a las emisiones en directo del programa radiofónico del que ambos somos colaboradores. Tocaba Teruel, ese lugar que muchas veces no existe, y viajábamos en un coche alquilado a través de carreteras con paisaje lunar. Íbamos en silencio hasta que el chófer decidió parar en uno de esos restaurantes herederos de El planeta de los simios. Entramos, y Millás los comparó con un western posnuclear, y yo sonreí ante la metáfora al tiempo que me reconocía cohibido. Los escritores, cuando viajan juntos, prefieren el silencio porque en realidad están pensando en una frase mortal, perfecta, que sintetice su pensamiento y genialidad.
Uno de esos camareros atrapados en el tiempo miró en mi dirección y musitó dos palabras: Crónicas marcianas. Y lo que había sido un paraje desolador se pobló de personas, señoras con acentos aragoneses, valencianos, andaluces y hasta canarios; sombreros, alguna ruana de color y servilletas de papel acompañadas de bolígrafos. Millás observaba más que atónito, sublimado por esa inesperada agitación. Y, en el deseo de construir otra metáfora sintetizadora, espeté:
-Juanjo, la fama es vulgar.
Una secreta admiración ha crecido en mí desde entonces hasta la noche del fallo del Planeta. Avancé en la cavernosa sala repleta de ojos hasta divisar a Millás en una mesa claramente ganadora. Fui a abrazarle y de inmediato recibí la embriaguez de su colonia, envolvente, paternal. Cuando se alejó para verme la cara, los dos sabíamos quiénes seríamos a partir de esa noche, pero yo quise ver más y vi a un caballero meticulosamente vestido. La camisa de rayas oscuras perfectamente planchada, ningún pelo fuera de sitio en su rostro, los ojos taladrantes pero jamás torturadores. Y el silencio, su mejor abrigo.
Al día siguiente, los dos nos enfrentábamos a los medios de comunicación. Y a la sensación de, en sus palabras, "ser un marciano para el otro". Ésa parecía ser una clave perfecta para lo que se avecinaba. De nuevo, la pulcritud de su aspecto resultaba fascinante. ¿Cómo conseguía que sus camisas estuvieran tan bien planchadas en un viaje? "Me gusta tomarme las cosas con mucha tranquilidad. Me despierto siempre muy temprano. Escribo de madrugada, cuando todo está quieto y puedo trabajar solo. Escribo hasta las ocho, cuando se despierta el resto de mi casa; entonces leo la prensa y hago vida familiar. Y regreso, casi siempre a corregir, hasta el mediodía. Camino una hora todos los días, por un parque cerca de mi casa. Me gusta el cambio de las estaciones. Soy metódico". Esa última palabra se convierte en un mantra. Y siembra otras claves para el resto de la gira. "No vamos a ser escritores que se avergüenzan de su éxito y de ganar un premio como éste, quejándose de una gira interminable, de viajar en primera y a buenos hoteles y de cenar siempre bien. No, vamos a disfrutarlo. No seremos quejicas del éxito", me atrevo a decir, sentado a su lado. "Somos Batman y Robin". La fiesta acaba de empezar.
La primera parada de la gira es Santiago de Compostela y llego tarde al aeropuerto. El avión despega desde la pista satélite de la interminable T-4 de Barajas. Llevo líquidos en mi equipaje y me arriesgo a perderlos. Milagrosamente, consigo subir a bordo. Y Millás ya está sentado, nada de sudor, una nueva camisa impecablemente planchada, su abrigo de cuero negro colgado por un azafato feliz. "Apuras demasiado el tiempo", dice, "¿sales ganando?". No tengo respuesta, le veo como ese profesor universitario que te enfrenta contigo mismo y te hace ver que llevas demasiados accesorios, peso innecesarios.
Hablamos del proceso de escribir. "Corregir es lo más difícil", explica. "Lo he contado muchas veces, pero una vez me devolvieron un artículo porque era muy largo. Empecé a quitar cosas y me gustaba el resultado. Al final lo quité todo, lo escribí más corto y quedó perfecto. Eso te lo da el periodismo, sin duda. Un artículo obligatoriamente ha de ser exacto, ni una palabra más ni una menos. Un concepto claro". El azafato se emociona de vernos y se abraza a mí con una efusividad que divierte a Millás. "La prueba de que este país ha cambiado", dice, "es estar junto a un hombre que habla repetidamente de su marido y todos lo asumimos como si siempre hubiera sido así".
Durante el viaje, volvemos a nuestros temas comunes. Sarkozy es uno de ellos. "Mi teoría es que es bipolar y vive todo como si fuera un subidón. Los bipolares", explica Millás, "evaden continuamente el bajón. Si te fijas en las acciones de este hombre, todo es dinámico, grandioso. Rescata azafatas en África, se divorcia, se marcha a Eurodisney con Carla Bruni, lucha por liberar a Ingrid Betancourt. Se comporta como un superhéroe, para evitar enfrentarse a ese instante en que no pueda sostener estar arriba". Otro tema recurrente es mi fascinación por los ricos. Están desprotegidos, no tienen amigos verdaderos, le explico. Millás mira el paisaje gallego y dice: "Ahora, discúlpame, voy a dar una cabezadita".
En Santiago salimos a pasear por sus calles vacías la noche de un domingo de noviembre. "Los domingos, sea donde sea, son terribles y tristes", sentencia. Yo viví en Santiago apenas llegué a España, conocí en estas calles a mi marido y dejé la ciudad, como a Caracas, con un regusto de frustración y amor. Delante de la catedral me dijo que ésta es como una montaña persecutoria: vayas donde vayas en Santiago, te sigue, te señala, te domina. "Una noche, mi marido me dijo: '¡Sácame de aquí!', y yo me di cuenta de que ésa era la frase de nuestro amor. Sácame de aquí, llévame al mundo, déjame crecer", le digo entre lágrimas, sacudido por el camino recorrido. Y Millás me toma por los hombros, conmovido ante mi desequilibrio. De nuevo su colonia recorre el silencio.
Mis amigos, que son sus lectores, me acribillan a preguntas. ¿Cómo es? ¿Serio? ¿Honoris causa? ¿Aburrido? Mi obsesión es que terminaré la gira sin descifrarlo.
En una de las ruedas de prensa, Millás me dice al oído: "Es curioso cómo los periodistas de cultura jamás se emocionan. Vas a una rueda de prensa después de un partido de fútbol y todo son gritos, imprecaciones, movimiento. Llegas aquí y están todos en silencio como si estuvieran en una clase de anatomía. Sólo hablas tú, y vas pensando que ellos en realidad desean estar en tu sitio, ser ellos los merecedores del premio". Al cabo de media hora, lo que ha sido un secreto se verbaliza en su voz, y los periodistas se quedan atónitos. El más valiente se excusa diciendo que la convocatoria es muy tempranera, pero Millás, el caballero metódico, el padre bien abrigado y de hablar reposado, ha dejado claro su punto de vista.
Unos días antes, en un estudio de Telemadrid, la presentadora nos preguntó qué nos parecía estar allí, y Millás soltó: "A la entrada he visto una pancarta que pone 'aquí se manipula la información'. ¿Es verdad?". Lo pregunta sin perder su adorable frenillo y de nuevo me admiro de ir a su lado. El espeso silencio se cierne, su pregunta no es tal. Es una declaración de principios.
En Barcelona, en una escala de la gira, cenamos con Gemma Nierga y su esposo, Antonio. Los Planeta también conyugados. Lo llamamos "la cena de los esposos". Millás está divertido: "Desde que voy con Boris, no dejo de ver gays en todas partes. Ayer mismo, en un estudio de cocinas, el chico que las mostraba iba vestido con unos pantalones bajos, un flequillo tapándole media cara, siempre sonriente, y yo me dije: 'Vaya, qué gay tan moderno'. Al cabo de un rato empezó a hablarme de su novia". Todo el mundo ríe, y él también. "Es que, de verdad", agrega, "el cambio de este país es asombroso".
Mientras Millás decide el vino -un proceso metódico, estudiado y certero-, Gemma me cuenta cómo su hijo Pau, de dos años, ha reconocido a Millás de inmediato porque hace un año el escritor le regaló un zoológico de madera. "Cada animal venía envuelto en un papel diferente", cuenta Gemma. Imagino a Millás envolviendo las cebras y los leones, y me doy cuenta de que de niño nunca recibió un presente tan esmerado.
Isabel, la esposa de Millás, es una mujer tan inquietante como él, un ojo que no cesa de analizar. En la cena hablamos de nuestro tema favorito, los medios de comunicación. "Que una novela te ofrezca escapismo", expone Isabel, "es lo correcto. Imaginas mundos, te solazas en ellos, pero sabes que están encerrados entre tú y las páginas. Cuando la televisión empieza a jugar con la realidad, como sucede en los realities, la manipulación, la tergiversación puede acarrear serios problemas de identidad al espectador. Y a los que fabrican ese tipo de programas". En uno de esos programas, Svetlana, una chica rusa, iba a protagonizar una reconciliación con su novio español que terminó en su asesinato en la trágica intimidad de su hogar. Lejos de ser retirado de la programación, el espacio vio su audiencia incrementarse en los días posteriores a la noticia. Millás se enciende contra la televisión. "Es intolerable porque ha creado un mundo intolerante, castigador, señalando permanentemente lo que califica de malo, oprobioso, o que no puede ser aceptado de ninguna manera, cuando al mostrarlo lo está convirtiendo en fuente de alimentación. Hipócrita, despiadada. La televisión no puede continuar volviendo freaks a todo lo que le da la gana. No somos normales, pero tampoco monstruos. Somos, escogemos. La televisión cada vez más nos impide escoger". Millás me mira, su plato limpio, las manos sobre la mesa, su pulcritud es como la de un obispo o la de un estadista comprometido. "Con el premio has dicho que pasas a ser el escritor y no el hombre mediático. Aprovéchalo. Tú mismo lo dices, la televisión te escoge a ti, nunca al revés. Aprovecha tu tique de salida".
La gira se nos ha convertido en un viaje iniciático hacia nosotros mismos. Cosas mías se instalan en el discurso de Millás y anhelo incorporar la meticulosidad, ese bisturí preciso, en mi vida. En Valencia recorremos la ciudad hasta dar con la plaza Redonda. "En uno de mis viajes me perdí y aparecí aquí. Con sus tiendas de hilos, mantequerías, esta forma redonda, un solaz curioso, inquieto, ruidoso en medio de la ciudad". En efecto, es un sitio propio de la imaginación de un escritor. Y la constatación de esas dos Españas, la triste y pobre de su infancia y la nueva rica y poderosa de la actualidad. Entre nosotros se ha creado un mundo extraño, cosas en común, separadas por océanos y edades. Acudimos juntos a ver Blade Runner, en mi opinión la película que mejor puede unirnos. "Porque es realmente una película moderna, invencible al tiempo", concluye Millás. Siempre cariñoso, solos en la sala de cine, Millás lo agradece: "Es el mejor regalo de Navidad". En varias ocasiones Millás nos ha definido como "felipista, yo, y Boris, más bien de la generación de Zapatero. Hemos sido muy despreciativos hacia la de Boris y Zapatero. Los vemos como niñatos que nunca han luchado por nada, lo han tenido todo menos discurso. Cuando en realidad, en silencio, poco a poco, han ido construyendo ese discurso". Millás no termina la frase, no sabemos si lo hemos hecho con acierto.
Hacemos una firma juntos en Madrid. En la de Vigo nos recibieron como si fuéramos estrellas de rock. Amigos maliciosos se jactan de que para Millás todos estos recibimientos serán cosa nueva, pero su comportamiento es de nuevo encantador. Comentamos cosas entre nosotros, conversamos con nuestros lectores. Millás me mira siempre como si yo fuera el experto mundano, y él, un caballero encantado de aprender. La historia de Pigmalión al revés. "Con Boris he aprendido a quitarme prejuicios". ¿Y cuáles eran? "Me asombra cómo gestionas tu éxito y tu relación con la fama", informa.
Millás disfruta de la buena mesa. Se aproxima a Alba, Lola o Laura, las maravillosas chicas Planeta en cualquiera de las ciudades de la gira, y dice: "Hoy vamos a cenar muy bien". Y ordena. En Santiago organiza un festín que incluye nécoras, percebes, almejas, pulpo y un primero de pescado para todos. Y, como siempre, su selección del vino, albariño, es inmejorable. También recuerda incidentes de su larga carrera como escritor. "Cuando empecé a publicar, era imposible que una novela lineal fuera considerada digna. Todo era experimentación. Y a veces la experimentación jugaba malas pasadas a sus autores. Uno de ellos ganó un prestigioso premio con una novela que era toda sin puntos ni comas. Enviaron un avance de la misma para publicarlo en El País Semanal, y el corrector de EL PAÍS, ante aquel texto sin puntos ni comas los colocó. Una vez impresa la revista, alguien se dio cuenta de que la razón de ser de ese texto era la ausencia de puntos y comas. Demasiado tarde, no podían corregir la corrección. Lo bueno de todo esto es que el texto, claro, había quedado infinitamente mejor". Tras las risas, intuyo el mensaje de Millás: un escritor es un ser libre, que debe atravesar distintos infiernos y premios, para volver siempre a la novela lineal.
La última ciudad es Zaragoza. Antes de separarnos tengo ganas de decirle que su libro me ha obligado a enfrentarme con una parcela de mi vida que descubro totalmente abandonada en el fondo de un lejano, oscuro armario. Mi propia infancia. Y que la revelación me ha conmovido, sacudido, destrozado. "La columna vertebral de toda existencia es la infancia", dice. "Allí se gestan todos los elementos del resto de tu vida. Es aterrador revisarla, o aceptar que ella vuelva a ti el día más inesperado. Lo hace, tenlo por seguro, vuelve, te enfrenta, te machaca. Y se va para volver otra vez".
En Zaragoza se hacen las fotos de este reportaje. Salimos en medio de un viento inclemente a una gasolinera cercana. Volvemos de regreso al Planeta de los Simios. Todas las parejas terminan, la nuestra no iba a ser distinta. El fotógrafo se fija en mis zapatos rojos y pide que los coloque más en primer plano. "Y aquí es cuando todo esto se convierte en un reportaje de moda", exclama Millás. Entonces hago la pregunta final: ¿un escritor debe crearse una vida para contarla luego, o simplemente escribir? Millás reposa sus ojos abrumados por el sol. "Se puede empezar así, viviendo algo que luego pueda darte una buena novela. Pero a partir de ahí, escribir es lo único que tienes".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de enero de 2008
EL PAÍS




domingo, 6 de enero de 2008

Donald Barthelme / Estar de vuelta

Donald Barthelme



EL EXTRANJERO › FLYING TO AMERICA: 
45 MORE STORIES, DE DONALD BARTHELME
Estar de vuelta
Difícil de encontrar sus libros editados en castellano, acaban de aparecer en inglés 45 More Stories de Donald Barthelme, el escritor muerto en 1989 que sigue siendo el rey de la literatura posmoderna norteamericana.

Flying to America: 45 More Stories

Donald Barthelme

Edición de Kim Herzinger
Shoemaker Hoard, 2007
331 páginas

DOMINGO, 6 DE ENERO DE 2008

Una de las frases más felices –y tristes, y certeras– de William Burroughs es “Se le dice a algo experimental cuando el experimento salió mal”.
Donald Barthelme soportó con resignada entereza que se lo calificara como experimental hasta su prematura muerte en 1989 a los cincuenta y ocho años de edad. Tampoco le gustaba eso de “posmoderno” pero –en una entrevista– reconocía que “es menos feo y más descriptivo que ‘metaficción’ o ‘superficción’, supongo...”
Aquí y ahora, con la perspectiva de los años, poco y nada cuesta calificar al perverso y polimorfo Barthelme (hasta su apellido podría soportar la hipótesis de varios orígenes diferentes y atención a su efecto en tándem, tan barthelmeano, junto al infantil y plumífero Donald como nombre de pila) como un clásico diferente. Un “absurdista” que –como Kurt Vonnegut y Richard Brautigan– hacía realismo desde coordenadas alternativas pero tan precisas como las de cualquier otro. De ahí que Barthelme –quien se sentía “encandilado por Beckett igual que Beckett se sentía encandilado por Joyce”– no vacilara en también declarar su admiración por colegas como John Cheever, Ann Beattie y John Updike luego de afirmar que lo suyo era, sí, “el fragmento como único formato confiable” y “el no saber” a dónde se llegaría cuando se empezaba a escribir siempre amparado por lo que él consideraba la herramienta más genial jamás desarrollada por el hombre: el rubber cement.
Y cuesta –y fascina– pensar que alguna vez, desde mediados de los ’60 hasta bien entrados los ’70, Barthelme no solo fue cabeza de canon sino también colaborador estrella de The New Yorker publicando allí sketches y relatos poco ortodoxos que no parecían corresponderse con el frente y perfil de hasta entonces tan narrativamente conservadora publicación. Los historiadores aseguran que el reinado popular de Barthelme (y de sus caballeros de irregular mesa redonda Robert Coover, John Barth y William Gaddis y William Gass entre otros, quienes depuesto su monarca se vieron obligados a marchar al exilio académico; de todos eso apenas la publicación de una nueva novela de Thomas Pynchon continúa hoy siendo considerada un acontecimiento literario) aconteció con la llegada del campesino Raymond Carver y sus escuderos del minimalismo. Puede ser, pero es una versión demasiado fácil. En cualquier caso, con el advenimiento de la siguiente dinastía –compuesta por Dave Eggers, George Saunders, Donald Antrim, Rick Moody, Aimee Bender, David Foster Wallace, el Douglas Coupland de La vida después de Dios, Shelley Jackson, el gran Ben Marcus y las canciones de They Migth Be Giants, por citar sólo a algunos– ha quedado demostrado que todavía arden los fuegos del Camelot de Donald I (y tal vez no sea casual que The King, novela póstuma de Barthelme de 1990, reimaginara el mito arturiano en las trincheras de la Segunda Guerra Mundial).
Ahora, este Flying to America: 45 More Stories cierra el proyecto totalizador del abnegado súbdito Kim Herzinger quien ya había recopilado The Teachings of Don B: Satires, Parodies, Fables, Illustrated Stories and Plays (1992) y Not-Knowing: The Essays and Interviews (1997) –ambos a reeditarse a principios del 2008– complementando las antologías Sixty Stories (1982) y Forty Stories (1987), incluidas en el 2003 en la consagratoria colección Penguin Classics con respectivos prólogos del realista David Gates y el ya mencionados irrealista Dave Eggers unidos aquí por el incondicional humor de un talento tan irrepetible como el de Lawrence Sterne o Herman Melville.
Un gran deformador que –además de divertirse escribiendo– divertía mucho a quien lo leía y, como bien afirma Eggers, “continúa produciendo unas impostergables ganas de sentarse a crear como si enviara sobre tu cerebro toda una jungla de animales, de todas las especies y colores, gritando y defecando y fornicando”.
Dicho esto –considerados sus efectos– cabe pensar qué tipo de criatura era Barthelme. Se lo suele a arrimar a Kakfa (ahí está su cumbre novelística titulada The Dead Father, de 1975, y a la que podría calificarse como kafkiana pero à la Barthelme), a Borges (con sus juegos literarios y su manía referencial cut & paste como forma de apropiación) y a los parodistas como S. J. Perelman (imposible no mencionar su burla al primer Bret Easton Ellis, titulada “More Zero” y arrancando con un “Me estoy haciendo una raya de cocaína en el espejo retrovisor del BMW mientras Ashley conduce y no es fácil”). Pero no, en serio, Barthelme parece empezar y terminar en sí mismo sin que esto signifique renunciar a su alto poder radiactivo. Alguien que, cuando una vez le reprocharon su falta de orden narrativo, escribió: “Pidieron más estructura así que fuimos al galpón del fondo y sacamos un enorme cuadrúpedo peludo y lo dejamos sujeto en la puerta a fuerza de clavos de ferrocarril y golpes de martillo”.
Y allí está todavía.
Flying to America: 45 More Stories (con 30 de los cuentos que Barthelme no consideró dignos de su Top 60 o de su Top 40 pero que, igualmente, son muy buenos, más 12 jamás reunidos en forma de libro y tres inéditos) completa el círculo y concluye el largo viaje de piezas breves. Y permite asomarse (no es fácil hacerlo en nuestro idioma, los libros que en su momento editó Anagrama hoy son inhallables y la valiente edición en el 2004 de 40 relatos que hizo Reverso fue recibida sin bombos ni platillos; lo que hace pensar que no tiene demasiado sentido esperar la llegada de los 60 relatos) a una inteligencia diferente haciendo lo que Barthelme hizo como ninguno. El raro placer de un vanguardista que –como los verdaderos innovadores– parece sonreír en la retaguardia mientras los demás salen al encuentro del fuego amigo y poco amigo enarbolando las banderas de la más legal de las transgresiones. Porque pocas cosas hay menos revulsivas que andar haciéndose el loco. Hacerse el Barthelme, en cambio, es mucho más difícil porque hay que escribir desde el extremo más lejano e inalcanzable de la cordura absoluta, bajo el control total de lo impredecible. De ahí que Barthelme haya uno solo.
A principios del 2007, la patológicamente cool revista/libro McSweeney’s le dedicaba todo un número –invocando uno de sus títulos más famosos– con un Come back, Donald Barthelme.
Deseo concedido: Barhelme está de vuelta. Siempre lo estuvo
Aquí se incluye “Pages from the Annual Report”, lo primero que publicó bajo el seudónimo de David Reiner en 1989, y “Tickets”, lo último que publicó en vida en The New Yorker.
Aquí –en “Florence Green is 81”, el relato que abría el primero de los libros del autor– se nos confía que “Oh, no hay nada mejor que la conversación inteligente con la excepción de revolcarse en la cama con una chica desnuda o la tipografía Egmont Light Italic”.
Aquí –en el inconcluso “Pandemonium”, cuento en el que Barthelme trabajaba justo antes de morir– dos voces completan lo que quiere decir la otra sin llegar a ninguna parte.
Aquí, para el connoiseur, se asiste al revelador modo en que Barthelme canibalizaba sus propios textos y la manera magistral en que utilizaba la primera persona del plural como artefacto narrativo.
Aquí está, otra vez, la obra de aquel que –cuando le preguntaron por qué escribía así– repondió “Escribo así porque Samuel Beckett ya estaba escribiendo como él escribe cuando yo empecé a escribir”.
Aquí está el que dictaminó que “El objetivo de toda literatura es la creación de un extraño objeto cubierto con piel que te rompa el corazón”.
Algunos descorazonados dirán que Flying to America: 45 More Stories se trata de aquello que queda y se encuentra al fondo del barril.
De acuerdo: pero es un barril sin fondo.