Svetlana
Alexievich
UNA
SOLITARIA VOZ HUMANA
No sé de qué hablar... ¿De la
muerte o del amor? ¿O es lo mismo? ¿De qué?
Nos habíamos casado no hacía
mucho. Aún íbamos por la calle agarrados de la mano, hasta cuando íbamos de
compras. Siempre juntos. Yo le decía: «Te quiero». Pero aún no sabía cuánto le
quería. Ni me lo imaginaba... Vivíamos en la residencia de la unidad de
bomberos, donde él trabajaba. En el piso de arriba. Junto a otras tres familias
jóvenes, con una sola cocina para todos. Y en el bajo estaban los coches. Unos
camiones de bomberos rojos. Este era su trabajo. Yo siempre estaba al
corriente: dónde se encontraba, qué le pasaba...
En mitad de la noche oí un
ruido. Gritos. Miré por la ventana. Él me vio:
—Cierra las ventanillas y
acuéstate. Hay un incendio en la central. Volveré pronto.
No vi la explosión. Solo las
llamas. Todo parecía iluminado. El cielo entero... Unas llamas altas. Y hollín.
Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar. El hollín se debía a que ardía el
alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la
gente andaba, como él después recordaría, como si fuera resina. Sofocaban las
llamas y él, mientras, reptaba. Subía hacia el reactor. Tiraban el grafito
ardiente con los pies... Acudieron allí sin los trajes de lona; se fueron para
allá tal como iban, en camisa. Nadie les advirtió; era un aviso de un incendio
normal.
Las cuatro... Las cinco... Las
seis... A las seis teníamos la intención de ir a ver a sus padres. Para plantar
patatas. Desde la ciudad de Prípiat hasta la aldea de Sperizhie, donde vivían
sus padres, hay 40 kilómetros. Íbamos a sembrar, a arar. Era su trabajo
favorito... Su madre recordaba a menudo que ni ella ni su padre querían dejarlo
marchar a la ciudad; incluso le construyeron una casa nueva.
Pero se lo llevaron al
ejército. Sirvió en Moscú, en las tropas de bomberos, y cuando regresó, solo
quería ser bombero. Ninguna otra cosa. [Calla.]
A veces me parece oír su voz...
Oírle vivo... Ni siquiera las fotografías me producen tanto efecto como la voz.
Pero nunca me llama... Ni en sueños... Soy yo quien lo llama a él...