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miércoles, 17 de abril de 2024

Triunfo Arciniegas / Lucy y mi hermano

 

Lucy según Henry González


Triunfo Arciniegas
LUCY Y MI HERMANO
10 de febrero de 2024

La semana pasada llegaron las pruebas de Querida Lucy, con las ilustraciones de Henry González, y murió Ramiro. El viernes las bajé a una memoria, con El burro de Juan, y fui donde Mary a sacar las copias. La impresora mía requiere mantenimiento y la relación con mi antigua secretaria, Alejandra, no anda muy bien. De modo que si necesito algo tengo que salir de casa.

Mientras Mary hacía su trabajo, en un nuevo local pero en la misma cuadra, fui a almorzar donde Darío. Salgo poco, como si continuáramos en la pandemia, y prefiero cocinar. Pero tenía las fotocopias pendientes y decidí matar dos pájaros de un tiro. No puedo trabajar en pantalla. No me siento cómodo. Nunca di del todo el salto del papel y la tinta a la pantalla. Unos ojos azules, muy bellos, me miraron con especial dedicación. Tal vez fue una mujer rubia el siglo pasado. Ahora su cabello resplandece de tan blanco. Usa bastón y está más cerca de los ochenta que de los setenta. Tal vez fue muy hermosa. Ahora es una mujer vieja, gorda y sola. Me pregunto si me vio de la misma manera, con los mismos adjetivos. La puta vejez, destino de los sobrevivientes. Me senté a comer. La mujer se fue con su almuerzo en la mano, pero tuvo la gentileza de despedirse.

Cuando volví donde Mary solo estaba lista la fotocopia de Querida Lucy y, mientras esperaba la otra, llegó Juana a imprimir unos documentos para sus alumnos. Hacía años que no nos veíamos. Desde que me abandonó. Era estudiante en ese entonces. Fue un encuentro plácido, lleno de bromas. Trabaja en Cúcuta, Pamplona y Bucara. Le va bien. La semana pasada, buscando la clave de uno de mis correos o de otro sitio virtual, encontré su número y le escribí. Me respondió pero no quedamos en nada. Tampoco ahora, pero ha sido un placer vernos.

Tengo la rutina de leer tres veces, con lapicero en mano, tanto las pruebas como cada versión impresa de todos mis textos. Esta vez exagero con cinco. La lectura del sábado me conmovió. Vi Querida Lucy de otra manera y hasta pensé que se trata de uno de los mejores libros que he escrito. Qué herida Lucy. Y el dolor de la ausencia. Han sido muy acertados los cambios de estos dos o tres años. La presencia de Ana Ochoa le restó peso al libro con su humor y sus vacas. No se dice en el libro, pero a Lucy le hacía falta una amiga. No encontré una sola errata.

Así que he dedicado cinco días a la revisión de las cien páginas de Querida Lucy, y aún falta escribir el informe. Hice cinco lentas y minuciosas revisiones con lápiz en mano, es decir, leí quinientas páginas, desde la madrugada hasta casi el mediodía. Más o menos. ¿Y todo para qué? El paginaje sigue tal cual. Como se trata de las últimas pruebas debía mantener la diagramación intacta. Sólo modifiqué tres oraciones y añadí otras tres en tres de las nueve historias que conforman el libro. Seis oraciones en cinco días de trabajo. Madre mía, estoy peor que Flaubert.

Ya no tengo la lucidez suficiente debido al cansancio de la jornada y debo dejar el informe para mañana en la madrugada. Nunca decido nada importante en las tardes. Ha sido un día de trabajo muy bueno: subí entradas a los blogs de madrugada y, después de revisar las pruebas una vez más, pagué en el banco los derechos de la edición de Caperucita y otras historias perversas que hizo para SM María Fernanda Paz-Castillo, ahora dueña y señora de la premiada Cataplum, y que tan sabiamente ilustró Mateo Pivano. Me encanta esta edición. Es la misma que ya se está vendiendo en México, y que pienso negociar para Colombia en la Filbo que comienza en unos días.

Querida Lucy es producto de tres etapas. Cuatro historias son de los noventa, cuando andaba con la Lucy de carne y hueso precisamente, y otras cuatro del 2000. Y la última, “Edipo y yo”, de hace dos o tres años. En la pandemia escribí para Cataplum un libro sobre el burro de Esopo, y otro sobre la zorra. El impulso alcanzó para otro cuento, un enfrentamiento más cercano con este personaje extraordinario. Tal vez lo retome en una historia más larga y detallada. En Querida Lucy, Edipo es un vividor que lee la mano y se aprovecha de la fascinación ajena. No ha escrito un solo libro pero todos se mueren por oír sus historias.

El burro de Juan está en una etapa anterior. Henry González, que también y tan bien ilustró este libro, dice que quiere trabajarlo un poco más. Creo que debo acortar algunos diálogos. Como voy a la Filbo, aprovecharemos para rematarlo juntos. Este “rematar” nos hace ver como un par de sicarios. Imagino a Henry riéndose. Es mejor decir “para dar por terminado” o “para concluir”, que me parecen soluciones sin fuerza pero evitan el equívoco. El lenguaje, un territorio de cuchillos, sobre todo en estos tiempos.

***

Hace tres días murió Ramiro, mi hermano, la oveja negra. Nos tratábamos cuando era niño. Su vida delictiva comenzó pronto. En una de sus salidas de la cárcel fue hasta el lejano barrio donde vivíamos y le pegó un tiro al hijo del dueño de la casa. Tuvimos que trastearnos de inmediato. Un tipo muy peligroso. En la cárcel le decían el Cacique. Una vez que llegué a la casa de mi madre lo encontré golpeando a una de mis hermanas. Fue un momento muy tenso. Donde diga o haga algo me hubiera caído encima y tal vez no estaría vivo. Lo vi con un cuchillo en la mano. Parece que me lo hubiera inventado, pero el detalle del cuchillo es la parte más nítida. No puedo recordar la casa ni el vestido de mi hermana, pero sí la mano que empuñaba el cuchillo. No lo usó contra mi hermana pero en su cara se veía que conmigo lo haría. Me retiré con el rabo entre las piernas, sin decir una sola palabra.

Fuimos amigos de niños. Entre su nacimiento y el mío hay cuatro mujeres. ¿O cinco? Alguna vez fuimos a recorrer el monte y nos extraviamos en el bosque. Decidimos pasar la noche de cualquier manera pero nos espantó el frío. Apenas continuamos me desboqué a un abismo. Di un giro completo y caí sobre el morral asegurado en mi espalda. Lo terrible es que en el morral llevaba una piedra grande que me había parecido muy bonita y que por poco me mata. Me quedé sin aire. Fui al más allá, no me gustó y regresé. Ramiro bajó como pudo y me acompañó hasta que tuve fuerzas para levantarme. Seguimos avanzando en la oscuridad, siguiendo la grieta donde tal vez estuvo un río, hasta que vimos un resplandor al otro lado de la montaña, y hacia allá nos dirigimos. Eran las luces de Pamplona.

Alguna vez me escribió desde la cárcel porque se había reconocido en un libro mío. Y no se equivocó. Él es el hermano malvado de mis ficciones. El mismo que galopa caballos ajenos en los potreros de la noche. Dejé sin respuesta su mensaje.

Luego del funeral de mi madre quiso acercarse, pero no me pareció. Estábamos todos en el atrio de la iglesia del Señor de la Humildad cuando hizo el gesto, reforzado por la frase de una sobrina. Respondí con otro gesto y una de mis hermanas, seguramente Nelly, me apoyó. Si yo no quería ninguna reconciliación, estaba bien. Todos los demás lo perdonaron, pero siguió en las andadas. Darío y Jaime le hicieron un sitio en el taller de herrería y terminó robándoles la herramienta. Nadie lo vio en el acto, pero todas las sospechas recayeron sobre él. Luego se fue y hasta mi padre se mostró aliviado. Su compañía solo representaba problemas. En alguna ocasión estuvo tratando de convencer a Álvaro para que lo acompañara en una de sus fechorías. Su papel era manejar un camión. Mi hermano tuvo el buen juicio de rechazar el ofrecimiento. Por eso entonces estuvo implicado en un secuestro que no prosperó. No sé si pagó cárcel por eso. Lo único que supe es que se le cayó la vuelta.

En fin, una vida desperdiciada y uno de los mayores dolores de mi madre. Jaime dice que nuestro padre no lo reprendió. Que se hizo el de la vista gorda cuando empezó a aparecer con cosas robadas. Mi padre era el único que lo visitaba en la cárcel.

Tenía otra versión. “¿Cuándo les llegué con una panela robada?”, nos dijo una vez nuestro padre, borracho, acosado por los remordimientos. Le respondimos que la culpa no era suya, por supuesto. 

Fue René quien me dijo hace un par de semanas que Ramiro estaba muy enfermo. Que, al parecer, no la libraba. Llamé a Jaime a Milán para preguntarle qué sabía pero no tenía ni idea. Ni él ni Darío ni yo teníamos trato alguno con Ramiro. Y fue Jaime quien me escribió, ahora desde las Islas Canarias, para contarme que Ramiro había muerto.

Dicen que no hay muerto malo, pero no lo creo. Ramiro fue una mala persona y la muerte no cambia nada. No borra los hechos. Lo que pasa es que no es muy elegante hablar mal del difunto. Deja un montón de hijos de distintas mujeres. Nunca respondió por ninguno.

Pregunté a Jaime por el funeral y me contó que decidieron cremarlo. Creo que desde la pandemia hay un protocolo con las enfermedades respiratorias. ¿Qué van a hacer con las cenizas? Nadie me ha dicho nada. Jaime precisó que ingresó al hospital por una neumonía y René supo que si salía con vida tendría que valerse de una bala de oxígeno. Entonces le descubrieron el cáncer en el pulmón y se acabó el cuento de mi hermano en esta tierra de nadie.



sábado, 11 de marzo de 2023

Triunfo Arciniegas / Sobre la creación de Querida Lucy

 


Triunfo Arciniegas
SOBRE LA CREACIÓN DE QUERIDA LUCY

Escribí la primera parte de este libro en los años noventa, y la segunda en los dos mil. En enero de este año se hizo una edición, pero quedó tan mal, con tantas erratas y cambios tan absurdos por parte de algún aprendiz de corrector, tan mal ilustrado, que me vi en la necesidad de pedir que volvieran a imprimirlo.

Aproveché el percance para volver a trabajar el libro: hice cinco nuevas versiones. Y hasta escribí una nueva historia, que encaja a la perfección en la naturaleza del libro. Incluí a Esopo como personaje. Nada extraño si ya figuran Olafo, el vikingo de las tiras cómicas, un ángel, un vampiro y un enano que no puede gobernar su propia nariz. Nada extraño si la protagonista, experta en pelos de diablo, reparte lágrimas que alivian la melancolía.

Querida Lucy es uno de mis libros más raros, fruto de una profunda herida. Duro, melancólico, desolado. He tratado de rebajar la intensidad. Se requería con urgencia algo de levedad. Más humor. Le conseguí una amiga a la protagonista.

En estos días entregaré al editor la vigésima segunda versión.

Un libro no se acaba de escribir nunca.

Sólo se suspende.

11 de marzo de 2023


viernes, 10 de marzo de 2023

Triunfo Arciniegas / Esopo y Lucy



Triunfo Arciniegas


ESOPO 

Y LUCY


Soñé con Lucy antes de conocerla y mucho después, cuando se apartó del mundo. A veces era rubia, a veces pelirroja o pelinegra, pero siempre muy hermosa. A veces blanca, muy blanca, a veces morena. Visitaba su casa, en un barrio elegante o en las ramas de un árbol, tomábamos café o una copa de vino, hablábamos de libros y paisajes, y despertaba con un pozo de dicha en el pecho. 

Me reclamaba por mis continuos viajes o me anunciaba su boda con un fabricante de nubes. Al hombre lo contrataban donde había sequía. Había inventado aparatos para localizar los caminos subterráneos del agua, la elaboración de las nubes y el traslado aéreo al territorio de la sequía. La gente calmaba la sed, salvaba las cosechas, lavaba la ropa y lo recompensaba con extrema generosidad. Era un hombre muy rico, sin duda.

En los sueños, Lucy me confesaba su amor pero nunca se casaba conmigo. Alguna vez fui el pastelero oficial. En plena ceremonia, muy cerca del altar, me dedicaba a darle forma a un pastel caprichoso, regando harina por todas partes. Lucy me miraba furiosa mientras el pastel se burlaba de mis habilidades y los invitados se limpiaban los trajes recién comprados. Los más cercanos ya parecían fantasmas. Esquivaba los rayos de los ojos de Lucy y no dejaba de preguntarme por qué había decidido casarse con un crítico literario. Las reseñas que había leído en La Bestia Pelúa destilaban veneno. 

Le hablé de Lucy a Esopo en el bar de Osiris. 

–La vas a conocer –dijo.

–¿Lucy existe?

–Volvió de Paris no hace mucho.

Difícil de creer.

–Volvió a la República de Antioquia pero no por mucho tiempo –continuó Esopo–. Déjame ver tu mano. ¿Ves esta línea? ¿Y esta otra? Se cruzan fugaz e intensamente. Invítame a otra cerveza, señor escritor.

Esopo engatusaba a todo el mundo.

–Sé cosas –dijo.

Esopo inventaba historias pero no las escribía. No se le conocía ninguna profesión. Podía decirse que vivía de la fascinación ajena: la gente lo invitaba a comer a su casa, los profesores se lo disputaban para que entretuviera a sus niños, los ricos le cedían los trajes más elegantes. Como no le quedaban, los vendía en el mercado de las pulgas. Me despreciaba por rebajarme a escribir libros. Nunca lo dijo, pero siempre me sentí como su mesero o su chofer. 

–¿No eras tartamudo?

–Era –dijo Esopo–. Hice un curso en París y se me quitó. ¿No fuiste el novio de la negra Eufemia? La vieron muerta de dicha en Cartagena de Indias. ¿Sigues en la calle de la amargura?

Era chiquito y mandón. Con su vozarrón de gigante podía desordenar el vuelo de los pájaros. Era feo, cojo, bizco, jorobado, pero hacía reír a la gente. Con sus gestos, con esa voz de trueno y terciopelo, con la fantasía y el humor de sus historias, parecía destinado a dominar el mundo. También era muy inquieto, desordenado y desagradecido. Alguna vez lo acusaron de robar unos cálices del templo del Señor de la Humildad y pagó tres años de cárcel.

–Nunca me robé esos cálices –dijo Esopo–. Todo fue una trampa del sacristán, que me odiaba por tumbarle una novia. Dorotea se fue a Venezuela, pero Agapito todavía me odia.

–¿Dorotea Arango? La vi bailando en El Decamerón.

–Bonita, pero le hacía caso a todo el mundo. A Osiris le quedó debiendo una botella de aguardiente. Si no me crees, pregúntale.

–¿Eres inocente entonces?

–Agapito me buscó para decirme que nada de rencores y que la amistad estaba por encima del amor. Cosas así. Me invitó a unas cervezas y me acompañó hasta la casa. Caí como un tronco.

–¿Y luego?

–La policía me despertó en la madrugada y encontró los cálices debajo de mi cama.

–¿Entonces Lucy existe?

–Sabe de ti, Arciniegas –dijo Esopo.







jueves, 9 de marzo de 2023

Triunfo Arciniegas / Querida Lucy

 

Helga y Olafo

Triunfo Arciniegas

            QUERIDA LUCY


En aquel tiempo Lucy estaba triste y lloraba por dentro. Nadie veía sus lágrimas y hasta la consideraban feliz. La veían en la ventana con su gata blanco, vestida como una princesa, el cabello atado por una cinta roja, y entre sus manos un libro de poesía siempre abierto, y la imaginaban feliz. Nadie veía sus lágrimas.
Sólo Olafo, el Amargado, que soñaba que era un pez diminuto y casi invisible en los ojos de Lucy, conocía las dimensiones del dolor. Saltó de la página del periódico dominical que leía Lucy en una pausa de la poesía.
–Deja de llorar para dentro, mujer divina –dijo Olafo–. Me le escapé a Helga para hablar contigo.
–No lloraré más –dijo Lucy, que se sintió atrapada, y cerró el periódico.
–Por favor, abre el periódico, necesito volver a la historia.
Lucy abrió el periódico y Olafo, el Amargado, regresó al país de la tinta. Parece que Helga se pilló la escapada porque Lucy no lo volvió a ver. 
–Pobre Olafo –pensó Lucy–. Casi pierde la vida por mí.
Sabía que Olafo seguía haciendo de las suyas porque se lo contaron. Mientras este guerrero invencible descubría la redondez de la tierra, sembraba el terror en las orillas de todos los mares y cosechaba riquezas a diestra y siniestra, Lucy no dejó de llorar por dentro.
Tanto lloraba que soñaba que era un árbol de lágrimas. La gente venía a comer sus lágrimas para olvidar las penas de amor. Lucy era el árbol del olvido. La gente se llevaba la lágrima en una botellita y la pellizcaba cada vez que necesitaba del olvido.
Lucy despertaba en su detenido mar de lágrimas. Casi se ahogaba. Barcos de luto la cruzaban. Peces de muerte. Olas heladas. Andaba como sonámbula. Tropezaba con la gente, con las esquinas, con los árboles. Tropezó con Olafo.
–Miércoles, Olafo –dijo Lucy, asustada–. ¿Te echó Helga?
–Salí en otro periódico y no te encontraba –dijo Olafo–. No hago otra cosa que pensar en ti.
–Esa es una línea de una canción –dijo Lucy–. ¿Te volviste poeta?
–Que los dioses me libren del demonio de la poesía, mujer. Prefiero saquear ciudades, incendiar barcos, apedrear enemigos. Diversiones así dan sentido a la existencia.
–¿De verdad llamaste Hamlet a uno de tus hijos? Qué loco eres.
–Fue un capricho de Helga, que lee a un tal Shakespeare. Le llevo libros cada vez que salgo de viaje. Pero leer perjudica. No te imaginas el caos que hay en la casa ahora que Helga se pasa el día leyendo.
–La gente te ve raro con esas ropas y esos cuernos. Mira cómo te miran.  
–Raros son todos en la República de Antioquia. Se pintan los pelos de todos los colores y escuchan una música espantosa. Las mujeres llevan al aire la mitad de sus cosas. Los hombres, todos melindrosos, se pintan los ojos y se cuelgan argollas en las orejas. Los señoritos se confunden con las señoritas. Corren como si se fuera a acabar el mundo, aleteando como gallinas. Nunca había visto tanto desorden.
–Eres un guerrero. Un conquistador. Un héroe. Pero de moda no entiendes nada.
–Un patético guerrero de papel.
–Ay, Olafo, te levantaste con los trapos al revés. ¿Qué haces tan lejos del mar? Acá ya nos conquistaron todo.
–Ya te dije. No dejo de pensarte. Ya me siento un pez de tanto pensarte. Deja salir el río que eres.
–¿Y volverás a tus terrenos? ¿Helga te recibirá?
–Helga cree que estoy de parranda. No tengo mucho tiempo. Puedo desvanecerme. No tengo colores firmes, el periódico es una porquería, tú sabes. Ojalá no llueva.
–Mis lágrimas podrían desvanecerte, guerrero de papel –dijo Lucy.
–Moriría en el río de tus lágrimas.
Entonces Lucy, la enamorada del lenguaje, lloró en el parque de las mujeres gordas y los hombres de bronce que las contemplaban extasiados desde sus briosos caballos. "Eres un bárbaro con alma de niño", dijo Lucy mientras su cara se mojaba. Olafo se inclinó para aceptar el halago. Lucy recordó la frase de alguien: Moriría un poco por él. Y lloró. Recordó los besos de otros días, las cartas, las fotografías, y lloró como un río, y sus lágrimas fueron calle abajo. "Hazme un barquito de papel", dijo Olafo. Y en ese barco, por ese río, Olafo se alejó. Y mientras se alejaba, Olafo levantó una pata, luego la otra, cayó sentado, y Lucy se llenó de risa.


miércoles, 8 de marzo de 2023

Triunfo Arciniegas / La mujer que vivía dentro de un caballo

 




Triunfo Arciniegas


LA MUJER QUE VIVÍA DENTRO DE UN CABALLO


Lucy, la mujer que vivía dentro de un caballo, leía con pasión a Italo Calvino. Qué caballo más afortunado. ¿Pero cómo sucedió tal maravilla? Es muy sencillo de explicar, señores. Felisberto Hernández, el caballo pecoso que pastaba a la orilla del río de los almendros, se la tragó recién bañada, mientras leía el capítulo de los amores de Cósimo Piovasco de Rondó, protagonista de El barón rampante, un loco feliz que pasó toda su vida trepado en los árboles. Felisberto Hernández también se tragó el libro, por supuesto. Lucy siguió leyendo como si nada en la barriga del caballo. Sin lámpara ni sol. La barriga estaba toda iluminada porque el caballo se alimentaba con las flores favoritas de las luciérnagas.

Felisberto Hernández relinchaba de dicha con la mujer que leía adentro y a cada rato le preguntaba por sus deseos. Lucy, que entendía el lenguaje de los caballos, solicitaba otro libro. Después de El barón rampante, El vizconde demediado y El caballero inexistente, devoró Los amores difíciles, todos de Italo Calvino. El caballo iba a la biblioteca municipal con un trotecito de caballero.

La bibliotecaria, encantada, brincaba como una niña.

Pequeña, encorvadita, arrugada, con voz chillona y anteojos dorados. Una niña que envejeció antes de tiempo. Todavía la sorprendían las formas de las nubes y los cielos estrellados.

–Cómo estamos de bien –dijo–. Ahora hasta los caballos leen.

–No es para mí, señorita Marcela, sino para la mujer que me habita.

–Estás enamorado –festejó la bibliotecaria, sin dejar de brincar–. Los grandes lectores dominan las metáforas y derrochan imaginación.

Felisberto preguntó por Las ciudades invisibles.

–Es el único que nos falta de Italo Calvino, qué bien escribe ese italiano –dijo la bibliotecaria con regocijo–. Nos llega la próxima semana. Le apartaré el primer turno.

Lucy también estaba contenta. No sentía frío ni le dolía la cabeza. Dormía cuando quería y leía todo el tiempo. Siempre le gustó la buena vida: el helado de chocolate, el jugo de mandarina, las blusas de seda y las películas de pistoleros. Las buenas historias la hacían reír hasta las lágrimas, y la risa, como un delicioso hormigueo, inundaba la barriga del caballo y se regaba hasta las patas y las orejas. Ningún caballo fue tan feliz como Felisberto.

–¿Cómo está la noche? –dijo Lucy.

–Llenita de estrellas, mírala tú misma.

Lucy veía la noche inmensa a través de los ojos del caballo.

–¿Y la brisa?

–Siéntela tú misma.

Lucy sentía la noche perfumada a través de la piel del caballo.

–Quién iba a pensar que tenías una barriga tan grande, Felisberto Hernández. Eres una ballena con pinta de caballo. ¿Conociste a Jonás?

–No. ¿Algún amigo tuyo?

–No, pero supe que le gustaba pasar la noche en la barriga de las ballenas.

–El ingenio humano no tiene límites –dijo Felisberto–. Conocí a uno que se metía por la oreja de un caballo amigo mío y salía  por la otra.

–¿Y eso por qué?

–Para hacerse invisible. Le debía dinero a mucha gente. ¿También Jonás?

–No, pero tenía una mujer brava.

Felisberto saltaba como loco. Brincaba las cercas de alambre y despeinaba los árboles.

–¿Eres un caballo o un pájaro?

–Fui un sapo en una vida pasada.

–Mi sapo volador.

Todo fue felicidad durante más de cinco años, señores, hasta que el caballo enfermó. “Vas a tener que salirte, mujer, porque no quiero que te mueras conmigo”, dijo, después de un breve relincho, y Lucy replicó que se dejara de tonterías.

–Me siento débil, casi no veo.

–Necesitas anteojos –diagnosticó Lucy.

El caballo se dejó conducir al optómetra, enfermo de amor por esos días. Una epidemia de amor intenso azotaba al país. El virus que flotaba en el aire atacaba a los más descuidados. Pálidos, ojerosos y ansiosos, los enamorados recorrían las calles y dejaban escapar el corazón por la boca. La televisión y los periódicos comentaban los casos más curiosos. Una mujer salió al patio a extender la ropa recién lavada y, al volver a casa, se sintió total y absolutamente enamorada. “Qué ojos tan bellos”, le dijo a su marido, derretida, al borde del desmayo. El marido, aunque no veía muy bien, siguió remendando una silla. “Ojalá no sea grave”, murmuró. No había dinero para tratamientos. Otra mujer padeció fiebre, tos y dolor de cabeza, pero los especialistas consideraron que sólo se trataba de una gripa.

Qué locura, señores.

El mismo presidente de la República de Antioquia se enamoró de una cocinera del palacio, la más negra, la más gorda, la más bonita y con mejor sazón, regaló casas y tierras a los pobres y rebajó el salario de los ministros. El presidente y su enamorada se dedicaron a darse besos mientras recorrían el país en helicóptero, hasta que lo obligaron a tragar un purgante para que siguiera gobernando con la maldad de siempre. La cocinera viajó a París con beca, marido nuevo y helicóptero.

–Me duele una mujer en todo el cuerpo –dijo el doctor, mordisqueando el borrador del lápiz–. No sé si la frase es de Borges, pero me duele todo el tiempo.

–Tengo una adentro, pero es una maravilla. Nos entendemos, doctor, ambos somos pecosos.

–Otro día nos vemos y hablamos de mujeres –dijo el doctor. Se agachó para amarrarse el cordón de un zapato y al rato se incorporó dolorosamente–. Tengo que trabajar para comprarle a Mary un collar de perlas.

–Lucy sólo pide libros.

–Pero en este país los libros están por los cielos.

–Si estuvieran por los cielos, volaría para atraparlos.

–Quiero decir que están muy caros.

–Nada de eso –dijo Felisberto–. Voy a la biblioteca municipal.

–Lástima que allí no tengan collares.

–Supe de una sirena con un collar de perlas finísimo, pero perdí su dirección –dijo Felisberto–. ¿El doctor quiere amarrarla de por vida?

–El otro día le di a Mary un atado de besos y reventó la cuerda. Los besos se desparramaron en la sala, escaparon por debajo de la puerta y buscaron dueño. 

–¿Y doña Mary, doctor?

–Voló como una cometa.

–No vaya a llorar delante de un caballo, doctor.

–No –dijo el doctor con firmeza–. Déjeme ver sus ojos.

Felisberto volvió a la calle con unos anteojos inmensos que lo hacían ver como un cantante de rock. Unos aplaudieron y otros silbaron. Una niña le arrojó un ramo de rosas desde un balcón y otra se retorció de risa. Los pájaros batieron las alas, regocijados.

–El doctor dijo que Mary voló como una cometa –recordó Lucy desde dentro–. ¿Se murió o se fue con otro?

–Qué mal pensada eres –dijo Felisberto–. Le va a comprar un collar de perlas.

–¿Para depositarlo sobre la tumba o enviárselo por correo a la casa del otro? El virus del amor es traicionero.

–Ay, Lucy, qué lengua tan venenosa.

–Conque así hablan los hombres de las mujeres.

–De ti sólo dije cosas bonitas –se defendió Felisberto.

–Eres un caballo, Felisberto. No aprendiste las mañas de los hombres. Nos entendemos porque somos pecosos.

–Pecosos y sabrosos.

–Te ves precioso, Felisberto Hernández.

–¿Cómo lo sabes desde ahí dentro? Parezco un payaso. Sólo me falta el corbatín de pepitas.

–Mira cómo te miran. Seguro que te pareces a Elton John.

–¿Quién es ese tipo?

–Mi cantante favorito.

El mundo se veía hermoso pero el caballo no mejoró. Perdió todas sus fuerzas. Lucy no quería salirse de la barriga del caballo. Imaginaba que seguiría ahí dentro toda la vida, tibia y plácida, como una niña consentida.

Los pájaros se alejaron en silencio.

–Ya pasó toda la vida –dijo el caballo–. Ya se me reventó el hilo.

Lucy salió y se puso a llorar.

–No llores –dijo el caballo–. Júrame que no vas a llorar.

–Te lo juro –dijo Lucy llorando–. De verdad te pareces al cantante que te digo.

–Te estaré mirando desde las nubes, princesa. ¿Te conté la historia del caballo que comía nubes al desayuno?

–Eres un tonto, Felisberto Hernández. Te leí esa historia el año pasado.

–Y ya que acabaste con Calvino, Moravia y la mitad de los italianos, Flaubert, Proust y la mitad de los franceses, sigue con Borges y averigua por qué le duele una mujer en todo el cuerpo.

–Borges me sabe a almendras rellenas de chocolate.

–Ya me estoy relamiendo.

El caballo desapareció del aire pero no del corazón de Lucy. Las tardes llegaban plácidas, con cierto olor a mandarina y se desvanecían en tibios amaneceres. Las nubes trotaban en las praderas del cielo. ¿De quién era ese verso? De algún poeta loco.

–Ay, Felisberto Hernández, me salí de tu barriga, pero en mi corazón tienes un cuarto propio.

Lucy extrañaba el calorcito y todavía contemplaba el mundo a través de los ojos del caballo. Se acordaba de los libros saboreados en la barriga y se reía. Veía el galope de las nubes y se reía. Detrás de una de esas nubes podía estar el caballo. La gente la veía reír y decía:

–Esta es la mujer que vivía dentro de un caballo.





martes, 7 de marzo de 2023

Triunfo Arciniegas / Toto de Lucy





Triunfo Arciniegas


TOTO DE LUCY


Conocí a Toto mucho antes de saber de Lucy. Orejas de murciélago, nariz de gigante y pies de payaso, colores chillones y corbata de pepitas. Vendía enciclopedias de puerta en puerta, de pueblo en pueblo. Alguien dijo que era dueño de un criadero de conejos. Nunca fuimos amigos pero supe su historia, sus numerosas desgracias, por diversas fuentes. Alguna vez, mientras la eterna primavera recorría las calles, le ofrecí una limonada en El Moro, en la esquina de Junín con Ayacucho, y paré la oreja porque ya había decidido incluirlo en una historia. El enano tenía ganas de hablar. Aclaró dudas y me confió uno que otro secreto. Ya estábamos en la sombra, apoltronados con cara a la calle, pero seguía sudando.