
El mundo es una conversación absurda de William Gaddis
Heredero de la mejor literatura posmoderna, Joshua Cohen reivindica con su narrativa mutante el papel de la escritura como catalizadora hoy de una realidad que se autoconsume porque no tiene otro remedio que hacerlo
Laura Fernández
18 de julio de 2009
He aquí la teoría: todo lo que en literatura norteamericana era juego durante la década de los 70 es hoy fundamentada necesidad si lo que se pretende es capturar el mundo tal y como lo conocemos. O como tratamos de conocerlo. El autor de dicha teoría es Joshua Cohen (Nueva Jersey, 1980), uno de los mejores exponentes –si no el mejor– de la nueva literatura posmoderna desde David Foster Wallace, o, también, el mejor heredero con el que John Barth y Robert Coover podían soñar. Acaba de publicar Cuatro mensajes nuevos (De Conatus), un libro de relatos que se descomponen, a la manera en que lo hacían los relatos del fundacional El hurgón mágico, de Robert Coover. Historias que avanzan en todas direcciones y en todas a la vez, o también, historias que se devoran a sí mismas en la digresión porque no pueden no hacerlo hoy en día, según Cohen, el tipo que de niño creía que creía que los libros salían de algún tipo de fábrica. Que no existían los escritores, solo los libros. Que los nombres de los escritores eran solo eso, nombres.