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viernes, 26 de diciembre de 2025

Los mejores libros del siglo XXI, elegidos por 21 librerías españolas

 


Los mejores libros del siglo XXI, elegidos por 21 librerías españolas

Preguntamos a libreros repartidos por todo el país para elegir los 25 títulos más destacados de lo que llevamos de siglo, publicados entre el 2000 y el 2025 que está a punto de acabar

Jordi Sabaté / Laura García Higueras

25 de diciembre de 2025 21:14 h

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Quedan apenas cinco días para despedir 2025 y, como cada año, toca hacer recuento. Pero en este caso, tras haber presentado nuestras propuestas para regalar, tanto en novela (nacional e internacionalpoesíarelatoscómics y debuts españoles; toca ir más allá y proponer los 25 libros más importantes del primer cuarto del siglo XXI.

libros en 25 años: un paseo por el siglo XXI a través de la literatura que más nos ha marcado

 


25 libros en 25 años: un paseo por el siglo XXI a través de la literatura que más nos ha marcado

‘Best sellers’, nuevos clásicos o simple y llanamente contemporáneos, seleccionamos los libros que más huella han dejado desde que llegaron a las librerías


Nel Gómez
25 de diciembre de 2025

25 años dan para mucho. El tiempo, ese río que nos arrebata que decía Borges, no detiene nunca su curso, aunque por el camino, en este último cuarto de siglo, nos hayamos llevado unas cuantas lecturas con nosotros y hayamos crecido entre sus páginas. Por eso, desde Infobae Españanos hemos propuesto hacer una lista con aquellas lecturas que más impacto tuvieron (o han tenido posteriormente) en su año, desde 2001 hasta nuestros días.

miércoles, 27 de marzo de 2024

La estética del aburrimiento / ¿Por qué algunos de los libros esenciales de la historia de la literatura son tan tediosos?

 


De izquierda a derecha, los escritores James Joyce, Marcel Proust, Thomas Bernhard y Virginia Woolf.

De izquierda a derecha, los escritores James Joyce, Marcel Proust, Thomas Bernhard y Virginia Woolf.


La estética del aburrimiento: ¿por qué algunos de los libros esenciales de la historia de la literatura son tan tediosos?

Joyce, Proust, Woolf, Bolaño, Bernhard, Foster Wallace... Un ensayo de Inma Aljaro estudia el tedio deliberado en la novela, que lleva a inopinadas experiencias estéticas



Sergio C. Fanjul
5 de marzo de 2024

Hay libros que son hitos indelebles en la historia de la literatura y que, sin embargo, son aburridísimos (al menos para un sector mayoritario de los lectores). Qué paradoja. James Joyce, Marcel Proust, Samuel Beckett, Alain Robbe-Grillet, David Foster Wallace, Gertrude Stein, Roberto Bolaño, Thomas Pynchon, Juan José Saer, Virginia Woolf, Thomas Bernhard. Autores difíciles, con obras que suponen un esfuerzo similar a la subida a un ochomil y cuya lectura otorga un signo de distinción: solo son aptos para los más gafapastas.

sábado, 16 de mayo de 2020

El desorden de leer 8 / “De escritor a escritor: ¿qué te parece Roberto Bolaño?”




EL DESORDEN DE LEER 8

“De escritor a escritor: ¿qué te parece Roberto Bolaño?”

El libro 'El oficio', de Philip Roth, es un buen ejemplo de cómo un autor puede preguntar a otros sobre literatura sin arrogancia ni pedantería


Juan Cruz
5 de mayo de 2020



 Philip Roth, en Nueva York en 2010.
Philip Roth, en Nueva York en 2010.   REUTERS

Este era un joven escritor de nuestra lengua que, reunido como jurado de un premio literario con otros colegas y con Mario Vargas Llosa, acercándose desde el otro extremo de la mesa, le preguntó al oído al Nobel peruano: “Mario, de escritor a escritor, ¿qué te parece Roberto Bolaño?”. El autor de La ciudad y los perros sólo una vez negó una respuesta, y no fue esta, de modo que respondió. No estaba convencido, dijo, de estar tan al tanto de la obra del entonces crecientemente famoso autor chileno como para emitir una opinión honrada o saludable.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Los 25 mejores libros del siglo XXI / 2666 / Un torrente llamado Bolaño




Los 25 mejore

libros

del siglo XXI

No 01

Roberto Bolaño

2666

Un torrente llamado Bolaño


Ana María Moix
23 de octubre de 2004

Novela póstuma del escritor chileno residente en España, 2666 es una ambiciosa narración inconclusa, lo mejor de una producción literaria prematuramente interrumpida.


Roberto Bolaño según Loredano

Amalfitano, uno de los protagonistas de la segunda de las cinco partes o novelas que componen 2666, obra póstuma de Roberto Bolaño, rememora desde México una conversación sostenida, hacía años en Barcelona, con un joven farmacéutico que pasaba sus noches de guardia leyendo. Al joven le gustaba leer novelas breves como La metamorfosis, de Kafka; Bartleby, el escribiente, de Melville; Un corazón simple, de Flaubert, o Un cuento de Navidad, de Dickens, títulos que escogía en lugar de El proceso, Moby Dick, Bouvard y Pécuchet o El Club Pickwick, novelas largas de los citados autores. "Qué triste paradoja, pensó Amalfitano", escribe Bolaño. "Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren caminos en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquéllo, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez". Y, de hecho, eso es 2666: una gran obra torrencial, que abre caminos en lo desconocido; un combate de verdad, lleno de sangre, de heridas mortales y de fetidez. Bolaño, quien además de novelas tan memorables como, entre otras, Estrella distante, Amuleto y Los detectives salvajes, también escribió relatos, dando muestras de su habilidad en la "esgrima" de la narración breve (recuerde el lector sus volúmenes de cuentos: Llamadas telefónicas, Putas asesinas y El gaucho insufrible), dejó, al morir el pasado año, una gran y ambiciosa novela inconclusa, o mejor dicho, una gran novela de novelas, que es esa monumental 2666, sin duda lo mejor de su producción tan prematuramente interrumpida.

sábado, 14 de septiembre de 2019

Patti Smith, lectora / Los libros que forjaron su obra poética y musical

Patti Smith , una vida repleta de libros
Patti Smith

Patti Smith, lectora: los libros que forjaron su obra poética y musical

Por +Radios - Data Entry
3 marzo, 2018



Mucha poesía corrió – y aún lo hace- por las venas de Patti Smith desde el Poetry Project, sus inicios en los primeros años de los ’70, hasta lo que fueron las dos grandes presentaciones en el CCK de Argentina. Millones de palabras desde aquellos encuentros que persisten en el imaginario en blanco y negro en la iglesia neoyorkina de St. Mark, hasta estos recitales vibrantes – uno a pura poesía, el otro, a pura música- que refulgieron en tonalidades lingüísticas.
Como en todo gran artista, existe un proceso previo. Una recolección de sensaciones, de pensamientos, que muchas veces provinieron del papel, de los libros. Entonces, cuáles fueron las obras que más la influyeron, según Patti Smith:
Antes de ser la «madrina del punk» fue una poeta. De hecho, entre 1972 y 1973, llegó a publicar cinco chapbooks poéticos -una especie de folleto tamaño bolsillo- y ya con el primero, Seventh Heaven, tuvo una idea que daría un giro su carrera. Fue en la ya mencionada St. Mark, en Greenwich Village, NY, cuando llevó a un guitarrista para que la acompañara.
Durante un recital de poesía del “Poetry Project” en St. Marks
Escritora, poeta, fotógrafa, música. Patti Smith es uno de esos extraño casos en que las diferentes manifestaciones del arte confluyen, se hacen carne y luego se expresan. En su libro autobiográfico Just Kids (2010), recuerda que aquel primer cruce con la literatura cambió para siempre su vida. La obra era Mujercitas (1868), de Louisa May Alcott. Cautivada por la voz de Jo, la joven que se obsesionaba por la escritura y que andaba por el mundo con una actitud ‘masculina’, con respecto a sus hermanas.
«Estaba completamente impresionada por el libro», escribió, «ella me dio el coraje de una nueva meta, y pronto estaba creando pequeñas historias y tejiendo hilados largos para mi hermano y mi hermana». Aquella sensación jamás desapareció: «Voy a leerlos todos, y las cosas que luego leí produjeron nuevos anhelos». Durante su primera presentación en Buenos Aires, agregó que en la pobreza de su hogar no había más juguetes que los libros y que su madre le enseñó a leer antes de que ingrese al colegio.
Sin embargo, es conocido que su primer gran flechazo lo tuvo con los simbolistas franceses Charles Baudelaire y especialmente con Arthur Rimbaud, quienes influyeron en su abordaje de la poesía, que luego también trasladaría a su faceta musical. Entre sus 40 libros favoritos, que fueron revelados en 2008, se encuentran: Una temporada en el infierno (1873) e Iluminaciones (1886), ambos de Rimbaud.
Rimbaud, uno de sus autores predilectos
La influencia del autor francés aparece rápido en su vida artística: ya en Piss Factory, un poema recitado que forma parte de su primer disco independiente, relata cómo los escritos de Rimbaud la liberaron del trabajo en una fábrica y la ayudaron a escapar a Nueva York.
Otro de los autores que marcó una huella profunda en su forma de entender el arte fue William Blake. Durante la charla de la que participó Infobae Cultura en el CCK, recordó aquel primer encuentro con el poeta y pintor inglés: «Estaba cautivada por ese lenguaje que no entendía. Parecía tan mágico, y si bien no llegaba a comprender muchas cosas, simplemente me transportó».
César Aira y Roberto Bolaño, esas pasiones latinoamericanas
Su devoción por el autor argentino César Aira tomó notoriedad cuando reseñó el libro de cuentos El cerebro musical (2005) para The New York Times. Entonces escribió: «El ojo cubista de Aira ve las cosas desde muchos ángulos al mismo tiempo».
Durante la charla en el CCK fue aún un poco más lejos: «César es un genio, todos los escritores nos rendimos ante él. Una mente tremenda, un talento musical, pictórico, matemático y con un gran sentido del humor. Bolaño lo amaba mucho y mi amigo Sam Shepard, antes de morir, no lo había leído, le presté un libro y se convirtió en un adicto, todos somos adictos a César. También leí mucho a Borges y estoy aprendiendo sobre otros escritores. El problema, a veces, tiene que ver con las traducciones. ¡Ave César!».
Patti Smith posa frente a un póster de Roberto Bolaño en noviembre de 2010, en Madrid (Domonique Faget)
Smith llegó a Aira gracias al escritor chileno Roberto Bolaño, quien le facilitó las lecturas de Un episodio en la vida del pintor viajero, La Villa y La costurera y el viento. Por supuesto, la palabra de Bolaño era sagrada, a fin de cuentas la cantante estadounidense considera a la novela 2666 como «la primera obra maestra literaria de este siglo». «Tiene todo, imaginación, poesía, un contenido de protesta contra los abusos que sufren las mujeres, historias que se entrelaza, amor. Y la escritura es maravillosa. Es un libro que ya leí 6 veces y me parece que está a la altura de Moby Dick y otras grandes obras», dijo.
De la poesía beatnik
Uno de sus poemas favoritos es Aullido (1956), de Allen Ginsberg, una de las obras fundamentales de la Generación Beat, que se encuentra seleccionada en su Top 40, junto a dos novelas beatniks, Los chicos salvajes (1971) de William S. Burroughs y Big Sur (1962), de Jack Kerouac.
La vida la pondría frente a Ginsberg, en noviembre de 1969, con 22 años, cuando aún ella no era reconocida: «Yo era una niña pequeña. Tenía un abrigo largo con una gorra, supongo que tenía una forma muy andrógina. Estaba en este autoservicio realmente hambrienta y no tenía siquiera cambio para comprar algo. Escuché su voz ofreciéndome ayuda. Cuando me di vuelta vi que era Allen Ginsberg. Él no me conocía, yo solo era una chica que trabajaba en una librería, que vivía en el Hotel Chelsea, pero yo sí sabía quién era él. No pude hablar, estaba en shock. Incluso cuando nos despedimos nunca esperé encontrarme con él otra vez, pero lo hice, terminé convirtiéndome en amiga de William Burroughs y de Gregory Corso, luego vi a Allen otra vez y leímos poesía juntos, y le recordé la historia. Nos reímos mucho». En aquel encuentro, Ginsberg lo confesaría que solo se animó a ayudarla porque la confundió con un muchacho.
Patti recita “Aullido”, con la figura de Ginsberg detrás
Para Patti Smith «hay dos tipos de obras maestras». Están las «obras clásicas monstruosas y divinas como Moby Dick o Cumbres borrascosas (de Emily Brontë) o Frankenstein«. En su Top 40, además de la obra máxima de Herman Melville, también incluyó su novela póstuma Billy Budd, marinero, como también una de otra hermana BrontëVillette, de Charlotte.
El otro tipo de masterpiece, asegura, se produce cuando un escritor «parece infundir energía viviente en palabras a medida que el lector es hilvanado, luego se lo estruja para dejarlo colgando hasta que se seque».
Sus preferencias literarias son eclécticas. Incluyen desde obras de Herman Hesse como Viaje a Oriente (1932) a El juego de los abalorios (1943), El corazón de las tinieblas (1899), Joseph Conrad, o La letra escarlata (1850), de Nathaniel Hawthorne.
La poesía, lógicamente, también está presente en Canciones de inocencia y de experiencia (1789) de William BlakePoeta en Nueva York (1940), de Federico García LorcaAlmas muertas (1842), ese gran poema épico en prosa de Nikolai Gogol, e incluso en novelas como La muerte de Virgilio (1945), de Hermann Broch, que narra las últimas 18 horas del poeta romano.
Los viajes también se hacen presentes en su selección con El cielo protector (1949), de Paul BowlesThe Oblivion Seekers (1975), de Isabelle Eberhardt, autora y exploradora suiza que se vestía como hombre para viajar libremente por el Norte de África, o Las mujeres del Cairo, perteneciente a Viajes a Oriente (1851), de Gérard de Nerval.
Encuentro con Paul Bowles en Tánger, 1997, donde el escritor neoyorkino pasó los últimos años de su vida
«Conocí a Bowles de manera fortuita. En el verano de 1967, poco después de salir de casa y viajar a la ciudad de Nueva York, pasé junto a una gran caja de libros tirados, que se derramaban en la calle. Varios estaban esparcidos por la acera, y una revista estaba abierta ante mis pies. Me incliné para mirar, cuando una fotografía me llamó la atención: Paul Frederic Bowles. Nunca había oído hablar de él, pero me di cuenta de que compartíamos el mismo cumpleaños, el treinta de diciembre. Creyendo que era un signo, deshice la página y luego busqué sus libros, el primero fue El cielo protector. Leí todo lo que escribió, así como sus traducciones, y me introdujo en el trabajo de Mohammed Mrabet e Isabelle Eberhardt«.
El francés Albert Camus fue elegido con sus títulos La muerte feliz (1971) y El primer hombre (1994), mientras que el estadounidense J.D. Salinger también aparece por partida doble, con Levantad, carpinteros, la viga del tejado (1963) y Franny y Zooey (1961).
Albert Camus, a lo Bogart
Con respecto a Camus, recordó una anécdota familiar que revela su pasión por el autor de El extranjero (1942): «Tenía una fotografía de Albert Camus, que colgaba junto al interruptor de la luz. Era una toma clásica de Camus con un pesado abrigo con un cigarrillo entre los labios, como un joven Bogart, en un marco de arcilla hecho por mi hijo, Jackson… Mi hijo, al verlo todos los días, tuvo la idea de que Camus era un tío que vivió muy lejos. Yo lo miraba de vez en cuando mientras escribía».
La gran mayoría de los títulos que integran su biblioteca de cabecera son novelas: El proceso (1969) de Brion Gysin, la primera novela del pintor y autor, amigo de Burroughs, que lo introdujo en la técnica de «cut-up»; El Libro de Caín (1960), la obra de Alexander Trocchi, que fue censurada en el Reino Unido; Bajo el volcán (1947), publicación semi autobiográfica de Malcolm LowryLa gran borrachera (1938), la única novela que publicó René Daumal, el escritor francés que integraba el grupo surrealista Le Grand Jeu, que se enfrentaba a André Breton, quien también se encuentra en la selección con su autobiografía Nadja (1928).
Entre las obras filosóficas y los ensayos se encuentran Wittgenstein’s Poker, de David Edmonds y John EidinowContra la interpretación, de Susan Sontag, y El libro de los pasajes, la obra inacabada de Walter Benjamin.
También se encuentran Coriolano (1609), una de las últimas tragedias William ShakespeareDiario de un ladrón (1949), de Jean GenetEl honor perdido de Katharina Blum, de Heinrich BöllEl maestro y Margarita (1967) de Mijaíl Bulgákov, considerada como una de las novelas más importantes del siglo XX de la antigua URSS; Un amor de Swann de Marcel ProustLas olas de Virginia WoolfLibro del desasosiego (1984) del portugués Fernando Pessoa y el cuento El príncipe feliz (1888), de Oscar Wilde.
Pero no todo son clásicos. Existen en su selección algunas joyas como El bebedor de vino de palma, del nigeriano Amos Tutuola o Hielo (1967), de la franco-inglesa Anna Kavan, e incluso publicaciones matemáticas como La divina proporción, de H.E. Huntley. Además, en su selección incluye al autor de terror H.P. Lovecraft y al alemán W.G. Sebald, aunque asegura que de ellos podría elegir cualquier título al azar.
En su biografía, afirma que Sebald «ve, no con los ojos, y sin embargo, él ve. Él reconoce las voces dentro del silencio, la historia dentro del espacio negativo. Evoca a ancestros que no son antepasados, con tal precisión que los hilos dorados de una manga bordada son tan familiares como sus propios pantalones polvorientos».

miércoles, 21 de agosto de 2019

Patti Smith / “Si solo pudiera quedarme con una cosa, sería con la literatura”



Patti Smith: “Si solo pudiera quedarme con una cosa, sería con la literatura”

Pionera del 'punk rock', redobla su apuesta por la narrativa con ‘Devoción’, “una investigación sobre lo que significa ser artista”


Laura Fernández
Barcelona, 19 de junio de 2018



Patti Smith
Patti Smith, en Nueva York. La imagen pertenece al libro de retratos 'Two'. JESSE DITTMAR

La habitación en la que Patti Smith descuelga el teléfono es una habitación de hotel enmoquetada. El lugar es Londres. Es por la mañana, está descansada. Tiene cuatro días, dice, para pasear, leer y emborronar libretas. Hasta tres lleva consigo. En una está escribiendo, dice, una canción “muy larga”, en la otra, algo que podría ser, quizá, una novela, y en la tercera solo toma notas, dibuja. La legendaria punk rocker, la eterna diva del underground,la amante de la poesía de Rimbaud y el espíritu romántico y autodestructivo de la vieja Europa —escuchándola hablar cuesta creer que nació en la fría Chicago, un día de 1946, teniendo como tiene, tan presente, la Segunda Guerra Mundial, y la situación en que quedó el continente a su fin— acaba de publicar nuevo libro, Devoción (Lumen).



Mañana estará en París y desayunará en el Café de Flore, porque es “un animal de costumbres” y cada vez que visita una ciudad tiende a hacer lo mismo. “En Roma, por ejemplo, visito mis cinco caravaggios favoritos”. Habla de los cuadros que cuelgan de las paredes de los museos como quien habla de “viejos amigos”.

sábado, 22 de junio de 2019

Roberto Bolaño / La parte de Chile


Roberto Bolaño

Roberto Bolaño
La parte de Chile

Por Alejandro Zambra 

Antes de que comenzaran a llegar los libros de Roberto Bolaño, la literatura chilena se debatía entre el triunfalismo y la desesperación: los narradores intentaban, con mayor o menor delicadeza, contradecir o al menos reproducir la atormentada perfección de las novelas de José Donoso; los malos poetas procuraban no parecerse a Neruda, mientras que los buenos luchaban sin pausa por no parecerse a Nicanor Parra o a Gonzalo Rojas o a Enrique Lihn o a Rodrigo Lira; por su parte, los críticos elogiaban o condenaban a los escritores nacionales con celosa cortesía, pero reservaban sus adjetivos predilectos para ponderar a los clásicos (y durante aquellos años hasta Tolkien era considerado un clásico). Los profesores, en tanto, aprovecharon ese valioso tiempo —el de la renaciente democracia— para modificar a su antojo la lista de lecturas obligatorias: fue así como las novelas de Isabel Allende, Luis Sepúlveda y Marcela Serrano se transformaron en inamovibles materiales de estudio.

miércoles, 29 de mayo de 2019

Enrique Vila-Matas / ¿Qué Faulkner cae sin que nadie lo mire?



¿Qué Faulkner cae sin que nadie lo mire?

La única referencia a las estrellas aparecía en la novela ‘La paga de los soldados’


ENRIQUE VILA-MATAS
16 ABR 2018 - 17:02 COT

El sábado, mi suegro cumplió cien años. Viajé a Palma de Mallorca a la fiesta en su honor, donde por la noche las sombras del baile oscilaron entre El Gatopardo y Bearn. Y en medio del bullicio un amigo me recordó que en la novela que publiqué el año pasado la única cita que el narrador daba por verdadera era una que Roberto Bolaño, en el epígrafe de Estrella distante, había atribuido a William Faulkner: “¿Qué estrella cae sin que nadie la mire?”

sábado, 20 de enero de 2018

De la revolución cubana a la revolución digital



De la revolución cubana a la revolución digital

La nueva generación de autores latinoamericanos ha cambiado la historia por la memoria, al dictador por el narco y el compromiso político por la conciencia de clase y de género




Foto de grupo de los integrantes de la lista Bogotá 39 de 2007. DANIEL MORDZINSKI

EL MAPA NO ES EL TERRITORIO
Cualquiera que descubriera a Luis Cernuda en una selección de la generación del 27 o a Claudio Rodríguez en una del grupo de los 50, estará por siempre agradecido a las antologías. Cualquiera que sepa cómo hicieron las suyas —canónicas durante mucho tiempo— Gerardo Diego y J. M. Castellet, desconfiará de ellas. Lo mismo cabría decir, para el ámbito transatlántico, de obras como Laurel (1941) o Las ínsulas extrañas (2002). Una antología no es más que una propuesta de lectura, pero, inevitablemente, termina convirtiéndose en el borrador de la próxima historia de la literatura. En el escueto prólogo que abría la primera edición de Bogotá 39 (Ediciones B, 2007) se decía que no era “la más infalible y privilegiada lista de los mejores”. Es cierto, pero del buen olfato de aquella primera criba nace el crédito de la segunda, publicada en España por Galaxia Gutenberg. Su eficacia “histórica” habrá que juzgarla dentro de 10 años más por lo que incluye que por lo que deja fuera, aunque la tensión entre presencias y ausencias ya es inevitable: si hace una década quedaron excluidos autores tan destacados hoy como el mexicano Julián Herbert o la chilena Nona Fernández, ahora se echa de menos a dos autoras de las mismas nacionalidades como, respectivamente, Fernanda Melchor y Paulina Flores.




BOLAÑO, FUERA DEL RADAR
Puede que el mejor ejemplo actual sobre la falibilidad de las listas sea Roberto Bolaño: ninguna detectó durante años al autor más influyente de las letras recientes en español pese a vivir a unos kilómetros de Barcelona, la capital editorial del mundo hispano. Han tenido que pasar 60 años desde la publicación de Zama para que Antonio Di Benedetto, que sobrellevó su exilio en Madrid, encontrara por fin el lugar que merece. Es cierto que de la atención internacional que generaron los autores del boom también se beneficiaron maestros como Borges, Rulfo, Onetti o Carpentier, pero el relato canónico de la literatura nunca supo muy bien qué hacer con las mujeres y con los excéntricos, ya se tratara de Elena Garro, de Armonía Somers o de alguien decisivo para las generaciones posteriores como Manuel Puig. Una selección nunca es la selección, por eso, la historia por venir de la narrativa latinoamericana de hoy deberá tener en cuenta las dos antologías bogotanas y obras como McOndo (Mondadori, 1996), Líneas aéreas (Lengua de Trapo, 1999), la serie Pequeñas resistencias (Páginas de Espuma, 2003), Los mejores narradores jóvenes en español (Revista Granta, 2010) e iniciativas de la FIL de Guadalajara como Los 25 secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana (2011) o el impecablemente paritario (10 hombres, 10 mujeres) Ochenteros (2016). Subrayar los nombres que se repiten en casi todas sería una buena manera de empezar a dibujar un futuro canon.
EL WIFI LLEGA A MACONDO
En 1993 se publicó en Santiago de Chile una antología cuyo título —hoy tiernamente anacrónico— era una poética entera: Cuentos con walkman (Planeta). La editorial la presentó como el fruto de “una generación literaria que es postodo: posmodernismo, posyuppie, poscomunismo, posbabyboom, pos-capa de ozono. Aquí no hay realismo mágico, hay realismo virtual”. Preparada por Alberto Fuguet y Sergio Gómez, fue pionera de aquella “cuentos con walkman internacional” que ellos mismos lanzaron tres años después: McOndo. El título era otra provocadora forma de subrayar una modernidad opacada mundialmente por lo real maravilloso: los árboles de la selva no dejaban ver el bosque de rascacielos. Asimilada la provocación, la relectura del prólogo de esa antología arroja un diagnóstico que han terminado por confirmar los autores que siguieron. “El gran tema de la identidad latino­americana (¿quiénes somos?) pareció dejar paso al tema de la identidad personal (¿quién soy?)”. Prescindiendo de los “frescos sociales” y las “sagas colectivas”, los nuevos escritores se centraban en “realidades individuales y privadas”. Era una de las herencias, se decía, de la “fiebre privatizadora” de la globalización: “Si hace unos años la disyuntiva del escritor joven estaba entre tomar el lápiz o la carabina, ahora parece que lo más angustiante para escribir es elegir entre Windows 95 o Macintosh”.
“Nuestros padres tuvieron la revolución cubana; nosotros, la revolución digital”, dijo dos décadas más tarde en uno de los debates de Ochenteros el argentino Mauro Libertella, también incluido en Bogotá 39. Con solo 33 años, Libertella ya había escrito dos libros autobiográficos, nada raro en una generación que ha cambiado la historia por la memoria, al dictador por el narco y el compromiso político a la usanza de la Guerra Fría por la conciencia de clase y de género (ya no podrá escribirse la historia sin las mujeres). Una generación que ha hecho de la familia —con permiso de los barrios y de los videojuegos— el lugar de casi todos los conflictos. Una generación, en fin, en primera persona; la persona de las redes sociales.