domingo, 23 de julio de 2017

Los mejores libros en español de los últimos 25 años

Roberto Bolaño

Los mejores libros en español de los últimos 25 años

50 críticos, escritores y libreros de ambos lados del Atlántico eligen los hitos del último cuarto de siglo


28 OCT 2016 - 17:19 CDT




1. 2666 (2004) Roberto Bolaño escribió esta novela cuando se sabía sentenciado a muerte y se publicó un año después de su fallecimiento. Salvo quizá su enigmático titulo —el numeral de un año tan distante—, nada revela aquella brega; todo en este relato es la expresión jubilosa de una imaginación en estado de gracia: múltiple, rápida, nítida, juega con ecos de la literatura universal y otros de la propia vida. Es una cumbre de las letras posmodernas —aunque el adjetivo huela ya a puchero de enfermo—, pero lo cierto es que Bolaño es también un post del llamado boom latinoamericano. Su americanidad es quizá menos intensa pero más extensa, más universal: buena parte de su obra es un irónico diálogo con sus grandes antecesores. Las novelas buscan poner orden, pero el Orden es, en el fondo, un reconocimiento y hasta un tributo a la superioridad estética y epistemológica del Desorden y del Caos. '2666' se divide en cinco “partes” que se complementan y que convergen. Un apunte manuscrito (que se reproduce en la más reciente edición) enumera lo que llama las “líneas, puntos de fuga, folletones” que la vertebran. Como 'Los detectives salvajes', '2666' comienza como una 'quest' colectiva en la que vivir y leer se entrelazan; cuatro jóvenes y desorientados filólogos quieren saber más de un misterioso escritor alemán, Benno von Archimboldi, del que nadie sabe nada. Pero, a vueltas de sus erráticos pasos por el campus global, acaban por llegar (como al final de Los detectives…) al Estado mexicano de Sonora: a una ciudad que, bajo el nombre de Santa Teresa, oculta a Ciudad Juárez. En las dos “partes” siguientes rinden viaje en el mismo paraje un exiliado chileno, Óscar Amalfitano, profesor de filosofía al borde de la locura, y un periodista afroamericano, Oscar Fate, cuyo relato es el perfecto remedo de una novela negra clásica. El “folletón” final del libro cuenta la vida de aquel que todos buscan, el escritor Archimboldi, que es un animado cuento de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Que también desemboca en Santa Teresa porque su sobrino es quizá uno de los asesinos. Y en medio, ‘La parte de los crímenes’, narración escueta y sobrecogedora de los feminicidios que desde 1993 hicieron tristemente célebre el nombre de Ciudad Juárez. Ese volcán de horrores es el centro de convergencia de líneas, fugas y folletones. Y estas 400 páginas (de las que ningún lector sale indemne) dan sentido a las otras 800. Un personaje de '2666' dice que prefiere las obras breves a las desmesuradas (cita a Billy Budd frente a Moby Dick, hablando de Melville); Bolaño lo escribe porque, en su caso, pensaba lo contrario. No cabe duda de que es el relato más admirable del último cuarto de siglo. Quizá también lo sea del inmediatamente anterior y es muy posible que lo haya de ser del siguiente. / JOSÉ-CARLOS MAINER



2. La fiesta del chivo (2000) Los años han dado un lugar distinguido a 'La Fiesta del Chivo' en la obra de Mario Vargas Llosa. Junto a sus primeras novelas, clásicos de lectura obligada en la literatura del 'boom' latinoamericano de los años sesenta y setenta, esta novela, que inaugura su obra en el nuevo siglo, es una de las más vendidas hasta hoy, por encima de las posteriores. Y se ha ganado ese favor gracias a una estructura perfectamente engarzada, donde el desarrollo de las tres líneas argumentales se refuerza sostenidamente a un ritmo apasionante de 'thrille'r político e intriga dramática. El eje de esta ficción histórica gira en torno al cruel y endiosado “dueño” de un país sometido a sus antojos durante tres décadas. El general Rafael Leónidas Trujillo gobernó y esquilmó República Dominicana, donde se estima su responsabilidad en cerca de 50.000 muertes. 'La Fiesta del Chivo' se desarrolla a lo largo del último día de la vida del tirano –el 30 de mayo de 1961- y en paralelo relata en detalle las interioridades del complot definitivo para asesinarlo, combinado con la historia de Urania Cabral, víctima de abusos sexuales por parte del dictador. Pero es el conjunto, como patético retrato de un personaje despiadado en la tradición de novelas sobre dictadores latinoamericanos y el universo de rastreras fidelidades, ciega complicidad y codicia de los que se rodeó para ejercer el poder, lo que da ese perdurable interés a esta documentada obra sobre la llamada Era de Trujillo. / FIETTA JARQUE



3. Los detectives salvajes (1998) Puede decirse que 'Los detectives salvajes' es la más importante novela latinoamericana “total” que se ha escrito después del Boom, y posiblemente la última, su canto de cisne, pero es justo añadir también que para lograr eso hay que romper el rótulo “latinoamericano” y cambiarlo por universal. El tema de la novela (y de ahí el guiño policial del título) es tan universal y trascendente como la búsqueda. Arturo Belano y Ulises Lima son tan “detectives” como podrían serlo Edipo o Hamlet. Buscan una verdad. Solo que la verdad de estos detectives literarios no es una vuelta al orden, sino una verdad “salvaje”. Quieren encontrar el principio de todas las rupturas y todas las vanguardias, es decir el principio mismo de la pulsión poética, encarnada en una poeta casi analfabeta llamada Cesárea Tinajero. En esa poeta desconocida anida el fuego inextinguible de la poesía, que es la ruptura. Por tanto, para encontrarla no se necesita romper solo el lenguaje y aplicarse en la vanguardia (el tema central de la primera parte de la novela, el diario de García Madero) sino también sacrificar la vida misma, como lo hizo Rimbaud, pues no hay hallazgo sin extravío. Así, la segunda parte de la novela busca reconstruir, de manera coral y cual sofisticado rompecabezas, los años perdidos de Belano y Lima. Para eso reconstruye los diferentes dialectos latinoamericanos de decenas de personajes secundarios, un carrusel de lenguaje y destreza narrativa que sin duda es lo mejor que se ha escrito en castellano en las últimas décadas. / IVÁN THAYS

sábado, 22 de julio de 2017

García Márquez / El mar de mis cuentos perdidos


EI mar de mis cuentos perdidos



GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

25 AGO 1982


Durante muchos años quise escribir el cuento del hombre que se extraviaba para siempre en los sueños. El hombre soñaba que estaba durmiendo en un cuarto igual a aquel en que dormía en la realidad, y también en ese segundo sueño soñaba que estaba durmiendo, y soñando el mismo sueño en un tercer cuarto igual a los dos anteriores. En aquel instante sonaba el despertador en la mesa de noche de la realidad, y el dormido empezaba a despertar. Para lograrlo, por supuesto, tenía que despertar del tercer sueño al segundo, pero lo hizo con tanta cautela, que cuando despertó en el cuarto de la realidad había dejado de sonar el despertador. Entonces, despierto por completo, tuvo el instante de duda de su perdición: el cuarto era tan parecido a los otros de los sueños superpuestos, que no pudo encontrar ningún motivo para no poner en duda que también aquél era un sueño soñado. Para su gran infortunio, cometió por eso el error de dormirse otra vez, ansioso de explorar el cuarto del segundo sueño para ver si allí encontraba un indicio más cierto de la realidad, y como no lo encontró, se durmió a su vez dentro del sueño segundo para buscar la realidad en el tercero, y luego en el cuarto y en el quinto. De allí -ya con los primeros latidos de terror- empezó a despertar de nuevo hacia atrás, del quinto sueño al cuarto, y del cuarto al tercero, y del tercero al segundo, y en su impulso desatinado perdió la cuenta de los sueños superpuestos y pasó de largo por la realidad. De modo que siguió despertando hacia atrás, en los sueños de otros cuartos que ya no estaban delante, sino detrás de la realidad. Perdido en la galería sin término de cuartos iguales, se quedó dormido para siempre, paseándose de un extremo al otro de los sueños incontables sin encontrar la puerta de salida a la vida real, y la muerte fue su alivio en un cuarto de número inconcebible que jamás se pudo establecer a ciencia cierta. Durante mucho tiempo pensé que no había escrito este cuento de horror porque su parentesco con Luis Borges era demasiado evidente, pero además inferior a todos sus cuentos. Sin embargo, ahora que lo recuerdo y lo escribo, he caído en la cuenta de que el cuarto en que lo hago -con la máquina de escribir frente a una ventana por donde se mete sin permiso todo el mar Caribe- es un cuarto igual al que siempre quise para el sueño del cuento: cuadrado justo y de paredes lisas y sin color, con una sola puerta y una sola ventana, y ningún otro mueble distinto de la cama simple y la mesa de noche con un despertador que había de repetirse sin respiro en cada uno de los cuartos soñados, pero que había que soñar en el cuarto real. Ahora que lo veo en la realidad me he dado cuenta de que no era de Borges este cuento, sino de la estirpe más antigua y sobrecogedora de Franz Kafka. En todo caso, nunca lo escribí, y tal vez ése sea su mérito mayor.

García Márquez / El amargo encanto de la máquina de escribir



El amargo encanto 

de la máquina de escribir


Los escritores que escriben a mano, y que son más de lo que uno se imagina, defienden su sistema con el argumento de que la comunicación entre el pensamiento y la escritura es mucho más íntima, porque el hilo continuo y silencioso de la tinta hace las veces de una arteria inagotable. Los que escribimos a máquina no podemos ocultar por completo cierto sentimiento de superioridad técnica, y no entendemos cómo fue posible que en alguna época de la humanidad se haya escrito de otro modo. Ambos argumentos, desde luego, son de orden subjetivo. La verdad es que cada quien escribe como puede, pues lo más difícil de este oficio azaroso no es el manejo de sus instrumentos, sino el acierto con que se ponga una letra después de la otra. Se ha hecho mucha literatura barata sobre las diferencias entre un texto escrito a mano y otro escrito a máquina. Lo único cierto, sin embargo, es que la diferencia se nota al leerlos, aunque no creo que nadie pueda explicarlo. Alejo Carpentier, que era escritor a máquina, me contó alguna vez que en el curso de la escritura tropezaba con párrafos de una dificultad especial, que sólo lograba resolver escribiéndolos a mano. También esto es tan comprensible como inexplicable, y sólo podrá admitirse como uno más de los tantos misterios del arte de escribir. En general, yo pienso que los escritores iniciados en el periodismo conservan para siempre la adicción a la máquina de escribir, mientras quienes no lo fueron permanecen fieles a la buena costumbre escolar de escribir despacio y con buena letra. Los franceses, en general, pertenecen a ese género. Hasta los periodistas: hace poco, en Cancún, me llamó la atención encontrar al director del Nouvel Observateur, Jean Daniel, escribiendo a mano su nota editorial con una caligrafía perfecta. El famoso café Flore, de París, llegó a ser uno de los más conocidos de su tiempo porque allí iba Jean Paul Sartre todas las tardes a escribir las obras que todos esperábamos con ansiedad en el mundo entero. Se sentaba muchas horas con su cuaderno de escolar y su estilógrafo rupestre, que muy poco tenía que envidiar a la pluma de ganso de Voltaire, y tal vez no era consciente de que el café se iba llenando poco a poco de los turistas de todas partes que habían atravesado los océanos sólo por venir a verle escribir. Sin embargo, no había necesidad de verlo para saber que era una obra escrita a mano.

García Márquez / ¿Qué libro estás leyendo?

Marcel Proust


¿Qué libro estás leyendo?



GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
20 JUL 1983



Hay una pregunta muy frecuente entre escritores: ¿qué estás leyendo? Primero, porque es raro que un escritor le pregunte a otro qué está escribiendo, y segundo, porque se supone que el escritor, por una necesidad propia del oficio, debe estar siempre leyendo algún libro que merece ser recomendado. La respuesta es casi siempre evasiva, porque a partir de una cierta edad uno no sabe muy bien qué libro está leyendo a ciencia cierta, ofuscado un poco por la sensación desoladora de que todo lo que valía la pena ya fue leído en otro tiempo, y las horas que antes se dedicaban a la lectura se nos van ahora en picotear por aquí y por allá, con la esperanza de encontrarse por fin con una nueva e intempestiva revelación. Se ha dicho mucho -y se ha dicho bien- que el hábito de la lectura se adquiere muy joven o no se adquiere nunca. También se dice, quién sabe con cuánta razón, que es necesario inculcárselo a los niños. Parece más probable que se adquiera por contagio: en general, los hijos de buenos lectores suelen serlo también. De modo que el hábito de leer suele ser de la familia entera, Algo semejante ocurre con el gusto por la música. Sólo que en ambos casos la presión de los adultos puede tener efectos contrarios: la aversión a la lectura y a la música. Alguna vez le oí decir a un gran profesor de música que a los niños no se les debía forzar a aprender el piano con aquellas prácticas cotidianas que de veras parecían sesiones de tortura. Su fórmula era más humana: hay que tener el piano en la casa para que los niños jueguen con él.

viernes, 21 de julio de 2017

García Márquez / La mujer que escribió un diccionario

La mujer que escribió un diccionario


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
10 FEB 1981


Hace tres semanas, de paso por Madrid, quise visitar a María Moliner. Encontrarla no fue tan fácil como yo suponía: algunas personas que debían saberlo ignoraban quién era, y no faltó quien la confundiera con una célebre estrella de cine. Por fin logré un contacto con su hijo menor, que es ingeniero industrial en Barcelona, y él me hizo saber que no era posible visitar a su madre por sus quebrantos de salud. Pensé que era una crisis momentánea y que tal vez pudiera verla en un viaje futuro a Madrid. Pero la semana pasada, cuando ya me encontraba en Bogotá, me llamaron por teléfono para darme la mala noticia de que María Moliner había muerto. Yo me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había trabajado para mí durante muchos años. María Moliner -para decirlo del modo más corto- hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Se llama Diccionario de uso del español, tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total, que pesan tres kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y -a mi juicio- más de dos veces mejor. María Moliner lo escribió en las horas que le dejaba libre su empleo de bibliotecaria, y el que ella consideraba su verdadero oficio: remendar calcetines. Uno de sus hijos, a quien le preguntaron hace poco cuántos hermanos tenía, contestó: «Dos varones, una hembra y el diccionario». Hay que saber cómo fue escrita la obra para entender cuánta verdad implica esa respuesta.

García Márquez / Un diccionario de la vida real


Un diccionario de la vida real



GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

18 NOV 1981


Hace cuatro años fue llevado a París el cuerpo momificado del faraón egipcio Ramsés II para ser sometido a un examen médico que determinara la naturaleza y el remedio de una floración parasitaria que amenazaba con destruirlo. Puesto que era el cadáver del monarca de un país con el que Francia tiene buenas relaciones, el presidente de entonces, Valéry Giscard d'Estaing, lo recibió en el aeropuerto con honores militares. Pero no fue ese el problema más difícil que planteó el examen del cuerpo, sino otro menos convencional y tal vez sin solución: las vísceras estaban rellenas con una especie de aserrín de diversas materias vegetales, y entre ellas, picadura de hojas de tabaco. Aquel descubrimiento parecía un disparate histórico. En efecto, Ramsés II murió en 1235 antes de Cristo. Es decir, hace 3.000 años, y es una verdad aceptada por todo el mundo que el tabaco fue descubierto por Cristóbal Colón y llevado por él a Europa después del descubrimiento de América. El hecho de que un faraón milenario lo tuviera en las vísceras, sin embargo, ha puesto a pensar en la posibilidad de que los egipcios conocieran el tabaco, pero no para fumarlo, sino para usos medicinales, y muy en concreto para embalsamar a esos faraones que creían seguir vivos mientras se conservara su cuerpo.

García Márquez / La vaina de los diccionarios



La vaina de los diccionarios


Uno de los placeres de la vida es encontrar las imbecilidades de los diccionarios. Para mí, en especial, constituyen una cierta forma de venganza contra el destino, porque mi abuelo el coronel me enseñó desde muy niño que los diccionarios no sólo lo sabían todo, sino que además no se equivocaban nunca. El suyo, que era un mamotreto muy viejo y ya a punto de desencuadernarse, tenía pintado en el lomo un Atlas corpulento con la bola del mundo sobre los hombros. "Esto quiere decir que el diccionario tiene que cargar con el mundo entero", me decía mi abuelo, a quien, sin duda, no se le ocurrió nunca buscar la nota sobre Atlas en el propio diccionario. De haberlo hecho, se habría dado cuenta de que ese dibujo era un error muy grave. Atlas, en efecto, era uno de los titanes de la mitología griega que provocó una guerra contra los dioses, por lo cual lo condenó Zeus a sostener el firmamento sobre sus espaldas.El firmamento, por supuesto, y no el mundo, como estaba dibujado en el lomo del diccionario, porque ni el propio Zeus sabía en sus tiempos que la Tierra era redonda como una naranja.

jueves, 20 de julio de 2017

García Márquez / Mi Hemingway personal

Ernest Hemingway

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ


MI HEMINGWAY PERSONAL


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
29 JUL 1981


Lo reconocí de pronto, paseando con su esposa, Mary Welsh, por el bulevar de Saint Michel, en París, un día de la lluviosa primavera de 1957. Caminaba por la acera opuesta en dirección del jardín de Luxemburgo, y llevaba unos pantalones de vaquero muy usados, una camisa de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Lo único que no parecía suyo eran los lentes de armadura metálica, redondos y minúsculos, que le daban un aire de abuelo prematuro. Había cumplido 59 años, y era enorme y demasiado visible, pero no daba la impresión de fortaleza brutal que sin duda el hubiera deseado, porque tenía las caderas estrechas y las piernas un poco escuálidas sobre sus bastos. Parecía tan vivo entre los puestos de libros usados y el torrente juvenil de la Sorbona que era imposible imaginarse que le faltaban apenas cuatro años para morir. Por una fracción de segundo -como me ha ocurrido siempre me encontré dividido entre mis dos oficios rivales. No sabía si hacerle una entrevista de Prensa o sólo atravesar la avenida para expresarle mi admiración sin reservas. Para ambos propósitos, sin embargo, había el mismo inconveniente grande: yo hablaba desde entonces el mismo inglés rudimentario que seguí hablando siempre, y no estaba muy seguro de su español de torero. De modo que no hice ninguna de las dos cosas que hubieran podido estropear aquel instante. sino que me puse las manos en bocina, como Tarzán en la selva, y grité de una acera a la otra: «Maeeeestro». Ernest Hemingway comprendió que no podía haber otro maestro entre la muchedumbre de estudiantes, y se volvió con la mano en alto, y me gritó en castellano con una voz un tanto pueril: «Adioooos, amigo». Fue la única vez que lo vi.

García Márquez / Hemingway en Cuba

Hemingway

Hemingway en Cuba


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
27 OCT 1982


Ernest Miller Hemingway llegó por primera vez a La Habana en abril de 1928, a bordo del vapor francés Orita, que lo llevó de Le Havre a Cayo Hueso en una travesía de dos semanas. Lo acompañaba su segunda esposa, Pauline Pfeiffer, con quien se había casado apenas diez meses antes, y ni él ni ella debían tener por aquella ciudad del Caribe un interés mayor que el de una escala tropical de dos días después del vasto océano y el bravo invierno de Francia. Hemingway tenía treinta años, había sido corresponsal de Prensa en Europa y chófer de ambulancias en la primera guerra mundial, y había publicado, con un cierto éxito, su primera novela. Pero todavía estaba lejos de ser un escritor famoso, y seguía necesitando un oficio secundario para comer y no tenía una casa estable en ninguna parte del mundo. Pauline, en cambio, era lo que entonces se llamaba una mujer de sociedad. Sobrina de un magnate norteamericano de los cosméticos, que la mimaba como a una nieta, lo tenía todo en la vida, inclusive la belleza estelar y el humor incierto de la esposa de Francis Macomber. Pero aquél no era su mejor abril. Estaba encinta y aburrida del mar, y el único deseo de ambos era llegar cuanto antes a Cayo Hueso, donde iban a instalarse para que Hemingway terminara su segunda novela: Adiós a las armas. De esas 48 horas de Hemingway en La Habana no quedó ninguna huella en su obra. Es verdad que en sus artículos de Prensa él solía hacer revelaciones muy inteligentes sobre los lugares que visitaba y la gente que conocía, pero entonces se había impuesto un receso como periodista para consagrarse por completo a escribir novelas. Sin embargo, seis años después escribió su primer artículo de reincidente, y era sobre un tema cubano. A partir de entonces escribió una media docena sobre su estancia en Cuba, pero en ninguno de ellos hizo revelaciones útiles para la reconstitución de su vida privada, pues se referían de un modo general a su pasión dominante en aquella época: la pesca mayor. "Esta pesca", escribió en 1956, "era en otro tiempo lo que nos llevaba a Cuba". La frase permite pensar que en el momento de escribirla, cuando ya Hemingway llevaba veinte años viviendo en La Habana, los motivos de su residencia eran más hondos o al menos más variados que el placer simple de pescar.

García Márquez / Un hombre ha muerto de muerte natural


Gabriel García Márquez

Un hombre ha muerto de muerte natural


En enero de 1983, sólo un mes después de haber recibido en Estocolmo el Premio Nobel, Gabriel García Márquez escribió una remembranza de su primera llegada a Ciudad de México, el 2 de julio de 1961. Allí, entre otras cosas, decía: "La fecha no se me olvidará nunca, porque al día siguiente muy temprano un amigo me despertó por teléfono y me dijo que Hemingway había muerto". De inmediato, el Nobel colombiano escribió una nota sobre la muerte, la vida y la obra de Hemingway, la cual apareció una semana más tarde en una revista mexicana. Titulada Un hombre ha muerto de muerte natural, la nota no volvió a aparecer en prensa periódica ni en libro, hasta ahora, con motivo del centenario de Hemingway que se celebra este mes.

miércoles, 19 de julio de 2017

García Márquez / Literatura sin dolor


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ



Literatura sin dolor


Hace poco incurrí en la frivolidad de decirle a un grupo de estudiantes que la literatura universal se aprende en una tarde. Una muchacha del grupo -fanática de las bellas letras y autora de versos clandestinos- me concretó de inmediato: "¿Cuándo podemos venir para que nos enseñe?". De modo que vinieron el viernes siguiente a las tres de la tarde y hablamos de literatura hasta las seis, pero no pudimos pasar del romanticismo alemán, porque también ellos incurrieron en la frivolidad de irse para una boda. Les dije, por supuesto, que una de las condiciones para aprender toda la literatura en una tarde era no aceptar al mismo tiempo una invitación para una boda, pues para casarse y ser felices hay mucho más tiempo disponible que para conocer la poesía. Todo había empezado y continuado y terminado en broma, pero al final yo quedé con la misma impresión que ellos: si bien no habíamos aprendido la literatura en tres horas, por lo menos nos habíamos formado una noción bastante aceptable sin necesidad de leer a Jean Paul Sartre. Cuando uno escucha un disco o lee un libro que le deslumbra, el impulso natural es buscar a quién contárselo. Esto me sucedió cuando descubrí por casualidad el Quinteto para cuarteto de cuerdas y piano, de Bela Bartok, que entonces no era muy conocido, y me volvió a suceder cuando escuché en la radio del automóvil el muy bello y raro Concierto gregoriano para violín y orquesta, de Ottorino Respighi. Ambos eran muy difíciles de encontrar, y mis amigos melómanos más cercanos no tenían noticias de ellos, de modo que recorrí medio mundo tratando de conseguirlos para escucharlos con alguien. Algo similar me está sucediendo desde hace muchos años con la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo, de la cual creo haber agotado ya una edición entera sólo por tener siempre ejemplares disponibles para que se los lleven los amigos. La única condición es que nos volvamos a encontrar lo más pronto posible para hablar de aquel libro entrañable.
Por supuesto, lo primero que les expliqué a mis buenos estudiantes de literatura fue la idea, tal vez demasiado personal y simplista, que tengo de su enseñanza. En efecto, siempre he creído que un buen curso de literatura no debe ser más que una guía de los buenos libros que se deben leer. Cada época no tiene tantos libros esenciales como dicen los maestros que se complacen en aterrorizar a sus alumnos, y de todos ellos se puede hablar en una tarde, siempre que no se tenga un compromiso ineludible para una boda. Leer estos libros esenciales con placer y con juicio es ya un asunto distinto para muchas tardes de la vida, pero si los alumnos tienen la suerte de poder hacerlo terminarán por saber tanto de literatura como el más sabio de sus maestros. El paso siguiente es algo más temible: la especialización. Y un paso más adelante es lo más detestable que puede hacer en este mundo: la erudición. Pero si lo que desean los alumnos es lucirse en las visitas, no tienen que pasar por ninguno de esos tres purgatorios, sino comprar los dos tomos de una obra providencial que se llama Milibros. La escribieron Luis Nueda y don Antonio Espina, allá por 1940, y allí están resumidos por orden alfabético más de un millar de libros básicos de la literatura universal, con su argumento y su interpretación, y con noticias impresionantes de sus autores y su época. Son muchos más libros, desde luego, de los que harían falta para el curso de una tarde, pero tienen sobre éstos la ventaja de que no hay que leerlos. Ni tampoco hay que avergonzarse: yo tengo estos dos tomos salvadores en la mesa donde escribo, los tengo desde hace muchos años, y me han sacado de graves apuros en el paraíso de los intelectuales, y por tenerlos y conocerlos puedo asegurar que también los tienen y los usan muchos de los pontífices de las fiestas sociales y las columnas de periódicos.
Por fortuna, los libros de la vida no son tantos. Hace poco, la revista Pluma, de Bogotá, le preguntó a un grupo de escritores cuáles habían sido los libros más significativos para ellos. Sólo decían citarse cinco, sin incluir a los de lectura obvia, como La Biblia, La Odisea o El Quijote. Mi lista final fue ésta: Las mil y una noches; Edipo rey, de Sófocles; Moby Dick, de Melville; Floresta de la lírica española, que es una antología de don José María Blecua que se lee como una novela policíaca, y un Diccionario de la lengua castellana que no sea, desde luego, el de la Real Academia. La lista es discutible, por supuesto, como todas las listas, y ofrece tema para hablar muchas horas, pero mis razones son simples y sinceras: si sólo hubiera leído esos cinco libros -además de los obvios, desde luego-, con ellos me habría bastado para escribir lo que he escrito. Es decir, es una lista de carácter profesional. Sin embargo, no llegué a Moby Dick por un camino fácil. Al principio había puesto en su lugar a El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, que, a mi juicio, es una novela perfecta, pero sólo por razones estructurales, y este aspecto ya estaba más satisfecho por Edipo rey. Más tarde pensé en La guerra y la paz, de Tolstoi, que, en mi opinión, es la mejor novela que se ha escrito en la historia del género, pero en realidad lo es tanto que me pareció justo omitirla como uno de los libros obvios. Moby Dick, en cambio, cuya estructura anárquica es uno de los más bellos desastres de la literatura, me infundió un aliento mítico que sin duda me habría hecho falta para escribir.
En todo caso, tanto el curso de literatura en una tarde como la encuesta de los cinco libros conducen a pensar, una vez más, en tantas obras inolvidables que las nuevas generaciones han olvidado. Tres de ellas, hace poco más de veinte años, eran de primera línea: La montaña mágica, de Thomas Mann; La historia de San Michel, de Axel Munthe, y El gran Meaulnes, de Alain Fournier. Me pregunto cuántos estudiantes de literatura de hoy, aun los más acuciosos, se han tomado siquiera el trabajo de preguntarse qué puede haber dentro de estos tres libros marginados. Uno tiene la impresión de que tuvieron un destino hermoso, pero momentáneo, como algunos de Ela de Queiroz y de Anatole France, y, como contrapunto, de Aldous Huxley, que fue una especie de sarampión de nuestros años azules; o como El hombrecillo de los gansos, de Jacobo Wassermann, que tal vez le deba más a la nostalgia que a la poesía; o como Los monederos falsos,de André Gide, que acaso fueran más falsos de lo que pensó su propio autor. Sólo hay un caso sorprendente en este asilo de libros jubilados, y es el de Herman Hesse, que fue una especie de explosión deslumbrante cuando le concedieron el Premio Nobel en 1946, y luego se precipitó en el olvido. Pero en estos últimos años sus libros han sido rescatados con tanta fuerza como antaño por una generación que tal vez encuentra en ellos una metafísica que coincide con sus propias dudas.
Claro que todo esto no es preocupante sino como enigma de salón. La verdad es que no debe haber libros obligatorios, libros de penitencia, y que el método saludable es renunciar a la lectura en la página en que se vuelva insoportable. Sin embargo, para los masoquistas que prefieran seguir adelante a pesar de todo hay una fórmula certera: poner los libros ilegibles en el retrete. Tal vez con varios años de buena digestión puedan llegar al término feliz de El paraíso perdido, de Milton.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de diciembre de 1982





García Márquez / Historias perdidas


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ


HISTORIAS PERDIDAS

Un joven de Checoslovaquia abandonó su país con el ánimo de hacer fortuna. Al cabo de veinticinco años, casado y rico, volvió a su pueblo natal, donde su madre y su hermana tenían un hotel. Sólo por hacerles una broma, el viajero dejó a su esposa en otro hotel del poblado y tomó una habitación en el hotel de la madre y la hermana, quienes no le reconocieron después de tantos años de separación. Su propósito, al parecer, era identificarse al día siguiente durante el desayuno. Pero a media noche, mientras dormía, la madre y la hermana lo asesinaron para robarle el dinero.

García Márquez / Pasternak, 22 años después


Boris Pasternak
Poster by T.A.

Pasternak, 22 años despues


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
19 OCT 1983


Se ha publicado por estos días la noticia de que, en Moscú se celebró un acto que puede considerarse como un homenaje casi oficial al escritor Boris Pasternak, premio Nobel de Literatura de 1958 y quien dos años después murió en una especie de exilio interior. El acto consistió en la lectura de algunos poemas suyos ante unas 500 personas, y la agencia de Prensa europea que dio la noticia precisó que había sido anunciado en los periódicos y en carteles murales, y que la mayoría de los asistentes eran jóvenes. La noticia -al contrario de muchas otras de índole semejante que las agencias occidentales nos mandan de aquellos mundos- merecía la atención que le fue prestada, pero faltó advertir que este aparente deshielo en tomo del gran poeta y novelista no es nada nuevo en la Unión Soviética, y que hace mucho tiempo que su nombre y su obra no son tan misteriosos ni conflictivos como en efecto lo fueron alguna vez. Hace ya varios años que un gran poeta de la generación penúltima -Andrei Voznessensky- publicó algunos de los poemas póstumos de Pasternak en una revista literaria, que como todas las de la Unión Soviética, por supuesto, era una revista oficial, y escribió para ellos una presentación en la cual se hablaba de sus virtudes sin la menor reticencia. También en esa ocasión las agencias de Prensa occidentales registraron el hecho como algo extraordinario, y también como si fuera el primero después del escándalo de su Premio Nobel.

García Márquez / William Golding, visto por sus vecinos

William Golding

William Golding, visto por sus vecinos


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
12 OCT 1983


Siempre he tenido una gran curiosidad por la forma en que los seres humanos reciben las noticias que pueden cambiar su vida. Y en el caso de los escritores, por supuesto, me había hecho siempre la pregunta que casi todos los periodistas y los amigos me han hecho desde hace un año: "¿Qué se siente cuando se gana el Premio Nobel?" He dado casi siempre una respuesta distinta, según quien sea el interlocutor, porque la verdad es que no tengo un recuerdo muy definido. Había tantos rumores desde los días precedentes (como los había habido por la misma época en los años anteriores), que cuando recibí la noticia ya no sabía muy bien qué sentía. Contra todas las leyendas, la confirmación irreparable la tuve el 21 de octubre de 1982, en nuestra casa de México, cuando sonó el teléfono a las 6.05 de la mañana. Mercedes contestó medio dormida y me pasó el auricular, diciendo: "Te llaman de Estocolmo". Una voz masculina, en un español perfecto con un leve acento nórdico, y que se identificó como redactor del periódico más importante de Estocolmo, me dijo que la Academia Sueca había dado cinco minutos antes la noticia oficial. No sé muy bien qué dijo después, porque yo estaba en ese instante consternado por el terror, pensando en el discurso que debía pronunciar casi dos meses después en Estocolmo al recibir el premio. Ese terror fue el único sentimiento definido que me acompañó, no solamente durante los días interminables y las noches insomnes en que escribí las 15 páginas más difíciles de mi vida, sino que persistió hasta elinstante en que acabé de leerlas en público en el salón de actos de la Academia Sueca. Todo lo que ocurrió después -hasta hoy- fue pura rutina.Hago esta evocación porque el jueves pasado, cuando conocí la noticia de que a William Golding le habían dado el Premio Nobel de Literatura, volví a preguntarme con toda inocencia: "¿Cómo se sentiría cuando le dieron la noticia?" Estuve todo el día leyendo cables de agencias de Prensa para ver si alguno lo decía, pero las informaciones carecían de esos detalles humanos que no parecen importantes pero que son en realidad los que nos conmueven. Por la tarde, sin embargo, ocurrió una de esas cosas increíbles que no pueden llamarse casualidades, porque son mucho más que eso, y que los escritores no nos atrevemos a contar por el temor de que nadie las crea.
Ocurrió que a las cinco de la tarde del jueves, como estaba previsto desde hacía una semana, vino a mi casa Andrew Graham-Yool, un periodista de The Guardian,de Londres, para hablar de amigos comunes y hacer tal vez una entrevista. Hablamos del tema del día, desde luego, que era su compatriota William Golding. Sabíamos de él todo lo que puede aprenderse en los libros, y yo le había seguido la pista muy de cerca desde que leí en Barcelona la versión castellana de El señor de las moscas. Más tarde se publicaron El dios Escorpión y La oscuridad visible,pero me parece que Golding estaba publicado en castellano desde mucho antes. De modo que el nuevo premio Nobel no era tan desconocido en nuestra lengua como se había dicho en las primeras horas. Además, según me lo confirmó Graham-Yool, en el Reino Unido es un escritor muy leído y premiado. Sin embargo, mientras conversábamos yo no lograba apartar de la mente la pregunta de cómo habría recibido William Golding la noticia de su premio y cómo habría transcurrido su día en Broadchalke, el pueblecito de unas 600 personas donde vive, cerca de Salisbury, Inglaterra. Fue entonces cuando ocurrió lo increíble. "Yo tengo una tía que es vecina suya en ese pueblo", me dijo Graham-Yool con toda naturalidad. "Si quiere, la llamamos por teléfono". Sacó del bolsillo su libreta de direcciones y dos minutos después la señora Betty Graham-Yool oyó sonar el timbre a las 11 de la noche y tuvo que salir chorreando agua de la bañera para contestarle a un sobrino que le dijo desde 10.000 kilómetros de distancia: "Estoy aquí con el premio Nobel de Literatura del año pasado, que quiere saber algunas cosas sobre el premio Nobel de este año". La tía, muy británica, no dio ninguna muestra de asombro, sino que pidió por favor un minuto, mientras se secaba.
La curiosidad fue satisfecha. Al contrario de los escritores delas Américas, que conocemos la noticia al amanecer, los europeos la conocen a la una de la tarde, que es la hora en que el sobrio Lars Gyllensten, secretario de la Academia Sueca, hace el anuncio oficial. De modo que William Golding no fue despertado por nadie, sino que se enteró de su buena nueva como cualquier vecino: oyendo por radio las noticias del mediodía.
Visto por la señora Betty Graham-Yool, el nuevo premio Nobel se parece de un modo sorprendente a la imagen que un lector podría haberse formado por sus libros. Es un hombre de barba y cabellos blancos, que vive con su esposa Ann y sus dos hijos -un varón y una mujer-, pero que a sus 72 años no puede considerarse como un viejo, porque lleva una vida muy activa. Su segunda vocación es la música, pero no sólo para oírla, sino para ejecutarla en cualquiera de estos instrumentos: el violín, la viola, el piano o el oboe. Su tercera vocación es la navegación, como ya deben de haberlo imaginado sus lectores y como resulta natural en alguien que admira tanto a otro gran escritor de alta mar: Herman Melville. Su cuarta vocación es la egiptología. Sin embargo, hace poco se descubrió una quinta vocación, que es la de jinete. Se ha comprado un caballo y en las tardes de buen tiempo se le ve galopar por los campos vecinos con tanta propiedad como si lo hubiera hecho toda la vida.
Alguien con quien había hablado antes de conversar por teléfono con la señora Graham-Yool me había dicho con razón que era fácil inventar la vida de un escritor inglés de 72 años que vive en el campo. "Seguro que tiene un perro y que los domingos trabaja en el jardín", me dijo. Goldin -que se levanta a escribir a las cinco de la mañana y que, además, tiene que sacar tiempo para sus otras cuatro vocaciones- no es aficionado a las flores, pero, en cambio, su esposa cultiva unas orquídeas que son la admiración de la aldea. La señora Graham-Yool reiteró que el jardín de los Goding es uno de los más bellos de Inglaterra. Dijo, por último, que le gusta ver al nuevo premio Nobel cabalgando con su magnífica estampa de vikingo, y se apresuró a aclarar que no es un hombre insociable, sino que se mantiene un poco al margen de sus vecinos, más bien por timidez.
En todo caso, la jornada del jueves transcurrió en Broadchalke como otra cualquiera. Nadie perturbó la paz virgiliana de Ebble Thatch, la cabaña con techo de palma donde los Golding recibían llamadas telefónicas y telegramas del mundo entero. No en vanos ellos y los otros 600 habitantes son ingleses y saben que un premio Nobel no cae del cielo todos los días, pero que, en todo caso, no es algo tan importante como para perturbar la vida privada de un buen vecino.
Sin duda aterrorizado también por el discurso que debe pronunciar en Estocolmo dentro de 60 días interminables.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de octubre de 1983
EL PAÍS