miércoles, 30 de septiembre de 2009

martes, 29 de septiembre de 2009

Carmen Villoro / Escribir la luz

Fotografía de Edward Weston
Carmen Villoro
ESCRIBIR LA LUZ

El día, como una carta abierta
se despliega con su temblor de signos.
El mundo es un lenguaje
que la mirada escucha.
Las nubes son palabras
que el viento deletrea.
En renglones, las sombras
dibujan el silencio.
Hay una soledad acompañada
una suave certeza en cada sílaba
una herida de luz en cada cifra.
El hombre ha comprendido
el corazón del árbol.

En el bosque secreto que me habita
amanecen los pájaros.


lunes, 28 de septiembre de 2009

Eduardo Lizalde / Amor


Eduardo Lizalde
AMOR

La regla es ésta:
dar lo absolutamente imprescindible,
obtener lo más,
nunca bajar la guardia,
meter el jab a tiempo,
no ceder,
y no pelear en corto,
no entregarse en ninguna circunstancia
ni cambiar golpes con la ceja herida;
jamás decir "te amo", en serio,
al contrincante.
Es el mejor camino
para ser eternamente desgraciado
y triunfador
sin riesgos aparentes.







domingo, 27 de septiembre de 2009

Jorge Meretta / Enciendo la luz...

Ojo
Bogotá, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Jorge Meretta
ENCIENDO LA LUZ…

Enciendo la luz
para escribir
y sólo arden palabras ya vividas
en el falso fuego de una lámpara.

Creí decirlo todo y es engaño.
Toda la claridad en sólo un ojo ciego.

Ritual de la palabra, 1998.




sábado, 26 de septiembre de 2009

Sam Savage / "Lo que hace importante una novela no son sus acontecimientos"



SAM SAVAGE

"Lo que hace importante una novela no son sus acontecimientos"

26 de septiembre de 2009
Winston Manrique Saboga.

Tras su exitoso debut a los 66 años con Firmin, el estadounidense edita El lamento del perezoso: un puzle sobre laberintos de la creación literaria


Cerca de la frontera del frío polar hay una casa de madera de colores caribeños cercada de vegetación y rodeada de silencio. Sólo se escucha la voz grave y baja de un hombre que habla de la dicha y la desdicha de escribir toda la vida sin publicar, hasta que lo logró con 66 años y se topó con el éxito.
Lo sorprendió a las afueras de Madison (Wisconsin), en un barrio boscoso de casas de madera de dos aguas y porches tan características del centro de Estados Unidos, conocidas como estilo craftsman. Allí vive Sam Savage, un completo desconocido hasta hace tres años cuando, con Firmin, la fábula de una rata que se va humanizando a medida que devora libros en una librería, ha pasado a las primeras páginas de la narrativa contemporánea de medio mundo. Ahora, con su segunda y esperada novela, El lamento del perezoso (Seix Barral), es cuando Savage echa un vistazo atrás en su vida al saber que hay alguien al otro lado: más de un millón de personas en 14 idiomas que lo han seguido con Firmin, y que pueden aumentar si finalmente es llevada al cine.



El lamento del perezoso.

El lamento del perezoso.
Sam Savage.
Traducción de Ramón Buenaventura.
Seix Barral. Barcelona, 2009.
270 páginas.
"Creo que en mi cabeza tengo los libros en capas: sólo tengo que escribirlos, quitar los de encima para dar con el buen libro" "No existe la memoria real sino interpretaciones de la memoria. No hay diferencia entre lo que recuerdas o crees recordar"

Sam Savage se ve sereno ante tanta novedad en este viaje organizado por la editorial Seix Barral. En el salón amarillo de aquella casa, como traída de una playa jamaicana, está sentado en su mecedora de madera con su aspecto de náufrago rescatado, discreto, delgado y con el pelo y la barba blanca ya arregladas. Vive allí con su familia desde hace cuatro años, por ser más apropiada para su hija que tiene una minusvalía, tras haber dejado su natal Carolina del Sur y Charleston.
Pero hasta llegar aquí, su vida ha sido una errancia continua. Ha habido un Savage amante de la poesía, un Savage estudiante de filosofía alemana, un Savage díscolo, un Savage con incesantes preguntas, un Savage en busca de respuestas, un Savage viajero por Europa, un Savage profesor de Filosofía en Yale, un Savage rebelde, un Savage mecánico de bicicletas, un Savage carpintero, un Savage tipógrafo, un Savage desencantado por no dar con su sueño...
Incluso un Savage periodista. Un recuerdo que creía secreto y que lo sorprende y hace reír. Es legado de su madre, que admiraba la literatura y a los corresponsales de prensa. No sabe muy bien dónde quedó esa vocación porque al mismo tiempo empezó a escribir poesía y narrativa. "Quería trabajar en un periódico y lo logré durante seis meses, pero cuando empecé a verlo desde dentro me di cuenta de que no era lo mío. Trabajé como joven ayudante en el departamento editorial. A lo mejor hoy en día pasa lo mismo con los periódicos o las editoriales, que desde fuera son atrayentes, pero ya dentro la percepción cambia".
Eso no le impide revivir por un momento aquella época juvenil y atreverse a dar un titular sobre la vida de una persona apasionada por la literatura pero cuyas búsquedas vitales lo llevan a desempeñar diferentes oficios y trabajos hasta que después de los 60 años publica una novela y triunfa: "Trabajó escribiendo durante 40 años su libro"; y con un sumario: "Todo lo que vivió antes hizo falta para llegar hasta aquí".
Un aquí iniciado en 2006 con la edición de Firmin por parte de una pequeña editorial de Minneapolis, Coffee House. Un año después la editorial española Seix Barral compró los derechos mundiales y desde entonces las recomendaciones de los lectores, iniciadas a través de Internet, no han parado. Sam Savage parece el mismo si se sigue su vida a través de las fotos, antes y después del éxito. Descreído, ausente. En apariencia: "Ahora tengo una confianza que antes no tenía. No es que mi vida haya cambiado radicalmente porque sigo de la misma manera. Lo bueno es que ahora que presento mi segunda novela sé que mis libros van a ser publicados, sé que hay alguien al otro lado, sé que tengo una audiencia y que ya no es un trabajo de escritura tan solitario".
Cuarenta años tardó en editar, cuarenta años en los que ha imaginado y dejado inconclusas varias historias, y, como le ha ocurrido a otros autores que empiezan a publicar ya mayores, tiende a ser prolífico. Firmin lo escribió en seis meses. "Tengo la sensación, seguramente errónea, pero creo que en mi cabeza tengo los libros en capas: uno encima de otros, sólo tengo que escribirlos y necesito quitar los que están encima para realmente llegar al buen libro que sé que hay allí en el fondo. Tengo que escribir estos para dar con él. ¡Ya están escritos, sólo tengo que quitarlos de en medio! Ya están concebidos en mi cabeza. Como las ciudades de Troya que estaban unas encima de otras".
Y como ellas, que una vez descubiertas emergen con un mundo exclusivo en cada persona que las contempla, Savage ha comprobado que los libros trascienden la idea original y el propósito de quien los concibe. Si Firmin puede interpretarse como un homenaje a la lectura, El lamento del perezoso muestra el universo interior de un escritor de provincias, editor de revista literaria, crítico, hijo, esposo, amigo y casero que confluyen en Andrew Whittaker, un hombre a través del cual Savage ha mostrado en este drama con tintes de humor parte de la trastienda de la creación literaria, de sus trampas y sus laberintos. "Es verdad. No lo tenía en la cabeza, pero la novela puede verse así". Reconoce que una vez el autor publica su libro éste pasa a ser del lector: "¡Siempre! Al principio, cuando escribes y acabas un libro, es difícil hablar de él. Ahora, por ejemplo, me resulta más fácil hablar de Firmin, porque hay tanta gente que me ha dado sus puntos de vista, o por las reseñas, que tengo una visión más completa. En cambio, de El lamento del perezoso aún no lo veo todo y me cuesta más hablar de él".
Pero ¿media algo entre la idea y el momento de sentarse a escribir, como, por ejemplo, contárselo a alguien? "No hablo de mis libros. Simplemente trabajo sin un plan. Incluso concibo las historias sin saber cómo van a acabar, sin pensarlas demasiado, fluyen. Necesito el proceso de escritura físico para poder desarrollar el argumento, porque si anticipo mentalmente lo que va a suceder tengo miedo de tirar por un camino inapropiado a la hora de escribir. ¡Y como no tengo plan no tengo plot!".
Imaginación pura. Tampoco es que se trate de una escritura automática. Una prueba reveladora, según él, es que en El lamento del perezoso -estructurada a través de cartas, notas, apuntes y pasajes de una novela que escribe el protagonista con lo que el lector va armando la vida del personaje- empezó la escritura sin nada en la cabeza especialmente, pero cuando escribió la carta donde un hombre le pide al protagonista que arregle el tejado de su vivienda supo que Andrew era el propietario de una casa que estaba en ruina: "Quizá de ahí vino esa idea de algo en descomposición". El retrato de un hombre cuyo mundo íntimo, familiar y creativo se agrieta y derrumba, y que mientras huye en pos de lo que cree su salvación, cada paso y zancada que da lo único que hacen es cimbrear su vida y acelerar su desmoronamiento.
Es una novela en la cual el escritor, el personaje y el lector tienen la misma información y, a través de este puzle, van descubriendo el destino al mismo tiempo. "Es una estructura intencional. Aquí el lector tiene que poner más que el escritor porque debe imaginarse cosas que insinúan las cartas. Debe complementar y terminar la novela, hacer los acabados. Andrew tiene una vida pero pretende tener otras o ser otras personas. Intenta ponerse máscaras. A lo largo de la novela nos vamos dando cuenta de que debajo de esas máscaras no hay nada; y cuando él lo descubre lo escribe convirtiendo ese reconocimiento en una liberación".
Asoma ahí un hilo que parece conectar sus dos novelas, y éstas con su vida real. Los personajes de Savage comparten un punto: seres en la periferia personal e intelectual, excluidos, angustiados por sus propios sueños. Incomprendidos que quieren hacerse oír. La nueva novela puede ser vista como dos caras de la misma moneda: mientras Firmin, la rata, se va humanizando con los libros, Andrew, el escritor, se va apocando y marginando a medida que aumentan sus estrategias para obtener notoriedad. Ambos tienen el sentimiento de estar atrapados en mundos que no les corresponden.
Sam Savage sabe lo que es entrar y salir toda su vida de mundos diferentes, de sueños inacabados. Ahora, con 69 años, parece estar en su sitio de escritor reconocido y popular, pero alejado de las veleidades y mundillos literarios. Está cómodo al vaivén lento de su mecedora a cuyos brazos se aferra por instantes con sus grandes manos, mientras sus ojos azules asustadizos lo miran todo, ajeno al fresco que le regala detrás un ventilador blanco y mudo.
El lamento del perezoso deja entrever una crítica a cierta vanidad o displicencia del mundo de los escritores, de las editoriales y de las publicaciones literarias. Y también a los egos enormes, aunque Sam Savage crea que los grandes autores no tienen egos desproporcionados. "Pero comprendo que mi novela pueda verse así".
Lo dice un novelista que reconoce que lee poca literatura contemporánea desde hace casi 40 años, lo cual le impide dar una opinión sobre lo que se escribe hoy. "Normalmente son autores más jóvenes que yo y es difícil juzgar a escritores de otra generación. No es justo". En cambio, recomienda a narradores como William Gaddis, Peter Matthiessen y Gilbert Sorrentino. Tres creadores poco populares. "Muy difíciles de traducir. El hijo de Sorrentino, Christopher, también ha escrito una novela, y dice que su padre nunca estaba seguro de si el libro que escribía se iba a publicar. No supo lo que yo sé ahora: que al otro lado tengo quien me escuche".
Misterios de la conexión con los lectores. Una clave para todos podría estar en el consejo que Andrew, el protagonista de El lamento del perezoso, le escribe a su madre en la residencia de ancianos: "La gente se aburre porque no se fija en los detalles". Una frase que Savage comparte: "Todo está en los detalles. Alguien muy bueno podría escribir una novela sin salir de esta habitación. Pero parece que en los últimos años se ha impuesto, al menos en Estados Unidos, que un libro importante debe tener acontecimientos trascendentales, guerras o asesinatos. Sin embargo, lo que hace importante una novela no son sus acontecimientos necesariamente, los detalles son clave. Hay grandes novelas en la historia sin un evento detrás. Pero hoy todo el mundo quiere escribir la gran obra del Holocausto o que defina el mundo".
Es el momento en que el Savage escritor empieza a dar paso al Savage pensador. Sin aspavientos. Con la misma voz pausada y un poco débil, a causa de una enfermedad pulmonar. Un hombre vestido de azul y cámel, que tiene delante un ventanal por donde ve un día celeste y muy luminoso que quizá le recuerda la Carolina del Sur de vientos atlánticos más cálidos y no estos enfriados por el lago Michigan, incluso en verano.
La memoria, el recuerdo y los hechos del pasado es un tema que le interesa en su segunda novela, derivado de una situación inquietante: Andrew dice no tener recuerdos de la infancia porque no tiene fotos. ¿No es una trampa, acaso, que el pasado y los recuerdos de hoy existan en la medida en que haya fotos o vídeos? "Uno nunca recuerda lo que pasó. Uno recuerda lo que recuerda. En ese sentido, seguramente, las fotos e imágenes ayudan a dar forma al pasado. Tú recuerdas tu pasado, y el pasado de lo que habrá de ser tu futuro. Es decir, las cosas que sucederán en el futuro tienen sentido en la manera en que recuerdas ese pasado. Como cuando un escritor mira atrás y ve las cosas que le hicieron escritor, pero si, por ejemplo, termina siendo asesino, recordará las cosas que lo fueron llevando a ser un asesino".
El pasado hecho un trampantojo. Y Savage deja de mecerse para decir: "No existe la memoria real, sino interpretaciones de la memoria. Nosotros interpretamos lo que vemos, y de alguna manera cuando vemos una fotografía nos ayuda a interpretar nuestros recuerdos. A veces hay diferencia entre la memoria individual y colectiva, según la teoría de Wittgenstein, si recuerdas una cosa o crees que las has recordado no es diferente de que pensaste eso o creíste haberlo pensado. No hay diferencia entre recordar algo o creer que lo has recordado".
Un breve silencio sigue a estas palabras de Sam Savage, que concluye diciendo que el filósofo que más convendría a este mundo contemporáneo es Ludwig Wittgenstein "porque vio los límites del pensamiento". Y vuelve a mecerse cadencioso en su silla de madera mientras sus ojos asustadizos recuerdan al Savage náufrago y disperso que lo trajo hasta aquí y que sigue escuchando una voz que ya le dicta su tercera novela.
16,50 euros. Firmin está recién editado por la misma editorial en bolsillo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de septiembre de 2009

Marosa di Giorgio / Una cena

La luz de la tarde
Bogotá, 2010
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Marosa di Giorgio
UNA CENA

Cenábamos como siempre flores y manzanas, rosas, mariposas. Desconocidos se sentaron a la mesa, hablando un idioma distinto al nuestro, con palabras que entendíamos y no entendíamos. Corría jugo de manzanas y tomates, un zumo colorado que, a ratos, tomábamos pasando la lengua por el mantel; había huevos como llamas, como estrellas; explotaban dulcemente, salpicando a todos con pepitas de oro y granos de maíz; comimos pollitos nonatos, azucarados y salados.
Luego, un largo interludio, se demoraba el atardecer.
Se fueron sin saludar los desconocidos.
Yo di un paseo leve y sin rumbo.
Revoloteó el Hada sobre mi doliente paso, mi apesadumbrada belleza de otros siglos.

Marosa di Giorgio
Los papeles salvaje
Arca, Montevideo, 1991


viernes, 25 de septiembre de 2009

Víctor Manuel Mendiola / Absorta


Víctor Manuel Mendiola
ABSORTA

Entre las hojas un rumor de insectos.
Tú, pensativa, escuchas -apoyada
en el negro balcón de la ventana-
esa fuga que sube en los helechos.

Oyes al grillo, sientes a la araña
sobre su tela, sigues en el viento
a la noche... la noche es un revuelo
en la sombra y tú escuchas su abundancia.

Desde la calle llega el estallido
de los autos, la fiebre en las palabras,
el desdén en el ruido de las cosas.

Pero sigues absorta en el bullicio
feroz de los helechos, alejada
y quieta en el tumulto de las hojas. 




jueves, 24 de septiembre de 2009

Deibi Paz / Redención



Deibi Paz
Redención

Descubres la medida de tus sueños
en la delicada silueta
y la táctil fragilidad de mi aliento
Te ofreces entonces a otra vida
detienes las caídas, los retornos
Te sostienes
Desnudo de piel y de palabras
mi aliento te sostiene
                                                                        




miércoles, 23 de septiembre de 2009

Tomás Segovia / Besos


Tomás Segovia
BESOS
Mis besos lloverán sobre tu boca oceánica
primero uno a uno como una hilera de gruesas gotas
anchas gotas dulces cuando empieza la lluvia
que revientan como claveles de sombra
luego de pronto todos juntos
hundiéndose en tu gruta marina
chorro de besos sordos entrando hasta tu fondo
perdiéndose como un chorro en el mar
en tu boca oceánica de oleaje caliente
besos chafados blandos anchos como el peso de la plastilina
besos oscuros como túneles de donde no se sale vivo
deslumbrantes como el estallido de la fe
sentidos como algo que te arrancan
comunicantes como los vasos comunicantes
besos penetrantes como la noche glacial en que todos nos abandonaron
besaré tus mejillas
tus pómulos de estatua de arcilla adánica
tu piel que cede bajo mis dedos
para que yo modele un rostro de carne compacta
                                                                   idéntico al tuyo
y besaré tus ojos más grandes que tú toda
y que tú y yo juntos y la vida y la muerte
del color de la tersura
de mirada asombrosa como encontrarse en la calle con
                                                                              uno mismo
como encontrarse delante de un abismo
que nos obliga a decir quién somos
tus ojos en cuyo fondo vives tú
como en el fondo del bosque más claro del mundo
tus ojos que tú no conoces
que miran con un gran golpe aturdidor
y me inmutan y me obligan a callar y a ponerme serio
como si viera de pronto en una sola imagen
toda la trágica indescifrable historia de la especie
tus ojos de esfinge virginal
de silencio que resplandece como el hielo
tus ojos de caída durante mil años en el pozo del olvido
besaré también tu cuello liso y vertiginoso como un tobogán inmóvil
tu garganta donde la vida se anuda como un fruto
                                                              que se puede morder
tu garganta donde puede morderse la amargura
y donde el sol en estado líquido circula por tu voz y tus venas
como un cogñac ingrávido y cargado de electricidad
besaré tus hombros construidos y frágiles como la ciudad
                                                                         de Florencia
y tus brazos firmes como un río caudal
frescos como la maternidad
rotundos como el momento de inspiración
tus brazos redondos como la palabra de Roma
amorosos a veces como el amor de las vacas por los terneros
y tus manos lisas y buenas como cucharas de palo
tus manos incitadoras como la fiebre
o blandas como el regazo de la madre del asesino
tus manos que apaciguan como saber que la bondad existe
besaré tus pechos globos de ternura
besaré sobre todo tus pechos más tibios que la convalescencia
y que pesan en el hueco de mi mano como la evidencia
                                                              en la mente del sabio
tus pechos pesados fluidos tus pechos de mercurio solar
tus pechos anchos como un paisaje escogido definitivamente
inolvidables como el pedazo de tierra donde habrán
                                                                      de enterrarnos
calientes como las ganas de vivir
con pezones de milagro y dulces alfileres
que son la punta donde de pronto acaba chatamente
la fuerza de la vida y sus renovaciones
tus pezones de botón para abrochar el paraíso
de retoño del mundo que echa flores de puro júbilo
tus pezones submarinos de sabor a frescura
besaré mil veces tus pechos que pesan como imanes
y cuando los aprieto se desparraman como el son
                                                                      en los trigales
tus pechos de luz materializada y de sangre dulcificada
generosos como la alegría de aceptar la tristeza
tus pechos en donde todo se resuelve
donde acaba la guerra la duda la tortura
y las ganas de morirse
besaré tu vientre firme como el planeta Tierra
tu vientre de llanura emergida del caos
de playa rumorosa
de almohada para la cabeza del rey después de entrar a saco
tu vientre misterioso cuna de la noche desesperada
remolino de la rendición y del deslumbrante suicidio
donde la frente se rinde como una espada fulminada
tu vientre montón de arena de oro palpitante
montón de trigo negro cosechado en la luna
montón de tenebroso humus incitante
tu vientre regado por los ríos subterráneos
donde aún palpitan las convulsiones del parto de la tierra
tu vientre contráctil que se endurece como un brusco
                                                           recuerdo que se coagula
y ondula como las colinas
y palpita como las capas más profundas del mar océano
tu vientre lleno de entrañas de temperatura insoportable
tu vientre que ruge como un horno
o que está tranquilo y pacificado como el pan
tu vientre como la superficie de las olas
lleno hasta los bordes de mar de fondo y de resacas
lleno de irresistible vértigo delicioso
como una caída en un ascensor desbocado
interminable como el vicio y como él insensible
tu vientre incalculadamente hermoso
valle en medio de ti en medio del universo
en medio de mi pensamiento
en medio de mi beso auroral
tu vientre plaza de todos
partido de luz y sombra y donde la muerte trepida
suave al tacto como la espalda del toro negro de la muerte
tu vientre de muerte hecha fuente para beber la vida
                                                                   fuerte y clara
besaré tus muslos de catedral
de pinos paternales
practicables como los postigos que se abren sobre
                                                                       lo desconocido
tus muslos para ser acariciados como un recuerdo pensativo
tensos como un arco que nunca se disparará
tus muslos cuya línea representa la curva del curso de los tiempos
besaré tus ingles donde anida la fragilidad de la existencia
tus ingles regadas como los huertos mozárabes
translúcidas y blancas como la vía láctea
besaré tu sexo terrible
oscuro como un signo que no puede nombrarse sin tartamudear
como una cruz que marca el centro de los centros
tu sexo de sal negra
de flor nacida antes que el tiempo
delicado y perverso como el interior de las caracolas
más profundo que el color rojo
tu sexo de dulce infierno vegetal
emocionante como perder el sentido
abierto como la semilla del mundo
tu sexo de perdón para el culpable sollozante
de disolución de la amargura y de mar hospitalario
y de luz enterrada y de conocimiento
de amor de lucha a muerte de girar de los astros
de sobrecogimiento de hondura de viaje entre sueños
de magia negra de anonadamiento de miel embrujada
de pendiente suave como el encadenamiento de las ideas
de crisol para fundir la vida y la muerte
de galaxia en expansión
tu sexo triángulo sagrado besaré
besaré besaré
hasta hacer que toda tú te enciendas
como un farol de papel que flota locamente en la noche.


"¿Qué es lo que yo consagro? Yo no pertenezco ni a un país ni a otro, ni a ningún grupo, generación, corriente literaria ni nada parecido. Esto no lo he buscado, simplemente creo que así fue mi destino, pues desde que he andado de un sitio a otro, cambiando de países, incluso de regiones dentro de los países"
Tomás Segovia



Tomás Segovia
Tomas Segovia
(1927 - 2011)

Poeta, dramaturgo, novelista y traductor nacido en Valencia, España, en 1927.
A los nueve años de edad emigró con su familia a Francia, luego a Marruecos y posteriormente a México, su país de adopción, donde residió la mayor parte de su vida. Publicó sus primeros poemas en 1950, obteniendo una beca Guggenheim.
Escribió una veintena de libros de poesía, entre los que se cuentan, La luz provisional, en 1950; Apariciones, en 1957; Cuaderno del nómada, en 1978; Cantata a solas, en1985; Lapso, en 1986; Noticia natural, en 1992; Fiel imagen, en 1996, y Sonetos votivos, en 2007.
Obtuvo los premios Xavier Villaurrutia en 1972, Magda Donato en 1974, Alfonso X de Traducción en 1982, 1983 y 1984 y Octavio Paz en el año 2000. Murió el martes 7 de noviembre de 2011, en México.


martes, 22 de septiembre de 2009

José Hierro / Alegría


José Hierro
ALEGRÍA

Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
un misterioso sol amanecía.

Era la alegría la mañana fría
y el viento loco y cálido que embiste.
(Alma que verdes primaveras viste
maravillosamente se rompía.)

Así la siento más. Al cielo apunto
y me responde cuando le pregunto
con dolor tras dolor para mi herida.

Y mientras se ilumina mi cabeza
ruego por el que he sido en la tristeza
a las divinidades de la vida.



lunes, 21 de septiembre de 2009

Hugo Mujica / Poemas




Hugo Mujica
POEMAS

HACE APENAS DÍAS

Hace apenas días murió mi padre,
hace apenas tanto.

Cayó sin peso,
como los párpados al llegar
la noche o una hoja
cuando el viento no arranca, acuna.

Hoy no es como otras lluvias
hoy llueve por vez primera
               sobre el mármol de su tumba.

Bajo cada lluvia
podría ser yo quien yace, ahora lo sé,
                             ahora que he muerto en otro.




MÁS HONDO

Hay vidas
en las que el alma
                   se abre
                   más hondo
                   que donde esas vidas laten,
se abre como un relámpago
sin cielo ni trueno,

             como una herida sin pecho 

                                      o un abismo
                                                   donde la belleza es alba.


ALMA

Cuando la lejanía
late adentro
           es que el adentro
                                 ya es afuera;
                                                                     
           es haber llegado al alma,
                                 a ese hueco de nadie
                                                  que en cada uno se abre todos.



BAJAMAR


I.

Tiempo
       de bajamar

algunos graznidos,          
lo que el mar abandona
en la arena
         y esta soledad de ser                               
                                           solo a medias.


II.

Es la hora
de la melancolía,
        la de la ausencia
                   de lo que nunca estuvo,

de lo que sentimos
más propio:                                  

        lo que todavía de nosotros
                                      no dimos a luz en la vida.


NACE EL DÍA                                                     

Nace el día
bajo un cielo despejado,

la claridad en la que todo
se muestra,
lo que hacia ella brota
              y lo que su misma luz marchita.

Todo nacer pide desnudez,
                              como la pide el amor,
                                                     como la regala la muerte.