domingo, 29 de abril de 2018

Yoani Sánchez / Querido Pablo


Pablo Milanés


BITÁCORA HABANERA

Querido Pablo


YOANI SÁNCHEZ
27 AGO 2011

La Habana y Miami son de esas ciudades que están muy lejos a pesar de solo ubicarse a unas millas de distancia. Las confrontaciones políticas a ambos lados, los impedimentos para viajar y un discurso de cinco décadas de enfrentamiento han provocado que el estrecho de La Florida nos parezca insondable. Tímidamente empiezan, no obstante, a levantarse puentes en cada orilla, todavía frágiles e incompletos, pero al menos son un atisbo de un posible y futuro reencuentro. Entre esos gestos de concordia, ninguno ha levantado tanta polémica como el concierto de Pablo Milanés que está programado para hoy, 27 de agosto, en el American Airlines Arena de Miami. Seguidores y antagonistas se enfrentan en un careo sobre la pertinencia o no de que el conocido cantautor se presente ante los exiliados cubanos.


Sería errado tachar a Milanés de disidente. Pero ha encontrado su propio espacio de inconformidad

La querella me ha hecho desempolvar algunos recuerdos de aquellos años de subsidio soviético, cuando el panorama de la música cubana era gris y chato. Todavía no había venido Ry Cooder a descubrir a los viejitos del Buena Vista Social Club, los videoclips extranjeros apenas se colaban en algunos espacios televisivos y tener un reproductor de casetes era algo tan remoto como poseer un trozo de meteorito. La existencia de una lista negra con cantantes exiliados y otros tantos prohibidos hacía que cada día desaparecieran más y más voces de nuestro ya menguado espectro sonoro. En las pesadísimas radios que se importaban de Europa del Este, al mover el dial solo era posible encontrar -una y otra vez- la voz de Silvio Rodríguez o de Pablo Milanés.
Con sus canciones ellos habían creado la banda musical de la utopía, los acordes que acompañaban a un proyecto social que muchos no habíamos ni siquiera podido elegir. Quienes crecíamos bajo esos estribillos, identificábamos a la Nueva Trova con el poder, el statu quo, el Gobierno.
Fuera de la Isla, sin embargo, las mismas canciones que a nosotros nos saturaban hasta el cansancio cobraban otras connotaciones. Fueron los himnos de miles de jóvenes que querían alcanzar ese espejismo del que muchos cubanos estábamos de ida y de vuelta. Las letras interpretadas por Pablo Milanés se convirtieron en verdaderos cánticos de protesta en países como Chile, Argentina y España. El cantautor -nacido en Bayamo en 1943- parecía estar en la cima de su popularidad internacional, pero el camino transitado para llegar hasta ahí no había sido nada fácil.
Pablo tropezó también con la intolerancia que expulsó a tantos colegas suyos de la radio y la televisión nacionales. A mediados de los años sesenta el autor del célebre tema Yolanda fue recluido en la UMAP (Unidades de Ayuda a la Producción), campos de trabajo forzado donde se pretendía reformar a golpe de disciplina militar y de labores agrícolas a religiosos, homosexuales y desviadosideológicos. Después de eso su periplo personal y artístico se mezcló con el de las instituciones, especialmente con la Casa de las Américas. Llegó incluso a convertirse en diputado de nuestra Asamblea Nacional. De ese periodo pocos le perdonan no haber roto la unanimidad de tantas manos levantadas y atreverse a decir en voz alta las opiniones críticas que ya tenía.
Pese a su silencio público, todos empezamos a notar que Pablo Milanés se separaba del oficialismo. No lo hacía con declaraciones altisonantes ni con evidentes tomas de posición, sino lentamente, sin rupturas. El punto climático de ese desgajamiento vino, sin dudas, cuando en 2003 se negó a firmar una carta donde se intentaban justificar las medidas represivas tomadas por el Gobierno cubano. Bajo el nombre de Mensaje desde La Habana para amigos que están lejos, varias personalidades de nuestro quehacer artístico y literario respaldaban hechos de una tremenda violencia judicial. Entre ellos, el fusilamiento de tres jóvenes que habían secuestrado una embarcación para emigrar y el envío a prisión de 75 opositores pacíficos. Pablo se desmarcó de tal compromiso político, aunque otras conocidas voces como Omara Portuondo, Amaury Pérez y Silvio Rodríguez sí suscribieron el documento.
En entrevistas a medios extranjeros, Pablo Milanés ha pronunciado críticas a la gestión del Gobierno cubano. Hasta ha llegado a decir que cree "en el sistema, pero no en los hombres que lo hacen". Herejía de grandes proporciones, si se habla de un proyecto político que durante 50 años se ha intentado hacer a la imagen y semejanza de Fidel Castro. Pero sería errado tachar a Pablo como un disidente. Aunque durante los meses del año que pasa en Cuba evita mezclarse en actos públicos demasiado ideologizados, tampoco ha roto lanzas desde aquí adentro para que se respete la discrepancia o se paren los mítines de repudio.
Sin embargo, su mérito mayor estriba en haber encontrado su propio espacio de inconformidad, su manera muy personal de ser él mismo. Ya no está en todos los puntos del dial de la radio cubana, es cierto, pero en unos días cantará en Miami y contribuirá con su voz al delgado y frágil puente que se levanta entre las dos orillas.
Yoani Sánchez, periodista cubana y autora del blog Generación Y, fue galardonada en 2008 con el Premio Ortega y Gasset de Periodismo. © Yoani Sánchez / bgagency-Milán.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de agosto de 2011


Yoani Sánchez / La traición del juglar



La traición del juglar

Los trovadores latinoamericanos viven hoy una etapa de permisiva tranquilidad. Su enemigo no es la censura, sino el reggaeton. Silvio Rodríguez, firmante del manifiesto Dejen votar a los catalanes, se ha extraviado en Cuba entre reverencias y silencios



29 JUL 2017 - 17:00 COT



La traición del juglar
EDUARDO ESTRADA

 Los cantautores son a menudo confundidos con profetas o líderes. Los temas de numerosos trovadores han terminado por moldear conciencias, erigirse en lemas políticos y volverse mantras incuestionables. Todo movimiento social necesita su fondo musical y en América Latina estos solitarios de la guitarra han acompañado sonoramente a más de uno.





Cronistas pertrechados de melodía, la mayoría de las veces se toma a estos intérpretes al pie de la letra, confundiéndose al personaje de sus estrofas con el ser de carne y hueso que sube al escenario. Bajo las luces, en la íntima atmósfera de un teatro, entona esas frases que después se trastocan para miles de espectadores en eslóganes y posturas. Tras los duros años en que una copla podía costarles la vida o la prisión, los trovadores latinoamericanos que dieron forma a la canción protesta viven ahora una etapa de permisiva tranquilidad. La batalla más encarnizada la libran ante el reggaeton, no contra la censura. Su mayor temor no radica en engrosar las listas negras, sino en que el público mueva el dial para buscar cualquier otra música “más movidita”.
Dejaron de ser el centro de las reseñas y de los críticos, para ser colocados en la aburrida esquina de los consagrados que ya no llenan estadios ni arrancan suspiros. Viven de las glorias pasadas y rara vez una canción suya vuelve a escalar las listas de éxito, aunque en los platós televisivos se les siga presentando como “insuperables” o “indiscutibles”.
Entre aquellos melenudos de verso fácil, los más pícaros han cedido su guitarra a algún poder al que años atrás criticaron, para vegetar a la sombra de festivales, homenajes y entrevistas. Los pocos dardos que aún lanzan en sus textos mezclan los más recurrentes lugares comunes del discurso progresista, mientras que su indumentaria mantiene todas las trazas de un disfraz de calculado desaliño.
Los nombres más conocidos de hace unas décadas acarician hoy los discos con los que convocaron multitudes e hicieron latir conciencias. A falta de aquellas emociones, actualmente se dedican —sin partitura y con voz debilitada— a dictar cátedra de cómo comportarse cívicamente o a azuzar una rebeldía que ellos mismos descartaron por poco rentable.



La música de Rodríguez, compañera una vez de la desobediencia, es hoy la lírica del poder

Algunos de aquellos temas musicales que compusieron cuando soplaban los aires de hacer el amor y no la guerra han sido secuestrados por militantes y extremistas que los cantan —con las venas del cuello a punto de reventar— frente a sus contrincantes políticos. De expresiones musicales libertarias pasaron a ser mordazas para acallar la diferencia, meros himnos de ciega batalla.
Los tiempos de rimar y creerse cada verso han dado paso al cinismo. Muchos de los juglares que pusieron ritmo a la inconformidad se alejaron de la escena pública; otros aparcaron la canción incómoda en busca de mayores ingresos, mientras que la mayoría, extraviada la musa, se ha convertido en defensora de cuanta causa pueda tapar su sequía creativa.
Nostálgicos de un tiempo en que congregaban multitudes, más de uno ha optado por cantarle al poder y dedicar sus estribillos a ciertos populistas bastante impresentables. Escriben por encargo, ensalzan en sus estribillos a desteñidas revoluciones transmutadas en dictaduras y se ganan un espacio en las tarimas oficiales donde las promesas abundan y la sinceridad falta.
No son los tiempos en que Víctor Jara llevó su arte hasta las últimas consecuencias. “Yo no canto por cantar / ni por tener buena voz, / canto porque la guitarra / tiene sentido y razón”, aseguró el chileno que murió a los 40 años con decenas de balas hundidas en su cuerpo. Ahora abundan los creadores que cuidan cada palabra para evitar salirse del esquema de lo políticamente correcto. Compositores de rimas pulidas y cabello bien peinado que se pasean por palacios de Gobierno y reciben con beneplácito sus honoris causa. Forman parte de esa pléyade de intelectuales y creadores que salen en la foto de familia con todo aquel que le plante cara a quienes ellos señalan como la causa de todos los problemas. Antiimperialistas acérrimos, falsos ecologistas y recelosos de la riqueza —siempre que esa fobia no incluya a su bolsillo—, se les ve protagonizando cantatas contra lejanos poderes y Gobiernos bajo los que no viven.
Hace unos cuatro años, el cantautor español Luis Eduardo Aute aseguró que se identificaba con la Revolución Ciudadana del presidente Rafael Correa. La afirmación fue hecha justo en un momento en que el gobernante ecuatoriano se enfrascaba en una dura pelea contra los medios informativos de su país y ponía límites férreos a la libertad de prensa. Las poses irreverentes tienen siempre mucho de miopía, de no ver más allá de su fabricada irreverencia. Bajo el influjo de sus propios estribillos, Aute se creyó el personaje de sus canciones y aquello de que: “Dicen que todo está atado / Y bien atado a los mercados”, cuando en realidad olvidó que a otros poderes también les gusta controlar cada detalle, especialmente la palabra.



Los trovadores de antaño cantan ahora contra poderes y gobiernos lejanos

En Cuba habita un caso extremo. Silvio Rodríguez perdió el unicornio azul de su creatividad hace muchos años. En la misma medida en que sus temas se llenaban de costuras y aburrimiento, su proyección pública se volvió más cercana al discurso oficial. Dejó de escribir canciones inolvidables para enzarzarse en diatribas contra “los enemigos de la Revolución”.
Recientemente, el cantautor sumó su firma al manifiesto Dejen votar a los catalanes que pide al Gobierno español que permita un referéndum sobre la independencia en Cataluña. El nombre de Rodríguez está acompañado por otras figuras como la artista Yoko Ono, la filósofa afroamericana Angela Davis y la premio Nobel Rigoberta Menchú.
El autor de Ojalá rubricó la afirmación de que “una gran mayoría de catalanes ha expresado repetidamente y de diversas maneras el deseo de ejercer el derecho democrático a votar sobre su futuro político”. Considera que “evitar que los catalanes voten” contradice los principios democráticos, precisamente aquellos que los cubanos llevan décadas sin poder disfrutar en su propia tierra.
A este Rodríguez nada le queda de la rebeldía que caracterizó sus primeras tonadas. En 2003, su firma se sumó al Mensaje desde La Habana a los amigos que están lejos, en el que un grupo de intelectuales exponían justificaciones para el encarcelamiento de 75 disidentes en la Isla. El documento respaldó también la decisión del Gobierno de Fidel Castro de fusilar a tres hombres que secuestraron una embarcación de pasajeros para intentar escapar hacia Estados Unidos.
Con una vida cómoda, un estudio de grabación autorizado por el Gobierno y con una mesa repleta, el juglar se extravió en reverencias y silencios. Su música, que una vez acompañó la desobediencia de tantos ciudadanos en esta parte del mundo, ahora forma parte de la lírica oficial, de la sinfonía del poder.
Yoani Sánchez es periodista cubana y directora del diario digital 14ymedio.

sábado, 28 de abril de 2018

Ouka Lee recomienda El cuerpo nunca miente, de Alice Miller



20 de abril de 2018





Ouka Lele.
Ouka Lele. EDUARDO RUIZ


Ouka Lele, fotógrafa

'El cuerpo nunca miente', de Alice Miller. Quiero recomendar este libro aunque recomendaría leer todos los libros de esta autora, La madurez de Eva, El saber proscrito, Por tu propio bien... He escogido este entre sus demás títulos porque dedica capítulos a escritores como Virginia Woolf, James Joyce, Marcel Proust, Yukio Mishima, Friedrich von Schiller, Kafka, Chejov, Rimbaud... y es interesante recorrer el análisis que hace de cada uno de ellos. Me gusta hablaros de un libro que habla de otros escritores para contarnos cómo sus cuerpos hablaban, gritaban con esa voz interior que todo lo sabe, que todo lo ha vivido y que quiere decir la verdad. (Traducción de Marta Torent López de Lamadrid. Tusquets)



Alberto Conejero recomienda La dama blanca, de Christian Bobin



20 DE ABRIL DE 2018




Alberto Conejero.
Alberto Conejero. VÍCTOR SAINZ


Alberto Conejero, dramaturgo

La dama blanca, de Christian Bobin.Este es un libro sobre Emily Dickinson. Sabrás entonces que sus páginas son un poema que arde en todas direcciones, aunque al abrirlo tenga la apariencia de prosa. En puridad tampoco es una biografía, aunque no pueda dejar de serlo. Es Bobin que se reconoce y conoce en Dickinson. Más allá del género, de la lengua, del tiempo. Porque son innumerables los solitarios y no hay mayor dicha que encontrarse con alguien, encontrarse de verdad. Quizás, como yo, tengas que detenerte una y otra vez a la vuelta de un párrafo, volver a él, habitarlo, subrayarlo, aprehenderlo para seguir el camino de las páginas. Hay calambre y sortilegio en muchas de sus líneas. Otras se despliegan como pájaros secretos. “La muerte es una alfarera que hace su trabajo al revés”. En esta línea pasé largas horas. Encontrarás, seguro, las tuyas. Este libro señala lo invisible, y lo invisible es aquello que nos permite ver. (Traducción de Teresa Campoamor. Árdora)

Isabel Coixet recomienda El arte de la ficción, de James Salter



20 de abril de 2018





Isabel Coixet.
Isabel Coixet. LUIS SEVILLANO


Isabel Coixet, cineasta

'El arte de la ficción', de James Salter. Es de esos libros que de puro corto te da mucha pena que se acabe. Es una defensa de la ficción y de cómo contamos la vida maravillosa. Además, la manera de hablar de Flaubert y de Faulkner como si estuvieras viéndolos sentados en una brasserie de la esquina es subyugante. Hacía mucho tiempo que no subrayaba cosas en un libro, y con El arte de la ficción me he sorprendido a mí misma haciéndolo sin descanso. Al final lo dejé porque todo el libro es subrayable, nada sobra en él. (Salamandra)



Gustavo Álvarez Gardeazábal / La triple



Gustavo Álvarez Gardeazábal
LA TRIPLE O
Diario ADN
abril 23 2018

El gobierno nacional, a través de la Agencia Nacional Minera que preside doña Silvana Habib Daza, dictó el pasado 19 de abril la resolución 171 mediante la cual establece la creación en Colombia de lo que ya se puede llamar la Triple O: oro, oligarquía, opresión. Aunque la resolución pretende, dizque sanamente,  establecer los criterios que determinen la capacidad económica  de las personas naturales y jurídicas para cumplir actividades de comercialización de minerales, resulta ser un colador para que finalmente en el caso de la compraventa de oro, ese oficio solo lo desempeñen personas muy pudientes, con capital amplio y suficiente, y todo en aras de permitir presumiblemente que sean los grandes consumidores de oro los únicos que puedan comprarles a los mineros llamados intermedios.
Como desde hace unos meses rige el decreto de espanto, que ni la Cámara de Minerales de la Andi ni los congresistas  ni los alcaldes ni los gobernadores de los departamentos auríferos han sido capaces de cuestionar, y mediante el cual se le fijó un tope  absurdo a la producción de oro desde los barequeros hasta las grandes empresas de minería, esta resolución completa el cuadro para sacar oligarcamente a los pequeños, tanto productores como comercializadores del mercado ,lo que está muy en la línea de este gobierno y de su Ministro de Hacienda, el doctor Mauricio Cárdenas, oligarca de pensamiento, palabra y obra.

Con estas medidas no van a disminuir la producción llamada ilegal de oro. Por el contrario, la van a aumentar con  la opresión porque los pequeños mineros o comercializadores no son bobos y, ante ley injusta, trampa hábil .Pero a los dos grandes cuasi monopolios compradores finales del oro, les quedó el camino expedito para llenar sus bolsillos.


Antonio Muñoz Molina / El infame deseado


El infame deseado

Mientras sus súbditos eran ejecutados por los invasores, Fernando VII felicitaba a Napoleón por cada victoria de sus ejércitos en España






Fernando VII, retratado por Vicente López en 1814 con uniforme de capitán general.Ampliar foto
Fernando VII, retratado por Vicente López en 1814 con uniforme de capitán general. MUSEO DEL PRADO

Hay libros de historia que dan miedo. Uno los lee atrapado en el suspenso de una desgracia que se acerca con la fatalidad inapelable de lo que ya ha sucedido; y también con la angustia sobre un desenlace que se sabe de antemano. Leemos las crónicas de la República de Weimar asustados por el peligro de que Hitler sea nombrado canciller a finales de 1933. Somos inúti­les profetas que no pueden avisarle a la familia de Anna Frank que han de cambiar de escondite, y preferimos que Antonio Machado no sepa en 1937, en su refugio soleado en la huerta de Valencia, el destino que le aguarda apenas dos años después. La historia es una película trágica que ya hemos visto varias veces, pero que nunca deja de oprimirnos el pecho y acelerarnos el pulso cuando se aproxima el desenlace.
La lentitud con que las cosas suceden hasta no hace ni dos siglos, antes del ferrocarril, del barco de vapor y del telégrafo, no disminuye la intriga. En la primavera de 1814, el rey Fernando VII, que ha pasado confortablemente en Francia los seis años de una guerra cruenta y destructiva, regresa a Madrid para recuperar su trono. En la capital lo esperan la regencia constitucional y las Cortes, ante las cuales, cuando llegue, habrá de jurar la Constitución, que ha abolido en su ausencia la monarquía absoluta y ha creado un sistema de separación de poderes, libertades individuales, garantías jurídicas. Los diputados en las Cortes y las autoridades liberales aguardan la llegada del rey sin recelo, aunque también sin un entusiasmo tan marcado como el que manifiesta el pueblo llano. En cuanto la comitiva real entra en España desde Francia, al paso lento de las caballerías y las ruedas de las carrozas, por la aspereza y la dificultad de los malos caminos, a Fernando VII lo aclama la gente, y los párrocos dicen misas de acción de gracias en todos los pueblos, y las campanas se lanzan al vuelo. Después de los años de la ocupación francesa y la guerra, Fernando VII es un héroe regresado, un rey cautivo que al final ha recobrado la libertad. Nadie sabe que en ese cautiverio de lujo, mientras sus súbditos morían de hambre o eran ejecutados por los invasores, Fernando felicitaba con efusiva bajeza a Napoleón por cada victoria de sus ejércitos en España.




En 1814 los liberales cándidos que habían esperado la llegada del rey fueron cazados con una crueldad que produjo escándalo en toda Europa

Desde Madrid, las Cortes han indicado al rey el itinerario de su regreso, y hasta la duración de las etapas. Es urgente que llegue y que jure la Constitución. Pero Fernando no tiene ninguna prisa y se desvía cuando le da la gana del camino marcado. En cada ciudad a la que llega son mayores los agasajos. Hombres forzudos y entusiastas desenganchan los mulos o los caballos de su carroza y se uncen a ella para arrastrar con más gloria al monarca, como costaleros pasionales que sostienen a pulso el trono de una procesión. Y la alegría de la bienvenida se va volviendo cada vez más bronca, más torva. En los púlpitos, los clérigos predican que el rey es Moisés que viene a rescatar al pueblo de la idolatría del becerro de oro liberal y a castigar a sangre y fuego a los nuevos herejes que se han atrevido a desafiar el origen divino de la Monarquía y a ponerle límites, a abolir la Inquisición, a suprimir algunos de los privilegios de la Iglesia. En las ciudades por las que pasa el rey se queman públicamente los ejemplares de la Constitución y se derriban a martillazos las lápidas que la conmemoran en las plazas. Jefes militares que deben su nombramiento a las Cortes suman sus tropas a la comitiva del rey que no tiene la menor intención de dejar de ser un rey absoluto. Los tedeums en honor de Fernando son tan suntuosos como las corridas de toros, a las que su majestad es muy aficionado.
Nosotros sabemos lo que sucederá cuando el rey llegue por fin a Madrid, después de un viaje que ha durado casi dos meses. Hemos visto los grabados cada vez más tenebrosos de Goya, las pinturas negras. Algunos hemos leído la ‘Segunda serie’ de Los episodios de Galdós, que parecen escritos tan a brochazos trágicos como las visiones de la Quinta del Sordo.




Desde la biografía de La Parra, Fernando VII nos mira con la misma muestra de ineptitud, crueldad y sarcasmo que en los retratos de Goya y Vicente López

La España de Fernando VII es un túnel oscuro al que nos da miedo asomarnos a los aficionados a la historia. Ahora yo he vuelto a sumergirme en ella, no sé si gracias al historiador Emilio La Parra o por culpa suya. Josep Fontana publicó hace unos años un estudio del último periodo de aquel reinado, De en medio del tiempo, que transpiraba, en su rigor histórico, una negrura de sótano de novela gótica. Emilio La Parra ha escrito una biografía completa del rey, lo cual al mismo tiempo dilata el campo de la investigación y la ciñe a la peripecia personal. Las circunstancias sociales, la cultura, las mentalidades ocupan menos espacio que los acontecimientos políticos y que los detalles sobre el carácter y la conducta de un rey que para nosotros ya tiene, sin duda merecidamente, la figura truculenta de los retratos de Goya, la crudeza de un esperpento de Valle-Inclán.
En 1814 los liberales cándidos que habían esperado con tanta paciencia la llegada del rey fueron perseguidos y cazados con una crueldad que produjo escándalo hasta en los Gobiernos que intentaban restaurar el Antiguo Régimen en toda Europa. No hubo clemencia ni hubo tregua. Con gran alegría de la Iglesia, Fernando VII restableció la Inquisición, que ahora se dedicaba más a la represión de la disidencia política que de la herejía. Fernando VII fumaba puros, asistía a corridas y misas solemnes, supervisaba condenas y ejecuciones, dejaba hundirse al país en una miseria agravada por las destrucciones de la guerra y por la pérdida de la mayor parte de los territorios de América.
En 1820 parece que regresa el orden constitucional, pero nosotros sabemos lo que viene solo tres años después. La historia no admite cambios de argumento. Los liberales están divididos, son débiles, son incompetentes, confían de nuevo, con credulidad asombrosa, en la buena fe del rey que no deja nunca de traicionarlos. Los clérigos y los ultras —la palabra viene de entonces— carecen de cualquier rastro de mesura o de compasión. Desde las páginas de la biografía de Emilio La Parra, Fernando VII nos mira con la misma muestra de ineptitud y crueldad y sarcasmo que tiene en los retratos cortesanos de Goya, y hasta de Vicente López, que le gustaba mucho más.
‘Fernando VII: un rey deseado y detestado’. Emilio La Parra. Tusquets, 2018. 760 páginas. 25,90 euros.