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domingo, 31 de octubre de 2021

Yasmina Khadra / El atentado V







Yasmina Khadra
EL ATENTADO
V


    Alguien ha pegado un cartel en la verja de mi casa. No es exactamente un cartel, sino la portada de un diario de gran tirada. Encima de una foto grande del caos sangriento del restaurante volado por los terroristas, el titular: LA BESTIA INMUNDA VIVE ENTRE NOSOTROS . Y un artículo a tres columnas.
    La calle está desierta. Una farola anémica dispensa su luz, un halo lívido que apenas sobresale del contorno de la bombilla. Mi vecino de enfrente ha corrido sus cortinas. Son apenas las diez y no hay ninguna ventana encendida.

Yasmina Khadra / El atentado IV

 


Yasmina Khadra

EL ATENTADO

IV


    El capitán Moshe y sus asistentes me mantienen despierto durante veinticuatro horas seguidas. Se van relevando en el sórdido cuartucho donde se lleva a cabo el interrogatorio. Se trata de una especie de ratonera de techo bajo y paredes insípidas, con una bombilla enrejada encima de mi cabeza cuyo continuo chisporroteo acabará volviéndome loco. Mi camisa empapada de sudor me corroe la espalda con la voracidad de un manojo de ortigas. Tengo hambre y sed, me duele todo y no veo el final del túnel. Han tenido que agarrarme por las axilas para llevarme a orinar. He vaciado media vejiga en mi calzoncillo antes de conseguir abrir la bragueta. Mareado, por poco me rompo la cabeza contra el bidé. Me han devuelto a mi jaula a rastras. Luego, nuevo acoso, las preguntas, los puñetazos sobre la mesa, las tortas para impedir que me desmaye.

Yasmina Khadra / El atentado III

 



Yasmina Khadra

EL ATENTADO 

III


    He perdido a pacientes mientras los operaba. Nunca se sale indemne de ese tipo de experiencia. Pero mi sufrimiento no acababa ahí; tenía además que dar la terrible noticia a los familiares del difunto, que contenían el aliento en la sala de espera. Recordaré durante el resto de mi vida su angustiada mirada al verme salir del quirófano. Era una mirada a la vez intensa y lejana, cargada de esperanza y de miedo, siempre la misma, inmensa y profunda como el silencio que la envolvía. En ese preciso instante, perdía la confianza en mí mismo. Tenía miedo de mis palabras, del impacto que iban a producir. Me preguntaba cómo los familiares iban a acusar el golpe, en qué iban a pensar en primer lugar cuando se enteraran de que el milagro no se había producido.

Yasmina Khadra / El atentado I

 



Yasmina Khadra

EL ATENTADO

I


    Tras la operación, nuestro director Ezra Benhaím viene a verme al despacho. Es un hombre ágil e impetuoso, a pesar de sus sesenta años cumplidos y su sobrepeso. En el hospital lo llaman el sargento de caballería por su excesivo militarismo, agravado por un sentido del humor de lo más inoportuno. Pero, a las duras, es el primero en remangarse y el último en abandonar la nave.

Yasmina Khadra / El atentado / Fragmento


Yasmin Khadra

EL ATENTADO 


No recuerdo haber oído ninguna explosión. Quizá un silbido, como el crujido de una tela al desgarrarse, pero tampoco estoy seguro. Estaba pendiente de esa especie de divinidad rodeada de un enjambre de fieles a la que su guardia pretoriana intentaba abrir paso hasta su vehículo. «Dejen paso, por favor… Por favor, apártense.» Los fieles se daban codazos para ver al jeque de cerca y tocar su kamis . El venerado anciano se daba la vuelta de cuando en cuando para saludar a un conocido o dar las gracias a un discípulo. De su ascético rostro irradiaba una mirada afilada como un alfanje. Intenté sin éxito romper el cerco de los cuerpos en trance que me aplastaban. El jeque se metió en su vehículo y agitó una mano tras el cristal blindado mientras dos guardaespaldas se sentaban a cada lado de él… Y nada más. Algo desgarró el cielo y fulguró en medio de la calzada como si fuera un rayo; su onda expansiva me alcanzó de lleno, desarticulando al grupo cuyo frenesí me tenía cautivo. En una fracción de segundo, el cielo se vino abajo y la calle, hasta ahora henchida de fervor, quedó completamente patas arriba. El cuerpo de un hombre, o un chico, se cruzó ante mi aturdimiento como un flash oscuro. ¿Qué está pasando?… Una avalancha de polvo y fuego me succiona bruscamente y me catapulta entre mil proyectiles. Tengo la vaga sensación de estar deshilachándome, disolviéndome en la onda de choque… A pocos metros —o quizá a años luz—, el vehículo del jeque está ardiendo. Lo engullen unos tentáculos voraces que desprenden en el aire un espantoso olor a cremación. Su zumbido debe de ser aterrador, pero no lo percibo. Una fulminante sordera me ha arrebatado los ruidos de la ciudad. No oigo ni siento nada, sólo planeo y planeo. Planeo durante una eternidad antes de caer a tierra, grogui, descoyuntado pero curiosamente lúcido, con los ojos más grandes que el horror que acaba de abatirse sobre la calle. Justo cuando alcanzo el suelo, todo se detiene; las antorchas por encima del coche destartalado, los proyectiles, el humo, el caos, los olores, el tiempo… Una voz celestial sobrevuela el insondable silencio de la muerte, cantando un día regresaremos a nuestro barrio . No es exactamente una voz; parece un leve temblor, una filigrana… Mi cabeza rebota sobre algo… Mamá , grita un niño, con voz débil pero clara y pura. Viene de muy lejos, de alguna sosegada lejanía… Las llamas que devoran el vehículo se niegan a moverse, los proyectiles a caer… Mi mano se busca a sí misma entre las piedras, creo que estoy herido. Intento mover las piernas, alzar el cuello; ningún músculo obedece… Mamá , grita el niño… Aquí estoy, Amín… Ahí está mamá, surgiendo tras una cortina de humo. Avanza entre los escombros en suspensión, los gestos petrificados, las bocas abiertas al abismo. Por un momento creo que es la Virgen, con su velo lechoso y su mirada martirizada. Mi madre siempre ha sido así, triste y radiante a la vez, como un cirio. Cuando ponía su mano sobre mi frente ardiendo, desaparecía toda fiebre y desazón… Y ahí está , con su magia intacta. Siento cómo un escalofrío me recorre de pies a cabeza a la vez que libera el universo y pone en marcha el delirio. Las llamas recobran su macabra actividad, la metralla su trayectoria, el pánico su profusión… Un hombre harapiento, con la cara y los brazos tiznados, intenta acercarse al coche en llamas. Aunque gravemente herido, hace lo imposible por socorrer al jeque, movido por una especie de terquedad. Cada vez que alcanza la puerta del coche, una llamarada lo repele. Los cuerpos atrapados arden dentro del vehículo. Dos espectros ensangrentados se mueven del otro lado, intentan forzar la puerta trasera. Los veo aullar órdenes, o de dolor, pero no los oigo. Cerca de mí, un anciano desfigurado me mira fijamente, como alelado; no parece darse cuenta de que está destripado, de que su sangre cae en cascada dentro de un bache. Un herido se arrastra sobre los escombros, con una enorme mancha humeante sobre la espalda. Pasa justo a mi lado, gimiendo como un loco, y muere un poco más allá, con los ojos como platos, como si no admitiera que esto podía ocurrirle a él . Los dos espectros acaban rompiendo el parabrisas y se abalanzan en el interior. Otros supervivientes acuden en su ayuda. Arrancan con sus propias manos trozos de coche ardiendo, rompen los cristales, se ensañan con las puertas y consiguen extraer el cuerpo del jeque. Una decena de brazos se lo llevan en volandas y lo alejan de la hoguera antes de tumbarlo sobre la acera mientras una nube de manos se esfuerza en apagar las llamas de su ropa. Siento una miríada de punzadas en la cadera. Mi pantalón ha desaparecido prácticamente y sólo me cubren aquí y allá unos retazos calcinados. Mi pierna yace pegada a mi costado, a la vez horrible y grotesca, aún unida al muslo por un hilo de carne. De repente me abandonan todas mis fuerzas. Siento como si mis fibras se disociaran unas de otras y ya se estuvieran descomponiendo… Por fin oigo los aullidos de una ambulancia, y poco a poco regresan los ruidos de la calle, acuden en tropel y me ensordecen. Alguien se inclina sobre mi cuerpo, lo ausculta someramente y se aleja. Lo veo agacharse ante un amasijo de carne carbonizada, tomarle el pulso y luego hacer una señal a los camilleros. Otro hombre me toma el pulso y deja caer mi mano… «Éste está listo. No se puede hacer nada por él…» Tengo ganas de retenerlo, de obligarle a que me vuelva a examinar, pero mi brazo se amotina y reniega de mí. Mamá , vuelve a gritar el niño… Busco a mi madre en medio del caos… Sólo veo vergeles hasta donde me alcanza la vista… Los vergeles del abuelo… del patriarca… una tierra de naranjos donde siempre era verano… y un chaval soñando en lo alto de una cresta. El cielo es de un azul límpido. Los naranjos se dan los unos a los otros la mano. El niño tiene doce años y un corazónde porcelana. A esa edad en que todo son flechazos, pues su confianza es tan grande como sus alegrías, querría hincarle el diente a la luna como si fuera una fruta, convencido de que no hay más que tender la mano para aferrar toda la felicidad del mundo… Y allí, ante mis ojos, a pesar del drama que acaba de desfigurar para siempre el recuerdo de este día, a pesar de los cuerpos que agonizan sobre la calzada y de las llamas que siguen envolviendo el vehículo del jeque, el chico pega un bote y, con los brazos desplegados como si fueran alas de gavilán, echa a correr por el campo donde cada árbol es una maravilla… Tengo la cara surcada de lágrimas… «Quien te haya dicho que un hombre no debe llorar ignora lo que significa ser un hombre», me confesó mi padre cuando me pilló abatido en la cámara mortuoria del patriarca. «Llorar no es ninguna vergüenza, hijo. Las lágrimas son lo más noble que tenemos.» Como me negaba a soltar la mano del abuelo, se agachó ante mí y me cogió en sus brazos. «No sirve de nada quedarse aquí. Los muertos, muertos están, ya han expiado sus pecados. En cuanto a los vivos, no son sino fantasmas anticipados…» Dos camilleros me levantan y me echan sobre una camilla. Se acerca una ambulancia marcha atrás con sus puertas muy abiertas. Unos brazos me introducen en el interior de la cabina y casi me tiran en medio de otros cadáveres. Con un último sobresalto, oigo mi sollozo… «Dios, si se trata de una horrible pesadilla, haz que me despierte de inmediato…»





Yasmina Khadra, el escritor con nombre de mujer, deja la literatura por el cine






Yasmina Khadra, el escritor con nombre de mujer, deja la literatura por el cine

El autor argelino publica en España ‘La sal de todos los olvidos’: “Tengo otras dos novelas terminadas, mi editor las tiene desde marzo y saldrán en 2022. Son los últimos libros que voy a escribir”


Silvia Ayuso
París, 4 de octubre de 2021


Yasmina Khadra sabe cómo administrar sus sorpresas. Ahí está su golpe maestro de 2001, cuando reveló, tras años jugando al despiste, que tras el nombre de lo que hasta entonces se creía era una escritora argelina de fama creciente se escondía en realidad un hombre. Más aún: quien reventó todos los estereotipos escribiendo bajo seudónimo femenino (el nombre de su esposa), algo que en un país árabe y machista ya suponía todo un escándalo, no era encima un hombre cualquiera. Yasmina Khadra era y es en realidad Mohamed Moulessehoul (Kenadsa, 66 años), un militar de carrera que cuando reveló su verdadera identidad había llegado a comandante. En el Ejército, combatió el islamismo en su Argelia natal en la terrible década de 1990.

La sucia verdad de Yasmina Khadra

 

Yasmina Khadra

La sucia verdad de Yasmina Khadra

Con 'La deshonra de Sarah Ikker', el argelino vuelve a ofrecer un policíaco de tinte clásico en el que las miserias de la sociedad, el machismo y una turbia historia de amor se entremezclan con el misterio


Juan Carlos Galindo
11 de febrero de 2020

Es de sobra conocida la historia de Yasmina Khadra, pseudónimo de Mohamed Moulessehoul, oficial del ejército argelino, que usó esta identidad compuesta por los dos nombres de su mujer para denunciar, desde esa atalaya privilegiada que le daba su posición, las lacras de la sociedad argelina. Esa es una de las grandes virtudes de la Trilogía de Argel, serie protagonizada por el comisario Brahim Lob y que le dio fama y prestigio literario. Luego ha ido el autor combinando escenarios diversos (Tel Aviv en El atentado; Bruselas y París en Khalil; Libia en La última noche del Rais) con otras novelas que volvían a su país natal (A qué esperan los monos).

Yasmina Khadra / “Un terrorista es alguien que busca una familia”


Yasmina Khadra en París el pasado mes de octubre.
Yasmina Khadra en París el pasado mes de octubre.BRUNO ARBESÚ

Yasmina Khadra: “Un terrorista es alguien que busca una familia”

En su nueva novela, ‘Khalil’, el escritor argelino se mete en la piel de uno de los yihadistas que atentaron contra París en noviembre de 2015


Álex Vicente
París, 13 de noviembre de 2018

Si el terrorismo aparece en muchas de las novelas de Yasmina Khadra (Orán, 1955) es porque dejó una marca profunda en el escritor cuando ejercía de comandante del ejército argelino a cargo de la lucha contra el Grupo Islámico Armado. Corrían los 90 y la organización terrorista dejaba un rastro de cadáveres a su paso. “Cargué con bebés aplastados en mis brazos. Quienes me acusen de empatía no han entendido nada”, advierte el escritor al inicio de una entrevista en su editorial parisina. Lo dice porque en su nueva novela, Khalil (Alianza), se mete en la piel de uno de los kamikazes que perpetraron los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París. Lo hace, además, adoptando la primera persona y describiendo con detalle el proceso que lleva a un chico de la calle a radicalizarse. No se trata de explicar ni de justificar nada, pero sí de aportar un contexto. “Lo considero un libro absolutamente necesario para evitar esa estigmatización que pretende instalarnos en la discordia”, señala Khadra, en uno de sus habituales ataques a ese “movimiento intelectual” que agita la islamofobia en Francia, su país de adopción, asociando el problema “al Corán y al profeta”.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Berta Lucía Estrada / Yasmina Khadra e Ingrid Betancourt


YASMINA KHADRA 
E INGRID BETANCOURT
Por Berta Lucía Estrada


Yasmina Khadra (jazmín verde), es el seudónimo del escritor argelino Mohammed Moulessehoul (1955). Khadra vive actualmente en Aix-en-Provence y su obra literaria ha sido escrita en francés, no sólo porque nació cuando Argelia era aún una colonia francesa, sino porque cuando estaba en el colegio el profesor de árabe criticaba y rechazaba su forma de escribir y el de francés lo estimulaba y apoyaba; por lo que desde entonces escribir en dicha lengua se convirtió en algo natural. Es de anotar que Yasmina Khadra fue galardonado con el Gran Premio de Literatura Henri Gal 2011, concedido por la Academia Francesa, por el conjunto de su obra literaria.


Hace algunos años compré uno de sus libros, Las Golondrinas de Kabul, pero como muchos otros ha estado en la estantería de mi biblioteca esperando su lectura, ya que soy una compradora un poco compulsiva; así que a veces los libros me esperan algún tiempo para ser leídos. Y esta semana volví a encontrarme con el autor en cuestión al adquirir L’équation africaine (Éditions Julliard, Paris, 2011). Si bien al principio pensé que me encontraba frente a una pequeña joya sobre la condición humana, poco a poco este sentimiento fue cediendo, hasta tener la impresión de estar leyendo un bestseller y al final creí estar viendo una telenovela colombiana, de esas que hacen llorar a medio país varias veces a la semana. Pero sobre todo, tuve la impresión que el tema había sido escogido gracias a No hay silencio que no termine de Ingrid Betancourt. El libro de Khadra narra el secuestro de un médico alemán y de su amigo, un empresario que dedica parte de su fortuna personal a la ayuda humanitaria, por parte de una banda de rebeldes sin causa de Somalia.

Ahora bien, si hay un aspecto que resalto del libro de Betancourt, es la discreción a la hora de mostrar el horror al que se vio enfrentada; es un velo de pudor que mitiga lo que podría ser un cuadro dantesco. En cambio, en Khadra ese pudor es inexistente; más bien se tiene la impresión de ser un observador de primera fila en un circo romano del siglo XXI. Su libro es bastante realista, como si aún estuviese escribiendo para lectores decimonónicos. Pienso que la gran diferencia es que mientras que Ingrid Betancourt experimentó en carne propia siete años de infierno, Yasmina Khadra sólo ha imaginado lo que puede ser el descenso a los infiernos. Su lenguaje es cruel, despiadado, descarnado, no disfraza las palabras. Y si bien el Dr. Kurt Krausmann, el personaje principal, aprende a conocerse a sí mismo a medida que sobrevive al terror, a la manera de un viaje simbolista, un viaje al interior de sí mismo; el autor se pierde al regodearse en pequeños detalles de golpes y sangre. Sobra decir que la lectura de L’équation africaine no me produjo mayores sensaciones, más bien me dejó fría y en algunos pasajes más bien me produjo desagrado.



“No hay silencio que no termine", es un verso de Pablo Neruda, que pareciera que hubiese sido escrito para darle un título al libro de Ingrid Betancourt. Confieso que no he sentido ningún deseo de leer los testimonios que desde hace algún tiempo están apareciendo en las librerías colombianas, supuestamente escritos por las personas que han sufrido el oprobio del secuestro. No obstante, la entrevista de Héctor Abad Faciolince a la autora, y su comentario lúcido, como todo lo que él dice o escribe, que se trata de una verdadera obra literaria, me sembró el interés por su lectura, el cual se incrementó con el artículo de Santiago Gamboa; entrevista y comentario publicados por la prensa en el segundo semestre de 2010. Lo leí despacio, tratando de sumergirme en el horror descrito en las 689 páginas de Même le silence a une fin, Editions Gallimard, 2010. Lo leí en francés, ya que las traducciones rara vez son fieles a las obras originales.

Mi relación con Ingrid ha pasado por diferentes etapas. La primera fue una gran admiración por su valentía; me refiero a las huelgas de hambre que hizo en el Senado colombiano o como cuando se postuló como candidata a la Presidencia de la República. También seguí con mucho interés su campaña, en la que creo recordar que distribuía condones en la calle; uno de los aspectos que influyó en mi decisión de votar por ella, ya que apruebo las posturas contestarias, además de ser un acto de sensatez en un país de doble moral como es el nuestro. Pero cuando fue secuestrada, debo confesarlo, sentí cólera y rechazo, ya que creía que ella había buscado ser secuestrada, no para quedarse 6 ½ años de su vida pudriéndose en la selva, sino para ser liberada en 48 o 72 horas con un comunicado de las FARC, lo que en ese entonces sucedía con alguna frecuencia, y lo que habría aumentado su popularidad. Durante esos años de infortunio me llegó a desestabilizar que sólo preguntaran por ella; ya que era consciente que habían muchas otras personas que estaban sufriendo el mismo calvario. Pero luego hubo un cambio en mi actitud. Cuando regresé a Francia en 2005 y vi su rostro en las Alcaldías de ciudades y pueblos por los que pasaba, entendí que ella visibilizaba la infamia del secuestro. Poco tiempo después yo misma hacía parte de uno de los grupos de apoyo a Ingrid Betancourt. El día de su liberación lloré, sentí que el terror que había vivido, era el mismo que mi país ha experimentado en esta larga guerra fratricida en la que estamos inmersos hace ya más de cincuenta años.

No hay silencio que no termine es un libro muy bien escrito, con una gran riqueza de lenguaje, que muestra el gran dominio que Ingrid tiene del francés. Tuve la sensación que la autora quiso utilizar un filtro que la protegiese de los recuerdos del cautiverio, no hay que olvidar que la lengua materna de Ingrid Betancourt es el castellano; así que al filtrar las palabras en un idioma que es más lógico que el nuestro, aunque sea también de origen latino, permitió que el dolor se atenuara. Ese filtro, al llegar a mí, volvió a operar. Lo leí con sangre fría, antes de leerlo creí que iba a llorar, que me iba a estremecer pensando en la ignominia que le había tocado enfrentar y a la cual yo jamás podría sobrevivir. Pero no, no lloré, ni se me puso la carne de gallina. El velo que Ingrid utilizó para no exponer su dolor en una vitrina como si fuese una herida supurante, sino más bien como un velo de una textura fina, cuyo material es el pudor, le permitió mostrar la adversidad y el delirio humano. Pienso que esa es la gran estrategia literaria que hace que su libro no sea un simple testimonio de una víctima, sino un libro sobre la condición humana.

No hay silencio que no termine nos muestra la vileza en toda su dimensión. Es un fresco de las bajezas y de la humillación, a las que somos capaces de llegar cuando la frontera entre la razón y la locura se hace tan tenue como una simple vara en la que caminamos como funámbulos. Pero también es el fresco del deseo de poder que puede apoderarse de nosotros cuando somos incapaces de ver en el otro a un ser humano con nuestras mismas debilidades, necesidades, angustias. Estoy convencida que para las FARC este libro es un golpe enorme, como si se tratase de un bombardeo de gran magnitud; puesto que nos muestra que todo el supuesto argumento “revolucionario” y “los deseos por una sociedad más justa y equitativa” son una gran falacia en el corazón de una guerrilla que hace tiempo está en los estertores de una enfermedad terminal, pero que por una u otra razón, se niega a morir; aunque todos conocemos la verdadera razón, sabemos que el narcotráfico, la guerra y las ganancias, con multitud de ceros a la derecha, evitan que haya una luz al final del túnel.


EL HILO DE ADRIADNA



FICCIONES

DE OTROS MUNDOS
Amélie Nothomb / Cuando escribir es sinónimo de fabricar

BERTA LUCÍA ESTRADA
Estudios: Literatura en la Pontificia Universidad Javeriana, una Maestría y un Diploma de Estudios Profundos (DEA) en literatura, en la Universidad de la Sorbona (París- Francia), una Especialización en Docencia Universitaria en la Universidad de Caldas, un Diplomado en Historia y Crítica del arte del Siglo XX y un Diplomado en Cultura Latinoamericana. Soy librepensadora, feminista, atea y defensora de la otredad. He publicado nueve libros, entre ellos La ruta del espejo, poesía, Editions du Cygne (Francia-2012), en edición bilingüe, Náufraga Perpetua,ensayo poético, Ediciones Embalaje-Museo Rayo, 2012, ¡Cuidado! Escritoras a la vista..., ensayo literario sobre la mal llamada literatura de género; y el ensayo ... de ninfas, hadas, gnomos y otros seres fantásticos. Docente universitaria en las áreas de lengua francesa, literatura hispanoamericana y francófona en la Universidad de Caldas; conferencista internacional y profesora invitada en universidades de Brasil y Panamá. He dado recitales de poesía en Colombia, Brasil, Francia, Panamá, Polonia, Canadá y Alemania. Soy integrante de Ia Asociación Canadiense de Hispanistas y del Registro Creativo, éste último fundado por la poeta argentino-canadiense Nela Río.