Marta Rebón, en la coctelería Dr. Stravinsky de Barcelona.VICENS GIMÉNEZ
Marta Rebón y las claves para desentrañar la “pulsión fratricida” de Putin
Fascinada desde niña por los grandes autores rusos, en su ensayo ‘El complejo de Caín’, la traductora y escritora Marta Rebón rebusca en este legado para conocer a “un déspota sin escrúpulos como Putin”
MIQUEL ECHARRI
13 SEPT 2022 - 22:40 COT
A Marta Rebón(Barcelona, 45 años) le duele Rusia. No la de Chéjov ni la de los escritores disidentes a los que ella lleva traduciendo desde hace más de 15 años, sino la de Vladímir Putin y su “autocracia cínica”. De ese dolor ha nacido El complejo de Caín, una crónica de las relaciones de pésima vecindad entre ucranios y rusos vistas desde el observatorio privilegiado de la literatura. En la obra de Mijaíl Bulgákov, Svetlana Aleksiévich, Isaak Bábel, Liudmila Ulítskaya o Vasili Grossman, algunos de ellos ucranios que escribieron en ruso, Rebón ha intentado encontrar claves para entender la “pulsión fratricida” que está en los orígenes de la actual guerra.
Prisioneros del gulag de Vorkutá, uno de los más grandes de la Unión Soviética, en 1945.LASKI DIFFUSION
El comunismo, en tres palabras para los escritores y artistas: censura, represión, muerte
El periodista y editor Manuel Florentín publica una gran crónica de la persecución que los regímenes totalitarios han perpetrado contra intelectuales y creadores, desde la Unión Soviética de Lenin a la Nicaragua de Ortega
“Lo que recibe el nombre de comunismo no es otra cosa que fascismo con bandera roja” (Valentín González, El Campesino, comunista español, teniente coronel en la Guerra Civil y antiestalinista).
En la imagen, el periodista de EL PAÍS Cristian Segura, en Ucrania.ALBERT GARCIA
Lecturas de un corresponsal de guerra en Ucrania
Para un periodista que cubre el conflicto, es fundamental entrevistar a gente de toda condición, observar, hacer vida social y aprender la lengua, pero también lo es leer
Cristian Segura
15 de mayo de 2023
En Kiev y en Moscú hay dos piscinas municipales que tienen muchas cosas en común. Para empezar, se llaman igual, Olimpiski, porque se ubican en espacios que sirvieron de sedes deportivas de los Juegos Olímpicos de 1980 —en el caso de la piscina de Kiev, solo se trata de la proximidad al estadio de fútbol—. Las piscinas se encuentran en los distritos más céntricos de ambas capitales. Las vigilantes de los vestuarios y del acceso al agua son mujeres de edad avanzada, de cuerpo robusto como el tronco de un nogal y que sonríen a cuentagotas. Otra cosa en común es que dos periodistas catalanes han nadado regularmente en ellas: en la de Moscú, el corresponsal de TV3 Manel Alías; en la de Kiev, quien escribe estas líneas.
Sucedió en la primavera de 1992, pocos meses después de proclamarse la independencia de Ucrania. Joseph Brodsky, el premio Nobel de Literatura ruso exiliado en Estados Unidos, lanzó una pregunta que delataba el sentir ruso que alienta hoy la invasión de Ucrania. Brodsky participaba en un debate sobre poesía eslava en la Universidad Rutgers de Estados Unidos con el polaco Czeslaw Milosz y Oksana Zabuzhko. Cuando esta fue presentada como poeta ucrania, Brodsky preguntó en tono de burla: “¿Dónde está Ucrania?”. Zabuzhko, que se sentaba entre él y Milosz, respondió: “¿No lo ve? Está donde siempre, entre Polonia y Rusia”.
Soldados rusos participan en el ensayo del desfile militar por el Día de la Victoria en Moscú, que se celebró el 9 de mayo.YURI KOCHETKOV
El hombre, el gorila y la Gran Guerra Patriótica
Putin vuelve a servirse del triunfo soviético sobre los nazis para darle la vuelta a los hechos y acusar a Occidente de los horrores de su invasión a Ucrania
José Andrés Rojo
11 de mayo de 2023
La Gran Guerra Patriótica ha regresado un año más a la Rusia de Putin como el referente con el que volver a presentarse al mundo con el mejor de los rostros. Ganamos a los nazis, los arrinconamos y aplastamos, acabamos con su delirio de poder y sus terribles excesos y matanzas. El sacrificio fue enorme y se calcula que 27 millones de soviéticos perdieron la vida, pero consiguieron derrotar a Hitler. Putin mira el final de la II Guerra Mundial como un horizonte de grandeza y fuerza los hechos para contar que la historia se repite y que, si entonces fue el Tercer Reich el que invadió sus tierras para dominarlas, hoy de nuevo Occidente machaca a los rusos en Ucrania. Los desfiles de la conmemoración del Día de la Victoria no han sido los de otras veces, pero las tropas volvieron a escenificar el brillo del poder militar ruso marcando el paso. Putin habló desde una tribuna y la soldadesca respondió al otro lado que sí, que ganarán de nuevo.
Los soldados rusos toman posiciones durante la batalla de Stalingrado.STF
Stalingrado y “el carácter inquebrantable del pueblo ruso”
Vladímir Putin sigue cultivando el mito de la Gran Guerra Patriótica para justificar la invasión de Ucrania
José Andrés Rojo
2 de febrero de 2023
En algún momento de su monumental novela Stalingrado,Vasili Grossman se refiere al motor que impulsaba a buena parte de quienes se batían a muerte con las fuerzas nazis que invadieron la Unión Soviética en 1941: “Una idea tan sencilla como ‘quiero que las personas trabajadoras vivan libres, felices y prósperas en una sociedad justa y emancipada’ fue la razón fundamental que guio las extraordinarias vidas de muchos revolucionarios y pensadores”. Los desmanes y el terror de Stalineran tan notorios que nadie podía llamarse a engaño, pero la voluntad de frenar al enemigo se impuso y, con el tiempo, la Unión Soviética fue una de las grandes potencias vencedoras en la que allí se conoce como la Gran Guerra Patriótica. Vladímir Putin lleva tiempo intentando aprovechar aquella gesta para alimentar su relato ultranacionalista, y el último paso podría ser el de volver a nombrar Stalingrado a Volvogrado.
Una pareja mira sus teléfonos junto a una antigua atracción en el Parque de Cultura y Recreación Tarasa Shevchenka, en Berdichev, a finales de marzo.ALBERT GARCIA
LA OFENSIVA DE RUSIA EN UCRANIA
Berdichev, en el corazón de las tinieblas: de las peores atrocidades nazis a los bombardeos de Putin
En esta ciudad de Ucrania nacieron los escritores Vasili Grossman y Joseph Conrad, y en ella se casó Honoré de Balzac. Sufrió el Holocausto nazi y la feroz represión estalinista. Hoy, Berdichev sigue condenada a las tinieblas de la guerra
Cristian Segura
29 de abril de 2022
Hay una pequeña ciudad en el centro de Ucrania que pocos conocen más allá de las fronteras de este país en guerra. Su nombre, Berdichev, no resulta familiar para la mayoría de europeos, pero su historia y presente concentran el alma y el dolor compartido por los pueblos del Viejo Continente. Entre sus colmenas de viviendas soviéticas aguantan todavía bellos edificios del siglo XIX, testigos de un pasado rico en lo cultural y en lo económico. Berdichev fue centro espiritual del judaísmo en Ucrania y cuna de una refinada aristocracia local que vio nacer a dos genios de la literatura como Vasili Grossman y Joseph Conrad. También fue el escenario de las peores atrocidades nazis y de la feroz represión comunista. Hoy vive bajo la amenaza de los misiles rusos.
Suenan las sirenas de alerta ante un posible ataque aéreo y los transeúntes de la calle de Europa prosiguen su camino como si nada sucediera. Han pasado ya semanas desde el inicio de la guerra y los ciudadanos se han acostumbrado a este tétrico sonido, acompañado además por el doblar de las campanas de las iglesias. Las alarmas indican que los radares del Ejército ucranio han detectado actividad aérea del invasor en dirección a la provincia de Yitómir, donde se localiza Berdichev. Pueden ser misiles, drones o aviones. Solo en una ocasión cayeron las bombas sobre el casco urbano de la ciudad.
Viviendas junto a la orilla del río Hnylopayatka.ALBERT GARCIA
Los ciudadanos de Berdichev se sienten confiados en los últimos días de marzo y aprovechan cuando sale el sol para pasear por la avenida principal, la dedicada a Europa. En las horas de alarma aérea únicamente se prohíbe el acceso a la plaza frente al ayuntamiento porque es un posible objetivo del enemigo. La sede consistorial es un enorme edificio con dimensiones soviéticas más propias de un ministerio que de un municipio de 75.000 habitantes que dejó atrás su época más gloriosa. A pocos metros del ayuntamiento se encuentra la iglesia de Santa Bárbara. En ella contrajeron matrimonio en 1850 la condesa polaca Éveline Hanska y el escritor francés Honoré de Balzac, uno de los padres de la novela moderna.
La condesa Hanska era una de las muchas admiradoras que tuvo Balzac. Durante dos décadas mantuvieron una relación epistolar que empezó cuando ella era la mujer del conde ucranio Vinceslas Hanski. Cuando este murió, en 1841, los amantes intercalaron estancias por Europa y sobre todo en el palacio que ella había heredado, a 60 kilómetros de Berdichev. Se casaron tan solo tres meses antes de la muerte del escritor. Ella fue posteriormente enterrada junto a él en París y es recordada por ser la destinataria de las Cartas a la extranjera, una recopilación póstuma de las misivas que le escribió él, textos que exponen la capilaridad de los pueblos de Europa. “Piensa que estaré navegando durante quince días por el Mediterráneo”, relataba Balzac en 1838 a su futura esposa, “de allí a Odesa es todo mar, o, como decimos en París, un camino pavimentado. Y de Odesa a Berdichev solo hay un paso”.
En la calle de Europa hay un edificio de oficinas que lleva el nombre de Balzac. Un busto del escritor preside el acceso a los ascensores que llevan al visitante a la sexta planta, donde la familia Dziuba regenta el parque infantil Marioland, una adaptación local del famoso videojuego. La zona de actividades infantiles se ha quedado sin empleadas ni niños, la mayoría se han desplazado a provincias más alejadas del frente o al extranjero. Sí funciona el restaurante, Luigi, que en vez de a familias da de comer a los hombres que se han quedado en la ciudad. Luda Dziuba es la hermana del propietario y durante la guerra se encarga del establecimiento. Dziuba no conocía la historia de amor entre Balzac y Hanska, y que acabaría dando nombre al edificio en el que sirve pizzas y hamburguesas. Admite que poco sabe del pasado de su ciudad en general, pero sí sabe, porque se lo enseñaron en la escuela, que los alemanes masacraron a la población judía local.
Bajo estas líneas, un autobús pasa junto a un monumento hecho con un tanque T-34 utilizado en la liberación soviética de Berdichev durante la II Guerra Mundial.ALBERT GARCIA
Berdichev, como buena parte de Ucrania, fue durante siglos una pieza codiciada por Polonia, Lituania y Rusia. A mediados del siglo XVIII fue la capital económica de los territorios orientales de Polonia, pero fue posiblemente un siglo más tarde, coincidiendo con la efeméride del matrimonio de los Balzac, el momento más dulce de Berdichev. La ciudad era por entonces parte del Imperio ruso. La industria local permitía que floreciera un urbanismo admirado y una sociedad educada. En 1850 se levantó la escuela de música y estudios hebreos de la calle Vinnitska, un elegante edificio de dos plantas, actualmente abandonado, con estucados en la fachada que reproducen el telón de un escenario. Cuando este se construyó había otros 80 centros educativos judíos, hoy solo quedan tres. A finales del siglo XIX, el 80% de la población, más de 55.000 personas, era judía; hoy estos solo son unos 300 vecinos de Berdichev, el 0,4% de la población.
Los pogromos rusos de finales del siglo XIX iniciaron la progresiva desaparición de la sociedad judía de la ciudad. La revolución bolchevique, que a Ucrania llegó en 1920, trajo la represión religiosa, a la que sucedió algo mucho peor, el exterminio nazi. Cuando el escritor Vasili Grossman dejó su Berdichev natal en los años veinte, 30.000 de sus habitantes, “poco más de la mitad del total”, eran judíos. Cuando volvió en 1944 como corresponsal de guerra junto a las tropas soviéticas, liberando el este de Europa en dirección a Berlín, la práctica totalidad habían sido fusilados y enterrados. Grossman descubrió en aquel momento que una de las víctimas era su madre. A ella le dedicó su obra más importante, Vida y destino.
En el número 14 de la calle Shevchenko está la única placa en el espacio público de Berdichev dedicada a uno de sus más insignes hijos, uno de los más importantes narradores en ruso de la segunda mitad del siglo XX. En una casa de dos plantas adyacente a la escuela de medicina, ambas construidas por el tío de Grossman, vivieron el escritor y su madre, donde pasaron sus últimos momentos juntos. Grossman fue un revolucionario convencido al que los crímenes del estalinismo convirtieron en un crítico del régimen comunista. Vida y destino fue prohibida en la Unión Soviética y no fue hasta la década de los ochenta que su maestría empezó a ser reconocida en su propia tierra.
En Berdichev no faltan quienes mantienen lazos afectivos con Rusia. Muchos otros los han roto a causa de la guerra
Ninguno de los vecinos o autoridades que entrevistó El País Semanal en Berdichev había leído nada de Grossman. El regreso a la ciudad natal inspira la que fue su última novela, Todo fluye(Galaxia Gutenberg), censurada en la Unión Soviética, pero que en 1970 pudo ser publicada en Europa Occidental. Cuenta la historia de un preso político en Siberia que se beneficia de la excarcelación masiva de víctimas del estalinismo tras la muerte del tirano, en 1953. Iván Grigórievich vuelve a sus raíces para encontrarse con que los suyos le olvidaron: “Había desaparecido de la conciencia de la gente, de sus corazones, ya fueran fríos o ardientes; existía en secreto, y cada vez aparecía con más dificultad en la memoria de aquellos que lo habían conocido”.
Para llegar a la fosa común de Khazhyn hay que recorrer ocho kilómetros de una carretera secundaria controlada por las patrullas de las Fuerzas de Defensa Territorial, la división militar que moviliza a los ciudadanos ucranios armados. En el arcén saltan los cuervos y las palomas, y en los árboles, todavía pelados por el invierno recién finalizado, solo verdean las formas redondas del muérdago. El bosque, poco frondoso y mojado por la lluvia, conduce a un promontorio en el que hay dos estelas conmemorativas: la más reciente fue erguida hace tres años por el Memorial de los Judíos Asesinados en Europa y el Ministerio de Exteriores de Alemania. Incluye información del lugar y de los crímenes allí cometidos. La estela más antigua, de la década de los ochenta, solo indica que se levantó “a la memoria de los ciudadanos soviéticos aquí caídos”.
Habitantes de la ciudad escuchan el himno de Ucrania interpretado por una orquesta de profesores del conservatorio.ALBERT GARCIA
Un total de 12.000 personas fueron ejecutadas en la fosa de Khazhyn. Donde reposan los restos de los muertos, las autoridades desplegaron recientemente una red de alambre y sobre ella volcaron toneladas de piedras. Genadi Kisluk, presidente de la comunidad judía de Berdichev, explica que cada año había profanaciones por parte de ladrones en busca de joyas y otros objetos de valor.
Kisluk tiene 55 años y nació en Berdichev, como sus padres y sus abuelos. Ellos se salvaron del Holocausto porque antes de la llegada de los alemanes fueron evacuados a Kazajistán. Administra el cementerio judío de Berdichev, uno de los destinos de peregrinaje más importantes de los judíos ortodoxos jasídicos: en él está enterrado el rabino Levi Yitzchok, uno de los líderes del jasidismo en el siglo XVIII. Cien mil de sus fieles procedentes de Israel y Estados Unidos visitan cada año el lugar, pero en esta primavera bajo la sombra de la guerra solo se deja ver algún que otro vecino que pasea a su perro.
Aquí la colaboración de parte de la población local con los nazis en el exterminio judío sigue siendo un tema tabú
Las lápidas más antiguas tienen una forma particular de la región, de la que Kisluk dice no tener explicación. “Las llamamos los zapatos”. Muchas han sido tumbadas por las inclemencias del tiempo, otras fueron vandalizadas. Kisluk comenta que en su camposanto no hay nada financiado por los alemanes, y señala un discreto monumento sufragado por un ruso descendiente de Berdichev. Preguntado por su opinión sobre la invasión rusa, Kisluk responde que él no habla de política: “Los rusos serán siempre bienvenidos en este lugar”. El administrador del camposanto subraya además que durante la Unión Soviética los judíos no tuvieron nunca problemas.
Genadi Kisluk, presidente de la comunidad judía de Berdichev, ya residual, camina por el cementerio judío.ALBERT GARCIA
“La frase ‘yo no entro en política’ es la mejor manera de saber que alguien está a favor de Rusia”, afirma Stanislav Shostak, el intérprete de esta publicación en la visita a Berdichev. A Shostak, hijo de un ucranio judío residente en Israel, la reacción de Kisluk le sulfuró. “Mi padre ha roto muchas amistades con rusos israelíes que también le decían que no querían hablar de la guerra porque no entran en política”.
Kisluk es un ejemplo de las estrechas raíces culturales e identitarias que parte de la población ucrania comparte con Rusia. Pero la invasión ejecutada por el Kremlin ha provocado que muchos ucranios renuncien a este legado compartido. La escuela número 8 de Berdichev ha sido habilitada como centro de acogida para desplazados del frente oriental y como punto de distribución de ayuda humanitaria. Las clases se imparten a distancia y el profesorado intercala las horas lectivas frente al ordenador con trabajos de voluntariado, desde cocinar chuletas rebozadas hasta preparar conservas de pepinos, pasando por tejer redes de camuflaje para el Ejército. En las puertas de las aulas hay carteles en tres idiomas que indican las asignaturas que allí se imparten: en ucranio, inglés y hebreo. Pese a que es la lengua materna de un tercio de la población, el ruso se excluyó expresamente de la escuela a raíz de la guerra separatista espoleada por Rusia en 2014 en la región del Donbás.
“Nunca nos hubiéramos imaginado que nos sucedería esto con nuestros vecinos y hermanos Rusia y Bielorrusia”, afirma entre lágrimas la subdirectora de la escuela número 8, Alina Ryzhko. Su llanto se convierte en rabia cuando recuerda a un exalumno recientemente caído en el frente. Para ella, como para millones de ucranios, Rusia es el mal. “Yo tengo amigos en Rusia, mejor dicho, tenía amigos, es muy duro porque apoyan esta guerra”, dice esta maestra. “Rusia había visto muchas cosas en mil años de historia”, anotó Grossman en Todo fluye con un lamento parecido al de Ryzhko: “Durante los años soviéticos el país había sido testigo de victorias militares mundiales, enormes construcciones, ciudades nuevas, presas que detenían el curso del Dniéper y el Volga y canales que unían los mares, la potencia de los tractores, de los rascacielos… La única cosa que Rusia no había visto en mil años era la libertad”.
El Museo de Historia de Berdichev es una humilde colección de objetos variopintos y loas a los personajes más granados de la ciudad. Es un caserón en los terrenos fortificados del convento de las carmelitas descalzas, una comunidad religiosa fundada en el siglo XVII y actualmente compuesta por una docena de monjas polacas. Miles de familias se han refugiado en Polonia durante la guerra gracias a la intercesión de estas religiosas. En el patio de acceso al convento solo dejan verse perros callejeros que esperan a que alguien les dé algo de comida. Buena parte del museo está dedicado a glorias soviéticas, como el teniente general ruso Georgy Petrovsky, que en enero de 1944 comandó una columna de 20 tanques contra el ocupante alemán dentro de la ciudad. Uno de esos blindados, un T-34, preside el homenaje a aquella gesta en una plaza de Berdichev.
Un aula de la escuela número 8 de la ciudad, reconvertida en almacén de ropa para refugiados.ALBERT GARCIA
Ocho décadas después de que Petrovsky abriera las puertas del municipio a las tropas soviéticas, el museo ha retirado de sus salas las piezas más valiosas y las ha puesto a buen recaudo. La dirección del centro especifica que no se han protegido por miedo a los bombardeos, sino a los posibles saqueos en el caso de que el Ejército de Vladímir Putin acceda a Berdichev. En el acceso principal a la exposición se mantiene un mural con las fotografías de una veintena de soldados de la 26ª Brigada de Artillería, que tiene su cuartel en el municipio: son los fallecidos en la guerra que provocó Rusia en 2014 para separar el Donbás de Ucrania.
John Garrard es uno de los mayores expertos sobre la historia de Berdichev. Este profesor emérito de Estudios Rusos de la Universidad de Arizona ha escrito prolíficamente sobre el pasado judío de la región y sobre Grossman. Garrard recuerda que el eje entre Berdichev y Yitómir, la capital de la provincia, 40 kilómetros al norte, fue el escenario de la victoria más importante de la invasión alemana en la Unión Soviética: fue desde allí desde donde la 11ª División Blindada rodeó Kiev “en cuestión de horas” en septiembre de 1941. “Los soviéticos perdieron 400.000 hombres, asesinados o como prisioneros, en su mayor derrota en la II Guerra Mundial”, dice Garrard, y añade: “Los rusos parecen ignorar su propia historia, su Ejército está actuando como la Wehrmacht alemana, y el Ejército ucranio está en la posición del Ejército Rojo”.
Garrard opina que en un lugar como Berdichev confluyen otras memorias ignoradas. Por ejemplo, la de la población local que colaboró en el exterminio judío, algo de lo que ni se contempla todavía hablar, a diferencia de lo que ha sucedido en otros países europeos como Francia, una actitud heredada de la época soviética. “Cuando el Ejército Rojo retomó la ciudad, el discurso soviético era concentrar las culpas en los alemanes e ignorar la colaboración ucrania. Campesinos ucranios se apoderaron de las propiedades judías, saquearon sus viviendas. Este olvido consciente ha continuado hasta hoy”, opina Garrard. “¿Quién quiere reconocer que sus familias se beneficiaron del asesinato de sus vecinos judíos, o que incluso, en algunos casos, los instigaron?”, plantea.
La inercia soviética también lleva a que la figura de Grossman, voz crítica e incisiva sobre los crímenes contra los judíos, continúe en un segundo plano, valora Garrard: “El nombre de Grossman fue rehabilitado en la década de los ochenta, después del agujero negro que fue la Unión Soviética, pero su trabajo sobre el Holocausto, que trata igualmente sobre el doloroso y desconocido papel del colaboracionismo ucranio, continúa reprimido”.
Vasili Grossman escribió en Todo fluye algunas de sus reflexiones más celebradas sobre la voluntad del individuo de prevalecer, la misma que le llevó al ostracismo: “Por enormes que sean los rascacielos y potentes los cañones, por ilimitado que sea el poder del Estado e imponentes los imperios, todo eso no es más que humo y niebla que desaparecerá. Lo que permanece, se desarrolla y vive es solo una verdadera fuerza, que consiste en una sola cosa, la libertad. Vivir significa ser un hombre libre”.
La casa familiar en la que vivió el escritor Vasili Grossman, una de las glorias literarias de Berdichev.ALBERT GARCIA
Joseph Conrad, hijo de Berdichev, también quiso ser libre para seguir su propio camino. A él se le dedica otro espacio expositivo en las dependencias del convento de las carmelitas, financiado con capital polaco. Józef Teodor Konrad nació en 1857 en el seno de una familia latifundista de la minoría polaca local. Como recogió John Stape en su biografía The Several Lives of Joseph Conrad (Penguin), el mismo Conrad había admitido que Berdichev, “un lugar tan remoto” de Inglaterra, su país de adopción, parecía “un punto de inicio imposible” en su biografía. La familia Konrad se trasladó de Berdichev a Varsovia cuando el pequeño Józef solo tenía tres años. El padre era un activo opositor al imperialismo ruso, defensor de la independencia polaca. Fue deportado a Siberia. La madre murió cuando el pequeño tenía 9 años, y el padre, cuando contaba 11. Cuidó de él un tío, pero pronto, de adolescente, empezó a labrarse su perfil de aventurero que a los 21 años le llevó a Inglaterra.
Conrad, como Balzac, conectaría a Berdichev con la Europa Occidental. Uno en francés y el otro inglés, el primero desde el territorio del realismo y el segundo marcado por el romanticismo, ambos autores se aproximarían a algunos de los aspectos más duros de la condición humana. La obra más reconocida de Conrad,El corazón de las tinieblas, aporta párrafos que suenan como el eco de una violencia común y atávica, sea en el río Congo del libro o en los campos de cereales de la Ucrania occidental: “De cuando en cuando se ve un campamento militar perdido en la selva, como una aguja en medio de un pajar; frío, niebla, tempestades, enfermedad, exilio y muerte, la muerte acechando en el aire, en el agua y entre los matorrales”.
Corrían los años cincuenta en la Unión Soviética cuando Vasili Grossman escribió esta frase: “El hombre ruso ha visto todo durante los últimos mil años, la grandeza y la supergrandeza, sólo hay una cosa que no ha visto: la democracia”. Corrían los años cincuenta del pasado siglo, decimos. Por tanto, el autor sabía perfectamente, al trasladar del silencio de su cabeza a la concreción del papel, lo que se jugaba.
No obstante, Vida y destino, cuya última edición en castellano fue traducida por Marta Rebón y publicada por Galaxia Gutenberg en 2007, está plagada de afirmaciones así. Afirmaciones y personajes que no responden a la ficción como un truco, sino a la experiencia de un hombre que enarboló la bandera de la Revolución Rusa, fue testigo primordial del frente de Stalingrado y la Segunda Guerra Mundial, pasó a la historia por ser el primer reportero que entró en un campo de concentración nazi, sufrió después el castigo y la persecución en su familia y, aun así, no se sometió a los dogmas que impone el delirio del totalitarismo, sino a la más estricta verdad de lo que vio, padeció y testificó.
Tropas soviéticas en la última fase de la batalla de Stalingrado, en enero de 1943.
Dos escritorios y una estantería para libros
Los complejos mecanismos que mueven a las personas no siempre casan con un programa ideológico
José Andrés Rojo 15 de abril de 2021
Las novelas dan noticia de muchas expectativas y ademanes de la gente corriente que pasan con frecuencia desapercibidas. En Stalingrado, por ejemplo, Vasili Grossman se refiere a algunas de las minucias que pasaban por la cabeza de un joven estudiante comunista de la Unión Soviética, allá por los años treinta. Estaba profundamente convencido de que el proyecto que se había puesto en marcha en su país iba a cambiar la sociedad profundamente, sacando de la miseria a la gran mayoría, así que se aplicó a fondo a colaborar en la transformación del mundo anterior: injusto, egoísta, trasnochado. Trabajaba como una fiera, no dormía más allá de cuatro o cinco horas al día, dedicándose a sus estudios y a favorecer los vínculos entre las universidades y las escuelas obreras. Era bueno y generoso.
Una biografía del autor de ‘Vida y destino’ muy atenta al contexto sociopolítico de la URSS coincide con la versión sin censurar de su libro sobre Stalingrado
Hace cuatro décadas, cuando se publicó en Lausana el manuscrito microfilmado inédito de Vida y destino después de haber burlado las fronteras, Vasili Grossman ganó póstumamente la partida del tiempo, revalidando así el mensaje contenido en su novela: la vida siempre acaba por abrirse paso, el deseo humano de libertad es inquebrantable. En un breve ensayo aparecido el año de la disolución de la Unión Soviética, Louise Glück afirmó que la creación artística es una venganza contra las circunstancias. Y ante los críticos, añadía la reciente Nobel, el autor cuenta con la mejor baza: sabe que el futuro acabará por borrar las pequeñeces de su presente. Hoy, las obras de los colegas que maquinaron contra el autor de Todo fluye, así como de otros que miraron para otro lado a cambio de prebendas, no se leen. El tiempo, ese “protector sosegado y leal de los tesoros literarios”, según Grossman, es el único juez legítimo. Una sociedad se define por qué y cómo lee, por lo que prohíbe o silencia. De ahí que nos interesen las biografías de escritores.
Vasili Grossman, en primer plano leyendo el periódico Estrella Roja, en el frente soviético durante la Segunda Guerra Mundial.
La única de Grossman disponible hasta la fecha en español era la firmada por los eslavistas Carol y John Garrard. Aparecida en 1996, se centraba sobre todo en el silencio en torno al exterminio judío en Europa Oriental, tal como indica su título original: Los huesos de Berdíchev. El asesinato de la madre de Grossman, junto con otras 30.000 víctimas, a manos de los Einsatzgruppen en la ciudad ucraniana de Berdíchev —donde nació el autor—, fue para él un punto de inflexión tanto en lo personal como en lo literario, subrayaron los Garrard, así como lo que vio y oyó en el frente.
Esa biografía, en que se privilegiaba el acercamiento íntimo (“el impacto de la herencia de la guerra en la vida y obra de un hombre”), se tradujo a nuestro idioma en 2010, cuando aún no se habían vertido al español obras de Grossman comoEl libro negro, Stalingrado—la versión sin censurar de 1.100 páginas (recién publicada por Galaxia Gutenberg) que, tras tres años de sufrida edición, se convirtió en 1952 enPor la causa justa—o la crónica de su viaje a Armenia como traductor al final de su vida. TampocoLa Madonna Sixtina o El camino. Que estos títulos estén ahora accesibles permitirá a los lectores seguir mejor esta nueva aproximación a la figura de Grossman a cargo de Alexandra Popoff, periodista e historiadora cultural moscovita afincada en Canadá a la que conocíamos por sus ensayos sobre Sofia Tolstaia (Circe, 2011) o sobre las compañeras de varios titanes de las letras rusas (The Wives, 2013).
El título de su biografía, Vasili Grossman y el siglo soviético, revela cuál ha sido su intención al colocar a Grossman junto a su época, “el siglo soviético”, pues Popoff ha otorgado más peso al contexto que sus antecesores. Su vida estuvo estrechamente ligada a los acontecimientos históricos, que contó en sus reportajes bien como testigo directo, bien mediante declaraciones de otros, como cuando entrevistó a supervivientes del Holocausto o a expresos del Gulag, gracias a lo cual careó un totalitarismo con otro. Y antes presenció la guerra civil rusa, también los planes quinquenales, las purgas, las hambrunas genocidas o el antisemitismo soviético estructural.
Un planteamiento ambicioso, el de Popoff, encajado en 440 páginas de texto, que satisfará a un público amplio que busque guiarse por el laberinto de la burocracia y los códigos de la era soviética. Cierra el volumen un epílogo centrado en el actual clima de revisionismo. Según Popoff, la fría recepción dispensada hoy en Rusia a Grossman demuestra que su cosmovisión —humanista— está en las antípodas de la del Kremlin y que, en tiempos de Putin, su lectura es perentoria. Con todo, la hondura con la que Grossman analizó las raíces de la tiranía trasciende Rusia.
Popoff no destaca por ser una gran estilista. Hay pasajes en que la narración se difumina. La cantidad de nombres que asoman la obligan a detenerse para presentarlos, cuando un anexo con notas biográficas habría evitado tener que dar esa información en el cuerpo de texto. Otras veces, se echan de menos más datos específicos e ilustrativos, en lugar de citas de otros escritores, como cuando aborda la atmósfera efervescente de los años veinte moscovitas.
La ambición de totalidad prima sobre la mirada lenta hacia los detalles, una de las máximas de Grossman. Aun así, Popoff logra ofrecer una idea de conjunto que permite detectar los elementos de continuidad en su obra, en la línea de otros investigadores que no ven en él tanto una “conversión” a partir de la guerra como una confirmación de los principios que regían su mirada, ya perceptibles en su primera novela ambientada en las minas del Donbás. Si bien la extensión no alcanza para profundos análisis literarios, sí acierta Popoff en subrayar las ideas relevantes de sus principales obras, ricas en implicaciones literarias y filosóficas. Debido a su imperativo de contar la verdad —su crónica sobre Treblinka se adjuntó como prueba en los juicios de Núremberg—, Popoff a veces incurre en usar aspectos de su narrativa de ficción con valor factual.
Esta biografía se ha beneficiado de la apertura de archivos oficiales rusos y de los de familiares y amigos del escritor, que sirven para corroborar o desmentir aspectos del “mito Grossman”, construido a partir de finales los setenta, cuando se quiso atraer la atención sobre su obra para facilitar la publicación en el extranjero. Presentarlo como un disidente indoblegable resultaba más eficaz.
Grossman ascendió en las filas de la literatura oficial, a la sombra del realismo socialista, y trabajó para medios estatales. De no ser así, no habría podido publicar, y si se salvó en las arremetidas de Stalin contra el Comité Judío Antifascista, se debió a que el georgiano murió súbitamente en 1953. La ambición de Grossman fue no tanto renovar la literatura como reflexionar sobre cuestiones atemporales —”lloro cuando leo o miro obras de otras personas que han unido con amor la verdad del mundo eterno y la verdad de su yo mortal”— o defender que no hay novela sin subjetividad. En una sociedad atrofiada inyectó el lenguaje de la libertad adoptando puntos de vista marginales: un asno, un anciano, un exconvicto, un judío, un operario, un perro, un niño, un soldado raso. Popoff muestra que Grossman escribió en las condiciones más adversas, ya fuera en las minas, el frente o el ostracismo de sus últimos años. Aunque el secuestro de Vida y destino fue una estocada dolorosa, no dejó de escribir ni hacer valer eso que proclamó Zamiatin en 1921: la literatura avanza gracias a los ermitaños, los herejes, los soñadores, los rebeldes, los escépticos.
Vasili Grossman y el siglo soviético
Autor: Alexandra Popoff. Traducción de Gonzalo García.
Editorial: Crítica, 2020.
Formato: 512 páginas. 24,90 euros.
Stalingrado
Autor: Vasili Grossman. Traducción de Andrei Kozinets.
La novela de Vasili Grossman describe, en el marco de un hecho histórico excepcional, la lucha de los soldados rusos contra el Ejército nazi a la vez que ellos y la población civil sufren bajo el estalinismo
Mario Vargas Llosa
21 de enero de 2023
He leído la novela de Vasili Grossman, Vida y destino, que tiene 1.100 páginas y cuyos personajes son varios cientos. Es una novela de la que se ha hablado mucho porque Vasili Grossman, que estuvo en Stalingrado, fue severamente reprimido por el Gobierno ruso, pues además de presentar un conjunto animado y aparentemente fidedigno de la guerra entre Rusia y las huestes de Hitler, presenta muchas escenas que dan cuenta de la ferocidad del Gobierno de Stalin y las angustias que debían vivir sus víctimas, que eran atormentadas en las oficinas de la Lubianka, y muchas de las cuales se pasaban diez o más años en Siberia, sin que sus familiares recibieran una carta o supieran incluso de su paradero.