domingo, 10 de diciembre de 2006

Félix de Azúa / Stalingrado en estéreo


Stalingrado en estéreo


FÉLIX DE AZÚA
10 DIC 2006

Son cosas que sólo suceden una vez en la vida, casualidades irrepetibles. En este caso, asistir a la batalla de Stalingrado desde dos perspectivas opuestas, la primera situada en el frente ruso, la segunda en las líneas alemanas. En ambas ocasiones conduce la visita un guía infalible: el primero es Vassili Grossman cuya novela Vida y destino está compuesta por un mosaico de situaciones y personajes cuya vida y cuyo destino, según reza el título, se van a jugar en la ciudad del Volga. El segundo Jonathan Littell, ganador del último premio Goncourt con Les Bienveillantes, cuyo protagonista sufrirá una herida casi mortal durante el asedio, con consecuencias decisivas para su propia vida y destino. Está anunciada la próxima aparición de ambas novelas en español.
Tanto el protagonista de la ficción francesa, Max Aue, como el personaje histórico Vassili Grossman asisten a la destrucción salvaje de la ciudad, viven como ratas entre las ratas, hacinados en la noche de los subterráneos repletos de cadáveres congelados, son testigos del canibalismo de la tropa y contemplan el derrumbe de cualquier definición de humanidad por somera que se quiera. Ambos salvan la vida de milagro y gracias a ello pueden dar testimonio de un momento decisivo en la historia del mundo. No importa que estemos hablando de dos novelas. La veracidad testimonial de Grossman ha sido confirmada por Antony Beevor (Un escritor en guerra, Ed. Crítica). En cuanto a Littell, aún es pronto para conocer el criterio de los especialistas, pero hasta el momento su documentación ha suscitado el respeto de todos los expertos.
El lector que comienza por las mil páginas del libro de Grossman conoce el horror desde el lado soviético, pero cuando acaba las mil páginas del libro de Littell constata que en la zona alemana tenía lugar la misma barbaridad: los soldados morían de hambre, frío, tifus, disentería, muchos se automutilaban y eran fusilados de inmediato, otros enloquecían y asesinaban a sus compañeros. Sin embargo, los jefes y oficiales de ambos bandos, refugiados en búnkeres calentados con enormes hogueras, comían y bebían en abundancia y eran asistidos en todo momento por un nutrido grupo de putas.
Ciertamente, la estrategia militar de ambos bandos estaba a cargo de generales alcohólicos, morfinómanos o locos de atar y si alguno había que conservaba el seso era inmediatamente apartado del mando por la feroz competencia intestina entre las diversas facciones de los partidos nazi y comunista. La heroicidad aparecía de vez en cuando como desahogo de la desesperación mediante acciones suicidas individuales guiadas por la enajenación, alguna de ellas a cargo de tiradores de élite que hacían de cazadores en la jungla persiguiendo a un enemigo zoológico. En ambos bandos las condecoraciones posteriores fueron una burla vesánica contra las víctimas de aquella carnicería.
He aquí dos caras de la misma muerte, la imagen especular de dos gemelos, Stalin y Hitler. En la ciudad de Stalingrado chocaron los dos totalitarismos y a lo largo de un año rusos y alemanes se percataron de que aquel iba a ser el punto de inflexión de la guerra. Allí se decidiría cuál de las dos tiranías iba a quedarse con el mercado ideológico europeo. Ante la estupefacción del alto estado mayor alemán, los bolcheviques, aquellos primates racialmente inferiores, ganaron la batalla, seguramente ayudadospor el empecinamiento narcisista de Hitler quien ordenó resistir hasta la muerte y disparar contra todo aquel que tratara de retirarse. La destrucción del Sexto Ejército no fue una anécdota sino el cambio de signo en el hasta entonces triunfante destino del Reich. El estalinismo iba a vencer al nazismo.
Ambas novelas, aunque separadas por cuarenta años de historia, presentan a los regímenes nazi y comunista como dos posibilidades intercambiables, dos modos de inventar la sociedad futura, hipertécnica, masiva y poshumana que estaba en trance de construcción en aquel momento y sobre la que Benjamin escribió soberbias iluminaciones. Ambas ideologías compartían más elementos de los que las separaban. Ambos totalitarismos se oponían juntamente al modelo anglosajón, el verdadero enemigo todavía hoy.
Asombrosamente, Grossman esperaba publicar su inmensa novela en la URSS. Había confiado con gran candidez en el deshielo anunciado por Jruschov. A pesar de lo cual, cuando el novelista murió en 1964 aún era un comunista convencido, lo que no impidió que comprendiera la complicidad de los regímenes totalitarios. Así lo argumenta el torturador Liss, uno de los personajes más inquietantes de su novela y quizá contrafigura de Himmler, ante su prisionero favorito, Mostovskoi, intelectual del partido comunista y excelente militar cuyos rasgos recuerdan a los de Grossman.
"Somos vuestros enemigos mortales, sí, de acuerdo, pero nuestra victoria será también la vuestra, ¿comprendes? Si vosotros ganáis, nosotros sin duda seremos destruidos, pero continuaremos viviendo en vuestra victoria. Es una paradoja: si perdemos la guerra, la ganamos, continuamos desarrollándonos bajo otra forma, pero conservamos nuestra esencia".
La fascinante conversación entre Liss y Mostovskoi se parece a la de Nafta con Settembrini, aquel encarnizado torneo dialéctico de La montaña mágica entre el totalitario y el demócrata, por ver quién ganaba el alma de Hans Castorp, el indolente enfermo europeo. Pero Thomas Mann no conocía entonces la doble faz de Nafta, con un perfil comunista y otro nazi. Por eso para Grossman y para Littell la derrota de uno u otro de los regímenes totalitarios era insuficiente y suponía el sometimiento de toda la sociedad al mismo modelo de esclavitud física y mental diseñado por intelectuales de laboratorio. Los alemanes daban mayor importancia a nociones estéticas como la Nación, la Sangre o la Tierra, en tanto que los soviéticos preferían un vocabulario seudoético: la revolución comunista, la lucha de clases, la dictadura del proletariado. Ensalmos que disimulaban el sadismo de los dirigentes, la cobardía y estupidez del aparato, la codicia de los financieros y el colosal resentimiento de una parte de la población que se consideraba agraviada.
"Los dos creemos que el hombre no elige libremente su destino, sino que se lo impone la naturaleza o la historia. Y de ahí ambos deducimos que hay enemigos objetivos, que ciertas categorías humanas pueden y deben ser legítimamente eliminadas, no por lo que han hecho o pensado, sino por lo que son. Sólo nos diferenciamos en la definición de las categorías: para vosotros, los judíos, los gitanos, los polacos, e incluso tengo entendido que los enfermos mentales. Para nosotros, los kulaks, los burgueses, los desviacionistas del partido. En el fondo, es lo mismo".
Esto es lo que le dice el coronel Pravdine, un comunista ucraniano que ha caído en manos de las SS en Stalingrado y que va a ser asesinado de inmediato, durante su conversación con el Sturmbannführer Max Aue en una escena especular, casi idéntica a la de Grossman, quien, por cierto, era ucraniano. Sin embargo, el comunista añade una diferencia:
"La ideología bolchevique busca el bien de la humanidad, en tanto que la vuestra es mezquina, sólo quiere el bien de los alemanes".
Esta diferencia, que deberían meditar todos los nacionalistas y en especial los más agresivos (no hay que olvidar que la reciente guerra de los comunistas serbios fue un calco del genocidio nazi), es la que acabaría dando la victoria publicitaria a los bolcheviques. Bien es verdad que era tan sólo una diferencia de intenciones y que las buenas intenciones, en política, son irrelevantes. Puede suceder que un grupo ideológico busque la felicidad universal y la bondad edénica, pero si sólo consigue ampliar el dolor, la corrupción, la violencia, la humillación y la desesperación de los ciudadanos, es tan execrable como cualquier satrapía basada en el bienestar de un puñado de mafiosos.
Es cierto, en todo caso, que la propaganda comunista era (y es) más eficaz que la publicidad nazi. Se trataba del mismo producto: vivir en una sociedad convertida en campo de concentración, con un cuerpo de verdugos y policías que acaparaba todos los privilegios. Pero el discurso nazi parecía arcaico, prehistórico, atávico: pruebas de sangre, medidas de cráneos, Madre Patria, selección lingüística, infrahumanos... En tanto que la publicidad comunista aparentaba mayor adecuación al siglo: planificación económica, paraíso del proletariado, materialismo dialéctico. Estamos ante la misma mercancía con diferente envoltorio. No obstante, nadie puede negar que el envoltorio bolchevique era de una calidad muy superior al empalagoso kitsch germánico y eso le dio la victoria.
Han pasado ya muchos años desde que cayó el muro. Anotados puntillosamente por la KGB, sabemos los millones de asesinatos que ha costado el paraíso del proletariado; el envoltorio, sin embargo, sigue embobando a la clientela. Ya nadie alardea de su pasado nazi, fascista, franquista o maoísta. Cada día, sin embargo, asistimos a la celebración y encomio de algún antiguo estalinista, de una vieja leninista, uno de aquellos que cuando yo estudiaba en la Universidad auguraban "el próximo exterminio de la burguesía", imagen especular del "exterminio de la anti-España". Sus escritos están en las hemerotecas, sus discursos en algunos libros. Desde aquellos escritos y aquellos discursos, ni una palabra de comprensión, ni un gesto de lucidez. Sólo el empecinamiento narcisista y la mentira sistemática sobre los hechos.
La memoria alemana ha pasado por trances difíciles resueltos con dignidad admirable. El Deutsche Bank ha publicado un enorme volumen sobre la colaboración de las grandes familias y las entidades financieras con el Reich. ¿Alguien puede imaginar algo semejante en España? Así pues, ¿de qué memoria hablamos? Sólo el día en que los representantes y seguidores de ambos totalitarismos, sin dramatismo, sin delirio confesionario, den cuenta de las atrocidades en las que colaboraron y la escasa importancia que sus buenas intenciones tuvieron para millones de asesinados, sólo entonces podremos hablar de memoria y no de publicidad para imberbes.
Félix de Azúa es escritor.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de diciembre de 2006




domingo, 26 de noviembre de 2006

La lucha de Google por el dominio y la definición




¿Ángel o diablo? La lucha de Google por el dominio y la definición

La expansión mediática de Google y su enormemente lucrativa actividad publicitaria generan confusión



RICHARD SIKLOS (NYT)
26 DE NOVIEMBRE DE 2006


Artículo publicado en la edición del jueves 23 de octubre de la selección semanal de The New York Times ofrecida por EL PAIS.
Google: ¿compañero o rival? Ésa es la cuestión candente de la semana ?no del año? para vosotras, antiguas empresas de medios de comunicación. Últimamente, ha habido una gran actividad en la colmena de Googleplex en Mountain View, California; y buena parte de esa actividad va dirigida a preparar al buscador para la expansión de su enormemente lucrativa actividad publicitaria desde las páginas de Internet al vídeo, los periódicos y la radio.

En primer lugar, cómo no, estaba el acuerdo de Google para adquirir YouTube por 1.300 millones de euros. Los altos ejecutivos de los medios de comunicación no salen de su asombro por el hecho de que YouTube, una web con sólo 18 meses, valga ese dineral. A eso le siguieron dos noticias menores pero intrigantes. Una fue el anuncio de una prueba para colocar en periódicos, The New York Times incluido, anuncios de Internet comprados a través de la red de publicidad de Google. La otra fue que Google está reforzando su personal de ventas de radio, una medida que parece un esfuerzo similar pero quizá mayor en ese medio.
El año pasado, Google aceptó pagar hasta 800 millones de euros por dMarc Broadcasting. Pronto utilizará la tecnología de esa empresa para lanzarse como intermediario entre los anunciantes y los radiodifusores. El director general de Google, Eric E. Schmidt, afirma que pretenden llegar a tener hasta 1.000 ingenieros y agentes de ventas trabajando en el sector radiofónico.
En cuanto se cierre el contrato de YouTube, el vídeo por Internet se convertirá en la siguiente frontera de Google. Con el tiempo, a Schmidt le gustaría ver la tecnología de Google aplicada a la televisión en toda su gloria digital. Lo que está en juego es prácticamente todo en el tarro de miel de la publicidad mundial, que mueve 315.000 millones de euros. La eficacia de Google para poner anuncios junto a los resultados de búsqueda la diferencia de Yahoo, MSN y los demás gigantes de Internet.
Hasta ese astuto observador del dominio del mercado, Microsoft, ha alegado que, hasta que él mismo, o Yahoo o cualquier otro, no descubran el modo de competir con la arrolladora fuerza publicitaria de Google, ésta tendrá demasiado poder. “Lo que Google está haciendo es transferir hacia sí la riqueza que está en manos de los propietarios de derechos”, comenta Steven A. Ballmer, director general de Microsoft. “Por lo tanto, todos los medios de comunicación del mundo están amenazados por Google”.
Bueno, quizá. Pero por ahora, Google parece tener muchos más aliados que detractores entre los grandes medios, aunque algunos se han querellado por el modo en que Google distribuye y presenta los resultados de búsqueda y otra información en compañía de enlaces publicitarios. Recientemente, Google reveló que su servicio de vídeo por Internet había sido demandado y acusado de infringir los derechos de autor.
La Asociación Mundial de Periódicos, una gran organización paraguas basada en París, que representa a 18.000 publicaciones de todo el mundo, intenta organizar una alianza para adoptar una tecnología que dicte las condiciones bajo las cuales los buscadores, incluido Google, podrán usar y presentar el material sujeto a derechos de autor cuando sus robots les visitan para rastrear.
Ahora bien, antes de abordar la cuestión candente ya mencionada ?¿es Google amigo o enemigo?? sopesemos otra pregunta a menudo planteada y pertinente: ¿es Google una empresa de medios? La última vez que lo comprobé, un medio de comunicación se definía en general como una empresa que acumula audiencias y vende a los comerciantes el acceso a esas audiencias.
Y no hace mucho, Schmidt comentaba: “En último término, el objetivo de Google es disponer de la red de publicidad más fuerte y de toda la información del mundo. Ésa es en parte nuestra misión”. Y si es una empresa de medios, es la mayor del mundo, con una capitalización de mercado de 113.000 millones de euros.
Pero a David Eun, director de alianzas de contenido de Google, le ofende la consideración de medio. Señala que Google no crea ni es propietaria de contenidos, algo que, en su opinión, forma parte de la definición de una empresa de medios. Por el contrario, explica, Google es una empresa de tecnología: “Diría que somos un conducto que conecta a nuestros usuarios con el contenido y con los anunciantes”.
Ahora mismo el elefante en la habitación no es publicar sino el vídeo, y eso es lo que Google se propone hacer con YouTube. Entre los millones de descargas del sitio se encuentran clips que incorporan material sometido a derechos de autor, procedente de películas, vídeos musicales y programas televisivos. Los teléfonos de los magnates echan humo y Schmidt debe decidir si los próximos movimientos pasarán por demandas judiciales, acuerdos de concesión de licencias o la retirada de contenido del principal escaparate de vídeo de Internet.
Quizá la respuesta a la pregunta de si es un compañero o rival dependa del tipo de medio en el que uno se encuentre. Si uno es una empresa de cable o una emisora de televisión local, tal vez Google no sea aún su aliado. (Pero no duden de que hay equipos de ingenieros trabajando en ello).
Desde luego, no es raro que las empresas de medios compitan en algunas áreas y colaboren en otras; de hecho, es la prueba suprema de que juegan en Primera División. Pero las fronteras nunca han sido tan borrosas.

sábado, 25 de noviembre de 2006

Jonathan Littell da la cara por Politkóvskaya

Jonathan Littell


Jonathan Littell 

da la cara por Politkóvskaya

El autor de 'Les Bienveillantes' rompe su aislamiento en Barcelona para acudir a un acto público en homenaje a la periodista



JACINTO ANTÓN
Barcelona 25 NOV 2006

Sorpresa en Barcelona. Jonathan Littell (Nueva York, 1967), el escritor estrella de la temporada, autor del éxito Les Bienveillantes (Gallimard, 250.000 ejemplares vendidos en Francia), la tremenda novela protagonizada por un Obersturmbannführer de las SS activo participante en el Holocausto, rompió ayer su voluntario alejamiento de las miradas públicas en Barcelona, donde reside, para acudir a un homenaje a la periodista rusa Ana Poliktóvskaya, asesinada el pasado 7 de octubre en Moscú. Littell concentró miradas y fotografías en el acto y su presencia eclipsó incluso la del venerable Nobel nigeriano Wole Soyinka, que también participaba en el homenaje.
Jonathan Littell, escritor estadounidense que ha escrito su primera obra literaria en francés y ha ganado con ella el premio Goncourt, el pasado día 6, ha optado tras su éxito por rehuir cualquier acto o entrevista, actitud que sólo depone en muy contadas ocasiones en la consideración de que lo que ha de interesar a la gente es su obra no él.


"El Gobierno ruso planificó un férreo control sobre la información"

De hecho, ayer fue la primera oportunidad para conocer en persona al esquivo autor. Tuvo lugar en el marco del Salón del Libro de Barcelona, en un acto que no contó con una audiencia muy numerosa. La organización ya había avisado de que Littell se limitaría a hablar de Ana Politkóvskaya y el conflicto checheno, en su calidad de conocedor del tema por sus visitas al país como miembro de una organización humanitaria, y no contestaría preguntas. Así fue.
Con su aire de adolescente de Retorno a Brideshead y cierta pose de languidez airada, el novelista tomo asiento entre los otros protagonistas del homenaje: Soyinka, el escritor de Zimbabwe Chenjerai Hové, el periodista marroquí Ali Lamrabet -tres personajes que han sufrido persecución en sus respectivos países-, y los periodistas catalanes Carles Torner (moderador del acto) y Llibert Ferri. Littell, que sufrió varios ataques de bostezos hasta que llegó su turno de intervenir, se mostró seguro de sí mismo y habló con voz fuerte y clara. Trazó una panorámica del contexto político en que se movía Ana Politkóvskaya en Chechenia y explicó los prolegómenos de la guerra y las dos fases de esta, con prácticamente ninguna referencia personal. "La guerra se volvió muy difícil para los periodistas. El Gobierno ruso planificó un férreo control sobre la información hasta que se hizo imposible trabajar. Sólo era posible hacer visitas guiadas de la mano del ejército. Te llevaban en helicóptero a donde querían y te volvían a traer. El New York Times, por ejemplo, hizo reportajes vergonzosos, ridículos por lo limitado. Había miedo. Se empezó por atacar el eslabón más débil de la información, los corresponsales locales. A un amigo casi lo mataron, luego fueron a por su familia. De manera que cuando Politkóvskaya empezó en 2001 había un vacío.Trabajó en un entorno muy difícil. Cometió el error de nombrar a unos testigos en un juicio y las fuerzas rusas los mataron, a ellos y a sus familias, como escarmiento; eso la asustó mucho". Littell expresó su admiración por la periodista pero no mencionó si la la llegó a conocer. "Ella habló del efecto de la guerra en la sociedad civil, de cómo gangrenaba los fundamentos de la sociedad. Y de cómo luego la policía rusa, al regresar, usaba los mismos métodos en su país que en Chechenia. No luchaba por una idea abstracta, luchaba por el futuro de su país".
Littell consideró que a Politkóvskaya la mataron "no por ser quien era sino seguramente por algo muy concreto, que nunca sabremos". El novelista acabó señalando irónicamente que "lo admirable de Rusia es que es el único lugar en que se toma lo suficientemente en serio a los escritores como para matarlos". Algo que, reflexionó, tiene que ver con el peso de la tradición estalinista. Y acabó pese a todo con un toque de optimismo, citando la célebre frase de Mijail Bulgakov: "Los manuscritos no arden".


LA PROPUESTA DE SOYINKA
El Nobel nigeriano de Literatura Wole Soyinka lanzó ayer en el acto de homenaje a Anna Politkóvskaya la propuesta de que Mijail Gorbachov "lidere el proceso para revelar el misterio de su asesinato". Soyinka, que explicó cómo conoció al ex líder soviético en un encuentro de premios Nobel, consideró a Gorbachov la persona indicada para encabezar el esclarecimiento de un crimen "con métodos de Nerón" que no dudó relacionar con "los aparatos del Estado". Liddell consideró la propuesta de Soyinka muy acertada y recordó que Gorbachov fue presidente de la revista para la que trabajaba Politkóvskaya. De todas formas, recordó que el margen de movimiento de Gorbachov es hoy limitado en Rusia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 25 de noviembre de 2006


sábado, 11 de noviembre de 2006

Entre la escritura y el silencio



Entre la escritura y el silencio

Patricia de Souza
11 NOV 2006


La temporada literaria en Francia ha lanzado cerca de 500 títulos. Obras que abarcan temas que van desde el problema del mal o la imposibilidad de amar hasta la autoficción.
Cómo puede ser que se escriban tantos libros? ¿Cómo puede ser que en cada rentrée littéraire en Francia se alcancen los 500 títulos, o incluso más? Quizás eso quiere decir que siempre se lee, por distintas razones, pero los lectores siguen esperando los títulos de la nueva temporada con curiosidad. En Francia es clásica la querella entre una apuesta y otra. El año pasado fue La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq (Alfaguara, 2006), favorito para el Premio Goncourt que se falla en noviembre, pero que fue a dar a un autor con una apuesta más vital: François Weyergans: Tres días en casa de mi madre (Grasset). Una novela de la catástrofe humana, la clonación, frente a otra que hablaba desde el plano individual sobre la relación con la madre. Porque, me arriesgo a decir, lo que cada lector desea es comprender un libro, sentirlo y vivirlo como si fuese él o ella quien lo ha escrito, que la letra escrita vibre, que posea, si puede, algo de divino, algo que haga soñar. Cada libro podría ser ese mensaje que espera ser leído para estar completo, escrito, como decía Kafka, en forma de plegaria.
Christine Argot

Es curioso que dentro de esta cantidad de libros publicados en Francia haya encontrado varias veces la palabra bienviellance, en los títulos y en los contenidos. Quiere decir benevolencia, altruismo, generosidad. No es gratuito que el premio Goncourt 2006, otorgado el pasado lunes, y uno de los libros más comentados, el de Jonathan Littell, nacido en Estados Unidos y que ha escrito en francés (una novela de 1.000 páginas), lleve como título Les bienviellants (Gallimard, 2006), Los benevolentes. La novela indaga el problema del mal encarnado en la persona de un oficial de las SS. Un hombre dispuesto a obedecer, una especie de Eischmann que explica sus razones para ejecutar ciegamente las órdenes de los verdugos. Al lado de Littel, una autora, la otra cara de la moneda, Christine Angot (su primera novela, El incesto, salió publicada en Seix Barral en 2000), porque Rendez Vous (Flammarion) es un largo episodio de su vida, extenso como el hilo de Ariadna que trata de conducir a su autora fuera del laberinto y saber quién es el hombre que ha querido. Angot perturba porque ha borrado la distancia que existe entre el autor y su obra y emplea el Yo en el límite del presente indicativo: yo digo, yo suscribo y firmo, sin contemplación,como dice ella. George Steiner escribió en Extraterritorialidad, "la vida es un alumbramiento, de una forma más o menos acabada, del yo potencial". En ella es una performance lingüística por medio de la autoficción, neologismo que desea implantar la validez de un Yo que se dice y se busca a través de las palabras. Pero también están los autores que bordean la experiencia, los que hacen de sus libros construidos espejos que deforman la propia imagen, un espacio de desarraigo, de ejecución trascendental, y de roce constante con la muerte. Richard Millet es autor de una larga lista de novelas y ensayos, complejo, ambicioso, siempre al borde de un abismo fundamental: la falta de una experiencia completa, en el amor, en las relaciones con los otros, siempre confrontadas a una especie de tragedia humana, a esa imposibilidad de realmente amar o ser amados.

Todo empieza en él, con esa arcadia perdida desde la infancia, la del amor materno, la del territorio y el reconocimiento de sí mismo en las relaciones con las mujeres que se convierten, como el título de esta novela, en Devorations (Gallimard), dimensión antropofágica de la experiencia amorosa. La novela de Yasmina Khadra, Las sirenas de Bagdad (Julliard), sobre el tema del terrorismo visto desde otra perspectiva, y la novela de Camille Laurens (Ni toi ni moi, POL), estupenda encuesta sobre el tema del apego. Son varias autoras que emergen en esta temporada, Lorette Nobecourt (En nosotros la vida de los muertos, Grasset), escritora interesantísima que aparece al lado de Amelie Nothomb, un fenómeno comercial inédito. Dentro de todo esto, la obra de Herman Melville aparece en un tercer volumen de la colección La Pléiade, en Gallimard, y no deja de plantearnos la pregunta sobre por qué se escribe o se mantiene silencio, pregunta fundamental que encarna Bartleby. En el centro de esa pregunta, que es también una larga historia de amor, emerge la del tema del amor entre las personas, quizás porque cuando se escribe algo sobre los sentimientos más íntimos rozamos con la idea del absoluto, con una especie de ausencia de Dios que todos lamentamos, un resabio de sentimiento religioso que podemos entender sin ser creyentes. Es esa presencia que encarnan las frases, evocando ese vacío para tratar de llenarlo, es ese movimiento que hace que un libro nos remueva en el interior.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 2006




martes, 7 de noviembre de 2006

'Les bienveillantes', de Jonathan Littell, gana el Premio Goncourt



'Les bienveillantes', de Jonathan Littell, gana el Premio Goncourt

"Es una de las grandes novelas de los últimos 50 años", dice Semprún


El fenómeno Jonathan Littell sigue creciendo. Este americano de 39 años, nacido en Nueva York pero que escribe en francés, es un fenómeno por muchas razones y así lo reconoció el jurado del Premio Goncourt, que coronó ayer su novela Les bienveillantes como la mejor de entre las publicadas en francés a lo largo de 2006, es decir, de una cosecha que sobrepasa ampliamente los 600 títulos. "Pero no sólo es la mejor del año sino del decenio y una de las grandes novelas de los últimos 50 años", declaró Jorge Semprún, miembro del jurado. "Littell reelabora novelescamente un material histórico de calidad. Tiene un gran personaje, ese protagonista, Max Aue, que es plausible y horrendo".



Semprún: "Los jóvenes sabrán qué pasó mediado el siglo XX gracias a una novela como ésta"

En Les bienveillantes, Littell invita a sumergirse en la lógica del Mal de la mano de Max Aue, un oficial de la SS cultivado, inteligente y de una absoluta frialdad. Su único amor conocido es el que siente por su hermana, del que parecen haber nacido mellizos y que, al no poder continuarse, se transforma en una homosexualidad gimnástica. Aue participa en varias de las grandes operaciones nazis destinadas al exterminio del pueblo judío. "Dentro de una, dos o tres generaciones, los jóvenes sabrán qué pasó mediado el siglo XX gracias a una novela como ésta". Para Semprún, "no es una novela francesa sino una novela escrita en francés. Su modelo es la gran novela rusa del XIX, Tolstói o Dostoievski. Para la cultura francesa lo que es importante es que el autor haya elegido el francés como idioma. Eso prueba que sigue siendo una gran lengua de expresión cultural".
Les bienveillantes es un volumen de 900 páginas, editado por Gallimard y del que se han vendido, en dos meses, 250.000 ejemplares y 90.000 más van a llegar a las librerías de inmediato. En España lo publicará RBA el año que viene. "La leí antes de que estuviera en las listas, al comenzar el verano, y me convertí en uno de sus grandes defensores", dice Semprún, "hay quienes critican a Littell porque aseguran que se identifica con su protagonista y retrata a Aue haciéndolo atractivo. No es cierto. O si lo es, entonces hay que decir que Dostoievski también se identifica con Raskolnikov en Crimen y castigo. Los jurados del Goncourt hemos coincidido todos en ello. Esta vez no hemos tenido que recurrir al voto secreto. Enseguida se ha visto que nadie le podía disputar el premio a Littell".
Jonathan Littell no acudió a la lectura de la decisión del jurado y no se prestó a la habitual conferencia de prensa del ganador. Este pelirrojo judío recién afincado en Barcelona huye como puede de la curiosidad periodística. Antes de escribir -a mano- Les bienveillantes, sólo había publicado, apenas cumplidos los veinte, una novela de ciencia-ficción de la que hoy se avergüenza. Durante más de diez años ha trabajado en una ONG dedicada a la lucha contra el hambre. Eso le ha supuesto viajar a Chechenia, Bosnia o Ruanda. "Es una experiencia que me ha permitido empezar a comprender qué es lo que convierte a las personas en verdugos, en asesinos. Ése es el tema central de mi novela", ha dicho Littell quien, hace apenas dos semanas, ganó el gran premio de novela de la Academia Francesa.
Tres de los grandes premios literarios franceses han recaído este año en autores cuyo idioma materno no es el francés. Es el caso de Littell, como ya queda dicho, pero también de la canadiense Nancy Houston, que ha obtenido el Femina por Lignes de fuite, y el del congoleño Alain Mabanckou, quien ganó ayer el premio Renaudot. con sus Mémoires de port-épic.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 7 de noviembre de 2006