sábado, 16 de diciembre de 2006

Portero de noche / La nostalgia del infierno



La nostalgia del infierno

Liliana Cavani desmitifica su controvertida 'El portero de noche'


JACINTO ANTÓN
Barcelona 16 DIC 2006

La velada los volvió a juntar a los tres. En la pantalla, Charlotte Rampling con su vestidito salmón y Dirk Bogarde con su elegante y amenazador uniforme de las SS, eternizados ambos por la magia del celuloide. En la platea, Liliana Cavani, la directora de El portero de noche (1974). "En Italia la censura lo simplificó todo en una cuestión de sexo. '¿Por qué ha puesto a la mujer encima del hombre al hacer el amor?'. Sólo les preocupaba eso, la escena del bote de mermelada". Cavani movía la cabeza, aún incrédula, durante el coloquio sobre su célebre y controvertido filme -relación sadomaso entre una víctima del Holocausto y su captor nazi- la noche del jueves, tras la proyección en la Filmoteca de Cataluña. "Charlotte, Dirk y yo quedamos muy sorprendidos por el éxito del filme. Pensábamos que era una película para minorías".

Fue una velada teñida de nostalgia. Una nostalgia que no era sólo la irracional, terrible, morbosa que sienten en el filme los dos protagonistas por el infierno del campo nazi donde vivieron su historia de negro amor. Ni la que se le supone a Cavani, aunque en el coloquio se mostrara como una mujer dura, correosa y desmitificadora, ante su película. En el mismo cine que alberga la filmoteca, el antiguo Aquitania, se pasaba hace 30 años El portero de noche y ahí la vieron entonces algunos de los que asistían anteayer al pase. Entre ellos, quien firma estas líneas, quedando tan impactado -19 años, COU, escaso conocimiento aún del masoquismo; la Rampling la primera mujer completamente desnuda a toda pantalla-, que aún hoy la recuerda casi fotograma a fotograma, pegada absurdamente a la memoria como esos caramelos imposibles de desenganchar de la suela del zapato.

Empezó la proyección sin la Cavani, todavía en el Liceo donde ensaya Manon Lescaut. Sonó la música amarga y decadente de Daniele Paris, apareció el hotel Zur Oper, la Viena demacrada. La superviviente Lucia (Rampling, con 28 años), llegada por un malicioso capricho del destino al hotel donde se esconde haciendo de portero su antiguo verdugo, el ex obersturmführer Max (un hombre de Kaltenbrunner que jugaba al médico en el mismo campo que la chica), cruza la mirada con él. Flash-back de ella, andrógina, en la fila de selección, ante la cámara del nazi... Seguirá la impactante secuencia del oficial SS homosexual Bert danzando ballet en tanga en las frías dependencias del campo y, más tarde, la escena central (la primera que se filmó) en la que la Rampling baila lúbricamente con la gorra de la calavera y los senos al aire, icono de la película, mientras canta una canción de Marlene Dietrich. En el coloquio, Cavani negó que se refocilara en la aparatosa estética nazi -Susan Sontag se refirió con respecto a su película a la "erotización del fascismo"- . "No hay fascinación alguna. Los nazis eran así, no iba a disfrazarlos de orientales". El uso de La flauta mágica en la película fue sólo porque "daba la emoción justa" y no debe verse en ello ninguna fácil alusión sexual (aunque suene un aria mientras un SS sodomiza a un preso y Bogarde introduce -valga la palabra- a Rampling en los arcanos de la felación).

La directora recordó el origen del filme. "Hice un documental sobre la Resistencia y entrevisté a mujeres supervivientes de los campos, entre ellas una maestra del Piamonte que estuvo en Dachau. Vi en la relación entre víctimas y verdugos un tema poco investigado y que se podía explicar a través de una historia. La escribí yo misma en una tarde, aunque luego hubo muchas variaciones durante el rodaje".
"Cada uno debe sacar su impresión de la película", continuó. "Un filme es sólo un filme. Y éste un grano de arena en un tema enorme". Cavani acabó: "No sé si está llamado a perdurar".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de diciembre de 2006

domingo, 10 de diciembre de 2006

Zadie Smith / Estoy aprendiendo qué tipo de escritora soy

Zadie Smith


Zadie Smith

Estoy aprendiendo qué tipo de escritora soy

26 de octubre de 2006

Zadie Smith. La novelista británica, que acaba de publicar en España Sobre la belleza (Salamandra), reflexiona sobre las sensaciones que produce la escritura de un nuevo libro. Lejos de cualquier divismo literario, la joven autora de Dientes blancos despliega aquí todas las cuestiones que se esconden en la cocina de un escritor de hoy: de la cuestión de la euforia inicial por la obra terminada al odio, pasando por la resignación final.

Zadie Smith
Para un escritor, cada nueva novela es una corrección de la anterior. ¿Los lectores lo entienden? Es difícil saber qué piensan los lectores sobre los escritores. Tal vez crean que un autor ofrece su última novela al "público lector" con el siguiente espíritu triunfal: "Bueno, está bien, ¿no? Éste es el tipo de cosas que son incuestionablemente buenas. Lo que les ofrecí la última vez sin duda era muy bueno, pero ahora están de suerte, ¡y les daré algo realmente espléndido!". ¿Es esto lo que piensan los lectores?
Triunfante es como me imagino que se sentiría Unilever al anunciar al mundo un nuevo jabón en polvo que lave más blanco que ningún otro en el mercado: satisfacción garantizada. Pero con las novelas es difícil estar seguro de cómo lavarán o de quién quedará satisfecho, en especial el propio autor.



Nadie necesita nada que uno vaya a escribir. La gente necesita queso, coches o vestidos de noche



MÁS INFORMACIÓN



Cada nueva novela se asemeja bastante a un nuevo tropiezo que uno da en público. Corrección es el término que creo que más se ajusta. Cuando escribes, siempre piensas que puedes corregir tu rumbo y llegar a la novela perfecta. En este sentido, los lectores que hace mucho que sufren saben más que los escritores: no funciona así. Una corrección literaria es algo complicado de realizar. Mientras se deshace de viejos malos hábitos, el escritor se contagia de otros nuevos sin darse cuenta.
Supongamos que decide que odia la "ironía"; la echa por la borda, pero ahora ha perdido el sentido del humor. Decide deshacerse de una trama compleja y artificial... Vaya, no le queda historia que contar. O le da la espalda a la hipérbole y se vuelve tan sobrio que ya no dice gran cosa.
Es una peculiar lucha de revisiones y equilibrios. En algún lugar de la habitación, flota sobre ti la novela más increíble y platónica, y tu único trabajo -tal vez el trabajo de tu vida- consiste en intentar echarle el lazo al maldito libro, arrastrarlo a la Tierra hasta tu ordenador. Cuando un escritor se sienta para comenzar, siempre afronta las mismas dos preguntas: ¿qué tipo de novela quiero escribir? Y, más tarde: ¿la he escrito?
Mientras escribía Sobre la belleza, la pregunta que me preocupaba más era la primera, como siempre. Desde el principio, no tenía nada claro si era el tipo de novela que quería crear o ni siquiera la que me apetecía leer.
¿Un libro sobre una familia erudita que vive en Estados Unidos? ¿Con tres hijos? ¿Ambientada en un campus universitario? ¿Una comedia suburbana burguesa? ¿El marido es infiel? ¿Y ya está? ¿Me gustan este tipo de cosas? ¿Es esto lo que necesita alguien ahora mismo? (Ésta, por cierto, es la peor pregunta que cualquier escritor puede formular. Nadie necesita nada que uno vaya a escribir. La gente necesita queso, coches o vestidos de noche. En momentos de expansión o de recesión, en la paz o en el holocausto nuclear, tu novela siempre es absolutamente superflua, así que puedes escribir lo que te plazca).
Envié fragmentos de ella a todo el mundo que conozco, como siempre hago: amigos, escritores, directores, a mi madre, a mis ex alumnos, a extraños por Internet; no me gusta que me editen, me gusta que me editen por comité. La gente me sugirió cambios, y yo los acepté.
En varias ocasiones tuvieron que convencerme para que no abandonara por completo el libro. Es increíblemente difícil acallar la voz del gremlin literario: ¿por qué iba a querer alguien leer esto?
El mejor antídoto para esa sensación es entrar en una librería y recorrer las estanterías en busca de algo para leer; escrutar alfabéticamente: no, ése no, ni ése; ése ya lo he leído, y ése; ése me encantó; éste lo odio... Pero ¿qué estoy buscando?
Bueno, como casi todo el mundo, busco una novela que sea algo más... que tenga un argumento que no... con un diálogo que te haga desear... y gente que creas que... Y luego, si eres escritor, te das cuenta de que esto tan particular e idiosincrásico -un libro que te guste- es, por supuesto, lo que estás intentando escribir.
Cuando acabé Sobre la belleza y como una niña escribí FIN al final, me estremeció la sensación de que había escrito justamente el libro que esperaba. Lloré, bebí mucho, bailé en el jardín y me caí. Básicamente, lo disfruté mientras pude. No era tan tonta como para confiar en esa sensación: me sentí igual con el anterior y con el anterior a ése.
Esa sensación dura unas cuatro horas (quizá algo más en el caso de Norman Mailer), y es tan dichosa que es prácticamente trascendental, pero no es real: durante cuatro horas no eres tú, eres un genio, y este libro no es obra tuya, sino que ha caído de los cielos.
Pero el éxtasis no tarda en convertirse en odio, cuaja y se transforma en tolerancia y, unas semanas después, durante la edición, cae en una aburrida resignación. Después de todo, no es un libro caído del cielo. Es un libro escrito por ti, e incluye, en la proporción correcta, los diversos aspectos positivos y negativos de ti, las vicisitudes de tu personalidad, tu ambición, tu voluntad y tu talento.
Es tuyo, de acuerdo. Lo reconoces, del mismo modo en que conoces tus pretextos amorosos y tu temperamento. Cuando tienes 18 años (vale, cuando tenía 18 años), tienes la falsa idea de que si hubieras de convertirte en escritor, serías inagotable; cada uno de tus libros sería bastante distinto del anterior, y nunca te sorprenderían recorriendo los mismos temas e ideas, o dando vueltas obsesivamente por un terreno conocido y nostálgico como el pobre y viejo Philip Roth.
¡Eres joven! ¡No tienes límites! Y, de hecho, hay unos cuantos escritores fuera de lo común que prácticamente no parecen tener ego, que poseen el don keatsiano de la capacidad negativa; eligen una nueva temática, un nuevo mundo, en cada excursión. Son radicalmente cambiantes.
Graham Greene era un poco así, y saltaba de país en país (aunque con él, viajar era una constante). Más recientemente, Michael Faber se ha convertido en un inteligente camaleón literario.
Son excepciones. La mayoría de los escritores no tienen más posibilidades de huir de sí mismos en la página que en el diván del psiquiatra. Yo pensé "Dios mío" cuando recibí las galeradas de Sobre la belleza, donde cada página está representada exactamente con la misma tipografía que mis dos anteriores trabajos, Yo de nuevo.
Pero si hubo cierta decepción al concluir Sobre la belleza, se vio contrarrestada por grandes dosis de alegría al escribirlo. Me encuentro en un estadio tan temprano de mi vida como escritora (espero) que cada nueva novela supone, como quizá dirían en la sala de juntas de Unilever, una "pronunciada curva de aprendizaje". Estoy aprendiendo qué tipo de escritora soy.
Este artículo es un fragmento de un texto en el que la autora comenta su última novela, Sobre la belleza. Traducción de News Clips. (c) Zadie Smith.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de octubre de 2006

Félix de Azúa / Stalingrado en estéreo


Stalingrado en estéreo


FÉLIX DE AZÚA
10 DIC 2006

Son cosas que sólo suceden una vez en la vida, casualidades irrepetibles. En este caso, asistir a la batalla de Stalingrado desde dos perspectivas opuestas, la primera situada en el frente ruso, la segunda en las líneas alemanas. En ambas ocasiones conduce la visita un guía infalible: el primero es Vassili Grossman cuya novela Vida y destino está compuesta por un mosaico de situaciones y personajes cuya vida y cuyo destino, según reza el título, se van a jugar en la ciudad del Volga. El segundo Jonathan Littell, ganador del último premio Goncourt con Les Bienveillantes, cuyo protagonista sufrirá una herida casi mortal durante el asedio, con consecuencias decisivas para su propia vida y destino. Está anunciada la próxima aparición de ambas novelas en español.
Tanto el protagonista de la ficción francesa, Max Aue, como el personaje histórico Vassili Grossman asisten a la destrucción salvaje de la ciudad, viven como ratas entre las ratas, hacinados en la noche de los subterráneos repletos de cadáveres congelados, son testigos del canibalismo de la tropa y contemplan el derrumbe de cualquier definición de humanidad por somera que se quiera. Ambos salvan la vida de milagro y gracias a ello pueden dar testimonio de un momento decisivo en la historia del mundo. No importa que estemos hablando de dos novelas. La veracidad testimonial de Grossman ha sido confirmada por Antony Beevor (Un escritor en guerra, Ed. Crítica). En cuanto a Littell, aún es pronto para conocer el criterio de los especialistas, pero hasta el momento su documentación ha suscitado el respeto de todos los expertos.
El lector que comienza por las mil páginas del libro de Grossman conoce el horror desde el lado soviético, pero cuando acaba las mil páginas del libro de Littell constata que en la zona alemana tenía lugar la misma barbaridad: los soldados morían de hambre, frío, tifus, disentería, muchos se automutilaban y eran fusilados de inmediato, otros enloquecían y asesinaban a sus compañeros. Sin embargo, los jefes y oficiales de ambos bandos, refugiados en búnkeres calentados con enormes hogueras, comían y bebían en abundancia y eran asistidos en todo momento por un nutrido grupo de putas.
Ciertamente, la estrategia militar de ambos bandos estaba a cargo de generales alcohólicos, morfinómanos o locos de atar y si alguno había que conservaba el seso era inmediatamente apartado del mando por la feroz competencia intestina entre las diversas facciones de los partidos nazi y comunista. La heroicidad aparecía de vez en cuando como desahogo de la desesperación mediante acciones suicidas individuales guiadas por la enajenación, alguna de ellas a cargo de tiradores de élite que hacían de cazadores en la jungla persiguiendo a un enemigo zoológico. En ambos bandos las condecoraciones posteriores fueron una burla vesánica contra las víctimas de aquella carnicería.
He aquí dos caras de la misma muerte, la imagen especular de dos gemelos, Stalin y Hitler. En la ciudad de Stalingrado chocaron los dos totalitarismos y a lo largo de un año rusos y alemanes se percataron de que aquel iba a ser el punto de inflexión de la guerra. Allí se decidiría cuál de las dos tiranías iba a quedarse con el mercado ideológico europeo. Ante la estupefacción del alto estado mayor alemán, los bolcheviques, aquellos primates racialmente inferiores, ganaron la batalla, seguramente ayudadospor el empecinamiento narcisista de Hitler quien ordenó resistir hasta la muerte y disparar contra todo aquel que tratara de retirarse. La destrucción del Sexto Ejército no fue una anécdota sino el cambio de signo en el hasta entonces triunfante destino del Reich. El estalinismo iba a vencer al nazismo.
Ambas novelas, aunque separadas por cuarenta años de historia, presentan a los regímenes nazi y comunista como dos posibilidades intercambiables, dos modos de inventar la sociedad futura, hipertécnica, masiva y poshumana que estaba en trance de construcción en aquel momento y sobre la que Benjamin escribió soberbias iluminaciones. Ambas ideologías compartían más elementos de los que las separaban. Ambos totalitarismos se oponían juntamente al modelo anglosajón, el verdadero enemigo todavía hoy.
Asombrosamente, Grossman esperaba publicar su inmensa novela en la URSS. Había confiado con gran candidez en el deshielo anunciado por Jruschov. A pesar de lo cual, cuando el novelista murió en 1964 aún era un comunista convencido, lo que no impidió que comprendiera la complicidad de los regímenes totalitarios. Así lo argumenta el torturador Liss, uno de los personajes más inquietantes de su novela y quizá contrafigura de Himmler, ante su prisionero favorito, Mostovskoi, intelectual del partido comunista y excelente militar cuyos rasgos recuerdan a los de Grossman.
"Somos vuestros enemigos mortales, sí, de acuerdo, pero nuestra victoria será también la vuestra, ¿comprendes? Si vosotros ganáis, nosotros sin duda seremos destruidos, pero continuaremos viviendo en vuestra victoria. Es una paradoja: si perdemos la guerra, la ganamos, continuamos desarrollándonos bajo otra forma, pero conservamos nuestra esencia".
La fascinante conversación entre Liss y Mostovskoi se parece a la de Nafta con Settembrini, aquel encarnizado torneo dialéctico de La montaña mágica entre el totalitario y el demócrata, por ver quién ganaba el alma de Hans Castorp, el indolente enfermo europeo. Pero Thomas Mann no conocía entonces la doble faz de Nafta, con un perfil comunista y otro nazi. Por eso para Grossman y para Littell la derrota de uno u otro de los regímenes totalitarios era insuficiente y suponía el sometimiento de toda la sociedad al mismo modelo de esclavitud física y mental diseñado por intelectuales de laboratorio. Los alemanes daban mayor importancia a nociones estéticas como la Nación, la Sangre o la Tierra, en tanto que los soviéticos preferían un vocabulario seudoético: la revolución comunista, la lucha de clases, la dictadura del proletariado. Ensalmos que disimulaban el sadismo de los dirigentes, la cobardía y estupidez del aparato, la codicia de los financieros y el colosal resentimiento de una parte de la población que se consideraba agraviada.
"Los dos creemos que el hombre no elige libremente su destino, sino que se lo impone la naturaleza o la historia. Y de ahí ambos deducimos que hay enemigos objetivos, que ciertas categorías humanas pueden y deben ser legítimamente eliminadas, no por lo que han hecho o pensado, sino por lo que son. Sólo nos diferenciamos en la definición de las categorías: para vosotros, los judíos, los gitanos, los polacos, e incluso tengo entendido que los enfermos mentales. Para nosotros, los kulaks, los burgueses, los desviacionistas del partido. En el fondo, es lo mismo".
Esto es lo que le dice el coronel Pravdine, un comunista ucraniano que ha caído en manos de las SS en Stalingrado y que va a ser asesinado de inmediato, durante su conversación con el Sturmbannführer Max Aue en una escena especular, casi idéntica a la de Grossman, quien, por cierto, era ucraniano. Sin embargo, el comunista añade una diferencia:
"La ideología bolchevique busca el bien de la humanidad, en tanto que la vuestra es mezquina, sólo quiere el bien de los alemanes".
Esta diferencia, que deberían meditar todos los nacionalistas y en especial los más agresivos (no hay que olvidar que la reciente guerra de los comunistas serbios fue un calco del genocidio nazi), es la que acabaría dando la victoria publicitaria a los bolcheviques. Bien es verdad que era tan sólo una diferencia de intenciones y que las buenas intenciones, en política, son irrelevantes. Puede suceder que un grupo ideológico busque la felicidad universal y la bondad edénica, pero si sólo consigue ampliar el dolor, la corrupción, la violencia, la humillación y la desesperación de los ciudadanos, es tan execrable como cualquier satrapía basada en el bienestar de un puñado de mafiosos.
Es cierto, en todo caso, que la propaganda comunista era (y es) más eficaz que la publicidad nazi. Se trataba del mismo producto: vivir en una sociedad convertida en campo de concentración, con un cuerpo de verdugos y policías que acaparaba todos los privilegios. Pero el discurso nazi parecía arcaico, prehistórico, atávico: pruebas de sangre, medidas de cráneos, Madre Patria, selección lingüística, infrahumanos... En tanto que la publicidad comunista aparentaba mayor adecuación al siglo: planificación económica, paraíso del proletariado, materialismo dialéctico. Estamos ante la misma mercancía con diferente envoltorio. No obstante, nadie puede negar que el envoltorio bolchevique era de una calidad muy superior al empalagoso kitsch germánico y eso le dio la victoria.
Han pasado ya muchos años desde que cayó el muro. Anotados puntillosamente por la KGB, sabemos los millones de asesinatos que ha costado el paraíso del proletariado; el envoltorio, sin embargo, sigue embobando a la clientela. Ya nadie alardea de su pasado nazi, fascista, franquista o maoísta. Cada día, sin embargo, asistimos a la celebración y encomio de algún antiguo estalinista, de una vieja leninista, uno de aquellos que cuando yo estudiaba en la Universidad auguraban "el próximo exterminio de la burguesía", imagen especular del "exterminio de la anti-España". Sus escritos están en las hemerotecas, sus discursos en algunos libros. Desde aquellos escritos y aquellos discursos, ni una palabra de comprensión, ni un gesto de lucidez. Sólo el empecinamiento narcisista y la mentira sistemática sobre los hechos.
La memoria alemana ha pasado por trances difíciles resueltos con dignidad admirable. El Deutsche Bank ha publicado un enorme volumen sobre la colaboración de las grandes familias y las entidades financieras con el Reich. ¿Alguien puede imaginar algo semejante en España? Así pues, ¿de qué memoria hablamos? Sólo el día en que los representantes y seguidores de ambos totalitarismos, sin dramatismo, sin delirio confesionario, den cuenta de las atrocidades en las que colaboraron y la escasa importancia que sus buenas intenciones tuvieron para millones de asesinados, sólo entonces podremos hablar de memoria y no de publicidad para imberbes.
Félix de Azúa es escritor.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de diciembre de 2006




domingo, 3 de diciembre de 2006

Jonathan Littell / Les Bienveillantes / Reseña de Vargas Llosa

Jonathan Littell
Poster de T.A.
Jonathan Littell
Les Bienveillantes

Por Mario Vargas Llosa
El País, 3 de diciembre de 2006


El lector sale de Les Bienveillantes, la novela de Jonathan Littell que acaba de ganar el Premio Goncourt en Francia y que ha alcanzado en ese país un éxito de público sin precedentes, asfixiado, desmoralizado y a la vez estupefacto por ese viaje a través del horror y la oceánica investigación que lo ha hecho posible. No recuerdo haber leído nunca un libro que documente con tanta minucia y profundidad los pavorosos extremos de crueldad y estupidez a que llegó el nazismo en su afán de exterminar a los judíos y demás "razas inferiores" en su breve pero apocalíptica trayectoria.
Como todo puede ser llamado novela, este libro, cuyo título traducido al español -Los benévolos- pierde algo de la punzante ironía que tiene en francés, también ha sido llamado así, pero lo cierto es que lo propiamente novelesco de estas páginas -lo imaginado, lo ficticio, lo añadido por el autor al mundo real- es lo menos interesante, un mero pretexto para enfrentar a los lectores a una experiencia histórica de espanto, con una riqueza de detalles, precisiones, ramificaciones por toda Europa, complicidades innumerables y un refinamiento artesanal indescriptible, que, a todas luces, el autor ha rastreado a través de documentos, testimonios e informaciones en muchos años de denodada investigación. En una novela lo que importa, sobre todo, es lo que hay en ella de agregado a la vida a través de la fantasía. Les Bienveillantes es un libro extraordinario por lo que hay en él de cierto y verdadero y no por la muy precaria estructura ficticia y truculenta que envuelve a la historia real.
Quien la cuenta es un narrador personaje, Max Aue, que ha conseguido sobrevivir a su pasado nazi y envejece ahora, en la provincia de Francia, bajo un nombre supuesto y convertido en un próspero industrial. No se arrepiente en absoluto de los crímenes indescriptibles de los que fue cómplice y autor -su exitosa carrera dentro del Tercer Reich la hizo como policía y experto en exterminio y campos de concentración, a la sombra del Reichsführer-SS Himmler, y trabajando en equipo con dignatarios como Eichmann o Speer, el ministro favorito de Hitler-, para los que tiene justificaciones históricas y políticas, en largas disquisiciones que resultan a veces algo monótonas. Tuvo una infancia traumática, en Francia -su madre era francesa y su padre alemán-, en la que concibió una pasión incestuosa por su hermana gemela, y practica el homosexualismo pasivo a ratos y a escondidas, pero el sexo no ocupa un lugar importante en su vida. Se doctoró en Derecho y es hombre culto, aficionado a la música, las buenas lecturas y las artes -le gustan mucho las óperas de Monteverdi y las pinturas de Vermeer- como, por lo demás, según su testimonio, parecen serlo muchos de sus colegas, en la Gestapo, los Waffen-SS y los cuerpos de seguridad del Partido Nazi en los que él, gracias a su espíritu disciplinado, trabajador y eficiente hace una rápida carrera alcanzando antes de cumplir treinta años los galones de teniente coronel y la máxima condecoración del Ejército alemán, la Cruz de Hierro, por su desempeño en el sitio de Stalingrado.
Cuando, en los principios de su tarea, asiste en los países ocupados del Este, sobre todo Ucrania y Rusia, a los asesinatos masivos de judíos, gitanos, enfermos mentales y víctimas de cualquier tipo de deformación física, padece de vómitos nocturnos y ataques de dispepsia, y algunas pesadillas, pero da la impresión de que ello no es un síndrome de rechazo moral sino de un disgusto estético y sensible ante los horrendos olores y feas escenas que producen aquellas degollinas. Pronto se acostumbra y, convencido de que la ideología nazi del Volk exige del pueblo ario aquella operación de limpieza étnica masiva, pone en el empeño todo su talento organizador y su imaginación burocrática. Con tan buenos resultados que es promovido hasta tener acceso a todo el enrevesado sistema montado por elrégimen para aniquilar al pueblo judío, a los gitanos, a los deformes y degenerados, y para convertir en bestias de carga y esclavos industriales a los prisioneros políticos.
Esta misión lo lleva a recorrer todos los campos de exterminio y a alternar con quienes los dirigen -policías, militares, médicos, antropólogos- en visitas que recuerdan el paso de Dante y Virgilio por los siete círculos del infierno, sin la poesía. Aunque uno cree saberlo todo ya sobre el vertiginoso salvajismo con que los nazis se encarnizaron en su afán de liquidar a los judíos, la información reunida por Jonathan Littell nos revela que no, que todavía fue peor, que los crímenes, la inhumanidad de los verdugos, alcanzaron cimas más altas de monstruosidad de las que creíamos. Son páginas que quitan el habla, estremecen y desalientan sobre la condición humana. Quienes planeaban estos horrores eran a veces, como Max Aue, gentes que habían leído mucho y sensibles a las artes. Una de las mejores escenas del libro es una recepción de jerarcas nazis en la que Adolf Eichmann aparece ansioso por aplicar a la presente situación alemana la noción kantiana de imperativo categórico, y otra en la que, en una cacería en las afueras de Berlín, la esposa de un general nazi explica la filosofía de Heidegger. Estas páginas del libro parecen una ilustración muy gráfica de la famosa frase de George Steiner, preguntándose cómo fue posible que el mismo pueblo que produjo a Beethoven y a Kant, engendrara también a Hitler y al Holocausto: "Las humanidades no humanizan".
¿Cuántos alemanes sabían lo que ocurría en los campos de exterminio? Es cierto que se guardaban las apariencias y, por ejemplo, en los informes, reglamentos, órdenes, se utilizaban eufemismos -"saneamiento", "curación", "limpieza"- y que, incluso buen número de las decenas de millares de personas directamente implicadas en hacer funcionar la complicada maquinaria del aniquilamiento de millones de personas, no hablaban de eso sino de manera figurada -salvo en las borracheras- y no querían saber nada más fuera de la parcela que les concernía. Pero lo evidente es que era mucho más difícil no saber lo que ocurría que saberlo, pues, en los extremos de enloquecimiento a que llegó el régimen en su obsesión homicida contra los judíos, a partir de 1943 ésta pasó a ser la primera prioridad del nazismo, antes incluso que ganar la guerra. No se explica de otro modo el esfuerzo gigantesco para montar un sistema de transportes masivos a lo largo y a lo ancho de Europa a fin de alimentar las cámaras de gaseamiento y los hornos crematorios, y los presupuestos crecientes y la asignación de personal y de recursos técnicos, que, contra el parecer de los jerarcas del Ejército alemán, que veían en esto un debilitamiento de su capacidad bélica, llevó a cabo el nazismo, decidido a acabar con los judíos aun a costa de una derrota militar. Todos sabían, aunque no quisieran saberlo.
Aunque entre los nazis responsables de la puesta en práctica del Holocausto había militantes que actuaban movidos por una convicción, como Max Aue, abundaban también los cínicos, los oportunistas y los pícaros, que, en medio de las redadas, torturas, expropiaciones y asesinatos colectivos, se enriquecían a base de tráficos inmundos o daban rienda suelta a sus instintos más bestiales. Pero la mayoría de ellos eran entes que ejecutaban órdenes, como autómatas, imbecilizados por la obediencia ciega, que había anulado en ellos toda capacidad de juicio moral y de independencia de espíritu.
Tal vez fuera imposible, manipulando materiales tan absolutamente abominables como los que recorren las casi novecientas páginas de este libro -y con muy pocos puntos aparte, lo que acrecienta la sensación de asfixia que producen sus páginas- escribir una gran novela, como La guerra y la paz o Los demonios. Una gran novela no puede apelar sólo a la mugre humana, a lo que hay de animalidad ciega, de instinto perverso, de irracionalidad destructiva, de egoísmo y crueldad, aunque, quién puede dudarlo, todo esto forme parte también de la condición humana. Pero una novela es una fuga de lo vivido hacia lo soñado o fantaseado para liberarse de la miseria que es el vivir en esta mediocre realidad cotidiana, una manera de alcanzar, allá, en ese puro reino de la palabra, la belleza y la imaginación, todo aquello que la vida real nos niega. Una novela puede, desde luego, sumergirnos en el barro de la injusticia, de la maldad, de las peores formas de infortunio, pero sin renunciar a alguna forma de la esperanza, de redención, como ocurre en esas ficciones terribles que son, por ejemplo, La montaña mágica, Ulises, Santuario, y tantas otras obras maestras. Pero esta novela, como las del marqués de Sade, no nos ofrece ninguna escapatoria, y luego de sumergirnos en la más abyecta manifestación de lo repugnante que puede ser lo humano, nos deja allí, en esos humores deletéreos, condenados para siempre. Por eso, a pesar de ser tan cierto todo aquello que cuenta, hay en Les Bienveillantes cierto miasma de irrealidad, algo que tal vez proyectamos en ella los lectores para defendernos, negándonos a ser así, sólo seres odiosos y horribles. Porque en las muchas páginas de este libro fuera de lo común no hay un solo personaje, hombre o mujer, que no sea absolutamente despreciable.



domingo, 26 de noviembre de 2006

La lucha de Google por el dominio y la definición




¿Ángel o diablo? La lucha de Google por el dominio y la definición

La expansión mediática de Google y su enormemente lucrativa actividad publicitaria generan confusión



RICHARD SIKLOS (NYT)
26 DE NOVIEMBRE DE 2006


Artículo publicado en la edición del jueves 23 de octubre de la selección semanal de The New York Times ofrecida por EL PAIS.
Google: ¿compañero o rival? Ésa es la cuestión candente de la semana ?no del año? para vosotras, antiguas empresas de medios de comunicación. Últimamente, ha habido una gran actividad en la colmena de Googleplex en Mountain View, California; y buena parte de esa actividad va dirigida a preparar al buscador para la expansión de su enormemente lucrativa actividad publicitaria desde las páginas de Internet al vídeo, los periódicos y la radio.

En primer lugar, cómo no, estaba el acuerdo de Google para adquirir YouTube por 1.300 millones de euros. Los altos ejecutivos de los medios de comunicación no salen de su asombro por el hecho de que YouTube, una web con sólo 18 meses, valga ese dineral. A eso le siguieron dos noticias menores pero intrigantes. Una fue el anuncio de una prueba para colocar en periódicos, The New York Times incluido, anuncios de Internet comprados a través de la red de publicidad de Google. La otra fue que Google está reforzando su personal de ventas de radio, una medida que parece un esfuerzo similar pero quizá mayor en ese medio.
El año pasado, Google aceptó pagar hasta 800 millones de euros por dMarc Broadcasting. Pronto utilizará la tecnología de esa empresa para lanzarse como intermediario entre los anunciantes y los radiodifusores. El director general de Google, Eric E. Schmidt, afirma que pretenden llegar a tener hasta 1.000 ingenieros y agentes de ventas trabajando en el sector radiofónico.
En cuanto se cierre el contrato de YouTube, el vídeo por Internet se convertirá en la siguiente frontera de Google. Con el tiempo, a Schmidt le gustaría ver la tecnología de Google aplicada a la televisión en toda su gloria digital. Lo que está en juego es prácticamente todo en el tarro de miel de la publicidad mundial, que mueve 315.000 millones de euros. La eficacia de Google para poner anuncios junto a los resultados de búsqueda la diferencia de Yahoo, MSN y los demás gigantes de Internet.
Hasta ese astuto observador del dominio del mercado, Microsoft, ha alegado que, hasta que él mismo, o Yahoo o cualquier otro, no descubran el modo de competir con la arrolladora fuerza publicitaria de Google, ésta tendrá demasiado poder. “Lo que Google está haciendo es transferir hacia sí la riqueza que está en manos de los propietarios de derechos”, comenta Steven A. Ballmer, director general de Microsoft. “Por lo tanto, todos los medios de comunicación del mundo están amenazados por Google”.
Bueno, quizá. Pero por ahora, Google parece tener muchos más aliados que detractores entre los grandes medios, aunque algunos se han querellado por el modo en que Google distribuye y presenta los resultados de búsqueda y otra información en compañía de enlaces publicitarios. Recientemente, Google reveló que su servicio de vídeo por Internet había sido demandado y acusado de infringir los derechos de autor.
La Asociación Mundial de Periódicos, una gran organización paraguas basada en París, que representa a 18.000 publicaciones de todo el mundo, intenta organizar una alianza para adoptar una tecnología que dicte las condiciones bajo las cuales los buscadores, incluido Google, podrán usar y presentar el material sujeto a derechos de autor cuando sus robots les visitan para rastrear.
Ahora bien, antes de abordar la cuestión candente ya mencionada ?¿es Google amigo o enemigo?? sopesemos otra pregunta a menudo planteada y pertinente: ¿es Google una empresa de medios? La última vez que lo comprobé, un medio de comunicación se definía en general como una empresa que acumula audiencias y vende a los comerciantes el acceso a esas audiencias.
Y no hace mucho, Schmidt comentaba: “En último término, el objetivo de Google es disponer de la red de publicidad más fuerte y de toda la información del mundo. Ésa es en parte nuestra misión”. Y si es una empresa de medios, es la mayor del mundo, con una capitalización de mercado de 113.000 millones de euros.
Pero a David Eun, director de alianzas de contenido de Google, le ofende la consideración de medio. Señala que Google no crea ni es propietaria de contenidos, algo que, en su opinión, forma parte de la definición de una empresa de medios. Por el contrario, explica, Google es una empresa de tecnología: “Diría que somos un conducto que conecta a nuestros usuarios con el contenido y con los anunciantes”.
Ahora mismo el elefante en la habitación no es publicar sino el vídeo, y eso es lo que Google se propone hacer con YouTube. Entre los millones de descargas del sitio se encuentran clips que incorporan material sometido a derechos de autor, procedente de películas, vídeos musicales y programas televisivos. Los teléfonos de los magnates echan humo y Schmidt debe decidir si los próximos movimientos pasarán por demandas judiciales, acuerdos de concesión de licencias o la retirada de contenido del principal escaparate de vídeo de Internet.
Quizá la respuesta a la pregunta de si es un compañero o rival dependa del tipo de medio en el que uno se encuentre. Si uno es una empresa de cable o una emisora de televisión local, tal vez Google no sea aún su aliado. (Pero no duden de que hay equipos de ingenieros trabajando en ello).
Desde luego, no es raro que las empresas de medios compitan en algunas áreas y colaboren en otras; de hecho, es la prueba suprema de que juegan en Primera División. Pero las fronteras nunca han sido tan borrosas.