viernes, 22 de septiembre de 2017

El cuento de la criada / El rojo es más fácil de ver



El rojo es más fácil de ver 

si te da por huir

Por Bárbara Ayuso


Nolite te bastardes carborundorum. No rechinen los dientes, es la frase de moda. Desde 1985, el aserto dejó de ser un idiota trabalenguas entre estudiantes de latín para convertirse en un santo y seña. Un código de molonez. Si sonreías con complicidad o contestabas «Under his eye» (o «bajo su mirada», tampoco el inglés era preceptivo) conocías la ubicación de la república de Gilead. Habías leído El cuento de la criada, de la archirreconocida escritora canadiense Margaret Atwood. Formabas parte del club. Hasta ahora.
La adaptación televisiva de la novela (que en España pudo verse en HBO) ha democratizado estas contraseñas cómplices, popularizándolas entre los miles de espectadores que degluten sus capítulos con una repugnancia perpleja. Hasta el crítico menos espabilado le regaló en su momento ya la etiqueta de «serie del año», mucho antes de resultar ganadora del Emmy a la mejor serie dramática. Una producción «importante», decían. De las que instauran y descifran códigos: si hoy se cruzan con dos mujeres con hábitos rojos y níveas cofias que caminan en silencio, sabrán que el suyo es un mudo acto de protesta. Ayer serían dos amish extraviadas o excéntricas participantes de un carnaval a destiempo.
A pesar de convertirse en best seller mundial poco tiempo después de su publicación y traducirse a más de cuarenta idiomas, en España el libro de Atwood ha dormitado en pocas estanterías durante estas tres décadas. Deambuló por tres editoriales (Seix Barral, Ediciones B y Bruguera), pero no se convirtió en el clásico canónico (ni siquiera feminista) que es en el resto de países. De la película1 que lo adaptaba nos enteramos de oídas, más o menos lo mismo que de las óperas, los ballets y diversas representaciones que lo amplificaron. Tampoco fue singularmente celebrado cuando se galardonó a Atwood con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2008. El cuento de la criada se desdibujaba entre las glosas a la oracular reputación de la autora y su versátil y extensa producción.

Margaret Atwood / Érase una vez



Margaret Atwood
Érase una vez 

—Érase una vez una niña pobre, tan hermosa como buena, que vivía con su malvada madrastra en una casa del bosque.
—¿Del bosque? El bosque está anticuado. Vaya, todo ese entorno rural ya empieza a cansarme. No es un buen reflejo de la sociedad de hoy. ¿Por qué no la trasladamos a un entorno urbano, para variar?
—Érase una vez una niña pobre, tan hermosa como buena, que vivía con su malvada madrastra en una casa en las afueras de la ciudad.
—Eso está mejor. Pero debo cuestionar muy en serio el adjetivo pobre
—¡Pero era pobre!
—La pobreza es relativa. Vivía en una casa, ¿no?
—Sí.
—Luego, desde una perspectiva socioeconómica, no era pobre.
—¡Pero el dinero no era suyo! La gracia del relato es que la malvada madrastra la obliga a llevar harapos y a dormir junto a la chimenea…
—¡Ajá! ¡Tenía chimenea! ¿Desde cuándo los pobres tienen chimeneas? Ve al parque, ve un noche a una estación de metro, ve a ver cómo duermen en cajas de cartón. ¡Entonces sabrás lo que es ser pobre!
—Érase una vez una niña de clase media, tan hermosa como buena…
—Para un momento. Creo que podemos eliminar lo de hermosa, ¿no? La mujer de hoy ya tiene que lidiar con  demasiados estereotipos físicos intimidatorios, como todas esas bollicaos que salen en los anuncios. ¿No puede hacerla, bueno, digamos, más normal?
—Érase una vez una niña con un ligero sobrepeso y cuyos dientes frontales sobresalían, que…
—No  me parece divertido reírse del aspecto de la gente. Además, estás fomentando la anorexia.
—¡No me burlaba! Me limitaba describir…
—Sáltate la descripción. Las descripciones oprimen. Pero puedes decir de qué color era la niña.
—¿De qué color?
—Ya me entiendes, Negra, blanca, roja, morena, amarilla. Ahí tienes las opciones. Para tu información: basta ya de blancos. La cultura dominante esto, la cultura dominante lo otro…
—No sé de qué color era.
—Bueno, lo más probable es que fuera del tuyo, ¿no crees?
—¡Pero esto no tiene nada que ver conmigo! Es sobre una niña.
—Todo tiene que ver contigo.
—Me parece que no tienes ganas de oír la historia.
—Oh, bueno, sigue Que sea étnica. Eso podría ayudar.
—Érase una vez una niña de raza indeterminada, tan normal de aspecto como buena, que vivía con su malvada…
—Otra cosa. Buena y malvada. ¿No crees que podrías dejar atrás esto epítetos que responden a puritanos juicios morales? Al fin y al cabo, son en gran parte de puros condicionamientos, ¿no?
—Érase una vez una niña tan normal de aspecto como adaptada a su entorno, que vivía con su madrastra, que no era persona abierta ni cariñosa porque había sido maltratada durante la infancia.
—Mejor. ¡Aunque estoy harta de tantas imágenes femeninas negativas! Las madrastras siempre aparecen como malas. ¿Por qué no la conviertes en padrastro? Además, así la historia tendría más sentido, considerando la conducta perversa que vas a describir. Introduce látigos y cadenas. Todos sabemos cómo son de retorcidos esos tipos reprimidos de mediana edad…
—¡Hey, espera un momento! Yo soy un hombre de mediana edad…
—Vale, señor Susceptible. No te des por aludido… Esto queda entre tú y yo. Sigue.
—Érase una vez una niña…
—¿Cuántos años tenía?
—No sé. Era joven.
—Esto acaba en boda, ¿no?
—Bueno, no quiero revelarte la trama, pero… sí.
—Entonces puedes borrar esa terminología paternalista condescendiente. Es una mujer, colega. Una mujer.
—Érase una vez…
—¿Qué es eso de érase una vez? Ya basta de pasado. Háblame de ahora
—Es…
—¿Y bien?
—¿Y bien, qué?
—Y bien. ¿por qué no hay?


Margaret Atwood
Érase una vez
Lumen, Barcelona, 2008, pp. 9-12 


Javier Tresguerres / Máscaras que nos desnudan



Máscaras que nos desnudan

El fotógrafo Javier Tresguerres construye en su primera exposición una alegoría de la falsedad humana

Manuel Morales
Madrid, 21 de septiembre de 2017




'El corazón sangrante', una de las fotografías la exposición 'Enmascarados'.Ver fotogalería
'El corazón sangrante', una de las fotografías la exposición 'Enmascarados'. JAVIER TRESGUERRES

Dos bofetadas de la vida, un divorcio y un despido en un expediente de regulación de empleo en la televisión autonómica donde trabajaba como realizador, le mostraron al fotógrafo Javier Tresguerres que personas que se decían sus amigos "podían cambiar su actitud hacia uno cuando la vida se tuerce. De aquellos tragos decidió salir con un proyecto fotográfico que le ha "servido de diván" en los últimos años. Se instaló en un pequeño plató en el que empezó a construir máscaras antigás, más de 50, que decoró y pintó. Después comenzó a retratar a hombres y mujeres desnudos que solo llevaban sus máscaras, en una alegoría de que "en la vida hay mucha falsedad y damos a veces una imagen que no es la nuestra", dice Tresguerres (Oviedo, 1957), que pone a las redes sociales como ejemplo de esa impostura: "Te enseño mis intimidades, mis fotos, pero luego resulta que es mentira y no soy así".
Guerrera suprema
Foto de Javier Tresguerres

De este trabajo de casi ocho años procede Enmascarados, su primera exposición y fotolibro, que se ha autoeditado. Las 53 imágenes de esta muestra pueden verse en el Ateneo de Madrid hasta el 30 de septiembre, después viajarán al Palacio de Congresos Príncipe Felipe de Oviedo del 1 al 15 de noviembre. Con un pasado de guionista y de publicista en distintos formatos, Tresguerres ha logrado una puesta en escena que lleva al espectador a percibir que las máscaras forman parte de la anatomía de los fotografiados, que no parecen humanos, "sino seres biomecánicos", señala. El autor pone así de manifiesto "la asfixiante atmósfera que nos rodea y que hace crecer en nuestros rostros esas máscaras horribles".
Musa de la música
Foto de Javier Tresguerres

El fetichismo, el sado, el sexo y la violencia son algunos de los asuntos reflejados en unas imágenes en las que, con los personajes saliendo de la penumbra, se suceden los homenajes a icónicas representaciones artísticas, como el pensador, san Sebastián martirizado o el nacimiento de Venus, y reconocimientos a fotógrafos como Robert Mapplethorpe o Helmut Newton. "En esta obra he querido romper la sensualidad y la belleza de los cuerpos con máscaras que resultan desagradables, se trataba de enfrentar el atractivo de un desnudo con algo que provoca lo contrario".

Consciente de que algunas de sus instantáneas resultarán difíciles de digerir para determinadas personas, Tresguerres subraya su sorpresa por "la reacción positiva de la gente" que ya ha acudido a ver las impactantes fotografías de Enmascarados al Ateneo. Quizás porque los visitantes descubren que las máscaras no siempre se usan para ocultar. Como escribió Oscar Wilde: "Dad una máscara a un hombre y os dirá la verdad".

Relato de un día de pánico en la 'zona cero' del terremoto de México

Ciudad de México poco después del terremonto


“Diosito, estamos vivos”

Relato de un día de pánico 

en la 'zona cero' del terremoto de México


CECILIA BALLESTEROS
México 20 SEP 2017 - 19:26 COT





El rescate nocturno en la Ciudad de México.
El rescate nocturno en la Ciudad de México.  EFE

A las 13.14 de la mañana del martes 19 de septiembre estaba en mi departamento, en un sexto piso, en la colonia Condesa, con dos albañiles que reparaban las grietas y las goteras que había causado el terremoto del día 7, que no me agarró porque estaba fuera de Ciudad de México. He vivido otros sismos, pero ninguno como este. De repente, de pronto, de golpe, sin escuchar ningún tipo de alarma, el piso empezó a temblar, a moverse, a trepidar, a oscilar, a todo lo que uno se pueda imaginar, al tiempo que veía cómo mis libros, mis objetos, mi vajilla, mis muebles, toda mi vida se desbarataba, se desmoronaba ante mis ojos. El horno se desprendió y saltó disparado, impactó en el centro de la cocina y el frigorífico, que estaba empotrado en un hueco, avanzó unos pasos y se giró completamente. Era como vivir una escena de Poltergeist. Tuve suerte de no estar sola, viviendo en un ático, en una zona sísmica como Condesa, dos de las peores condiciones para afrontar un terremoto, según todos los parámetros. Junto a Pascual, uno de los albañiles, nos pusimos bajo el quicio de la puerta de la calle, que sujetábamos con todas nuestras fuerzas, para impedir que se cerrase sobre nosotros y nos aplastase, mientras que Victor Manuel, como si fuera un maestro de yoga y que había vivido el trágico terremoto de 1985, parapetado bajo la puerta de la cocina, nos iba dando instrucciones. "Tranquilos, tranquilos. Ya está pasando. Cuidado, no acabó. Ahora viene la réplica".

jueves, 21 de septiembre de 2017

Coutee Cullen / Para un poeta

Coutee Cullen


Coutee Cullen

He envuelto mis sueños en un paño de seda,
y los he puesto lejos en una caja de oro;
donde se aferran con voluntad los labios de la polilla,
he envuelto mis sueños en un paño de seda;
no guardo rencor, ni siquiera estoy enojado
con quien encontró el aliento de la tierra tan afilado y frío;
he envuelto mis sueños en un paño de seda,
y los he puesto lejos en una caja de oro.


Coutee Cullen
Color, 1925




La marea del pensamiento reaccionario / Volver atrás


Elisabeth Moss
The Haindmaid's Tale

Volver atrás

Muchos comienzan a sentir miedo ante la marea de pensamiento reaccionario que vive Occidente


Volver atrás

The Handmaid’s Tale lleva camino de ser la serie de moda del naciente verano. Basada en una obra de Margaret Atwood, dibuja una distopía en la cual EE UU se ha convertido en una teocracia donde las mujeres (así como el resto de minorías que se salen del canon cristiano integrista) están completamente sometidas a la dominación masculina. Es innegable que una parte del éxito de la producción se debe a que moldea de forma muy gráfica miedos nacientes entre muchos ante la marea de pensamiento reaccionario que vive Occidente.

Margaret Atwood / Que siga siendo sólo un cuento de criadas


Que siga siendo sólo un cuento de criadas

El libro de Margaret Atwood es inquietante porque evidencia la facilidad con la que una democracia liberal puede dejar paso a una dictadura teocrática



PATRICIO PRON
11 AGO 2017 - 10:07 COT




Margaret Atwood, en 1989.Ampliar foto
Margaret Atwood, en 1989. RICHARD LAUTENS / TORONTO STAR / GETTY IMAGES

No es fácil desplazarse por Gilead: el tráfico está reglamentado y en las ciudades hay barricadas custodiadas por Ángeles que impiden el acceso de una zona a otra a las personas sin autorización. Gilead (Galaad en español) está en Nueva Inglaterra, la región estadounidense que alguna vez albergó los Estados de Connecticut, Rhode Island, Massachusetts, Nuevo Hampshire, Vermont y Maine, pero en la actualidad es difícil saber cuáles son sus límites. Por otra parte, no parece haber mucho para hacer allí, excepto presenciar ajusticiamientos y partidos de fútbol, que constituyen el único resabio de la vida pública que existió antes de Gilead: ya no hay periódicos, la lectura está prohibida a las mujeres y los hombres sólo pueden leer la Biblia, todas las universidades han sido cerradas y la divulgación del conocimiento científico es penalizada con la muerte, la producción artística se circunscribe a la de las manualidades con las que las mujeres en sus hogares dan una segunda vida a los objetos que ya no sirven, no hay dinero y el mercado negro es remoto y peligroso; de hecho, apenas hay algo para comer, el alcohol está prohibido y el café sólo puede ser disfrutado por la élite.
Un puñado de personas considerará todo esto suficientemente disuasorio. Para las demás, una mala noticia: Gilead no existe, fue creado por Margaret Atwoodpara una novela escrita en 1984 y adaptada en una popular serie de televisión hace unos meses. El cuento de la criada es el relato de Defred (es decir, “de Fred”: en Gilead las mujeres son propiedad de los hombres), una joven que alguna vez tuvo una familia y un trabajo, pero los perdió tras el asesinato del presidente y la toma del poder por parte de fundamentalistas religiosos, quienes recortaron las libertades civiles en nombre de la seguridad. Defred intentó escapar a Canadá con su marido y con su hija, pero fue capturada en la frontera y enviada a reeducación; y ahora es Criada, parte de una rígida sociedad de clases que las Criadas deben perpetuar: los accidentes nucleares y la contaminación (así como la represión de la sexualidad) han reducido la capacidad reproductiva de la población a mínimos (aunque esto es “culpa de las mujeres”: legalmente, en Gilead no hay hombres estériles), y la élite recurre a mujeres “reeducadas” como Defred para aparearse. Una vez al mes, las Criadas yacen con los Comandantes bajo la mirada de sus Esposas; el resto del tiempo, esperan: en algún sentido, como criadas, son un recipiente vacío, pero las otras opciones que se les presentan son incluso peores.



La adaptación a una sociedad de vigilancia y represión extremas es más habitual que la resistencia a ella

Defred pertenece a una generación de mujeres que todavía es capaz de recordar cómo se vivía antes de Gilead, de allí su ambigüedad ante los acontecimientos. Por una parte, le “parece mentira que antes las mujeres perdieran tanto tiempo y energías (…) pensando en ellas, preocupándose por ellas, escribiendo sobre ellas”. Por otra, se niega a aceptar que el mundo que conoció ya no existe, y se aferra a todo aquello que se lo recuerde: roba mantequilla para hidratarse el rostro (los cosméticos están prohibidos), piensa en los hombres, recuerda, se niega a creerse “un desperdicio”. Cuando en el centro de reeducación se le dice que “será más sencillo para las que vengan después de vosotras”, que “aceptarán sus obligaciones de buena gana”, Defred piensa: “Porque no habrán conocido otra cosa”, pero, por supuesto, no pone en riesgo su vida diciéndolo en voz alta.
Una de las razones por las que El cuento de la criada resulta un libro tan inquietante es que pone ejemplarmente de manifiesto la facilidad con la que una democracia liberal puede dejar paso a una dictadura teocrática si existe un enemigo lo suficientemente importante (Atwood, visionaria, escogió el terrorismo islámico) y se consigue que la población “mantenga la calma”; otra, que la adaptación a una sociedad de vigilancia y represión extremas es más habitual que la resistencia a ella.
El cuento de la criada es la historia de la pérdida de unas libertades que creemos inalienables. Aunque fue publicado hace algo más de 30 años y el régimen que lo inspiró (la así llamada República Democrática de Alemania) ya no existe, el libro es leído en nuestros días como una obra completamente actual en no menor medida debido a que los acontecimientos recientes parecen poner de manifiesto que Gilead ya no es sólo una distopía literaria (o “una advertencia”, según su autora), sino una posibilidad: 22 millones de personas perderán toda prestación médica en los próximos 10 años si el Senado estadounidense aprueba la nueva ley de salud; China y otros países continúan asesinando a sus disidentes políticos; la libertad de prensa está en riesgo en la mayor parte del planeta y Turquía anuncia que el año próximo dejará de enseñar la teoría de la evolución en las escuelas. No son las únicas señales de que no importa que no sea posible ir a Gilead, ya que Gilead viene a nosotros: el Gobierno estadounidense acaba de anunciar que en breve controlará en los aeropuertos los libros que lleven los pasajeros. “Me gustaría creer que esto no es más que un cuento que estoy contando”, afirma Defred: ojalá lo siga siendo un tiempo más.
‘El cuento de la criada’. Margaret Atwood. Traducción de Elsa Mateo Blanco. Salamandra, 2017. 416 páginas. 19 euros



Margaret Atwood / El cuento de la criada / Prólogo

Ilustración de Anna y Elena Balbusso
para la edición de El cuento de la criada de The Folio Society.

Margaret Atwood 

El cuento de la criada

Prólogo

El libro, publicado en 1985, es la base de la serie televisiva que es éxito en todo el mundo
DOMINGO 30 DE JULIO DE 2017
Esta semana se relanza El cuento de la criada (Salamandra), publicado originalmente en 1985, una de las grandes obras de Margaret Atwood y fuente de inspiración de la serie televisiva que, por su alusión al fantasma totalitario y la opresión de género, conmociona a todo el planeta. En el futuro cercano que propone esta distopía, una dictadura teocrática se instala en Estados Unidos y, en el marco de una epidemia de esterilidad, impone a las mujeres la obligación de convertirse en meros aparatos reproductores, sin nombre ni derechos (el personaje central, Defred, se llama así por ser "del" comandante Fred). A principios de este año el sitio norteamericano Hulu lanzó, con participación de la misma Atwood, una serie basada en la novela. Bajo el influjo de la "era Trump", la realización se convirtió en un suceso global: la novela trepó a los primeros puestos de Amazon, se reeditó en varios países, y el imaginario visual de la serie fue incorporado por el activismo feminista en protestas contra retrocesos en el campo de la salud reproductiva y los derechos civiles. Aquí, un fragmento del prólogo que Atwood escribió para esta nueva edición.

Margaret Atwood / Autobiografía

Margaret Atwood


Margaret Atwood
Autobiografía

Lo primero que recuerdo es una línea azul. Estaba a la izquierda, donde el lago se fundía con el cielo. En aquel punto había una pared de arena, pero no se veía desde donde yo estaba.
A la derecha el lago iba estrechándose hasta convertirse en un río y había una presa y un puente cubierto, algunas casas y una iglesia blanca. Al frente había una pequeña isla rocosa con unos cuantos árboles. A lo largo de las orillas se veían grandes rocas erosionadas y los troncos cortados de árboles enormes, que sobresalían del agua. 
Detrás hay una casa, un camino que se adentra en el bosque, el acceso a otro camino que no se veía desde donde yo me encontraba, pero que en cualquier caso estaba allí. Al llegar a un punto el camino se ensanchaba; la avena que en algún distante invierno se había caído de los morrales que llevaban los caballos de los leñadores había germinado y crecido. Allí anidaban halcones. 
En una ocasión, en la isla rocosa había un esqueleto de ciervo medio comido, que olía a hierro, olía como cuando se frotan las manos con herrumbre y esta se mezcla con el sudor. Ese olor es el punto en que se disuelve el paisaje, en que deja de ser paisaje y se convierte en otra cosa.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Margaret Atwood / Haciendo veneno




Margaret Atwood

HACIENDO VENENO


Cuando tenía cinco años, mi hermano y yo hicimos veneno. Por entonces vivíamos en una ciudad, pero probablemente habríamos hecho el veneno de todos modos. Lo guardábamos en un bote de pintura debajo de la casa de algún vecino y en él echamos todas las cosas venenosas que se nos ocurrieron: setas no comestibles, ratones muertos, bayas de serbal, que a lo mejor no eran venenosas, pero que lo parecían, pis que guardábamos para añadirlo al bote de pintura. Para cuando se llenó el bote, todo lo que contenía era muy venenoso. 

Margaret Atwood / Una párabola


Ilustración de Triunfo Arciniegas




Margaret Atwood
Una parábola 

Estoy en una habitación sin ventanas que se abran ni puertas que se cierren, algo que puede parecer un manicomio, pero que en realidad no es más que una habitación, la habitación en que una vez más me siento a escribirte, otra carta más, otra hoja de papel, sorda, muda y ciega. Cuando termine la tiraré al aire y por así decirlo desaparecerá, pero el aire no opinará lo mismo. 

Margaret Atwood / Pan

Ilustración de Triunfo Arciniegas

Margaret Atwood
PAN
Imagina un pedazo de pan. No hace falta imaginarlo, está aquí en la cocina, sobre la tabla del pan, en su bolsa de plástico, junto al cuchillo del pan. Ese cuchillo es uno muy viejo que conseguiste en una subasta, la palabra PAN está tallada en el mango de madera. Abres la bolsa, pliegas el envoltorio hacia atrás, cortas una rebanada. La untas con mantequilla, con mantequilla de cacahuete, después miel, y lo doblas hacia adentro. Un poco de miel se te escurre entre los dedos y la lames con la lengua. Te lleva cerca de un minuto comer el pan. Este pan es negro, pero también hay pan blanco, en el frigorífico, y un poco de pan de centeno de la semana pasada, antes redondo como un estómago lleno, ahora a punto de echarse a perder. De vez en cuando haces pan. Lo ves como algo relajante que puedes elaborar con las manos.

Por qué 'El cuento de la criada' es la serie más aterradora de la temporada


Elisabeth Moss (Offred)
The Handmaid's Tale
(El cuento de la criada)
Poster de T.A.


Por qué 'El cuento de la criada' es la serie más aterradora de la temporada



La adaptación televisiva de la novela de Margaret Atwood, que se estrena hoy en HBO España, es una contundente (y aterradora) declaración de intenciones: a las mujeres siempre puede irnos peor.


Por PALOMA RANDO
26 de abril de 2017 / 9:59


Hace 33 años Margaret Atwood empezó a escribir El cuento de la criada. Era también primavera, y la escritora vivía en Berlín Occidental. Sus visitas a países de más allá del telón de acero inspiraron de alguna manera la novela. “Habiendo nacido en 1939 y tenido uso de razón durante la II Guerra Mundial sabía que los órdenes prestablecidos pueden desaparecer de la noche a la mañana y el cambio puede ser tan rápido como un relámpago. Cualquier cosa podía pasar en cualquier sitio dadas las circunstancias”.

martes, 19 de septiembre de 2017

Premios Emmy 2017 / Ovación a Margaret Atwood

Margaret Atwood y el elenco de The Handmaid's Tale (El cuento de la criada)


LA OVACIÓN A MARGARET ATWOOD AL RECIBIR 'EL CUENTO DE LA CRIADA' EL PREMIO A MEJOR DRAMA

La escritora subió con el equipo de la serie de HBO al recoger el premio y público se puso de pie. 
Fotogramas


En la noche en el que 'El cuento de la criada' fue una de las protagonistas, no podía faltar la autora de la historia, Margaret Atwood. La escritora estaba presente junto al equipo de la serie en el Teatro Microsoft de Los Ángeles.