



Al poco tiempo de volver de Auschwitz, ya en marzo de 1946, Primo Levi escribió una carta a su antiguo compañero del campo de concentración Jean Samuel: “¿Sabes algo de Brakier, Kandel, Szanto, Arnold…?”, y enumeraba los nombres de otros que compartieron su suerte. El escritor italiano, autor de uno de los libros clave del siglo XX, de referencia sobre el Holocausto, Si esto es un hombre, sintió enseguida la necesidad de saber de los demás, si se habían salvado o no. Encontró a algunos, pero en muchos casos no logró averiguar nada. Nadie hasta ahora se había preocupado de saberlo, de indagar qué fue de las personas reales que estaban detrás de esos personajes del libro. Lo ha hecho el historiador Sergio Luzzatto, en un libro que se acaba de publicar en Italia: Primo Levi e i suoi compagni (Primo Levi y sus compañeros, editorial Donzelli).

"Cuando escribimos sobre Auschwitz, hemos de tener en cuenta que, al menos en cierto sentido, Auschwitz ha dejado la literatura en suspenso". Imre Kertész constantemente plantea paradojas de este calado y los libros presentes se sitúan en los polos opuestos de la respuesta del escritor húngaro a ese dilema aparentemente irresoluble. En Un relato policíaco se manifiesta el fabulador, el profesional de la mano ligera, mientras La lengua exiliada pertenece a un pensador implicado y de expresión concisa. Cuando Kertész escribió, en 1976, Un relato policiaco, aún no había precisado la fórmula que pronunciaría en su discurso del Premio Nobel de 2002: "De Auschwitz sólo se puede escribir una novela negra". Tras el título irónico se esconde una áspera parábola política, condicionada por la anemia de los personajes y la trivialidad de los diálogos. Sin embargo, dentro de su corte esquemático, la historia del torturador arrepentido de un imaginario país suramericano, depara una introspección lúcida de la mente del verdugo convertido en víctima. La cínica lógica del poder acaba por enmarañar y destruir al policía igual que al niñato idealista y al oligarca intocable; donde no existe derecho rige "la fatalidad", un mecanismo que Kertész ha explorado a fondo en sus novelas. Como ensayista, Kertész es conocido del lector español por los ensayos de Un instante de silencio en el paredón (publicado por Herder en 1999), donde asombraba tanto por el vigor de su análisis como por la argumentación diáfana y la concreción de su pensamiento. Pero si aquellos artículos y conferencias se centraban en el análisis escrupuloso de los procesos psicológicos y sociales que condujeron a los cambios paradigmáticos del siglo XX, la experiencia de Auschwitz y del totalitarismo, La lengua exiliada pone el acento más sobre cuestiones literarias e identitarias. En unos apuntes de viajes entre Viena y Budapest confronta con ironía el apocamiento del ciudadano del este de Europa con la prepotencia del capitalismo ("quien es humillado en su país también es humillado en el extranjero"); en Jerusalén, Jerusalén el judío contra su voluntad descubre emocionado conceptos hasta entonces inaccesibles para él: "Nación, patria, hogar", un lujo puntual que se permite una mente esencialmente escéptica, incapaz de disimular el creciente extrañamiento con su país y el "racismo democrático".
Con una refrescante amplitud de registros, los artículos y discursos surgidos a partir de 1989 trazan una línea de pensamiento directa desde la experiencia del campo de concentración a la realidad política de hoy y esto resulta incómodo. "Odio y mentira: probablemente éstos han sido los dos componentes más importantes de la educación política que recibió el hombre del siglo XX". Verdades como ésta, perteneciente a La libertad de autodeterminación, tan escuetas como evidentes, colocan las vergonzosas prácticas políticas actuales en un contexto universal: con Auschwitz se ha roto el consenso cultural humanista y sus consecuencias corruptoras nos alcanzan aquí y ahora.

Un viejo mantra afirma que en literatura no hay temas buenos ni malos sino bien o mal tratados. Es cierto pero solo en parte. De cuando en cuando la humanidad se las ingenia para poner sobre la mesa asuntos que, precisamente porque sobrepasan lo imaginable, ponen a prueba la imaginación, o mejor, la capacidad del lenguaje para hacer su trabajo sin caer en el alivio del “no hay palabras”. Si los médicos no se resignan a aceptar lo incurable, ¿por qué habrían de resignarse los escritores a aceptar lo inefable? Su cometido es precisamente lidiar con temas que requieren desmontar una lengua de arriba abajo y volver a montarla. Sin duda, el Holocausto es uno de ellos.
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