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lunes, 11 de marzo de 2024

Salomón Kalmanovitz / Soy judío y no puedo defender a Israel



Soy judío y no puedo defender a Israel

Salomón Kalmanovitz
10 de marzo de 2024

Solía defender la existencia de una patria para los judíos en coexistencia con una nación palestina, como fuera acordado por las Naciones Unidas en 1948. El Holocausto de la población judía europea perpetrado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial fue la justificación para que el nuevo Estado lograra el reconocimiento y el apoyo internacional. Posteriormente, el intenso desarrollo económico y militar israelí frente a la debilidad de Palestina ha llevado al estrechamiento de sus territorios ancestrales, ocupados crecientemente por colonos judíos de inclinación radical que han migrado de Estados Unidos y de otros países. Hoy en Israel, la política local es dirigida por partidos de derecha y de militantes religiosos que pretenden expulsar de su tierra a los palestinos. Su meta es una patria excluyente para los que no pertenecen al pueblo elegido.

Ese es el propósito de la guerra desplegada por las Fuerzas de Defensa Israelíes contra la población civil de Gaza, que nada tiene que ver con el grupo islámico radical de Hamás. Los ataques llevados a cabo por esta organización terrorista y que cobraron la vida de unos 1.200 ciudadanos de Israel y el secuestro de otros 240 sirvieron de pretexto para la política de desplazamiento y atrición de la derecha que controla el gobierno contra un millón y medio de civiles que han vivido los horrores no solo de los bombardeos, sino de la perspectiva de no futuro que se cierne sobre ellos. La consecuencia es que muchos jóvenes palestinos ambicionarán la venganza contra los que han desatado su tragedia colectiva y eso significa el fortalecimiento de grupos armados como Hamás y la Yihad Islámica.

Se están sembrando vientos que se tornarán en tormentas que pueden frustrar el futuro brillante que parecía construirse en Israel, mediante la educación, la ciencia y la tecnología que impulsaron los fundadores del Estado judío. Ahora los dirigentes son políticos corruptos como Benjamín Netanyahu y religiosos mesiánicos que están convencidos de que la tierra prometida es solo para ellos y que Adonaí Ehad, el único, dios todopoderoso, los protege y aprueba la barbarie que ejercen sobre el prójimo palestino. El historiador y político israelí Shlomo Ben Ami afirma en Profetas sin honor (2023) que “el sionismo nació como una ruptura con el pasado judío, pero, para la derecha ideológica, el Estado de Israel es la culminación mesiánica de la historia judía y Judea y Samaria son un imperio espiritual, una religión sustituta, no un proyecto político”. Consideran a Israel como un milagro divino, resultado de la transformación del judío errante en ciudadano armado y conquistador.

Por las razones anteriores, no puedo defender las acciones bélicas de Israel contra los civiles. ¿Cómo no reprobar los bombardeos de artillería pesada contra miles de edificios que contenían estrechos apartamentos albergando familias numerosas que sobrevivían difícilmente de las oportunidades que los israelíes les permitían adelantar? Destruidas sus fuentes de empleo, despedazadas sus viviendas, los palestinos son conducidos al norte de Gaza donde no caben, después al sur, sin encontrar refugio y entran a depender de la ayuda internacional que las Fuerzas de Defensa Israelíes inspeccionan cuidadosamente antes de dejarla pasar y repartir, sin lograr conjurar el hambre que se abate sobre ellos ni garantizar el suministro de agua potable que requieren para sobrevivir.

Se necesita un convoy de unos cinco mil camiones diarios que lleven los alimentos y el agua a la población inerme, y en muchos días no alcanzan a pasar 500. Esto ha repercutido en la muerte de miles de niños y ancianos que no resisten las deplorables condiciones impuestas sobre ellas. El Ministerio de Salud palestino, que se dice estar controlado por Hamás, pero que ofrece cifras relativamente confiables según la cadena CNN, informa de más de 30.000 muertos palestinos, muchos de ellos niños, desde el 7 de octubre pasado, día de la fatídica incursión de Hamás. Esto multiplica por 25 la ley del talión que reza así: ojo por ojo, diente por diente, pie por pie.


EL ESPECTADOR



https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/salomon-kalmanovitz/soy-judio-y-no-puedo-defender-a-israel/

martes, 15 de marzo de 2022

Salomón Kalmanovitz / Las malas ides de Petro

Gustavo Petro según Matador



LAS MALAS IDEAS DE PETRO
Por Salomón Kalmanovitz
Varias de las propuestas de Gustavo Petro son descabelladas: 1) dejar de explorar petróleo, a pesar de que, con el nivel actual de exportaciones y su elevado precio internacional, el país tuvo un déficit comercial en 2021 de US$15.425 millones (6 % del PIB), US$5.300 millones más que en 2020, o sea que se está agravando; 2) liquidar las EPS para sustituirlas por una pública que puede resultar una pesadilla burocrática; 3) hacer un tren elevado entre Buenaventura y Barranquilla a un costo altísimo, siendo puertos que no necesitan ser conectados porque son complementarios: uno atiende al Asia y a California, el otro a Europa y a Nueva York, pero sí está empecinado en cancelar el muy necesario metro elevado de Bogotá.

Otras ideas son aún más malas, como la de aumentar la protección a la producción nacional con el fin de generar la devaluación del peso, con lo cual “se vuelven muy caras las importaciones y resurge la industria nacional”. De hecho, el arancel encarecería las importaciones, bajaría su demanda y revaluaría el peso. Afirma engreído: “Eso nos muestra que tenemos razón en proponer un sistema arancelario inteligente”. A Petro le gustó la devaluación que colocó el dólar a $4.000 en diciembre pasado, con lo cual se encarecieron el trigo con el que se hornea el pan nuestro de cada día y todos los bienes importados que representan una quinta parte de la canasta familiar. Petro estudió Economía en el Externado, pero capó clase el día que enseñaron que la devaluación empobrece a un país por el simple hecho de que reduce la capacidad adquisitiva de su población.

Una consecuencia adicional de la devaluación es que se vuelve más oneroso el servicio de la deuda externa y con ello se agrava el déficit fiscal del Gobierno, que el incompetente Duque llevó al 8 % del PIB. Petro estaría feliz con el dólar a $6.000, para que “aumente” la creación de valor agregado y se vuelvan competitivos sectores que no lo son con un dólar a $3.820 (cotización del 11 de marzo). Un dólar caro significa el empobrecimiento de todo un país, un abaratamiento de su trabajo; buscarlo con un arancel más alto o una devaluación más fuerte empujará hacia la indigencia a muchos que están al borde de ella. Se trata de una política empobrecedora y aventurera. Los productores nacionales más ineficientes obtendrán rentas garantizadas por el arancel y no tendrán que preocuparse por mejorar sus procesos y reducir costos, ya que tendrán que enfrentar menos competencia internacional.

Las propuestas para cambiar la estructura del Banco de la República son igualmente desastrosas: Petro dice que formará una Junta verdaderamente independiente, pero arremetió contra la decisión de elevar la tasa de interés para enfrentar una inflación con tendencia al alza. Otra idea funesta es que “la Junta tenga presencia (sic) de la sociedad”, barriendo con el carácter técnico de la institución. Pretende así capturar la emisión del banco central para gastar a la lata, lo que generará mucha inflación. Es devolverse a la estructura que había en los años 60 que contaba con la participación de los gremios del sector privado, “quienes tenían la responsabilidad de la regulación monetaria y se otorgaban los beneficios del crédito primario”, o sea, hacían un festín de la emisión monetaria.

Veo con pesimismo el futuro del país. Ya tuvimos un populismo derechista; ahora es el turno de la izquierda que en verdad no lo es.



martes, 6 de marzo de 2018

Salomón Kalmanovitz / La contienda electoral

Petro según Osurna


Salomón Kalmanovitz

La contienda electoral

"Quiero ser claro que no apoyo para nada a Gustavo Petro y que no confío en su juicio ni en sus promesas de campaña."


4 DE MARZO DE 2018

Vi con estupor cómo en las redes sociales aparecían citas de mi columna pasada seguidas de “Petro presidente”. ¡Noticias falsas! Quiero ser claro que no apoyo para nada a Gustavo Petro y que no confío en su juicio ni en sus promesas de campaña. Su paso por la Alcaldía de Bogotá dejó las finanzas de la capital seriamente deterioradas.
Su mandato estuvo caracterizado por la ineficiencia, como lo atestigua el dejar obras inconclusas por un billón de pesos. De sus promesas incumplidas, vale resaltar los colegios (solo entregó diez de 86 prometidos), los jardines infantiles (57 de 456), vivienda (3.000 de 70.000), la mitad de Metrocable, un tercio de las ciclovías y puestos de salud (sólo diez de 167), según cifras de Antonio de Roux.
En especial, el Acueducto fue desviado de su misión principal, que es asegurar la provisión del precioso líquido hacia futuro, por el negocio de las basuras, comprometiendo sus recursos de manera irresponsable, mientras que regalaba el agua como si sobrara. Así mismo, los subsidios que otorgó por el uso de Transmilenio y del SITP los arrojaron por una senda de pérdidas sistemáticas. Si así fue manejando un presupuesto de unos $17 billones del distrito capital, ¿cómo será administrando el de la Nación por $236 billones?
Aunque Petro aduce estar muy en contra de la corrupción, 96 % de su contratación fue a dedo, lo cual es un incentivo irresistible para hacer operaciones chuecas. En esta campaña, el candidato anda prometiendo educación y salud gratuitas, estatizar y aumentar las pensiones, hacer uso selectivo de expropiaciones, sin comprometerse con la estabilidad de los precios ni con la sanidad fiscal. Mantener los equilibrios macroeconómicos es un bien público por excelencia que protege los ingresos de la población y garantiza el aumento paulatino de los salarios reales, algo que se perdió totalmente en el socialismo del siglo XXI en Venezuela y parcialmente en la Argentina de los Kirchner.
La columna, “El desarrollo económico”, la escribí después de investigar el tema para aportarle al plan económico de Sergio Fajardo a la Presidencia. Su programa se compromete con la estabilidad macroeconómica y con aumentos del gasto público si logra hacer aprobar una reforma tributaria progresiva para financiarlo sanamente; además, buscará liberar recursos de la corrupción (nueve billones al año). Al no aceptar contribuciones de contratistas para su campaña, estará en condiciones de adelantar obras públicas con base en licitaciones abiertas, aprobando las propuestas más meritorias que ofrezcan las garantías de su ejecución plena.
El eje fundamental del programa de Fajardo será la educación, apropiando 10 % de las regalías para la inversión y acopiando más recursos del presupuesto para los rubros de ciencia, tecnología y cultura, hasta alcanzar un billón de pesos al finalizar el cuatrienio. Un complemento que lubricará el crecimiento económico será el de las obras de infraestructura prioritarias, en los que el candidato construye sobre lo construído, terminando las autopistas, en especial sus entradas a las ciudades, recupera la red ferroviaria e impulsa la construcción de vías terciarías. Habrá programas destinados a las medianas y pequeñas empresas, apoyando el emprendimiento con programas, fondos y ventanilla única.
No hay grandes promesas, pero sí ajustes importantes para el funcionamiento más limpio del Estado que pueden apalancar el desarrollo económico de Colombia.