jueves, 27 de septiembre de 2018

Eugenio Montejo / Manoa


Eugenio Montejo

Manoa

No vi a Manoa, no hallé sus torres en el aire,
ningún indicio de sus piedras.

Seguí el cortejo de sombras ilusorias
que dibujan sus mapas.
Crucé el río de los tigres
y el hervor del silencio en los pantanos.
Nada vi parecido a Manoa
ni a su leyenda.

Anduve absorto detrás del arco iris
que se curva hacia el sur y no se alcanza.
Manoa no estaba allí, quedaba a leguas de esos mundos,
-siempre más lejos.

Ya fatigado de buscarla me detengo,
¿qué me importa el hallazgo de sus torres?
Manoa no fue cantada como Troya
ni cayó en sitio
ni grabó sus paredes con hexámetros.
Manoa no es un lugar
sino un sentimiento.

A veces en un rostro, un paisaje, una calle
su sol de pronto resplandece.
Toda mujer que amamos se vuelve Manoa
sin darnos cuenta.
Manoa es la otra luz del horizonte,
quien sueña puede divisarla, va en camino,
pero quien ama ya llegó, ya vive en ella.


Poemas
Eugenio / Los árboles
Eugenio Montejo / Hotel antiguo
Eugenio Montejo / Papiro amoroso
Eugenio Montejo / Amantes
Eugenio Montejo / Letra profunda
Eugenio Montejo / Escritura
Eugenio Montejo / La poesía
Eugenio Montejo / La terredad de un pájaro es su canto
Eugenio Montejo / Pájaros
Eugenio Montejo / Regreso
Eugenio Montejo / Un año
Eugenio Montejo / Setiembre


Eugenio Montejo / Canción




Eugenio Montejo

Canción

Cada cuerpo con su deseo
y el mar al frente.
Cada lecho con su naufragio
y los barcos al horizonte.

Estoy cantando la vieja canción
que no tiene palabras.
Cada cuerpo junto a otro cuerpo,
cada espejo temblando en la sombra
y las nubes errantes.

Estoy tocando la antigua guitarra
con que los amantes se duermen.
Cada ventana en sus helechos,
cada cuerpo desnudo en su noche
y el mar al fondo, inalcanzable.



Eugenio Montejo / El taller blanco



En la casa de Eugenio Montejo. Foto: Martha Viaña.

Eugenio Montejo
El taller blanco
Eugenio Montejo / The White Workshop
Agosto de 2018
Quienes en nuestros días se sienten atraídos por el aprendizaje de la escritura poética, pese a tantos impedimentos que procuran disuadirlos, no sabemos si para bien o para mal, pueden al fin y al cabo encaminar su vocación a través de un taller de poesía. El experimento es novedoso entre nosotros, pero cuenta, como en muchas otras partes, con un manifiesto número de defensores y detractores. La tentativa, sin embargo, aunque opera de forma más o menos idéntica, esto es, congregando a un guía y a una seleccionada docena de participantes, puede proporcionar resultados tan dispares como los mismos grupos que la integran. Depende en mucho de la formación y sensibilidad de los concurrentes, y sobre todo del clima fraterno y cordial que a través de la práctica llegue a establecerse. Lograr desde el inicio que cada uno distinga su voz en el coro, que no perciba en el guía más que a un persuasivo interlocutor, en vez de un conductor hegemónico, constituye sin duda un buen punto de partida. El hábito de la discusión fecunda, los estímulos al trabajo, el respeto mutuo y todo lo que, para usar una expresión de Matthew Arnold, podríamos llamar “la urbanidad literaria”, se seguirá naturalmente de ello solo.
No desestimo, por mi parte, la conveniencia de los talleres, aunque me sienta secretamente escéptico respecto de sus alcances. Alimento el prejuicio, algo romántico, es verdad, de que la poesía como todo arte es una pasión solitaria. Una multitud, como advierte sagazmente Simonne Weil, no puede ni siquiera sumar; el hombre precisa abstraerse en soledad para ejecutar esta simple operación. Por esto quizás el título puesto por Shömberg a sus Memorias se me antoja uno de los más apropiados para resumir las peripecias de una vida consagrada al arte, a cualquier arte: Cómo volverse solitario. Sólo en la soledad alcanzamos a vislumbrar la parte de nosotros que es intransferible, y acaso ésta sea la única que paradójicamente merece comunicarse a los otros.
Sé que muchos replicarán que en poesía, amén de los dioses innatos, cuenta un lado artesanal, propiamente técnico, común también a las demás artes tanto como a las modestas labores de orfebres. Son los llamados secretos del oficio, cuyo dominio es en cierta medida comunicable. No faltará, por otra parte, quien me recuerde el conocido apotegma de Lautrémont: la poesía debe ser hecha por todos. El acervo del folklore parece confirmar el triunfo de esta contribución múltiple y anónima; según ella, las palabras se van puliendo al rodar entre los hombres, como las piedras de un río, y las que perviven resultan a la postre las más estimadas por el alma colectiva. Todo ello es verdad, con tal que no olvidemos que en cada instante de este proceso ha existido un hombre real, que nunca fueron varios, por innombrado que lo creamos. Sí, la poesía debe ser hecha por todos, pero fatalmente escrita por uno solo.
En cambio, cuanto corresponde a los procedimientos artesanales, a los secretos de hechura, a toda esa vasta zona que con sumo ingenio analiza R. G. Collingwood en su libro Los principios del arte, me parece que es éste el campo verdaderamente propicio al cual la gente del taller puede consagrarse. Puesto que escribimos en nuestra lengua, es en ella principalmente, vale decir en las creaciones que conforman su tradición, donde averiguaremos el cómo de su íntimo gobierno; del qué y del cuándo bien podremos aprender no sólo en la nuestra, sino en cuantas lleguemos a conocer.
La palabra taller tiene, según el Diccionario de la Real Academia, dos acepciones, una concreta y otra figurada. La primera se refiere al lugar en que se trabaja una obra de manos. La segunda habla de la escuela o seminario de ciencias donde concurren muchos a la común enseñanza. El taller de poesía tiene de una y de otra. Lo es en sentido real y figurado a la vez. Hay obra de mano como también participación en el común aprendizaje. Tal como existen hoy por hoy, yo y quienes cuentan más o menos mi edad no los conocimos. No tuvimos la dicha o desdicha de reunirnos para iniciarnos en el mester de poesía. ¿Dónde, pues, fuimos a aprenderlo? Otros responderán de acuerdo con sus personales derivaciones. En cuanto a mí, he dicho que no asistí a ningún lugar donde ganarme la experiencia del oficio. Así al menos, porque lo creía, lo he repetido. Quiero rectificar ahora este vano aserto pues no había reparado en que, siendo niño, asistí intensamente a uno. Estuve mucho tiempo en el taller blanco.
Era éste un taller de verdad, como es verdad el pan nuestro de cada día. Mi padre había aprendido de muchacho el oficio de panadero. Se inició, como cualquier aprendiz, barriendo y cargando canastos, y llegó a ser con los años maestro de cuadra, hasta poseer más tarde su propia panadería, el taller que cobijó buena parte de mi infancia. No sé cómo pude antes olvidar lo que debo para mi arte y para mi vida a aquella cuadra, a aquellos hombres que, noche a noche, ritualmente, se congregaban ante los largos mesones a hacer el pan. Hablo de una vieja panadería, como ya no existen, de una amplia casa lo bastante grande para amontonar leña, almacenar cientos de sacos de harina y disponer los rectos tablones donde la masa toma cuerpo lentamente durante la noche antes del horneo. Son los seculares procedimientos casi medievales, más lentos y complicados que los actuales, pero más llenos de presencias míticas. El sentido del progreso redujo ese taller a un pequeño cubículo de aparatos eléctricos en que la tarea se simplifica mediante empleos mecanizados. Ya no son necesarias las carretadas de leña con su envolvente fragancia resinosa, ni la harina se apila en numerosos cuartos de almacenaje. ¿Para qué? El horno, en vez de una abovedada cámara de rojizos ladrillos, es ahora un cuadrado metálico de alto voltaje. Me pregunto, ¿podrá un muchacho de hoy aprender algo para su poesía en este enmurado cuchitril? No sé. En el taller blanco tal vez quedó fijado para mí uno de esos ámbitos míticos que Bachelard ha recreado al analizar la poética del espacio. La harina es la sustancia esencial que en mi memoria resguarda aquellos años. Su blancura lo contagiaba todo: las pestañas, las manos, el pelo, pero también las cosas, los gestos, las palabras. Nuestra casa se erguía como un iglú, la morada esquimal, bajo densas nevadas. Por eso, cuando años más tarde contemplé por vez primera en París la apacible nieve que caía, no mostré el asombro de un hombre de los trópicos. A esa vieja amiga ya la conocía. Sentí apenas una vaga curiosidad por verificar al tacto su suave presencia.
Hablo de un aprendizaje poético real, de técnicas que aún empleo en mis noches de trabajo, pues no deseo metaforizar adrede un simple recuerdo. Esto mismo que digo, mis noches, vienen de allí. Nocturna era la faena de los panaderos como nocturna es la mía, habituado desde siempre a las altas horas sosegadas que nos recompensan del bochorno de la canícula. Como ellos me he acostumbrado a la extrañeza de la afanosa vigilia mientras a nuestro redor todas las gentes duermen. Y en lo profundo de la noche lo blanco es doblemente blanco. No falta la luna en los muros, sobre la leña, las mesas, las gorras de los operarios. ¡Los doctos y sabios operarios! Hay algo de quirófano, de silencio en las pisadas y de celeridad en los movimientos. Es nada menos que el pan lo que silenciosamente se fabrica, el pan que reclamarán al alba para llevarlo a los hospitales, los colegios, los cuarteles, las casas. ¿Qué labor comparte tanta responsabilidad? ¿No es la misma preocupación de la poesía?
El horno, que todo lo apura, rojea en su fragua espoleando a quienes trabajan. Los panes, una vez amasados, son cubiertos con un lienzo y dispuestos en largos estantes como peces dormidos, hasta que alcanzan el punto en que deben hornearse. ¿Cuántas veces, al guardar el primer borrador de un poema para revisarlo después, no he sentido que lo cubro yo mismo con un lienzo para decidir más tarde su suerte? Y nada he dicho de aquellos jornaleros, serenos y graves, encallecidos, con su mitología de arrabal, de aguardiente pobre. ¿Debo buscar lo sagrado más lejos en mi vida, pintar la humana pureza con otro rostro? Cristo podía convertir las piedras en peces, por eso estuvo más cerca de la carpintería, ese hermoso taller de distinto color. Para estos hombres, que no me hablaron nunca de religión, acaso porque eran demasiado religiosos, Cristo estaba en la humildad de la harina y en la rojez del fuego que a medianoche comenzaba a arder.
Del taller blanco me traje el sentido de devoción a la existencia que tantas veces comprobé en esos maestros de la nocturnidad. La atención responsable a la hechura de las cosas, la fraternidad que contagiaba un destino común, en fin, la búsqueda de una sabiduría cordial que no nos induzca a mentirnos demasiado. ¿Cuántas veces, mirando los libros alineados a mi frente, no he evocado la hilera de tablones llenos de pan? ¿Puede una palabra llegar a la página con mayor cuidado, con más íntima atención que la puesta por ellos en sus productos? Daría cualquier cosa por aproximarme alguna vez a la perfecta ejecutoria de sus faenas nocturnas. Al taller blanco debo éstas y muchas otras enseñanzas de que me valgo cuando encaro la escritura de un texto.
El pan y las palabras se juntan en mi imaginación sacralizados por una misma persistencia. De noche, al acodarme ante la página, percibo en mi lámpara un halo de aquella antigua blancura que jamás me abandona. Ya no veo, es verdad, a los panaderos ni oigo de cerca sus pláticas fraternas; en vez de leños ardidos me rodean centellantes líneas de neón; el canto de los gallos se ha trocado en ululantes sirenas y ruidos de taxis. La furia de la ciudad nueva aventó lejos las cosas y el tiempo del taller blanco. Y sin embargo, en mí pervive el ritual de sus noches. En cada palabra que escribo compruebo la prolongación del desvelo que congregaba a aquellos humildes artesanos.
Tal vez, de no haber asistido a sus cotidianas veladas, de no inmiscuirse en las hondas ceremonias de sus labores, habría de todos modos buscado cauce a mi afán de poesía. El grito de Merlín me habría tentado siempre a seguir su rastro en el bosque. Sin embargo, no puedo imaginar dónde, si no allí, habría aprendido mi palabra a reconocerse en la devoción sagrada de la vida. Anoto esta última línea y escucho el crepitar de la leña, veo la humareda que se propaga, los icónicos rostros que van y vienen por la cuadra, la harina que minuciosamente recubre la memoria del taller blanco.   




martes, 25 de septiembre de 2018

Antonio Muñoz Molina / El infame deseado


El infame deseado

Mientras sus súbditos eran ejecutados por los invasores, Fernando VII felicitaba a Napoleón por cada victoria de sus ejércitos en España





Fernando VII, retratado por Vicente López en 1814 con uniforme de capitán general.Ampliar foto
Fernando VII, retratado por Vicente López en 1814 con uniforme de capitán general. MUSEO DEL PRADO

Hay libros de historia que dan miedo. Uno los lee atrapado en el suspenso de una desgracia que se acerca con la fatalidad inapelable de lo que ya ha sucedido; y también con la angustia sobre un desenlace que se sabe de antemano. Leemos las crónicas de la República de Weimar asustados por el peligro de que Hitler sea nombrado canciller a finales de 1933. Somos inúti­les profetas que no pueden avisarle a la familia de Anna Frank que han de cambiar de escondite, y preferimos que Antonio Machado no sepa en 1937, en su refugio soleado en la huerta de Valencia, el destino que le aguarda apenas dos años después. La historia es una película trágica que ya hemos visto varias veces, pero que nunca deja de oprimirnos el pecho y acelerarnos el pulso cuando se aproxima el desenlace.
La lentitud con que las cosas suceden hasta no hace ni dos siglos, antes del ferrocarril, del barco de vapor y del telégrafo, no disminuye la intriga. En la primavera de 1814, el rey Fernando VII, que ha pasado confortablemente en Francia los seis años de una guerra cruenta y destructiva, regresa a Madrid para recuperar su trono. En la capital lo esperan la regencia constitucional y las Cortes, ante las cuales, cuando llegue, habrá de jurar la Constitución, que ha abolido en su ausencia la monarquía absoluta y ha creado un sistema de separación de poderes, libertades individuales, garantías jurídicas. Los diputados en las Cortes y las autoridades liberales aguardan la llegada del rey sin recelo, aunque también sin un entusiasmo tan marcado como el que manifiesta el pueblo llano. En cuanto la comitiva real entra en España desde Francia, al paso lento de las caballerías y las ruedas de las carrozas, por la aspereza y la dificultad de los malos caminos, a Fernando VII lo aclama la gente, y los párrocos dicen misas de acción de gracias en todos los pueblos, y las campanas se lanzan al vuelo. Después de los años de la ocupación francesa y la guerra, Fernando VII es un héroe regresado, un rey cautivo que al final ha recobrado la libertad. Nadie sabe que en ese cautiverio de lujo, mientras sus súbditos morían de hambre o eran ejecutados por los invasores, Fernando felicitaba con efusiva bajeza a Napoleón por cada victoria de sus ejércitos en España.



En 1814 los liberales cándidos que habían esperado la llegada del rey fueron cazados con una crueldad que produjo escándalo en toda Europa

Desde Madrid, las Cortes han indicado al rey el itinerario de su regreso, y hasta la duración de las etapas. Es urgente que llegue y que jure la Constitución. Pero Fernando no tiene ninguna prisa y se desvía cuando le da la gana del camino marcado. En cada ciudad a la que llega son mayores los agasajos. Hombres forzudos y entusiastas desenganchan los mulos o los caballos de su carroza y se uncen a ella para arrastrar con más gloria al monarca, como costaleros pasionales que sostienen a pulso el trono de una procesión. Y la alegría de la bienvenida se va volviendo cada vez más bronca, más torva. En los púlpitos, los clérigos predican que el rey es Moisés que viene a rescatar al pueblo de la idolatría del becerro de oro liberal y a castigar a sangre y fuego a los nuevos herejes que se han atrevido a desafiar el origen divino de la Monarquía y a ponerle límites, a abolir la Inquisición, a suprimir algunos de los privilegios de la Iglesia. En las ciudades por las que pasa el rey se queman públicamente los ejemplares de la Constitución y se derriban a martillazos las lápidas que la conmemoran en las plazas. Jefes militares que deben su nombramiento a las Cortes suman sus tropas a la comitiva del rey que no tiene la menor intención de dejar de ser un rey absoluto. Los tedeums en honor de Fernando son tan suntuosos como las corridas de toros, a las que su majestad es muy aficionado.
Nosotros sabemos lo que sucederá cuando el rey llegue por fin a Madrid, después de un viaje que ha durado casi dos meses. Hemos visto los grabados cada vez más tenebrosos de Goya, las pinturas negras. Algunos hemos leído la ‘Segunda serie’ de Los episodios de Galdós, que parecen escritos tan a brochazos trágicos como las visiones de la Quinta del Sordo.



Desde la biografía de La Parra, Fernando VII nos mira con la misma muestra de ineptitud, crueldad y sarcasmo que en los retratos de Goya y Vicente López

La España de Fernando VII es un túnel oscuro al que nos da miedo asomarnos a los aficionados a la historia. Ahora yo he vuelto a sumergirme en ella, no sé si gracias al historiador Emilio La Parra o por culpa suya. Josep Fontana publicó hace unos años un estudio del último periodo de aquel reinado, De en medio del tiempo, que transpiraba, en su rigor histórico, una negrura de sótano de novela gótica. Emilio La Parra ha escrito una biografía completa del rey, lo cual al mismo tiempo dilata el campo de la investigación y la ciñe a la peripecia personal. Las circunstancias sociales, la cultura, las mentalidades ocupan menos espacio que los acontecimientos políticos y que los detalles sobre el carácter y la conducta de un rey que para nosotros ya tiene, sin duda merecidamente, la figura truculenta de los retratos de Goya, la crudeza de un esperpento de Valle-Inclán.
En 1814 los liberales cándidos que habían esperado con tanta paciencia la llegada del rey fueron perseguidos y cazados con una crueldad que produjo escándalo hasta en los Gobiernos que intentaban restaurar el Antiguo Régimen en toda Europa. No hubo clemencia ni hubo tregua. Con gran alegría de la Iglesia, Fernando VII restableció la Inquisición, que ahora se dedicaba más a la represión de la disidencia política que de la herejía. Fernando VII fumaba puros, asistía a corridas y misas solemnes, supervisaba condenas y ejecuciones, dejaba hundirse al país en una miseria agravada por las destrucciones de la guerra y por la pérdida de la mayor parte de los territorios de América.
En 1820 parece que regresa el orden constitucional, pero nosotros sabemos lo que viene solo tres años después. La historia no admite cambios de argumento. Los liberales están divididos, son débiles, son incompetentes, confían de nuevo, con credulidad asombrosa, en la buena fe del rey que no deja nunca de traicionarlos. Los clérigos y los ultras —la palabra viene de entonces— carecen de cualquier rastro de mesura o de compasión. Desde las páginas de la biografía de Emilio La Parra, Fernando VII nos mira con la misma muestra de ineptitud y crueldad y sarcasmo que tiene en los retratos cortesanos de Goya, y hasta de Vicente López, que le gustaba mucho más.
‘Fernando VII: un rey deseado y detestado’. Emilio La Parra. Tusquets, 2018. 760 páginas. 25,90 euros.


Antonio Muñoz Molina / Naipaul en el mundo







V. S. Naipaul, en 1992 en París.Ampliar foto
V. S. Naipaul, en 1992 en París.  MAGNUM / CONTACTO

Naipaul en el mundo

El británico es un escritor político incluso cuando cuenta historias sobre su familia y su vocación


Antonio Muñoz Molina
31 de agosto de 2018

Un hecho simple bien contado adquiere por sí mismo una cualidad de símbolo. No es un adorno literario: es un hallazgo cognitivo. El símbolo sintetiza y explica lo real, a la manera de una ecuación o de una fórmula química. Un hecho así está en el corazón de The Enigma of Arrival, que es ya de por sí una síntesis de toda la literatura de V. S. Naipaul, de su idea del mundo y de sí mismo, del origen de su vocación literaria y el proceso difícil de autoconocimiento sin el cual no es posible el aprendizaje del oficio. En la novela, que solo lo es hasta cierto punto, el joven Naipaul ha empezado por fin el viaje que lo llevará de Trinidad a Inglaterra, de la periferia semicolonial a la metrópolis. Va a ser un viaje largo y laborioso para el estudiante becado que no sabe nada del mundo, que ha vivido la partida con una mezcla de exaltación y de pánico. La despedida de la familia ha sido premiosa, sofocante en su lentitud y en su espesor sentimental para el joven impaciente por desprenderse del agobio de la familia. El avión despega por fin y cuando toma altura Naipaul mira por la ventanilla y ve lo que hasta ahora no había visto nunca: la forma completa de la isla en la que ha vivido hasta entonces. Los contornos del territorio al que uno pertenece solo se vuelven visibles al abandonarlo.


En una época de veleidades expresivas, de brillos irresponsables de palabrería, nadie ha cultivado igual que él la prosa como una forma de conocimiento

Todo lo que Naipaul escribió a lo largo de 30 años de fertilidad incomparable tiene que ver con ese primer viaje, con esa ambición de asomarse a la anchura del mundo y ese descubrimiento de lo que se ha dejado atrás. Su propia vida le dio el símbolo en el que se cifra toda la riqueza y la amplitud de un espacio narrativo que es íntimamente suyo y a la vez abarca la geografía de varios continentes, la historia de la expansión imperialista de Europa, las turbulencias y los fracasos del mundo que los colonizadores dejaron tras siglos de explotación despótica, en una retirada tan atropellada y tan irresponsable como lo había sido la conquista. Por eso Naipaul es un escritor político incluso cuando cuenta historias sobre su familia y sobre su propia vocación, y es autobiográfico cuando al buscar los orígenes de la calamidad poscolonial se remonta a los viajes de Colón y a los de Sir Walter Raleigh, a la conjunción de codicia y fantasmagoría delirante que animaba en el siglo XVI a los conquistadores a dejarse la vida buscando El Dorado o la Fuente de la Eterna Juventud. En el joven Naipaul está la melancolía del adolescente de provincia que alimenta como puede su vocación precoz en una comunidad que le parece cerrada y hostil, muy lejos del resplandor de las capitales de las que vienen los libros que lee y en las que imagina que sucede la literatura. La distancia geográfica no tiene por qué ser demasiado grande. Entrevisté una vez a Don DeLillo, que había nacido en una familia trabajadora italiana del Bronx, y me contó que para él Manhattan, el lugar de la literatura, le parecía tan remota como París aunque estuviera a unas cuantas paradas de metro de su barrio. La provincia de Naipaul estaba más apartada todavía porque era una isla sin pasado ni consistencia social o económica, sin la posibilidad de una tradición en la que haberse educado. El pasado de las poblaciones indígenas había sido borrado sin huella por las matanzas y las epidemias. Los paisajes de la isla habían sufrido una extinción semejante, al ser arrasados para convertir todo el territorio en una vasta plantación de caña de azúcar. Esclavos de África y, después del fin de la esclavitud, trabajadores traídos de India cultivaban la caña y producían el azúcar al servicio de propietarios europeos que no tenían otro vínculo con la tierra en la que vivían que la extracción sin miramientos del máximo beneficio.

VS Naipaul


En su provincia asentada y opresiva, el aspirante a rebelde quiere hacer borrón y cuenta nueva, romper con sus raíces: Naipaul, el joven colonial, miembro de una familia de emigrantes indios que siguen siendo extranjeros al cabo de las generaciones, no puede apoyarse más que en su propia obstinación, y como viene de un territorio culturalmente devastado, necesita hacer suya, aunque en sus propios términos, la cultura de los colonizadores. Sus primeros modelos fueron El Lazarillo de Tormes y Dickens. El español del Lazarillo era el de los conquistadores y el de los cronistas de Indias: pero la mirada y la escritura de Lázaro, de su autor anónimo, eran una lección de claridad y de irreverencia que desmentía las palabrerías imperiales y enseñaba a contar las cosas tal como son, a la luz fría y desengañada de la verdad. Y el oficio narrativo que le había servido a Dickens para mostrar por dentro el tejido de las vidas inglesas y el funcionamiento social en la época del gran empeño imperial podía ser usado para contar el otro mundo, el de la experiencia lejana de los colonizados en su isla perdida en el Caribe. V. S. Naipaul, en A House For Mr. Biswas, se apoderó de la forma clásica de la novela de Dickens con la misma ambición y el mismo descaro con que su coetáneo caribeño Derek Walcott hizo suya la tradición igual de sacralizada del gran poema épico. El marginal lleno de talento toma por asalto la ciudadela de lo intocable como el que se cuela de noche en un museo, y lo hace suyo y a la vez contemporáneo, lo devuelve de la arqueología a la vida.
Nada más alcanzar la maestría en el arte de la novela clásica V. S. Naipaul abjuró de ella. Tanteó otras formas más fragmentarias de ficción que se correspondieran con las vidas de desarraigo y desplazamiento que quería contar. Consideró que la ficción no le bastaba y tomó otro género clásico de la literatura colonial, el relato de viajes, y le dio la vuelta para contar con urgencia y con una claridad corrosiva como la del Lazarillo historias que ya no podían ser abarcadas dentro de los límites de la novela. Daba igual el género: lo que importaba era la precisión de la escritura y la agudeza de la mirada y el oído. Nadie, que yo sepa, ha llegado tan lejos en estos tiempos como V. S. Naipaul en convertir la transparencia en estilo; en una época de veleidades expresivas, de brillos irresponsables de palabrería, nadie ha cultivado igual que él la prosa como una forma de conocimiento.

Hemingway / El mar cambia


Ernest Hemingway
Biografía
EL MAR CAMBIA

-Está bien -dijo el hombre-. ¿Qué decidiste?
-No -dijo la muchacha-. No puedo.
-¿Querrás decir que no quieres?
-No puedo. Eso es lo que quiero decir.
-No quieres.
-Bueno -dijo ella-. Arregla las cosas como quieras.
-No arreglo las cosas como quiero, pero, ¡por Dios que me gustaría hacerlo!
-Lo hiciste durante mucho tiempo.
Era temprano y no había nadie en el café con excepción del cantinero y los dos jóvenes que se hallaban sentados en una mesa del rincón. Terminaba el verano y los dos estaban tostados por el sol, de modo que parecían fuera de lugar en París. La joven llevaba un vestido escocés de lana; su cutis era de un moreno suave; sus cabellos rubios y cortos crecían dejando al descubierto una hermosa frente. El hombre la miraba.
-¡La voy a matar! -dijo él.
-Por favor, no lo hagas -dijo ella. Tenía bellas manos y el hombre las miraba. Eran delgadas, morenas y muy hermosas.
-Lo voy a hacer. ¡Te juro por Dios que lo voy a hacer!
-No te va a hacer feliz.
-¿No podías haber caído en otra cosa? ¿No te podrías haber metido en un lío de otra naturaleza?
-Parece que no -dijo la joven-. ¿Qué vas a hacer ahora?
-Ya te lo he dicho.
-No; quiero decir, ¿qué vas a hacer, realmente?
-No sé -dijo él-. Ella lo miró y alargó una mano-. ¡Pobre Phil! -dijo.
El hombre le miró las manos, pero no las tocó.
-No, gracias -declaró.
-¿No te hace ningún bien saber que lo lamento?
-No.
-¿Ni decirte cómo?
-Prefiero no saberlo.
-Te quiera mucho.
-Sí; y esto lo prueba.
-Lo siento -dijo ella-; si no lo entiendes...
-Lo entiendo. Eso es lo malo. Lo entiendo.
-¿Sí? -preguntó ella-. ¿Y eso lo hace peor?
-Es claro -la miró-. Lo entenderé siempre. Todos los días y todas las noches. Especialmente por la noche. Lo entenderé. No tienes necesidad de preocuparte.
-Lo siento...
-Si fuera un hombre...
-No digas eso. No podría ser un hombre. Tú lo sabes. ¿No tienes confianza en mí?
-¡Confiar en ti! Es gracioso. ¡Confiar en ti! Es realmente gracioso.
-Lo lamento. Parece que eso es todo lo que pudiera decir. Pero cuando nos entendemos, no vale la pena pretender que hacemos lo contrario.
-No, supongo que no.
-Volveré, si quieres.
-No; no quiero.
Después no dijeron nada por un largo rato.
-¿No crees que te quiero, no es cierto? -preguntó la joven.
-No hablemos de tonterías.
-Realmente, ¿no crees que te quiero?
-¿Por qué no lo pruebas?
-Haces mal en hablar así. Nunca me pediste que probara nada. No eres cortés.
-Eres una mujer extraña.
-Tú no. Eres un hombre magnífico y me destroza el corazón irme y dejarte...
-Tienes que hacerlo, por supuesto.
-Sí -dijo ella-. Tengo que hacerlo, y tú lo sabes.
Él no dijo nada. Ella lo miró y extendió la mano nuevamente. El cantinero se hallaba en el extremo opuesto del café. Tenía el rostro blanco y también era blanca su chaqueta. Conocía a los dos y pensaba que formaban una hermosa pareja. Había visto romper a muchas parejas y formarse nuevas parejas, que no eran ya tan hermosas. Pero no estaba pensando en eso, sino en un caballo. Un cuarto de hora más tarde podría enviar a alguien enfrente para saber si el caballo había ganado.
-¿No puedes ser bueno conmigo y dejarme ir? -preguntó la joven.
-¿Qué crees que voy a hacer?
Entraron dos personas y se dirigieron al mostrador.
-Sí, señor -dijo el cantinero y atendió a los clientes.
-¿Puedes perdonarme? ¿Cuándo lo supiste? -preguntó la muchacha.
-No.
-¿No crees que las cosas que tuvimos y que hicimos pueden influir en nuestra comprensión?
-"El vicio es un monstruo de tan horrible semblante -dijo el joven con amargura- que... -no podía recordar las palabras-. No puedo recordar la frase -dijo.
-No digamos vicio. Eso no es muy cortés.
-Perversión -dijo él.
-¡James! -uno de los clientes se dirigió al cantinero-. Estás muy bien.
-También usted está muy bien, señor -replicó al cantinero.
-¡Viejo James! -dijo el otro cliente-. Estás un poco más gordo.
-Es terrible la manera como uno se pone -contestó el cantinero.
-No dejes de poner el coñac, James -advirtió el primer cliente.
-No. Confíe usted en mí.
Los dos que se hallaban en el bar miraron a los que se encontraban en la mesa y después volvieron a mirar al cantinero. Por la posición en que se encontraban les resultaba más cómodo mirar al encargado del bar.
-Creo que sería mejor que no emplearas palabras como esa -dijo la muchacha-. No hay ninguna necesidad de decirlas.
-¿Cómo quieres que lo llame?
-No tienes necesidad de ponerle nombre.
-Así se llama.
-No -dijo ella-. Estamos hechos de toda clase de cosas. Debieras saberlo. Tú usaste muchas veces esa frase.
-No tienes necesidad de decirlo ahora.
-Lo digo porque así te lo vas a explicar mejor.
-Está bien -dijo él-. ¡Está bien!
-Dices que eso está muy mal. Lo sé; está muy mal. Pero volveré. Te he dicho que volveré. Y volveré en seguida.
-No; no lo harás.
-Volveré.
-No lo harás. A mí, por lo menos.
-Ya lo verás.
-Sí -dijo él-. Eso es lo infernal, que probablemente quieras volver.
-Por supuesto que lo voy a hacer.
-Ándate, entonces.
-¿Lo dices en serio? -no podía creerle, pero su voz sonaba feliz.
-¡Ándate! -dijo el hombre. Su voz le sonaba extraña. Estaba mirándola. Miraba la forma de su boca, la curva de sus mejillas y sus pómulos; sus ojos y la manera cómo crecía el cabello sobre su frente. Luego el borde de las orejas, que se veían bajo el pelo y el cuello.
-¿En serio? ¡Oh! ¡Eres bueno! ¡Eres demasiado bueno conmigo!
-Y cuando vuelvas me lo cuentas todo -su voz le sonaba muy extraña. No la reconocía. Ella lo miró rápidamente. Él se había decidido.
-¿Quieres que me vaya? -preguntó ella con seriedad.
-Sí -dijo él duramente-. En seguida. -Su voz no era la misma. Tenía la boca muy seca-. Ahora -dijo.
Ella se levantó y salió de prisa. No se volvió para mirarlo. Él no era el mismo hombre que antes de decirle que se fuera. Se levantó de la mesa, tomó los dos boletos de consumición y se dirigió al mostrador.
-Soy un hombre distinto, James -dijo al cantinero-. Ves en mí a un hombre completamente distinto
-Sí, señor -dijo James.
-El vicio -dijo el joven tostado- es algo muy extraño, James. -Miró hacia afuera. La vio alejarse por la calle. Al mirarse al espejo vio que realmente era un hombre distinto. Los otros dos que se hallaban acodados en el mostrador del bar se hicieron a un lado para dejarle sitio.
-Tiene usted mucha razón, señor -declaró Jame,.
Los otros dos se separaron un poco más de él, para que se sintiera cómodo. El joven se vio en el espejo que se hallaba detrás del mostrador.
-He dicho que soy un hombre distinto, James -dijo. Y al mirarse al espejo vio que era completamente cierto.
-Tiene usted muy buen aspecto, señor -dijo James-. Debe haber pasado un verano magnífico.