sábado, 23 de noviembre de 2002

Edith Wharton / El arrecife / Vía de infelicidad

Edith Wharton 

EL ARRECIFE

Vía de infelicidad


JOSÉ MARÍA GUELBENZU
23 NOV 2002


Un diplomático en ejercicio, George Darrow, que espera reunirse con un amor de juventud, ahora viuda reciente, Anna Leath, recibe una carta de ésta en la que pospone la inmediatacita de ambos en Francia. Impaciente e inquieto, Darrow embarca para París a pesar de todo. En el camino encuentra a una joven a la que conoció de pasada cuando ella era medio secretaria de una mujer adinerada, y vulgar,la señora Murrett, a cuyo círculo acudía el diplomático. Entre los dos se producirá un corto encuentro que pronto se deshace. Cuando, al fin, Darrow se reúne con Anna en la casa de campo de su madre, Madame de Chantelle, varios día más tarde,aquélla le presenta a la nuevainstitutriz de su hija Effie: es la muchacha con quien Darrow tuvo la aventura de París, Sophy Viner.



EL ARRECIFE

Edith Wharton Traducción de Juan Jesús Zaro Alba. Barcelona, 2002 392 páginas. 19,80 euros

El arrecife, novela inédita en España hasta hoy, pertenece a la gran época de producciónnarrativa de su autora, la que vade 1910 a 1920. Es un decenio que se abre con Ethan Frome, contiene la novela que comentamos, Las costumbres del país y Estío y se cierra con La edad de la inocencia. De 1907 es su otra única novela -corta- de ambiente francés: Madame de Treymes. El arrecife está dividida en cinco partes, la primera de las cuales tiene por protagonista a Darrow, luego se comparten puntos de vista y en las dos últimas partes, Anna Leathse erige en la referencia absoluta de la novela.
He comenzado por contar el primer planteamiento del conflicto para dejar claro enseguidael fondo melodramático de esta historia, en especial cuando empieza a complicarse con la entrada en escena del hijastro de Anna, Owen. El gran crítico norteamericano Alfred Kazin opinaba, a propósito de la recurrentecomparación literariaentre Edith Wharton y Henry James, que mientras "para James, los problemas emocionales de sus personajes fueron la expresión representativa de un mundo más vasto de habla, modales e instinto, cuya significación era lógica y universal (...) para Wharton (...) la novela se convirtió en complicada expresión del ego". En este melodrama encontraremos un relato de victimización, como gustaba Kazin de calificar el modo de Wharton.
Sophy es una muchacha de clase media baja que debe subsistir por sus propios medios. , sin excesivas esperanzas de cambio.Cuando ella tiene que recordarle a Darrow que lo conoció en casa de la señora Murrett mientras él perseguía a lady Ulrica Crispin, le dice, significativamente: "Todos (el servicio) éramos invisibles para sus ojos, pero nosotros veíamos". Para Sophy, la aventura con Darrow es una oportunidad única de tocar el gran mundo con las puntas de los dedos. El entramado de detalles, observaciones y actitudes que teje Wharton dibuja la situación puntada a puntada a medida que su labor de bordadora avanza y el resultado es un serio dibujo. Si no hay gran hondura, hay un diseño y ejecución muy bellos, con elipsis como la del capítulo final de la primera parte, verdaderamente extraordinarias.

La vida anterior de Anna

Leath se resume en dos opiniones, la de su extinto marido, el señor Leath, según el cual "la vida era como un paseo por un museo perfectamente adornado" y la de una Anna que, metida en su burbuja, acaba "resignándose a la idea de que la 'vida real' ni era real ni era vida". Sophy, en cambio, sí que es la vida real, a conciencia y desde abajo. Y Darrow representa al elemento masculino que se mueve entre su mundo social y el mundo real. Como la situación se complica gracias a Owen, el hijastro de Anna, fruto del anterior matrimonio de su marido, nos vamos de cabeza a un melodrama en el que el lío sentimental se bate a brazo partido -porque Edith Wharton no tenía un pelo de tonta- con la novela de actitudes admirablemente observadas.
Hasta que... en un arranque de temperamento, la autora se juega el todo por el todo -ya lo venía tramando de todos modos- , eso es evidente, pero al fin da el salto-y se va por el personaje de Anna Leath. Ella es, respecto de la realidad y complejidad de la vida, una insustancial; pero no lo es respecto de sus sentimientos. Y ahí es donde Wharton se luce: las dos últimas partes son el camino de Anna Leath hacia su infelicidad y la de los demás debido a su imposibilidad de comprender el mundo y comprenderse a sí misma fuera de los límites que se ha impuesto, pero lo que su figura tiene de grandeza dramática y desolación está exprimido al máximo y la novela se cierra en alto, mereciéndose con todos los honores pertenecer a ese decenio dorado de la narrativa de Edith Wharton.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de noviembre de 2002

jueves, 5 de septiembre de 2002

El hombre del tren / El genio histriónico de Jean Rochefort


Cine grande francés en un 'thriller' de Leconte y en una genial miniatura de Godard

El genio histriónico de Jean Rochefort rompe desde dentro la pantalla de 'El hombre del tren'


ÁNGEL FERNÁNDEZ-SANTOS
Venecia 4 SEP 2002

El hombre del tren es cine negro por doble lado, pues conviven en él la negrura de un thriller modélico y la arrolladora negrura del humor de un inmenso cómico, Jean Rochefort, que hace una interpretación eminente, frente a un Johnny Hallyday que ha conseguido con los años una explosiva fotogenia de hombre a la deriva. Patrice Leconte ha hecho una película concisa y emocionante. Destacó también la formidable miniatura de Godard en la segunda entrega de Ten minutes older, en la que hay aportaciones de gran altura de Bertolucci, Szabó y Radford.

Estallan de ingenio y de gracia los giros y las tacadas verbales y gestuales de los diálogos y las situaciones de El hombre del tren. El largo dúo entre el locuaz Jean Rochefort y el lacónico Johnny Hallyday llena, hace rebosar de talento histriónico la película que está construida con total maestría por el escritor Claude Klotz y ha sido primorosamente realizada por un Patrice Leconte inspiradísimo que, esta vez, se sitúa a la altura de sus mejores trabajos, como El marido de la peluquera y El señor Hire.


Leconte y Klotz son dueños de un talento libre y generoso, y despliegan su ingenio de forma que alimenta a los dos formidables intérpretes, que se apoderan de él y, haciéndolo suyo, lo hacen nuestro. De ahí la sensación de porosidad que invade a El hombre del tren; y la gracia, la comodidad y la emoción que transmite. En medio de un cine con tendencia a padecer solemnidad, se agradece mucho una película de esta agilidad y de este discurso tan transparente.
Cuenta El hombre del tren la historia de la súbita y breve amistad entre un viejo profesor de literatura, interpretado por Jean Rochefort, y un atracador profesional, interpretado por Johnny Hallyday, de dura presencia y extraña sensibilidad para la poesía. Es un duro y austero samurái urbano armado hasta los dientes y que arrastra una áspera forma de soledad que contrasta con la serena, cálida y amistosa soledad que envuelve a la figura del viejo profesor.
Uno y otro personaje son una especie de réplica insólita y singularísima de aquellos formidables Dos hombres y un destino, que hace décadas encarnaron Paul Newman y Robert Redford. El tipo -situado entre la tragedia, la comedia y el esperpento- que borda Jean Rochefort juega a crear ante el espejo y desde el humor más refinado un destino trágico común con el atracador de bancos que ha adoptado. Y a su manera consigue fundir su destino con el suyo. Y es una pena que esta preciosa película vista a su desenlace, que merecía el privilegio de estar desnudo, con el ropaje de una metáfora un poco confusa y empobrecedora.

Más cine francés llegó en la segunda entrega de la película colectiva, centrada en diferentes visiones de la idea del tiempo, Ten minutes older, en la que ocho célebres directores se añaden a los otros ocho que llenaron hace unos meses la primera entrega, que fue estrenada en el Festival de Cannes. Los 10 minutos que corresponden a Jean-Luc Godard están llenos de un poema visual de gran fuerza, una poderosa antinarración que convierte a esta miniatura en un fortísimo destello de un talento innovador de talla excepcional, un creador de ritmos oscuros y sorprendentes, de inesperadas e imprevisibles cadencias de montaje. La miniatura comprime todo lo que Godard propuso en Elogio del amor, su último largometraje, que junto a su aportación a Ten minutes older supone un intento de conversión de la pantalla en un ámbito poético puro, de espaldas a todo el cine sabido.

Son también excelentes las aportaciones a Ten minutes older del italiano Bernardo Bertolucci, el húngaro István Szabó y el estadounidense Michael Radford. Y, aplastado por este buen cine, siguen desfilando películas insignificantes o fallidas, como el tremebundo ladrillo chino El mejor de los tiempos, dirigido (muy mal) por Chang Tso-Chi; el solemne patinazo del famoso director ruso Andréi Konchalovski, que en La casa de los locos saca cine retorcido y bastante pobre de una materia argumental muy rica; y la artificiosa y rutinaria comedia -teatro filmado que no llega a ser verdadero cine- Desnudos, dirigida por la alemana Doris Dörrie, donde con mucha soltura y mucho oficio maneja todos los tópicos imaginables sobre el amor y el desamor.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de septiembre de 2002


RETRATOS AJENOS






miércoles, 4 de septiembre de 2002

Johnny Hallyday y Jean Rochefort / La extraña pareja


59ª MOSTRA DE VENECIA

Hallyday y Rochefort, 

la extraña pareja


LOLA GALÁN
Venecia 4 SEP 2002


Pelo oxigenado y piel bronceada, el viejo rockero Johnny Hallyday se confesó emocionado ayer al comparecer ante los periodistas bajo el cartel publicitario de la Mostra de cine. Por fin, dijo, realizó su sueño: aparecer en una película de Patrice Leconte. El propio director reconoció que fue Hallyday el que le abordó hace cuatro años con la propuesta de una película y una idea más o menos clara de lo que quería. Así surgió L'homme du train, un filme que compite por el León de Oro y que, a juzgar por los aplausos recibidos en la proyección para la prensa, podría convertirse en un éxito no inferior al de El marido de la peluquera e incluso proporcionar algún premio a su director o a sus actores.

Junto a Hallyday, atracador de bancos sin especial fortuna, figura Jean Rochefort, convertido en profesor de francés jubilado y aburrido de su vida en una pequeña ciudad de provincias de la Francia profunda. El cruce de los dos caracteres produce el resultado de una película agradable de ver con excelentes diálogos. 'Hago todas mis películas con la misma pasión, pero no todas han tenido éxito', dijo el director. 'En esta ocasión he procurado que tuviera un buen final. A medida que me hago mayor [Leconte tiene 55 años] me gustan más las películas optimistas, y creo que la próxima lo será todavía más'.

El paso del tiempo es el único tema de un filme en cierto modo experimental proyectado ayer en la Mostra. Ten minutes older: the cello (Diez minutos más viejo: el cello) es una parte de la doble película dedicada al tiempo -la primera se proyectó en el pasado festival de Cannes-, en la que han intervenido 15 directores internacionales, con cortos de 10 minutos cada uno. Bernardo Bertolucci, Jean-Luc Godard, Volker Schlöndorf y Michael Radford son algunos de los autores.
'Ha sido estupendo participar en este filme', dijo Schlöndorf, 'porque es raro que te pidan una película metafísica. Decididamente es una idea europea, aunque podría ser africana también, pero no estadounidense, desde luego'. Michael Radford, que sitúa su corto en el futuro, narra la historia de un cosmonauta que regresa a la tierra tras un larguísimo viaje. Su ciudad y su familia han cambiado notablemente, su cuerpo, sin embargo, sólo ha envejecido 10 minutos. 'La vida nos obliga a elegir, y esa elección tiene siempre consecuencias', dijo ayer Radford. 'Supongo que también los navegantes que se embarcaban sin saber qué iba a ser de ellos tenían que elegir entre la aventura y sus familias'.
El director checo Jiri Menzel dijo que el tiempo tiene siempre un sabor de limitación. 'Antes miraba al futuro con confianza, ahora miro cada vez más al pasado. El comunismo y otras cosas me han impedido desarrollarme más como director. Por eso he querido reflejar en mi corto los efectos del tiempo en las personas. Me he servido de fotogramas de películas antiguas en las que aparecía un actor, que es amigo mío, y las he colocado junto a otras imágenes rodadas ahora, para ver cómo el tiempo nos transforma'.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de septiembre de 2002



RETRATOS AJENOS

FICCIONES
DE OTROS MUNDOS
Muere el actor Jean Rochefort, protagonista de ‘El marido de la peluquera’






sábado, 29 de junio de 2002

Philip K. Dick / Emmanuel Carrère / Estados alterados



Estados alterados

Rodrigo Fresán
29 de junio de 2002


Dos novedades editoriales recuerdan la figura del maestro de la ciencia-ficción Philip K. Dick. Una biografía realizada por Emmanuel Carrère muestra su vida torturada debido al conflicto realidad-irrealidad. Del inspirador de Blade Runner se reedita, además, Tiempo de Marte, que cuenta las penurias de un puñado de fontaneros en decadentes colonias marcianas.

Un gesto recurrente dentro de las letras norteamericanas es el de escritores sucumbiendo a la patológica tentación de dejar de ser personas para convertirse en personajes demasiado parecidos a los de sus libros. Por esa puerta pasaron para no regresar Fitzgerald y Kerouac. Hemingway se suicidó cuando supo que ya no daba la talla y Salinger optó por la invisibilidad. El caso del autodenominado 'filósofo ficcionalista' Philip Kindred Dick es el más extraño: fueron las personas de sus novelas y relatos quienes acabaron pareciéndose a él; porque Dick era, es y será, siempre, el mejor personaje de todos.
Esta biografía de Dick firmada en 1993 por el francés Emmanuel Carrère no es por tanto sólo la vida de un escritor, sino, también, una investigación sobre todas esas otras 'vidas' por las que Dick se creía poseído y que marcaron a fuego de láser una obra cada vez más plagiada e influyente a la vez que perturbadoramente única.



YO ESTOY VIVO Y VOSOTROS ESTÁIS MUERTOS: PHILIP K. DICK 1928-1982

Emmanuel Carrère Traducción de Marcelo Tombetta Minotauro. Barcelona, 2002 314 páginas. 17 euros

TIEMPO DE MARTE

Philip K. Dick Traducción de Marcelo Cohen Minotauro. Barcelona, 2002 250 páginas. 17 euros

Está claro que Dick -al que nunca le interesó demasiado la necesidad futurista o anticipatoria de la ciencia-ficción y quien llegó a ella más por necesidad que por pasión luego de que decenas de editores despreciaran sus novelas 'realistas'- viajaba mucho más rápido y más lejos que sus colegas. Escritores quienes, en muchos casos, lo temían por su fértil inventiva y lo despreciaban por su poco apego a las reglas de un género al que Dick entendía como 'el campo ideal para la discusión de ideas puras', así como por sus contadas y extrañas apariciones públicas donde aseguraba que podía matar gatos con el poder de su mente.

Obsesionado por el fantasma

de su hermanita melliza muerta al poco tiempo de nacer e impulsado por anfetaminas, hipocondría, la misoginia a la que se accede luego de varios matrimonios catastróficos, una dieta desesperada de comida para perro y carne de caballo, Jung, el paisaje contracultural de la Costa Oeste durante los años cincuenta-sesenta-setenta, y el convencimiento creciente de que lo suyo no era fantasía sino La Verdad y que eso lo convertía a él en un elemento peligroso para la 'dictadura' de su némesis personal, Richard Nixon, Dick discutió y escribió 'ideas puras' que lo hundieron más y más en las tinieblas de su corazón y de su mente. Nebulosas desde las que emitió sus últimas novelas/exégesis en las que postulaba una nueva manera de entender la historia, la religión y a sí mismo. Al final, Dick murió convencido de haber hecho contacto con Dios y sospechando que tal vez él no fuera otra cosa que un replicante de sí mismo: un impostor artificial que respondía a los dictados de una consciencia extraterrestre, de esa 'luz rosada' que le había confiado que este siglo XX que no era sino la pantalla que escondía a un todavía vigente Imperio romano circa 70 después de Cristo en el que Dick no era otro que san Pablo. O algo así.
Carrère narra la realidad y la irrealidad de esta vida -que no dejó de preguntarse y repetir hasta el último día el mantra '¿qué es real?'- como ya lo hiciera con la del súpermentiroso de El adversario (Anagrama). Una sensibilidad novelesca -por momentos demasiado novelesca, con algunas intromisiones en primera persona- para explicar lo inexplicable y, al mismo tiempo, lo perfectamente comprensible. Así, Carrère traza el trip de un hombre empeñado en la exquisita fabricación de un cosmos a su imagen y semejanza -donde el I Ching no está reñido con el LSD ni la gran paranoia con el éxtasis divino- para poder resistirse a la vulgar sospecha de ser, apenas, 'un psicótico de nacimiento'.
La reedición y retraducción de Tiempo de Marte -obra indispensable de 1964 y rechazada en su momento por varias editoriales de sci-fi por 'transcurrir en 1994, demasiado pronto'- es el perfecto reflejo de esta estética alternativa a la hora de abordar y desbordar lugares comunes y planetas explorados hasta el cansancio con una nueva y personalísima mirada. Una trama/idea como consecuencia directa del descubrimiento por Dick del psiquiatra suizo Ludwig Binswanger y de su concepto de un inaccesible, inocurrente y esquizofrénico 'Mundo-Tumba'.

'En Tiempo de Marte es en donde tal vez mejor conseguí mostrar la estructura secreta de lo que nos rodea. Ése es Mi Tema: revelar lo que hay debajo del suelo del universo', explicó Dick. Novela social o 'comedia de costumbres', Tiempo de Marte está más cerca de O'Hara y Updike que de Asimov y Clarke al contar las penurias de un puñado de patéticos fontaneros en decadentes colonias marcianas mientras un niño autista viaja adelante y atrás por el tiempo, se convierte en un famélico y feroz agujero negro, y sonríe embelesado por ser el único capaz de oír el sonido que hace el universo al descomponerse.

Ése era el sonido que oía el entropista Dick vibrando frente al teclado de su máquina Underwood a cien palabras por minuto y con los ojos bien abiertos, como lo dibuja Robert Crumb en la portada del libro de Carrère. Ése es el sonido que leemos en la obra de este narrador que para muchos no fue más que un idiota savant y para muchos otros es un Borges underground: alguien perdido en el laberinto de sí mismo, un Quijote reescrito y alucinado no por la potencia virósica de los libros que leyó, sino por los libros que escribió para contagiar y alucinar a sus lectores.
En Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, Emmanuele Carrère consigue la atendible hazaña de conformar a unos y a otros -adictos y desmitificadores- sin jamás perder de vista el hecho incontestable de que el autor de Tiempo de Marteha sido, es y seguirá siendo uno de los escritores más importantes de este universo en descomposición.
Y de lo que hay debajo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de junio de 2002


sábado, 11 de mayo de 2002

Nuevos narradores estadounidenses / Clásicos y modernos



NUEVOS NARRADORES ESTADOUNIDENSES

Clásicos y modernos


Rodrigo Fresán
11 de mayo de 2002

En la literatura de Estados Unidos cambian los nombres y las estéticas, pero los temas y los paisajes permanecen. Así, más que romper con el pasado, las nuevas generaciones de narradores continúan transitando los caminos abiertos por los escritores que las precedieron. Sin olvidar a clásicos como Herman Melville, Mark Twain o Nathaniel Hawthorne, los autores de hoy tienen muy presentes a contemporáneos como John Cheever, Philiph Roth, J. D. Salinger o Don DeLillo.
Hay un criterio simple -el generacional- que es en el que suelen refugiarse publicaciones de prestigio como The New Yorker y Granta a la hora de, periódicamente, revelar al mundo '20 escritores para el siglo XXI' o 'los mejores novelistas jóvenes de América'. Es un criterio funcional e incontestable, pero que -siempre obligado por la presión del modelo nuevo- suele esquivar el hecho de que un país como Estados Unidos nunca deja de mantener una relación con un pasado que suele enorgullecerlos o, por lo menos, resultarles siempre digno de interés. Lo mismo ocurre con su literatura: cambian los apellidos y las estéticas, pero ciertos temas y paisajes permanecen. Por eso las nuevas generaciones de escritores made in USA continúan sin culpa ni disimulo el trabajo de las que las precedieron, y todos felices. Y el lector también a la hora de disfrutar de la paradoja posible de un cóctel tan clásico como original: una medida de la mística metaficcional de Herman Melville, una de viaje iniciático de Mark Twain, una de puritanismo pagano de Nathaniel Hawthorne, agitar con fuerza, colar a través de tantos otros apellidos que vinieron después, servir bien caliente en una copa moderna. Por eso también -a la hora de explorar los territorios y tramas de estos nuevos, muchos de ellos ya en trámite de ceder su sitial a nuevos-nuevos- se comprueba que el estilo puede variar pero las postales son enviadas desde los mismos lugares de siempre.



Se sirve en copa posmoderna este cóctel: una de mística metaficcional, una de viaje iniciático y una de puritanismo pagano

Así -algunas puntas de un iceberg de muchas puntas- Jeffrey Eugenides, Charles Baxter, A. M. Homes y Michael Knight vuelven a redescubrir el suburbio -ese epifánico infierno chico que ya exploraron gente como John O'Hara, Richard Yates y, sobre todo, John Cheever- como sitio de fracaso y redención con destellos casi mitológicos. Heidi Julavits viaja a los pueblos muertos de la Gran Depresión con los modales barrocos de William Faulkner y Carson McCullers. Nathan Englander recupera la fuerte tradición del judío mágico y pícaro -en la que lo precedieron Isaac B. Singer, Bernard Malamud y Philip Roth- mientras que Ethan Canin y Michael Chabon hacen lo propio con nuevas versiones del ángel caído blanco, anglosajón y protestante de Francis Scott Fitzgerald disfrazado de dibujante de cómics o escritor bloqueado. David Sedaris, Melissa Bank y Matthew Klam modernizan el concepto del humorista en serio à la Dorothy Parker o Woody Allen o Jerry Seinfeld con relatos de mecánica cercana al monólogo de stand-up comedian. Jonathan Franzen y Lorrie Moore se sientan a la mesa de esas familias disfuncionales que John Updike tantas veces fotografió en sus cuentos y en las novelas de la saga de Rabbit Angstrom. Dave Eggers, Rick Moody y William T. Vollmann reinventan sus propias vidas recibiendo la herencia del fantasma verdadero del paladín de la cripto-autobiografía Jerome David Salinger; mientras que Donald Antrim, George Saunders, Chuck Palahniuk y David Foster Wallace se reparten a partes iguales el legado entrópico y satírico de Thomas Pynchon y Kurt Vonnegut a la hora de destruir el planeta o, por lo menos, patear ese puzle al que sólo le faltaba una pieza para terminarlo de armar. Richard Powers es el perfecto discípulo de Don DeLillo cuando se trata de comprender la historia pública de su país a través de las historias privadas de sus personajes. Jonathan Lethem -replicante de Philip K. Dick- se consagra como escritor 'de género' tan apto para la ciencia-ficción como para el policial paranóico-existencialista. James Gunn y Denis Johnson -el mayor de todos ellos en todo sentido- se mueven por las zonas oscuras de la derrota con héroes drogadictos o malditos que descienden directamente de las alturas beatniks y posvietnamitas o ascienden hacia las profundidades de la cultura trash y el consumismo pop. Al final -pero no por eso en último lugar-, Sherman Alexie, Junot Díaz, Chang-Rae Lee, Jhumpa Lahiri, Collum McCann, releen para reescribir, con la caligrafía del inmigrante o de la minoría étnica, el mapa de un país donde Huckleberry Finn sigue saliendo al camino, Hester Prynne continúa soportando el estigma de una letra escarlata y Ahab no ha dejado de perseguir a una ballena blanca que simboliza cualquier cosa, todas las cosas de este mundo.






LOS OTROS NUEVOS

La revista The New Yorker seleccionó en 1999 a 20 autores para el siglo XXI. Además de los ya citados en las páginas anteriores, éstos son otros autores con obra traducida al español que se encontraban en la lista:
Donald Antrim. 
Los cien hermanos. Tusquets, 2000.
Sherman Alexie. 
El indio más duro del mundo. El Aleph, 2001. Indian Killer. El Aleph, 1997.
Edwidge Danticat. 
Palabras, ojos, memoria. Ediciones del Bronce, 1998.
Junot Díaz. 
Los boys.
Mondadori, 1996.
Jeffrey Eugenides. 
Las vírgenes suicidas. Anagrama, 1994.
Nathan Englander. 
Para el alivio de insoportables impulsos. Lumen, 2000.
Jhumpa Lahiri. 
Intérprete de emociones. 
Ediciones del Bronce, 2000 (en catalán en Columna, 2000).
Chang-Rae Lee. 
En lengua materna. Anagrama, 2001.
Rick Moody. 
América púrpura. 
Debate, 2001. 
La tormenta de hielo. 
Debate, 1997 (en catalán, Llibres de l'Índex, 2001).
William T. Vollman. 
Historias del Mariposa. 1995; 
Trece relatos y trece epitafios, 1996,
Para Gloria, 1998
La lista de autores traducidos es mucho más extensa. Pese que no incluye a autores que ya se han convertido en referencia, como Roth, Cheever, Auster o Delillo, es una muestra representativa:
Dave Eggers. 
Una historia asombrosa, conmovedora y genial. Planeta, 2001 (versión catalana en Columna, 2001).
Heidi Julavits. 
El palacio mineral. 
Mondadori, 2002.
James Gunn. 
El coleccionista de juguetes. 
Mondadori, 2002.
Zoetrope: All-story, antología de relatos de la revista Zoetrope. Emecé, 2002.
Steven Millhauser. 
Pequeños reinos. 
Andrés Bello, 1998.
El lanzador de cuchillos.
Andrés Bello, 2001, entre otros.
Nicholson Baker
La interminable historia de Nory. 
El Aleph, 2002 (en catalán en Empúries).
Brady Udall. 
La vida milagrosa de Edgar Mint. 
RBA, 2002.
James Hynes. 
El cuento del docente. El Aleph, 2002.
Lorrie Moore. 
Pájaros de América. Salamandra, 2000 (en catalán, Edicions 62, 2000).
Autoayuda. Salamandra, 2002.
Helen DeWitt. 
El séptimo samurái. Plaza & Janés, 2001.
Kief Hillsbery. 
En pie de guerra. 
Seix Barral, 2001 (en catalán en Columna).
Armistead Maupin. 
El oyente nocturno. 
Plaza & Janés, 2001.
Colum McCann. 
A este lado de la luz. El Aleph, 1998
(en catalán en Columna). Perros que cantan. El Aleph, 2001.
André Dubus III
Casa de arena y niebla. Diagonal, 2001.
Douglas Coupland. 
La segunda oportunidad. 
Ediciones B, 2001. 
Todas las familias son psicóticas.
 Destino, 2002, entre otros.
James Salter. 
Juego y distracción y Anochecer. El Aleph, 2002.
Lawrence Weschler. 
Boggs, la comedia del dinero. 
Seix Barral, 2000.
El gabinete de las maravillas de Mr. Wilson. 
Seix Barral, 2001.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de mayo de 2002