viernes, 24 de octubre de 2014

Richard Klein / La hierba del diablo

El tabaco, la “hierba del diablo”

Extraño camino para dejar de fumar

El cigarrillo y el tabaco tienen una larga y turbulenta historia. El norteamericano Richard Klein escribió un libro sobre el tabaco para, de paso, dejar el oloroso hábito.

Por Hugo Fontanavie 
Oct 17 2014 03:02

Marilyn Monroe

Richard Klein, habiéndose prometido abandonar su adicción al tabaco, escribió un libro que es una extensa y erudita alabanza al oficio de fumar. Recién pudo cumplir su promesa cuando puso punto final a su trabajo. Es profesor de literatura francesa en la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, y en su larga carrera ha venido publicando una serie de estudios en los que aborda algunos de los tabúes contemporáneos más difundidos.
Las crónicas sostienen que fue Rodrigo de Jerez, un marinero al servicio de Cristóbal Colón, quien cumpliendo órdenes de su almirante y recorriendo las costas de la recién descubierta Cuba, se cruzó con unos aborígenes que fumaban en una suerte de tubo de madera, todavía poco parecido a una pipa, al que llamaban tobago. Cuando Jerez regresó a España con un bien provisto cargamento de tabaco, el Inquisidor de turno, que incluso llegó a llamar a la planta “hierba del diablo”, le aplicó una severa multa y lo envió a prisión. Y no fue este Inquisidor el único ni el más severo enemigo del novedoso hábito. En aquellos primeros años, varios fueron los papas que prohibieron fumar en las iglesias e incluso en sus alrededores, y promediando el siglo XVII más de un gobernante tomó medidas realmente severas. En algunas zonas de Alemania los fumadores iban a parar con su vicio directamente al patíbulo. En Turquía, un sultán bastante quisquilloso mandaba amputar manos y brazos, en Rusia el zar mandaba torturar a los fumadores para que dieran los datos de quienes les vendían la mercancía, y un emperador chino y un shá de Persia los mandaban decapitar.

Pablo Picasso


Distintas etapas de represión y permisividad han acompañado al consumo del tabaco; Klein se detiene en particular en su país, recordando que la primera gran campaña contra el cigarrillo fue instrumentada en el mismo momento en que Jimmy Carter ofrecía generosos subsidios a los agricultores dedicados al cultivo del tabaco. “No es fácil ensalzar los cigarrillos hoy en Estados Unidos”, escribe. “Nos encontramos en una de esas fases cíclicas de represión durante las cuales la cultura heredada de los puritanos impone a la sociedad su histérica visión del mundo, cargándola de sentimientos de culpa, legislando juicios morales so pretexto de velar por la salud pública, y ampliando constantemente el poder de vigilancia y el alcance de la censura para restringir las libertades de modo general.”

Sean Penn

EL ÚLTIMO CIGARRILLO​

El libro se detiene especialmente en las funciones culturales y estéticas del cigarrillo, y para ello rastrea en algunas obras claves de la modernidad. Como buen especialista en literatura francesa, Klein analiza textos de Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Banville, Sartre, Mauriac y Bizet y su ópera Carmen, inspirada en la novela de Mérimée, en la que la heroína no solo trabaja en una cigarrería sino que es la primera mujer en la literatura que acepta un cigarrillo de su pretendiente. El estudio de estas obras, influido por la semiótica, es tan puntilloso que termina confundiendo al lector que busca una historia más amena y controversial, y enlentece las páginas que podrían haber tenido otra dinámica. Algo similar ocurre cuando la emprende con Casablanca (1942), el mítico filme protagonizado por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, en un capítulo en el que además se enfrenta duramente con algunos conceptos derivados del psicoanálisis lacaniano presentes en un libro de Harvey Greenberg, quien a su vez buscaba los rastros edípicos y homosexuales de Rick, aquel solitario, melancólico y constante fumador.

Uno de los capítulos más interesantes es el dedicado a la novela La conciencia de Zeno, de Ítalo Svevo, en la que se narran las vicisitudes de un individuo que intenta dejar de fumar, tarea que le implica la vida entera y que lo hunde a diario en la contradicción del “último cigarrillo”. Klein concluye que en este y en todos los casos, “el último es siempre otro más. Así pues, fumar significa seguir fumando. He aquí la paradoja: los cigarrillos son malos para mí, de modo que tengo que dejarlos. La promesa de dejarlos produce un hondo desasosiego. Me fumo el último cigarrillo como si estuviera cumpliendo una promesa. La promesa queda pues cumplida y el desasosiego desaparece; de ahí que el último cigarrillo me permita fumar otros muchos después.”



Acaso sería bueno en este punto recordar aquellas palabras de Mark Twain, quien sostenía que al cumplir los setenta años se había puesto la siguiente regla: “no fumar mientras duermo, no dejar de fumar mientras estoy despierto y no fumar mucho, sólo un puro a la vez… Dejar de fumar es fácil. Yo ya lo dejé unas cien veces”.

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LOS PROPIOS VENENOS


Klein cita a Pierre Louÿs, un escritor que a fines del siglo XIX, en uno de sus cuentos y a través de Callistò, su protagonista, sugería que los cigarrillos “son el único placer inventado por el hombre moderno en mil ochocientos años, y quizá su única originalidad con respecto no solo de los placeres, sino de la sabiduría de la Antigüedad”. Y más allá de lo categórica que pueda resultar esta aseveración, todo indica que algunas de las actividades esenciales del ser humano, al menos en el terreno de la creación artística, resultan impensables sin la presencia del tabaco. Por lo pronto en la literatura la lista sería interminable, aunque siempre es bueno recordar que Molière (“Una vida sin tabaco no merece ser vivida”), Robert Louis Stevenson, Arthur Conan Doyle, Oscar Wilde, Walt Withman, James Joyce, Thomas MEann, William Faulkner, Albert Camus, Patricia Highsmith, Julio Ramón Ribeyro, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez entre muchos otros, pergeñaron sus obras maestras bajo el influjo perseverante del humo de cientos, miles de cigarrillos. Y acaso la única excepción que confirma la regla, sobre todo en manos de un hombre que fumó hasta el último de sus días, es la de Juan Carlos Onetti, quien escribió de un malhumorado tirón la primera versión de El pozo en una Buenos Aires donde estaba prohibida la venta de tabaco durante los fines de semana, tras olvidar aprovisionarse como correspondía.

Pero no hay que pasar por alto que también hubo muchos hombres que lucharon con denuedo contra esta plaga, entre ellos Luis XIV, Napoleón y Adolfo Hitler, y que gracias a sus prohibiciones y demonizaciones solo lograron multiplicar el deseo de seguir fumando, como para corroborar que detrás de todo poderoso dictador siempre anida un débil gobernante. “Vivir significa elegir los propios venenos”, dice Klein en una de las últimas páginas del libro, cuando estaba a punto de abandonar definitivamente el vicio.


Richard Klein
Los cigarrillos son sublimes
Turner Noema, Barcelona, 2013



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