miércoles, 3 de abril de 2024

Maryse Condé / Yo, Tituba, la bruja negra de Salem

 


Maryse Condé 

Yo, Tituba, la bruja negra de Salem


1

Abena, mi madre, fue violada por un marinero inglés en el puente del Christ the King un día de 16** cuando el velero navegaba hacia Barbuda. Yo nací a consecuencia de esta agresión. De este acto de odio y de desprecio.

    Cuando, largas semanas después, llegamos al puerto de Bridgetown nadie se dio cuenta del estado de mi madre. No debía de tener más de dieciséis años y era tan hermosa, con su tez negra como el azabache y con el sutil dibujo de las cicatrices tribales sobre sus altos pómulos, que fue comprada a un precio muy elevado por un rico plantador llamado Darnell Davis. Éste la adquirió junto con dos hombres —también de la tribu de los ashantis—, víctimas de las guerras entre fantis y ashantis. Mi madre iba destinada al servicio de su mujer, que no lograba superar la nostalgia de Inglaterra y cuyo estado físico y mental requería constantes cuidados. Darnell creía que mi madre sabría cantar para distraerla, bailar eventualmente y practicar aquellos juegos mágicos que consideraban patrimonio de los negros. Los dos hombres trabajarían en su plantación de caña de azúcar, que funcionaba bien, y en sus campos de tabaco.
    Jennifer, la esposa de Darnell Davis, no era mucho mayor que mi madre. La habían casado con aquel hombre rudo a quien ella odiaba, que la dejaba sola por las noches para ir a beber y que tenía ya una manada de hijos bastardos. Jennifer y mi madre se hicieron muy amigas. Al fin y al cabo no eran más que dos chiquillas asustadas por el rugido de los grandes animales nocturnos y por el teatro de sombras que formaban las ceibas, los taparos y las güiras de la plantación. Se acostaban juntas, y mi madre, jugueteando con las largas trenzas de su compañera, le contaba las historias que su madre le había relatado en Okwapim, su pueblo natal. Agavillaban en la cabecera de la cama a todas las fuerzas de la naturaleza a fin de que la noche les fuera propicia y los bebedores de sangre no las desangraran antes del amanecer.
    Cuando Darnell Davis se dio cuenta de que mi madre estaba embarazada se puso furioso pensando en la cantidad de libras esterlinas que había gastado para adquirirla. Se encontraba ahora con una mujer en malas condiciones y que no sería de ninguna utilidad. Se negó a acceder a los ruegos de Jennifer y, para castigar a mi madre, la regaló a uno de los ashantis que había comprado junto con ella, llamado Yao. Además le prohibió volver a poner los pies en la Habitación. Yao era un joven guerrero que no se resignaba a plantar caña, a cortarla y a transportarla al molino. Por dos veces había intentado matarse masticando raíces venenosas. Lo habían salvado de milagro y devuelto a una vida que odiaba. Darnell esperaba que, dándole una compañera, le tomaría gusto a la existencia y rendiría más en su trabajo. ¡Qué poco inspirado había estado aquella mañana de junio de 16** en el mercado de esclavos de Bridgetown! Uno de los hombres había muerto. El otro era un suicida. Y Abena estaba preñada.
    Mi madre entro en la cabaña de Yao un poco antes de la hora de la cena. El esclavo estaba echado sobre su lecho, demasiado deprimido para pensar en alimentarse y sin curiosidad alguna hacia aquella mujer cuya llegada le habían anunciado. Cuando Abena apareció se incorporó apoyándose en un codo y murmuró:
    —¡Atcwaba!
    Después la reconoció y exclamó:
    —¡Eres tú!
    Abena estalló en sollozos. Se habían acumulado demasiadas calamidades durante su corta vida: su pueblo incendiado, sus padres destripados intentando defenderse, la violación y la brutal separación de un ser tan dulce y desesperado como ella misma.
    Yao se levantó y su cabeza rozó el techo de la cabaña, pues aquel negro era tan alto como un gigante.
    —No llores. No te tocaré. No te haré ningún daño. ¿No hablamos la misma lengua? ¿No adoramos al mismo dios?
    Luego bajó los ojos hacia el vientre de mi madre.
    —Es hijo del amo, ¿verdad?
    Un llanto aun más ardiente, de vergüenza y de dolor, surgió de los ojos de Abena:
    —¡No, no! Pero es igualmente hijo de un blanco.
    Al verla allí, delante de él, con la cabeza gacha, una inmensa y dulce piedad se apoderó del corazón de Yao. Le pareció que la humillación de aquella niña simbolizaba la de todo su pueblo, deshecho, disperso, vendido en subasta. Enjugó las lágrimas que corrían por las mejillas de Abena.
    —No llores. A partir de hoy tu hijo es el mío. ¿Me oyes? Y pobre del que diga lo contrario.
    Ella no cesaba de llorar. Yao acarició sus cabellos y le preguntó:
    —¿Conoces el cuento del pájaro que se burlaba de las hojas de la palmera?
    Mi madre esbozó una sonrisa.
    —¿Cómo podría no conocerlo? Cuando era pequeña era mi cuento favorito. La madre de mi madre me lo contaba todas las noches.
    —La mía también… ¿Y el del mono que se creía el rey de los animales? Aquel que se subió a la copa de un
iroko
para que todos se postraran ante él y al romperse la rama se encontró en el suelo con el culo lleno de polvo…
    Mi madre rió. No había reído desde hacía muchos meses. Yao cogió el fardo que ella llevaba en la mano y lo dejo en un rincón de la estancia. Después se excusó:
    —Todo está sucio porque no sentía gusto por la vida. Era para mí como un charco de agua mugrienta que uno quisiera esquivar. Ahora que estás aquí, todo es diferente.
    Pasaron la noche uno en brazos del otro como hermanos o más bien como padre e hija, castos y afectuosos. Transcurrió una semana antes de que hicieran el amor.
    Cuando yo nací cuatro meses más tarde, Yao y mi madre conocían la felicidad. Triste felicidad de esclavos, incierta y amenazada, hecha de migajas casi impalpables. A las seis de la mañana Yao salía hacia el campo con el machete al hombro y ocupaba su sitio en la larga fila de hombres con harapos, arrastrando los pies a lo largo de los caminos. Durante el día mi madre cultivaba en un pedacito de tierra tomates y
gombos u otras hortalizas; cocinaba y alimentaba a unas esqueléticas aves de corral. A las seis de la tarde los hombres regresaban y las mujeres se agitaban a su alrededor.

    Mi madre lamentó con lágrimas que yo no fuera un niño. Le parecía que la suerte de las mujeres era aun más dolorosa que la de los hombres. Para librarse de su condición debían acceder a los deseos de aquellos mismos que las tenían en servidumbre y acostarse en sus camas. Yao, por el contrario, estuvo contento. Me tomó entre sus grandes y huesudas manos y me untó la frente con sangre fresca de un pollo, después de haber enterrado la placenta de mi madre bajo una ceiba. Después, cogiéndome por los pies, presentó mi cuerpo a los cuatro confines del horizonte. Fue él quien me dio mi nombre: Tituba. Ti-Tu-Ba.
    No es un nombre ashanti. Sin duda, Yao, al inventarlo, quería demostrar que yo era hija de su voluntad y de su imaginación. Hija de su amor.
    Los primeros años de mi vida carecen de historia. Fui un bebé hermosos, mofletudo, pues la leche de mi madre me sentaba muy bien. Después aprendí a hablar, a andar. Descubrí el triste y sin embargo esplendido universo que me rodeaba. La cabañas de barro seco, oscuras contra el cielo inmenso, el involuntario ornato de plantas y árboles, el mar y su áspero canto de libertad. Yao orientaba mi cabeza hacia aquel mar y me murmuraba al oído:
    —Algún día seremos libres y volaremos con alas desplegadas hacia nuestro país de origen.
    Después me frotaba el cuerpo con un manojo de algas secas para evitarme el pian.
    En verdad, Yao tenía dos hijas, mi madre y yo. Para mi madre era mucho más que un amante. Era un padre, un salvador, un refugio. ¿Cuándo descubrí que mi madre no me quería?
    Quizá cuando alcancé la edad de cinco o seis años. Aunque yo había nacido con la tez algo rojiza y los cabellos absolutamente crespos, le recordaba continuamente a aquel blanco que la había poseído en el puente del Christ the King en el medio de un círculo de marineros, mirones obscenos. A cada instante le traía a la memoria su dolor y su humillación. Cuando me acurrucaba cariñosamente sobre ella como les gusta hacer a los niños, me rechazaba inevitablemente. Cuando le pasaba los brazos alrededor del cuello se apresuraba a desasirme. Sólo obedecía las órdenes de Yao…
    —Siéntala sobre tus rodillas. Bésala. Acaríciala…
    Sin embargo yo no sufría por aquella falta de afecto, pues Yao me amaba por los dos. Mi mano pequeñita en la suya dura y rugosa. Mi pie minúsculo sobre la huella del suyo, enorme. Mi frente en el hueco de su hombro. La vida tenía una especie de dulzura. A pesar de las prohibiciones de Darnell, por la noche los hombres se montaban a horcajadas sobre los tam-tam y las mujeres se arremangaban los harapos descubriendo sus relucientes piernas y bailaban.
    Pero también asistí varias veces a escenas de brutalidad y tortura. Algunos hombres regresaban ensangrentados, con el rostro y la espalda cubiertos de rayas escarlatas. Uno de ellos murió delante de mis ojos vomitando una baba violácea y fue enterrado al pie de una ceiba. Después, todos se alegraron porque, por lo menos él, se había liberado e iba a tomar el camino de regreso.
    La maternidad y sobre todo el amor de Yao habían transformado a mi madre. Era ahora una joven ágil y malva como la flor de la caña de azúcar. Ceñía su frente con un pañuelo blanco, bajo el cual sus ojos brillaban. Un día me cogió de la mano para ir a escarbar entre los hoyos de ñame de un trozo de tierra que el amo había concedido a los esclavos. La brisa desplazaba las nubes hacia el mar, y el cielo límpido era de un color azul suave. Barbuda, mi país, es una isla plana. Apenas algún cerro aquí y allá.
    Nos adentramos por un camino que serpenteaba entre el césped de Guinea, cuando de repente oímos un rumor de voces irritadas. Era Darnell que maltrataba a un contramaestre. Al ver a mi madre, su expresión cambió radicalmente. La sorpresa y el arrobo se reflejaron en sus rasgos y exclamó:
    —¿Eres tú, Abena? Vaya, el marido que te he adjudicado te sienta de maravilla. ¡Acércate!
    Mi madre retrocedió tan vivamente que la cesta que sostenía en equilibrio sobre la cabeza conteniendo un machete y una calabaza de agua cayó al suelo. La calabaza se rompió en tres pedazos, desparramando su contenido sobre la hierba. El machete glacial y homicida se clavó en el suelo y la cesta rodó a lo largo del sendero como si huyera del escenario del drama que iba a desarrollarse. Me lancé aterrorizada en su busca y la recuperé.
    Cuando volví hacia mi madre ésta se encontraba jadeante, con la espalda apoyada contra un taparo. Darnell estaba de pie a menos de un metro de ella. Se había quitado la camisa, desabrochado el pantalón descubriendo la blancura de su ropa interior y su mano izquierda hurgaba a la altura de su sexo. Mi madre gritó volviendo la cabeza en mi dirección.
    —¡El machete! ¡Dame el machete!
    Obedecí lo más deprisa que pude, agarrando la enorme hoja con mis manos endebles.
    Mi madre asestó dos golpes. Lentamente la camisa de lino blanco se tiñó de escarlata.
    Ahorcaron a mi madre.
    Vi girar su cuerpo meciéndose en las ramas bajas de una ceiba.
    Había cometido el crimen para el que no hay perdón alguno. Había atacado a un blanco. Sin embargo no lo había matado. En su torpe furia le había herido únicamente en el hombro.
    Ahorcaron a mi madre.
    Todos los esclavos fueron invitados a su ejecución. Cuando con la nuca rota, rindió el alma, un cántico de rebelión y de ira surgió de todos los pechos y fue acallado por los jefes de equipo a grandes latigazos. Yo, refugiada entre las faldas de una mujer, sentí solidificarse en mí, como una lava, un sentimiento que ya no me abandonaría nunca, una mezcla de duelo y de terror.
    Ahorcaron a mi madre.
    Cuando su cuerpo giró en el vacío tuve la fuerza suficiente para alejarme a pequeños pasos, agacharme y vomitar interminablemente sobre la hierba.

    Para castigar a Yao por el crimen de su compañera, Darnell lo vendió a un plantador llamado John Inglewood que vivía al otro lado de los montes Hillaby. Yao no llegó nunca a su destino. Por el camino consiguió suicidarse tragándose la lengua.
    En cuanto a mí, con apenas siete años, Darnell me expulsó de su plantación. Hubiera podido morir si la solidaridad de los esclavos, raramente desmentida, no me hubiera salvado.
    Me recogió una anciana. Parecía loca. Había visto morir torturados a su compañero y a sus dos hijos, acusados de haber fomentado una rebelión. En realidad no era ya de este mundo y vivía constantemente en su compañía, pues había cultivado hasta el máximo el don de comunicarse con los invisibles. No era una ashanti como mi madre y Yao, sino una nago de la costa cuyo nombre, Yetunde, había sido cambiado por el de Man Yaya, más criollo. Todos la temían pero venían de lejos a visitarla a causa de sus poderes.
    Empezó por sumergirme en un baño en el que flotaban raíces fétidas, dejando chorrear el agua a lo largo de mis miembros. Después me hizo beber una poción de su cosecha y colocó de mi garganta un collar de pequeñas piedras rojas.
    —Sufrirás mucho en la vida. Muchísimo.
    Estas palabras me hundieron en el dolor, fueron pronunciadas con calma, acompañadas por una sonrisa.
    —Pero sobrevivirás.
    ¡Qué mísero consuelo! Sin embargo, la autoridad que desprendía la figura encorvada y arrugada de Man Yaya era tal, que no me atreví a protestar.
    Man Yaya me enseñó todo sobre las plantas.
    Las que dan sueño. Las que curan úlceras y yagas.
    Las que hacen confesar a los ladrones.
    Las que calman a los epilépticos y los sumen en un beatífico descanso. Las que ponen en labios de los airados, de los desesperanzados y de los suicidas, palabras de esperanza.
    Man Yaya me enseñó a escuchar el viento cuando se levanta y mide sus fuerzas sobre las chozas que se dispone a abatir.
    Man Yaya me enseñó todo sobre el mar, las montañas y los cerros.
    Me enseñó que todo vive, tiene un alma, un aliento. Que todo debe ser respetado. Que el hombre no es un amo recorriendo a caballo su reino.
    Un día, a media tarde, me dormí. Estábamos en Cuaresma. Hacía un calor tórrido y los esclavos, manejando el azadón y el machete, salmodiaban un fatigado cántico. Vi a mi madre, no como un pelele desarticulado y doliente girando entre el follaje, sino adornada por los colores del amor de Yao. Exclamé:
    —¡Mamá!
    Se acercó a cogerme en sus brazos. ¡Dios mío, qué dulces eran sus labios!
    —Perdóname por haber creído que no te quería. Ahora veo claro en mí y no te dejare atrás.
    Grité transida de felicidad:
    —¡Yao! ¿Dónde está Yao?
    Se volvió.
    —Él también está aquí.
    Y Yao se me apareció.
    Corrí a contarle este sueño a Man Yaya que pelaba las raíces para la cena. Sonrió ladina:
    —¿Crees entonces que fue un sueño?
    Me quedé desconcertada.
    Desde aquel día Man Yaya me inició en un conocimiento superior.
    Los muertos sólo mueren si mueren en nuestros corazones. Viven si los mimamos, si honramos su memoria, si colocamos sobre su tumba los manjares que preferían en vida, si a intervalos regulares nos recogemos para integrarnos en su recuerdo. Están aquí, a nuestro alrededor, en todas partes, ávidos de atención, ávidos de afecto. Bastan algunas palabras para aglutinarlos, apretando sus cuerpos invisibles contra los nuestros, impacientes por sernos útiles.
    Pero cuidado con el que les irrite, porque no perdonan nunca y persiguen con implacable odio a los que les han ofendido aunque sea por inadvertencia. Man Yaya me enseñó oraciones, las letanías, los gestos propiciatorios. Me enseñó a transformarme en pájaro sobre la rama, en insecto sobre la tierra seca, en rana croando en el lodo de río Ormonde cuando yo quería descansar de la forma que había recibido en mi nacimiento. Me enseñó, sobre todo, los sacrificios. La sangre, la leche, los líquidos esenciales. ¡Ay! Pocos días después del aniversario de mis catorce años su cuerpo sucumbió a la ley de la especie. No lloré al enterrarla. Sabía que no me quedaba sola y que tres sombras se turnaban a mi alrededor para velar por mí.
    Fue también por esa época cuando Darnell vendió la plantación. Unos tres años antes falleció Jennifer, su mujer, al darle un hijo, un bebé frágil de tez macilenta que tiritaba periódicamente de fiebre. A pesar de la leche que le daba en abundancia una esclava forzada a abandonar por él a su propio hijo, parecía destinado a la tumba. El instinto paternal de Darnell se despertó hacia su único retoño de raza blanca y decidió regresar a Inglaterra para intentar su curación.
    El nuevo amo, siguiendo una práctica poco corriente, compró la tierra sin los esclavos. Con los pies trabados y una cuerda alrededor del cuello, éstos fueron conducidos a Bridgetown para encontrar adquisidor y luego dispersados a los cuatro vientos por la isla, los padres separados del hijo, la madre de la hija. Como ya no pertenecía a Darnell y vivía como parásito en la plantación, no forme parte del triste cortejo que tomó el camino de la subasta pública. Yo conocía un rincón a orillas del río Ormonde donde no iba nunca nadie pues la tierra era pantanosa y poco propicia para el cultivo de caña. Construí sola, con la fuerza de mis puños, una choza que conseguí encaramar a unos pilotes. Con paciencia rellene leguas de tierra y delimité un jardín en el que crecieran con rapidez toda clase de plantas que sembré de forma ritual respetando la voluntad del sol y el aire.
    Hoy me doy cuenta de que fueron los momentos más felices de mi vida. No estaba nunca sola puesto que mis invisibles estaban a mi alrededor pero sin oprimirme nunca con su presencia.
    Man Yaya impartía el último toque a las lecciones concernientes a las plantas. Bajo su dirección yo intentaba cruces audaces, casando a la pasiflora con la ciruela rojiza, a la cithère venenosa con la surette y a la azalea de las azaleas con la persulfurosa. Elaboraba drogas y pociones cuyo poder consolidaba gracias a los encantamientos.

    Al atardecer, el cielo violeta de la isla se extendía sobre mi cabeza como un gran pañuelo sobre el que las estrellas aparecían centelleantes una a una.
    Por la mañana el sol me guiñaba un ojo invitándome a vagabundear con él.
    Estaba lejos de los hombres y sobre todo de los hombres blancos. Era feliz. Por desgracia todo iba a cambiar.
    Un día, un fuerte viento derribó el gallinero y tuve que ir en busca de mis gallinas y de mi hermoso gallo de cuello escarlata, alejándome de los limites que me había fijado.
    En una encrucijada tropecé con unos esclavos que conducían un carro de cañas al molino. Triste espectáculo. Rostros demacrados, harapos de color de barro, miembros descarnados, cabellos rojizos a causa de la mala alimentación. Un muchacho de unos diez años ayudaba a su padre a dirigir la yunta. Su aspecto era sombrío y hermético como el de un adulto que no tuviera ya fe en nada.
    Al verme, toda aquella gente saltó con presteza en la hierba y se arrodilló, mientras media docena de pares de ojos aterrorizados y respetuosos se alzaban hacia mí. Me quedé estupefacta. ¿Qué leyendas se habían tejido a mi alrededor?
    Parecían temerme. ¿Por qué? Hija de una ahorcada, recluida a orillas de una charca, ¿no era natural que me compadecieran? Comprendí que sobre todo me asociaban con Man Yaya, de quien todos desconfiaban. ¿Por qué? Man Yaya había empleado sus dotes en hacer el bien. Incesantemente siempre el bien. Aquel terror me parecía una injusticia. Debían de haberme acogido con gritos de alegría y de bienvenida. A la vista de tantos males y dolores yo hubiera actuado lo mejor posible. Estaba hecha para curar y no para asustar. Regresé tristemente a mi choza sin pensar ya en mis gallinas y en mi gallo que a estas horas estaría ya caracoleando la hierba de los caminos reales.
    Este encuentro con los míos trajo consecuencias. A partir de aquel día empecé a acercarme a las plantaciones con el fin de dar a conocer mi verdadero rostro. A Tituba había que quererla.
    Pensar que yo daba miedo era inconcebible. Yo, que no sentía en mí más que ternura y compasión… ¡Ay! Hubiera deseado poder desencadenar el viento para que arrastrara más allá del horizonte las blancas viviendas de los amos, ordenar al fuego que elevara sus llamas y las hiciera arder, a fin de que toda la isla fuera purificada, consumida. Pero no tenía este poder. Sólo sabía ofrecer consuelo.
    Poco a poco los esclavos se acostumbraron a mi visita y se acercaron a mí, primero tímidamente, después con más confianza. Penetré en las chozas y conforté a enfermos y moribundos.

Maryse Condé

Yo, Tituba, la bruja negra de Salem


No hay comentarios:

Publicar un comentario